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Reseñas de Atticus Opciones de perfil

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PREDICADOR en PREDICADOR
Porque "Predicador" me produce sensaciones enfrentadas, enfrentó los que, a mi parecer, son algunos de sus puntos a favor y en contra. Me gusta porque: - Es imposible resistirse a su espiral de locura y violencia, a su gamberrismo y chulería. - A lo anterior contribuye, y de qué forma, un dibujo, de expresividad insana, que se adapta como un guante a la mala hostia descreída de Ennis. - Jesse, Tulip y Cassidy conforman un trío sentimental potente y curioso. Estos, pese a no abandonar nunca un perfil extremo, son también el resultado de una mezcla de grises humanizadores que representan, puntualmente, algunos de los pocos respiros de esperanza y alivio entre la podredumbre generalizada a que se nos somete. - Los secundarios son memorables. La mayoría caricaturas más exacerbadas y menos matizadas que los protagonistas (ya por una cuestión, supongo, del tiempo que se invierte en unos y otros), pero de un impacto y carisma incuestionables. De hecho, no creo errado afirmar que "Predicador" sea, en un buen porcentaje, sus secundarios. De entre estos me quedo, incluso, con los aún más secundarios: Hugo Root; Si Coltrane; Paulie Bridges; Featherstone... - No le tiembla el pulso para rajar con virulencia sobre lo que se le ponga a tiro, y balas hay bastantes. Sociedad norteamericana y religión como grandes temas centrales. - A su manera, un poco a lo lejos pero ahí, y a menudo disimulado entre bilis y sarcasmo, "Predicador" resulta una curiosa y lírica declaración de amor a norteamérica. Creo ver, o quiero hacerlo, un soterrado romanticismo que lucha contra el odio que esa misma sociedad inspira. Ejemplos: el tratamiento que se hace de la cultura sureña, a través del paisaje y sus gentes, rezuma endogamia, horror tradicional, salvajismo; pero también una devastadora y mágica belleza hogareña. O Nueva york, a través del Empire State, que se erige en una especie de cálido aparte, para Jesse y Cassidy, desde el que contemplar la gran cloaca que es su urbe, pero a la que, una vez más, parece difícil poder negar su hechizante grandiosidad cosmopolita, incluso fraternal (Woody Allen lo habría contado parecido, je). - Lo cierto es que no he podido dejar de leerlo, y ha sido, con sus altibajos, un entretenimiento muy disfrutable y adictivo. No me gusta porque: - Siempre me resultará curioso cómo algunos intentan hacer críticas sobre la violencia que impregna la sociedad a través de caminos ultraviolentos; lo cual, con frecuencia, resulta una contradicción en sí misma que define a quien lo practica como a un cínico. "Predicador" se vale de la violencia explícita, de modo incuestionablemente consciente, para generar un deliberado y atractivo reclamo morboso con el que embaucar. Pretender entonces dotar de verdadero sentido crítico al contenido y su forma, respecto de la violencia, se convierte en una trampa a la que "Predicador", de ninguna de las maneras, sobrevive. Por tal y como está planteado se diluye mucho el supuesto humanismo antibelicista de Ennis. O yo no se lo compro. - También es bastante de cartón piedra, siguiendo con esa no beligerancia de postal, el modo que tiene de referirse, a través de Cassidy, al conflicto irlandés. Claro que tampoco me sorprende viniendo de un norirlandés al que intuyo protestante. Los conflictos deben ser abordados, de hacerlo, con una crítica seria y justa que analice las motivaciones de unos y de otros para dar o quitar razones; algo que vaya más allá de frases tan bonitas como vacías del estilo: “las guerras son absurdos en los que siempre pringan los mismos”, que es algo con lo que cualquiera con dos dedos de frente estará de acuerdo pero que no deja de ser muy reduccionista. El que se defiende luchando por sus derechos, en un contexto, por ejemplo de violencia, nunca puede ser equiparado con el que oprime. - No me queda suficientemente claro cuánta alergia le provoca a Ennis la religión. Ironizo. Comparto y simpatizo, respecto de su visión antireligiosa, con aquellos aspectos relacionados con el poder que la religión tiene en la sociedad para adoctrinar, someter, desplumar y atemorizar en nombre del Salvador que sea. Un rentable y despreciable mecanismo del miedo. Pero, al mismo tiempo, no dejo de sentir que su fobia es de un maniqueismo muy infantil, que no es nada justo para con la respetabilidad de aquel que cree, omitiendo, para ello, cualquier visión positiva al respecto. Por supuesto acepto el juego y su lógica en el contexto de su propia exageración, de la sátira, y de ese radicalismo con ganas de despertar conciencias y tocar los cojones. Pero, cuando uno se toma tan en serio a sí mismo como lo hace "Predicador", porque en el fondo lo hace y mucho, al lector, en este caso, no se le puede reprochar hacer lo propio. Y si me tomo en serio a "Predicador" me entran, derivadas de ese sesgo tan chillón, ganas de reír. Y no con él. - Hay una falta de correspondencia entre la explicitud de la violencia y la del sexo. Será culpa de Vértigo. Pues será. Pero Ennis y Dillon saben a qué están sujetos y aceptan, por lo tanto: para ser tan teóricamente cañero resulta bastante reprimidito en su exposición gráfica sexual; no vayamos a escandalizar al lector enseñando un chocho, un pito o algo de vello púbico. Por la contra, y por esa degeneración social por la que aceptamos la violencia extrema con la normalidad de un entretenimiento cualquiera, asumimos que un detalladísimo baño de sangre sí es legítimo. Curioso. ¿O acaso esto que se nos ofrece no es porno? Es en este aspecto, voluntaria o forzadamente, incoherente respecto del tono que se autoimpone con la sangre. Llama la atención, al contraponer una cosa y otra, casi lo sutil y elegante que resulta en lo sexual. En cambio, en el contexto de otros muchísimos cómics, esto habría sido, por su atrevimiento, algo que sumar a la lista de cosas positivas. - Y no que es que sea un defecto en sí mismo, pero, y ya que lo he leído tanto aquí como por otros sitios, me apetece comentarlo: de western no le veo nada. O poco y residual. Que haya constantes propias del género no lo convierte en western si éstas no se plasman ateniéndose a ciertas características fundamentales y definitorias (según yo lo entiendo, claro). Me refiero a que el western, tonal y estilísticamente, es todo lo contrario. Ahora bien, quizá el problema sea conceptual, porque si por western se entiende, por ejemplo, a lo que ahora hace Tarantino, basándose en lo que antes hacían Leones (esa abominación, entretenida y divertida a veces, relacionada con la pasta), entonces sí, "Predicador" es un western. Pero con el verdadero western, el clásico, el de Ford, Hawks, Walsh, Mann, nada que ver. Sin duda un cómic para Tarantino, pero no para Ford; y por tanto no para un amante del western. Me gusta Predicador, mucho por momentos. Está hecho por gente inteligente, conocedora de ciertas problemáticas y de las realidades socioculturales que las acompañan, y se nota; pero se da muchos aires, su forma contradice constantemente aquello que dice despreciar y es poco o nada humilde (claro que entonces ya no sería lo que es). Y es que "Predicador", como decía, despierta en mí sensaciones enfrentadas: a veces simpatizo con él, y una mirada cómplice, con su correspondiente media sonrisa, podría atestiguarlo; y otras veces no me inspira más que ganas de darle una patada en la boca…y Ennis tiene bastante boca.

8 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 9 de Diciembre de 2016
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EL VIAJE ÍNTIMO DE LA LOCURA en EL VIAJE ÍNTIMO DE LA LOCURA
[CONTIENE SPOILERS] Aunque mi nota no exprese ningún tipo de especial entusiasmo, porque no lo hay, he de decir que las sensaciones que me deja esta lectura son más positivas que negativas. Según lo entiendo yo, el libro puede dividirse en dos partes diferenciadas en tono y forma: - La primera, metafísica y kafkiana, nos cuenta la rutinaria vida de don Severino, el gris autómata que ante nosotros se presenta y que deberá intentar encajar de manera lógica algo que no tiene explicación: su casa ha salido volando con él dentro y el periplo aéreo parece no tener fin ni escapatoria. Comprender que el raciocinio no tiene cabida en dicha situación, para alguien tan acostumbrado a racionalizarlo todo, al orden extremo, es un duro golpe. Algo que terminará por desembocar en un conflicto interno en el que perder la cabeza será de lo más sencillo; y don Severino, dadas las circunstancias, es una presa especialmente apta para ello. Irónicamente, será cuando coquetee (o retoce como un cochino) con la locura cuando verdaderamente pueda reencontrarse consigo mismo, con aquello que lo humanizaba y que en algún punto perdió, liberándose así de las ataduras sociales que lo convertían en un adocenado muerto en vida. Es una primera parte que, confieso, e intuyendo que justamente a muchos les parecerá la mejor, me aburre un poco. Su supuesta originalidad formal no me dice mucho, la encuentro de una profundidad muy pretendida y resulta explicativa en exceso. Don Severino y su casa terminan siendo elementos redundantes e insufientes para mantener la tensión y, por tanto, toda mi atención. Su fondo no deja, por ello, de intuirse interesante. – Y una segunda parte en la que, como avanzaba, y fruto del forzoso trance vital al que se ve obligado nuestro protagonista, nos encontramos a un Severino totalmente distinto y renovado: más primario e instintivo, capaz de disfrutar de las pequeñas cosas y de no dar a lo material más importancia de la que merece. Es un hombre en paz consigo mismo, con el mundo, realizado y feliz. Este cambio de personalidad viene acompañado de una narración mucho más convencional, y también amable: la primera parte, metafóricamente hablando, era oscura y fría; ésta, al contrario, es mucho más luminosa y cálida. Y no sólo eso, sino que también irrumpen nuevas personalidades con las que Severino podrá relacionarse, algo que, hasta el momento, parecía poco o nada probable. Entre ellas una ecologista de la que Severino, otrora reprimido sexual patológico, se enamorará perdida y decididamente para, ahora sí, realizarse definitivamente (pues todos, o casi todos, preferimos el calor y la compañía de otra persona a la soledad). Es posible que, en un primer vistazo, el convencionalismo (sentimentaloide) de esta segunda parte pueda, desde un punto de vista literario, ser considerado inferior a lo mostrado en un comienzo, pero siento que es una parte que fluye mucho más naturalmente que la anterior, sin necesidad de tanto vericueto estilístico. La sensación final que me queda es la de un todo algo inconexo. El contraste tonal pretendido entre una y otra parte, para ejemplificar ese cambio de personalidad y de visión de las cosas, creo que se podría haber conseguido sin necesidad de cambiar tan drásticamente la forma. Elegir una u otra (yo habría optado por la segunda) puede que hubiese sido más beneficioso a la hora de aportar una uniforme continuidad. Pero bien es cierto que el gusto final ha sido bueno: simpatizo mucho con el bienintencionado y romántico humanismo utópico del Robe. Así que ha sido una interesante, y por qué no, recomendable lectura.

3 comentarios, puntuación: 4.83 con 6 votos
Escrita 8 de Julio de 2016
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GROUCHO Y YO en GROUCHO Y YO
Era lunes por la tarde y tenía cita con el dentista. Como ya me sabía el cuento, consistente en una espera de al menos dos horas antes de ser atendido (siendo ésta una estimación halagüeña, pues tengo llegado a las seis y salido a las once), me dispuse a elegir el habitual librito que en esta ocasión me acompañaría a tan hermoso encuentro con el matasanos. Y no es que lo sea, de hecho es un buen profesional, y bastante económico (de ahí que siempre toque ser, nunca mejor dicho, paciente), pero sigo sin aprobar su esporádica costumbre de meterme el dedo en la boca sin guante; máxime cuando, mientras realiza esta acción, yo contemplo los lamparones amarillentos presentes en una bata que sin duda debió de conocer mejores y más blancos días. Volviendo al libro: el único requisito indispensable, a la hora de elegir dicha lectura, es que el tamaño del ejemplar sea el adecuado como para poder ser introducido en uno de los bolsillos de mi pantalón. Y creedme cuando os digo que dicha carga adicional supone un esfuerzo personal, pues soy de esos que únicamente llevan en estos lo estrictamente necesario: llaves, tabaco y mechero y, de haberlo (cosa que raramente sucede), dinero. El sobrepeso en los bolsillos, además, creo que ha superado, como primera razón para no tener móvil, a la siempre resultona y cínica “no tengo móvil por rebeldía social y bla bla”…Eso y el hecho de ser un despistado patológico: habré donado a la calle al menos cuatro de esos cacharros. A los veintidós años cejé en mi empeño de ejercer de ONG tecnológica. Una década después sigo atentando contra la supuesta necesidad de tener que vivir con uno de estos impertinentes compañeros de viaje. Y estoy bien. Únicamente me he convertido en un inaptado social que ha perdido a todos los amigos que tenía, los cuales, por no reconocer que la culpa la tiene mi huraña falta de disponibilidad permanente (lo que equivaldría a asumir que ellos tienen amigos porque están en el mapa y no por sus méritos humanos), han llegado a decirme que la razón fundamental de no vernos es que me he vuelto un imbécil con el que ya nadie quiere estar. Psstt, valiente excusa: ¡mi imbecilidad es constatable desde que me conocieron, y eso fue mucho antes de que el no tener móvil fuera motivo de asombro o de repudio social!. Perdón, he vuelto a perderme. Decía, resumiendo, que esta vez le tocó a "Groucho y yo". Extirparemos definitivamente a la odontología de esta reseña, pero no quisiera hacerlo sin que sepáis, porque necesito de vuestra compasión, que éste fue el día en el que la sala de espera estuvo más concurrida (¿recordáis el famoso camarote de "Una noche en la ópera"? Bien, pues dos huevos duros más aquí y habríamos salido volando). Retomando ya el asunto he de decir que Los Hermanos Marx siempre producen en mí una nostalgia irreprimible, de ahí que no sea imparcial a la hora de juzgarlos a ellos o, en este caso, a un libro escrito por el sin par Groucho. De todos modos, ¿quién quiere ser imparcial?. “Aunque es del dominio público, creo que puedo anunciar que nací a una edad muy temprana". Ésta es una de esas grandes frases de Groucho que uno puede encontrarse nada más comenzar el libro y que sirven para entender, no ya la forma de narrar que ofrecerá esta particular autobiografía, sino a su persona. Su profundo sentido del humor le vale, por ejemplo, para relativizar el drama que en muchas ocasiones supone vivir (mi propia experiencia me dice que el sentido del humor es uno de los grandes mecanismos de defensa a disposición del ser humano). Tiene un modo ameno de contar cualquier cosa y lo suele hacer a través de anécdotas siempre divertidas o muy divertidas. Un recorrido que nos lleva desde sus orígenes humildes, y casi que miserables, en los que es fácil empatizar cariñosamente con él, hasta los años en los que ganaba fortunas que no dudaba en despilfarrar en Wall Street, donde comenzamos ya, al menos yo, a marcar cierta distancia inconsciente respecto de su persona. A propósito de esto último debo confesar que éste no ha sido únicamente un libro amable. También ha supuesto la amarga humanización del héroe. Groucho, o más bien su yo, era, como no podía ser de otra forma, alguien susceptible de ser criticado ideológicamente. En este caso por comportarse en la vida real de aquel modo que él (sus hermanos y él) satirizaba en sus películas. En su descargo, y no es que pretenda excusarlo, decir que sería muy pobre de mi parte sentenciar simplemente que Groucho en el fondo era un tipo sin ningún tipo de coherencia o principios. Que cada uno saque sus conclusiones, desde luego. Yo, después de leerlo en este libro, despachándose a gusto con la moral norteamericana y con otros muchos temas que lo delatan como alguien abierto y progresista, y después de llevar viendo sus películas durante toda mi vida (a veces de modo compulsivo, en especial en mi niñez), tengo claro que Groucho merece, también en este sentido, mucho antes un aplauso que un abucheo. Resumiendo: Un sobresaliente. Y no es ésta únicamente una nota otorgada desde el sentimentalismo, sino que lo está desde el convencimiento de haber asistido a una maravillosa radiografía, personal y social, narrada con la sencillez e inteligencia que sólo un gran escritor podría poseer. Groucho es y seguirá siendo uno de mis más estimados personajes de todos los tiempos, y hoy he intentado rendirle tributo, con esta reseña, como seguramente él lo habría hecho: a través de la distensión de la anécdota (claro que él lo habría hecho con infinitamente más gracia que yo). *Ningún animal, me refiero a mis amigos, ha sido maltratado en esta reseña. Estos, los pocos que las diversas circunstancias de la vida permiten ir preservando, siguen aguantando, de modo incomprensible, al que suscribe. Un afectuoso saludo para todos ellos (Delaney –nombre empleado en la novela por Groucho para referirse a alguien sin nombrarlo-, me debes diez euros).

8 comentarios, puntuación: 4.89 con 9 votos
Escrita 1 de Abril de 2016
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EL ARTE DE LA GUERRA en EL ARTE DE LA GUERRA
Ser hábil en el arte de la guerra quiere decir que eres un tipo capaz de analizar situaciones de manera extremadamente fría y racional, para así poder, por ejemplo, y con la mayor de las tranquilidades, matar. El arte es emoción. Ser un estratega militar es todo lo contrario: es saber controlar las mismas. No parece que este El arte de la guerra pretenda ser una apología de lo bélico. No hay violencia aparente en sus palabras. Parece, sencillamente, un texto objetivo y, efectivamente, muy lúcido, sobre cómo afrontar los problemas que pueden surgir en dicho contexto. Pero su tono (por más de agradecer que sea) no justifica su fondo (al menos para mí). Sí, son palabras sabias. No lo discuto. Pero también son aterradoras. Y lo son, fundamentalmente, porque estamos hablando de personas: de cómo manipularlas, someterlas, aniquilarlas. Creo muy complicado marcar distancia con esto y escribir como si se estuviera hablando de cosas, y no de seres humanos. Después de leeros, no puedo estar más de acuerdo con vosotros en que éste es un texto vigente, aplicable a muchos ámbitos. Lo que, por otra parte, no creo que diga nada bueno de nosotros y de lo que socialmente somos. Parece que todo pudiera resumirse en triunfos y fracasos. Pienso que si nos regimos por estos principios terminaremos por ser totalmente superficiales e insensibles (si es que no lo somos ya), gente calculadora que sólo busca su propio beneficio incluso cuando dependa del perjuicio de un tercero. Claro que soy de esos a los que palabras como ambición o productividad siempre le han parecido bastante feas (lo que no quiere decir que no sea otra oveja participe del sistema). Supongo que la sociedad nos ha educado así, y más la actual, pero quiero creer que la vida es otra cosa, y que las personas podemos ser capaces de abstraernos respecto de esta marcialidad (impuesta) tan poco afectiva.

1 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 11 de Diciembre de 2015
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FUN HOME. UNA FAMILIA TRAGICÓMICA en FUN HOME
Tengo un problema con esta familia tragicómica: el “cómo”. Soy de los que creen que hasta la tontería más tonta y vacía es susceptible de resultar interesante si está bien contada, y desde luego éste, a priori, no era uno de esos casos, pues aquí no había, precisamente, poca cosa que contar. Pero no me entra. En ningún momento llego a sentir la suficiente empatía por la problemática de Alison y las reflexiones que se plantean. Es más, la mayor parte del tiempo me resulta una obra antipática e, irónicamente, algo insustancial (aunque una de sus grandes "virtudes" sea aparentar lo contrario). Puede que esto último se deba, y desde luego esto no deja de ser mi particular visión, a lo que parece ser un empecinamiento por dotar al conjunto de una intelectualidad que considero bastante plasta, elitista y artificial. Por ejemplo, y es una constante de principio a fin, a través de numerosas referencias literarias que, más que entenderlas como necesarios apoyos justificados para afianzar lo narrado (aunque puedan llegar a serlo), las siento como bañitos de ego que se marca la Bechdel y con los que intenta hacer de su obra algo deliberadamente elevado. Es un libro que se las da, porque sí, un poco de exclusivista y que parece querer atraer, también porque sí, a un lector con cierto caché cultural (veo, por ejemplo, bastante impostura en las menciones y posteriores disertaciones que de la obra y persona de Fitzgerald o Joyce se hacen, y confío en que habrá lectores a los que no les será suficiente, para catalogar de gran lectura a ésta, el placer banal que produce el captar todos estos guiños o referencias explícitas que aquí, con ciertos aires estirados, se suceden). Incluso el trazo de los dibujos, o el frío y distante color azulado de las viñetas, parecen responder más a la necesidad artificial de saciar una vanidad artística, que al hecho de tener una verdadera razón de ser. Pienso que sería mucho más interesante si no pretendiera serlo, y que el drama de Alison que opacado por dicha pose (o lo que yo considero que lo es). "Fun Home" tiene toda la pinta de ser una novela gráfica que se sentiría deshonrada si la tacharan de cómic.

1 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 19 de Noviembre de 2015
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DE RATONES Y HOMBRES en DE RATONES Y HOMBRES
¡OJO, CONTIENE SPOILERS...DE LOS GORDOS! El viejo Candy (lisiado al que le falta una mano) trabaja en una granja del sur de los Estados Unidos durante la Gran Depresión. Con él siempre va un perro no menos viejo; un perro medio ciego y apestoso cuya presencia irrita a algunos de los hombres que comparten barracón con el viejo debido al olor que desprende (algo que dificulta permanecer en la estancia sin sentir cierta repugnancia). Llegado el día, Carlson (uno de los hombres que habitan en dicho barracón) le plantea al viejo la posibilidad de sacrificarlo "por el bien común". Algo a lo que el viejo se niega. Pero la insistencia de Carlson, la falta de miradas cómplices buscadas por el viejo para reafirmarlo en su negativa y una edad y estado físico que hacen de él alguien sin demasiada voz ni voto, lo hacen ceder. Carlson se lleva el perro afuera. Se oye un disparo. Poco después el viejo Candy se arrepentirá para siempre de no haber dado muerte a su compañero él mismo. Seguro que éste así lo habría querido: abandonar el mundo al lado de aquel que había hecho menos solitario y más llevadero un día a día miserable (probablemente la compañía mútua era lo más preciado que tenían ambos hacía ya demasiado tiempo). Ésta historia, secundaria dentro de este De ratones y hombres, es importante (por otro lado como las demás existentes en el libro) para entender el universo solitario, de sueños irrealizables y de mala vida por el que se mueven la práctica totalidad de los desamparados personajes que por éste pululan (puntualizar que la miseria de la mujer de Curley –el dueño de la granja- no sería del tipo relacionado con unas condiciones pésimas de vida, sino más bien de tipo algo perverso: ella tiene poder para someter y manipular, y lo emplea; aunque por otro lado sí es cierto que su miseria sería equiparable con la de los otros, y es lo que me hace incluirla en la misma categoría de desgraciados, en el sentido de desdicha: también es alguien infeliz y solitaria en busca de calor humano; Curley, aunque a su modo también desgraciado -pues no deja de ser un acomplejado, celoso y frustrado al cual su ira ciega-, sería ya harina de otro costal). Sin embargo, si he elegido hacer referencia a Candy para iniciar este comentario, es por el mero hecho de entender que su historia, de alguna manera, está ligada metafóricamente con la de los protagonistas. Especialmente, ésta se me vino a la cabeza al terminar la lectura para dejarme un rato pensando sobre el hecho de que George decidiera matar a Lennie. Supongo que entender, para cualquiera que lo haya leído, que George, con todo lo terrible que ello implica, ejerce de brazo ejecutor por el amor de la amistad, es algo más o menos descifrable. Al menos así interpreto yo el desenlace. Pero es al pensar en la historia del viejo y el perro cuando la acción de George cobra un significado más emotivo aún, por representar George al viejo, y el apestoso perro inadaptado, que necesita ser vigilado y cuidado y que muchas veces podía suponer un incordio y ser un foco de problemas del que sería más cómodo desembarazarse, al propio Lennie. Lennie es, salvando las distancias, el perro sacrificado “por el bien común”. Imagino que George sintió que esa responsabilidad era suya y de nadie más y que lo contrario sería traicionarse a él y a su amigo. No quería que le pasara lo que a Candy. No iba a permitir el linchamiento. No lo iba a dejar morir solo, como al perro. Finalmente, el pedazo de tierra anhelado por George, Lennie, Candy y Crooks (el hombre negro marginado del resto por el mero hecho de ser negro), ese que simboliza la felicidad, siempre fue algo inalcanzable. Y creo que, por tal y cómo está contado, así debía de ser para mantener la coherencia crítica respecto de la tragedia de una época que pagaron, mayormente, los pobres diablos de siempre. De todas formas, su crudeza (potenciada por una acertada falta de edulcorantes innecesarios; por ejemplo: que George no se suicide después de matar a Lennie, algo que hubiera sido de una poética algo frívola), no impiden ni están reñidos con el hecho de disfrutar de un humanismo enternecedor, o de la belleza hechizante y abrumadora (ésa alejada de todo y que siempre parece portadora de temibles secretos) que suele rodear a cualquier drama de ambientación sureña que se precie. No sé si lo he dicho alguna vez, pero es un contexto que adoro para que me cuenten historias, y ésta se lee sin parpadeos. De un agridulce muy disfrutable.

1 comentarios, puntuación: 4.33 con 3 votos
Escrita 26 de Julio de 2015
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LA LLAMADA DE LO SALVAJE en LA LLAMADA DE LO SALVAJE
Me dirigía hacia aquí con la esperanza de que ya existiese alguna reseña en la que poder colar un comentario breve sobre el libro, para así no tener que verme obligado a escribir una, pues lo que voy a parir a continuación dista mucho de serlo, pero al final va a ser que no. Intentaré salvar la solemnidad de tal etiqueta e imaginarme que ésta se llama de modo diferente (sí, esto es traer de forma especialmente malintencionada una discusión que hace un tiempo tuvimos en el apartado "Notas" -lo digo con cachondeo, claro-). Lo dicho, realmente sólo quiero apuntar algo relacionado con la ideología contrapuesta que parece desprender el libro según se encamina hacia esa consumación de lo salvaje: Buck (el perro protagonista) pasa de tener una vida acomodada, en un soleado rancho de California, a ser secuestrado y tener que vérselas para poder sobrevivir en la realidad de su nuevo día a día. Al principio, Buck casi parece abrazar una izquierda humilde y luchadora (la de los desfavorecidos) cuando comprende, por ejemplo, cómo los condicionantes de la vida de cada cual pueden hacer que uno tenga que renegar de sus principios y tragarse el orgullo si lo que quiere es comer, sobrevivir (incluso parece justificar a su captor parcialmente cuando se sacan a relucir las complicaciones de éste para poder alimentar a su numerosa familia). Esto lo interpreto, o quiero interpretarlo, como una denuncia ante lo injusta y difícil que puede ser la vida para los que no tienen nada. O muy poco. Él entiende rápidamente que es mucho más fácil ser fiel a unos valores cuando estás en disposición de serlo (como cuando vivía en el rancho) que cuando te estás jugando el vivir un día más. Sin embargo, lo que bien podría interpretarse como empatía para con el hombre maltratado por sus circunstancias, al tiempo que se alenta a no desfallecer y a luchar, se va convirtiendo en una curiosa exaltación fascista (aunque igual es mucho decir, no sé). Y es que a medida que la historia avanza y el cánido se va haciendo más fuerte para sobreponerse a las dificultades que lo asaltan en su rutina, también se va transformando en un bicho impasible con los suyos y absolutamente individualista. Y lo es cada vez más cuando ya no tendría necesidad de serlo por haber alcanzado un status que bien le permitiría ser más justo y bondadoso. Algunos de sus actos están lejos de poder ser justificados en nombre de la estricta supervivencia, más bien terminan por convertirse en demostraciones de superior físico e inteligencia con el fin de imponer. Él es el más poderoso entre los poderosos. Él manda y los demás acatan: o conmigo o contra mí. Por supuesto entiendo que estamos hablando de la naturaleza salvaje de un perro y que todo lo anterior pertenece a un contexto animal en el que la violencia es un imperativo. No obstante, por la manera en que se expone la personalidad de todo bicho viviente allí presente, y porque siempre pueden existir múltiples lecturas hasta de los textos más ingénuos (desde luego este tampoco parece pretender serlo), yo sigo creyendo que finalmente subyace una peligrosa ideología que casi sentencia a favor de una raza superior en la que los débiles no tienen cabida. En parte parece concluirse que: si hubiesen sido fuertes habrían sobrevivido, si perecieron es porque no fueron lo suficientemente aptos. De todos modos el libro me ha gustado mucho, se lee en una patada, la narración es sencilla y en seguida uno se siente rodeado de frío y aventura (que una cosa no tiene que ver con la otra).

13 comentarios, puntuación: 4.6 con 5 votos
Escrita 2 de Marzo de 2015
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SERÁ PORQUE LO LEÍ DE MANERA VOLUNTARIA en EL MISTERIO DE LA CRIPTA EMBRUJADA ( El paciente del Doctor Sugrañes #1)
Tampoco lo recuerdo con exactitud, pero conservo la firme creencia de que este libro me había resultado increíblemente ameno (por lo sencillo de su escritura) y descojonante........Cierto es que esto último no me sorprende, porque Eduardo Mendoza es un tío con un gran sentido del humor. Muy recomendable (así me atrevería a afirmarlo aunque hayan pasado muchos años desde que lo leí).

0 comentarios, puntuación: 3 con 1 votos
Escrita 23 de Enero de 2013
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