ÁGILES AVENTURAS; REDUNDANTES DIÁLOGOS por Tharl

Portada de EL TEMPLO DEL SOL

Nací en 1990. Para entonces los clásicos de la historieta ya estaban establecidos y disfrutaban de un amplio público. Paralelamente, se habían asentado en todas las televisiones los “dibus” - series de dibujos animados dirigidas al público infantil-. Visto el éxito que habían tenido las adaptaciones de Asterix en formato película-corta por sus propios creadores (Astérix el galo, 1967; Asterix y Cleopatra, 1968), era inevitable la oleada de series de dibujos dirigidas al público infantil y basadas en los clásicos del cómic que invadió mi televisor y el de tantos como yo. Marvel me vió crecer con X-Men (1992) y Spiderman (1994), DC con Batman (1992), Japón me trajo Dragon Ball (1986 y 1989 [Z]) y, por supuesto, Francia a Tintín (1991). Eran series muy distintas a las de generaciones anteriores (70-80) a la sombra de Heidi, Marco, la abeja maya, etc., series que también conocíamos, pero admitámoslo, “molaban” menos. Todas estas series de las que hablo tenían algo en común: una cierta calidad -o al menos me da esa sensación viendo las adaptaciones de los mismos personajes que hacen ahora-, y la intención de conservar el espíritu original de los personajes. Así fue cómo mi generación conoció a los grandes del cómic a través de la caja tonta. Imagino que ahora lo hacen en el cine. Para algunos, esto fue una plataforma perfecta desde la que sumergirse en el mundo del cómic; otros como yo, fuera por el dinero de estas historietas, el rechazo a la etiqueta ‘friki’, o simplemente la corta iniciativa de nuestros padres, nos quedamos en las series de tv y pusimos un tímido pie en el mundo del TBO.
Así fue como conocí a los personajes de los comics permaneciendo completamente indiferente a su formato original. Desde mis tiempos de Mortadelo y Super Lopez, no había vuelto a tocar un cómic, pero aún me acordaba de sus personajes. Llego así, hará tres-cuatro años, el día en que por casualidad me dio por leer una novela gráfica, PERSÉPOLIS; un cómic de superhéroes, SIN CITY; y hasta un manga, BERSERK; y me dije, ¡coño! esto mola, esto no es para niños! Desde entonces, libre de prejuicios, me he entregado a la lectura de este género -cuyas lecturas, aun reuniendo las de la biblioteca, no llenan ni un estante de mi librería- y descubierto joyas como FROM HELL. Pero hasta hace poco no había leído ni uno solo de los clásicos, de aquellos personajes con que crecí; ni uno de la Edad de Oro del cómic. Las más antiguas de mis lecturas apenas me superaban la edad, muchas ni eso, como mucho de inicios de los 80’. Así fue como al encontrarme en un mercadillo de papel vintage esta entrega de Tintín (y otra de Asterix) a buen precio, no dejé pasar la oportunidad.

EL TEMPLO DEL SOL, la primera obra que leo de Tintín, ha sido toda una sorpresa. Como historieta de aventuras la disfrute como un enano; como obra juvenil me ha parecido a ratos tediosa. Separar ambos conceptos no es tarea fácil. El estilo de Hergé, la línea clara -i.e. delimitación clara de las figuras, ausencia de tonos intermedios, efecto máscara, narrativa clásica, etc.-, más que un estilo gráfico, es una forma de entender el cómic donde dibujante y guionista apuestan por el entretenimiento sencillo con una comprensión cristalina y -este es el problema- redundante. Por eso no hay mejor género que las aventuras, ni mejor público que el juvenil.
EL TEMPLO DEL SOL es una historia de aventuras trepidantes con todos los elementos imprescindibles para el género (Sedacala los disecciona con habilidad en su reseña de LAS MINAS DEL REY SALOMON). El cómic de Hergé cuenta con un viaje exótico, una búsqueda, cierta dosis de humor, y aventuras y acción en los escenarios más diversos; todo filtrado por una mirada de inicios del XX (a pesar de estar ya a mediados). Sin necesidad de dar la vuelta al mundo, nuestros personajes sufren las más variadas aventuras, sea en una ciudad del Perú, o un barco, un tren, pasos rocosos, picos montañosos y cumbres nevadas o la selva salvaje. Es impresionante el variado registro con que cuenta el autor.
Hergé carece de los recursos que por primera vez empezaba a detectar en mis lecturas de comics -por ejemplo, elementos que salen del encuadre o una planificación de la página más dinámica, variada y de viñetas menos rectangulares, o un dibujo más expresionista-, pero aun así es absolutamente eficaz. Las aventuras de Tintín se leen de izquierda a derecha como si de una película se tratara. Todo gracias a la composición de cada página. Los sucesos ocurren a modo de tira cómica de una línea -a veces dos- que se encadenan entre sí en un acontecimiento -escapar del barco, del tren, cruzar el lago de cocodrilos, etc.-. Entre una viñeta y otra hay una corta elipsis, justo lo necesario para conservar un excelente ritmo sin romper la fluidez ni resultar reiterativo: no sobra ni falta una sola viñeta de acción. Cada pocas páginas se cambia de escenarios y se emprende una nueva micro aventura; todas ellas hiladas en capítulos (uno por escenario) por la búsqueda (del Prof. Tornasol). Sencillo, pero eficaz. Por su dibujo, EL TEMPLO DEL SOL se devora como si se volviera a la infancia, cuando la vista y la mente jamás se cansaban de leer aventuras.
Pero a este dibujo ágil le acompaña un guión que no lo es tanto. A menudo corta la acción -como en esas peleas donde entre puñetazo y puñetazo se intercambian “ahora un puñetazo”, “y otro”, “cuidado con la pared”, etc.- y con mucha frecuencia no aporta nada al dibujo, siendo, en su búsqueda de la claridad, absolutamente reiterativo y bastante infantil e innecesario. Mi hermana, que también leyó el cómic, terminó horrorizada por esto.

En cuanto al colonialismo en Hergé, del que tanto había oído-leído hablar, no se nota demasiado salvo en esa mentalidad de principios del XX de la que hablo, donde el colonialismo aun gozaba de buena salud. Aquí se traduce en esa condescendencia de la época hacia las tribus “exóticas”, es decir, incivilizadas y salvajes, y, precisamente por ser lo opuesto a la civilización, también atractivas para el romántico. El resultado: los incas son seres primitivos pero nobles e inmersos en la superstición absurda a la que la ciencia puede engañar con facilidad. Por Dios, lo del eclipse está demasiado visto… es demasiado predecible, y no precisamente a raíz de esta historieta. ¡Rayos y centellas! Los Incas conocían a la perfección los ciclos del sol y la luna con sus respectivos cruces. ¡Endemoniados iconoclastas!

Para terminar, señalar que originalmente, en 1948, el comic en B/N original tenía bastantes páginas más, pero al añadir el color se realizaron importantes modificaciones y recortes. Por lo visto, esto fue una constante del autor… O eso pone en la Wikipedia. Me da la impresión (por lo que he leído; mis conocimientos del mundo del cómic, de su lenguaje, y mi única lectura de Tintín no dan para tanto) de que Hergé estaba obsesionado con actualizar continuamente las aventuras de su héroe para que se adaptaran al público del momento, buscando siempre la más absoluta conformidad, no importa quien tuviera el poder, lo importante era seguir produciendo aventuras. Y si el poder cambia de manos… siempre queda rescribirlas y modificarlas para ajustarse a las críticas recibidas.

Y aquí acaba mi primer acercamiento al formato original del reportero joven y aventurero que me acompañó durante mi infancia. No he encontrado ese fetichismo por los objetos del que hablan como inicio y motor de la acción -de mis recuerdos de infancia extraigo con dificultad la imagen de una lata de cangrejos y una caja de puros-, ni tantas otras cosas. Tampoco seré un fervoroso defensor de Tintín, pero sí agradezco el inmenso atractivo, entretenimiento y ritmo de sus aventuras.
Un 6.5.

Escrita hace 8 años · 5 puntos con 3 votos · @Tharl le ha puesto un 7 ·

Comentarios

@Poverello hace 8 años

A mí Tintín nunca me ha acabado de convencer del todo, lo que ha hecho que suela pasar de puntillas sobre sus historietas de las que sólo he leído algunas hace años más algunas partes sueltas y ni me atrevo a puntuar. La base de mi desidia con este icono del cómic (porque por mucho que no me acabe de gustar es lo que es) se basa especialmente en los diálogos, y no ya su redundancia o inutilidad, sino que en multitud de ocasiones los bocadillos aplastan a los personajes que habitan las viñetas. Pero para ser justo hay que reconocer que esto era más que habitual desde los inicios del cómic hasta los años 30-40, tanto los comentarios en las peleas que se reproduce en todas las historietas españolas de esas décadas (sólo hay que ver por ejemplo la obra de Víctor Mora o de Manuel Gago) como su extensión; sólo hay que comparar a Tintín con las tiras de "Dick Tracy" de Chester Gould o con la primera creación seria, digamos, respecto a tebeo, que fue "Little Nemo". Incluso "Príncipe Valiente" de Foster son puras ilustraciones con párrafos de texto al pie de la viñeta. Tal vez por eso le doy tantísimo valor a cómics como "Terry y los piratas" que rompen esa estructura metódica y son inmensamente ágiles en la narración cuando las historias también son de gran densidad, como sucede con las de Hergé. El caso es que Tintín me resultaba pesado cuando leía de pequeño y básico cuando ya me hice más mayor. Una injusticia relativa que reconozco y que en varias ocasiones he estado a punto de reparar. Nunca es tarde.