SÍ... "LA GENTE ES MUY TONTA" por EKELEDUDU

Portada de LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO. EL OCASO DE OCCIDENTE

No hace tanto comentamos aquí mismo un libro de Peter Heather que llevaba exactamente el mismo título (y hasta tenía una tapa similar) que este otro de Adrian Goldsworthy que, quizás en un intento de diferenciarse del primero, se subtitula EL OCASO DE OCCIDENTE. Al profano en la materia podría parecerle que al menos uno de los dos está de más (en cuyo caso sería el de Goldsworthy, porque el de Heather es anterior), y muy probablemente ambos, ya que muchos de nosotros crecimos sin la menor sombra de duda de que el Imperio Romano sucumbió bajo el empuje incontenible de las invasiones bárbaras. Es más, en el fondo, el libro de Peter Heather no hace sino reafirmar esta suposición, por más que la desarrolle y exponga como un proceso bastante más complejo. En las primeras páginas de este otro ensayo homónimo, en cambio, Goldsworthy nos abruma de entrada, al comentar que un estudioso alemán catalogó doscientas teorías que se barajaron para explicar por qué llegó a derrumbarse el alguna vez poderoso Imperio Romano, lo que, en primer lugar, nos hace preguntarnos cuántas más habrá que el estudioso de marras no haya alcanzado a catalogar y cuántas más surgirán en el futuro. Tal vez no importe, porque ya que haya doscientas, parece un disparate. Lo que nos lleva a la segunda pregunta: ¿cómo es posible que no se sepa por qué cayó el Imperio Romano? No estamos hablando de un suceso tan remoto como podrían ser los inicios de la monarquía faraónica en el Antiguo Egipto o los comienzos de la civilización sumeria, que es hablar de una época en que la escritura recién surgía y, por lo tanto, las fuentes escritas eran más escasas. De hecho, ni siquiera hablamos de tiempos precristianos. El Imperio Romano cayó en 476 de nuestra era; ¿cómo es posible tanta incertidumbre?

El problema es que no hay certidumbre ni siquiera respecto a cómo sucedieron sucesos mucho más recientes en el tiempo, como por ejemplo el asesinato de Kennedy (no es una reflexión propia; creo que la hacía Steven McKenzie en su libro EL REY DAVID, pero no estoy seguro); teniendo en cuenta esto, que no se conozcan las causas exactas del derrumbe del Imperio Romano no sorprende tanto. Goldsworthy aporta en este libro otras pautas que hacen todavía más lógica y comprensible esa ignorancia. Pero en primer lugar, ¿por qué no aceptar lo que parece obvio, es decir, que fueron los bárbaros quienes provocaron ese derrumbe? Pues porque ni siquiera los propios bárbaros deseaban tal derrumbe, porque Atila buscaba más extorsionar y saquear que conquistar o destruir, porque otros líderes bárbaros como Alarico pretendían más formar parte del Imperio que acabar con él, porque los invasores no eran tan numerosos como podría suponerse ni estaban todos de acuerdo y porque en otro tiempo el ejército romano había constituido una temible fuerza militar que, casi con toda seguridad, hubiera logrado contenerlos.

Goldsworthy reconoce e incluso elogia escuetamente el libro de Heather (no tan elogioso se muestra, en cambio, con el documental televisivo de Jones y Ereira que luego dio lugar al libro ROMA Y LOS BÁRBAROS: UNA HISTORIA ALTERNATIVA, del que también hemos hablado aquí; si bien reconoce que fue muy ameno) pero, para él, las causas de la caída del Imperio Romano hay que empezar a buscarlas no mucho después del reinado de Marco Aurelio. No es que niegue que las invasiones bárbaras hicieron lo suyo, pero tal como él presenta los hechos, éstas fueron como un mazazo que, sin embargo, no representó más que el golpe de gracia para un coloso ya resquebrajado y debilitado por guerras civiles y muchos problemas adyacentes que aquí no viene al caso detallar (para eso está el libro, después de todo). Por otra parte, pudieron influir otros factores que desconocemos. Aquí volvemos a las fuentes: ¿por qué éstas no permiten sacar conclusiones definitivas? En el caso de las fuentes escritas, éstas no necesariamente son fiables, por ejemplo, por ser meramente propagandísticas, o bien pueden hablar de cosas que no son del interés del historiador. Al fin y al cabo, la mentalidad humana no fue siempre la misma a lo largo de los siglos, y lo que hoy parece prioritario conocer, no tiene por qué haberlo sido en el Imperio Romano. De hecho, durante la interminable serie de guerras civiles que siguieron a los reinados de Cómodo y Pertinax, si la principal preocupación de cada Emperador era ante todo sobrevivir, ¿por qué iba a serlo menos la de sus súbditos?, quienes, si contrariaban a su soberano, se arriesgaban a perder su pellejo en una época en que no era nada difícil perderlo. Nunca lo es, en realidad, pero si se forma parte de una burocracia llena de envidiosos dispuestos a todo por ascender de posición en la misma, lo es menos todavía.

Y sobre lo que callan las fuentes escritas, la arqueología no siempre es mucho más locuaz. Golsworthy nos dice, por ejemplo, que ni las fuentes escritas ni las pruebas arqueológicas nos aportan datos fehacientes acerca de la marcha de la economía del Imperio Romano, y si ésa era mejor en el siglo III que en el IV; si bien, algunos indicios pueden inspirar conjeturas en un sentido o en otro.

Incluso pasando por alto esas lagunas en nuestros conocimientos, o dando por supuesto que lo que ignoramos no agregaría muchos datos esenciales más, es imposible precisar en qué momento la caída del Imperio Romano pasó a ser un hecho irreversible, o si, en caso de no haber mediado las invasiones bárbaras, hubiera durado mucho más tiempo de lo que duró. SÓLO SÉ QUE NO SÉ NADA, afirmaba un filósofo, más sabio sin duda de lo que él mismo pensaba. Queda claro que libros como éste, el de Heather o cualquier otro que se ocupe de este tema o alguno similar pueden ser, y de hecho para mí lo son, interesantísimos; pero ninguno de ellos tiene ni tendrá jamás, me temo, la última palabra, de modo que quien pretenda leerlos para saber más, mejor que se remita a la celebérrima frase del filósofo y será, probablemente, todo lo sabio que hay que ser. No obstante, si insistimos en que debe haber una manera de precisar la causa exacta por la que cayó el Imperio Romano, la mayor superpotencia de la Antigüedad, nos quedamos con la encantadora frase, remedo de la opinión de un rústico (y sin duda, también sabio, con esa sabiduría del que carece de cultura, pero razona mejor que mucha gente instruida), que cierra la obra de Goldsworthy: "Pos... Es que la gente es muy tonta".

Escrita hace 7 años · 5 puntos con 1 voto · @EKELEDUDU le ha puesto un 10 ·

Comentarios

@Faulkneriano hace 7 años

Hace unos años hubo una especie de deporte olímpico entre los académicos británicos a ver quién escribía el libro definitivo sobre la caída del imperio romano. Este es uno de ellos, que, la verdad, no recuerdo muy bien. Buena reseña.

@EKELEDUDU hace 7 años

Gracias. Por lo visto tenés razón en lo del deporte, porque muy pocos años separan al libro de Heather del de Goldsworthy. Supongo que puede tomarse éste como el definitivo o al menos "semidefinitivo", al reconocer, precisamente, que probablemente ninguno será el definitivo.