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GALICIA 1917 en VOLVORETA
“Volvoreta” ha sido mí vuelta a aquel escritor que leí hace ya bastantes años y al que, por unas razones u otras, nunca había regresado. Aquel escritor era Wenceslao Fernández Flores y la novela era “El bosque animado”. La leí coincidiendo con el visionado de la película, con dirección de José Luís Cuerda y guion de Rafael Azcona, en que aparecían unos personajes sorprendentemente entrañables que merodeaban por la fraga de Cecebre, en A Coruña. Recuerdo aún, pese a los años transcurridos, los nombres de algunos de ellos: Fendetestas, Marica da Fame, Fiz de Cotobelo…, eran nombres que aparecían en sus pasajes y que, en comunión con el bosque, conformaban un mundo sorprendente y fascinante. Pero, fuera de “El bosque animado”, apenas me venían ecos cinematográficos de “El malvado Carabel” o de “El hombre que se quiso matar” y a esto habría que sumar el hecho cierto de que su valoración literaria actual se sitúa en niveles más bien bajos. Pero el caso es que cuando vi “Volvoreta” en mi biblioteca, el recuerdo de aquel título que oí nombrar cuando estudiaba literatura en el colegio volvió a mi mente y decidí que este era el momento de leerlo. Que la reputación de Fernández Flores esté hoy en sus horas más bajas, se debe seguramente a su posicionamiento personal, decididamente conservador, que él extendió del ámbito social al político y también al literario. Ese conservadurismo, hizo que la crítica, normalmente más comprometida política y literariamente, lo haya marcado como un producto típico de la derecha, abocado al terreno del franquismo y a una especie de limbo que los críticos literarios consideraron, yo creo que injustamente, como mediocre. Fernández Flores se introdujo en la literatura desde su primer empleo de periodista en La Coruña, continuando ininterrumpidamente hasta su traslado y posterior afincamiento en Madrid. Una de sus características más habituales es el humor, un humor presente en muchísimas de sus novelas, la mayoría de ellas elegidas para el cine por cineastas que buscaban, precisamente, una cierta dosis de hilaridad. Curiosamente, otra de las características de algunas de sus novelas, y “Volvoreta” es una de ellas, era cierta afición al naturalismo y recalco aquí mi extrañeza en esta cuestión, porque combinar el dramatismo, inherente al naturalismo, con ciertas dosis de humor, no deja de ser una fusión de difícil apaño. Lo cierto es que esta novela fue seguramente su mayor éxito popular, en una época (1917) en la que el asunto de arranque de la trama era todo un clásico del folletín (viuda con hijo de quince años que seduce a la criada), proporcionaba un tema que, por lo menos, tenía el tirón propio de una historia con morbo. Pero tampoco “Volvoreta” (mariposa en gallego), tiene el tremendismo propio del estilo naturalista, aunque lo bordee en las fases en las que el escenario es el medio rural gallego, de la misma forma que tampoco contiene ese humorismo propio de los perdedores, en la línea pesimista que cultivaría luego el autor. No sé bien que es lo que esperaba de esta novela, probablemente una mezcla de todas estas cosas, y me sorprendió bastante no encontrarme con ninguna, porque ni es exactamente un dramón trasnochado, como temía, ni tampoco vi atisbos de aquel humor derrotista, y por otro lado, también me resultó sorprendente el pasotismo con que actúan sus protagonistas sobre todo en una segunda parte en la que su actitud resulta ciertamente desconcertante. Así que me atrevo a afirmar que pese al tramo inicial, que por sus aires costumbristas y rurales recuerda lejanamente a “Los pazos de Ulloa”, esta no es una gran novela. A partir de su mitad hay un cambio brusco y el asunto, se desplaza al escenario urbano coruñés y al ámbito periodístico por cauces aparentemente autobiográficos, para terminar con un final cuya resolución resulta excesivamente insulsa. Todo ello me lleva a decir, y lo hago con decepción, que no he encontrado por ningún lado aquella especie de magia fascinante que sentí leyendo “El bosque animado”. En definitiva, su interés a día de hoy es de tipo casi arqueológico, por ser su trama y su estilo literario un auténtico observatorio de lo que fue la literatura de éxito hace cien años y porque permite descubrir aquel ambiente gallego, tanto en lo que se refiere al entorno rural como al urbano. Pero poco más.

1 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 13 de Abril de 2020
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UNA SUTIL COMEDIA EN BOSTON en LOS EUROPEOS
En esta novelita, Henry James escribía aún con ese estilo sofisticado y complejo que usaba antes de cambiar hacia otro mucho más intrincado y difícil que utilizó hacia el final de su vida. El caso es que su escritura tuvo siempre cierta complicación, algo que aquí, siendo todavía joven (35 años), era ya perfectamente apreciable. Es sabido que para conocer cómo está escrita cualquier novela suya, conviene situarla en la lenta pero progresiva modificación de su estilo, “Los europeos”, concretamente, es todavía de una época relativamente temprana (1878) y su lectura es bastante fácil. Una peculiaridad de “Los europeos” es que el escenario de la acción aún no se había trasladado a Europa —algo que ocurrió posteriormente en la mayoría de sus novelas—, transcurriendo todo el tiempo en la residencia de una acaudalada familia en las proximidades de la ciudad de Boston. Los protagonistas, que acaban de llegar de Europa, de ahí el título de la obra, son dos hermanos: ella, la mayor, Eugenia, está casada con un aristócrata alemán (aunque medio separada de él) mientras que su hermano, Félix, algo más joven, es soltero. Han viajado a los Estados Unidos para visitar a su tío y a sus primos a los que prácticamente no conocen. Ambos personajes han pasado su vida en Europa y su educación les ha convertido en avezados representantes del estilo de vida de las clases acomodadas del viejo continente, son muy agradables en su trato, hablan francés a la perfección y lo demuestran insertando continuamente frases enteras en la conversación. De manera que cuando desembarcan en Estados Unidos y se presentan ante su grupo de parientes americanos, sienten en toda su plenitud el choque de costumbres y mentalidad, supuestamente muy notable, que había entre las personas de ambos continentes a pesar de que todos ellos eran angloparlantes. La acción que se desarrolla con estos supuestos de partida es leve, sosegada y cordial, casi podríamos calificarla como una deliciosa comedia, aunque quizá una comedia un tanto fría y exenta de la familiaridad que podría suponerse en tal situación, pero, eso sí, en los términos de distinción, elegancia y “fair play” que se le supone a personas que conviven en un entorno adinerado y con mucho tiempo disponible por delante. Con estos datos que acabo de facilitar todo el que haya leído a Henry James y conozca un poco su obra, se hará una idea bastante precisa de en qué va a consistir la novela, a pesar de que en realidad no haya dicho prácticamente nada sobre los demás personajes ni sobre lo que se traen entre manos. Pero no daré más datos —que no se trata de destripar la historia—, y solo repetiré que ésta es leve, o al menos se desarrolla de una manera leve y civilizada. Las tramas de James suelen ser así, su interés no se centran en grandes vuelcos argumentales que compliquen la acción, su manifiesto interés está la corta distancia, en los detalles, en la observación de las relaciones sociales y amorosas de los personajes, perfectamente dibujados, por cierto, y en el complejo desarrollo de una trama que vincula a unos con otros, enfatizando sus conflictos interiores, analizando su psicología, o exponiendo la visión del mundo que tienen los dos bandos beligerantes en esta amable contienda, es decir los europeos y los americanos. Leyendo sus diálogos, disfrutamos permanentemente de su ingenio, de su inteligencia y de la habilidad del autor para crear una sutil red de amistades o amoríos que se entrecruzan con las expectativas vitales de cada uno y todo ello desarrollado en un entorno culto y refinado, en el que se conversa sobre inquietudes artísticas, musicales, literarias o sociales, con la aparente relajación que permiten las escasas obligaciones por ganarse la vida, que tienen unos personajes inmersos en una especie de estado de holganza continuado. Quisiera resaltar por fin el hecho de que sus conversaciones conllevan en forma y fondo, una modernidad sorprendente; y no me refiero solo a una imposible comparación con la actualidad, sino con el rumbo que tomaban las ideas a finales del XIX y ya no digamos si los confrontamos con lo que se gastaba en la España de entonces. Pero es más que sabido, que la sociedad española de aquella época sufría un retraso innegable y la lectura de James viene siempre a ponerlo claramente de manifiesto.

2 comentarios, puntuación: 4.67 con 3 votos
Escrita 30 de Marzo de 2020
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TRÁNSITO INFERNAL en PELANDO LA CEBOLLA
Si alguien está pensando leer “Pelando la cebolla”, lo primero que debe saber es que no hablamos aquí de una novela, sino de las memorias juveniles del, ya por aquel entonces (2006), consagrado y laureado escritor Günter Grass, que vertió en este libro su trayectoria vital en la Alemania de los años cuarenta y cincuenta, y lo hizo en un momento en que la remembranza de aquel pasado convulso podía fácilmente destapar dudosas y malintencionadas interpretaciones del máximo morbo periodístico. Su nombre ya era sobradamente conocido desde que escribiera “El tambor de hojalata” en 1959, y las concesiones de los premios Nóbel, y Príncipe de Asturias, en 1999, agrandaron su popularidad hasta ponerle en el punto de mira de los que, leyendo este libro, se encontraron cosas tan llamativas como que el polemista y dicharachero escritor de izquierdas, llevó en el cuello de su guerrera el símbolo de las Wafen-SS, eso sí, cuando tenía la tierna edad de diecisiete años. La verdad es que su obra literaria estaba ya repleta de obras que trataban aquellos años, si bien desde otros puntos de vista más inocuos, como su infancia en Danzig (“El tambor de hojalata”), o como aquel episodio tremendo del hundimiento del navío Wilhelm Gustloff (“A paso de cangrejo”), considerado históricamente como el record mundial de catástrofe naval en tiempos de guerra o de paz (9.343 fallecidos, seis veces más que en el Titanic). Son memorias con un contenido tal, que hace pensar que fueron creadas con un claro carácter de testimonio lanzado al aire a modo de desahogo, sin ánimo de ocultación de detalles, sin ningún tipo de tapujos y contándolo todo aun a sabiendas de la repercusión que podrían tener ciertas revelaciones. Es indudable que la independencia de que hacía gala en ellas, reforzaba su posición personal, dejándole al margen de ataques y maledicencias referentes a episodios juveniles vinculados al régimen anterior, o por lo menos así era como quería verlo él, con un olímpico desprecio de las opiniones contrarias. Centrándonos en el libro, hay que decir que su lectura está presidida por dos aspectos fundamentales: uno, la impronta que marca el lenguaje que utiliza; otro, el terrible momento histórico en que se desarrolla; creo que ambas cuestiones dejarán a lo largo de su lectura un rastro que agrandará su valoración final. Al menos ha sido así en mí caso. Gunter Grass no escribe como lo haría el escritor convencional que busca, en la cuidada ortodoxia de su escritura, el equilibrio de su texto. El suyo es un estilo muy peculiar, con el que dice las cosas de manera sumamente personal y muy simbólica, apoyándose, además, para poder brillar, en una prosa absolutamente libre, en la que a menudo refuerza el sentido de lo que quiere decir con repeticiones y giros propios del lenguaje hablado, recurriendo a palabras que son la suma de varias palabras con ánimo de recalcar contestaciones o lanzar exabruptos inopinados. Crea de esta forma un lenguaje extrovertido, ocurrente, e incluso jovial, formado por vivencias personales que, en algunos momentos, descienden a la sencilla categoría de chismes, chismes con los que llevar al lector de la mano a donde él quiere, contándole cosas que a veces le interesan y otras no tanto, pero en las que siempre hay una amenidad implícita que las convierte en absolutamente digeribles, e incluso, bastante atractivas. Si sumamos a esto la indudable sensación de que el material con el que está construido el relato, rezuma la trascendencia propia de un momento histórico tan decisivo, el conjunto acaba por arrastrar a un lector que antes o después simpatiza con el autor y se deja llevar por los detalles de una narración tan sumamente personal. A veces hay que reconocer que sus extravíos de carácter simbolista, oscurecen un poco su prosa, que por momentos parece críptica e indescifrable, pero son momentos cortos y pasajeros que se ven continuamente contrapesados por ese tono de chanza que no abandona en ningún momento, ni en los más graves, de su discurso. Pero como decía más arriba, hay dos consideraciones que marcan este libro: una, como acabo de explicar, su enorme personalidad como escritor; y la otra, quizá aún más influyente, el escenario político, sociológico y económico, propio de aquellos años; para exponer esto último, mencionaré ciertos movimientos del protagonista, que creo conveniente contar porque ayudan a saber qué es lo que va uno a leer y lo transcribo sin pudor, porque, al no ser novela, no hay trama propiamente dicha y lo narrado pertenece a acontecimientos históricos sobradamente conocidos que no destripan la lectura. Así y todo, sé que conocer de antemano lo que va a ocurrir puede molestar a esos lectores que valoran un absoluto desconocimiento previo de lo que leen, por lo que hago aquí un notorio llamamiento a no continuar leyendo si no se desea saber más sobre su contenido; o sea, incluyo aquí eso que venimos llamando SPOILER. La época que abarcan los años en que sucede esta narración, viene tremendamente influida por las especiales circunstancias que se vivían en Alemania desde mediados de 1944, año en que decide alistarse voluntario en el ejército (concretamente en la marina, porque quería servir en un submarino), hasta 1957, año en que se traslada a Paris en donde escribe “El tambor de hojalata”, momento clave de su trayectoria en el que accede definitivamente al éxito literario. A lo largo de esos trece años recorre un camino extraordinariamente variado, que arranca con la dureza del periodo de instrucción militar a los diecisiete años, sigue con la participación en el frente del Este en una guerra defensiva, desarrollada en franca retirada, en la que queda separado de su unidad, corriendo más riesgo de que le ahorque la policía militar de su propio ejército (por desertor), que de que lo mate el enemigo ruso. Milagrosamente a salvo, llega el restablecimiento de sus heridas en un hospital absolutamente desabastecido, todavía dentro de una Alemania moribunda; pasa luego una larga temporada, primero en un campo de prisioneros (ya en manos de las fuerzas de ocupación), después en una especie de reformatorio en donde afirma hacerse amigo de un compañero suyo bávaro, tremendamente religioso, de nombre Joseph y de apellido que él desconoció entonces, filiación y antecedentes coincidentes con los de un tal Ratzinger; y al fin llega su definitiva puesta en libertad, que da lugar a un peregrinaje por distintos trabajos y ocupaciones (fundamentalmente tallando piedra como escultor), hasta que tras uno o dos años consigue volver a contactar con su familia, localizada en algún lugar de la cuenca del Rhin. A este respecto, es explicable la dificultad que tuvieron muchas familias para reencontrase, como lógica consecuencia del desgarro que produjo la guerra, agravado además en su caso por el hecho de que los vencedores (los rusos) expulsaron sistemáticamente a toda la población alemana de Danzig (su ciudad natal), que pasó a repoblarse con polacos, a denominarse Gdanks, y a formar, definitivamente, parte de Polonia. En los últimos años hasta 1957, cuenta sus progresos artísticos y literarios (dedica sus ratos libres a la poesía), y narra la evolución de su vida sentimental, hasta los momentos previos a su matrimonio, con el viaje que hizo con su pareja por Italia y con su asentamiento durante aquellos dos años en París. Conviene también reseñar aquí que, en este periodo en el que pasa de los dieciséis a los treinta, Grass desarrolló más su primera vocación de niño relacionada con el dibujo y con la escultura, que con su otra gran vocación, la literaria, en la que además le dio antes por la poesía, que por la prosa. Como se puede comprobar por lo dicho, la narración de ese periodo muestra una trayectoria que va de soportar la euforia propagandística del régimen nazi en el final de la guerra, a tener que sobrevivir en la sociedad competitiva y febril de la República Federal de Alemania en el periodo de arranque del milagro económico alemán, lo que supone una mutación nada desdeñable, con la consiguiente alteración del ánimo que hay que suponer en alguien que pase de ser un ilusionado jovencito de dieciséis años (y nazi), a convertirse en un taimado, vapuleado por la vida, y, en definitiva, experto joven de treinta años (e izquierdista, además). La convulsión que, en semejantes circunstancias, debió producirse en su personalidad, tuvo que ser necesariamente brutal y su libro va haciendo que el lector capte progresivamente ese cambio y asimile los efectos que van apareciendo paulatinamente en la personalidad de nuestro protagonista. Toda la gracia de “Pelando la cebolla”, que es mucha, reside en la atenta observación de esa mutación, contada con un atractivo y personalísimo lenguaje.

3 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 10 de Febrero de 2020
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MODERNO DRAMA VICTORIANO en LA MUJER DEL TENIENTE FRANCÉS
Tengo conceptuado a John Fowles, escritor inglés fallecido en 2005, como un magnífico creador de historias de muy marcada personalidad. En ésta novela intenta reproducir los mecanismos propios de escritores como Charles Dickens, Wilkie Collins, Elizabeth Gaskell, George Eliot, o de las hermanas Bronté, es decir, de los mejores escritores ingleses del siglo XIX. La acción se ubica en 1867, en medio del largo reinado de la reina Victoria de Inglaterra, pero el narrador (el propio escritor) sitúa sus comentarios en su época, en 1967, que es el año en que publica esta novela. Leyéndola se saca la conclusión de que fue escrita con la intención de analizar y fijar, desde una perspectiva moderna, la idiosincrasia propia del prototipo de ciudadano de la Inglaterra victoriana. Vemos, además, que los capítulos podrían perfectamente dividirse en dos bloques claramente diferenciados. En el primero se incluirían los que describen los personajes, sus movimientos y los diálogos que recrean la compleja relación que conforma la trama. En el otro bloque, en cambio, se incluirían los capítulos que contienen una valoración de los comportamientos de esos mismos personajes, en los que sus decisiones se interpretan, se analizan y se comparan con otras parecidas de épocas anteriores o posteriores, con la aportación de múltiples citas de carácter literario, científico, jurídico o de cualquier otra índole que incidan en el asunto. Los capítulos que describen la acción y los que la comentan van continuamente intercalados, de manera que es como si conformaran dos libros entrelazados; uno sería una novela y el otro sería el ensayo que, simultáneamente, va analizando la trama de dicha novela en tiempo real. La lectura del conjunto es fácil, en tanto que utiliza un lenguaje sin especiales dificultades y su narración sigue una secuencia más o menos lineal en la que la alternancia temporal de los acontecimientos solo se ve modificada en algunos momentos puntuales. El talante del narrador es siempre jovial e irónico, en la mejor tradición del mismísimo Dickens, haciendo prevalecer un notable sarcasmo que hace muy gratificante el seguimiento de la trama. Utiliza además ese tono tan característico de los escritores ingleses que combina crítica, o incluso autocrítica, con racionalidad, humor, elegancia y sutil ironía, tratando siempre de salvaguardar la honorabilidad que se supone inherente al rol de los auténticos caballeros. La novela traslada casi todo el protagonismo a la figura de Charles y reserva mucho menos para la de Sarah, que es la mujer a la que se hace referencia en su título. Charles es un caballero, y Sarah es una institutriz, el interés de Fowles por representar los conflictos internos de esa sociedad, en la que viven Charles y Sarah, está perfectamente justificado por el enorme juego que aportaban los conflictos amorosos —que se convertían en sociales de inmediato— al desarrollo del leitmotiv de la novela que, recordémoslo, busca diseccionar la sociedad, someterla a análisis, y extraer conclusiones. Para poder centrar al lector en ese asunto, el autor dedica bastantes páginas a hacer una descripción precisa del organigrama social de la Inglaterra victoriana, enumerando los distintos estratos en que se estructura ésta: los campesinos y sus penurias, las miserias de los barrios obreros, la numerosísima servidumbre al servicio de los más poderosos y una burguesía enriquecida por la prosperidad del comercio y la industria y así hasta llegar a lo más alto de la pirámide social en la que sitúa la arrogante y un tanto decadente aristocracia, formada por caballeros, ladys o gentleman, en sus múltiples categorías. Todo queda perfectamente especificado en los capítulos correspondientes, de tal forma que su exposición, aun siendo un tema recurrente en tantas y tantas novelas, sirve para situar adecuadamente el tema a tratar. Podría pensarse por lo dicho, que ésta no es la única novela decimonónica con este formato y que muchas otras también comparten la división en capítulos descriptivos y capítulos analíticos, como pasa en la misma obra de Dickens, de Gaskell, y sobre todo de la magnífica escritora que fue George Eliot. Pero es que aún faltaría por señalar el importante matiz, evidenciado por su contenido analítico y psicológico, que acerca la novela al estilo de Henry James y la aleja un tanto de los autores antes mencionados de carácter más claramente decimonónico. Ese matiz es la incursión de la novela en el terreno de la metaficción literaria, que le hace trascender de su carácter victoriano para convertirla en una obra decididamente moderna. Fowles utiliza los capítulos más analíticos para juzgar las decisiones de los personajes, pero sobre todo para introducir en sus comentarios la voluntad de su personaje protagonista (Charles), por supuesto, sin que este se sienta personalmente concernido, razón por la que pone al crearle un interés especial en que disponga de todos los atributos que conforman una personalidad completa y el más importante de ellos, e inseparable de cualquier carácter moderno, es el libre albedrío, del que se jacta orgulloso el protagonista en una velada que comparte con el personaje del médico en un capítulo, por demás, memorable. Así, las decisiones de Charles se empiezan a escapar a las capacidades de su propio creador, lo que da pie al pique dialéctico en el que se enzarzan personaje y autor, un poco al estilo de lo que hicieron algunos autores de la primera mitad del siglo XX, como Unamuno en “Niebla”, o Pirandello en “Seis personajes en busca de autor”, que trataron situaciones parecidas. Por eso decía antes, que el narrador es omnisciente y, por serlo, sabe todo lo relativo a la narración, pero con la especial salvedad de que, en este caso, no podría saberlo todo si el protagonista consiguiese domeñar la voluntad del autor. En realidad, tampoco queda muy claro si la experimentación a que se lanza en los capítulos más analíticos conduce a conclusiones realmente brillantes o es un simple ejercicio de lucimiento dialéctico; pero da un poco igual, porque, independientemente de su éxito o fracaso en dicho cometido, se puede afirmar que este asunto de la metaficción literaria da lugar a las páginas más brillantes de un libro que, de esta manera, adquiere una trascendencia muy superior a la que hubiera tenido de haberse ceñido su autor a desarrollar una trama estrictamente convencional. En los años ochenta y con el mismo título, el director Karel Reisz adapta esta historia al cine, tomando como protagonistas a Jeremy Irons, en el papel de Charles, y a Meryl Streep, en el de Sarah. No recuerdo que me pareciera una película muy convincente, desde luego menos que la novela, pero no sé si ello fue porque no presté la debida atención a su visionado, o sencillamente, porque la densidad de la obra literaria la hace poco adecuada para ser llevada a la pantalla; el caso es que la adaptación me pareció digna pero no me entusiasmó. Sin embargo es muy de agradecer su mera existencia, por cuanto nos permite disfrutar de la acertada elección de los actores principales y de las ventajas que ello comporta para quien lee, que pasa toda su lectura visualizando mentalmente los rostros de ambos actores (si es que ha visto la película), con la clara idea de que ninguna otra pareja de actores podría haberles igualado —cosa que no es cierta porque otros actores con toda seguridad podrían haberlo hecho igual de bien—, pero creerlo le aporta al lector esa satisfacción propia de las emociones que entran en la mente por los ojos y no por la imaginación, que es como, normalmente, transcurren las cosas en toda obra literaria. Es muy curiosa, la ubicación del arranque de esta novela en el mismo lugar exacto en que se desarrolla la parte más decisiva de la novela “Persuasión” de Jane Austen. Las primeras páginas de “La mujer del teniente francés”, tienen como escenario, el espigón que protege una pequeña dársena deportiva, llamada “The Cobb”, que hay en mitad de la playa de la localidad turística de Lyme Regis, en la fachada Sur de la Gran Bretaña, que es, por otra parte, el lugar en el que vivió John Fowles hasta su muerte en 2005.

10 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 28 de Enero de 2020
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DEVIL´S SANCTUARY en SANTUARIO
“Santuario” es, indudablemente, una de las novelas de más éxito de William Faulkner y aunque su popularidad pueda hacer pensar en una lectura algo más accesible, la novela nos coloca enseguida ante las conocidas dificultades propias de su autor. Sabemos que Faulkner escribía siguiendo estrictamente su gusto personal, y despreciando todo lo que entendía como concesiones al público, una actitud seguramente determinante para su condición de escritor innovador. LA TRAMA de “Santuario”, describe el episodio ocurrido en una casa utilizada como destilería clandestina, en el que se produce una muerte y del que se deriva una situación muy violenta, que dura un cierto periodo de tiempo, y que culmina con el juicio en el que se dirime la culpabilidad por dicha muerte. Su autor le concede muy poca importancia a una descripción objetiva de las circunstancias y los detalles físicos que allí concurren (no es la clásica novela de un juicio), y mucha importancia, en cambio, a que el relato airee las condiciones de cruda violencia que se viven en dicho episodio, si bien, aminorando las más explicitas, y magnificando las que afectan al mundo interior de los personajes, a su drama, a su sensibilidad, y a su interpretación de la situación. Para conseguirlo, Faulkner extrema los rasgos sórdidos, la agresividad, y el aire de pesadilla, a la vez que intenta crear un efecto sombrío, reduciendo al mínimo posible, una descripción lúcida, objetiva, y consciente de lo ocurrido. EL ESTILO de Faulkner nos presenta a sus protagonistas como seres complicados y malhumorados, que se comunican a través de agrios intercambios de frases llenas de discusiones y reproches, y que andan metidos en un ambiente cargado de agresividad, desazón, o impotencia, que se parece demasiado a una mala pesadilla. La trama de la novela no está acotada dentro de unos límites determinados, su principio, su final y sus contornos, son borrosos y difuminados. Viene organizada en escenas de contenido dialogado que recrean la acción y de una extensión relativamente corta. Estas escenas no tienen continuidad de tiempo ni de espacio entre sí, sino que dan saltos bruscos de una a otra, cambiando de escenario y de protagonistas. Además de estas escenas narrativas, se intercalan tramos de texto con largas parrafadas, que reflejan el punto de vista del narrador y dan una visión llena de adjetivos, muy personal aunque un tanto críptica. Y aquí asoma quizá el principal problema que le plantea al lector la forma de narrar de Faulkner, que es el la dificultad de enterarse bien de cuándo, cómo, y dónde suceden las cosas, y quién es el personaje que las protagoniza. Claro que siempre existe la opción de aguzar los sentidos para entresacar esos datos de las partes dialogadas o de acción, o también, de rastrear las largas parrafadas del narrador, pero unas y otras son igualmente parcas en información y seguramente ayudarán poco a entender la trama. Faulkner utiliza también esos tramos de narrador, para implementar un aura siniestra y llena de interrogantes, probablemente en busca de la atmosfera adecuada para el intenso dramatismo de su argumento. En ellos, maneja un lenguaje vibrante (en contraposición con la sequedad de los diálogos), dándoles la forma de una impetuosa tromba verbal que matiza los pormenores de la trama y los personajes, y en la que sus lectores encontrarán en estado puro, el tipo de prosa brillante e imaginativa, poblada de adjetivos, largas frases, y figuras retóricas, correspondientes a su etiqueta de escritor modernista. Y a todo lo anterior, hay que añadir que leemos hechos que no necesariamente están en el orden en que han ocurrido, lo que contribuye más aún a confundir al lector desprevenido, aunque, no tanto, al que ya conoce su forma de escribir. La peculiaridad de estos mecanismos, se transforma en una fuerte impresión que lleva a leer con avidez (aunque también con cierto despiste), en busca de un final que arroje luz sobre las muchísimas claves que van quedando sin aclarar. De tal manera que el lector se encuentra con una novela dura, seca, exenta de rasgos amables, que cuenta mediante flashes narrativos, unos hechos, cuando menos, complicados. Desentrañar esos hechos, dejándose llevar por su magnetismo, es el reto que lleva a leer la novela de un tirón. POSIBLE REPERCUSION en el lector de “Santuario”. El mundo cruel y violento que refleja esta novela de Faulkner podría afectar al ánimo de quien lee. Pensaba en ello, mientras me acordaba de los comentarios que había leído, en los que se resaltaba la extrema dureza de “Santuario”. Ahora, tras leerla, compruebo que esa posible afección, en mí caso, ha sido menor de lo que yo pensaba. ¿Y por qué?, podría uno preguntarse. Faulkner solo define los rasgos de sus personajes que afectan a la trama; es algo así como el dicho de “el roce hace el cariño”, pero al revés; a menor roce, (léase roce como conocimiento del personaje), menos me afectan sus penas. Esto pasa, por ejemplo, con el abogado Horace Benbow, el protagonista principal del que, cuando terminé la novela, solo recordaba leves pinceladas: Es un hombre que aparece consternado en su cometido de defensor, y también en sus relaciones personales, ese es su papel en la novela; pero poco más supe de él (quizá no sea necesario saberlo), y por ello casi no puedo tenerle apego, ni sentir que me afectan los disgustos que le provoca la trama. Es decir, lo que interesa es la trama, los sentimientos periféricos a ella sobran, y los personajes están al servicio de su manera de contarla, por lo que los tipos poliédricos no encajan y no los incluye, o no da ese carácter a los que tiene. Y su concepto es sabido, sus personajes han de cumplir con su estereotipo, que es sobrevivir en aquel ambiente cruel e introspectivo, y rodeados de una caterva de tipos muy dudosos; de tipos auténticamente perdedores. Y en consecuencia, se da la antes mencionada desafección, que en el fondo, no es más que una consecuencia de sentirse un poco fuera de ese mar de sentimientos que es la novela tradicional, y en el que tanto se disfruta sufriendo. Aquí en cambio, metido en este mar que ha concebido el autor, y a pesar de su violencia, el lector toma distancia, y sufre menos. Claro que así es como lo veo yo, otros lo verán de otra forma. Conclusión: ¿Gustará a todo el mundo?: evidentemente no, William Faulkner es un escritor muy exigente con el lector; quien lo lea debe saber que su lectura requiere esfuerzo, y no todos los lectores están dispuestos a hacerlo. Y además, aun asumiendo dicho esfuerzo, su lectura no será, seguramente, del gusto de todo el mundo, por su dura temática y por la aspereza de su estilo. ALGUNOS DATOS sacados de sus reseñas en Internet, dicen que Faulkner fue un escritor modernista perteneciente a la “generación perdida”, que innovó con el desarrollo del monólogo interior, con una distribución no lineal del transcurso de la acción, con la multiplicidad de puntos de vista en la narración, y con un manejo del lenguaje en busca de la expresividad, el lirismo, y la peculiaridad de sus personajes. También se podrían considerar como características suyas un cúmulo de circunstancias, la época, el lugar, y la temática social, que de tanto aparecer en sus novelas, son ya un referente fijo de su obra. Como aquellos años veinte y treinta, en los que perduraban en el Sur las consecuencias de la guerra civil y especialmente las referidas a la falta de inserción de los negros en el tejido social; o la situación creada por la terrible depresión del 29, que se tradujo en un abatimiento económico brutal, con enormes dramas sociales por todo el país; o el problema generado por la prohibición del alcohol, cuestión ésta que subyace en el argumento de la novela. Y por último el estado de Missisipi, en ese Sur en el que las cuestiones señaladas presentaban rasgos aún más graves, pero que es el lugar en que Faulkner nació, vivió, y del que sabía que era el marco idóneo para sus tramas, con un absoluto predominio del componente dramático, algo lógico conociendo las trágicas proporciones que alcanzó aquella crisis, y sobre todo la complicadísima estructura social de aquel territorio.

20 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 30 de Septiembre de 2019
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MUNDOS PARALELOS en SOSTIENE PEREIRA
Una de las particularidades de la literatura, y también del cine, es la capacidad que tienen ambos medios para la creación de mundos paralelos al que vivimos, que nos sirvan como plataformas a las que transportarnos y vivir allí el relato a nuestra satisfacción o conveniencia, sin preocuparnos demasiado por su viabilidad real, o mejor aún, evadiéndonos despreocupadamente de la realidad en la que vivimos. El problema que arrostramos algunos lectores es que esos mundos paralelos a veces no nos gustan, o no nos encontramos cómodos en ellos, en cuyo caso se reduce la facilidad de absorción de la historia y se dificulta el traspaso de las barreras que imponen los medios escrito o audiovisual, dejándonos fuera, sin posibilidad de disfrutar a fondo una historia que tal vez concluyamos, e incluso, que quizá valoremos plenamente, pero que en ningún caso nos permitirá llegar a esa especie de comunión que mencionaba antes. No es lo que ha ocurrido leyendo este libro, muy al contrario, la trayectoria que sigue Pereira por sus páginas me ha hecho sentirme especialmente bien, haciéndome disfrutar muchísimo con ellas. Viene todo esto a cuento de mi reflexión sobre “Sostiene Pereira” —que acabo de terminar—, la cual está muy influida por su ambientación en el Portugal de 1938, en plena dictadura salazarista, y en un ambiente muy condicionado por la trascendencia de los hechos que acaecían en ese momento en Europa, y sobre todo en la vecina España. La novela cuenta la historia de Pereira, periodista veterano que redacta la página cultural de su periódico de Lisboa, con un formato de pequeña historia que se va desarrollando en los escenarios cotidianos de su día a día, hasta que en algún momento dado de su desarrollo, empieza a manifestarse el trasfondo político sobre el que está montada y con el que culmina. La verdad es que la existencia de dicha trama nos la imaginábamos desde el principio, al observar como el narrador omnisciente va soltando como una letanía aquella frase que da título a la novela y que se repite a lo largo de ella: “Sostiene Pereira que tal y tal y tal…”, como si la frase supusiera el inicio de una declaración ante, no sabemos quién, tal vez ante la policía, o tal vez ante un juez, ya lo iremos viendo. Es un libro de unas 180 páginas y no demasiado nutridas, lo que quiere decir que puede leerse en muy poco tiempo; yo, sin embargo, lo he leído a razón de unas diez páginas diarias durante unas tres semanas. Supongo que para muchos, leer así resultaría exasperante, pero es un método que a mí me funciona, porque si la obra no me interesa demasiado, leer diez minutos diarios no está mal, y si verdaderamente me interesase, sería un placer cotidiano esperar la llegada de esos extraordinarios diez minutos, y además durante bastantes días. Pero contar esto es desvelar esas ideas raras que manejamos algunos lectores en nuestro fuero interno, cosa que no era mi intención; si lo traigo a colación es más para recalcar que las sensaciones extraídas de esos diez minutos de lectura diaria han sido para mí tremendamente gratificantes. El universo de Pereira lo forman muchos elementos, es un concepto global que, de manera simplificada, coincide más o menos con el Portugal de 1938, pero que precisando más, coincide con Lisboa, o con esa ciudad balnearia a la que va a tomar las aguas, o con el tren que utiliza para desplazarse, o con los clásicos tranvías lisboetas, o con la playa en la que se baña, o descendiendo más aún al detalle, con su casa, su oficina, las porterías de ambos fincas y de otras muchas, coincide también con los restaurantes, los cafés y las terrazas que frecuenta, incluso diría que con los platos de la excelente gastronomía portuguesa por los que tiene predilección. Ese es el decorado que reviste los recorridos por los que deambula Pereira. Pero eso es solo el marco físico, y tan importante o más son las personas con las que entabla contacto para su trabajo o para su actividad particular; allí están el director de su periódico, la portera de su edificio, el camarero habitual de su café favorito, el médico del balneario con el que entabla amistad, y también el empleado que contrata como redactor, que representa el eslabón de conexión con esa trama política subyacente que sirve de soporte para esta historia. Y después de enumerar todas estas cosas y personas, solo falta añadir lo más importante, la presencia del propio protagonista, sin él quizá todo se derrumbaría, o al menos cojearía un poco; con él en cambio, este universo “pereiriano”, queda definido al completo. Nuestro personaje es periodista, de cierta edad, con exceso de peso, aquejado de problemas cardiovasculares, permanentemente dialogante con el retrato de su mujer, fallecida unos años atrás, a la que pone al día de las vicisitudes de su existencia. Es, de suyo, de carácter acomodaticio, y su personalidad es entrañable y pacífica. Se mueve inquieto, sí, pero, a la vez sosegado y apacible; controla algunas cuestiones y se ve superado por otras, como podría ocurrirnos a cualquiera en nuestro propio mundo particular. La actitud que este hombre adopta ante la sociedad que le rodea es la de acoplarse a las circunstancias, tal vez por no molestar, o tal vez por no sofocarse, y eso le hace dar una imagen que parece la de un espécimen de ciudadano vulgar y corriente, que vive cada día como si fuese a ser el penúltimo (el hombre anda mal del corazón), y viese más que justificado pedirse una “omelette” a las finas hierbas, con una limonada en el café Orquídea. Se podría pensar, leyendo todos estos rasgos de su personalidad, que Pereira es un hombre triste, un misántropo, en definitiva una especie de fracasado; pero sería una equivocación, porque su actitud ante la vida le permite adaptarse a sus circunstancias y aunque a veces le cueste un poco, se acopla a su entorno mejor de lo que pudiera pensarse. Pero al mismo tiempo, no se doblega fácilmente y se desenvuelve con mucha más solvencia de la que tal vez presumimos al principio. Y la prueba es que nunca deja de pensar en cómo son las cosas y en cómo deberían ser, por lo que la observación de una suma de sucesos que se dan a su alrededor llevan sus pensamientos más allá de lo que acostumbra, creándole un conflicto interno de cariz más bien filosófico, con el que el autor plantea hábilmente el quid central del argumento, permitiendo que el lector comprenda bien a Pereira y participe del dilema que le afecta. En ese recorrido por la Lisboa de 1938, Pereira piensa, siente, reflexiona y se va dejando llevar por lo que le dicta su conciencia, no cómo lo haría un hombre de acción, sobrado de recursos, o rebosante de energía, sino como lo hace un hombre insignificante, poco dotado para enfrentarse a conflictos, que sin embargo utiliza el sentido común y su bondad característica para, sin hacer casi ruido, acabar haciendo lo que cree que es su obligación. Volviendo al principio, quizá ese mundo paralelo en el que se mueve Pereira me resultó tan entrañable porque lo identifiqué, leyendo sus páginas, con el que conocí veinticinco años después de la época de esta narración, en 1963. Portugal no debía haber cambiado tanto y mi mirada era la de un niño de doce años, ¿podría ser así?: lo ignoro. No sé hasta qué punto mis sensaciones provenían de mi infancia, o de la capacidad evocadora de Tabucchi, pero es verdad que me sentí más que cómodo leyéndolo. Y en todo caso creo que el mérito mayor es el acierto de la creación de un personaje de trazos tan perfectamente dibujados; en literatura, no siempre son tan fáciles de encontrar y, el hecho de que aquí haya ocurrido, ha supuesto para mí, un reconfortante hallazgo.

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Escrita 9 de Julio de 2019
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LA LITERATURA EGIPCIA en ENTRE DOS PALACIOS
Naguib Mahfuz recibió el Nobel de literatura por la importancia, entre otras razones, de su “trilogía de El Cairo”, obra integrada por tres novelas, la primera de las cuales es “Entre dos palacios”. El conjunto de su obra se puede distribuir entre varios periodos: novelas históricas ambientadas en el antiguo Egipto faraónico; tramas alrededor del nacionalismo egipcio que convulsionó el país en la primera mitad del siglo XX; búsqueda de asuntos en la sociedad urbana contemporánea; e incluso en su última época, cuentos con un enfoque que deriva hacia el surrealismo. En esta novela, cuyo leitmotiv son las cuestiones sociales, refleja la vida familiar de un comerciante de clase media, con una descripción exquisitamente exhaustiva de cada miembro, de la familia en su conjunto, y de los lazos matrimoniales con que ésta va creciendo; es básicamente una historia familiar que hacia su final se contagia en cierta medida de las circunstancias políticas del momento (revueltas nacionalistas contra el protectorado británico). Hago antes de nada una pequeña declaración de principios: yo creo que la postura que se debe adoptar para enfrentarse a una novela situada en una sociedad islámica, es la de imbuirse en su cultura, adaptarse al medio en que se desarrolla, e interpretar la narración en ese contexto, sin escandalizarnos ante comportamientos que para nosotros serían impropios, aunque para ellos no lo sean. Sin embargo debo decir también que yo no conseguí esa adaptación, ¿por qué razón? Todo proviene del disgusto que nos invade cuando observamos que los que ostentan el poder aprovechan la autoridad que les otorga su religión, para hacer una interpretación espuria y sobre todo —como era de temer—, para hacerla en su propio provecho. Así comprendemos en sus correctos términos la actitud del “pater familiae”, para el que el alcohol, las mujeres, las juergas, u otros asuntos parecidos, son opciones válidas para él, u otros como él, pero son pecados gravísimos para aquellos que están bajo su jurisdicción. Y algo así es inasumible, porque cualquier lector podría adaptarse a otra cultura pero no al cinismo y a la mentira. Eso sería como dar legitimidad a la ley del embudo. Volviendo a la novela, su lectura hace que el lector se sienta ante un escritor de gran calidad, algo frecuente en los premiados con el Nobel de literatura; su prosa es directa, a veces un poco críptica, aunque sin llegar a lo intrincado, pero siempre es entrañable, y muestra además una amplia gama de personajes y caracteres, trazados todos con una maestría extraordinaria. Esto impresiona desde el principio, pero hay que recalcar además que esa impresión positiva se ve enseguida acompañada por el encontronazo que el lector siente al tropezar con la realidad social, de costumbres, y religiosa en que se inserta la narración. La influencia de la religión sobre los miembros de la familia abarca a todo y, por tanto, todos los comportamientos son retrógrados hasta lo inimaginable, y siempre, claro está, en una misma dirección; el padre de familia es todopoderoso, los demás miembros no tienen ninguna capacidad de opinión ni de decisión en ningún asunto, es un sometimiento total, y en esa misma línea, como se puede uno imaginar, todavía es peor para las mujeres, ya sean hijas o esposas. Y es especialmente significativo que, aunque hijos o esposa tengan alguna tentación de rebelarse contra ese orden (son humanos y al fin y al cabo se les podría pasar por la cabeza), esa reacción prácticamente no se produce ni de obra, ni siquiera de pensamiento. Hay que puntualizar que a pesar de que el protagonista aparezca como tremendamente estricto, su dureza no se puede considerar rara o infrecuente, sino al contrario, sus amigos le admiran por considerar su dureza como algo ejemplar. En el texto quedan reflejados el sentir de cada elemento de la familia y los recursos a que recurre cada uno para acomodar sus sentimientos a las circunstancias opresivas, en una lucha entre la naturaleza humana y la inevitable imposición, en la que suele triunfar esta última; y es que están tan impregnados de sumisión que se la aplican a sí mismos sin titubear, y más aun las que más la sufren, que son las mujeres. Sorprende constatar el grado de cinismo de los que ostentan el poder, al aplicar las normas religiosas severamente a los demás, allí donde ellos mismos se las saltan a su conveniencia. De lo que se infiere inmediatamente que esas normas religiosas, que abarcan todos los ámbitos de la sociedad, funcionan como un mero instrumento de perpetuación del poder, sin posibilidad de que los sometidos lo revoquen, por cuanto dichos preceptos están coartando a todos, impidiéndoles desprenderse de su influjo, a riesgo de verse perseguidos por una sociedad que protege (es un decir) a los que se someten al Islam, mientras castiga severamente a los demás, y no me refiero solo a lanzar anatemas sobre ellos, sino a ponerles a disposición de una autoridad con capacidad para administrar severos castigos corporales o penales. No solo aparecen los diálogos interiores de los oprimidos, también el padre manifiesta las quejas que le atribulan, barajando sus inquietudes, y su calculada evaluación de cuál debe ser el límite de la exhibición pública de su despotismo, y digo pública porque es significativo descubrir aquí, en su discurso interior, la enorme importancia que le atribuye a la “pública opinión”. En todo caso el diálogo interior en este y en todos los personajes es de gran altura y la posición del autor se decanta inequívocamente por criticar duramente un sistema social, que no debería dejar indiferente a nadie, aun profesando la religión islámica. Todo esto que cuento, ha de servir para crearse una imagen ajustada del ambiente social, y para conocer las pautas de comportamiento de sus personajes, y como tal conviene saberlo. No creo que haya desvelado la trama al exponer ciertas actitudes de los personajes pero, de cualquier forma, creo que es fundamental conocer esos detalles antes de decidir enfrentarse a su lectura. Hay que tener en cuenta que el objetivo básico de esta historia, es exponer y desarrollar a través del narrador omnisciente, la inquietud que atormenta a los personajes, desde el padre con su poder tiránico, hasta los demás en sus diversos grados de sometimiento, incluido entre ellos el delicioso personaje de Kamal, el hijo de diez años. Es un conflicto que late permanentemente en sus mentes, y que podríamos identificar como la lucha del espontaneo sentimiento humano, de un lado, y la rígida ortodoxia que impone la religión islámica, del otro; es un estado de enfrentamiento que bulle de forma latente en el corazón de esa sociedad, y suponemos que lo que ocurre en esta familia es representativo de lo que ocurre en muchas otras parecidas. Su lectura por tanto es muy densa, y al lector le puede parecer, o muy gratificante, o por el contrario, muy demoledora, y ante la duda conviene tener todo bien identificado antes de decidirse a leerla. Pero no quiero dejar de apuntar aquí, que hay dos rasgos a favor de la novela tremendamente atractivos; ambos pueden compensar un poco la extrema dureza de los comportamientos sociales, pudiendo, incluso, resultar determinantes a la hora de decidir su lectura. El primero rasgo, es el estilo de los diálogos entre personajes; el autor dota a las conversaciones de un habla sinuosa, llena de circunloquios, proverbios, sentencias islámicas, sugerente cortesía, y una eclosión de figuras retóricas, hipérboles, o metáforas, que dotan a los diálogos de una exuberancia tortuosa e imaginativa que pronto identificamos como un rasgo de orientalismo, retrotrayéndonos al mundo fantástico e idealizado de “Las mil y una noches”. El segundo rasgo a su favor es una sobresaliente exaltación de la parte más sensible y entrañable de la naturaleza humana, con la eclosión de sentimientos tales como afecto, emoción, dulzura, amor… pero también envidia, concupiscencia, terror, resentimiento, despecho; en definitiva una explosión de sensaciones positivas y negativas, que afloran del lado más humano de los personajes con una intensidad aún más potente, si pensamos en las durísimas restricciones ya mencionadas. En definitiva, Mahfuz nos propone a través de su texto una historia con unos monólogos que son literaria y emocionalmente de una gran altura, pero que también son de un enorme interés para el lector que quiera satisfacer su curiosidad entrando en el recóndito mundo de las callejuelas de los barrios populares de El Cairo, quedando impactado y sobrecogido con la visión del funcionamiento de una sociedad tan antigua que parece descendiente directa de épocas medievales. Su perspectiva crítica fue, obviamente, la razón que hizo recaer sobre él la animadversión de los sectores fundamentalistas, que lo convirtieron en blanco de un extremismo que identificó su actitud como un ataque contra el Islam y sus costumbres, haciéndole sufrir varios atentados que lo limitaron físicamente y lo obligaron a finalizar sus días recluido ante el temor de nuevos ataques.

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Escrita 27 de Mayo de 2019
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NOVELA CORAL en EL LIBRO Y LA HERMANDAD
El libro y la hermandad (Iris Murdoch, 1987) INTRODUCCION: Iris Murdoch, novelista irlandesa nacida en 1919 y fallecida en 1999, fue y es poco conocida en España. Sus novelas, a menudo complejas, incluyen múltiples personajes que sufren situaciones personales sutilmente tormentosas y difíciles. Leí entre ellas “El sueño de Bruno” y “El unicornio”, que me dejaron sensaciones positivas por encima de la media de lo que se suele leer habitualmente. Sin embargo al terminar de leer ahora “El libro y la hermandad” puedo afirmar que las sensaciones aquí son aún superiores hasta el punto de considerarla como una de esas novelas con las que, cada cierto tiempo, uno alcanza ese nivel superior que raya con la conmoción. ESTRUCTURA DE LA NOVELA: Para reseñar este libro, hay que empezar explicando la estructura que adopta. Comienza la trama con la entrada en escena más o menos simultanea de los personajes de la novela, que son llamados a participar en el baile conmemorativo que se celebra en un “college” de Oxford, en el verano de un año que no se cita, pero que debe corresponder con la época en que se escribió la novela (1987). Todos ellos son antiguos alumnos que han forjado su relación de amistad en su época universitaria, y que no solo la mantienen, sino que la han reforzado mediante el lazo de “hermandad” que se cita en el título. Cuando se empieza el libro, y no sin cierta dificultad, se ha de ir reconociendo la identidad de los personajes y los lazos parciales que los van ligando entre sí, continuando de esa forma hasta llegar a los últimos coletazos del baile (unos días después), que marcan el final de esa primera parte que toma el título de la estación en que transcurre: el verano. Se retoma la acción en el invierno, que es el título de la segunda parte, y lo mismo ocurre con la primavera, parte tercera y definitiva con la que se alcanza el final. En el tránsito entre la primera y la segunda parte, el lector conoce ya a los personajes y empieza a contextualizarlos dentro del círculo en el que se mueven; en ese momento aún no ocurren muchas cosas, por lo que podría parecer que no haya casi trama —en el sentido de enredo—, aunque sí se aprecie trama, y mucha, en el sentido de urdimbre, algo que el lector habrá observado ya perfectamente a estas alturas. PERFIL DE LOS PERSONAJES: Las situaciones personales de los miembros del grupo son diversas, hay de todo pero en general actúan como los auténticos universitarios que fueron, sus actividades son difusas, alguno está en paro, otros tienen ocupaciones precarias, y otros se comportan como niños ricos y snobs que no necesiten preocuparse demasiado por sus labores profesionales, pero que, eso sí, están duchos en materias tales como literatura, ideario político, o conocimientos artísticos, tanto es así que se reúnen periódicamente para contrastar y poner al día sus aptitudes literarias, pasando unos días en la finca de campo de uno de ellos; son en definitiva y recuperando aquella vieja expresión de mediados del siglo XX, una especie de “pollos pera” (hoy pijos) a lo británico. Pero dicho esto, alguno se preguntará: ¿y dónde aparece la excepcionalidad de esta novela, en qué consiste su atractivo? RECURSOS DE LA AUTORA: El hechizo que provoca —en mí lo hizo—, se basa en dos elementos, ambos fundamentales y necesarios. En primer lugar debemos valorar la creación de un auténtico TEJIDO DE SENTIMIENTOS, que se instala en las mentes de los personajes y que los liga mediante una multiplicidad creciente de relaciones, en las que se entremezclan el amor, la amistad, el interés personal, el hastío, la envidia, el orgullo, el sometimiento…; como son vínculos no estáticos, dicho TEJIDO es elástico y se modifica y evoluciona constantemente hasta extremos que dejan estupefacto a un lector que jamás creyó que aquello llegara tan lejos. Pero seguramente la extensión de esos sentimientos, no bastaría para entretener ni emocionar si la autora no hiciese, además, una exhibición constante de RECURSOS EXPRESIVOS —su otro gran atributo—, responsables de la intensa exteriorización de lo más íntimo, pero también de la fácil divulgación de lo externo, de mover convenientemente a los personajes en su círculo para que, además de vaciar su interior, puedan relacionarse con soltura. Esta facultad de exteriorizar lo íntimo para poder transmitirlo luego a los demás, es en definitiva un atributo emocional, más que gramatical, que debe mucho más al contenido de lo que se dice, que a la apariencia de su estilo literario, el cual por lo demás, aunque diáfano, no es especialmente significativo. CLAVES DEL ARGUMENTO: Es sumamente probable que, cuando el lector entre en este grupo de entre doce y quince personas interrelacionadas, sea inmediatamente succionado por un torbellino de tensión creciente en el que todos parecen competir por sacar sus demonios al exterior. Puestos a extraer una conclusión o un balance de lo que se dirime en este grupo, podría pensarse que es el amor lo que impulsa los movimientos y las reflexiones de cada personaje, pero yo no lo veo así; yo creo que lo que aquí vemos se debe a que la autora inyecta un virus en el alma de este grupo, pero no un virus bueno, portador de amor o afecto, sino uno malo, inquieto y perturbador que, pese a su apariencia afectuosa, propaga desasosiego y negatividad, con la subsiguiente extensión al conjunto del colectivo. Aparecen entonces diferentes actitudes: algunos vacían su interior hacia el interlocutor en un ejercicio de desahogo personal; otros en forma de ofrecimiento desinteresado de afecto; a veces buscan receptividad en la propuesta y la encuentran, o no; mientras que en otros casos hay un deseo de comunión con el oponente que no siempre es reciproco; otras veces interviene el rencor, dándole a la comunicación un carácter envenenado; y a menudo surge la sorpresa, al tomar el asunto una dirección contraria a la que esperábamos. Pero, como norma general, es común en todos los casos un tono negativo que suele conducir a la insatisfacción, cómo si el hallazgo de la auténtica felicidad fuese muy improbable y todo quedase reducido a simples etapas de un camino (sus vidas) satisfecho solo a medias con la consecución de pequeñas parcelas de deseo. Se tiene la sensación de que los antes citados RECURSOS EXPRESIVOS de la autora, nos están permitiendo visualizar e interesarnos por unos vínculos personales que, a modo de red conductora del citado sentimiento autodestructivo, lo transmiten indiscriminadamente, sin distinguir entre sexos, capacidad económica, calidad humana, ideología…, ni siquiera edad; y ello con todos los personajes enredados en ese TEJIDO DE SENTIMIENTOS, generándose así, no solo un interés indeclinable sino, incluso, en momentos puntuales, unos grados de tensión o intriga más propios de novela de suspense o a veces, incluso, de terror. JUSTIFICACIÓN DEL TÍTULO Y BALANCE FINAL; En todo caso, el título de la novela contiene dos elementos: uno es “la hermandad“ y el otro es “el libro”; consiste éste último en el compromiso formal que asume uno de los personajes, de redactar un libro que represente al grupo (la hermandad); es un asunto que, aun teniendo un papel central en la narración, no deja de ser una mera excusa introducida como soporte de la trama, sin que se le deba atribuir la importancia que pudiera aparentar inicialmente. Habrá quien leyendo la novela, opine que ambos, el libro y la hermandad, conforman un tema central un tanto inconsistente, traído de los pelos y con mucho sinsentido. Y esto, aun siendo cierto, en parte, no merma ni un ápice la calidad de “El libro y la hermandad”, ni su capacidad para interesar y emocionar, porque, como decía, tiene carácter de pretexto vertebrador de la historia, y lo importante es lo que resulta de ello, por lo que ese leitmotiv que da título a la novela tiene una importancia absolutamente menor.

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Escrita 19 de Marzo de 2019
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OTRA DE GALDÓS en EL AMIGO MANSO
En la producción literaria de Benito Pérez Galdós, sobresalen “Fortunata y Jacinta” y los “Episodios Nacionales”. “El amigo Manso”, en cambio, no sobresale por nada y es precisamente por eso por lo que he decidido escribir su reseña, por el simple hecho de ser una novela más, y por añadidura una muy representativa de sus maneras literarias más características, las mismas que le hubieran conducido al premio Nobel, de no haber sido por las envidias y los resentimientos que imposibilitaron el consenso en su candidatura. La de Manso es una historia contada; Galdós utiliza ese recurso por el que el narrador, que es también el protagonista y que está ubicado en el tiempo al final, nos explica cuando empezamos la novela que prefiere contárnosla desde el principio, poniéndose a ello inmediatamente. Ni que decir tiene que ambas figuras, narrador y protagonista, se confunden en la personalidad del propio autor, lo que significa que todas las opiniones y los puntos de vista que nuestro amigo Manso expone en la novela, se corresponden con los del escritor; seguramente no es una trama rigurosamente autobiográfica, pero la filosofía que destila es exactamente la característica del novelista. Esto en lo que se refiere al mecanismo narrativo, pero en lo referente al mensaje que quiere transmitir, el verdadero objetivo de Galdós con este libro fue hacer una crítica demoledora de la sociedad madrileña de su época (la de la restauración monárquica). En el libro, que es relativamente corto con sus poco más de doscientas páginas, repite su costumbre de introducir una multitud de personajes alrededor de los dos o tres principales. La trama desarrolla la situación personal de Máximo Manso, un catedrático de instituto soltero, y su relación con las personas que le rodean, mostrando enseguida como se modifica esa situación cuando un adinerado hermano suyo que vive en Cuba, decide trasladarse a Madrid con su familia, trastornando sus circunstancias personales hasta extremos que le acaban resultando insufribles. Dentro de la trayectoria creadora de Galdós, esta novela se encuadra en la etapa “realista”, en la que sus tramas tratan de expresar su descontento con el ambiente que se respiraba en la sociedad española en un sentido amplio, utilizando como base sociológica la pequeña burguesía madrileña de su época. Ese intento regenerador, presente en esta etapa de sus novelas, pone en evidencia su talento creador y su enorme facilidad para la creación de personajes y para desarrollar sus comportamientos sociales. El costumbrismo finisecular que se desprende de sus personajes y sus situaciones, se percibe al principio como un poco trasnochado, como una historia de sainete de épocas y costumbres sociales ya muy lejanas, por lo que inicialmente a algunos les parecerá caduco y pasado de moda, aunque siempre habrá muchos otros a los que no les costará nada trasponer esa barrera temporal y lingüística, y disfrutarán de su estilo olvidando aquel aire de cosa anticuada. Mejoraría mucho la opinión de aquellos a los que gusta menos, si intentaran viajar en espíritu (apoyándose en su lectura) hasta las décadas finales del XIX, se sumergieran en aquel estrecho mundo, y trataran de palpar sus entresijos desde dentro para comprenderlo un poco mejor. En cualquier caso, conviene que unos y otros consigan una eficiente acomodación mental al medio decimonónico, porque ello permite apreciar mejor las razones que llevaban a don Benito (hombre tal vez un poco ramplón y falto de elegancia pero sincero y sensato) a bramar contra el machismo, el clasismo, la vulgaridad o la intolerancia, buscándoles las cosquillas a sus personajes con una ajustada mezcla de sarcasmo, ironía y buen humor. Habrá quien puntualice, atinadamente sin duda, que muchos de aquellos argumentos progresistas que manejaba Galdós, a fecha de hoy se han quedado muy cortos en lo que a avances se refiere, y también que el lenguaje que utilizaba era engolado y tenía un exceso de afectación (el de la época); sí, todo eso es verdad, pero si se quiere establecer un juicio ecuánime, se han de situar las cosas en su contexto, y en el contexto de 1882, Galdós era un hombre de progreso, además de buen creador de tramas y aún mejor en el desarrollo de personajes y situaciones, con un estilo sobrio (para la época) que aunque, a veces, hace que sus libros se arranquen de forma algo titubeante, al poco tiempo acaba conquistando al lector en un camino hacia el final que resulta plenamente satisfactorio. El argumento de “El amigo Manso”, nos muestra cómo el entorno social y profesional del protagonista modela y configura su perfil humano, que es campechano y apacible (de ahí el doble sentido de su apellido), haciéndonos ver lo mal que casa esa personalidad suya con los comportamientos sociales al uso, hechos a base de malicias, sutilezas y convencionalismos, por personajes muy representativos de aquella decadente burguesía, y por tanto, claros receptores de su agudeza y su socarronería. Ese enfrentamiento da lugar a una trama entretenida, sorprendente y gratificante, siempre, clara está, que se tenga un mínimo interés por conocer los pormenores y las inquietudes propios de la sociedad española de finales del diecinueve.

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Escrita 22 de Enero de 2019
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REALISMO PORTUGUÉS en EL CRIMEN DEL PADRE AMARO
Constreñidas a sus respectivos marcos idiomáticos y con una gran incomunicación mutua, las literaturas española y portuguesa del siglo XIX no consiguieron tener en Europa la enorme repercusión que sí tuvieron las literaturas inglesa y francesa. Una de las consecuencias de ello es el desconocimiento generalizado que aún hay en España de la obra de José María Eça de Queirós, uno de los mejores escritores portugueses del siglo XIX; y eso pese a que su importancia fue parecida en muchos aspectos a la que aquí tuvo Benito Pérez Galdós; ambos escritores fueron prácticamente coetáneos, cultivaron un tipo de novela similar de corte realista, empezaron trabajando como periodistas, luego se relacionaron con las administraciones públicas de sus países, Galdós fue diputado y Eça de Queirós diplomático, y ambos, también, eran tenidos por personas de ideas progresistas. La principal consecuencia del realismo que marca su estilo literario, es la eficacia con que “El crimen del padre Amaro” introduce al lector en la sociedad decimonónica de su época, una sociedad muy aferrada todavía a valores arcaicos y conservadores, en la que sin embargo comenzaba ya a aflorar tímidamente el germen de la modernidad. La Iglesia era una de las instituciones que más se oponía a esos esbozos de progreso tratando de mantener un férreo control social; además, la presión religiosa que muestra, no hubiera sido tanta en una ciudad mayor y más moderna, como Lisboa, pero era especialmente asfixiante en Leiria, una ciudad pequeña, de interior, en la que el clero, siempre vigilante de la moral y las costumbres, fomentaba sobre todo entre las mujeres de la burguesía local, un ambiente saturado de catolicismo rancio y anquilosado. Leer “El crimen del padre Amaro”, permite exponerse a los efectos de aquella beatería como si nos sumergiéramos en el pasado, como si viajáramos en un túnel del tiempo que nos transportara de golpe a 1870; tanto es así que cualquier lector español de más de sesenta años (como es mi caso), encuentra el ambiente descrito como algo familiar, como algo que rememora inequívocos recuerdos de la infancia, lejanos sí pero no olvidados, en los que cierta presión social del entorno hacía temer un futuro cuajado de rosarios y jaculatorias, de lecciones de liturgia y de asistencias a ejercicios espirituales. Afortunadamente, hace sesenta años había ya también otras influencias alrededor que en seguida permitieron comprender con alivio que ese temor era injustificado. Esta novela, en cambio, nos retrotrae a la segunda mitad del siglo XIX y a un país, como Portugal, de gran tradición católica, por lo que la influencia de la Iglesia debía ser allí igual o seguramente mayor que la que pudo existir en la España de 1958; y hago tanto hincapié en el ambiente en que se mueven los personajes porque el realismo de este tipo de novela (recuerdo aquí una vez más el paralelismo con Galdós), permite palpar una con gran fidelidad ese entorno tan asfixiante. Naturalmente, cuando se plantean los problemas que son centro del argumento, el lector de hoy toma partido y comparte absolutamente la visión inequívocamente crítica que ofrece el autor. Pero independientemente de ese enfoque moderno, natural en el lector actual, la lectura es atractiva por cuanto el método literario de Eça de Queirós facilita dos cosas: una, la perfecta comprensión del espacio moral en el que se mueven los personajes, y otra, la facilidad con que, una vez inmersos en dicho espacio, podemos seguir y entender los conflictos anímicos que les atenazan, pese a que éstos sean a veces tan imprevisibles como diferentes entre sí puedan ser las reacciones de distintos seres humanos; y así el autor nos va presentando a cada personaje cuando se le introduce en la narración, haciendo un retrato que le define perfectamente, para luego, según se va desarrollando la trama, observar cómo se desenvuelve y, por fin, cómo soporta los aprietos a que se ve sometido. En esta tarea, la prosa del autor es precisa en las descripciones, pero también imaginativa, envolvente y dotada de una enorme solvencia para explicar los conflictos morales que pasan por el interior de la mente de sus personajes en cada momento. Nadie debe confundirse con el título de la novela y pensar que está leyendo algo así como una novela policiaca, porque la novela no trata de crímenes, tramas policiales, ni nada de ese estilo. La novela narra la trayectoria de Amaro, un cura joven destinado en la parroquia de Leiria; el narrador omnisciente empieza poniendo al lector en antecedentes de su vida desde pequeño hasta su llegada a esa población, y continúa con la explicación de los pequeños problemas domésticos que tiene que solucionar para organizar su hospedaje; a la vez va introduciendo paulatinamente al cura en la vida social de la ciudad, y va situando a los personajes que van a presidir la trama a lo largo de la novela, entre los que hay un canónigo amigo suyo, y varias personas más que frecuentan tertulia en la casa en la que se hospeda. La novela parte de una intención claramente crítica de Eça de Queirós en todo lo relacionado con la preeminencia de la Iglesia Católica en la vida social de la época, pero muy concretamente con el mantenimiento del celibato entre los miembros del clero y con los problemas que ello acarrea. Así la trama se dedica a analizar el comportamiento social de Amaro, y a mostrar cómo su personalidad particular llega a afectar a su ministerio y a su labor espiritual, a pesar de sus intentos por compaginarlo todo, y ello en una sociedad sujeta a prejuicios arraigadísimos alentados por el clero y mezclados con la creciente influencia de las ideas modernas que van tomando también posiciones, aunque tímidamente, en la pequeña burguesía rural del Portugal de 1870.

7 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 27 de Noviembre de 2018
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