UN CLÁSICO QUE YA HA DELEITADO A TRES GENERACIONES por EKELEDUDU

Portada de MI FAMILIA Y OTROS ANIMALES
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En cierto año de la primera mitad del siglo pasado, la excéntrica familia Durrell, compuesta en ese entonces por Mamá Durrell y cuatro hijos, se establecía en la isla griega de Corfú buscando huir del clima londinense. Los vástagos en cuestión tenían aficiones muy disímiles: la literatura en el caso de Lawrence (Larry), las armas y los botes a vela en el de Leslie, la cosmética y la belleza en el de Margaret (Margo) y la zoología en el del benjamín, Gerald (Gerry), futuro autor del libro que nos ocupa. El último de los mentados no limita su pasión al ámbito de lo teórico. Muy por el contrario, es de esos chicos que calificaríamos de "bicheros", los que introducen en el hogar todo un jardín zoológico, desde un inofensivo caracol hasta un tigre dientes de sable, tan emocionado por el hallazgo de uno como por el del otro. Se sabe, en ese tipo de hogares nunca falta alguien que se horroriza ante todos y cada uno de los ejemplares de dicho jardín zoológico, a menudo desmayándose por igual ante el caracol y el dientes de sable, aunque por lo general la totalidad del núcleo familiar termina habituándose a este tipo de emociones fuertes más tarde o más temprano y luego son los visitantes no prevenidos quienes pasan a sufrir estos sobresaltos. Claro que no pocas veces uno mismo y su entorno son firmes candidatos a integrar la nómina de especies coleccionadas por del niño bichero, y quienes los observan sin duda sentirán por ellos tal vez más curiosidad que ante un tigre dientes de sable vivo o, por nombrar una especie más inofensiva, el babuino del zoo.

Durrell detalla en este libro, entonces, sus tempranos inicios de zoólogo en ciernes, describiendo minuciosamente algunos de los ejemplares de niño bichero. No nos referimos sólo, por supuesto, a las Gurracas, Alecko, Quasimodo, Ulises, Old Plop, Widdle y Puke y el resto de los especímenes que recolectó en Corfú, sino, para empezar, a los especímenes que lo acompañaron a la isla de marras: madre, hermanos y el perro Roger; y luego, a la fauna igualmente bípeda y humanoparlante propiamente corfiota: Spiro, Teodoro, Lugaretzia, etc. Lo hace en un estilo desopilante y rara vez visto que hacen que esta obra sea infaltable en toda biblioteca que se precie de tal. Con Durrell aprenderemos lo mismo apuntes de ciencias naturales que costumbres corfiotas y seremos testigos de la curiosa interacción que tiene lugar cuando el hábitat salvaje es introducido clandestinamente por un niño curioso al hábitat hogareño: ¿qué sucede, por ejemplo, cuando a algún incauto se le ocurre, para encender un cigarrillo, valerse precisamente de aquella cajita de fósforos que el sabandija ha llenado de crías de alacrán?

En el prólogo, Lawrence Durrell califica de "heroína" a la sufrida progenitora de aquellos cuatro jóvenes con los que tuvo que lidiar, acostumbrándose a las manías de uno y otro y bregando para mantener la paz entre ellos. El propio Lawrence, por aquel entonces ya escritor también él, supo tener instintos asesinos hacia Gerald cuando los huéspedes introducidos por éste en el hogar invadían su estudio, a veces poniéndolo de cabeza. Que haya tenido infinita paciencia y tan hábiles dotes de mediadora ameritan el calificativo que le dedica póstumamente su hijo mayor. Sí, fue una heroína... O, tal vez, la guardiana del zoológico...

Escrita hace 10 años · 0 votos · @EKELEDUDU le ha puesto un 10 ·

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