SOBRIA ARQUITECTURA DE PERSONAJES por Tharl

Portada de EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO

No tengo duda alguna de que sería mucho más acertado comparar la novela de Carson MCullers con una sinfonía en la que varios instrumentos principales tocan líneas distintas que se solapan entre sí, enriqueciéndose con la entrada y salida de instrumentos secundarios y dando lugar a una obra coral de una orquesta sinfónica magistral. Pero yo no sé nada de música. Por el contrario, al leer el libro de la narradora americana sí tengo la sensación de encontrarme frente a una obra arquitectónica, como una catedral o, mejor, la burla desesperanzada de una catedral, construida en base a los personajes del libro.

Cuatro columnas, una por cada personaje protagonista, se erigen inclinadas hacia otro pilar central confluyendo en él. Cuatro columnas. Como si fueran los cuatro evangelios -pechos en crecimiento, nariz penetrante, temblorosos labios y ojos furiosos serán su iconografía-, o tal vez los cuatro pescadores a quienes llamó Jesús: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mt 4:19) les dijo, y así estos cuatro personajes, confluyen en el protagonista central, un enigmático sordo(mudo) que conserva en los bolsillos sus parlanchinas y oxidadas manos. A su vez el sordomudo, Mr. Singer, sin que nadie parezca darse cuenta, solo tiene ojos para su compañero del alma, Antonopoulos, un sordomudo rechoncho impregnado en sudor y grasa, de mirada bobalicona y sonrisa sabia. A quién mira aquel no lo sabemos, tal vez a nadie, acabando en su supuesta estupidez la recursividad. Solo sabemos que adora comer, beber, y algún otro íntimo placer personal. Y en caso de necesidad reza a la virgen con fervor.


Estas columnas que se erigen sobre el baldosado mundo de un pueblo sureño en EEUU a mediados de los años 40, sostienen una vasta cúpula con un magnífico fresco sobre el amor, la soledad, la (in)comunicación y la búsqueda de un sentido.

La comprensión mutua es imposible, parece decirnos. Nuestro corazón busca desesperadamente algo y para ello es mejor no estar solos. Pero necesitamos alguien que comprenda esa búsqueda y sus avatares, que nos comprenda y nos ayude a darle sentido, que nos escuche. El desastre es que esta caza del corazón es siempre personal y única, y jamás podrá ser compartida. Es sobrecogedora el ansia y la necesidad de cada uno de nosotros -y de los personajes- por abrirse sin reservas a alguien de quien no temer ser juzgados o incomprendidos. Esto es posible con un sordomudo que no contesta, o con un “subnormal” (?). Pero por afines que parezcan la búsqueda de dos personas, su comunicación unilateral, donde cada uno solo desea vomitar aquello que tiene en las entrañas y le corroe sin escuchar al otro, se irá por el desagüe en el momento en que se paren a escuchar las réplicas del interlocutor, pues nunca comprende “la verdad”. Formidable la ilustración de esto durante el encuentro (en todos los sentidos) del Dr. Copeland y Jack Blound. Esta búsqueda solitaria y depredadora de aquello que da sentido a la existencia y al mismo tiempo de un compañero ya viene magníficamente sintetizado en el título de la novela, y fue expresado a la perfección por Poverello en su reseña: “[El corazón] está condenado a tener espíritu de guepardo contenido en un cuerpo de león. Un absoluto desastre”. Él lo dice en referencia a que la pérdida de la presa solo es soportable en compañía, yo lo expandiría más a toda la búsqueda.

Entra aquí la clarificadora concepción del amor de la autora (Salakov tuvo el acierto de insertar un hermoso texto al respecto en su reseña http://www.sopadelibros.com/review/2603 ). Para Carson lo importante de la comunicación, como del amor, no es el objeto al que se dirige, sino el amante. “El amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante”, y del amante y solo de él dependerá la cualidad de este amor. El amor siempre es solitario, como todo lo que atañe al corazón. Por eso no importa que las relaciones y el afecto de los personajes que pueblan la novela sean siempre unilaterales, lo que importa es la cualidad de estas, el afecto sincero que despiertan. Esta concepción del amor rehúye toda perversión y etiqueta. Son sentimientos ricos, sutiles y desconcertantes para el personaje y para el lector, pues no son más que reflejo del amor que los personajes tienen para dar en su interior. Consideraría muy atrevido y reduccionista afirmar que Singer es homosexual o siente un amor homosexual por Angelopoulos, o que Biff es un pederasta. Las únicas etiquetas que podría colocar a sus sentimientos son las de un amor singeriano para el primero y biffniano para el segundo. En esta cadena todo vuelve a acabar en Angelopoulos. Biff ama a Mick que ama a Singer que ama a Angelopoulos que no sabemos a quién demonios ama si es que ama a alguien.

Este punto de partida a raíz del cual se desarrolla la novela me parece formidable y habría podido dar lugar a un excelente cuento. Es más, si los capítulos dedicados a Mr. Singer -mis favoritos, en concreto el prólogo, probablemente lo mejor de la obra- se hubieran publicado por separado, el significado habría permanecido intacto. En realidad el resto del libro, los devenires de cada personaje, no son más que ilustraciones de estas ideas, con la peculiaridad de que cada uno tiene un contenido a desarrollar que da el valor añadido suficiente para engrandecer la historia y formar la más que buena novela que resulta al final.


Siguiendo con nuestra catedral es curioso cómo las cuatro columnas se relacionan entre sí pero sin llegar nunca a entremezclarse, se trata de esa imposibilidad de comunicación real de la que hablábamos. No obstante, tienen un desarrollo similar. El avance del libro está bien estructurado dedicando un capítulo a cada personaje, como los POV que ha puesto de moda George Martín en su saga pero con mucha más habilidad narrativa. Planteamiento, nudo y desenlace. Comienza con un formidable prólogo (Mr. Singer) al que le sigue un capítulo de introducción de cada personaje. Mick es una niña en crecimiento que vive en una familia de clase media baja y en decadencia; Biff, un hombre que le gusta la gente “rara”, los marginados y que ha perdido el sentido de la existencia; Copeland un médico negro que trata de promover la liberación de su pueblo y que por su rigidez perdió su familia; Blount es un pobre borracho que predica la “verdad” de la revolución proletaria. La segunda parte comenzará con el mismo esquema: un bloque con un capítulo de cada personaje con la misma función narrativa seguido de otro capítulo sobre Singer en el que reflexiona brevemente sobre sus compañeros y trata de conectar con su amigo griego. Pero poco a poco esta estructura va cambiando, algunos personajes se repiten y otros se separan individualizándose más entre sí y cobrando unos más protagonismo sobre otros.

Son precisamente estos paralelismos y diferencias de los cuatro personajes los que los hacen tan interesantes. Todos son increíblemente humanos, tienen sus demonios y sus deseos, todos son cazadores solitarios. Todos viven en esa concepción del ser humano y sus relaciones que concibe la autora, pero a su vez son distintos. Tal vez la primera gran diferencia es la señalada por Singer: todos aman y desean algo enormemente (la música, el proletario y los negros) y suelen odiar otra cosa con todas sus fuerzas, excepto Biff, él siempre está haciéndose (y al mudo también) preguntas, quiere saber el porqué de las cosas, el sentido de la existencia, ese gran problema que se le escapa al gran observador, pero en realidad en su contemplación no está vitalmente comprometido con nada. De los otros tres, Mick se dirige a ella misma mientras que los otros dos se desviven por los demás, por hacerles comprender “la verdad”. Mi favorito es Biff, el más ambiguo, lleno de matices y solitario de todos. Él es sin ninguna duda el personaje más desesperanzado de la novela, como si no perteneciera a la vida real. Puede que sea a quién menos desgracias le ocurren -o al que aparentemente menos le afectan-, y sin embargo es el más deprimente. Su esperanza no está en alcanzar a su presa, sino en la esperanza de encontrar alguna a que merezca la pena perseguir. Pobre de aquel que se identifique con este eterno observador por encima de todos los demás.


Al margen de estas semejanzas y diferencias, de los encuentros y desencuentros de los cuatro personajes entre sí y con muchos otros secundarios en absoluto irrelevantes, la historia de cada uno tiene un valor intrínseco propio. Sirviendo de historia de madurez, de denuncia social (fascismo, abusos sociales y racismo), etc. A este respecto es inevitable no indignarse por las desgracias que sacuden a los Kelly y a Copeland, o compadecerse del patetismo de Jake. Ninguno tendrá un buen final, siendo el de Mick, por lo real que resulta, el que más permanece en la memoria, pues es el miedo de todo soñador que aún no ha llegado a ser adulto independiente. *
Con todos y cada uno de estos personajes es fácil identificarse, pues todos forman parte de una misma unidad, son imágenes caleidoscópicas de la autora y con facilidad de nosotros mismos.


En lo referente al estilo no sé qué opinar. Carece de la gracia de mis autores decimonónicos favoritos, de su lírica habilidad descriptiva, de su capacidad de envolver gracias al artificio de su arte al lector y proporcionarle las más variadas emociones, esa búsqueda tan romántica de lo sublime; y sin embargo, las frases cortas y contundentes de la autora, sus yuxtaposiciones afiladas y su sencillez, su sinceridad, hacen que la forma se ajuste al contenido como un guante. El lirismo de McCullen está en donde mira, su dureza en la realidad de los hechos, su mayor virtud la sinceridad, el dejar a la historia hablar por si misma… y menuda historia… Puede que no sea igual de envolvente, puede que menos intensa de lo que me esperaba, pero la honestidad de sus páginas hace que la historia quede grabada a fuego, sobretodo porque sabemos que es verdad lo que se nos cuenta, que así es la vida.

La autora hace malabares para evitar ofrecer su interpretación de los hechos, para dejar todo abierto al lector, quien ha de interpretar las imágenes, formas y grabados de las magníficas columnas que ha trazado la autora. Por si mismo debe tratar de dar significado a la vida que emana esta formidable obra de mampostería, en la que cada frase está colocada con plena conciencia junto a la anterior. Es como si el lector tuviera que tomar a Biff el relevo.

No me cabe duda al respecto. Lo mejor de la escritura de Carson McCullen es su humanidad y sinceridad, algo en lo que no solemos percatarnos pero que es un privilegio excepcional. Hemingway decía que bastaba con ello para escribir un buen libro.


Llega ahora el único pero que veo a la novela, y es que la autora quiere jugar con la ambigüedad entre la esperanza y la fe frente la desesperanza y el sinsentido. La belleza de la vida y su crudeza, pero la balanza está demasiado desequilibrada para que me ocurra, aunque solo sea por un instante, como a Biff. “Entonces, de repente sintió como un intenso estímulo en su interior. El corazón le dio un vuelco, y se apoyó la espalda contra el mostrador para sostenerse. Porque en un fugaz resplandor captó una vislumbre del esfuerzo y del valor humanos. Del interminable y fluido paso de la humanidad a través del tiempo infinito. De aquellos que trabajan y de aquellos que -tan sólo una palabra- aman. Su alma se expandió. Pero sólo por un momento. Porque en su interior sintió una advertencia, un rayo de terror. Se hallaba suspendido entre los dos mundos. Vio que estaba mirando su propia cara reflejada en el cristal del mostrador. El sudor le perlaba las sienes y tenía la cara torcida. Tenía un ojo más abierto que el otro. El izquierdo, entrecerrado, escrutaba el pasado en tanto que la mirada más amplia del derecho se dirigía, asustada, a un futuro de negrura, error y ruina. Y él se encontró suspendido entre el resplandor y la oscuridad. Entre la amarga ironía y la fe. Se dio la vuelta bruscamente.” A mí, ni me sacude esa ambigüedad con tanta intensidad ni puedo evitar inclinarme hacia la amarga ironía. Tal vez sea demasiado sensato. Tal vez lo mejor sea cerrar el libro, salir de la lectura y cuando vuelva a entrar en otra ya estaré sosegado y pueda esperar tranquilamente el sol de la mañana.

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*¡¡¡¡SPOILER!!!
Me inquietó enormemente el final. Tras la fabulosa muerte del mudo se abre una tercera parte a modo de cierre donde la muerte del mudo no es en absoluto el motor de la acción, no obstante, con su muerte (desconcertante el cartel del viejo Simms de “ÉL HA MUERTO PARA SALVARTE”) todo se desmorona, todos vuelven a cero en su búsqueda, con el sabor del fracaso en la boca y la una leve pero brillante brizna de esperanza. Y una vez más, el capítulo de Biff es el más perturbador.

Ahora he de confesar que tampoco se de arquitectura, y abandone “El Corazón es un Cazador Solitario” como suelo abandonar toda catedral: preguntándome el profundo significado de todas esas formas que se erigen ante mí, con muchas intuiciones -como he dejado escritas- y más dudas e interrogantes. Y la sensación de que soy un poco obtuso. Pues si algo es la opera prima de McCullers es una novela abierta a la interpretación del lector y con mucho más que ofrecer de lo que parece, tanto como el lector quiera.

Escrita hace 8 años · 5 puntos con 5 votos · @Tharl le ha puesto un 8 ·

Comentarios

@_567_ hace 8 años

Sobria y potente reseña, Tharl, entre otras cosas me llama poderosamente la atención eso que comentas sobre los malabares que hace la autora para interpretar los hechos que aquí suceden; estoy de acuerdo contigo en que es al lector a quién corresponde enjuiciar a todos y cada uno de los protagonistas y que McCullers tan solo se limita a presentarlos, a describir sus emociones, sus actitudes ante la vida (las suyas propias e individuales, como bien comentas en otro párrafo, y por extensión las de los que les rodean…). Creo entender que cuando dices que es el lector quién tiene que tomar el relevo a Biff te refieres a que son esos lectores quienes han de ver pasar por la ‘barra imaginaria’ de su bar (ese medio metro aprox. de distancia entre el libro que sostenemos y la altura de los ojos al leer) como metáfora del medio metro de separación de una barra de bar cualquiera entre cliente y camarero: solo son cincuenta centímetros pero existe un mundo de diferencias entre estar en un lado u otro de la barra. Puede que Biff vea, oiga y calle pero también interpreta a su manera a todos y cada uno de los que traspasan la puerta de su local. Como no sé si me explico, lo dejo aquí…

Curiosamente mi próxima lectura será “Iluminación y fulgor nocturno”, y supongo que como autografía dictada por ella misma hará un exhaustivo repaso de todas sus obras, si hace alguna referencia especial sobre “El corazón es un cazador solitario”, estoy convencido de que sí, ya lo comentaré por aquí o por allá. Saludos.-

@Tharl hace 8 años

Hola Krust!
Efectivamente, me refería al lector como espectador que debe, desde la distancia (como tu comentas con la metáfora de la barra), interpretar todo lo que ocurre al otro lado. Pero no quería quedarme en la interpretación de los meros acontecimientos o motivaciones de los personajes, sino que el lector se hace las mismas preguntas que Biff que van más allá ¿Por qué acuden todos al sordo? ¿Por qué cada uno le pone los rasgos que le convienen? ¿Qué sentido tiene todo? ¿Cuál es el sentido de la vida (dentro y fuera de la novela)? ¿existe o tiene sentido la esperanza?

Gracias por tu comentario, ya nos contarás que dice la autora de la obra. Un abrazo

@_567_ hace 8 años

“El tema principal de este libro se enuncia en las primeras doce páginas. Es el tema de la rebelión del hombre contra su propio aislamiento interior y su necesidad de expresarse tan plenamente como le sea posible…

Por supuesto, estos temas nunca están abiertamente expresados en el libro. Se perciben, matizados, a través de los personajes y de las situaciones. En gran parte dependerá de la percepción del lector y de la atención con que se lea el libro. En algunos pasajes las ideas subyacentes quedarán ocultas muy por debajo de la superficie de una escena y, otras veces, estas ideas se mostrarán con cierto énfasis. Los diferentes motivos recurrentes a lo largo del libro, coinciden en las últimas páginas de modo que, al final, da una sensación de cohesión irrevocable y programada.

El esquema general de este libro se puede expresar muy simplemente. Es la historia de cinco individuos aislados, personas solas en busca de una expresión e integración espiritual en algo superior a ellas. Uno de estos cinco individuos es John Singer, un sordomudo, y todo el libro gira en torno a él. Debido a su soledad, las otras cuatro personas ven en el mundo cierta superioridad mística y, en cierto sentido, lo convierten en su ideal. La deficiencia de Singer hace que su carácter aparente sea vago e ilimitado. Sus amigos son capaces de atribuirle todas las cualidades que desean que tenga. Cada uno de estos cuatro sujetos crea su concepción del mudo a partir de sus propios deseos. Singer puede leer los labios y entender lo que le dicen. Hay algo irresistible en su eterno silencio. Cada una de estas personas hace del mudo el depositario de sus ideas y sentimientos más personales.

Y al día siguiente empecé a escribir el libro: “En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos.”

Mi vida seguía la pauta que siempre he seguido. Trabajo y amor. ‘The mute’, mi primer título (luego mi editor lo cambió por ‘El corazón es un cazador solitario’, un titulo que me gustó), me llevó dos años de escritura, y fueron años muy felices. Trabajé mucho y amé mucho”….

• Carson McCullers acerca de “El corazón es un cazador solitario” en su autobiografía “Iluminación y fulgor nocturno”

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*Transitando por la página 56 de estas memorias y como era de esperar McCullers habla a fondo de su primera y decisiva novela. Hay mucho más al respecto, para quién pueda interesar. Sorprende la tremenda sinceridad con que la autora, postrada en cama y dictando las memorias, habla sin ningún tipo de censura mental sobre sus asuntos personales en particular y otros asuntos literarios en general. Muy buena la introducción de Carlos L. Dews y la sorprendente colección de fotos cedidas por el Centro de Estudios Humanísticos Harry Ramsom de la Universidad de Texas, Austin). No he llegado todavía pero he visto en el índice que se incluye la correspondencia entre Carson Y Reeves McCullers (el marido del que tomo el apellido, menudo tipo por cierto…) durante la Segunda Guerra Mundial. Lástima que estas memorias estén inacabadas, veremos en que punto y en que momento…

@_567_ hace 8 años

Donde digo "las otras cuatro personas ven en el mundo cierta superioridad mística", quiere decir Diego: "las otras cuatro personas ven en el MUDO cierta superioridad mística". Ah! el mundo del mudo!!! Saludos, Tharl.-

@Tharl hace 8 años

Gracias por el aporte Krust. Se agradece enormemente semejante transparencia en la autora al hablar de sus obras. Es algo menos frecuente de lo que debiera.

@Poverello hace 8 años

Muy interesante el texto de McCullers, vaya.

Y tanto los comentarios como la reseña.

@arspr hace 8 años

Bueno bueno, otro tremendo gracias a SdL.

Acabo de terminar el libro, el cual me descubrísteis vosotros dos, y he quedado encantado. Y por supuesto abatido por su contundencia. Vamos que cuando pueda (cosas informáticas del IE7, no preguntéis) pues votaré "publicitariamente" con un 9 aunque estoy de acuerdo con la nota general de 8.

Es perfecta la brutal descripción, sin describirla casi, del egoismo y la crueldad de la víctima. Genial. Espectacular como todos los pobres parias, pero fundamentalmente los más maduros y apaleados (Dr. Copeland y Jake Blount), sufren su tremenda soledad pero a la vez han perdido la empatía social que les permitiera relacionarse con los demás. Ni siquiera en un mundo de "Copelands" vivirían felices pues cada uno de ellos acabaría aislándose él solito de los demás, siendo incapaz de convivir ni siquiera con sus semejantes. Tantos palos recibidos, (tanto los realmente sufridos como los imaginados, y estos últimos probablemente son los peores), les han endurecido y radicalizado tanto que han dejado de ser animales sociales de ningún tipo, paradójicamente aunque su mayor anhelo sea huir de su soledad.

No voy a soltar aquí un chorro, que las reseñas de Tharl y Poverello son ya tremendamente buenas. Tan solo indicar que yo quizá el único aspecto negativo que le he visto al libro es un poco de "aspereza". No sé como definirlo, pero no me ha resultado un libro redondo. Y no se trata del mencionado ritmo lento, sino que hay detalles, engarces argumentales, personajes secundarios (Highboy, Baby...), la propia relación homosexual entre Singer y su "amigo", que me han chirriado un poco. Que se atrancan o que resultan algo forzados. ¿Quizá falta de experiencia redactora de la escritora?

Pero desde luego nada grave, el diamante tiene suficientes quilates como para que un ligero error de talla (o de falta de ella), no lo desmerezca en absoluto. Por eso digo que el 9 es un poco publicitario, si no sería totalmente de justicia en mi opinión.

Vamos un libro que recomendaría sin reservas..., pero según a quien (y no solo por su "dura y triste" temática).

@Poverello hace 8 años

Pues me alegro mucho de que te haya gustado, arspr, y haber puesto mi granito de arena para que te lanzaras a su lectura.

Mi idea es seguir con sus relatos más pronto que tarde, pero el tiempo y la vida son limitados, sobre todo ahora que soy más mayor, je.

@Tharl hace 8 años

Yo también me alegro de que te haya gustado arspr.
Tres meses después de su lectura te puedo decir que el libro parece envejecer bien en mi memoria. Se me van olvidando ya ciertos aspectos, pero la idea principal y el personaje de Singer van abriéndose cada vez más paso en ella, ganando con cada semana que pasa. He pensado en momentos distintos y por motivos diversos con frecuencia en ellos. Y recordar a Singer es una puerta para el recuerdo inmediato del Dr. Copeland y Jake, la perturbación que me produjo Biff y la sensibilidad de las páginas en que aparece Angelopoulus. Curiosamente la que más se está desvaneciendo en mi mente es Mick. Me he planteado subirla al 9.
Lo de estos libros es un misterio. En algunos acaba la lectura antes de cerrar la última página, y otros por mucho que los cierres, los guardes en la estantería, los devuelvas a la biblioteca o los quemes no se acaban jamás.
Un abrazo.

*yo también quiero leer algo más de la autora. Me atraé la Balada del Café Triste

@sedacala hace 8 años

Sí, yo también coincido con Tharl en eso de que algunos libros se disfrutan más después de leídos que durante su lectura. Parece que la carga intelectual que arrastran, exija ser digerida de una manera lenta y reposada. Pero, como creo que es una novela muy abierta a diferentes interpretaciones cada uno podría decir sus personajes favoritos que no siempre van a coincidir; y lo digo por que parece haber cierta unanimidad en que Singer es el mejor. Quizá lo sea, pero no es el que a mi más me llegó. Mis personajes más atractivos fueron Calpurnia y Mick, y los más enigmáticos Biff y el dueño del restaurante. Singer no, me pareció demasiado pasivo.