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Reseñas de Faulkneriano Opciones de perfil

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MUCHO HARDY en CUENTOS COMPLETOS
Los cuentos completos que publicó Alba, volumen de proporciones verdaderamente intimidantes, son un verdadero festín para el que se haya asomado a los temas y obsesiones del Hardy novelista, pero también para el amante del relato: si bien es cierto que hay altibajos, el tono general es de gran invención y el detalle, la pasión narrativa y la elegancia formal rayan a gran altura. Hay dos grupos de relatos de Hardy que se me tornan irresistibles. Uno, los basados directamente en relatos orales o en tradiciones de su imaginario Wessex, un mundo rural que conserva todavía intactos los aromas de siglos pasados; otros, las apasionadas historias de amantes separados por el espacio, el tiempo, la opinión y las clases sociales (tema central para el autor, como sabrán los que hayan leído, pongo por caso, Jude el oscuro, Tess o Lejos del mundanal ruido) Hay ahorcados, maldiciones, muertos enterrados en un cruce de caminos la noche de Navidad, oscuras premoniciones de muerte, verdugos y reos prófugos calentándose al mismo fuego. Hay, también, muchas historias de amores que sobreviven (o no) al destino adverso, al tiempo (¡ah, esos años que pasan a escape en unas páginas, llenando de canas y arrugas a los amantes) a la casualidad o a la maldad más desaforada. Cierto que en más de una ocasión Hardy (quien lo haya leído lo sabrá) pisa el escabroso terreno de lo folletinesco, pero sale del empeño con una elegancia digna de alabanza, convirtiendo las pobres vidas de artesanos, campesinos, pequeños hacendados o marineros en una peripecia con todos los elementos de la tragedia verdadera, reservada tradicionalmente a los poderosos. En el fondo, Hardy es un sobrio romántico, un tanto ajeno a los audaces experimentos formales de fin de siglo (es coetáneo de Henry James o de Conrad, aunque no lo parezca) Por Dios, no me pidáis que os diga cuál es mi cuento favorito. Sería más feo que pegarle a un padre con un calcetín sucio lleno de piedras.

8 comentarios, puntuación: 4.86 con 7 votos
Escrita 1 de Abril de 2016
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RELIQUIAS DEL PASADO en LA CELOSÍA
Me he pensado mucho escribir una reseña sobre esta novela, tan famosa en su tiempo, porque supongo que hoy tiene pocos lectores. Ha pasado mucho agua bajo los puentes, y el experimentalismo a ultranza del nouveau roman (de Robbe-Grillet, bien conocido por los aficionados al cine, pero también de Natalie Sarraute, Michel Butor y Claude Simon, por citar solo a los más recordados) ha perdido fuelle: la narratividad lo ha inundado todo, exaltando a la trama por encima de la forma significante. Y precisamente la trama es lo que menos interesa a Robbe-Grillet and friends. Pero vamos con La celosía, título polisémico donde los haya, uniendo los mecanismos que regulan la luz (tan importante en la novela) y el sentimiento de los celos. Lo chocante no es que esté escrita en presente (una opción estilística justificada por el transcurrir monótono de la existencia, sin cambios aparentes, de una plantación en algún lugar de los trópicos, un mundo estático poblado de objetos inmutables descritos una y otra vez) sino que el personaje central, el protagonista, no existe. O, mejor dicho, se identifica tan completamente con el narrador objetivo (una especie de cámara que registra las conversaciones y acciones de los demás pero que nunca se enfoca a si mismo) que desaparece completamente: nunca sale en la foto. Hasta pasadas varias páginas, en la primera escena, el lector no advierte que se ponen tres cubiertos a la mesa porque van a comer la mujer, el vecino y el narrador mismo, que ocupa el centro de la escena sin nombrarse nunca a sí mismo ni intervenir en nada. A este respecto, los momentos en que el narrador se queda solo en el bungalow colonial son escalofriantes: lejos de entregarse a la introspección, se limite a vagabundear por las estancias vacías, registrando con minucia los restos de la presencia de su mujer, de quien sospecha que le es infiel. Los días se suceden con la misma secuencia monótona, dando la impresión de que son siempre el mismo día, a lo que ayudan lo poco una serie de leitmotifs (la huella de un ciempiés en una columna, el comentario de una novela, el proyecto de un viaje, las ceremonias del aperitivo y de la cena, el rumor de los grillos, el sol avasallador). Solo en determinado momento el narrador imagina algo que no sabemos si será real y que no desvelo por si algún degustador de rarezas se animara a leer la novela en cuestión, corta, concisa, hipnótica... y gélida como pocas, habida cuenta de la total ausencia de empatía que el lector puede sentir por un personaje que le es escamoteado hasta hacer que repensemos la noción misma de personaje. Esta novela de la luz de los trópicos incidiendo sobre unas figuras calcinadas refugiadas en gestos repetidos, desprovistos de sentido, supuso en su día toda una novedad. Hoy puede contemplarse como un camino lateral que sale de una densa autopista: un cordel lleno de maleza, porque ya no se recorre, orillado de la corriente principal por décadas de olvido. Es curioso que tuviera que leer la novela en una edición de Barral de la década de los 60: no encontré otra.

15 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 29 de Septiembre de 2015
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ALGO SE ESTÁ GESTANDO en NOCTUARIO. RELATOS EXTRAÑOS Y TERRORÍFICOS
Aunque los cuentos de Noctuario son de los 90, Valdemar los ha publicado en 2012 y yo, con mi notorio despiste de novedades, no los he terminado hasta ayer (los he leído casi de un tirón, en dos noches consecutivas, movido por una ansiedad lectora que no experimentaba hace tiempo). Llevo, pues, harto retraso en "descubrir" a Ligotti, pero me da que todavía no es muy conocido entre los aficionados al género del terror (los hay, me consta, en esta página). Se han escrito, desde la misma portadilla de Valdemar, enormes ditirambos sobre este raro escritor. Todavía no sé si es un Lovecraft redivivo, pero solo sé a ciencia cierta una cosa: los relatos de Ligotti son diferentes y, desde luego, están muy bien escritos: no son siempre comprensibles, y una segunda lectura no ayuda (lo sé muy bien) porque no son, de ninguna manera, reductibles a razón. Todavía no sé el alcance que la obra de este autor va a tener en el terror moderno, y estoy a la espera de leer más cosas suyas, pero quiero dar una señal de aviso: algo se está gestando. Algo importante. No es que yo quiera (como Ligotti) ser misterioso, sino que no me atrevo a decir más. Me gustaría ser más explícito, pero su literatura es desarmante y, la verdad, estoy tan paralizado como un conejo mirando una cobra. Esto es un aviso para navegantes.

17 comentarios, puntuación: 4.63 con 8 votos
Escrita 21 de Septiembre de 2015
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POMBO en EL METRO DE PLATINO IRIDIADO
Tras despachar de un tirón El parecido y El héroe de las mansardas de Mansard, dos novelas excelentes, la lectura de El metro de platino iridiado, de la que tenía buenas referencias, me ha afectado de forma muy personal. Reconozco que la alta consideración que me merece es directamente proporcional a la turbación que ha producido en mí. La novela (insisto: desde mi muy peculiar punto de vista) se plantea como el desarrollo de una idea única: ¿es posible la felicidad, y, más exactamente, la felicidad conyugal? No es poca cosa. La novela se plantea, a manera de thriller emocional, como una angustiosa serie de pruebas a las que se someten Martín, un escritor en ciernes, y su enamorada mujer, María, la roca inconmovible, el metro de platino del título, sobre la que pivota el resto de sus personajes: su desamparada madre, su inestable hermano Gonzalito, su amiga Virginia y su hijo Pelé. Pombo no renuncia a sus constantes: un estilo robusto, un grand style que a algunos les parecerá un tanto alambicado y hasta grandilocuente, desde luego exigente con el lector pero lleno de una rara delicadeza y una contundencia notable a la hora de describir ideas y sentimientos; el omnipresente tema de la homosexualidad, aquí encarnada en el dubitativo y desnortado Gonzalo, antes y después de su iniciático viaje a Londres; el mundo de la infancia y de la adolescencia, territorio que Pombo recorre con una habilidad notable, ya explicitada en el dibujo de Cus-Cus, inolvidable protagonista de El héroe de las mansardas, y aquí revalidada en el complejo personaje de Pelé, de una bondad sin fisuras, digno hijo de su madre; las reflexiones filosóficas, aquí potenciadas por el background de Martín, personaje discurseante, antipático poseedor de la verdad perpetua; y, finalmente, el gran tema de la literatura, disciplina que Martín confunde, para su desgracia, con la vida. Y uno asiste, con el alma en vilo, al desarrollo de un amor que se quisiera siempre eterno, pero que arrostra, una tras otra, las grandes olas de esa furiosa tempestad que es la vida real, la vida vivida, la vida misma. Aunque Pombo no renuncia a su peculiar sentido del humor, el resultado es una novela grave, a ratos sentenciosa, con un final sobrecogedor, que convierte a María en una de las heroínas más complejas, para mi gusto, de la narrativa española posterior a 1975.

7 comentarios, puntuación: 4.86 con 7 votos
Escrita 10 de Marzo de 2015
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RUIDO en JOTA ERRE
Alfaguara tuvo el honor de traducir Los reconocimientos, la primera novela del norteamericano William Gaddis, en 1987, con más de veinte años de retraso: se publicó en 1955. La cosa quedó ahí, hasta que la editorial Sexto Piso comenzó a publicar la obra completa de Gaddis en 2008, con Ágape se paga, primero, y Gótico carpintero, en 2012. Este año le ha tocado el turno a Jota Erre, que llega a las manos del lector español, con 40 años de retraso, cuando ya hace muchos que su autor ha desaparecido. Es pues, una novela setentera, escrita en plena guerra de Vietnam. Está ya prevista la publicación de Los reconocimientos, con lo que la obra de Gaddis quedará expedita para todos aquellos valientes que quieran conocerla. Gaddis es otro escritor secreto de los muchos que hay en unos Estados Unidos donde conviven los autores más venales del mundo, infatigables autores de literatura rápida, con otros radicalmente invisibles, encastillados en sus manías, como Pynchon o Salinger. La diferencia es que Gaddis es mucho menos conocido y, hasta donde yo puedo valorar, igual o más interesante. Como bien se dice en una crítica que está empezando a reaccionar ante la incuestionable maestría de su prosa, Gaddis es, por su estilo y cronología, un autor postmoderno como John Barth, William Gass o Donald Barthelme, aunque Gaddis es algo mayor que todos ellos, y, desde luego, absolutamente diferente. Como los citados, nuestro autor es dado a toda clase de experimentalismos y su prosa otorga pocas concesiones al lector (Jonathan Franzen le llama Mr. Difficult: por algo será) pero Jota Erre excede todas las previsiones. A ver si me explico: la novela consta de 1150 páginas que registran las interminables conversaciones, presenciales y telefónicas, entrecortadas, caóticas, confusas, llenas de latiguillos, de un centenar bien largo de personajes que hablan interminablemente (en los despachos de una corporación financiera, en un piso atestado de correspondencia, en un caótico instituto, en un hospital) sin que el lector sepa siempre a ciencia cierta quién habla ni, seguramente, de qué, toda vez que la mayor parte de dichos diálogos giran en torno a abstrusas operaciones bursátiles y financieras, aunque también a las más puras aspiraciones del hombre o, muy típico de Gaddis, a la literatura misma –hay varios escritores- o a la música –hay también un músico-, por contraposición a esa fiebre por amasar dinero que mueve a casi todos los actores. No hay capítulos ni división alguna del texto, por lo que idealmente, si esto fuera humanamente posible, la obra debería leerse como un continuo. El lector debe resignarse a dejar el marcapáginas al azar en medio de una conversación (las que duran 40 o 50 páginas) y hacer callar por un momento a esas voces estentóreas, pagadas de sí mismas, ávidas. Las escasas líneas de texto no dialogado (que a veces estallan en barrocos párrafos aún más intrincados que los diálogos) ayudan a establecer las transiciones entre las escenas (a veces no hay: ¿dé dónde ha salido éste?) sugiriendo, como con desgana, un viaje, una llamada que se cruza, el desplazamiento de alguno de los que hablan. Bla, bla, bla. Entre el ruido de fondo el lector debe estar atento a ínfimas noticias intercaladas que montan el armazón narrativo: un accidente de coche, un suicidio, una chica que se tira por el balcón porque dice que puede volar. Gaddis no piensa repetirlo, ni recapitular, ni cerrar de forma ostensible las muchas historias que va entretejiendo alrededor de JR Valsant, estudiante, once años, verdadero genio de las finanzas, un niño desalmado, desnaturalizado, insensible e impresentable que no puede ver un helado sin pensar que debe haber un millonario tras ello ni acometer acción alguna que no tenga beneficios. Es una novela satírica de gran calado: los ejecutivos que se enredan en las trampas de JR y coadyuvan a su ascenso y caída son niños grandes, egoístas y crueles, unos zangolotinos sin apenas formación ni otro interés que no sea amasar dinero. Es un coro trágico de abogados, brokers, directores de banco, ejecutivos, generales, altos funcionarios, publicistas, un grupo de estultos intercambiables, tan eficaz en su extrema verbalización de la ambición como detestable en sus formas. Nada queda a salvo: ni la educación (una parte de la novela transcurre en el instituto donde JR acude a clase y nos presenta a sus profesores, más preocupados por montar circuitos cerrados de televisión y conseguir contratas que en comprar libros o educar a sus alumnos) ni el ejército (tan aficionado a formar parte de los consejos de administración y a dirigir la política exterior en beneficio de las grandes empresas) ni, por supuesto las altas finanzas, presentadas como un demente juego infantil: la dureza del autor alcanza aquí cotas no superadas en la historia de la literatura. Los creadores tampoco salen muy bien parados: inseguros, inmaduros, narcisistas, tanto el músico frustrado Edward Bast como los escritores (Thomas Elgen y Jack Gibbs, autor, por cierto, de una novela llamada Ágape se paga) recorren sus pobres vidas flanqueados por el fracaso literario y la insatisfacción personal: otro escritor, Schramm, lo pagará caro. Una América paranoica (Hyde y su refugio antiatómico; el director del instituto Whiteback y sus dos teléfonos, el de su cargo académico y el que enlaza directamente con el banco local del que es propietario; los indios miserables y dementes usados por las corporaciones) reflejada con una crudeza inusitada, despiadada, pero no sin sentido del humor (la historia de un matrimonio que cree que el indigente que se les ha metido en casa es el padre de uno de los dos, el viaje escolar para visitar Wall Street y comprar una acción que desencadenará las intrincadas maniobras de JR, los imbéciles razonamientos de los financieros) Gaddis modula su obra como si fuera una inmensa cantata (las alusiones musicales son constantes) llena de ruido y furia, discordante, áspera. El desasosiego alcanza su máxima expresión en un piso con la puerta arrancada y los grifos perpetuamente abiertos, donde un enloquecido Bast prueba a poner orden en los kilos de correspondencia, grandes paquetes de muestras, palos de golf y accesorios perfectamente inútiles (se ha invocado a menudo el camarote de los Marx), un precario refugio donde el músico se encierra para escribir una delirante composición (¡para un documental de animales!) a la vez que ejerce de hombre de paja para un niño (su antiguo alumno JR) que ha creado un imperio pero no puede mostrarse como su autor. Los personajes entran y salen (un enloquecido portero, la amante de Schramm, los vecinos escritores que buscan entre el detrito sus manuscritos perdidos, un gato), una radio se activa intermitentemente, zumba el teléfono. La cartografía del piso es tan precisa como agobiante, sin espacio para moverse. Un camión enorme estaciona abajo para descargar mil gruesas de flores de plástico chinas. Para qué seguir. Hay una omnipresente sensación de provisionalidad: los personajes pierden un zapato, se visten con trajes prestados, caminan bajo la lluvia. No hay cálidos refugios, salvo para los capitostes atrincherados en sus despachos, rodeados de secretarias, prepotentes pese a sus mezquinas vidas personales. El autor guía al lector dotando a los personajes principales de un idiolecto propio (los mmm de Whiteback, los o sea de Rhoda, los vulgarismos de JR, tan mal hablado), lo que ha debido exacerbar la dificultad de la traducción. Aún así la dificultad es formidable. Hay que rendirse a la evidencia: la obra (como la vida) es un ruido continuo, una radio defectuosa que emite ocasionales ráfagas inteligibles en un universo carente de sentido. Reseña larga para una obra monumental: no podía ser de otra manera.

19 comentarios, puntuación: 5 con 8 votos
Escrita 16 de Septiembre de 2014
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CUIDADO CON EL MUÉRDAGO en LA RAMA DORADA
Dudo mucho que Frazer, victoriano donde los haya, saliera mucho de su británica isla, pero su red de corresponsales y sus minuciosas lecturas le proporcionaron información sobre costumbres y mitos pasados y presentes de todas las partes del mundo. Anterior en una generación a los antropólogos de campo, intuitivo, brillante, tan discutible como pueden serlo todos los genios (a menudo por sus excesos) ofreció una obra fundamental que llegó a tener, en su segunda edición, doce volúmenes y que, por insistencia de su mujer, accedió a reducir a uno solo, aunque fuera de considerables dimensiones. Los lectores atentos de Eliot, entre otros muchos autores relevantes del pasado siglo, no tardarán en reconocer a Frazer como fuente. Tampoco los lectores de Benet, por poner un ejemplo español: es imposible leer sobre la Demetria de Un viaje de invierno o el Numa de Volverás a Región sin recordar páginas muy concretas de Frazer, del que tantos autores bebieron, como de una fuente inagotable de mitos, de ritos, de humanas acciones más o menos comprensibles. La magia, la religión, la ciencia y sus extrañas revueltas. Puede decirse que las más de 600 páginas apretadas son una especie de pesquisa detectivesca en busca de la explicación acerca de un mito de la más antigua Roma, cuando la Suburra era una aldea y la misma ciudad un pueblo de campesinos: un rey-sacerdote que vive en un bosque, cerca de un santuario de Diana y un lago, al que, tras arrancar una rama dorada, cualquiera puede desafiar y, caso de matarlo, suceder, con la misma espada de Damocles sobre su existencia. Pero, claro, no se trata solo de eso. El itinerario intelectual que el libro propone, con un plan extremadamente riguroso pero lleno de riquísimos meandros igual de interesantes, es agotador, mareante, excesivo y sobrepasa a cualquier lector medio, pero los hallazgos son brillantes, su prosa magnífica (cuidada y elegante, ocasionalmente socarrona, con malignos destellos de humor) Es notable que, para una obra gestada en lo esencial a finales del siglo XIX, en la comparación entre el primitivo y el ser civilizado no siempre salga perdiendo, ni mucho menos, el primero. Un capítulo cualquiera nos servirá para ver hasta qué punto es vasto el territorio a explorar: la Saturnalia romana, los carnavales, un festival babilónico, la fiesta judía del Purim, todo en uno, conduce, insensiblemente, a la crucifixión de Cristo vista bajo una luz decididamente heterodoxa. Quien quiera toboganes conceptuales parecidos, de la muerte de Balder a los druidas celtas, de los totems de los aborígenes australianos al secreto de los reyes de burlas, este es su libro. Paciencia, eso sí, y barajar. Atención para aficionados al fantástico: aquí pueden encontrarse las hogueras en lo alto de las colinas, los festivales con sacrificios humanos, las misas invertidas, las almas escondidas fuera del cuerpo a salvo de enemigos, el marcado carácter siniestro de muchos cuentos y tradiciones populares, la doliente inmortalidad, los peligros del sexo y otras menudencias que harían las delicias de lectores de Machen o Lovecraft o de los cinéfilos que hayan visto The wicked man. Ahora que han sido los Carnavales, temblad sólo de pensar lo que esconden algunas fiestas en pueblos pequeños no contagiados por la samba. Aunque sus ideas sobre el tabú no fueran del todo correctas, aunque la mayoría de sus interpretaciones tengan fecha de caducidad, aunque se equivocara a veces (interpretar mal un texto latino le hizo forzar la mano en una conclusión, lo que le avergonzó tanto que presentó su dimisión al rector de su college, que no le hizo mayor caso), aunque no sea cierto que las campanas de Santa María de Roma puedan oírse en el bosque de Nemi, aunque Malinovski o Levi-Strauss (por poner el ejemplo de dos antropólogos a los que admiro) le corrigieran en más de una cuestión fundamental, aunque no hubiera estado nunca en el río Adonis (lo describe mucho mejor que los que sí estuvieron), la obra de Frazer permanecerá para siempre.

6 comentarios, puntuación: 5 con 13 votos
Escrita 5 de Marzo de 2014
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DRIEU LA ROCHELLE en BURGUESÍA SOÑADORA
Me animo a comentar esta hermosa novela porque su autor, Pierre Drieu la Rochelle, escritor de entreguerras (me encanta la palabra, aunque el concepto es odioso) es poco conocido y fue sepultado en el olvido por el paso del tiempo y, sobre todo, por su colaboración con Pétain y su público alineamiento con el fascismo. Sólo el estreno en 1963 de la excelente película Fuego fatuo, de Louis Malle (una de las más escalofriantes reflexiones sobre el suicidio que he visto en la pantalla) basada en una novela de Drieu, puso de nuevo su nombre en candelero y el runrún no ha cesado de crecer, aunque en España no es excesivamente conocido. Drieu la Rochelle (¡vaya apellidos!) es lo que se llama un gran estilista, y así lo prueba en Burguesía soñadora. El esmalte de sus frases es delicado, con súbitas explosiones líricas sobre una sólida base narrativa, diálogos pertinentes, digresiones justas y bien medidas, rutilantes metáforas, ocasionales atisbos de pulcros y contundentes monólogos interiores (nada fáciles de casar en una novela, por lo demás, de aliento clásico) Recuerda a lo mejor de la prosa francesa de esa época, tan olvidada hoy: Mauriac, Bernanos, Julien Green. Pero es que la trama está a la altura: parte de una situación conocida, la concertación de un matrimonio entre una familia linajuda pero arruinada de provincias y otra, parisina, menos distinguida pero más rica; pasa luego por una clásica situación de adulterio (aquí la cosa comienza a complicarse, porque el engaño amenaza con jugarse a dos bandas, y todo es demasiado franco y pasado de rosca, como si se tratara de una parodia de la novela decimonónica); gana enteros cuando la familia se enfrenta a la ruina; culmina cuando la desgracia alcanza a los hijos, a la siguiente generación. Ese es el gran tema: la sombra que en los hijos proyecta el egoísmo de sus progenitores. En este caso, un padre culposamente entregado a su amante, de la que no puede prescindir, incapaz de ocuparse de su familia y que arruina todo lo que toca por su carácter, tan libertino como irresoluto; y una madre que, debiendo dejar a su marido precipitarse a su propia ruina, hunde a toda la familia, incapaz de prescindir de su único amor. La novela es más moderna de lo que parece a simple vista, permitiéndose incluso un cambio de narrador, de la tercera a la primera persona, en sus últimos compases: Géneviève, la hija, quién sabe si autora “imparcial” de la primera parte, toma la palabra para ajustar cuentas con el pasado. Drieu maneja con soltura las grandes elipsis, el paso de los años, algo indispensable cuando la acción transcurre durante décadas. Es terriblemente sensual, como buen francés (explica muy bien lo que tiene de alienante el deseo e incorpora, por una vez, el deseo de la mujer engañada, preterida, que siempre suele olvidarse en las novelas) y refleja muy bien ese puñado de intuiciones y deseos, a veces tan primarios, que los humanos confundimos con algo más elevado y que pomposamente denominamos carácter, modo de pensar e incluso ideología. Drieu se suicidó a los 52 años, recién acabada la guerra: su bando había perdido y él no quería arrostrar la indignidad o la cárcel o el reprobio. No era un superviviente, como Céline, o un visionario ajeno a casi todo como Ezra Pound, por citar otros dos ilustres fascistas que llegaron a longevos. Era, eso sí, un buen escritor.

4 comentarios, puntuación: 5 con 6 votos
Escrita 4 de Octubre de 2013
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AVISO PARA ESPAÑOLES en MARTÍN FIERRO
Escribo esta reseña con renuencia porque piso, cuando menos, terreno pantanoso. Acabo de leer la que escribió Ekeledudu hace ya tiempo y la encuentro del todo atinada y sugestiva. ¿Qué puedo añadir pues? Poco, como no sea el desconcierto de un lector español ante semejante obra, para la que no encuentro parangón ninguno en nuestras letras. Nuestro siglo XIX es mucho más artificioso y nunca cedería la palabra, y menos en verso, de forma tan veraz, a un campesino iletrado. El empeño narrativo de Martín Fierro, además, es a veces completamente novelesco, con episodios muy dramáticos y una estructura en forma de viaje muy meditada y certera. Es una especie de novela en verso, parecida, salvando las lógicas distancias, al Eugeni Onieguin de Pushkin. Pero es un poema: un gran poema, diría yo, con excursiones líricas, paisajísticas, existenciales, hasta metafísicas (¡esa reflexión sobre el tiempo!: “el tiempo sólo es tardanza/ de lo que está por venir” ) sin renunciar al decoro, esto es, a la plasmación del habla de los protagonistas, gauchos, de una forma verosímil y emocionante. El léxico y las deformaciones del habla constituyen, qué duda cabe, una dificultad añadida. No así el marco histórico, que se entiende sin mucha dificultad: el aumento de la densidad de población y la obsolescencia de los ranchos, el fin de los gauchos pampeanos, la guerra de frontera, la aniquilación del indio, la supeditación del medio rural a las leyes emanadas del gobierno, de la ciudad, en suma. La vida en la frontera (las incursiones, los raptos, por cierto, le confiere un aire de western que sorprende gratamente a un lector como yo, que a ratos, le parece ver Centauros del desierto o Un hombre llamado caballo (¡qué barbaridades escribimos los peninsulares!), sensación acentuada con los duelos, a facón y no a pistola. Uno, pertrechado para su viaje con un puñado de tangos y algunos cuentos de Borges (me temo que Bioy Casares, Silvina Ocampo, Sábato, Cortázar y otros escritores argentinos no sirven de mucho en esta ocasión) se enfrenta a un mundo montaraz, bárbaro, elemental, sin doblez, producto en buena medida de la nostalgia pero extrañamente coherente y lógico en su desarrollo expositivo, donde lo mismo se cuentan las penalidades de un huérfano que una descripción del cielo estrellado, la lucha con un moreno o una disquisición sobre el proceso electoral, que de todo hay en esta obra teñida por un fuerte, imprevisto y precoz tono social. La ida (dramáticamente más cerrada: la partida para la frontera, las penalidades del ejército, la constatación de la ruina familiar, el deslizamiento hacia la condición de fuera de la ley, la amistad con Cruz, la desesperada medida de ocultarse entre los indios) me gusta más que la vuelta, atravesada por toda clase de encuentros, tan improbables como emocionantes: el reencuentro con los hijos, con el hijo de Cruz... ¡con el hijo del moreno que asesinó Martín en una pelea! No obstante, la segunda parte abre el poema hacia toda clase de temas, de la indefensión legal de los menores a la situación de los negros, pasando por lo inevitable de la extensión de la ley, en todas sus manifestaciones marrulleras, al mundo (quizá demasiado idílico) de los gauchos. Aviso para españoles: de la misma forma que nuestros amigos del otro lado del charco leen el Quijote, nosotros debemos leer el Martín Fierro. Lejos de mí la intención de equiparar ambas obras, demasiado distantes y distintas: es la curiosidad lectora (la misma que nos impulsa hacia la Grecia de Homero o la Rusia de Tolstoi) lo que cuenta. Y que me disculpen esos mismos amigos la osadía.

5 comentarios, puntuación: 4.83 con 6 votos
Escrita 5 de Junio de 2013
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INCLASIFICABLE en TEORÍA DE LA CLASE OCIOSA
Vagabundeando a través de las universidades norteamericanas, en las que nunca llegó a descollar, quizá por su ajetreada vida sentimental y su falta de honorabilidad al uso, Veblen escribió en 1899 este libro extraño, inclasificable, propio de alguien que pasa ampliamente de las disciplinas académicas. En efecto, el libro no es un tratado de economía, ni de antropología, ni de etnografía, ni de sociología, o quizá de todo ello; es, desde luego, un ensayo, pero a ratos se lee como una sátira propia de Swift, otros como un ominoso cuadro de costumbres y otros como una verdadera novela de terror, sobre todo teniendo en cuenta los tiempos que corren. La tesis del libro es que la clase ociosa, surgida de una aristocracia arcaica basada en la proeza y en la afirmación violenta, mantiene su particular status, al margen del sistema industrial del que se beneficia, de una manera peculiar: la exhibición ostensible del ocio y el consumo ostensible, lo más cerca que pueda del derroche. A partir de ahí la película que se monta Veblen es impresionante. Todo cabe en esta exhibición desprejuiciada de ingenio, en esta mirada incisiva sobre el fin de siglo: el papel de la iglesia, la importancia del bastón, los tacones, el corsé o el traje de etiqueta, el papel de los deportes, la supremacía de los saberes inútiles en las universidades frecuentadas por la clase ociosa, la peculiar semejanza que establece entre ésta y los delincuentes de clase baja (sic), el ocio y consumo vicarios de la mujer del capitán de industria, la importancia de la librea, la obsesión por el césped, por qué las obras y fundaciones filantrópicas tienen fachadas tan impresionantes, la necesidad de las modas y por qué los negros del Sur se imaginan el más allá lleno del brillo del oro. Todo ello, por improbable que pueda parecer, se relaciona con la estructura y las instituciones económicas y encuentra una justificación teórica, si el lector tiene el valor de afrontar unas páginas llenas de paradojas, de ideas tan deslumbrantes como novedosas, de conceptos a primera vista arbitrarios y hasta surreales. Veblen es un prestigiditador de las ciencias sociales: juro que estuve con la boca abierta los tres días que me llevó leer este libro, subrayando y anotando, cosa que no hago casi nunca, incapaz de adivinar a qué nuevo salto conceptual (comparaciones odiosas, consumo vicario, emulación pecuniaria et altri) me llevaría el hijo de noruegos. En mi vida he visto nada tan audaz. No hace falta decir que este libro, a la luz de la actual situación económica actual, toma unos tintes inevitablemente siniestros.

12 comentarios, puntuación: 5 con 7 votos
Escrita 21 de Mayo de 2013
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PARA MÁS DE UN AÑO en CUENTOS PARA UN AÑO
No hay error en la ficha: son, efectivamente, 2300 páginas, más o menos, las que suman los tres volúmenes que Nórdica (atención a esta editorial) ha dedicado a los cuentos completos de Luigi Pirandello. Desde que era muy joven me atrajo su idea de crear un cuento para cada día del año, y, sobre todo, el título que dio a tal empeño. Era, simplemente, una forma de hablar, porque lo que hizo en esta work in progress fue simplemente acumular los muchos cuentos que publicaba en revistas. Pirandello, conocido justamente por su teatro y por una novela. El difunto Matias Pascal, que a mí no se me antoja nada del otro jueves, es un cuentista nato. Y además siciliano (como Lampedusa, Sciascia, Bufalino, Giovanni Verga y, últimamente, Camillieri: ¿por qué me gustarán tanto los sureños?) No es que en sus cuentos esté todo su teatro: es que en sus cuentos está toda la vida. Hay cuentos de ambiente romano y siciliano (y hasta norteamericano), rurales y urbanos, de la provincia y de la gran ciudad; unos son narraciones de cierta extensión y otros, breves apuntes; unos se mueven en un pedregoso realismo y otros tienden hacia un lirismo exacerbado; unos son lineales, clásicos, y otros exhiben un jugueteo formal tendente al experimentalismo; unos son graves y otros humorísticos (muchos: a Pirandello le gusta la risa y, también, esa fértil frontera entre lo real y lo fantástico que está tan presente en su teatro); en ellos se pasa de la bestialidad típica del naturalismo a las tramas más delicadas que puedan imaginarse, del horror al amor, aunque el autor vuelva una y otra vez a esa penumbra en la que se recogen medrosos los apocados, los desdichados, los humildes, los locos, los ilusos, los superados por el destino y se enfrentan con sus pobres armas (el ingenio, la dignidad) al mundo. La nómina de personajes es inabarcable; la nómina de La mayoría de sus cuentos te ponen un nudo en la garganta y algunos, los muy puñeteros, te hacen llorar. Es imposible reseñar todo el formidable panorama que dibujan los cuentos de Pirandello. Su lectura me ha llevado más de un año y ¡ay! he olvidado la mayoría de los cuentos; queda, eso sí, el poso: la calidez, la humanidad, la risa y el llanto, la lucidez y la locura de los hombres y mujeres, la gozosa asunción de sus contradicciones. Que no se me pida que diga cuál es el cuento que más me gusta: me daría un disgusto.

10 comentarios, puntuación: 5 con 7 votos
Escrita 21 de Marzo de 2013
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