RECINTOS DE TRIPAS A MEDIO PUDRIR por Poverello

Portada de VIAJE AL FIN DE LA NOCHE

Existen libros que comienzan a leerse desde el mismo diseño de cubierta. Unas tijeras. Abiertas, cuasi oxidadas. No lo comprendo, pero empiezo, con deseo, a batir las páginas como en un vuelo. Tal vez al final...
Me sorprende la prosa directa, atropellada, telegráfica, sin respiro de Ferdinand. De los dos: autor y personaje, que son lo mismo. Sin empaques ni dulzuras me atrapa, me presiona... me duele. En ocasiones, cuando estoy convencido de que me estoy aburriendo con sus tropelías americanas, de repente, sin quererlo como que me despisto y me instala de nuevo dentro, en tan solo un par de párrafos. Tan raudos, tan cicatrizantes, tan doloridos. Con unas descripciones tan cortas, tan poco perezosas, tan admirables: "Las tejas musgosas caen rodando sobre los salientes adoquines, como sólo existen ya en Versalles y en las prisiones venerables".

Lo más curioso es que Ferdinand no me cae especialmente bien, ni siquiera siento compasión por él. No comparto el nihilismo sin límites ni en su idea de verdad ("la verdad del mundo es la muerte"), ni en el sentido que le otorga a la existencia ("somos más desgraciados que la mierda", aunque me partí de la risa al leerlo), ni en su desencantada concepción de la condición humana ("confiar en los hombres, es ya, dejarse matar un poco"). Me daña ese estilo tan de Plauto ("Lupus est homo homini") a pesar de la acidez de su discurso, de su descarnada y lacerante ironía. Su discurrir díscolo por las colonias francesas en África me hacen rememorar a Corad, El corazón de las tinieblas. Tal vez de lo poco que me recuerda a algo literario anterior a Céline.

Pero Ferdinand comparte dos cualidades con el embaucador Lord Henry de Wilde que lo han hecho absolutamente perdonable. Su enconado pragmatismo que me ganó, me dominó, me tronchó en muchos momentos: "(pensé) si no iríamos a canearnos, pero en primer lugar no teníamos sitio, siendo cuatro en el taxi". Y dos, su reconocido hedonismo: "la felicidad en la tierra sería morir con placer, en pleno placer... el resto no es nada". La generación beat, el underground... los trópicos sexuales a los que nos condujo Miller existen, dependen, fueron pensados en virtud de la abrupta claridad literaria y sin censuras de Céline. Incluso el inefable Ignatius de Toole bebe de las fuentes de El viaje... como toda la literatura posterior, como todo el siglo XX. Quizá.

"El viaje es la búsqueda de esa nulidad", "y a fuerza de verte echado a la calle en todas partes, seguro que acabará descubriendo lo que da tanto miedo a todos, y que debe encontrarse al fin de la noche" se dice a sí mismo Ferdinand en mitad de la obra mientras avanza y retrocede en su indeseado camino sin retorno. Mientras, odia el empacho de los ricos y la tontería de los pobres ("existen dos humanidades muy diferentes"), desprecia la generosidad ("la miseria persigue implacable al altruismo"), la ética en cualquiera de sus formas ("la moral de la humanidad me la trae floja, como a todo el mundo")... Va a su rollo, una y otra vez. Sin esperar, sin confiar, tan solo como la única forma que entiende para lograr sobrevivir. Entonces, en medio de esa nulidad, cuando estás a punto de odiar a Ferdinand, a los dos, sucede. Todo cobra un sentido perfecto, inaudito, salpicado de propio fracaso: "no encontraba nada de lo que se necesita para diñarla, sólo malicias".

Los dos Ferdinand, me la traen floja sus panfletos, lo que digan de él/de ellos sus paisanos... Una tijeras. Cuasi oxidadas. Lo entiendo. Céline lo ha hecho todo trizas. Incluido a mí.

Escrita hace 9 años · 4.9 puntos con 8 votos · @Poverello le ha puesto un 10 ·

Comentarios

@Nastenka hace 9 años

Magnífica reseña, Poverello...
Enfrentarse a este "viaje" y salir indemne de él, me resulta difícil de entender..
Una lectura atribulada, de esas que hablan de verdades como puños, de esas verdades que escuecen, y es que los dos Ferninand son capaces de arrastrarte, de manera vertiginosa, a las entrañas de ti mismo, a esa noche que a veces aparentamos...no tener..
Vamos, que..viajar al final de la noche, es mucho más que un viaje literario...como un viaje al infierno(terrenal), cuesta abajo..

"La gran derrota,en todo,es olvidar,y olvidar,sobre todo,lo que te mata,y morir sin llegar a comprender hasta que punto los hombres son bestias.Cuando estemos,sin mas, al borde de el hoyo,no habría que pasarse de listo,pero habría que contarlo todo,sin cambiar ni una coma, de la locura y estupidez que hemos visto en el hombre, y despues,liar el petate y bajar.Es suficiente trabajo para toda una vida."
Aún así...pese a su pesimismo, pese a sus bofetadas, pese a su nihilismo...siempre hay algún indicio, alguna pista... para marchar cuesta arriba..

@Faulkneriano hace 9 años

Excelente reseña, Poverello. Viaje... es un puñetazo al estómago, difícilmente digerible. Es lo que tiene el siglo XX: no da para muchas alegrías. Y Céline levanta acta de todo lo malo: la guerra, el colonialismo, la depresión, la sociedad industrial... Es un francotirador, un tocapelotas de una calidad literaria pasmosa, cuya prosa sobrevive ampliamente a su reputación, a su antisemitismo, a su colaboración con los nazis. No deja títere con cabeza y, además, sus abismos no tienen fondo: léase el pasmoso episodio africano, aún más extremo que el horror de Conrad. Como decían nuestros ilustrados: hay quien prefiere ser, por sus propios méritos, el primero de su linaje al último de una estirpe gloriosa pero decadente. Como todos los genios, Céline reinventa la novela y abre nuevos caminos, no se limita a seguir sendas abiertas por otros en la maleza de la literatura. Cuesta mucho más manejar el machete para abrirse paso que procurar no salirse del asfalto.

@Poverello hace 9 años

Mira que iba con ganas a leerlo, pero superó todas mis expectativas. Hubiera escrito doce reseñas, por cada una de las plagas, de las realidades de las que habla. Ni Hobbes, ni Sartre, ni... Me quedé sin tinta en el bolígrafo escribiendo notas, comentando... abducido por su cruel filosofía. Céline es fundamental, como tanto odioso escritor que acaba destruyéndose a sí mismo.
Me siento hasta maligno no colocándole un diez, pero... tengo mis manías.
Gracias a ambos. Ni os imagináis lo que me ha costado transcribir el pensamiento. Ni tu tocayo Faulkner, ja ja.