LA INFANCIA NORTEAMERICANA por Tharl

Portada de LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER

Ha pasado año y medio desde que Mark Twain y yo nos rencontramos por primera vez gracias al príncipe Eduardo. Nos habíamos conocido ya en mi infancia, pero fue hace mucho tiempo y no me acordaría de no ser a un importante eclipse en Camelot. Ahora, hemos tenido un nuevo encuentro, esta vez con su novela más archiconocida (que no de mayor prestigio). Muchos de los juicios que hice entonces, se me han confirmado: si en algo son buenos los americanos es en contar historias, y Mark Twain es de los mejores en ello. Es un espléndido narrador que relata con revolucionaria sencillez formal historias capaces de hablar por sí mismas. Unas veces más que otras.
Samuel Langhorne Clemens fue ante todo un self-made men, es decir, un autodidacta, un hombre hecho a sí mismo. Huérfano a los doce años, tuvo de abandonar sus estudios para trabajar en el periódico. Su escritura no estuvo por tanto determinada por la elaborada, antigua, compleja y rica cultura europea adquirida en las academias, sino por una escritura más utilitaria -donde el contenido, la “historia”, prima sobre la forma- y sobretodo por su vida y su tierra.
Samuel nació en 1835, en tierras regadas por el Mississippi. En un tiempo y un lugar en el que la joven América estaba dando con optimismo sus primeros pasos, con todo un futuro por delante, respirando el aire de la libertad y la juventud, como el joven Tom Sawyer. América ya era grande y diversa, pero Samuel creció en lo más profundo de ella, en el Medio Oeste, al borde de la frontera. Una frontera que no era límite sino horizonte insondable, inabarcable, que nadie sabía aún a qué destino podía llegar. Samuel Langhorne Clemens fue, además de escritor, redactor, piloto de barcos, soldado (confederado), viajero y buscador de oro; pero, ante todo, fue americano. No había nadie más adecuado que él para ser el padre de su literatura.
Mientras que la prepotente Europa se recreaba en la forma y en densas obras maestras; Twain, optó por la naturalidad expresiva, por la sencillez, y fue, sin quererlo, un revolucionario. Su escritura del “color local” patente en este libro, es deudora de la sociedad de su tiempo, una sociedad que progresa a pasos agigantados tras una guerra civil. Con un imaginario propio donde surge la nostalgia por una Edad de Oro perdida en la que el hombre era libre y salvaje como un niño; infancia a la que Twain quiere devolver a sus lectores. En él la realidad y la magia se entremezclan bajo el sol del verano con la inocencia.

En Las Aventuras de Tom Sawyer dudo que lo que importe sean, o al menos no será lo que yo recuerde, tanto las aventuras como el espíritu y clima que hay detrás de ellas. No importa la astucia de Tom para pintar una vaya, ni su amorío con Becky, su intento de ser pirata, o su búsqueda del tesoro o encuentros con Joe el indio, lo que importa es su personalidad y la de su amigo Huck, la imaginación de ambos, la mezcla de juego y realidad, y sobre todo, la atmosfera tan propiamente americana.
Tom y Huck se inspiran en la niñez del autor. Como dice en el prefacio, los personajes son reales, ambos son un collage de niños que conoció en su niñez -incluido él mismo- y de sus aventuras. Tom es un prototipo del americano ideal: aventurero, soñador, sencillo y astuto; ama la libertad de nadar cuando quiere, hacer trastadas en clase y en la Iglesia y dejarse llevar tan solo por su voluntad, pero siempre, dentro de las instituciones establecidas, negociando con los adultos, soñando alrededor de su mundo pero sin alejarse realmente de él; sueña con ser ladrón y pirata honrado, pero los domingos siempre se pondrá el mismo traje elegante e irá a la escuela, y con su alegría ganará la disculpa de tía Polly. Huck es un personaje mucho más interesante, en cierto modo dramático, pero sin que de jamás esa sensación a pesar de datos soltados con cuentagotas -duerme en un barril, su padre es un borracho que lo maltrata, no sabe leer ni escribir ni tiene la más mínima educación, si se muere nadie lo lamentaría y si reviviera nadie se alegraría por él, etc.- o frases como “a Tom no le interesaba que le vieran en público con él”, “-Jo, no es justo que nadie se alegre por Huck”. Huckleberry Finn Es un marginado de pocos años de edad, pero esto no da pie al melodrama, sino a la alegría de la libertad. Huck es el niño de la Edad de Oro perdida, y cuando quieran domesticarle por tener dinero, se sentirá fuera de lugar, encorsetado, aprisionado, y querrá escapar, volver con sus harapos a su barril.
Las aventuras de ambos se encuentran entre el juego y la realidad, pues como niños que son no hay diferencia. Así, jugar a buscadores de tesoros puede dar lugar al encuentro con temibles asesinos, y el botín hacerse real más allá de la fantasía. A ratos no sabía si estaba ante jóvenes adultos o adultos niños, hasta quedarme con la impresión de que no son, ni más ni menos, que niños que imitan lo que su mirada inocente concibe como ser adulto. Algo que permite al Twain más mordaz lanzar hirientes ironías sobre las fanfarronerías de los adultos, la avaricia, o las relaciones de pareja. Pero hay una gran diferencia entre la infancia y la madurez: la inocencia de los niños, y su ánimo inagotable.
Así es como Tom saborea su primera relación amorosa y juega, pero nunca serán simples juegos; son algo muy serio y hay que tomárselos, y los siente, como tal. Es esclarecedor acompañar a Tom cuando antes de volver al siguiente juego “Permaneció sentado largo rato meditando, con los codos en las rodillas y la barbilla en las manos. Le parecía que la vida era no más que una carga, y casi envidiaba a Jimmy Hodges, que hacía poco se había librado de ella. Qué apacible debía de ser, pensó, yacer y dormir y soñar por siempre jamás, con el viento murmurando por entre los árboles y meciendo las flores y las hierbas de la tumba, y no tener ya nunca molestias ni dolores que sufrir. Si al menos tuviera una historia limpia, hubiera podido desear que llegase el fin y acabar con todo de una vez“. No importa lo rápido que se disipen tales sentimientos ni la nimiedad que los motivara, siguen siendo reales.
Y es durante el juego que el niño se socializa, asimila las normas, los roles y aprende lo que es ser adulto. Pero “Las aventuras de…” no son una bildungsroman (novela de crecimiento) al uso, así como tampoco es una novela picaresca a pesar de compartir atributos. Tom y Huck comienzan y acaban sus aventuras como niños. Pero algo ha cambiado. La primera vez que Tom desaparece es por huir de sus problemas y dar rienda suelta a su imaginación en un acto irresponsable y hasta cruel -fingir su propia muerte para sorprender en el funeral-; la segunda, es por accidente, y temporalmente debe alcanzar una gran madurez para salir del aprieto y salvar a su novia, debe enfrentarse a sus miedos y valerse por sí mismo, será entonces cuando encuentre el ansiado tesoro. ¿Qué ha pasado de una desaparición a otra? Tom empieza siendo un niño encantador pero trasto, en un momento donde la inocencia hace de su moral un folio en blanco. Puede caer del lado de lo canalla, y su irreverencia, inconsciencia e irresponsabilidad parecen empujar hacia él; o del de la virtud, para lo que cuenta con su naturaleza y la estima hacia Tía Polly -su “madre”, víctima y verdugo, si es que tiene sentido separarlo-. ¿Qué ocurre para que Tom se incline a mediados del libro hacia lo segundo? Tras la inconsciente crueldad de su fingida muerte descubre los hirientes remordimientos de dañar a quien quiere y el valor del perdón; y con Becky descubre la satisfacción de portarse honorablemente. El conflicto está decidido, no puede soportar ser responsable de la muerte de un inocente y arriesga su vida y un infantil pacto sagrado de amistad para hacer lo correcto. La conversión es irrevocable. Huck es otro cantar, no tiene madre, la sociedad le margina, y su entorno no es mucho mejor; solo cuenta con su naturaleza y el modelo de Tom, suficiente para convertirse en un héroe anónimo sin ansias de gloria.
Por otro lado, esta infancia de juego e imaginación permite al autor reflejar la atmósfera de Missouri, donde conviven el puritanismo y progreso del hombre blanco con la “superstición” y folclore del negro en tierras arrebatadas a los indios, dando lugar con un aura nostálgica, a un mundo en el que -como en la infancia- el estío parece la única estación natural. Un mundo de infinitas posibilidades e irrealidad asentado sobre el más puro y sencillo realismo. Un mundo propiamente americano. Yo estuve todo el libro esperando una tarta de manzana. Fue una dura decepción.

Antes de Tom Sawyer ya había detectado la maestría narrativa de Twain y su depurada sencillez carente de gran ambición o pretensiónes. Mi juicio se mantiene, pero no fui consciente de la importancia que esto pudo tener. Aprovecho nuestro rencuentro para agradecérselo y pedirle disculpas. Ahora, volveré a la vieja Europa.

Escrita hace 9 años · 5 puntos con 6 votos · @Tharl le ha puesto un 7 ·

Comentarios

@nikkus2008 hace 9 años

Que hermosa reseña Tharl, muy linda, muy melancólica me ha parecido. Hace mucho quiero leer estos libros de Twain. Estoy seguro de que me van a gustar, lo intuyo, y tu magnífica reseña, muy completa además, me motiva aun más a empezar alguno de los dos. Ah, y si querés tartas de manzanas en el alféizar de la ventana, hacia un cálido crepúsculo de verano, que huele a hierba mojada por el rocío, a flores y a tierra húmeda, lee entonces (si es que no lo has hecho ya) a Ray Bradbury....Saludos!

@Faulkneriano hace 9 años

Excelente reseña, Tharl. Es difícil hablar de la infancia sin caer en lo sentimental: tú lo consigues (y Twain también)

Me resisto a creer que en Tom Sawyer no aparecen tartas de manzanas. ¿Y de arándanos?

@Poverello hace 9 años

Lo voy a releer. No sé cuándo, tal vez tras las de Huckleberry, pero me doy cuenta tras leer tu reseña de que se me olvidaron demasiadas cosas. Como no hay ya bastante estrés con las pendientes, encima las relecturas.

@Tharl hace 9 años

Muchas gracia a los tres por los comentarios.
No creo, pove, que te olvidarás tantas demasiadas cosas. Lo cierto, es que en el libro -según mi modesta opinión- lo más interesante es esa atmosfera que, sin ser realmente rica, transmite una sensación que parece aunar la infancia y el verano con el espacio -un pequeño pueblo a orillas del Mississippi- y tiempo -norteamericaa mediados del XIX-. Es una sensación tenue, atisbada por el rabillo del ojo, que aparece y desaparece a su antojo, a veces en el mismo pasaje, y para la que no encuentro una clara explicación. Desde luego no es porque Twain cree un imaginario realmente único, rico y fascinante. El folklore se respira, pero no se palpa.

En el prefacio deja clara su intención, “Aunque mi libro está destinado principalmente al entretenimiento de niños y niñas, espero que no sea rechazado por hombres y mujeres mayores, pues mi intención en parte ha sido tratar de recordar gratamente a los adultos lo que ellos mismos fueron un tiempo, cómo sentían y pensaban y hablaban, y en qué raras peripecias se vieron envueltos a veces”.
Conmigo no logró este efecto. No consiguió hacerme retroceder a mi infancia, sí mantenerme en un banco contemplando los juegos delos niños y rumiando pensamientos al respecto, pero no convertirme en uno de ellos, ni evocarme los recuerdos de mi niñez. Supongo que en parte es por lo que dice @Hamlet en su acertada reseña; aunque yo soy más de la generación “tazos” que de las consolas portátiles en el recreo, de las que me libre por pocos años. Asocio más la infancia a la calma, seguridad y juego inocente que a las aventuras imaginarias y trastadas/gamberradas, las cuales asocio más a mi adolescencia. Mi falta de nostalgia por mi niñez supongo que no se debe solo a su carácter urbano -¡qué monstruo dejaría a un niño de ciudad criarse en la calle en estos tiempos! Unos padres responsables, si pueden, le liberan en el parque de 18.00 a 20.00 bajo atenta vigilancia. ¡Penosa condena para nuestro amigo Tom! -, sino probablemente se debe también a que aún no soy del todo adulto -vivo con mis padres, no soy autosuficiente y aun lucho por el control de mi cordón umbilical-, y a mi memoria pez.
Es por esto que aunque quisiera no hubiera podido hacer una reseña sentimental, mi lectura no lo fue, aunque encontré otros aspectos que saborear como los que he compartido. Si el objetivo de Twain era provocar esta vuelta a la infancia, conmigo ha fracasado. Si todavía hubiera tartas de manzanas en el alfeizar… pero no, ¡¡¡ni de arándonos siquiera!!!

Nikkus, de Bradbury he leído 4 o 5 libros, y todos me recuerdan a este autor. En especial esa colección de cuentos novelada que es EL VINO DEL ESTÍO. También veo claramente el influjo de Mark en Scott Card. Sospecho que la sombra de este hombre sobre la literatura norteamericana es bastante alargada.

*Estoy seguro que de haber leído el libro en mi infancia lo hubiera disfrutado como un enano.

@Tharl hace 9 años

"No creo, pove, que te olvidaras demasiadas cosas..."*.
Se me suelen colar acentos y palabras.

@Poverello hace 9 años

Había quedado muy poético, Tharl.

@nikkus2008 hace 9 años

"El vino del estío", a ese le tengo muchas ganas hace tiempo. Me espera amablemente en la biblioteca, a un metro y medio de distancia de este teclado y este monitor. Seguro me va a gustar lo mismo que estos de Twain.