FÁCIL PARANOIA por Tharl

Portada de LA SUBASTA DEL LOTE 49

Lo más desconcertante de “La subasta del lote 49” es su fácil lectura. Una narración lineal, un único punto de vista -el de Edipa Mass-, una trama policiaca al uso -la investigación del Tristero o Trystero-, una escritura llana y poco enrevesada.

Insisto, la narración es sencilla. Es cierto que hay vaivenes en la narración lineal, que la línea se descubre un círculo que termina en sus comienzos: el título, que se adelantan acontecimientos y restructuran sucesos; que Pynchon es un juguetón y la causalidad de los hechos, que la hay y es clara, se constituye de adverbios de modo, coincidencias constantes y los matices de los pasos en falso tan propios de las especulaciones o las paranoias; que se narra desde una distancia coqueta cargada de ironía, que el lector puede así separarse de su Rapunzel y hacerse ciertas preguntas y no soltar la sonrisa; que Pynchon tiene auténtica pasión por las enumeraciones subordinadas; que abundan relatos dentro de otros relatos, signos que parecen apuntar a todas partes y a ninguna y que la intriga es tan amplia como el mundo; es cierto. Pero largas confesiones y testimonios dentro del relato, pruebas falsas, señales a la periferia de la intriga central para señalar a las más intocables estructuras de poder y enrevesadas intrigas pertenecen al género desde antes aun de la llegada de su maestro, Borges. Tal vez Pynchon haya hipertrofiado estas características, pero no es nada que cualquier lector del género no pueda seguir sin dificultades. Y ya se sabe que en este género, la investigación puede ser lo de menos, que lo importante hay que interpretarlo.

El bueno de Pynchon, además, no tiene ninguna gana de perder al lector de la paranoia (o no) de Edipa. A través de la heroína se nos ofrecen recapitulaciones de los datos principales, resúmenes de las investigaciones, conclusiones y hasta posibles interpretaciones que no necesitaría un lector paranoico armado de lápiz, papel y ficheros de personajes, instituciones, referencias históricas y culturales, símbolos, metáforas, conceptos, fechas y esquemas donde cuadrar el círculo de estas relaciones. (Tal vez sea el paranoico el lector ideal de Pynchon). Sin embargo, Pynchon es generoso y lo pone fácil, y de paso a través de Edipa asienta en el relato y en la lectura lo que en su origen era sólo una suposición. Incluso enumera las posibles conclusiones finales:

“O te has dado de narices, sin necesidad de tomar LSD ni otros alcaloides del indol [alcaloides de otra índole, en una traducción sensata del original], con un delirio condensado y pletórico de detalles; con una red que una cantidad indeterminada de norteamericanos utiliza para comunicarse en serio mientras guarda sus mentiras, sus monsergas cotidianas y su patente pobreza de espíritu para el correo oficial; puede que incluso con una auténtica alternativa a la falta de salidas, a esa vida carente de sorpresas que tortura a todos los norteamericanos que conoces, incluida tú, querida. O se trata de una alucinación. O de una intriga contra ti, una intriga complicadísima” de un antiguo amante muerto, de nombre Inverarity, con fin de mortificarla cínicamente y sin consecuencias o de descubrirla la intriga de un Tristero o Trystero real o “puede que hubiera querido sobrevivir a la muerte; bajo la forma de paranoia; bajo la forma de intriga total contra una persona a la que amaba. ¿Habría acabado una perversidad de aquel jaez por intensificarse demasiado para que la muerte la neutralizase, habría acabado por urdirse una intriga demasiado compleja para que el Ángel tenebroso la abarcara de un solo manotazo? ¿En su sosa cabeza de vicepresidente, entre todas las posibilidades que cabían? ¿Había aparecido algo en virtud de lo cual había conseguido Inverarity derrotar a la muerte?”

El hilo de la paranoia siempre es claro. Otra cosa es que uno quiera salirse de ella.

La insalvable dificultad de “La subasta del lote 49” es interpretativa. ¿Qué sentido tiene toda esta locura? Dar sentido es reunir toda la diversidad en una unidad coherente. Así, la búsqueda de un sentido unívoco tiene algo de empresa totalitaria. Apropiarse de lo absoluto, alcanzar la totalidad en una existencia o una lectura necesariamente finita. Una revelación de carácter comunicativo que a veces se siente en San Narciso pero nunca llega.

Lo van a pasar mal los lectores enfermos de mensaje. Uno puede enloquecer tratando de leer “La subasta del lote 49” como un alegoría -un relato que quiere decir siempre otra cosa de la dicha-, incluso entendiéndola como una alegoría con final abierto. Tiene, eso sí, entre lo que elegir: cadáveres en lagos, dies irae y señales pentecostales, interpretaciones políticas, históricas, metaficcionales. Primero fue Kafka. Escribía parábolas sin mensaje, abiertas a la interpretación siempre arbitraria y necesariamente forzada del lector. El posmoderno Pynchon va más allá. No se trata de dejar el sentido abierto a las interpretaciones, sino de volver ininterpretable el texto. Como en el cuadro de Mercedes Varó, cuando la trama es el mundo, el sentido es imposible o, al menos, una paranoia.

Puede ser irritante o mortalmente divertido, pero tratad de dar un sentido a nuestro mundo. Es posible: OVNIS, reptilianos, élites, masones y otras organizaciones clandestinas, agencias secretas y servicios de inteligencia y cuántas sombras detrás de la cortina. No son tramas muy distintas a la descubierta por Edipa y, me temo, las opciones son las mismas. Lo preocupante es tener que pasar por la paranoia para tratar de reincorporarse y reapropiarse el mundo, si es que aún es posible. Y no olvidemos todo lo que Edipa pierde por el camino.

Escrita hace 5 años · 5 puntos con 2 votos · @Tharl le ha puesto un 9 ·

Comentarios

@Tharl hace 5 años

Hay que leer a Pynchon aunque sólo sea por párrafos como éste.

Según se comprobó más tarde, habría descubrimientos para todos los gustos. No precisamente sobre Pierce Inverarity o sobre Edipa Maas; sino sobre lo que faltaba, pero que, en cierto modo, antes de aquello, había quedado al margen. Dominaba en conjunto un no sé qué de amortiguamiento, de aislamiento, la misma Edipa había comprobado que faltaba allí cierto sentido de la definición, como cuando se ve una película un tanto desenfocada que el operador no acaba de ajustar. Y que la había llevado amablemente de la mano a interpretar el extraño papel rapunzeliano de muchacha pensativa mágicamente prisionera, hasta cierto punto, entre los pinos y nieblas saladas de Kinneret, en busca de alguien que le dijera: vamos, suéltate el pelo. Como resultó que se trataba de Pierce, ella se había quitado las horquillas y los rulos con alegría, y la cabellera se había desplomado cual murmurante y exquisita cascada, pero cuando Pierce había escalado más o menos la mitad, la cabellera encantadora se transformó, mediante infausto sortilegio, en una gigantesca peluca sin elásticos, y él se dio una culada de miedo. No obstante, intrépido como era, y sirviéndose tal vez de una de sus muchas tarjetas de crédito a modo de palanqueta, había forzado la cerradura de la puerta de la edípica torre y subido los conquiformes peldaños, cosa que, de haber tenido un poco más de picardía natural, habría hecho desde el principio. Pero nada de cuanto había sucedido entonces entre ellos había salido jamás de los muros de la torre. En Ciudad de México, sin darse cuenta, habían acabado por entrar en una exposición de cuadros de la guapa española exiliada Remedios Varo; en el panel central de un tríptico titulado Bordando el manto terrestre había una serie de niñas delgaduchas con cara de corazón, ojos grandes, cabellera de oro en rama, encerradas en el habitáculo superior de una torre circular, bordando una especie de tapiz que se salía por las troneras y caía al vacío, tratando inútilmente de llenarlo: pues los demás edificios y criaturas, olas, barcos y bosques de la Tierra estaban dentro del tapiz y el tapiz era el mundo. Edipa, con morbo, se había detenido ante el cuadro y se había echado a llorar. Nadie se había dado cuenta; llevaba gafas semiesféricas de color verde oscuro. Durante un instante se había preguntado si la goma que las ajustaba alrededor de las cuencas estaría lo bastante prieta para dejar que fluyesen las lágrimas y llenaran los cristales semiesféricos sin secarse nunca. De este modo podría llevar eternamente consigo la tristeza del momento, ver el mundo refractado por las lágrimas, por aquellas lágrimas concretas, como si indicaciones no descubiertas aún variasen significativamente entre un llanto y otro. Se había mirado los pies y sabido entonces, gracias a un cuadro, que el punto en que aquéllos se apoyaban se había tejido apenas a tres mil kilómetros de distancia, en su propia torre, que por pura casualidad se llamaba México, y que Pierce, en consecuencia, no la había sacado de ninguna parte, que no había habido huida. ¿De qué deseaba tanto huir? Una doncella cautiva de esta índole, con tiempo de sobra para pensar, advierte muy pronto que la torre, su altitud y formas arquitectónicas son como el ser de la doncella casualidad pura: y que lo que en realidad la mantiene donde está es la magia, sin nombre, perversa, que le cayó encima desde el exterior y sin el menor motivo. Al no tener más instrumental que miedo instintivo y astucia femenina para analizar esta magia sin forma, para comprender su funcionamiento, medir su radio de acción, contar sus líneas de fuerza, puede caer en la superstición, o adoptar una distracción aprovechable como el arte de la aguja, o volverse loca, o casarse con un pinchadiscos. Si la torre está en todas partes y el caballero libertador es impotente frente a su magia, ¿qué más puede hacerse?

@Volsung hace 5 años

10? Jojo. El capitulo en el motel, mirando la pelicula del submarino al reves, el grupo de musica... Esa parte no te aburrio? Y la obra de teatro? Y cuando van a charlar con el experto q esta reunido con otros bihemios y hay cervezas en el césped...? Fuuuf, muchos momentos carentes de interes mas allá del componente técnico.

@Tharl hace 5 años

No hagas mucho caso a esos glifos, que sigo sin descifrar su contenido. Primero creo que puse ocho estrellas rojas (un “8”); luego releí el párrafo que copié y pensé que por sí mismo justificaba el resto. Por alguna extraña asociación, esta historia del Tristero o Trystero me merecía todas las estrellas socialistas.

En realidad los pasajes que citas los leí entre sonrisas y una búsqueda obsesiva de significados y sentido. Técnica aparte, me lo he pasado bien. Y siento verdadera ternura por Edipa.