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Reseñas de EKELEDUDU Opciones de perfil

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SÍ... "LA GENTE ES MUY TONTA" en LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO. EL OCASO DE OCCIDENTE
No hace tanto comentamos aquí mismo un libro de Peter Heather que llevaba exactamente el mismo título (y hasta tenía una tapa similar) que este otro de Adrian Goldsworthy que, quizás en un intento de diferenciarse del primero, se subtitula EL OCASO DE OCCIDENTE. Al profano en la materia podría parecerle que al menos uno de los dos está de más (en cuyo caso sería el de Goldsworthy, porque el de Heather es anterior), y muy probablemente ambos, ya que muchos de nosotros crecimos sin la menor sombra de duda de que el Imperio Romano sucumbió bajo el empuje incontenible de las invasiones bárbaras. Es más, en el fondo, el libro de Peter Heather no hace sino reafirmar esta suposición, por más que la desarrolle y exponga como un proceso bastante más complejo. En las primeras páginas de este otro ensayo homónimo, en cambio, Goldsworthy nos abruma de entrada, al comentar que un estudioso alemán catalogó doscientas teorías que se barajaron para explicar por qué llegó a derrumbarse el alguna vez poderoso Imperio Romano, lo que, en primer lugar, nos hace preguntarnos cuántas más habrá que el estudioso de marras no haya alcanzado a catalogar y cuántas más surgirán en el futuro. Tal vez no importe, porque ya que haya doscientas, parece un disparate. Lo que nos lleva a la segunda pregunta: ¿cómo es posible que no se sepa por qué cayó el Imperio Romano? No estamos hablando de un suceso tan remoto como podrían ser los inicios de la monarquía faraónica en el Antiguo Egipto o los comienzos de la civilización sumeria, que es hablar de una época en que la escritura recién surgía y, por lo tanto, las fuentes escritas eran más escasas. De hecho, ni siquiera hablamos de tiempos precristianos. El Imperio Romano cayó en 476 de nuestra era; ¿cómo es posible tanta incertidumbre? El problema es que no hay certidumbre ni siquiera respecto a cómo sucedieron sucesos mucho más recientes en el tiempo, como por ejemplo el asesinato de Kennedy (no es una reflexión propia; creo que la hacía Steven McKenzie en su libro EL REY DAVID, pero no estoy seguro); teniendo en cuenta esto, que no se conozcan las causas exactas del derrumbe del Imperio Romano no sorprende tanto. Goldsworthy aporta en este libro otras pautas que hacen todavía más lógica y comprensible esa ignorancia. Pero en primer lugar, ¿por qué no aceptar lo que parece obvio, es decir, que fueron los bárbaros quienes provocaron ese derrumbe? Pues porque ni siquiera los propios bárbaros deseaban tal derrumbe, porque Atila buscaba más extorsionar y saquear que conquistar o destruir, porque otros líderes bárbaros como Alarico pretendían más formar parte del Imperio que acabar con él, porque los invasores no eran tan numerosos como podría suponerse ni estaban todos de acuerdo y porque en otro tiempo el ejército romano había constituido una temible fuerza militar que, casi con toda seguridad, hubiera logrado contenerlos. Goldsworthy reconoce e incluso elogia escuetamente el libro de Heather (no tan elogioso se muestra, en cambio, con el documental televisivo de Jones y Ereira que luego dio lugar al libro ROMA Y LOS BÁRBAROS: UNA HISTORIA ALTERNATIVA, del que también hemos hablado aquí; si bien reconoce que fue muy ameno) pero, para él, las causas de la caída del Imperio Romano hay que empezar a buscarlas no mucho después del reinado de Marco Aurelio. No es que niegue que las invasiones bárbaras hicieron lo suyo, pero tal como él presenta los hechos, éstas fueron como un mazazo que, sin embargo, no representó más que el golpe de gracia para un coloso ya resquebrajado y debilitado por guerras civiles y muchos problemas adyacentes que aquí no viene al caso detallar (para eso está el libro, después de todo). Por otra parte, pudieron influir otros factores que desconocemos. Aquí volvemos a las fuentes: ¿por qué éstas no permiten sacar conclusiones definitivas? En el caso de las fuentes escritas, éstas no necesariamente son fiables, por ejemplo, por ser meramente propagandísticas, o bien pueden hablar de cosas que no son del interés del historiador. Al fin y al cabo, la mentalidad humana no fue siempre la misma a lo largo de los siglos, y lo que hoy parece prioritario conocer, no tiene por qué haberlo sido en el Imperio Romano. De hecho, durante la interminable serie de guerras civiles que siguieron a los reinados de Cómodo y Pertinax, si la principal preocupación de cada Emperador era ante todo sobrevivir, ¿por qué iba a serlo menos la de sus súbditos?, quienes, si contrariaban a su soberano, se arriesgaban a perder su pellejo en una época en que no era nada difícil perderlo. Nunca lo es, en realidad, pero si se forma parte de una burocracia llena de envidiosos dispuestos a todo por ascender de posición en la misma, lo es menos todavía. Y sobre lo que callan las fuentes escritas, la arqueología no siempre es mucho más locuaz. Golsworthy nos dice, por ejemplo, que ni las fuentes escritas ni las pruebas arqueológicas nos aportan datos fehacientes acerca de la marcha de la economía del Imperio Romano, y si ésa era mejor en el siglo III que en el IV; si bien, algunos indicios pueden inspirar conjeturas en un sentido o en otro. Incluso pasando por alto esas lagunas en nuestros conocimientos, o dando por supuesto que lo que ignoramos no agregaría muchos datos esenciales más, es imposible precisar en qué momento la caída del Imperio Romano pasó a ser un hecho irreversible, o si, en caso de no haber mediado las invasiones bárbaras, hubiera durado mucho más tiempo de lo que duró. SÓLO SÉ QUE NO SÉ NADA, afirmaba un filósofo, más sabio sin duda de lo que él mismo pensaba. Queda claro que libros como éste, el de Heather o cualquier otro que se ocupe de este tema o alguno similar pueden ser, y de hecho para mí lo son, interesantísimos; pero ninguno de ellos tiene ni tendrá jamás, me temo, la última palabra, de modo que quien pretenda leerlos para saber más, mejor que se remita a la celebérrima frase del filósofo y será, probablemente, todo lo sabio que hay que ser. No obstante, si insistimos en que debe haber una manera de precisar la causa exacta por la que cayó el Imperio Romano, la mayor superpotencia de la Antigüedad, nos quedamos con la encantadora frase, remedo de la opinión de un rústico (y sin duda, también sabio, con esa sabiduría del que carece de cultura, pero razona mejor que mucha gente instruida), que cierra la obra de Goldsworthy: "Pos... Es que la gente es muy tonta".

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Escrita 5 de Septiembre de 2014
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UN PERSONAJE QUERIBLE en GUSANOS DE LA TIERRA
Opino que Bran Mak Morn, rey de los pictos, es el personaje más querible de cuantos creó Robert Howard, o al menos de cuantos yo le conozco. los verdaderos pictos en realidad fueron celtas pero, al parecer, la misma palabra fue usada por algunos para designar a un pueblo mucho más primitivo que alguna vez pobló las Islas Británicas, y que supongo que deben ser los mismos a quienes M. I. Ebbutt llama íberos en su libro LOS BRITÁNICOS, que ya hemos comentado antes aquí. No obstante, estos pictos de Howard poco tienen que ver, naturalmente, con los pictos-íberos históricos, que no desempeñaron un gran papel en la historia antigua de dichas islas. Existieron, y eso es todo. No fueron los feroces guerreros medio simiescos que en las páginas de este libro aparecen luchando sin cuartel contra los romanos, y Bran Mak Morn es una figura por completo ficticia. Todo lo cual, el propio Howard lo admite en el prólogo de este libro. Algo que decepciona bastante es lo poco que Bran aparece en los cuentos que sobre él escribió el autor. Sólo en el que da nombre al libro puede decirse que tenga auténtico protagonismo. Es una real pena porque se trata, como dijimos, de un personaje muy querible. Físicamente no impresiona, es un gigante entre los suyos, pero un enano comparado con un hombre promedio. No obstante, como rey es un coloso. A él no le interesan los ceremoniales regios, ni las riquezas, ni las conquistas militares que tanto satisfarían y satisfacieron la vanidad personal de muchos otros soberanos, reales o de ficción; él sólo quiere proteger a su pueblo en lo que pueda y vengarlo cuando no pueda. Tan fiero amor por su gente no puede menos que venir acompañado de un odio igualmente acendrado por los enemigos de su pueblo. Los pictos los tienen múltiples pero, a juicio de Bran, ninguno peor que los romanos. Contra ellos, él es capaz de recurrir hasta a invocaciones prohibidas, en busca de respaldo por parte de temibles entidades lovecraftianas. Y él no es Charles Dexter Ward, ni Walter Gilman, ni ningún otro zoquete similar; es un guerrero, y posee el suficiente coraje para no sucumbir ante ellos al temor o a la locura. Amor y odio para impulsarlo, ya se ha dicho, le sobran. Pero si no pueden doblegarlo ni el miedo ni la locura, sí será en cambio capaz de ceder a la misericordia al comprender que, se le ha ido la mano, que hasta la venganza tiene sus límites. En toda circunstancia, el gran Bran Mak Morn es sentimiento puro. ¿Cómo pueden morir sentimientos tan intensos? Quienes leímos EL SEÑOR DE LA NOCHE, de Tanith Lee, no podemos menos que recordar a Qebba, aquel personaje que fue primero un inocente enamorado al que Azhrarn sumió en la desgracia, y que al morir sólo tenía odio, un odio implacable que le sobrevivió después de muerto y que hizo temblar al mismísimo Príncipe de los Demonios. ¿Puede morir del todo Bran, cuyos sentires son igualmente desmesurados? Como ya se ha dicho, Bran no aparece, por desgracia, todo lo que uno quisiera, y un cuento que empezaba muy interesante quedó inconcluso. Estos son los puntos débiles del libro. Los puntos fuertes, además del protagonista mismo, están en las soberbias descripciones de batallas y de personajes. Esto último es de destacar, porque la mayoría de esos personajes son guerreros, y daría la impresión de que visto uno, están vistos todos; pero Howard tiene (¿por qué no hablar en presente de un escritor que se ha sabido ganar él mismo, tanto como sus hijos de ficción, la inmortalidad?) una admirable habilidad para que cada uno de ellos parezca único y formidable, comenzando, se entiende, por el propio Bran, concluyendo con el desagradable Thorfel y pasando por Corocuc, Cormac, Turlough y tantos otros entre los que cabe destacar a Kull de Valusia, quien protagonizó otra serie de cuentos del autor y cuya presencia aquí asombra y deleita a la vez. Quizás se pueda objetar la insistencia del autor en recalcar, palabras más, palabras menos, que todos y cada uno de ellos estaban conformados "con la salvaje economía del lobo" pero, en todo caso, la muletilla es eficaz: cuando aparece, no cabe duda de que el fulano de turno es puro músculo, nervio y hueso. Entre todos los cuentos reunidos en este libro, destaco REYES DE LA NOCHE, GUSANOS DE LA TIERRA, EL HOMBRE OSCURO y ese fragmento que tan bien venía y del que, desafortunadamente, jamás sabremos cómo concluía.

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Escrita 5 de Septiembre de 2014
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OTRO MALOGRADO FIN DEL MUNDO en LAS PUERTAS DEL INFIERNO
Las intenciones son, o pueden ser, buenas, o al menos inofensivas; pero siempre alguien tiene que mandarse una cagada, y en este caso los que se la mandan son dos parejas de casados, los Abernathy y los Renfield, que provistos de cierto libro de conjuros hallado por azar en una librería efectúan cierto ritual en el sótano de la casa de los mentados, en el número 666 de la avenida Crowley (Hmmm.... ¿No encontraron mejor lugar para vivir?)Ocurre esto en la localidad inglesa de Biddlecomb, en la noche de un 28 de octubre. No fue, seguramente, la mejor idea que podrían haber tenido: la ceremonia consigue abrir progresivamente un portal a nuestro mundo tomando para ello energía del Gran Colisionador de Suiza (que si mal no me acuerdo, formaba parte de la trama de ÁNGELES Y DEMONIOS, de Dan Brown, así que va en camino de convertirse en sí mismo en toda una estrella literaria) , a muchos kilómetros de Bibblecomb. Y dicho portal planean usarlo las huestes infernales, comandadas por el mismísimo Gran Malevolente, para infiltrarse en nuestro mundo y destruirlo, haciendo así realidad, aunque bastante a destiempo, las profecías de Nostradamus, los mayas y tantos otros. Por lo pronto, los mismos cuatro tontos que realizan el ceremonial quedan, digamos, poseídos (aunque ésta no sea la palabra exacta) por espíritus malignos. El problema es que, ya en esa condición, los cuatro sujetos resultan ser casi tan chapuceros como en su estado previo de mortales cualunques: esa noche, ya desde antes del inicio del ritual, merodeaba en los alrededores del domicilio de los Abernathy un muchachito de apariencia tan insignificante como la de Harry Potter antes de su ingreso en Hogwarts pero que, a diferencia de éste, carece de poderes mágicos. El muchachito se llama Samuel Johnson, tiene unos once años, un perro llamado Boswell y enormes ganas de festejar Halloweenantes de tiempo: fue precisamente el famoso "truco o trato" lo que, en principio, lo ha llevado hasta la puerta de los Abernathy, siendo expulsado por el dueño de casa, pero permanece en los alrededores, y así avizora que allí está ocurriendo algo raro, y de qué se trata. Cuando se lo cuente a su madre, por supuesto, ésta creerá que su vástago está bajo la influencia de la inminente festividad, aunque cuando ella más tarde debe rendirse ante la evidencia, de todos modos mantiene por momentos cierta flema inglesa, como cuando pregunta qué hace una calavera alada volando en su casa, al parecer sin que ello le produzca más asombro o emoción que si de una vulgar cucaracha se tratara. Como sea, en ese momento no le cree ni medio, pese a lo cual Samuel no parece exactamente desamparado: los seres malignos que han suplantado a los Abernathy y los Renfield, ya lo hemos dicho, son absolutamente incompetentes, por lo que deben estar agradecidos que se trate de un niño o no de Rambo o Terminator. Y encima, para desgracia de ellos, Samuel pronto se hará de un aliado sobrenatural, un demonio llamado Nurd que tampoco es muy impresionante que digamos, pero aportará su granito de arena. Absolutamente desgolletado, el argumento de LAS PUERTAS DEL INFIERNO es menos importante que su curioso estilo, irónico y, en su primera mitad, lleno de notas al pie de página, muchas de ellas insólitas, desopilantes y absurdas. Alguna podría tener su razón de ser, y hasta recuerdo vagamente una proponiendo algún acertijo que sólo me trajo un descomunal dolor de cabeza (y cuya solución directamente me mareó). En lo personal, ésa me pareció la parte más interesante del libro, y más meritoria de lo que podría imaginarse, ya que logró hacer comprensibles, para un servidor, conceptos científicos hasta entonces sumamente enigmáticos (mientras tanto ya los olvidé de nuevo, pero ya es todo un logro que en ese momento pueda haberlos entendido). La obra, por lo demás, contiene unos cuantos homenajes; ya alguien habrá recordado que el apellido de los imprudentes esposos Renfield es también el del loco que comía moscas, arañas y otros manjares por el estilo en DRÁCULA, de Bram Stoker; hay también una avenida Lovecraft, etc. Si para los adultos este libro no resulta demasiado profundo, sino apenas entretenido (y hay que decir que se insinúa una posible continuación, lo que ya me parecería excesivo: creo que no da para tanto), habría que ver, sin embargo, si parte del público infantil, al que inicialmente estaba destinada esta obra, no se sentirían sin embargo identificados con Samuel, un chico cuyo padre se ha marchado de casa y que de repente tiene que hacer frente al fin del mundo. Quizás antes de tildar de superficial a este libro tendríamos que tener en cuenta que para muchos chicos de la vida real y de la misma edad, el hecho de que un padre se marche de su hogar puede ser un fin del mundo al que deba enfrentarse antes de descubrir que, como Apocalipsis, resulta tan poco serio como el que aquí nos trae John Connolly, el autor, más conocido por sus novelas policíacas de Charlie Parker.

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Escrita 23 de Junio de 2014
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REBELDE SIN PAUSA en 86 DISPAROS
Guillermo "Quito" Mariani es un ex cura cordobés, que renunció a su puesto de párroco -según tengo entendido- a los 79 años, tiempo después de la publicación de un libro suyo, SIN TAPUJOS, que causó revuelo entre algunos sectores del clero, por tratarse de una autobiografía en la que reconocía haber vivido -supongo que ya ordenado sacerdote- ciertas experiencias sexuales. Lamentablemente, lo mismo ése que otros libros de Mariani se encuentran actualmente agotados, de modo que no he podido leerlos. Siete años después de su renuncia, Mariani parece decidido a seguir sacando libros incómodos, como lo prueba este 86 disparos, que contó con la colaboración de un conocido dibujante e historieta de la misma provincia, "Agite". Empecemos diciendo que quien espere contar, merced a este libro, con lectura interesante para unos cuantos días será un iluso, porque en ese sentido, alcanza apenas para unas horas, al menos si no se hace más que leer de corrido. los disparos a los que se refiere el título son otros tantos pensamientos sobre distintos temas (la vida, la libertad, la verdad, la sociedad), uno por cada año que cumplía el autor en ese año (2013); y si cualquier idea, provenga de quien provenga, amerita que se medite sobre ella, cuánto más si el autor es semejante personaje que debe tener tantos admiradores como detractores.. No es necesario coincidir siempre con él; creo que hasta el propio Mariani desconfiaría si hallara total aprobación de sus lectores. Pero sí diría que es casi obligatorio reflexionar EN SERIO sobre lo que él dice. Porque con franqueza, seguramente nos encantará leer cómo fustiga a los políticos, a la Iglesia, a la policía, a los poderosos en general; pero ¿cómo andaremos por casa, cuando las frases de Mariani nos atañan de manera más íntima? ¿Miraremos para otro lado, haciéndonos los giles? Pero entonces estaríamos haciendo de esta obra un simple libro de frases bonitas o supuestamente profundas, algo que, me temo, disgustaría considerablemente a su autor. Más inteligente sería meditar detenidamente sobre cada una de sus sentencias; resistir a la tentación de insistir en que se equivoca, si en el fondo sabemos que es así; y luego, una vez que asumimos que el pensamiento de turno se refiere a nosotros mucho más de lo que querríamos admitir, enderezar todo aquello en nuestra vida y/o nuestra conducta que deba ser interesado. Es, en efecto, muy fácil despotricar contra los poderosos o culparlos de todo lo que hacen o dejan de hacer; pero quizás alguna vez esos poderosos fueron hombres tan cualunques como nosotros, que a su vez despotricaban contra quienes les precedieron en el poder y, por la costumbre de nunca ver la viga en el propio ojo, cuando les tocó el turno a ellos, no fueron mejores. Para leer este libro, entonces, debemos sobre todo estar dispuestos a notar la viga en el ojo propio, algo que nunca es lindo, y a estar dispuestos a quitárnosla, lo que nunca, jamás es fácil. Dependemos demasiado de los libros de autoayuda para regular nuestras vidas y de la TV o los juguetes sofisticados para mantener entretenidos a nuestros hijos; estamos demasiados resignados a la rutina y demasiado asustados ante la idea de salir de ella (esto es para mí, lamento decirlo) para aceptar una aventura o un desafío; estamos más acostumbrados de lo que creemos a considerar nuestras ideas como verdad absoluta, para admitir otros puntos de vista. Y no obstante, hay que tirar a la basura por lo menos las tres cuartas partes de nuestros libros de autoayuda (reconozcamos que también los hay muy buenos), posiblemente la misma proporción de chiches electrónicos, nuestras ideas de universalización de nuestras presuntas verdades y, maldito ex cura, sí, la rutina. De lo que Mariani piense y diga de los poderosos, que se encarguen los poderosos; nosotros ocupémonos de lo nuestro. Personalmente, y ya que decíamos que no siempre tenemos por qué estar de acuerdo con lo que él dice, disiento un poco con él sobre ese tema, porque cuando presuntos oprimidos adquieren cierto poder, suelen ser tan ruines como las instituciones establecidas, o peores incluso con ellas; por ejemplo, durante los saqueos en épocas de crisis, cuando masas embrutecidas dejaban en la ruina a humildes trabajadores, así que ya no me conmueven tanto los abusos de los políticos, de la Iglesia o de la policía. Pero es sólo mi opinión. También debo confesar que las ilustraciones de "Agite" no me convencen demasiado. Tiene momentos de innegable genialidad, incluido el arte de tapa, pero en general su estilo no me va. También esto es subjetivo, y de todas maneras, no tiene mayor importancia: en este caso, los dibujos seguirían siendo un complemento incluso si fueran de Durero. Como cierre, vale la pena destacar dos frases de Marianni. Una es dolorosamente cierta: cuando el amor muere, es casi imposible resucitarlo. Duele, mierda, ya lo creo que duele. Pero la otra, sobre el final del libro, es decididamente conmovedora: Recuerda, en el dolor de la noche, que hay aurora. No me gustó lo que dijo al principio del libro respecto a la rutina, señor Marianni, pero gracias a ese hermoso final, ego te absolvo a pecattis tuis.

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Escrita 23 de Junio de 2014
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DETECTIVISMO Y MISTERIO EN LA IRLANDA DEL SIGLO VII en CICUTA AL ANOCHECER (LA HERMANA FIDELMA #1)
La Hermana Fidelma es un personaje que muchos lectores conocerán por las novelas de su creador, Peter Tremayne, pero que inició sus andanzas en el cuento. CICUTA AL NOCHECER es precisamente una primera antología de cuentos protagonizados por la religiosa, tanto de los que precedieron a las novelas como de otros posteriores a algunas de ellas. Para quienes nunca antes hayan oído hablar del personaje, la Hermana Fidelma es una dálaigh, una abogada de la Irlanda del siglo VII, que posee una notable capacidad para resolver crímenes y misterios. Por lo tanto, estamos ante una amalgama, una muy eficaz, por cierto, de lo detectivesco y lo histórico, un poco al estilo de EL NOMBRE DE LA ROSA, de Umberto Eco, pero, si cabe, más sorprendente todavía. En efecto, quienes leímos DE CÓMO LOS IRLANDESES SALVARON LA CIVILIZACIÓN, de Thomas Cahill, tuvimos ya una primera aproximación directa a la Irlanda de los siglos inmediatamente posteriores a San Patricio; si bien conocíamos datos previos a través de obras como VICARIOS DE CRISTO, de Peter de Rosa, que de refilón hablaban un poco de temas relacionados como, en el caso expuesto, la Iglesia Celta y su amplia permisividad en ciertos aspectos, como el sexual. Pero es a través de estas ficciones de Peter Tremayne que nuestro asombro llega al tope, porque el autor presenta un sistema legal, el llamado sistema Brehon, asombrosamente similar al nuestro. Si se tomó licencias al presentarlo en estos libros, es algo que no sabemos, pero suponemos que habrán sido pocas, porque Tremayne es un experto en ese sistema, y si una de sus intenciones con sus libros es, como afirma en la introducción, presentarlo "a una audiencia amplia", lo lógico es pensar que no falseó ni inventó salvo, y como mucho, allí donde los conocimientos actuales sobre el tema pudieran contener lagunas. Algo indiscutible es que estos quince cuentos resultan sumamente entretenidos. En cuanto se exponen los detalles del crimen o misterio de turno, el lector, por supuesto, no puede menos que tejer conjeturas por su cuenta conforme a las pistas que ofrece Tremayne. Si bien éste no siempre juega del todo limpio con sus lectores, porque a veces la Hermana Fidelma sabe algo que el lector no, la verdad es que la mayor parte del tiempo es uno mismo el que pasa por alto una pista que sí se indica. Muchas de esas distracciones por parte del lector metido a detective tienen que ver, por supuesto, con el hecho de que es a la vez turista en un mundo para él desconocido e interesante, y a veces la trama pierde interés en beneficio del escenario donde transcurre la misma; y no precisamente porque la trama aburra, sino porque el entorno fascina y despierta una curiosidad prácticamente imposible de satisfacer. ¿Realmente se tenían en cuenta, en aquel lugar y en aquella época, sutilezas como el ángulo desde el cual debía haber sido disparada una flecha para dejar determinada herida en un cadáver? Seguramente, a lo largo de la Historia hubo siempre alguna mente sagaz, atenta a detalles así, como la Hermana Fidelma; pero el problema es que el ejemplo que dimos ni siquiera lo expone Fidelma, sino otro personaje, y hay otros ejemplos por el estilo. ¿Existía una medicina forense tan avanzada? ¿Y de veras los misioneros irlandeses conocían una especie de arte marcial sin armas que les permitía defenderse de eventuales atacantes, o es una licencia de Tremayne? Si no lo es, ¿por qué ningún ensayo literario o sitio de Internet nos habla del Troid-Sciathagid, como llama el autor a dicha forma de defensa? Podríamos preguntarnos qué rayos importa todo esto, si los cuentos igual son entretenidos, y la pregunta sería válida. Tal vez por momentos la protagonista parezca demasiado racional para la época, pero sigue siendo creíble. ¿Acaso cada época no contó con sus adelantados a la misma? Y por otra parte, a veces la mismísima Hermana Fidelma amenaza sucumbir a la irracionalidad general, como en NUESTRA SEÑORA DE LA MUERTE. Y cuando no ella, de todos modos el entorno es convenientemente supersticioso, como en UN GRITO DESDE EL SEPULCRO, donde hasta un bravo guerrero queda amedrentado ante un hecho en apariencia sobrenatural (aunque eso de hombres excepcionalmente valientes poniéndose a temblar de ridiculeces, pensándolo bien, también es bien actual). En suma: si por lo demás está muy bien escrito (¡y vaya si lo está!), ¿qué importancia tiene hallar respuestas a las preguntas expuestas más arriba? Bien; lástima que EL CÓDIGO DA VINCI también es una novela interesante, y ese hecho, cuando recién apareció, no impidió que miles de lectores alrededor del mundo nos preguntáramos qué había de cierto respecto al Sangreal, el matrimonio de Jesús y María Magdalena y demás. Sólo que con EL CÓDIGO DA VINCI tuvimos más suerte, porque al convertirse en semejante éxito de ventas, propició la aparición de muchos libros (una plaga, diría yo) explicando, cada uno con su propia cuota de credibilidad (porque no todos eran confiables), qué era cierto y qué no lo era en la trama de aquel famoso best-seller. Lamentablemente, Peter Tremayne tiene su fama, pero ni soñar con alcanzar los récords de aquella novela de Dan Brown; así que habrá que resignarse, porque, por ejemplo, del Troid-Sciathagid, en Internet no se nos habla si no es en el contexto de las novelas y cuentos de la Hermana Fidelma. Mala suerte... Por excelente que sea la lectura, como es el caso.

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Escrita 14 de Mayo de 2014
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DESPERTANDO A MR. HYDE en JUSTINE O LOS INFORTUNIOS DE LA VIRTUD
A Donatien Alphonse François de Sade (1740-1814), mejor conocido como Marqués de Sade, se lo ha satanizado o elevado a lo alto de pedestales dependiendo de la época y/o la persona que lo evaluara. En mi opinión, ambas posturas son extremas e inmerecidas. En lo que hace a su vida privada, lo malo fue que la misma no existió, ya que la hizo pública, pero de lo que debería haber quedado en privado, no hizo nada, que yo sepa, que no hicieran también muchos otros nobles franceses de su época que, sin embargo, mantenían en reserva y disfrazaban bajo máscaras de santurronería cuando fingían escandalizarse con las extravagantes andanzas sexuales del Marqués. Por otra parte, parece que mucho de lo que hacía éste era a título experimental; si bien, ¡vaya experimentos!...Como sea, fingir escandalizarse, vaya y pase en tiempos de la Revolución Francesa; pero hacerlo ahora ya es anacrónico y ridículo. Pero todo esto no quiere decir necesariamente que el Marqués fuera bueno escribiendo, y los resultados en este sentido se prestan a amplio debate. La obra suya que ahora nos ocupa, LOS INFORTUNIOS DE LA VIRTUD, es la primera que escribió, y la más moderada. Posteriormente, su editor lo instaría a escribir obras "convenientemente sazonadas" (sic; léase: "muy amorales"), y él satisfaría ampliamente esa demanda. Vale la pena recalcar, de paso, que si el editor lo apremiaba de esta manera, no era precisamente porque quisiera quedarse él con toda una edición de un libro invendible: lo perverso tiene éxito. Y LOS INFORTUNIOS DE LA VIRTUD, aunque sea el primero y más moderado de Sade, como dijimos, es de todos modos un asombroso compilado de depravaciones y maldades; no hablemos ya de las otras. Trata acerca de dos hermanas, Justine y Juliette, que separadas siendo aún muy jovencitas, permanecen sin reencontrarse durante años. A lo largo de los mismos, Juliette se inclina hacia la vida licenciosa. Un día se encuentra con una muchacha llamada Sophie que resultará en realidad ser Justine, pero a la que no reconoce de inmediato. Justine-Sophie está a punto de sufrir la pena máxima por un crimen que no cometió, lo que viene a ser la cereza coronando la torta. La torta serían unos cuantos años de virtud recompensada con ingratitud, castigo y dolor. La mayor parte del libro es el relato que Justine-Sophie hace a Juliette de sus desventuras; concluido el mismo, ambas hermanas se reconocen, y Juliette logra que su amante se haga fiador de la inocencia de la condenada, consiguiendo que sea liberada. Pero Justine no se beneficia de ello, porque enseguida la mata un rayo, y la hasta entonces licenciosa Juliette decide, a partir de ese momento, vivir en la virtud. Fin de una historia floja por demás, y con un final todavía más flojo que el resto. Porque hasta entonces Juliette la había pasado en grande viviendo en el vicio, en tanto que la virtuosa Justine, tras una vida de penurias a causa de su naturaleza virtuosa, termina muerta por un rayo, como si el mismísimo Todopoderoso repudiase una conducta tan recta y aprobase, en cambio, el libertinaje de su hermana; así que no tiene pies ni cabeza que ésta tome la piadosa decisión de vivir conforme a los mandatos del Señor. Mucho más creíble es la encendida loa al pecado que Juliette concluye haciendo en HISTORIA DE JULIETTE, O LAS PROSPERIDADES DEL VICIO, que en 1801 publicó Sade en una nueva versión de este personaje. LOS INFORTUNIOS DE LA VIRTUD es apenas poco más que pornografía interesante, opinión que sin embargo tiene su valor si viene de alguien que, como yo, es asexual y suele aburrirse con casi cualquier otro material de esta índole. El punto fuerte está en la descripción de las penurias -exageradas e improbables- que atraviesa Justine-Sophie, y que demuestran la frondosa imaginación de su autor para lo amoral y perverso, como también su acierto para despertar el morbo de sus lectores. Es muy probable que quienes tanto ensalzan la supuesta genialidad del Marqués se basen precisamente en ese talento suyo para recordarnos que la perversidad es inherente al ser humano, y que nadie está del todo exento de ella. No en vano uno de los pasajes más sádicos (¡precisamente!) y, quizás, más releídos, transcurre en un convento. Sade nos saca a pasear al Mr. Hyde que todos llevamos dentro, lo que no está mal, siempre y cuando el Dr. Jeckyll siga al mando. Pero el problema es que no debería descartarse totalmente la posibilidad de que uno o más desquiciados pudieran encontrar en Los infortunios de la virtud inspiración y material didáctico, y decidieran recrear en la realidad algunas de las fantasías de este libro. Con lo que Mr. Hyde quedaría sin freno, dando la razón a los detractores del Marqués. Salvando ese detalle, ciertamente importante, este libro no está tan mal para descubrir y explorar el lado oscuro de la propia personalidad; ahora, citarlo entre las grandes obras de la literatura universal, ya me parece cosa de manicomio.

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Escrita 5 de Mayo de 2014
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ZONCERAS Y TEDIO en EL MISTERIO DE LOS TEMPLARIOS
Entre 1307 y 1314 los Templarios fueron procesados y condenados lo mismo por Felipe IV de Francia que por el Papa Clemente V, que no era más que un mero títere de aquél. Si podemos hablar de algún misterio real en torno a ellos, el único evidente es el de la veracidad o falsedad de los cargos que se les imputaron. Algunos historiadores tomaron partido por el monarca francés; que yo sepa, la mayoría los considera inocentes de al menos buena parte de las acusaciones. Pero como sea, no hay consenso ni mucho menos. Ahora bien, el problema es que los Templarios, para empezar, eran Caballeros, una palabra que en sí misma ya excita la imaginación. Además, no eran Caballeros cualesquiera: eran monjes guerreros, y eso suena bien. Suena a soldados de Dios, a campeones de la fe, a paladines de la justicia y a cosas parecidas, por más que sepamos que cruzarse el Mediterráneo (o cualquier otro mar) para achurar al prójimo en nombre del Señor no es muy santo que digamos. Por si esto fuera poco, los Templarios tuvieron mal fin, entre acusaciones de veracidad dudosa. Era lo que faltaba para hacerlos entrar en la leyenda. Algo similar ocurrió con los cátaros: no profesaban un cristianismo cualquiera, sino uno herético. Su fe, sin embargo, parecía más cercana a Cristo que la ortodoxia católica. Que también ellos terminaran trágicamente, resultó el último ingrediente para que también ellos se volvieran leyenda. No sorprende, entonces, que a unos y a otros se los asociara con tesoros jamás descubiertos o con el Santo Grial: las leyendas se acrecientan en el imaginario con el paso del tiempo. Ningún historiador serio halla en la actualidad base sólida para éstos u otros supuestos misterios que otros autores, más fantasiosos, han creído ver en los Templarios o en los cátaros. En el caso de los Templarios, por ejemplo, no cabe duda de que manejaron riquezas inmensas; pero sus gastos también eran inmensos. Sin duda ahí se iba parte del tesoro. Felipe el Hermoso se quedó con una buena cantidad. ¿Por qué no pensar que, si no se quedó con todo el tesoro, fue quizás porque antes de que éste llegara a sus manos pasó por las de los vivillos siempre dispuestos a hacer leña del árbol caído? En la novela histórica de Maurice Druon EL REY DE HIERRO, primera de la saga LOS REYES MALDITOS, el obispo Juan de Marigny cometía una bella malversación con bienes de los Templarios. Desde luego, es ficción; pero ilustra algo que se repite en todas las épocas. ¿Tan absurdo es presumir que muchos de los bienes de los Templarios pudieron correr un destino similar? Se podría seguir así con todos y cada uno de los hipotéticos misterios atribuidos a los Templarios.¿Que podrían haber llegado a América? Por supuesto, pero la cuestión no es si ellos o cualesquiera otros navegantes precolombinos pudieron hacerlo, sino si lo hicieron realmente. De los Templarios (y ya que estamos, de la mayoría de los otros navegantes antedichos), sobre esa cuestión, sólo hay evidencia circunstancial. Y eso, siendo optimistas; porque francamente estamos hablando de constructores de fortalezas a los que en América aún no ha sido posible atribuirles siquiera un mísero ladrillo. Al menos quienes afirman, por ejemplo, que los egipcios llegaron a América, comparan las pirámides egipcias y las mayas, que no serán exactamente iguales, pero que proporcionan cierto asidero superficial a la teoría. Este es el tipo de misterios sobre los que Martin Walker se explaya aquí, para colmo con el mismo estilo exasperante del que hizo gala en La historia de los Templarios, donde ya exhibía algo de la misma falta de seriedad que tanto abunda aquí, pero que al menos podía, con algo de buena voluntad, considerarse un ensayo histórico. No es éste el caso, pero además otros autores, si bien escribieron disparates tratando de hacerlos pasar como ciencia, al menos emplearon un estilo ameno y más astucia para dorar la píldora, caso del célebre Charles Berlitz, autor, entre otros libros de EL TRIÁNGULO DE LAS BERMUDAS. Pero Walker está a años luz de Berlitz, quien cuando no contaba con fuentes concretas recurría a frases dignas del Oráculo de Delfos, pero no cometía la torpeza de citar autores de ficción, como sí se hace aquí. Cualquier aspiración de seriedad que pudiera tener este libro fracasa nada más con ese detalle. Y luego, está esa irritante costumbre de Walker de abusar de los puntos suspensivos, ya en tono irónico, ya para hacerse el misterioso. ¿Contiene esta obra algún dato histórico de relevancia? ¿Y qué sé yo? Siempre puede haber alguno, pero ¿qué le puedo creer a alguien que sugiere, aunque sin afirmarlo abiertamente, que los Templarios pudieron haber hallado la Piedra Filosofal, esa misma que permitía trasmutar cualquier metal en oro y que, según Joanne K. Rowling, sólo pudo crear Nicolás Flammel? Por supuesto, eso lo dice en HARRY POTTER Y LA PIEDRA FILOSOFAL, una novela fantástica, pero si Walker no se priva de mezclar fantasía e Historia ni de apoyarse en literatura de ficción, ¿por qué no refutarlo de la misma manera? Queda claro que si este libro puede recomendarse a alguien, será a devotos de lo esotérico, lo misterioso, el Templarismo o a fantasiosos en general.

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Escrita 5 de Mayo de 2014
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TRADICIONES VS. GLOBALIZACIÓN en TUAREG
El targui Gacel Sayah es un ignorante en materias que no vale la pena conocer o que no se pueden comprender. Por ejemplo, no vale la pena conocer los chismes de la farándula, ni los simples chismorreos habituales de todo barrio "civilizado". Y no se puede comprender que alguien intente subdividir, límites artificiales mediante, ese inmenso océano de arena que es el Sahara, su mundo, y que por lógica no podría conocer otro límite que aquel donde la Naturaleza pone fin al desierto. Y si Gacel es ignorante en estas cosas, se encuentra muy en ventaja, en cuanto a sabiduría, respecto a quienes sí saben de ellas, puesto que las cabezas de estos últimos están llenas de datos inútiles y absurdos. Precisamente huyendo de una civilización que no entiende y a la que el pueblo tuareg no podía ya oponer resistencia seria, Gacel se retiró en algún momento adonde dicha civilización no pudiera molestarlo ni humillarlo. En ese entonces, el colonialismo francés controlaba el Sahara. Pero resulta que la civilización dará con él y vendrá a molestarlo de todos modos. Esto sucede cuando un puñado de soldados irrumpen en su jaima, su tienda, guiados por otro targui,en busca de dos hombres a los que halló medio muertos y a los que ha dado hospedaje, matando a uno y llevándose prisionero al otro, sin siquiera dar la menor explicación. Para los tuareg, como para tantos otros pueblos apegados a viejas tradiciones, la hospitalidad es sagrada; si para el mundo "civilizado" no, no es su problema, porque precisamente él procuró alejarse de ese mundo que no podía entender y del que no es capaz de formar parte. En consecuencia, Gacel procurará vengarse del ultraje del que ha sido víctima. Primero buscará al targui que condujo a los soldados hasta su jaima; a ése lo despacha en honorable duelo, uno de ésos que parecían relegados al pasado o a las exhibiciones, pero que esta vez se torna muy presente y real. Acto seguido busca al oficial que de forma tan insolente le reclamó a los dos hombres que eran sus huéspedes, y lo degüella. Ya ha cometido dos asesinatos, uno de ellos de un soldado y otro de un targui que trabajaba para el gobierno; es decir, de personajes de cierta importancia, suficiente para que, como mínimo, lo condenen a dos décadas de cárcel. Sin importar lo que suceda luego, Gacel es ahora un proscrito, y ateniéndose a la lógica, sólo le queda entregarse a las autoridades y resignarse a la sentencia legal o luchar hasta la muerte. Y la cárcel mataría a un targui como él, amante fervoroso de su libertad, más cruelmente que cualquier arma de fuego. Gacel no es un personaje que se haga amar; no de entrada, al menos. Es demasiado orgulloso y tiene esclavos, algo que repugna a nuestra mentalidad; y está ese machismo de no querer ser muy demostrativo en sus afectos hacia su esposa. Sin embargo, si uno lo piensa, reserva su orgullo para sí mismo, en lugar de exhibirse como modelo de adoración; y en cuanto a los esclavos, lo cierto es que, aunque les tiene cierto desdén, por lo demás no los maltrata, y ellos están bastante conformes con su situación. Y por lo demás, ama a su esposa, y ella a él, así que, ¿qué tienen que decir los de afuera? Especialmente teniendo en cuenta que la mayoría de quienes quisieran objetarle éstas y tantas otras cosas pertenecen a una civilización donde no siempre se trata bien a la mujer, y donde miles y hasta millones mueren de hambre en supuesta libertad. La libertad sola no da de comer, y en cambio Gacel, aunque sea por conveniencia, mantiene bien alimentados a sus esclavos. La conclusión obvia es que la idiosincrasia de los tuareg, en el peor de los casos, es simplemente distinta, y quizás incluso preferible, a las prédicas del mundo civilizado, que suenan mucho mejor, pero que en prédicas se quedan. Y Gacel ama entrañablemente su desierto, el desierto de los tuareg; ¿quienes sino ellos simbolizan mejor el Sahara y tienen derecho a reclamarlo como suyo? Y no obstante, allí va la civilización con su prepotencia, su soberbia y sus leyes (para cuya elaboración no han sido consultados los tuareg) diciéndole que no puede conservarse fiel a las tradiciones, y que ha de vivir de otro modo. De esta manera, su reacción se vuelve más comprensible. No se trata sólo de dos huéspedes; es todo su estilo de vida, el único que conoce, el único al que quiere apegarse y uno tan respetable como cualquier otro, el que está en juego. Esa certeza pone al lector, incondicionalmente, de su lado. Para colmo, Gacel quizás no se haga querer de entrada, pero los soldados que irrumpen en su jaima directamente se hacen odiar de entrada. Es cierto que los militares en general no inspiran muchas simpatías, pero éstos ni siquiera son militares en toda regla: la mayoría son pájaros de cuenta sentenciados a penas diversas conmutadas por cierto tiempo de servicio militar en el "Culis Mundis". Constituyen una soldadesca de baja estofa que aborrece el desierto tanto como Gacel lo ama. Este libro, en suma, trata del drama de la ahora llamada globalización; de cómo los últimos pueblos del planeta se resisten a ser "civilizados". Si fuera una película de Rambo, acabaría con el héroe triunfante sobre una pila de destrucción y cadáveres... Pero por desgracia, aunque también por suerte, esto no es una película de Rambo, y el final se anticipa amargo. Seguramente podría haber sido peor, al menos desde el punto de vista de Gacel, pero igual deja al lector indignado e impotente... E incluso con ganas de asesinar al autor, pero ¿se puede reprochar a éste haber optado por un final realista? Al margen de eso, las descripciones del desierto son sencillas pero contundentes, eficaces. Vázquez Figueroa no precisa de palabras ampulosas ni de giros poéticos para impactar al lector con la agreste belleza del Sahara -que él debe conocer muy bien, puesto que allí vivió en su infancia y su adolescencia- ni con sus duras condiciones de vida, y el lector comprende que Gacel soporte estas últimas por amor a su desierto y, también, a su libertad. Quizás la única objeción que puede hacérsele a este libro es que no incluya un glosario al final. Algunos hemos leído TEFEDEST y/o ENTRE LOS TUAREG, y ésos nos arreglamos bastante bien con la terminología tuareg, pero no todos; y si bien algunos términos más o menos pueden entenderse en el contexto de la frase en el que se encuentran, no sé si puede decirse lo mismo de la totalidad de los vocablos.

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Escrita 14 de Abril de 2014
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INSÓLITO HASTA EN LA TRADUCCIÓN en ALMANAQUE DE LO INSÓLITO VOL. 1
ALMANAQUE DE LO INSÓLITO apareció en los primeros años de los '70, y aunque Irving Wallace y su hijo David Wallechinsky se lleven los créditos, contaron con numerosísimos colaboradores que se enuncian en las primeras páginas y aparecen identificados donde corresponde en el texto por sus iniciales. Entre dichos colaboradores no detecté ningún nombre que me fuese siquiera remotamente familiar. Esto no deja de tener su importancia, porque estamos ante una obra, su título mismo lo dice, que nos habla de cosas muchas veces increíbles, y siendo así, siempre conviene contar con autoridades de renombre respaldándolas. No es el caso, y con esto empiezan las varias objeciones que pueden hacérsele a ALMANAQUE DE LO INSÓLITO, que consta de ocho volúmenes, de los cuales tengo sólo los seis primeros. El contenido en general es material digno de CRÉASE O NO, DE RIPLEY; pero he encontrado que mucho de lo que incluye está en contradicción -a veces alarmante contradicción- con otras fuentes más confiables. Resumiendo: por muy interesante que parezca, debe tomárselo con pinzas. La traducción es otro tema. Un par de veces detecté torpezas tan obvias al respecto, que es inevitable preguntarse qué tan bien traducido estará el resto. Eso, para dar una idea general de la obra entera. Cuñéndonos ahora específicamente a este primer volumen, el mismo empieza desgranando predicciones de todos los tiempos. Esta sección al menos hará reír a mandíbula batiente, porque se detallan de cada pronosticador, no sólo los vaticinios que por entonces ya se sabían acertados o erróneos, sino también otros que en ese entonces eran para el futuro, pero que hoy, en 2014, deberían haberse cumplido en su mayoría. La magnitud de los disparates anunciados por estos profetas y obviamente incumplidos haría reír hasta a un cadáver. Las palmas se las lleva el famoso Criswell, el mismo de PLAN 9 DEL ESPACIO EXTERIOR (1956, Edward Wood Jr.). Según él, el mundo llegaría el 18 de agosto de 1999, y si ocurrió, yo no me enteré. Además, conforme a sus predicciones, un meteorito destruyó Londres en 1988, se realizó en Las Vegas la primera Convención Interplanetaria... En fin... Otros capítulos interesantes de este volumen son el que se ocupa de las utopías, tanto las teóricas como las llevadas a la prácticas, y el de las conductas humanas. En este último, entre otras cosas, se detallan experimentos famosos y algo tétricos sobre el tema, como el de la falsa prisión, efectiado por el Doctor Zimbardo y que inspiró una película alemana de 2001 y una remake yanqui de 2010. El capítulo 4 es otra cosa. Porz un lado hallamos datos interesantes, como el episodio que dio orzigen al dicho según el cual "El perro es el mejor amigo del hombre". Junto a éstos hay otros más aburridos o irrelevantes (¿le interesará a alguien que "si al número de veces que el cricket chirría en un minuto, se le quita 40, se lo divide por 4 y se le agrega 10, el resultado así obtenido es equivalente a la temperatura Fahrenheit"? En el mismo capítulo, el traductor la pifia horrorosamente al traducir LEMMINGS por LÉMURES. Estos últimos son prosimios de Madagascar, sin relación con los lemmings o lemingos noruegos, pequeños roedores de los que hasta hace no tanto se creía que emprendían migraciones suicidas. Precisamente de los supuestos suicidios en masa de los lemmings es que nos habla el artículo donde la palabra aparece tan espantosamente traducida; de modo que, encima, la información quedó desactualizada. Todavía con mayor desconfianza debe leerse el capítulo 3, Lo desconocido y misterioso. Los autores no inventaron los sucesos en él recopilados, pero sus conclusiones son excesivamente audaces. Así, ni por un momento ponen en duda que la célebre aventura en Versalles vivida por Annie Moberly y Eleanor Jourdain haya sido un viaje en el tiempo, aunque Daniel Cohen en LA ENCICLOPEDIA DE LOS FANTASMAS sea más cauto en sus opiniones, y aunque el DeLorean del "Doc" Emmet Brown no esté muy activo que digamos. Los seis primeros tomos me salieron ridículamente baratos, y a este precio no están mal. Pero en Internet se vende a veces un solo txomo por el precio que me costaron los seis... Y créanme: no valen tanto.

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Escrita 4 de Abril de 2014
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UN TEMA TABÚ, EXAMINADO POR EL ARTE DE TODOS LOS TIEMPOS en EL ARTE DEL SUICIDIO
De cuantos actos pueda cometer un hombre, sin duda uno de los más desconcertantes, fascinantes y aterradores a la vez es el suicidio. Esto es así porque dicho acto trasgrede el más básico de los instintos de la especie humana, el de supervivencia. Hoy se ha convertido en un lugar común la idea simplista de que es de cobardes suicidarse. Esto es una tontería tan obvia, que apenas si parece necesario refutarla: en principio, si alguien atenta contra su propia vida, tiene que haber pasado un largo tiempo previo reuniendo coraje para ello, porque el temor a la muerte es nato en el hombre, y la muerte hace pensar en la nada, en la no existencia; idea que espanta, como lo prueba el hecho de que la persona que accede a las demandas de un eventual asaltante lo hace motivada por el miedo a que éste lo mate, no por una supuesta valentía ante la vida (tenga dicha valentía o no). Y en cualquier caso, allí está esa horrenda forma oriental de suicidio, el seppuku, que para quien la practica es una forma de lavar un honor mancillado y que, por sangrienta y dolorosa, no puede menos que espeluznar a todos los demás. Cuesta conciliar el seppuku con el postulado de que el suicidio es cosa de cobardes. En realidad, la noción que se tuvo y se tiene del suicidio varió siempre según las épocas, las culturas e incluso las formas elegidas para autoeliminarse, y a través del arte puede captarse cómo evolucionó dicha noción. Esto explica el irónico y ambiguo título de este libro. ¿Puede ser un arte suicidarse? A juzgar por ciertas insólitas formas de suicidio, pareciera que algunos piensan eso; pero de todas maneras, el tema de este libro es la forma en que el arte representó el suicidio y la visión que de él se tenía en cada época. A veces, las representaciones artísticas del tema son casi inexistentes, y esto también nos dice algo: se trataba de algo demasiado incómodo para inmortalizarlo a través del dibujo, la pintura, la escultura o lo que fuere. Las representaciones más antiguas que se conocen del suicidio se remontan a la antigua Grecia y, concretamente, al del héroe Ájax o Äyax. Este es el punto de partida de EL ARTE DEL SUICIDIO, que reúne reproducciones de obras de arte de todos los tiempos pero que, aclaremos, tiene abundante texto explicando detalles de las mismas y la metamorfosis que sufrió la idea del suicidio a través de los siglos, como también los motivos de los suicidas representados en dichas obras, o las circunstancias que rodearon ese último acto suyo en este mundo. Naturalmente, tratándose de personajes de la antigüedad, ya sean históricos o ficticios (Cleopatra, Lucrecia) se tienen representaciones de distintas épocas; ya son menos las de figuras actuales (Chatterton) y también hay otras que simplemente ilustran el acto de matarse a sí mismos sin remitirse a nadie en particular. La obra también se ocupa de la literatura sobre el tema, si bien de forma menos exhaustiva o analítica, y llega hasta los suicidios asistidos por Jack Kevorkian, el mal llamado Dr. Muerte. Desde luego, este libro no ayudará a entender por qué se suicidan las personas. Las explicaciones actuales están enraizadas en la psicología, y aunque básicamente no sean complicadas de entender, sin duda no satisfarán a los deudos de quienes hayan decidido terminar con su propia vida de forma tan trágica. Por el contrario, se trata de ilustrar, ya lo hemos dicho, cómo se vio y se ve el suicidio desde afuera; y en esto, Ron M. Brown cumple holgadamente con su propósito.

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Escrita 4 de Abril de 2014
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