ANCHA ES AMERICA por sedacala

Portada de EN EL CAMINO

Hace mucho que no tardaba tanto en terminar un libro, casi un mes, y con dos agravantes; uno, el de haberme saltado las páginas que he querido, cuando me ha apetecido, y otro, el hecho de que sólo tiene cuatrocientas páginas, que es una extensión muy normal y, por tanto, no justifica la tardanza. También añadiré en mi descargo que, mientras lo leí, mi situación personal pasó por un momento especialmente complicado que también hubiera afectado a la lectura de cualquier otro libro que hubiera podido tener entre manos. Ahora bien, si no me ha gustado, ¿para qué lo reseño? ¿Para ponerlo a parir, saltándome así mí código habitual? No, para eso no, la novela no me ha entusiasmado y no lo niego; pero también es verdad que en su lectura he encontrado aspectos reseñables, algunos incluso, muy interesantes, y siendo así, me apetece explicarlo pese a la dificultad que comportan los muchos matices de la cuestión.
La novela, en lo relativo a su planteamiento, carece totalmente de profundidad y de argumento, seguro que hay otros aspectos que puedan añadirle trascendencia, pero no su planteamiento, su arquitectura es básica y se resume con facilidad en pocas palabras: es un libro de viajes. Apenas empezamos a conocer a los personajes, estos ya se están poniendo en marcha en su afán por cambiar de escenario, abandonando el frío del este, en busca de los cálidos valles de California, con el ímpetu propio de quien busca el arca perdida, o el tiempo perdido, o cualquier otra cosa perdida. ¿Y qué es lo que han perdido Dean Moriarty y Sal Paradise para tener tanta prisa? Algo, sin duda, pero no algo tangible, sino algo espiritual, como una actitud, o un talante, y una de las misiones de la lectura es descubrirlo. A partir de ahí, se avanza en sus páginas, a la vez que se avanza en los grados de meridiano, y el lector va descubriendo que el libro se compone de una sucesión de incidentes, peripecias, lances de pequeña o no tan pequeña monta, que van acompañando al paso de su vehículo por los paisajes de América, como dicen con terca convicción, sucediéndose llanuras y montañas hasta la llegada a alguna parada de enjundia, como Chicago, Nueva Orleans, o sobre todo Denver, donde se permiten parar durante días. Así, hasta que retoman el viaje, que vuelve a lo mismo, para llegar a su final que suele ser Frisco (San Francisco), o LA (Los Ángeles). Allí la parada es más larga y buscan centrarse durante una temporada, pero como eso es más que difícil por su peculiar carácter de culos de mal asiento, al final acaban liándose la manta a la cabeza y volviendo otra vez a la carretera.
¿En qué consisten las actividades que practican durante sus paradas, sean cortas o largas? Pues hay un poco de todo, tienen una curiosidad innata que les hace ser un poco fisgones y observadores, pero en lo que más se fijan, con diferencia, es en las mujeres, que, en general, se les dan bien y colaboran sin demasiadas pegas, en practicar sexo, que es su entretenimiento favorito y como tal lo practican hasta aburrir, sobre todo Dean Moriarty, aunque también hay que decir que éste viaja, en ocasiones, con su mujer, si bien luego se la pasa a su compañero para juntarse él con otras y, como se ve, ni a ellos, ni a ellas, les asusta tampoco la promiscuidad. Aparte del sexo, otro motivo frecuente de inspiración es la música, me estoy refiriendo, claro, a la que por aquel entonces funcionaba, que era, fundamentalmente, jazz, blues, música country, ritmos latinos, etc…, o una fusión de todas ellas, es decir, todo lo que entonces, entre 1947 y 1950, ocupaba el lugar que todavía no había ocupado el rock and roll. Esa afición musical les lleva a tener un contacto frecuente con negros (lo que les incluía directamente en cierta marginalidad) en Chicago, en Nueva Orleans, y en otros sitios; con ellos se enrollan con toda facilidad y con ellos disfrutan como enanos con la música. Otra de las cosas que hay que reseñar, es que tienen una dificultad permanente para disponer de dinero, de manera que se dedican a buscarlo de múltiples maneras de lo más extrañas e imaginativas, sin desdeñar trabajos ocasionales, sablazos, robos, u otras prácticas ilegales. Casi no hay que decirlo, porque esta historia es paradigmática en ello: la bebida y las drogas están a la orden del día, y uno se pregunta con auténtica curiosidad como sus organismos pueden aguantar las cantidades que se meten de alcohol y tabaco, así como marijuana, tila, o hierba, que de todas esas formas le llaman.
Todo esto, es lo que hacen en sus descansos, por llamarles de alguna manera. Hacen muchas más cosas pero yo lo dejo aquí porque, a mí particularmente, me interesa mucho más lo que hacen en los trayectos propiamente dichos. En primer lugar hay que decir que pisan el acelerador como poseídos, sobre todo Moriarty, que tiene una obsesión suicida por devorar millas sin prácticamente descansar; también, que admiran y valoran los paisajes por los que circulan, ya sean urbanos, como pueblos y ciudades, u obras de la naturaleza, poniéndolos en su adecuado contexto cultural o paisajístico. El relato de este tipo de actividades se lee con absoluta facilidad, se hace ameno y hasta instructivo, por un lado, por utilizar una prosa de extrema simplicidad, y por otro, por contar los hitos del camino como lo haría un auténtico libro de viajes.
Después de explicar todo esto, quizá se podría empezar a entender mejor por qué me costó tanto leer el libro, las historias personales de los protagonistas y de sus acompañantes, resultan banales y repetitivas; su sucesión termina por aburrir al no encontrar, ni un hilo que enlace unas con otras, ni un trasfondo que las haga trascender. La tentación constante es pensar: ¿Qué saco yo con seguir leyendo las tribulaciones personales de estos chicos?, y entran ganas de cerrar el libro y de no volverlo a abrir y en alguno de esos casos me salté páginas enteras, pero, lo cierto es que vuelves a abrir el libro, y es entonces cuando te das cuenta de que te reintegras a la lectura con tan absoluta facilidad que recuperas ipso facto las ganas de seguir con ella. Conclusión: gusta el proceso de su lectura, pero carece del gancho necesario que anime a retomarlo, por lo que igual pasan dos o tres días sin deseos de volverlo a coger; y claro, así poco a poco, se alarga el tiempo, invirtiendo al final cuatro semanas, es decir, cien páginas por semana, o sea, ¡una desesperación!
Hasta aquí he explicado mí manera de leer la novela, pero no he dicho aún que los interesantes motivos que me llevaron a escribir sobre ella, fueron los especiales caracteres de sus dos protagonistas, y principalmente de Dean Moriarty. Es evidente que no es un personaje investido de valores edificantes, más bien al revés, es un individuo egoísta, que conduce automóviles sin respetar la vida de los demás, que tampoco respeta a las mujeres, que no se para ante nada que le atraiga, que es un descarado y un irresponsable con los demás y con su propio cuerpo, al que no deja de suministrar productos que minan su salud…; es decir, que es un auténtico transgresor de todo tipo de normas o códigos establecidos. Recuerdo que hablando de “La conjura de los necios”, trataba yo, de explicar por qué me cayó mal Ignatius Reilly, y negaba que fuera por su personalidad transgresora y tenía yo claro que, pese a no ser capaz de identificar la causa, esa no era la razón por la que me desagradaba. De haber sido así, un tipo tan rebelde como Dean Moriarty también me habría caído mal y no es el caso, al contrario, creo que su presencia es el mayor atractivo de la novela, es uno de esos personajes de fuerza arrebatadora que a veces llenan por si solos las páginas de cualquier libro. Es verdad que el personaje es real y que Kerouac se limitó a dar forma literaria a su amigo Neal Cassady. El propio protagonista cuenta la historia de ambos con ciertos toques de sensatez, con los que en muchos momentos critica la locura y la irresponsabilidad de su compañero que no para de hacer disparates, en un relato en el que su voz de narrador no es suficiente para tapar el protagonismo brutal que supone la figura de Moriarty que se erige en el principal protagonista de “En el camino” muy por encima del propio narrador.
Todo lo que se ha dicho hasta aquí, su desprecio por la vida conduciendo, su consumo de sustancias, o de sexo sin freno, su despreocupación por saber que ocurrirá mañana estando sin blanca; son cosas que reflejan la parte más evidente de la personalidad de Dean Moriarty, la que está más expuesta al lector, la más obvia…, pero hay que saber que no es la única, su personalidad es poliédrica y habría que darle al futuro lector las pistas necesarias para entender que hay aspectos en los que este tipo llega a ser atractivo. Esa faceta agraciada de su personalidad se percibe a través de su talante y de la actitud ciertamente cándida con que afronta sus excesos, sin malicia, sin picardía, no es un tipo retorcido, simplemente tiene una visión del mundo condicionada por una búsqueda directa de lo que desea, sin sopesar unos inconvenientes que desprecia; es algo así como un abandono a un hedonismo en el que él confía en encontrar la felicidad, ¿a qué lector en el fondo de su alma no le da envidia un tipo que es capaz de vivir con esa despreocupación?, la mayoría seguro que no lo haríamos, pero hay que reconocer que produce cierta envidia y/o admiración. En todo caso esta actitud del personaje es mucho menos negativa que la anterior, sobre todo, cuando con ella afloran aspectos sensibles o entrañables que lo humanizan y lo convierten en algo así como un sentimental recalcitrante aunque alocado. En la última parte de la novela se cuenta su viaje por carretera a Ciudad de México, siendo este quizá el viaje más sorprendente de todos y el que mejor refleja esa sensibilidad, habitualmente dormida, del personaje. En otros pasajes de la totalidad de la novela, aparecen también páginas en las que el narrador y su compañero se dejan llevar por arranques de su propia filosofía vital en los que, con un tono medio poético, medio místico, exponen su particular visión de las cosas. Pero ya en México, explotan con un asombro brutal ante la realidad de ese otro mundo, tan diferente al anglosajón, ante el que reaccionan con absoluta veneración. Se da el detalle curioso de que el narrador no sale de su asombro cuando ve que Moriarty conduce su vehículo ¡a diez por hora!, y todo para no perderse ni un ápice de lo que ve; o también, cómo se sienten ambos abrumados por la sensibilidad, o por las costumbres impregnadas de sabiduría antigua de los mexicanos, mundo arcaico de herencia mitad indígena, mitad mediterránea, ante la que ellos quedan deslumbrados con una fascinación muy distinta a la que hubieran adoptado el 90% de los gringos que hubieran pasado por allí. Hasta la policía es amable en este país, dicen mientras le dan el óbolo pactado a los despreocupados guardias que vigilan el prostíbulo en el que pasan la tarde.
Tanto me ha impresionado el personaje de Moriarty que me quedé un buen rato barajando los posibles actores que habrían dado bien en el papel. El que participó en la película de 2012 no sé si encajaba o no porque no lo conozco. Parece que Kerouac pensó en Brando y Cópola en Brad Pitt aunque ni uno ni otro lo lograron. Pero creo que Brando excedía en dureza y Brad Pitt en chulería y a mí no se me ocurrió ningún otro.
A pesar de la época de los viajes, la novela se publicó en 1957 y ya sabemos lo que significó como influencia en toda una generación, no sólo desde el punto de vista literario sino también en la estética, en la música, y en definitiva en una forma diferente de vivir, en un cambio de costumbres que la sociedad, pasando los años, acabó por absorber y por mimetizar hasta casi confundirse con ella.
Podría resumir bien la sensación que me ha causado esta novela con la siguiente frase:
"Nunca, me gustó tanto un libro que me estuviera interesando tan poco".

Escrita hace 7 años · 5 puntos con 5 votos · @sedacala le ha puesto un 7 ·

Comentarios

@_567_ hace 7 años

Entiendo que te haya costado la lectura de esta novela y es que esas 400 páginas pesan un poco más de lo habitual debido a que Kerouac las escribió originariamente en aquel famoso ‘rollo mecanografiado’ (36 metros de papel de calcar del tipo usado por los arquitectos, recortados para que se ajustaron al carro de la máquina y pegados uno tras otro hasta formar un rollo de papel continuo…), todo de un tirón (en veinte días cuando Kerouac contaba con veintinueve años, exactamente entre el 2 y el 22 de abril de 1951 dice mi la nota prólogo de mi edición), sin pausas tipo capítulos para cambiar de escenario y con alguna que otra licencia en la puntuación de su prosa (por ejemplo, se solía comer el signo de interrogación al final de algunas preguntas trascendentales…). Bueno, a mí recuerdo que esta road-movie literaria me pareció muy entretenida en su momento, a pesar de los defectos que tiene, Moriarty (Neal Cassady) es todo un personaje, y la novela sin duda todo un clásico de culto del rollo beat por todo eso que, como de costumbre, tan bien explicas en la reseña…

*Espero que hayas superado ese complicado momento personal, piensa que en la carretera de la vida siempre aparecen esos putos baches que no nos permiten disfrutar del camino, valorando en toda su extensión esas pequeñas-grandes cosas que hacen que valga la pena transitarla, la vida, baches que nos roban concentración indeseada pero hay que superarlos todos... y seguir en marcha. ¡Adelante, camarada!

@sedacala hace 7 años

Pretender pasarse la vida circulando por una carretera sin baches puede ser apetecible, pero es una absoluta utopía, hay obstáculos que son inevitables. Lo importante es no romper nada en la suspensión cuando los coges.
La verdad es que la lectura de On the road supero mis expectativas, no esperaba demasiado. De todas formas, gracias por tus palabras de ánimo.
¡Ah y enhorabuena!

@Faulkneriano hace 7 años

No despierta en mí gran entusiasmo esta novela al que el tiempo ha despojado de buena parte de sus atractivos. Kerouac no era precisamente un estilista, ni tampoco, mal que le pesara, un pensador profundo. Su legado para la posteridad ha sido, por así decirlo, sobrio. El interés de esta novela es más histórico que real. En el camino es como el piano de Cole Porter o una chaqueta con flecos de Elvis.

@Tharl hace 7 años

Alguna día tengo que leer On the road. Creo que no me va a gustar demasiado y uf, son muchas páginas para ello, pero lo leeré. Tu reseña, Sedacala, estupenda como siempre, me da algunas esperanzas. Porque a mí, desde luego, el libro sí me interesa. Mi miedo es más bien lo contrario, que un libro que tanto me interesa me guste tan poco. Y cómo no me iba a interesar. Y es que, más allá del ámbito literario, no estoy en absoluto de acuerdo con faulkneriano respecto a cómo trató el tiempo a este novela. Fascina a casi todo lector que conozco de mi generación y que, por lo menos, lo leyó entre los 14 y los 21 años ¿Cómo no iba a hacerlo? Veo una siniestra relacion entre la generación beat, el movimiento hippi, el new age, el hedonismo, el consumismo y la comercialización de experiencias, el neoliberalismo, la industria de la felicidad y cocacola (u a síntesis: el anuncio de aquarius). Todas las gentes que conozco atrapadas por el marketing y la publicidad sueñan con un viaje en caravana o, sino, un viaje a Tailandia. Ya sabéis: experiencias y felicidad. ¿Por qué me interesa On The Road a pesar de su, probablemente, escaso valor literario? Creo que puede permitir delimitar los limites de estas actitudes, sus fantasmas y sus mitos. Cuando lo lea -¡¡400 PÁGINAS!!- os diré más. Abrazos!

@sedacala hace 7 años

Todos tenemos en común la afición por leer, eso es obvio en una página como ésta pero, sólo hay que echarle un rápido vistazo para darse cuenta de que, a pesar de esa común afinidad, los gustos y los intereses son de lo más variado.
Lo digo porque la opinión de Faulkneriano respecto a este libro no la sabía, pero la suponía con bastante convicción de no equivocarme, por el 6 que le adjudicó y por su propia forma de analizar lo que lee.
Desde mi punto de vista, la cosa es muy diferente, yo leo para conocer y también leo esperando que la lectura me aporte sensaciones, cuantas más y cuanto más intensas, mejor y eso pese a que vengan de la mano de motivos no literarios, motivos de otra índole, como es aquí el caso.
Así que, en este juego de lo que le gusta a cada cual yo me alineo con Tharl. On the road, Será pobre desde el punto de vista literario, pero tiene interés, a mi juicio, más del que yo preveía. Las razones ya las he expuesto.
Saludos

@Faulkneriano hace 7 años

Cuando leí esta novela no tenía precisamente entre 14 y 21 años: quizá eso tenga que ver. Desconfío de las novelas "iniciáticas" (salvo cuando están bien escritas: Hesse, Salinger....) y no suelen aportarme gran cosa. No tengo intención de cruzar los States ni de recorrer, ni siquiera en parte, la ruta 66. Me da miedo volver a ver Easy rider, no sea que le quite otro punto. Pues eso: que me estoy haciendo mayor.

Por casa tengo una biografía de Kerouac que hablaba de sus dudas como escritor, sus bloqueos creativos (y de todas clases) y confirmaba (o esa fue mi impresión) que no era el más listo de la clase: para eso estaban William Burroughs y sobre todo Allen Ginsberg, compañeros de viaje. Para ser justo, diré que no conozco el resto de su obra (y me da que muchos de los lectores de En el camino tampoco) y puede que me pierda algo, pero, la verdad, no me quedaron muchas ganas, después de asomarme a su vida.

@_567_ hace 7 años

Hay gente cuyos mayores anhelos consisten en circular por carreteras prefabricadas donde ningún factor externo sea capaz de perturbar la planicie sin sobresaltos de sus vidas, aunque me parece respetable que así sea seguro que debe resultar muy aburrido el confort que proporciona esa utópica ‘seguridad vital’. A Moriarty (que en el fondo no es un mal tío, ni muchísimo menos) seguro que no le venderían esa moto tan conformista por mucho que la vida le sancionase con mil multas de conducta. ¿Dónde queda entonces el espíritu aventurero que conduce a lo desconocido, la rebeldía hedonista cuya última meta es la felicidad personal –cómo comentas en la reseña-? En fin, que mientras no parpadee la aguja de la reserva hay que seguir adelante quemando etapas, contabilizando kilómetros de experiencias varias, acumulando sensaciones, cumpliendo años… ¡viviendo, joder, viviendo en Libertad! Ancha es América y larga es la sombra alquitranada que proyectó esta novela en aquella sociedad conservadora…

*No hay de qué, Sedacala, gracias a ti por mostrar una elegancia que te honra. (Críptico va a quedar este intercambio de felicitaciones, mejor así que esto es una página de libros…)


De los comentarios posteriores, sobre el presunto poso que puede dejar la novela en el lector, estoy más de acuerdo con Tharl y me alegra mucho que los jóvenes del siglo XXI sigan teniendo la oportunidad de escapar con lecturas como esta (elegir, escoger su propia ruta, su propio camino…) de la cruda realidad de esta sociedad que les ha correspondido en herencia de otras generaciones e intentar cambiarla ellos con conocimiento de causa y aprendiendo de los errores que pudieran haber cometido sus mayores… ¡si es que pueden hacerlo mejor!
Por cierto, aclaro que además de esta edición de “En el camino” (la que yo leí hace mucho tiempo) existe otra más ‘moderna’ pero que viene a ser la misma (el otro libro no lo conservo, a saber dónde quedó varado, pero este lo tengo en casa porque me lo regalaron hace 4 o 5 años, que cosas…) que se titula: “En la carretera: El rollo mecanografiado original” y que incluye unas notas muy interesantes sobre el texto y un apéndice –ambas firmadas por un tal Howard Cunnell- además de otra nota sobre la traducción que en esta de Anagrama corre a cargo de Jesús Zulaika. Aunque parezcan la misma novela en esta última se incluyen algunas partes que parece ser que fueron censuradas en la primera (no la he vuelto a leer por pereza y porque me suena a montaje editorial aunque ahí está en mi estantería), sugiero que dejéis ambas fichas en la base de datos si puede ser porque además también acumula votos allá…

@Tharl hace 7 años

Son bonitas las imágenes que produces Krust, y se ajustan exactamente a mi idea de On The Road. El problema que yo tengo personalmente es que “espíritu aventurero”, “rebeldía hedonista”, “felicidad personal como última meta”, “contabilizar experiencias”, “acumular sensaciones”, “escapar con lecturas” y “escoger la propia ruta”, me vienen con cierto eco de otras expresiones sospechosamente similares: “personalizar” o, como se dice ahora, “customizar” (tu móvil, tu casa, tu mente, tu vida, tu ropa…), “vivir la experiencia (MAPFRE, Cinesa 3D, HD, atresmedia…)”, etc.
Y después de tantos anuncios de Coca Cola y de prácticamente la totalidad de los proyectos en Autoayuda y Psicología Positiva que ha financiado la empresa, un término tan vacío como “felicidad personal” comienza a darme serias arcadas. En este panorama el éxito de libros como On The Road imagino que irá en alza independientemente de sus valores literarios. Y las nuevas ediciones ampliadas solo lo confirman.
No pretendo responsabilizar de todos los males de nuestro capitalismo de consumo, posmodernidad, capitalismo tardío, o como queráis llamarlo al pobre de Kerouac, ni a la generación Beat ni a los hippis; como tampoco tirar el agua sucia de la bañera con el niño dentro; pero sí señalar las relaciones que hay entre estas formas liberales de pensamiento, sus mitos y sus actitudes, y explicar a partir de aquí por qué creo que este libro sigue estando vigente y por qué, independientemente de su calidad literaria, me resulta de interés.

Y por algo parecido a esto yo también sospecho mucho de los escritores de iniciación –y yo sí incluyo a Hesse, aunque por otros motivos, que me cansa- y, sobre todo, de los escritores “guays”. Nos molesta que nos eduquen, al menos a mí. Y que un cantamañanas me pretenda dar lecciones de vida, ya ni os cuento.

Llamadme loco, o lo mismo estoy envejeciendo rápido, pero lo mismo mejor que contabilizar y acumular experiencias, cuantas más mejor, sería educar la mirada para llegar al fondo de ellas y no quedarse en la adicción a la novedad y la imagen; lo mismo en lugar de escoger o construir la propia ruta debemos desechar ese mito de la autenticidad personal y continuar investigando en las tecnologías del yo, siempre condicionadas, insertas en mecanismos de poder e interesadas, que comenzó Foucault; lo mismo en lugar de escapar a nuevos lugares sería mejor profundizar en aquel en que vivimos y emplear las lecturas para ello en lugar de para escapar; lo mismo hay cosas más importantes que el placer hedonista y, tal vez, habría que dirigir la rebeldía hacia esos lugares; lo mismo, incluso, el concepto tan vacío e indefinible de felicidad personal responde a unos intereses nada altruistas y a lo mejor hasta podríamos prescindir de él porque, a lo loco, tal vez haya metas últimas más importantes. La felicidad, si eso es algo, puede que surja a consecuencia de la persecución de estas otras metas, estas sí, con contenidos.
No he leído a Kerouac -sí a Burroughts y otros escritores en la misma onda- y creo que todas estas locuras mías se encuentran antes en Proust, Adorno, Chéjov, Heidegger, Hemingway, Nietzsche o Philip Roth que en ninguna rebeldía fast food regada en ácido. Me parece que la alternativa a la carretera del confort está en ellos. ¿El resto? Humo. La misma autovía de siempre con mucho más humo de tubos de escape, porros y megatrones.

@Kodama hace 7 años

On the road era una de mis eternas lecturas pendientes, pero después de ver la adaptación cinematográfica de Walter Salles con, entre otros, Aragorn, el Sr Rosa, Patroclo y la chica de crepúsculo... como que se me quitaron las ganas de leerlo. Quizá la película no hiciera justicia al libro pero como que de momento no entra en mis futuros planes lectores.
Vuestros comentarios tampoco me animan mucho a ello.
Saludos.

@_567_ hace 7 años

Tharl, yo no creo que “On the road” vaya al alza en los tiempos que corren, al contrario supongo que como libro de culto que es quedará reducido a lectores interesados en lo que supuso aquel fenómeno beat y es que los jóvenes de ahora ya no son los mismos que los de antes, cada generación tiene sus matices diferenciales, aunque todos ellos compartan esa máxima que tu citas “Nos molesta que nos eduquen” pero es que eso es algo inherente al concepto de rebeldía en la juventud de cualquier época.-

@Poverello hace 7 años

Al hilo de esto de la rebeldía "programada" que se está hablando me viene a la mente de manera paradigmática el caso de Daniel Norris, un chaval que juega al béisbol, gana más de dos millones de dólares al año de los que sólo se queda con 736€/mes y vive en una caravana pasando las horas leyendo y haciendo surf.

Pongo enlace, por eso de la rebeldía también, e ir contra el canon AEDE si no me riñe @Angelillo:
elmundo.

@Tharl hace 7 años

¡Qué bueno el ejemplo de Daniel Norris! Como anillo al dedo de lo que hablamos. No me extraña nada que Kerouac sea su escritor de cabecera.

Krust, ha pasado bastante más de medio siglo desde la generación beat y On The Road y siguen saliendo nuevas ediciones, películas, etc. Y yo, en el ecuador de los 20, prefiero pensar que estoy más cerca de la juventud que de los 30... No me hagas eso. Quiero poder seguir atestiguando desde mi generación que Kerouac es leído apasionadamente por los jóvenes. Al menos dame 3 añitos más...
Por cierto, el reparto lleno de estrellas de lo que parece en toda regla una producción hollywoodense en busca de taquilla, es también para sospechar. Si hubiera salido unos años mas tarde seguro que algún protagonista saldría de Cincuenta sombras xd Grey...

@Faulkneriano hace 7 años

Percibo en esta discusión cierta brecha generacional (que Sedacala ha salvado muy airosamente): de una parte, los jóvenes que encuentran en el libro de Kerouac ciertas sugerencias vitales; de otra, los lectores de cierta edad (52 años en mi caso) que se quedan solo con sus bondades literarias (que quizás, y esto es subjetivo, no sean tantas). Me parece que estoy en minoría...

@sedacala hace 7 años

A ver; yo nunca, nunca, fui un revolucionario, ni siquiera un inconformista. Yo siempre he estado mucho más en una línea de seducción/admiración por determinadas actitudes que, sin embargo, en mis 64 tacos, jamás hubiera practicado: El atractivo del movimiento beat tiene una fortísima componente de tipo romántico, entendiendo lo romántico como un aliento especial, renovador, exótico casi, que impregna de fascinación y de un poderoso halo de sofisticación todo lo que toca: los viajes a mundos diferentes, estética alternativa a la vigente, una gran explosión de formas y colores extremos…, quizá, a excepción del interés por el pasado histórico, se parece mucho al verdadero movimiento romántico del siglo XIX. Claro que las formas no son las mismas las levitas decimonónicas, no son las guerreras que llevaban los hippies, los pelos largos y las barbas del XIX eran atildados y coquetos en comparación con el desaliño de un Mike Jagger, y para que hablar de la estética de las sonatas para piano de Schuman y su parecido con la música de los Rolling, por no ir más allá. Pero el impulso rompedor era parecido. Bien, pues esa variedad de romanticismo (por decirlo de alguna forma), atrae siempre a los jóvenes… y a los no tan jóvenes. Esas arengas que nos ha lanzado Krust en este hilo de comentarios encienden la sangre a los que tienen una sangre inflamable, independientemente de su edad. Yo también la tengo así, lo que pasa es que enseguida se me enfría, y vuelvo a lo del principio, claro que me hubiera encantado con 20 años coger una furgoneta e irme a recorrer mundo (es el ejemplo más a mano), pero no lo hice y si hice algo parecido fue rebajando ya mucho el tono aventurero de la cosa hasta el punto de que del aliento romántico del asunto apenas quedaba ya poco más que restos de barniz. Yo creo que, arengas incendiarias aparte, lo que prevalece es la personalidad de cada cual, lo que conlleva unos gustos y un talante personal e intransferible de cada cual, que siempre van a ser los que marquen la pauta. ¿Qué ciertas actitudes y comportamientos gozan de muy buena prensa e imagen? Absolutamente cierto, ¿A quién no le parecen magníficas las Rimas de Becquer? Pero las leímos una vez y ya. ¿O, quién no hubiera, pudiendo elegir, haber sido un Félix Rodríguez de la Fuente, o un Miguel de la Cuadra Salcedo?, pues a la mayoría les hubiera gustado, pero a la hora de elegir quizá se hubieran decantado con otras cosas. Son ejemplos tontos que me han venido a la mente pero que creo que ilustran lo que quiero decir a pesar de no referirse a actividades beat, ni políticas, ni revolucionarias, sino quizás simplemente estéticas.

Dicho esto referente a este asunto, creo Faulkneriano, que tienes razón en lo de que existe brecha generacional. Lo que pasa es que no afecta a esto de lo que estamos hablando, sino a un nivel más pedestre, más de lo que leemos en el día a día, más relacionado con las materias que se leen en SdL. Quizá, los lectores todo terreno que sois la mayoría no lo detectéis, al quedar camuflado en una enorme variedad de temas y materias. Pero los que como yo (debe haber pocos como yo) sólo nos sentimos con fuerzas para enfrentarnos a determinado tipo de libro, es decir, a los de toda la vida (o al menos de la mía), nos da la sensación de manera muy nítida de que la brecha esa, existe.

@Poverello hace 7 años

Decía Churchill aquello de que "quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los 40 lo siga siendo, no tiene cabeza". Es, obviamente, una generalización, imprecisa, como toda generalización, pero muy acertada en la práctica que todos solemos ver a nuestro alrededor más allá de que, como bien dice sedacala, unos y otros hayamos o sigamos siendo más o menos revolucionarios o sensatos (que no tienen porque ser términos contradictorios, todo sea dicho) a pesar de la edad. Lo normal es también que con canas ya ni se piense en coger la furgoneta, sino en por qué no la cogí en su día. Cuando veo a un anciano de 80 años en una manifestación con una pancarta protestando por situaciones sangrantes de injusticia descubro una vez más que la ilusión y la utopía no son algo a lo que renunciar en virtud de la edad.

Por otro lado, ya quisiera yo opinar que Faulk está en minoría, pero quien está en minoría (generacional) es Tharl. Que el resto estamos ya curtiditos, diría yo, por ser fino.

@nikkus2008 hace 7 años

Epa, ¿que significaría eso Poverello?, que vos, Faulk, Seda, y no estoy seguro de Krust, sean unos ya ancianitos canosos, no significa que me metas ami en ese grupete..que yo estoy por los 38..y según me dicen, soy un "pibe" (los que me dicen eso, tienen más de 60, aclarado; los nenes de 18 me tratan de "usted" y las preciosas de 20 me dicen "señor" cosa que me da mucha rabia, jaja)...así que les creo a ellos..no es por provocar, pero entre Faulk, Sedacala, Poverello, seguro juntamos los años de Matusalen, jaja...no se enojen!!!