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MUNDOS PARALELOS en SOSTIENE PEREIRA
Una de las particularidades de la literatura, y también del cine, es la capacidad que tienen ambos medios para la creación de mundos paralelos al que vivimos, que nos sirvan como plataformas a las que transportarnos y vivir allí el relato a nuestra satisfacción o conveniencia, sin preocuparnos demasiado por su viabilidad real, o mejor aún, evadiéndonos despreocupadamente de la realidad en la que vivimos. El problema que arrostramos algunos lectores es que esos mundos paralelos a veces no nos gustan, o no nos encontramos cómodos en ellos, en cuyo caso se reduce la facilidad de absorción de la historia y se dificulta el traspaso de las barreras que imponen los medios escrito o audiovisual, dejándonos fuera, sin posibilidad de disfrutar a fondo una historia que tal vez concluyamos, e incluso, que quizá valoremos plenamente, pero que en ningún caso nos permitirá llegar a esa especie de comunión que mencionaba antes. No es lo que ha ocurrido leyendo este libro, muy al contrario, la trayectoria que sigue Pereira por sus páginas me ha hecho sentirme especialmente bien, haciéndome disfrutar muchísimo con ellas. Viene todo esto a cuento de mi reflexión sobre “Sostiene Pereira” —que acabo de terminar—, la cual está muy influida por su ambientación en el Portugal de 1938, en plena dictadura salazarista, y en un ambiente muy condicionado por la trascendencia de los hechos que acaecían en ese momento en Europa, y sobre todo en la vecina España. La novela cuenta la historia de Pereira, periodista veterano que redacta la página cultural de su periódico de Lisboa, con un formato de pequeña historia que se va desarrollando en los escenarios cotidianos de su día a día, hasta que en algún momento dado de su desarrollo, empieza a manifestarse el trasfondo político sobre el que está montada y con el que culmina. La verdad es que la existencia de dicha trama nos la imaginábamos desde el principio, al observar como el narrador omnisciente va soltando como una letanía aquella frase que da título a la novela y que se repite a lo largo de ella: “Sostiene Pereira que tal y tal y tal…”, como si la frase supusiera el inicio de una declaración ante, no sabemos quién, tal vez ante la policía, o tal vez ante un juez, ya lo iremos viendo. Es un libro de unas 180 páginas y no demasiado nutridas, lo que quiere decir que puede leerse en muy poco tiempo; yo, sin embargo, lo he leído a razón de unas diez páginas diarias durante unas tres semanas. Supongo que para muchos, leer así resultaría exasperante, pero es un método que a mí me funciona, porque si la obra no me interesa demasiado, leer diez minutos diarios no está mal, y si verdaderamente me interesase, sería un placer cotidiano esperar la llegada de esos extraordinarios diez minutos, y además durante bastantes días. Pero contar esto es desvelar esas ideas raras que manejamos algunos lectores en nuestro fuero interno, cosa que no era mi intención; si lo traigo a colación es más para recalcar que las sensaciones extraídas de esos diez minutos de lectura diaria han sido para mí tremendamente gratificantes. El universo de Pereira lo forman muchos elementos, es un concepto global que, de manera simplificada, coincide más o menos con el Portugal de 1938, pero que precisando más, coincide con Lisboa, o con esa ciudad balnearia a la que va a tomar las aguas, o con el tren que utiliza para desplazarse, o con los clásicos tranvías lisboetas, o con la playa en la que se baña, o descendiendo más aún al detalle, con su casa, su oficina, las porterías de ambos fincas y de otras muchas, coincide también con los restaurantes, los cafés y las terrazas que frecuenta, incluso diría que con los platos de la excelente gastronomía portuguesa por los que tiene predilección. Ese es el decorado que reviste los recorridos por los que deambula Pereira. Pero eso es solo el marco físico, y tan importante o más son las personas con las que entabla contacto para su trabajo o para su actividad particular; allí están el director de su periódico, la portera de su edificio, el camarero habitual de su café favorito, el médico del balneario con el que entabla amistad, y también el empleado que contrata como redactor, que representa el eslabón de conexión con esa trama política subyacente que sirve de soporte para esta historia. Y después de enumerar todas estas cosas y personas, solo falta añadir lo más importante, la presencia del propio protagonista, sin él quizá todo se derrumbaría, o al menos cojearía un poco; con él en cambio, este universo “pereiriano”, queda definido al completo. Nuestro personaje es periodista, de cierta edad, con exceso de peso, aquejado de problemas cardiovasculares, permanentemente dialogante con el retrato de su mujer, fallecida unos años atrás, a la que pone al día de las vicisitudes de su existencia. Es, de suyo, de carácter acomodaticio, y su personalidad es entrañable y pacífica. Se mueve inquieto, sí, pero, a la vez sosegado y apacible; controla algunas cuestiones y se ve superado por otras, como podría ocurrirnos a cualquiera en nuestro propio mundo particular. La actitud que este hombre adopta ante la sociedad que le rodea es la de acoplarse a las circunstancias, tal vez por no molestar, o tal vez por no sofocarse, y eso le hace dar una imagen que parece la de un espécimen de ciudadano vulgar y corriente, que vive cada día como si fuese a ser el penúltimo (el hombre anda mal del corazón), y viese más que justificado pedirse una “omelette” a las finas hierbas, con una limonada en el café Orquídea. Se podría pensar, leyendo todos estos rasgos de su personalidad, que Pereira es un hombre triste, un misántropo, en definitiva una especie de fracasado; pero sería una equivocación, porque su actitud ante la vida le permite adaptarse a sus circunstancias y aunque a veces le cueste un poco, se acopla a su entorno mejor de lo que pudiera pensarse. Pero al mismo tiempo, no se doblega fácilmente y se desenvuelve con mucha más solvencia de la que tal vez presumimos al principio. Y la prueba es que nunca deja de pensar en cómo son las cosas y en cómo deberían ser, por lo que la observación de una suma de sucesos que se dan a su alrededor llevan sus pensamientos más allá de lo que acostumbra, creándole un conflicto interno de cariz más bien filosófico, con el que el autor plantea hábilmente el quid central del argumento, permitiendo que el lector comprenda bien a Pereira y participe del dilema que le afecta. En ese recorrido por la Lisboa de 1938, Pereira piensa, siente, reflexiona y se va dejando llevar por lo que le dicta su conciencia, no cómo lo haría un hombre de acción, sobrado de recursos, o rebosante de energía, sino como lo hace un hombre insignificante, poco dotado para enfrentarse a conflictos, que sin embargo utiliza el sentido común y su bondad característica para, sin hacer casi ruido, acabar haciendo lo que cree que es su obligación. Volviendo al principio, quizá ese mundo paralelo en el que se mueve Pereira me resultó tan entrañable porque lo identifiqué, leyendo sus páginas, con el que conocí veinticinco años después de la época de esta narración, en 1963. Portugal no debía haber cambiado tanto y mi mirada era la de un niño de doce años, ¿podría ser así?: lo ignoro. No sé hasta qué punto mis sensaciones provenían de mi infancia, o de la capacidad evocadora de Tabucchi, pero es verdad que me sentí más que cómodo leyéndolo. Y en todo caso creo que el mérito mayor es el acierto de la creación de un personaje de trazos tan perfectamente dibujados; en literatura, no siempre son tan fáciles de encontrar y, el hecho de que aquí haya ocurrido, ha supuesto para mí, un reconfortante hallazgo.

5 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 9 de Julio de 2019
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LA LITERATURA EGIPCIA en ENTRE DOS PALACIOS
Naguib Mahfuz recibió el Nobel de literatura por la importancia, entre otras razones, de su “trilogía de El Cairo”, obra integrada por tres novelas, la primera de las cuales es “Entre dos palacios”. El conjunto de su obra se puede distribuir entre varios periodos: novelas históricas ambientadas en el antiguo Egipto faraónico; tramas alrededor del nacionalismo egipcio que convulsionó el país en la primera mitad del siglo XX; búsqueda de asuntos en la sociedad urbana contemporánea; e incluso en su última época, cuentos con un enfoque que deriva hacia el surrealismo. En esta novela, cuyo leitmotiv son las cuestiones sociales, refleja la vida familiar de un comerciante de clase media, con una descripción exquisitamente exhaustiva de cada miembro, de la familia en su conjunto, y de los lazos matrimoniales con que ésta va creciendo; es básicamente una historia familiar que hacia su final se contagia en cierta medida de las circunstancias políticas del momento (revueltas nacionalistas contra el protectorado británico). Hago antes de nada una pequeña declaración de principios: yo creo que la postura que se debe adoptar para enfrentarse a una novela situada en una sociedad islámica, es la de imbuirse en su cultura, adaptarse al medio en que se desarrolla, e interpretar la narración en ese contexto, sin escandalizarnos ante comportamientos que para nosotros serían impropios, aunque para ellos no lo sean. Sin embargo debo decir también que yo no conseguí esa adaptación, ¿por qué razón? Todo proviene del disgusto que nos invade cuando observamos que los que ostentan el poder aprovechan la autoridad que les otorga su religión, para hacer una interpretación espuria y sobre todo —como era de temer—, para hacerla en su propio provecho. Así comprendemos en sus correctos términos la actitud del “pater familiae”, para el que el alcohol, las mujeres, las juergas, u otros asuntos parecidos, son opciones válidas para él, u otros como él, pero son pecados gravísimos para aquellos que están bajo su jurisdicción. Y algo así es inasumible, porque cualquier lector podría adaptarse a otra cultura pero no al cinismo y a la mentira. Eso sería como dar legitimidad a la ley del embudo. Volviendo a la novela, su lectura hace que el lector se sienta ante un escritor de gran calidad, algo frecuente en los premiados con el Nobel de literatura; su prosa es directa, a veces un poco críptica, aunque sin llegar a lo intrincado, pero siempre es entrañable, y muestra además una amplia gama de personajes y caracteres, trazados todos con una maestría extraordinaria. Esto impresiona desde el principio, pero hay que recalcar además que esa impresión positiva se ve enseguida acompañada por el encontronazo que el lector siente al tropezar con la realidad social, de costumbres, y religiosa en que se inserta la narración. La influencia de la religión sobre los miembros de la familia abarca a todo y, por tanto, todos los comportamientos son retrógrados hasta lo inimaginable, y siempre, claro está, en una misma dirección; el padre de familia es todopoderoso, los demás miembros no tienen ninguna capacidad de opinión ni de decisión en ningún asunto, es un sometimiento total, y en esa misma línea, como se puede uno imaginar, todavía es peor para las mujeres, ya sean hijas o esposas. Y es especialmente significativo que, aunque hijos o esposa tengan alguna tentación de rebelarse contra ese orden (son humanos y al fin y al cabo se les podría pasar por la cabeza), esa reacción prácticamente no se produce ni de obra, ni siquiera de pensamiento. Hay que puntualizar que a pesar de que el protagonista aparezca como tremendamente estricto, su dureza no se puede considerar rara o infrecuente, sino al contrario, sus amigos le admiran por considerar su dureza como algo ejemplar. En el texto quedan reflejados el sentir de cada elemento de la familia y los recursos a que recurre cada uno para acomodar sus sentimientos a las circunstancias opresivas, en una lucha entre la naturaleza humana y la inevitable imposición, en la que suele triunfar esta última; y es que están tan impregnados de sumisión que se la aplican a sí mismos sin titubear, y más aun las que más la sufren, que son las mujeres. Sorprende constatar el grado de cinismo de los que ostentan el poder, al aplicar las normas religiosas severamente a los demás, allí donde ellos mismos se las saltan a su conveniencia. De lo que se infiere inmediatamente que esas normas religiosas, que abarcan todos los ámbitos de la sociedad, funcionan como un mero instrumento de perpetuación del poder, sin posibilidad de que los sometidos lo revoquen, por cuanto dichos preceptos están coartando a todos, impidiéndoles desprenderse de su influjo, a riesgo de verse perseguidos por una sociedad que protege (es un decir) a los que se someten al Islam, mientras castiga severamente a los demás, y no me refiero solo a lanzar anatemas sobre ellos, sino a ponerles a disposición de una autoridad con capacidad para administrar severos castigos corporales o penales. No solo aparecen los diálogos interiores de los oprimidos, también el padre manifiesta las quejas que le atribulan, barajando sus inquietudes, y su calculada evaluación de cuál debe ser el límite de la exhibición pública de su despotismo, y digo pública porque es significativo descubrir aquí, en su discurso interior, la enorme importancia que le atribuye a la “pública opinión”. En todo caso el diálogo interior en este y en todos los personajes es de gran altura y la posición del autor se decanta inequívocamente por criticar duramente un sistema social, que no debería dejar indiferente a nadie, aun profesando la religión islámica. Todo esto que cuento, ha de servir para crearse una imagen ajustada del ambiente social, y para conocer las pautas de comportamiento de sus personajes, y como tal conviene saberlo. No creo que haya desvelado la trama al exponer ciertas actitudes de los personajes pero, de cualquier forma, creo que es fundamental conocer esos detalles antes de decidir enfrentarse a su lectura. Hay que tener en cuenta que el objetivo básico de esta historia, es exponer y desarrollar a través del narrador omnisciente, la inquietud que atormenta a los personajes, desde el padre con su poder tiránico, hasta los demás en sus diversos grados de sometimiento, incluido entre ellos el delicioso personaje de Kamal, el hijo de diez años. Es un conflicto que late permanentemente en sus mentes, y que podríamos identificar como la lucha del espontaneo sentimiento humano, de un lado, y la rígida ortodoxia que impone la religión islámica, del otro; es un estado de enfrentamiento que bulle de forma latente en el corazón de esa sociedad, y suponemos que lo que ocurre en esta familia es representativo de lo que ocurre en muchas otras parecidas. Su lectura por tanto es muy densa, y al lector le puede parecer, o muy gratificante, o por el contrario, muy demoledora, y ante la duda conviene tener todo bien identificado antes de decidirse a leerla. Pero no quiero dejar de apuntar aquí, que hay dos rasgos a favor de la novela tremendamente atractivos; ambos pueden compensar un poco la extrema dureza de los comportamientos sociales, pudiendo, incluso, resultar determinantes a la hora de decidir su lectura. El primero rasgo, es el estilo de los diálogos entre personajes; el autor dota a las conversaciones de un habla sinuosa, llena de circunloquios, proverbios, sentencias islámicas, sugerente cortesía, y una eclosión de figuras retóricas, hipérboles, o metáforas, que dotan a los diálogos de una exuberancia tortuosa e imaginativa que pronto identificamos como un rasgo de orientalismo, retrotrayéndonos al mundo fantástico e idealizado de “Las mil y una noches”. El segundo rasgo a su favor es una sobresaliente exaltación de la parte más sensible y entrañable de la naturaleza humana, con la eclosión de sentimientos tales como afecto, emoción, dulzura, amor… pero también envidia, concupiscencia, terror, resentimiento, despecho; en definitiva una explosión de sensaciones positivas y negativas, que afloran del lado más humano de los personajes con una intensidad aún más potente, si pensamos en las durísimas restricciones ya mencionadas. En definitiva, Mahfuz nos propone a través de su texto una historia con unos monólogos que son literaria y emocionalmente de una gran altura, pero que también son de un enorme interés para el lector que quiera satisfacer su curiosidad entrando en el recóndito mundo de las callejuelas de los barrios populares de El Cairo, quedando impactado y sobrecogido con la visión del funcionamiento de una sociedad tan antigua que parece descendiente directa de épocas medievales. Su perspectiva crítica fue, obviamente, la razón que hizo recaer sobre él la animadversión de los sectores fundamentalistas, que lo convirtieron en blanco de un extremismo que identificó su actitud como un ataque contra el Islam y sus costumbres, haciéndole sufrir varios atentados que lo limitaron físicamente y lo obligaron a finalizar sus días recluido ante el temor de nuevos ataques.

2 comentarios, puntuación: 4.67 con 3 votos
Escrita 27 de Mayo de 2019
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NOVELA CORAL en EL LIBRO Y LA HERMANDAD
El libro y la hermandad (Iris Murdoch, 1987) INTRODUCCION: Iris Murdoch, novelista irlandesa nacida en 1919 y fallecida en 1999, fue y es poco conocida en España. Sus novelas, a menudo complejas, incluyen múltiples personajes que sufren situaciones personales sutilmente tormentosas y difíciles. Leí entre ellas “El sueño de Bruno” y “El unicornio”, que me dejaron sensaciones positivas por encima de la media de lo que se suele leer habitualmente. Sin embargo al terminar de leer ahora “El libro y la hermandad” puedo afirmar que las sensaciones aquí son aún superiores hasta el punto de considerarla como una de esas novelas con las que, cada cierto tiempo, uno alcanza ese nivel superior que raya con la conmoción. ESTRUCTURA DE LA NOVELA: Para reseñar este libro, hay que empezar explicando la estructura que adopta. Comienza la trama con la entrada en escena más o menos simultanea de los personajes de la novela, que son llamados a participar en el baile conmemorativo que se celebra en un “college” de Oxford, en el verano de un año que no se cita, pero que debe corresponder con la época en que se escribió la novela (1987). Todos ellos son antiguos alumnos que han forjado su relación de amistad en su época universitaria, y que no solo la mantienen, sino que la han reforzado mediante el lazo de “hermandad” que se cita en el título. Cuando se empieza el libro, y no sin cierta dificultad, se ha de ir reconociendo la identidad de los personajes y los lazos parciales que los van ligando entre sí, continuando de esa forma hasta llegar a los últimos coletazos del baile (unos días después), que marcan el final de esa primera parte que toma el título de la estación en que transcurre: el verano. Se retoma la acción en el invierno, que es el título de la segunda parte, y lo mismo ocurre con la primavera, parte tercera y definitiva con la que se alcanza el final. En el tránsito entre la primera y la segunda parte, el lector conoce ya a los personajes y empieza a contextualizarlos dentro del círculo en el que se mueven; en ese momento aún no ocurren muchas cosas, por lo que podría parecer que no haya casi trama —en el sentido de enredo—, aunque sí se aprecie trama, y mucha, en el sentido de urdimbre, algo que el lector habrá observado ya perfectamente a estas alturas. PERFIL DE LOS PERSONAJES: Las situaciones personales de los miembros del grupo son diversas, hay de todo pero en general actúan como los auténticos universitarios que fueron, sus actividades son difusas, alguno está en paro, otros tienen ocupaciones precarias, y otros se comportan como niños ricos y snobs que no necesiten preocuparse demasiado por sus labores profesionales, pero que, eso sí, están duchos en materias tales como literatura, ideario político, o conocimientos artísticos, tanto es así que se reúnen periódicamente para contrastar y poner al día sus aptitudes literarias, pasando unos días en la finca de campo de uno de ellos; son en definitiva y recuperando aquella vieja expresión de mediados del siglo XX, una especie de “pollos pera” (hoy pijos) a lo británico. Pero dicho esto, alguno se preguntará: ¿y dónde aparece la excepcionalidad de esta novela, en qué consiste su atractivo? RECURSOS DE LA AUTORA: El hechizo que provoca —en mí lo hizo—, se basa en dos elementos, ambos fundamentales y necesarios. En primer lugar debemos valorar la creación de un auténtico TEJIDO DE SENTIMIENTOS, que se instala en las mentes de los personajes y que los liga mediante una multiplicidad creciente de relaciones, en las que se entremezclan el amor, la amistad, el interés personal, el hastío, la envidia, el orgullo, el sometimiento…; como son vínculos no estáticos, dicho TEJIDO es elástico y se modifica y evoluciona constantemente hasta extremos que dejan estupefacto a un lector que jamás creyó que aquello llegara tan lejos. Pero seguramente la extensión de esos sentimientos, no bastaría para entretener ni emocionar si la autora no hiciese, además, una exhibición constante de RECURSOS EXPRESIVOS —su otro gran atributo—, responsables de la intensa exteriorización de lo más íntimo, pero también de la fácil divulgación de lo externo, de mover convenientemente a los personajes en su círculo para que, además de vaciar su interior, puedan relacionarse con soltura. Esta facultad de exteriorizar lo íntimo para poder transmitirlo luego a los demás, es en definitiva un atributo emocional, más que gramatical, que debe mucho más al contenido de lo que se dice, que a la apariencia de su estilo literario, el cual por lo demás, aunque diáfano, no es especialmente significativo. CLAVES DEL ARGUMENTO: Es sumamente probable que, cuando el lector entre en este grupo de entre doce y quince personas interrelacionadas, sea inmediatamente succionado por un torbellino de tensión creciente en el que todos parecen competir por sacar sus demonios al exterior. Puestos a extraer una conclusión o un balance de lo que se dirime en este grupo, podría pensarse que es el amor lo que impulsa los movimientos y las reflexiones de cada personaje, pero yo no lo veo así; yo creo que lo que aquí vemos se debe a que la autora inyecta un virus en el alma de este grupo, pero no un virus bueno, portador de amor o afecto, sino uno malo, inquieto y perturbador que, pese a su apariencia afectuosa, propaga desasosiego y negatividad, con la subsiguiente extensión al conjunto del colectivo. Aparecen entonces diferentes actitudes: algunos vacían su interior hacia el interlocutor en un ejercicio de desahogo personal; otros en forma de ofrecimiento desinteresado de afecto; a veces buscan receptividad en la propuesta y la encuentran, o no; mientras que en otros casos hay un deseo de comunión con el oponente que no siempre es reciproco; otras veces interviene el rencor, dándole a la comunicación un carácter envenenado; y a menudo surge la sorpresa, al tomar el asunto una dirección contraria a la que esperábamos. Pero, como norma general, es común en todos los casos un tono negativo que suele conducir a la insatisfacción, cómo si el hallazgo de la auténtica felicidad fuese muy improbable y todo quedase reducido a simples etapas de un camino (sus vidas) satisfecho solo a medias con la consecución de pequeñas parcelas de deseo. Se tiene la sensación de que los antes citados RECURSOS EXPRESIVOS de la autora, nos están permitiendo visualizar e interesarnos por unos vínculos personales que, a modo de red conductora del citado sentimiento autodestructivo, lo transmiten indiscriminadamente, sin distinguir entre sexos, capacidad económica, calidad humana, ideología…, ni siquiera edad; y ello con todos los personajes enredados en ese TEJIDO DE SENTIMIENTOS, generándose así, no solo un interés indeclinable sino, incluso, en momentos puntuales, unos grados de tensión o intriga más propios de novela de suspense o a veces, incluso, de terror. JUSTIFICACIÓN DEL TÍTULO Y BALANCE FINAL; En todo caso, el título de la novela contiene dos elementos: uno es “la hermandad“ y el otro es “el libro”; consiste éste último en el compromiso formal que asume uno de los personajes, de redactar un libro que represente al grupo (la hermandad); es un asunto que, aun teniendo un papel central en la narración, no deja de ser una mera excusa introducida como soporte de la trama, sin que se le deba atribuir la importancia que pudiera aparentar inicialmente. Habrá quien leyendo la novela, opine que ambos, el libro y la hermandad, conforman un tema central un tanto inconsistente, traído de los pelos y con mucho sinsentido. Y esto, aun siendo cierto, en parte, no merma ni un ápice la calidad de “El libro y la hermandad”, ni su capacidad para interesar y emocionar, porque, como decía, tiene carácter de pretexto vertebrador de la historia, y lo importante es lo que resulta de ello, por lo que ese leitmotiv que da título a la novela tiene una importancia absolutamente menor.

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Escrita 19 de Marzo de 2019
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OTRA DE GALDÓS en EL AMIGO MANSO
En la producción literaria de Benito Pérez Galdós, sobresalen “Fortunata y Jacinta” y los “Episodios Nacionales”. “El amigo Manso”, en cambio, no sobresale por nada y es precisamente por eso por lo que he decidido escribir su reseña, por el simple hecho de ser una novela más, y por añadidura una muy representativa de sus maneras literarias más características, las mismas que le hubieran conducido al premio Nobel, de no haber sido por las envidias y los resentimientos que imposibilitaron el consenso en su candidatura. La de Manso es una historia contada; Galdós utiliza ese recurso por el que el narrador, que es también el protagonista y que está ubicado en el tiempo al final, nos explica cuando empezamos la novela que prefiere contárnosla desde el principio, poniéndose a ello inmediatamente. Ni que decir tiene que ambas figuras, narrador y protagonista, se confunden en la personalidad del propio autor, lo que significa que todas las opiniones y los puntos de vista que nuestro amigo Manso expone en la novela, se corresponden con los del escritor; seguramente no es una trama rigurosamente autobiográfica, pero la filosofía que destila es exactamente la característica del novelista. Esto en lo que se refiere al mecanismo narrativo, pero en lo referente al mensaje que quiere transmitir, el verdadero objetivo de Galdós con este libro fue hacer una crítica demoledora de la sociedad madrileña de su época (la de la restauración monárquica). En el libro, que es relativamente corto con sus poco más de doscientas páginas, repite su costumbre de introducir una multitud de personajes alrededor de los dos o tres principales. La trama desarrolla la situación personal de Máximo Manso, un catedrático de instituto soltero, y su relación con las personas que le rodean, mostrando enseguida como se modifica esa situación cuando un adinerado hermano suyo que vive en Cuba, decide trasladarse a Madrid con su familia, trastornando sus circunstancias personales hasta extremos que le acaban resultando insufribles. Dentro de la trayectoria creadora de Galdós, esta novela se encuadra en la etapa “realista”, en la que sus tramas tratan de expresar su descontento con el ambiente que se respiraba en la sociedad española en un sentido amplio, utilizando como base sociológica la pequeña burguesía madrileña de su época. Ese intento regenerador, presente en esta etapa de sus novelas, pone en evidencia su talento creador y su enorme facilidad para la creación de personajes y para desarrollar sus comportamientos sociales. El costumbrismo finisecular que se desprende de sus personajes y sus situaciones, se percibe al principio como un poco trasnochado, como una historia de sainete de épocas y costumbres sociales ya muy lejanas, por lo que inicialmente a algunos les parecerá caduco y pasado de moda, aunque siempre habrá muchos otros a los que no les costará nada trasponer esa barrera temporal y lingüística, y disfrutarán de su estilo olvidando aquel aire de cosa anticuada. Mejoraría mucho la opinión de aquellos a los que gusta menos, si intentaran viajar en espíritu (apoyándose en su lectura) hasta las décadas finales del XIX, se sumergieran en aquel estrecho mundo, y trataran de palpar sus entresijos desde dentro para comprenderlo un poco mejor. En cualquier caso, conviene que unos y otros consigan una eficiente acomodación mental al medio decimonónico, porque ello permite apreciar mejor las razones que llevaban a don Benito (hombre tal vez un poco ramplón y falto de elegancia pero sincero y sensato) a bramar contra el machismo, el clasismo, la vulgaridad o la intolerancia, buscándoles las cosquillas a sus personajes con una ajustada mezcla de sarcasmo, ironía y buen humor. Habrá quien puntualice, atinadamente sin duda, que muchos de aquellos argumentos progresistas que manejaba Galdós, a fecha de hoy se han quedado muy cortos en lo que a avances se refiere, y también que el lenguaje que utilizaba era engolado y tenía un exceso de afectación (el de la época); sí, todo eso es verdad, pero si se quiere establecer un juicio ecuánime, se han de situar las cosas en su contexto, y en el contexto de 1882, Galdós era un hombre de progreso, además de buen creador de tramas y aún mejor en el desarrollo de personajes y situaciones, con un estilo sobrio (para la época) que aunque, a veces, hace que sus libros se arranquen de forma algo titubeante, al poco tiempo acaba conquistando al lector en un camino hacia el final que resulta plenamente satisfactorio. El argumento de “El amigo Manso”, nos muestra cómo el entorno social y profesional del protagonista modela y configura su perfil humano, que es campechano y apacible (de ahí el doble sentido de su apellido), haciéndonos ver lo mal que casa esa personalidad suya con los comportamientos sociales al uso, hechos a base de malicias, sutilezas y convencionalismos, por personajes muy representativos de aquella decadente burguesía, y por tanto, claros receptores de su agudeza y su socarronería. Ese enfrentamiento da lugar a una trama entretenida, sorprendente y gratificante, siempre, clara está, que se tenga un mínimo interés por conocer los pormenores y las inquietudes propios de la sociedad española de finales del diecinueve.

2 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 22 de Enero de 2019
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REALISMO PORTUGUÉS en EL CRIMEN DEL PADRE AMARO
Constreñidas a sus respectivos marcos idiomáticos y con una gran incomunicación mutua, las literaturas española y portuguesa del siglo XIX no consiguieron tener en Europa la enorme repercusión que sí tuvieron las literaturas inglesa y francesa. Una de las consecuencias de ello es el desconocimiento generalizado que aún hay en España de la obra de José María Eça de Queirós, uno de los mejores escritores portugueses del siglo XIX; y eso pese a que su importancia fue parecida en muchos aspectos a la que aquí tuvo Benito Pérez Galdós; ambos escritores fueron prácticamente coetáneos, cultivaron un tipo de novela similar de corte realista, empezaron trabajando como periodistas, luego se relacionaron con las administraciones públicas de sus países, Galdós fue diputado y Eça de Queirós diplomático, y ambos, también, eran tenidos por personas de ideas progresistas. La principal consecuencia del realismo que marca su estilo literario, es la eficacia con que “El crimen del padre Amaro” introduce al lector en la sociedad decimonónica de su época, una sociedad muy aferrada todavía a valores arcaicos y conservadores, en la que sin embargo comenzaba ya a aflorar tímidamente el germen de la modernidad. La Iglesia era una de las instituciones que más se oponía a esos esbozos de progreso tratando de mantener un férreo control social; además, la presión religiosa que muestra, no hubiera sido tanta en una ciudad mayor y más moderna, como Lisboa, pero era especialmente asfixiante en Leiria, una ciudad pequeña, de interior, en la que el clero, siempre vigilante de la moral y las costumbres, fomentaba sobre todo entre las mujeres de la burguesía local, un ambiente saturado de catolicismo rancio y anquilosado. Leer “El crimen del padre Amaro”, permite exponerse a los efectos de aquella beatería como si nos sumergiéramos en el pasado, como si viajáramos en un túnel del tiempo que nos transportara de golpe a 1870; tanto es así que cualquier lector español de más de sesenta años (como es mi caso), encuentra el ambiente descrito como algo familiar, como algo que rememora inequívocos recuerdos de la infancia, lejanos sí pero no olvidados, en los que cierta presión social del entorno hacía temer un futuro cuajado de rosarios y jaculatorias, de lecciones de liturgia y de asistencias a ejercicios espirituales. Afortunadamente, hace sesenta años había ya también otras influencias alrededor que en seguida permitieron comprender con alivio que ese temor era injustificado. Esta novela, en cambio, nos retrotrae a la segunda mitad del siglo XIX y a un país, como Portugal, de gran tradición católica, por lo que la influencia de la Iglesia debía ser allí igual o seguramente mayor que la que pudo existir en la España de 1958; y hago tanto hincapié en el ambiente en que se mueven los personajes porque el realismo de este tipo de novela (recuerdo aquí una vez más el paralelismo con Galdós), permite palpar una con gran fidelidad ese entorno tan asfixiante. Naturalmente, cuando se plantean los problemas que son centro del argumento, el lector de hoy toma partido y comparte absolutamente la visión inequívocamente crítica que ofrece el autor. Pero independientemente de ese enfoque moderno, natural en el lector actual, la lectura es atractiva por cuanto el método literario de Eça de Queirós facilita dos cosas: una, la perfecta comprensión del espacio moral en el que se mueven los personajes, y otra, la facilidad con que, una vez inmersos en dicho espacio, podemos seguir y entender los conflictos anímicos que les atenazan, pese a que éstos sean a veces tan imprevisibles como diferentes entre sí puedan ser las reacciones de distintos seres humanos; y así el autor nos va presentando a cada personaje cuando se le introduce en la narración, haciendo un retrato que le define perfectamente, para luego, según se va desarrollando la trama, observar cómo se desenvuelve y, por fin, cómo soporta los aprietos a que se ve sometido. En esta tarea, la prosa del autor es precisa en las descripciones, pero también imaginativa, envolvente y dotada de una enorme solvencia para explicar los conflictos morales que pasan por el interior de la mente de sus personajes en cada momento. Nadie debe confundirse con el título de la novela y pensar que está leyendo algo así como una novela policiaca, porque la novela no trata de crímenes, tramas policiales, ni nada de ese estilo. La novela narra la trayectoria de Amaro, un cura joven destinado en la parroquia de Leiria; el narrador omnisciente empieza poniendo al lector en antecedentes de su vida desde pequeño hasta su llegada a esa población, y continúa con la explicación de los pequeños problemas domésticos que tiene que solucionar para organizar su hospedaje; a la vez va introduciendo paulatinamente al cura en la vida social de la ciudad, y va situando a los personajes que van a presidir la trama a lo largo de la novela, entre los que hay un canónigo amigo suyo, y varias personas más que frecuentan tertulia en la casa en la que se hospeda. La novela parte de una intención claramente crítica de Eça de Queirós en todo lo relacionado con la preeminencia de la Iglesia Católica en la vida social de la época, pero muy concretamente con el mantenimiento del celibato entre los miembros del clero y con los problemas que ello acarrea. Así la trama se dedica a analizar el comportamiento social de Amaro, y a mostrar cómo su personalidad particular llega a afectar a su ministerio y a su labor espiritual, a pesar de sus intentos por compaginarlo todo, y ello en una sociedad sujeta a prejuicios arraigadísimos alentados por el clero y mezclados con la creciente influencia de las ideas modernas que van tomando también posiciones, aunque tímidamente, en la pequeña burguesía rural del Portugal de 1870.

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Escrita 27 de Noviembre de 2018
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HUÉRFANO Y LISIADO en SERVIDUMBRE HUMANA
Es sabido que Somerset Maugham fue el auténtico prototipo del escritor de éxito, sus libros se vendieron en abundancia y sus historias se propagaron por el mundo del cine y el teatro. Consecuentemente, ganó mucho dinero y vivió muy bien; pero la pregunta es: ¿cómo reciben los lectores de hoy sus obras, sigue presente aquella fascinación con que se acogían sus novelas en la primera mitad del siglo XX? El recuerdo que tengo de “Al filo de la navaja” no me sirve para dar contestación a esa pregunta porque hace ya bastantes años que lo leí, y aunque recuerdo perfectamente la buena impresión que me causó, no me planteaba yo entonces estos juicios de manera tan decidida como me los planteo hoy. Lo que sí recuerdo claramente es que esas buenas sensaciones me llevaron después a leer otras cosas suyas, en las que la impresión ya no fue tan buena. Me refiero a “El velo pintado” y a un libro de viajes por Andalucía, lecturas ambas que me decepcionaron completamente. Empezaré diciendo que “Servidumbre humana” es una novela en la que su autor narra las vicisitudes que vive su protagonista desde su infancia hasta llegar a la edad de treinta años. Ese es el asunto central de una historia que se utiliza solo a modo de armazón con el que soportar el auténtico leitmotiv de la novela —el mundo interior del personaje—, para exponerlo y analizarlo en la medida de sus posibilidades. La historia se presta a ello porque su vida es cambiante pero no especialmente novelesca lo que, unido a una narración absolutamente lineal, le permite concentrarse en su auténtico objetivo que es la disección de la esencia de ese ser humano, objetivo que concentra mucho más peso del que tendría con la simple narración de los hechos novelados. Y lo que ya termina por poner en valor la obra, es la constatación de su carácter autobiográfico, porque muchas —aunque no todas— de las cosas que le suceden al protagonista, tienen un paralelismo con circunstancias personales de la vida de su autor, siendo la más importante de todas ellas su defecto físico, que en la vida real era la tartamudez, y que en la novela cambió por un pie deforme de nacimiento. Cuando uno aborda la lectura de esta novela, lo primero que detecta es que el lenguaje que utiliza su autor en ella es extremadamente simple. Cuenta lo que ocurre, en una narración muy directa y muy sucinta, y cuando refleja los diálogos que se dan entre los personajes, éstos son escuetos y de una sencillez rayana con la vacuidad. Por otro lado, los personajes van surgiendo paulatinamente, apareciendo y desapareciendo según el protagonista va a Heidelberg o a París, pero no tienen demasiado carácter ni personalidad y no terminan de dejar huella en el lector. No sé si es porque son personajes planos y carentes de fuerza o flojean por su endeble construcción, pero tengo la sensación de que influye también en ello la difícil credibilidad de los problemas planteados, y quizá también la homosexualidad del autor, porque varios de los extraños vínculos personales que aparecen en la trama, o son raros o son poco entendibles. Tengo claro que ese no es el punto fuerte de esta historia y por lo tanto pasaré por él mencionándolo pero sin detenerme, porque al margen de estas debilidades de los personajes y de sus actitudes, la narración es extraordinariamente fluida; por alguna razón, que uno no llega a poder concretar, se lee con una facilidad que, quizá, peque incluso por excesiva, si es que tal cosa es posible. De todo ello podría deducirse que casi setecientas páginas en este plan, pueden llegar a ser un poco pesadas pero, sobre todo, a carecer de la garra que se le supondría al escritor de éxito. De hecho me consta que algunos lectores lo considerarán así, porque se tarda un poco en adaptarse a la dinámica de la narración, pero lo cierto es que en algún momento dado se le coge el aire, y a partir de ahí se impone sobre la historia una especie de sesgo sentimental que se abate sobre sus páginas, y las impregna profundamente hasta adueñarse de la narración. En mi opinión, no hablamos ni de sentimentalismo melodramático, ni de ñoñería folletinesca, y ello gracias a dos características principales: una, que mantiene un tono de cruda crítica social, que no esperaba encontrar en un escritor como Somerset Maugham, exponiendo los hechos de una manera bastante ácida, dura y descarnada; y dos, que el objeto fundamental de la historia termina por centrarse claramente en la búsqueda del sentido último de la vida, sobre todo para aquellas personas que parten de circunstancias difíciles, agravadas además por la penalización que supone su tara física. Y ello sorprende, porque cuando empezamos la novela, no podíamos fácilmente imaginar que fuese a derivar hacia ese tipo de planteamientos, ciertamente ásperos, pero de mayor enjundia de lo que hacían presagiar las limitaciones que demuestra manejando el lenguaje y cierta falta de garra en la creación de personajes, defectos ambos que evidencia a lo largo de los primeros capítulos. Por tanto, mi resumen es que son sus circunstancias particulares (las autobiográficas), las que dan como resultado una de las mejores novelas de un escritor cuya calidad es hoy cuestionada y cuyo prestigio se sitúa actualmente en horas bajas sin ningún parecido con el que tuvo en su momento álgido, pero que, pese a ello, se sigue leyendo con agrado, especialmente cuando su narración aborda las fases más dramáticas, en las que la vida somete a duras pruebas a su protagonista; ahí es donde sale la vena del novelista sensible que tiene los recursos necesarios para emocionar y hacer vibrar al lector un poco a la manera en que lo hacía Charles Dickens cuarenta o cincuenta años antes de que se escribiera esta novela, con sus peculiarísimos personajes desenvolviéndose por las sórdidas calles londinenses, siempre, obviamente, salvando las abultadas distancias que hay entre la categoría de ambos escritores. Quizá esa sea la razón por la que tengo tan buen recuerdo de “Al filo de la navaja”, que es una novela con un argumento más elaborado y más novelesco que la más autobiográfica “Servidumbre humana”. En aquel momento aún no había adquirido el gusto por analizar tanto los libros que leo, y simplemente me dejé seducir por aquella fascinación que mencionaba al principio, que encandilaba a los lectores de la primera mitad del siglo XX, y que estaría formada en buena parte por las grandes dosis de emotividad y sentimentalismo que transmitían sus historias, y en otra buena parte por la casi extraña simplicidad de un texto que hace que sus novelas se digieran con una extraordinaria facilidad. Lo primero, me parece que sigue vigente, si bien es más apreciable en sus novelas más elaboradas o más conseguidas. Lo segundo, ayuda en el sentido de que facilita su lectura, pero ayuda menos en el sentido de que resta el atractivo esperable en una escritura más personal y definida. No quería dejar de mencionar la afición un poco enciclopédica que exhibe Somerset Maugham en esta novela en todo lo relacionado con la literatura y al arte de su tiempo, y en general con cualquier asunto cultural, religioso, médico, filosófico, o viajero. Son materias todas ellas con las que su protagonista tiene relación en algunos pasajes de la narración, en los que aprovecha para explayarse en sus comentarios sobre cada asunto. De tal manera que la lectura de esta novela aporta el aliciente añadido de poder comprobar cómo era el perfil cultural de aquel escritor, que tendría veintitantos años cuando la escribió en el cambio del siglo XIX al XX (menciona en la novela la coetánea guerra de los Boers), y que sentía un obvio interés por cualquier asunto cultural de los vigentes en el mundo europeo de la época. Llama la atención de manera muy concreta el entusiasmo que suscitaba en él la obra de un pintor tan especial como El Greco, que lleva al protagonista a pasarse media novela soñando con poder viajar a Toledo.

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Escrita 19 de Junio de 2018
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LAS TINIEBLAS DE LA MENTE II en EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
Escribo esta reseña en enero de 2018, una vez de terminada mi segunda lectura de este libro. Escribí la primera en septiembre de 2011, y ahora la reescribo para fundirla con mis impresiones actuales y juntar en una sola reseña, la visión del 2011 y la de ahora, y así poder analizar la forma en que, sus respectivas lecturas, han repercutido en mi criterio por el simple hecho de haber transcurrido siete años entre una y otra. Todo lo escrito, lo está a fecha de hoy, aunque sin ocultar mi opinión de entonces, tamizada, eso sí, por el filtro del paso del tiempo. Hace siete años no tenía una idea previa de su contenido, me sonaba, sí, pero muy poco; mis referencias provenían de las citas con las que algunos autores habían intentado propalar la afición por Conrad; y por no saber, no sabía siquiera que Coppola se había basado en ella para crear su película “Apocalipse now”. Así que cuando empecé a leer, esperaba encontrarme con una entretenida novela de aventuras, que era exactamente lo que yo andaba buscando por aquel entonces; sí que es cierto que me había mosqueado un poco el desconocimiento del autor y su obra en mí entorno, porque cuando yo le comentaba a alguien mi deseo de leer a Conrad, me ponían cara de no saber de quién les hablaba, sospechando ya entonces que era un escritor de reconocido prestigio en círculos de lectores entendidos, pero un completo desconocido entre la masa de lectores que lee las novelas de moda de cada temporada. Pero ese temor no me echó para atrás, un buen día di el paso y lo empecé. Y me sentí fastidiado al comprobar que no se cumplía lo prometido, o al menos, lo que yo creí entender que me habían prometido. ¿Dónde están, pensé yo, las supuestas aventuras en este galimatías incomprensible? Quienes me lo recomendaron (recuerdo que Manu Leguineche, fue uno de ellos), pensarían que siendo de su gusto también lo sería del de sus lectores, pero conmigo las cosas no funcionaron así (creo que con muchos otros tampoco), me vendieron algo basado en acción, viajes, y aventuras, y allí no encontré nada de eso, y si algo había, quedaba más que camuflado entre una prosa difícil, introspectiva, amarga, y centrada en el análisis crítico de una situación casi surrealista. Esto, claro, no era lo que yo esperaba y me sentó mal; y me sirvió para aprender que cuando se afronta una nueva lectura, conviene enterarse bien de qué va; claro que en la ignorancia, la sorpresa puede ser para bien, lo que sería estupendo, pero si es para mal te llevas un chasco. Obviamente, confirmé también que la variedad de gustos literarios es infinita y nunca puedes estar seguro al cien por cien de una recomendación; pero eso, hacía ya tiempo que lo había aprendido. Cuando, hace ya casi siete años escribí lo que expresan los párrafos anteriores, fue para intentar explicar el chasco que me llevé con esta novela; recibí una recomendación que no supe interpretar, o que no se ajustaba a mis deseos, y mi lectura fue un desastre. Pasó el tiempo y seguí leyendo otras cosas, unas me gustaron, otras no tanto, pero mis gustos no se quedaron estancados, sino que fueron evolucionando; hasta que, hace poco, vi entera por primera vez “Apocalipse now”, la película de Coppola sobre Vietnam, y me acordé del “Corazón de las tinieblas”, y decidí volver a leerla. Y hoy, tras haberlo hecho, ni me he llevado disgusto, ni puedo argumentar nada parecido a lo que dije entonces, porque lo que he encontrado es exactamente lo que buscaba; que es, ni más ni menos que, un sentimiento de fascinación por el ambiente, por la situación histórica, por su significación, y por la manera en que el protagonista queda subyugado por todo lo que le rodea, y todo eso como consecuencia del visionado de la película. Pensé en 2011 que mi problema estaba claro, y creí adivinar la razón por la que otros lectores no tenían el mismo problema: captaban el sentido a la primera, o casi, lo suficiente como para entender el mensaje de Conrad, de sus dudas, de sus reflexiones, de sus temores, de la finura lingüística de su texto, de la tenebrosidad de los paisajes, de ese universo suyo, oscuro y tenebroso. Pensé también entonces, que todos los que disfrutaban leyéndolo, escritores, críticos, o reseñadores, deberían haber dejado más clara la causa de su admiración, cuando lo recomendaron, porque hacer apología directa de Conrad, sin explicar los pormenores de su texto, es hundir al autor en el gueto de los autores minoritarios. A quién lo lee y queda confuso, no se le puede reclamar que se adhiera sin más, en nombre de la ortodoxia, sería un masoquista, o un incondicional de la ortodoxia, y yo, como no soy ninguna de las dos cosas, me quejé, que es algo que no hubiera hecho, de haber sabido de que estábamos hablando. Pero es verdad que yo también me equivocaba, cuando decía que otros captan el sentido que a mí se me escapaba, no, los demás leían lo mismo que yo, y lo captaban de forma parecida, con la diferencia de que yo esperaba entenderlo todo (es necesario en una novela de entretenimiento), mientras que los demás entendían la acción relativamente poco (Conrad es difícil para todo el mundo), pero disfrutaban con su prosa intensa, oscura, enigmática, poética y corrosiva, que todos esos calificativos pueden atribuírsele, y que yo, hoy, también encuentro y valoro, precisamente ahora que es eso lo que busco. En 2011, quise convertir esta reseña de “El corazón de las tinieblas” en un exponente del estado de ánimo con el que convivimos algunos lectores, cuando nos enfrentamos a cierta literatura que, por lo que sea, nos resulta difícil, incomprensible, se escapa de nuestros esquemas, y como no la procesamos se nos atraviesa; ¿podríamos afirmar, por ello, que no nos gusta?, en sentido estricto no, puesto que no la hemos asimilado; y por tanto no hay desacuerdo estético, se trata de un sencillo problema de ocultación, de invisibilidad; no podemos decir que no nos gusta la decoración de una habitación si su puerta cerrada nos oculta el interior, si no se asimila es como si no se viera, ¿cómo podemos decir que nos gusta o que nos disgusta lo que no vemos? “El corazón de las tinieblas” me sirvió para avalar ese razonamiento, y para utilizarlo como exponente máximo de un problema que me surgió también con las obras de otros autores, con las que aflora un conflicto parecido, y de las que podría redactar reseñas con parecidos argumentos, como ya hice en algún caso. No sé si el cambio, a mejor, que se ha dado al leerla por segunda vez, podría reproducirse de forma parecida en alguna de esas otras obras. El caso es que con “El corazón de las tinieblas” esto hoy ha cambiado, y además lo ha hecho con la novela más difícil de las suyas, al haber encontrado, en esta segunda lectura, la intensidad del lenguaje y la extraña obcecación o aturdimiento, que Conrad sufrió, en su deambular por ese espacio salvaje y terrorífico del río Congo. Hoy, aquí, sin ninguna duda, he encontrado esa intensidad y la he valorado muy positivamente. No quiero dejar de repetir lo que dije en 2011 de “El espejo del mar”, libro de Conrad, traducido por Javier Marías, que trata de la navegación y de la mar, y del que ya entonces hablé favorablemente; es un Conrad distinto, inteligible y sin alardes lingüísticos, aunque también hay que decir que no es una novela, sino una sucesión de relatos extraídos de sus experiencias marineras. Yo creo que son muy interesantes para cualquiera, pero especialmente para todo aquel que disfrute del mar.

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Escrita 11 de Enero de 2018
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UN PIGMALIÓN MUY PARTICULAR en MARTIN EDEN
Gustándome London se podía suponer que “Martin Eden” también me iba a gustar, y así fue, no hubo sorpresa; sí la hubo cuando disfruté en su momento de los “Relatos de los mares del sur”, algo un poco raro por aquello de ser muy cortos; también fue lógico que me gustara “Colmillo blanco”, que entra de lleno en el campo de la novela de aventuras, y más lógico todavía que me entusiasmara “El lobo de mar” que va de aventuras y de navegación, temas que están sin duda entre mis preferidos. Pero lo verdaderamente llamativo de “Martin Eden” es su traza, que no es de aventuras, ni de viajes, ni de acción, sino de una mezcla de contenido autobiográfico y literario; dos asuntos alejados de la temática de acción que no impidieron que, una vez más, volviera a gustarme otro libro suyo. London empieza evocando su niñez, vivida en un ambiente popular, falto de auténtica educación, metido en pandillas de jovenzuelos rebeldes, y en peleas callejeras regidas por la ley del más fuerte. Cuando tiene la edad suficiente para ello, se enrola en un barco que hace varias rutas por el Pacífico, y parte de Oakland, su ciudad, en un viaje de dos o tres años de duración. En sus singladuras por el gran océano, conoce varios países ribereños, así como los grandes archipiélagos: Tahití, Las Marquesas, Hawái y muchos otros. Vuelto a Oakland, el texto le describe como un joven de unos veinte años, con algunos ahorros, agradable presencia y conocedor del mundo, pero rudo y poco educado; o sea, un joven seguro de sí mismo y curtido por las dificultades pero con una gran ambición por conseguir objetivos personales, que sabe que son casi imposibles con una formación tan básica como la suya. Ese es, a grandes rasgos, el perfil del personaje cuando el autor nos lo presenta al principio del libro. A partir de ese punto se suceden los primeros vaivenes: casualmente, presencia un incidente en el que dos hermanos jóvenes de buena familia, se ven implicados en una pelea callejera, de la que salen indemnes gracias a la ayuda que él, curtido en esas lides, les presta; en agradecimiento a su ayuda, sus padres y su hermana Ruth le reciben en su casa. Acude a dicha invitación cohibido y acomplejado por el ambiente refinado propio de cualquier casa burguesa, muy consciente de que todo lo que tiene de experto en reyertas, lo tiene de inexperto en materia de educación y buenos modales. Sin embargo, su empatía con Ruth es mutua e inmediata, quedando fascinada por la fuerza que transmite Martin a pesar de su tosquedad, y quedando él fascinado por el lujo y las comodidades que ve y por la educación y la cultura que supone que hay tras aquel ambiente. Así que con la vehemencia que le caracteriza se enamora perdidamente, y para darle oxígeno a esa pulsión sentimental, decide poner en marcha, con la ayuda de ella, un plan formativo que incluye, por ejemplo, moverse con elegancia, aprender normas de comportamiento, o hablar con la debida corrección; pero sobre todo, empieza a leer sin descanso, en un intento por absorber todo lo que le puede ofrecer el mundo de la cultura, al que idealiza de forma un tanto irreflexiva. Ella a su vez, se encomienda con entusiasmo a la tarea de pulir las maneras y forjar el carácter de aquel joven tan tosco pero tan atractivo. Martin todavía no le habla de amor, porque entiende que, hasta que alcance sus objetivos, no tiene un futuro que ofrecerle, lo que le incentiva a esforzarse todavía más para alcanzar su meta. Todo lo dicho hasta aquí, está más o menos contenido en las primeras cincuenta, de las cuatrocientas cuarenta páginas que tiene la novela, es decir, representa solamente el arranque de la historia. La trama, al contrario de la mayoría de novelas de London, se desarrolla en el medio urbano y se centra casi todo el tiempo en Oakland, haciendo, como mucho, algún desplazamiento a San Francisco, al otro lado de la bahía. Su desarrollo en el tiempo, abarca un periodo de tres o cuatro años hasta que alcanza su culminación. Con esa base de partida, arranca una novela en la que no tuvo que recurrir a viajes, ni basarse en vidas ajenas (fue acusado de plagio en varias ocasiones), sino contar solo con su propia experiencia en su propia ciudad, y eso llegando hasta donde quiso llegar con la ficción. La trama contiene algunas cosas reales, mientras que otras, o las inventa, o las deforma convenientemente partiendo de hechos auténticos. Pero uno nunca sabe bien dónde termina la realidad y donde empieza la ficción, porque visto objetivamente, “Martin Eden” es una novela y, por tanto, una buena parte de lo que aparece en ella no ocurrió en la realidad. Quizá lo más importante sea decir que su prosa es sumamente accesible, y a la vez, tremendamente adictiva; si por ejemplo, disponemos de diez minutos libres y queremos aprovecharlos leyendo unas cuantas páginas, es muy posible que acabemos dedicando el doble de tiempo, y hayamos leído muchas más páginas de las previstas, tal es su facilidad, y tal es la adicción a que le somete a uno el texto. Esto tiene su importancia sabiendo lo densas que son las materias que aprende el protagonista, por lo que bien puede darse el caso de que el aluvión de referencias literarias y filosóficas, que va creciendo según avanza la novela, requiera un lenguaje especialmente fluido para seguirlas con facilidad y sin asperezas; y al decir esto me estoy refiriendo a cosas como su devoción por el filósofo Herbert Spencer, que le hace multiplicar citas suyas, o extractos de sus textos, o a la importancia que le da a su ya conocida simpatía por el ideario de Nietzsche. La novela da un exhaustivo repaso a una enorme cantidad de lecturas, obtenidas mediante préstamos de la biblioteca pública, o facilitadas por Ruth, adquiriendo, de paso, el hábito de leer y a la vez tomar apuntes de todo tipo, hasta que empieza por fin a escribir. Cuando lo hace, prueba con algunos ensayos, pero sobre todo con historias de ficción, cortas o largas, sacadas con frecuencia de su experiencia viajera, e incluso, se adentra en el mundo de la poesía, alentado en ese caso por su pujante impulso amoroso por Ruth. La novela se podría condensar diciendo que describe la transformación de su propio personaje, contada por él mismo y afectando a todo orden de cosas, aunque fundamentalmente a su intelecto y a su personalidad, mostrando claramente cómo esto repercute sobre las personas que le rodean, como sus familiares, su novia, sus amigos y compañeros de todo tipo, que ven con preocupación cómo el empeño y la ilusión que pone en que su obra salga adelante y sea publicada, llegan a afectar a su salud, e incluso a su equilibrio mental. Seguramente, ni el análisis de sus lecturas, ni su batalla por publicar, son asuntos especialmente divertidos, pero es muy interesante observar cómo influyen en el comportamiento y en la personalidad del protagonista. Ahí es donde verdaderamente está —para mi gusto—, lo mejor de la novela; en el proceso que muestra la progresiva modificación de su personalidad. Es un proceso complejo, lleno de bandazos y de contradicciones, como su adscripción al partido socialista, su adicción por el trabajo extenuante, su rechazo de la burguesía, su admiración por las teorías individualistas, y sus ideas sobre el triunfo de los más dotados, que a su vez se apoyan en el amor por la naturaleza y la vida al aire libre que tanto protagonismo tuvo en sus novelas. Si a eso unimos que su éxito le convirtió en un hombre adinerado, y amante de la buena vida, se puede decir que hay un antes y un después, en su vida y el hito que marca esa transición, se podría perfectamente identificar con los años en los que transcurre la trama de “Martin Eden”, en los que se transmutó en un personaje tan peculiar, como para combinar una mentalidad idealista con ser partidario acérrimo del individualismo, o posicionarse enfrente de la burguesía, y sin embargo, vivir inmerso en una vida cotidiana de marcado carácter hedonista. En mi opinión, su mayor interés está en contemplar cómo su trama, mezcla de ficción y realidad, describe las mutaciones que sufrió en aquella etapa en su vida y en su mente, dando lugar a transformaciones que alteraron su personalidad y que, unidas a una prosa excepcionalmente atractiva, conforman una novela completamente atípica dentro de su obra, pero no por ello menos interesante que las demás.

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Escrita 20 de Noviembre de 2017
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REFLEXIONES DE UN NEUROCIRUJANO en SÁBADO
Me gustaron las dos novelas que leí de Ian McEwan: “Expiación” y “Chesil Beach”. Y ahora, leyendo “Sábado”, veo que aquí su autor es tan diferente, que casi parece otro. Las dos novelas mencionadas enseñaban un escritor pulcro, ordenado e incluso refinado; tenían una trama más o menos lograda según su acierto personal o su sintonía con los gustos de cada lector, y es innegable que, al margen del tema, atesoraban una calidad cierta. En “Sábado”, las cosas se perciben de otra forma; no hay duda de que la calidad permanece, pero ¿dónde está la trama?, se pregunta uno a sí mismo mientras vaticina: ¿será que esto se va a resolver sin que haya trama? Estos planteamientos de esquemas cambiantes y arriesgados, podrían fastidiar a algún lector, pero no a mí, creo, incluso, que podría haber sido un acierto si se hubiera quedado en un simple ejercicio de estilo, cosa que, a lo largo de buena parte de la novela, pensé que iba a ocurrir. Pero no ocurrió; repentinamente sobrevienen las situaciones que dan lugar a la trama central, se desarrolla ésta, y se culmina todo el asunto; y me satisfizo mucho lo acertado de ese desarrollo y de esa culminación; y tal vez influyera en ello un cierto efecto sorpresa; cuando creía que nada iba ya a cambiar: ¡Zas!, cambio copernicano y además muy bien resuelto. Efectivamente, al no aparecer la trama, todo hubiera quedado en un ejercicio reflexivo y analítico del protagonista sobre múltiples cuestiones que le afectan, o afectan a su familia, a su actividad profesional, a la actualidad política más candente, y a muchos más asuntos que pasan por su mente mientras transcurren las horas de ese sábado que da lugar al título de la novela; y ello en una especie de monólogo interior (pese a estar narrado en tercera persona) que abarca tanto lo cotidiano, como lo excepcional; lo banal, como lo trascendente; lo próximo, como lo global. De esta manera, el continuo transcurrir de páginas va imprimiendo el carácter del personaje sobre el fondo de sus circunstancias, suavemente, sin caer en el tedio, sin grandes aspavientos y, en definitiva, sin provocarle al lector disconformidad con sus ideas; lo sorprendente es que él expone las suyas con tal claridad que podrían chocar con nuestro propio ideario, a pesar de ello, a mí, al menos, no me molestaron por dos razones: una, porque su discurso no es dogmático, sino que maneja la duda como una parte importantísima de su manera de entender el mundo, y la otra, porque aunque en ese instante seamos los receptores únicos del mensaje, la misión de éste no nos parece un intento de convencernos de nada, sino solo el simple resultado de compartir sus sencillas e inocuas reflexiones: simplemente su mente funciona y sus ideas no se reciben como un intento de adoctrinamiento, sino como una mera reflexión, con la que podemos coincidir o no. Así que ahí está uno leyendo, cautivado por la tenue plática que se desarrolla en la mente de Henry Perowne, eminente neurocirujano de un hospital londinense, que baraja cuestiones reales y cotidianas que interesan por su carácter insignificante de simple pensamiento, cuestiones, sin forma de novela, que son solo la vivencia de unas horas de un sábado cualquiera para un único individuo; uno más entre tantos. Es muy notable la tremenda miscelánea de materias que atraviesan su mente en esa fase inicial que podríamos denominar como “de reflexión”. La familia es una de las fuentes de meditación más constantes, incluyendo en ella a sus hijos y las actividades que lleva cada uno; su hija es poeta, su hijo incipiente músico de rock; incluye también a su excéntrico suegro, asimismo escritor y algo musicólogo, y a su mujer, abogada de éxito, que le da mucho juego para meditar sobre su vida de pareja, incluyendo afectos y sensualidad; también habla de su madre, antigua campeona de natación, pero mujer convencional, recluida ahora en una residencia con Alzheimer, a la que va a visitar regularmente y con la que toma el té, y nos explica cómo es ahora su relación mutua, la actual y también la pretérita; su situación profesional es otro tema recurrente, incluye compañeros de la clínica, algunos de rango inferior, otros de su misma categoría (con los que juega al pádel), e incluso pacientes de una significación especial; también disecciona su casa, inusualmente singular, en el centro de Londres, y su envidiable coche, y las actividades con las que generalmente transcurre su ocio. Como la novela coincide con los prolegómenos de la guerra de Irak (2003), la situación política internacional es otro de los temas a que dedica sus pensamientos; es un asunto éste en el que se revela claramente su punto de vista político, influido por el enfoque que los medios de comunicación dieron al tema (las armas de destrucción masiva), si bien no termina de germinar del todo en su mente aquel mensaje probélico, pues es un hombre inteligente y duda; sin embargo, cuando habla con su hija, joven y visceral, entra al trapo en el presumible debate: guerra sí, guerra no; madurez contra idealismo; y ello en medio de una innegable acritud; otras veces disecciona las discusiones literarias que suele mantener con ella, en esas ocasiones, de manera incluso relajada. Pero al fin las reflexiones avanzan y, en un momento dado, la novela convencional llega con el desembarco de la trama, que se engarza con todo lo anterior (que, desde luego, no tenía nada de gratuito), dando lugar a unas interesantes situaciones en las que el tema médico (neurocirugía), juega un papel bastante importante. El producto resultante es una novela eficiente, ¿un thriller?, que jugando con los recursos que manejan la mayoría de los novelistas consigue obtener un resultado brillante. Cierto es que por mucha brillantez que tenga no deja de ser una novela convencional, muy bien resuelta pero convencional. La etapa inicial produce la sensación de haber descargado sobre uno mismo una retahíla inacabable de mensajes —todo lo que ha cruzado su mente durante horas—, que trascienden de lo manido y funcionan como soporte de información alusiva a la esperada trama, y que, llegado el momento, ésta reconoce y utiliza convincentemente. He mencionado hasta aquí los asuntos que componen el grueso de su hilo de razonamiento en la zona inicial de la novela; no he hablado o he hablado menos, de los nuevos temas que eclosionan con la irrupción repentina de la trama y que se desarrollan de forma parecida a la que había hasta ese momento; en realidad, la tónica de la narración sigue basada en el monólogo interior del protagonista; solo cambia el hecho de que haya nuevas cuestiones emergentes, pero de esas ya no digo nada, porque no quiero destriparlas. En fin, que esta novela y, por extensión, este autor, están especialmente indicados para aquellos lectores que no se conforman con la narración de una historia convencional, por buena que sea, y buscan en la lectura una combinación de calidad literaria, con buenas historias, y con el complemento añadido de un estilo narrativo que ofrece motivos para pensar, en mil cosas si es necesario, o para hacerse preguntas o, en definitiva, para disfrutar de un autor, como este, que ofrece mucha calidad acompañada de algunos cambios sorprendentes, y que, hasta ahora, puedo decir que no me ha fallado.

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Escrita 6 de Septiembre de 2017
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CATARSIS DE UN LABRIEGO AIRADO en LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE
“La colmena” y “La familia de Pascual Duarte” son quizá las novelas más características de Camilo José Cela. Ambas se publicaron a poco de terminar la guerra civil, y en ambas su autor destaca por el vigor de su estilo narrativo y por su capacidad para la creación de personajes vitales y desgarrados; las dos marcaron una fractura en la narrativa española de la época, que adoptó, a partir de ahí, un estilo mucho más áspero y realista. “La familia de Pascual Duarte” toma forma de crónica retrospectiva; en ella, su protagonista, condenado a la pena capital, refiere por escrito los episodios de su trayectoria vital, desde pequeño, hasta los últimos delitos que fueron la causa directa de su condena definitiva, quedando configurada la novela como la narración de su historia con el acompañamiento puntual de su propio comentario. Esta es, simplificadamente, la estructura de la novela, sencilla y con el atractivo que suele caracterizar a las autobiografías, hace que el interés del asunto se centre en desentrañar la personalidad de su protagonista y en averiguar en qué medida las duras condiciones que vivió, podrían haber condicionado o, al menos en parte, justificado su proceder. La verdad es que leyéndola me venía a la mente el recuerdo de otras dos novelas de asunto relativamente cercano; una, “Los santos inocentes” (M. Delibes, 1981), por la coincidencia del medio rural extremeño y, quizá también, por la cruda exhibición de extrema pobreza de la gente del campo; la otra, “Réquiem por un campesino español” (R. J. Sender, 1953), por transmitir un mensaje casi coincidente con éste, sobre la trágica inexorabilidad de un destino prefijado por las circunstancias. Se puede observar por las fechas que “La familia de Pascual Duarte” es muy anterior a esas otras dos, pero como yo las leí antes, ésta me recordó a las otras, cuando la influencia real —si es que la hubo—, fue seguramente en sentido contrario; Cela pudo influir en Delibes o, sobre todo, en Sender; en la novela de éste, que es la que realmente me la recuerda más, el sentido trágico de las cosas obedece a la fatalidad de los acontecimientos, en cambio, en la de Cela, yo, leyendo, tuve a veces cierta sensación de que su componente trágica obedece a la decisión de una mente puñetera dedicada a pergeñar las más tremendas desgracias, más que a la auténtica fatalidad del destino; y tuve esa sensación, por el resabio que me dejó la lectura de “La colmena”, de la que me quedó el nítido recuerdo de la maña que se daba Cela creando personajes perversos o esquinados. Claro está que, aunque un elemental principio literario obligue a que la creación de personajes se sujete a cierta lógica para conseguir verosimilitud, los límites de esa lógica tienen que ser amplísimos, y en este caso creo que Pascual Duarte encaja bien en ellos. Una vez conocido el tema, yo particularmente esperaba de este hombre una narración retrospectiva con la falta de criterio que podía esperarse de un ser elemental, primario, y malvado. No es exactamente así. Él reflexiona sobre su existencia de manera lúcida, inquisitiva, y mucho más ordenada de lo esperable; él no es un hombre simple cuya maldad natural brota inexorable de una mente elemental en momentos de obcecación, o quizá si lo es, pero esa personalidad suya convive con la otra, con la reflexiva que aparece después, cuando llega el sosiego que sigue a la furia, como la calma sigue al temporal, eso sí, llega cuando ya no hay remedio. Sea como fuere, el caso es que me llegó mucho más, me creí mejor a este Pascual que a doña Rosa (La colmena), en la que siempre vi una deliberada exacerbación de los rasgos de alguna señora de aquel estilo, que Cela debió conocer en algún café. No es que me desagradara como personaje, pero encontré exagerada la fea catadura moral que exhibía y que tan bien daba María Luisa Ponte en la película de Mario Camus. El caso de Pascual Duarte, para mí, es el contrario, tras leer la novela, veo en el personaje muchos más pliegues y aristas que los que yo preveía, lo que le convierte en un tipo más complejo y menos primario de lo que, a priori, se hubiera podido vaticinar; es como si Cela hubiera conocido el caso real de algún condenado por asesinato y, al llevarlo a la ficción, hubiera incrementado en el personaje las capacidades humanas de las que careciera, en la vida real, dicho sujeto. Puede parecer excesivo que pondere aquí la capacitación moral de un personaje que comete atrocidades —alguna ciertamente terrible—, pero lo cierto es que las reflexiones con las que Pascual acompaña su relato tienen su miga; ¿acaso no la tenían también los personajes de Stendhal en Le rouge et le noir, y Dostoyevski en Crimen y castigo, o Valle-Inclán con su esperpento, o Baroja con La busca, fuentes, todas ellas, en las que bebió su autor? Lo cierto es que estas matizaciones e interrogaciones sobre la personalidad del protagonista, adquieren la mayor importancia en una obra como ésta, en la que toda la fuerza de la narración se concentra en el “yo” del protagonista, como consecuencia inevitable del carácter dual de su texto, que por un lado es una solitaria recapitulación autobiográfica, pero por otro es también el acto de confesión seguida de contrición, en que se acaba convirtiendo el relato. Es verdad que esa calidad humana relativa y mayor de lo previsible, encierra algunas contradicciones. En particular me llama la atención todo lo relacionado con el lenguaje con el que está escrita. Cela en esta novela ni utiliza un castellano perfecto ni lo pretende, como es lo lógico en un personaje inculto que ya dice al principio que apenas sabe contar, leer y escribir; por tanto no debería tener ni el dominio del lenguaje, ni la lucidez anímica necesaria para entregarse a semejante catarsis, ya me parece bastante que sea capaz de expresar lo que siente en un libro de ciento cincuenta páginas, algo, ya en sí mismo, bastante sorprendente; pero el caso es que Cela resuelve muy bien este aspecto de la novela, porque su texto conjuga perfectamente las características expresivas básicas, esperables en un campesino inculto y pobre (hablar de elocuencia hubiera sido ya un milagro), con los localismos propios del habla del campo extremeño, y con el vigor inherente a la personalidad, un tanto excesiva, de su temperamental autor. En resumen, Cela en esta novela sí que me ha gustado, haciendo desaparecer de mi valoración algunos inconvenientes que, en su día, vi en “La colmena”. Es una cuestión de gustos y comprenderé bien a todos aquellos que me digan lo contrario, pero a mí, personalmente, me ha gustado mucho más esta exhibición de tremendismo del drama rural carpetovetónico contado de manera directa y vigorosa, que la recreación de aquella, un tanto caótica, miscelánea de personajes urbanitas tratando de sobrevivir en el miserable Madrid de la posguerra.

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Escrita 24 de Julio de 2017
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