EL ILUMINADO por nikkus2008

Portada de SIDDHARTHA
El autor de esta reseña ha idicado que contiene spoiler, mostrar contenido.

Siddhartha ha sido para mi una brillante lección de simpleza y sinceridad por parte del autor, el cuál me ha brindado a lo largo de los años muchos agradables momentos.
El hecho de que Siddhartha no haya conseguido el estado de nirvana en dos días, escuchando a maestros, mediante la meditación o ascetismo, sino que ha podido encontrar lo que buscaba, al cabo de muchísimos años, en los que parecía haber fracasado por completo, es lo que realmente me gusta y aprecio de esta novela; aún en medio del fracaso, él seguía y seguía en su busqueda. Es muy importante la experiencia para el crecimiento de cualquier persona, y de esto se trata también el libro; muchas veces parece que uno ha fracasado en algo, luego de realizar cuantiosos sacrificios, y se deprime y cesa en su búsqueda perdiendo así su objetivo.
Luego de haber renunciado a compartir la vida con sus padres, a quiénes tristemente jamás volverá a ver; luego de haber practicado el ascetismo más riguroso, del ayuno, de las abstenciones, pasa a vivir una vida de lujuria, bebiendo, comiendo y disfrutando de la companía de una mujer. Y es que todo el que haya tenido la maravillosa experiencia de leer y entender a Hesse, sabrá muy bien que esta dualidad, la de la eleccion intelectual ante la vida del goce puro, de los placeres, es una suerte de un símbolo, de compendio de toda su obra.
Más tarde, Siddhartha ha sido para mi una brillante lección de simpleza y sinceridad por parte del autor, el cuál me ha brindado a lo largo de los años muchos agradables momentos.
El hecho de que Siddhartha no haya conseguido el estado de nirvana en dos días, escuchando a maestros, mediante la meditación o ascetismo, sino que ha podido encontrar lo que buscaba, al cabo de muchísimos años, en los que parecía haber fracasado por completo, es lo que realmente me gusta y aprecio de esta novela; aún en medio del fracaso, él seguía y seguía en su busqueda. Es muy importante la experiencia para el crecimiento de cualquier persona, y de esto se trata también el libro; muchas veces parece que uno ha fracasado en algo, luego de realizar cuantiosos sacrificios, y se deprime y cesa en su búsqueda perdiendo así su objetivo. Luego de haber renunciado a compartir la vida con sus padres, a quiénes tristemente jamá volverá a ver; luego de haber practicado el ascetismo más riguroso, del ayuno, de las abstenciones, pasa a vivir una vida de lujuria, bebiendo, comiendo y disfrutando de la companía de una mujer. Y es que todo el que haya tenido la maravillosa experiencia de leer y entender a Hesse, sabrá muy bien que esta dualidad es una suerte de un símbolo, de compendio de toda su obra.
Más tarde, Siddhartha abandona esa vida de placeres y luego de muchos años, ya en su vejez, se encuentra con un viejo amigo, compañero de peregrinaciones, y a aquién la vida los había separado algunas veces; trancribo aquí el glorioso final del libro:
"Siddhartha calló y le miró con su sonrisa tranquila. Govinda le miró fijamente a la cara, con angustia, con ansia. En sus ojos aparecía escrito el dolor y el eterno buscar, el eterno no encontrar. Siddhartha le miró y sonrió. -¡Inclínate sobre mi!-susurró al oído de Govinda-. ¡Inclínate más sobre mí! ¡Así, más cerca! ¡Muy cerca! ¡Bésame en la frente, Govinda! Pero mientras Govinda, admirado e impulsado, sin embargo, por un gran amor y los presentimientos, obedecía sus palabras, inclinándose sobre él y rozando su frente con los labios, le sucedió algo maravilloso. Mientras su pensamiento estaba ocupado todavía con las palabras prodigiosas de Siddhartha, mientras se esforzaba en vano y con cierta resistencia en pensar más allá del tiempo, en imaginarse el nirvana y el sansara como una sola cosa, mientras luchaban dentro de él cierto desprecio para las palabras del amigo con un inmenso amor y reverencia, sucedióle esto: Dejó de ver el rostro de su amigo Siddhartha, y en su lugar vio otros rostros, muchos, una larga serie, un caudaloso río de rostros, cientos, miles de ellos, que llegaban y pasaban, y sin embargo, todos parecían permanecer, aunque se renovaban y cambiaban continuamente, y todos eran Siddhartha. Vio el rostro de un pez, de una carpa, con las fauces dolorosamente distendidas; un pez moribundo, con los ojos quebrados; vio el rostro de un niño recién nacido, rojo y lleno de arrugas, predispuesto al llanto; vio el rostro de un asesino, al que vio clavar un cuchillo en el vientre de un hombre; vio en el mismo segundo a este criminal, arrodillado y cargado de cadenas, ofreciendo el cuello al verdugo, que le decapitó de un golpe de espada; vio los cuerpos desnudos de hombres y mujeres entregados a furiosas luchas de amor; vio cadáveres extendidos, quietos, fríos, vacíos; vio cabezas de animales, de cerdos, de cocodrilos, de elefantes, de toros, de pájaros; vio dioses, Krischnas, Agnis; vio todas estas figuras y rostros en mil relaciones entre ellas, ayudándose mutuamente, amándose, odiándose, destruyéndose, volviendo a nacer; cada una era un deseo de morir, un apasionado y doloroso testimonio de caducidad, y sin embargo, ninguno moría, solo se transformaba, volvía a nacer, recibía siempre un nuevo rostro, sin que mediara tiempo alguno entre uno y otro rostro, y todas estas figuras y rostros descansaban, fluían, se engendraban, flotaban y discurrían unos sobre otros, y sobre todo ello había contantemente algo sutil, incorpóreo, pero existente, como un fino cristal o hielo, como una piel transparente, una campana, forma o máscara de agua, y esta máscara sonreía, y esta máscara era el rostro sonriente de Siddhartha, que él, Govinda, en este mismo instante rozaba con los labios. Y de esta forma, Govinda vio esta sonrisa de la máscara, esta sonrisa de la unidad sobre las figuras que pasaban, esta sonrisa de la simultaneidad sobre los mil nacimientos y muertes; esta sonrisa tranquila, fina, impenetrable, quizá bondadosa, quizá burlesca, sabia, múltiple, de Gotama, el Buda, como él mismo la había visto cien veces con reverencia. Así sonreían los que habían alcanzado la perfección, como él bien sabía. No sabiendo ya el tiempo que había transcurrido, si aquella visión había durado un segundo o cientos de años, no sabiendo si aquello era propio de Siddhartha o de Gotama, o del yo y tú; herido en lo más íntimo como por una saeta divina, cuya punzada sabía dulce; íntimamente encantado y redimido, Govinda permaneció todavía un momento inclinado sobre el rostro de Siddhartha, que acababa de besar, que acababa de ser escenario de todas las figuras, de todo ser y existir. El rostro estaba inmutable; después de haberse vuelto a cerrar bajo la superficie la profundidad de las mil arrugas, sonreía tranquilo, sonreía suave y delicadamente, quizá muy bondadoso, quizá muy burlesco, exactamente como había sonreído el sublime. Govinda se inclinó profundamente, corrieron las lágrimas, de las que no se dio cuenta, por su viejo rostro; como un fuego ardió el sentimiento del más íntimo amor, de la más humilde veneración, en su corazón. Se inclinó profundamente hasta tierra, ante el sedente inmóvil, cuya sonrisa le recordaba todo lo que había amado en la vida, lo que en su vida había sido de valor y santo."

SIDDHARTHA es una gran obra, de las más influyentes e importantes dentro de la gruesa producción de Hermann Hesse. El párrafo que elegí copiar, creo que es una muestra cabal de la prosa compleja, soberbia de el gran escritor alemán.

Escrita hace 10 años · 3.5 puntos con 2 votos · @nikkus2008 le ha puesto un 9 ·

Comentarios

@nikkus2008 hace 10 años

He repetido, al copiar para no perder lo escrito, algunas partes, pido disculpas por el error.