PERVERSIDAD por Guille

Portada de EL PADRE

Tres novelas reunidas en uno solo volumen. Sin dudarlo me quedo con la primera, fascinante.

“Solo no tener dinero es de peor gusto que hablar de él, con la gloriosa excepción de la de ser aburrido (…) El éxito de un comentario inteligente compensa sobradamente la molestia de perder un amigo (...) Nada supera el éxtasis que proporciona la sensación de poder sobre cosas y personas (…) La amoralidad es como un buen traje, no sienta bien a cualquiera.”

Después de la enésima sonrisa que se nos escapa ante los despiadados comentarios y aforismos que esta novela atesora, cómo no comprender la fascinación que pueden despertar en algunas personas un snob hijo de la gran p... como David (el padre), aunque sean desagradables bobalicones como Nicholas o trepas siempre dispuestos a su poquito de humillación como Víctor. Sin embargo, qué ganas de estrujarle esos dedos atrofiados de la mano y obligarle a ponerse de rodillas sobre todos aquellos higos podridos hasta pedirnos clemencia. Y es que ni el saberle dentro de la siempre prestigiosa liga de los perdedores nos inclina a sentir misericordia. Tampoco nos mueve a compadecernos el sufrimiento interno y externo que preside todo su día a día, día tras día, sea despierto o dormido; y ello aunque sepamos que él es más consciente que nadie de ser el único causante de ese sufrimiento.

Y es que la novela tiene mucho morbo: pedofilia, alcoholismo, drogadicción, adulterio, violación, crueldad gratuita, sumisión, maternidad culpable (compensada con una caridad ONGística)... Pero la novela está lejos de tener como principal atractivo ese morbo. Nada de esto serviría si no estuviera contado con elegancia, con un afilado cinismo, con un agudo humor, con una maestría incuestionable en la puesta en escena de episodios desagradables, y sin faltar las inteligentes lucubraciones filosóficas.

Una de ellas, clave creo yo para entender algo del desenlace de la tercera novela, es la conversación acerca de una propuesta de Locke. A saber, que una persona que olvida sus acciones es una persona diferente de aquella que las realizó y, por tanto, no merece castigo alguno. Hipótesis cuestionada por el padre con el argumento de que justamente son los que olvidan los que merecen el castigo porque los que lo recuerdan ya están suficientemente castigados.

En la segunda novela asistimos a la vida a la que David, el padre, ha empujado a Patrick, el hijo, y, aunque su desesperación está fantásticamente retratada y a pesar de que en ningún momento me aburrí con el relato, debo reconocer que me gusta más el proceso que lleva al fondo del pozo que el fondo mismo.

Por último, en la tercera novela volvemos a ser espectadores de ese magnífico buen hacer del autor a la hora de escribir comedia social. Como en la primera parte, vuelven a proliferar los inteligentes y sarcásticos aforismos que describen a ese último reducto del marxismo que es la aristocracia y muy especialmente la aristocracia británica (como nos comenta Edward, son los únicos que siguen creyendo que la clase a la que se pertenece lo explica todo). También abundan los ejemplos de la habilidad que tiene el autor para definir personajes con su propio diálogo o con esas frases elegantes, crudas y memorables que denotan la mucha sapiencia que St. Aubyn tiene de ese mundillo.

No obstante, no termina de convencerme el desarrollo del personaje principal en esta tercera parte. No está, según mi criterio, muy bien pautada la evolución de Patrick ni su lucha interior.

Escrita hace 6 años · 5 puntos con 2 votos · @Guille le ha puesto un 7 ·

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