LA LLAMADA DE LA NATURALEZA por sedacala

Portada de RELATOS DE LOS MARES DEL SUR

Jack London escribió una novela sobre el instinto animal de un perro y la tituló “La llamada de la naturaleza”, frase perfecta para sintetizar el sentimiento y la manera de afrontar la vida de los adeptos a estos “Relatos de los mares del Sur”.
Cualquier libro de narraciones cortas, y temática dispar es de difícil reseña, pero aquí hay dos aspectos que facilitan la tarea: uno, el medio geográfico en que se ubican los relatos, que determina unívocamente su carácter aventurero; y dos, el perfil de sus lectores: fijado el carácter exótico y, por tanto, aventurero de las tramas, éstas determinan subsidiariamente los señuelos que mueven a sus lectores más entregados, si hablamos de esos señuelos, les definiremos con precisión.
Koolau el leproso, Las terribles Salomón, En la estera de Makaloa, El diente de ballena…, títulos que trasladan a espléndidos territorios, de extrañas culturas y clima voluptuoso y voluble; su lectura exalta la imaginación de los amantes de lo desconocido, de lo remoto, de aquellos que creen escuchar la llamada de la naturaleza. London escribe con frases concisas, tajantes y directas, véase si no el ejemplo: “––Nos privan de la libertad porque estamos enfermos. Hemos acatado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, nos encierran en una prisión. Molokai es una cárcel. Vosotros lo sabéis––“. Su manera de escribir es, como se puede apreciar, ágil, enérgica y muy asimilable.
Los relatos suelen atenerse a un esquema que podría ser el siguiente: tras una pequeña introducción, se oye la voz cálida de un hombre maduro que, con la autoridad y el buen juicio que concede la edad, cuenta su historia en la playa y ante la hoguera, a una audiencia variopinta, indolente, y ávida de aventuras. El lector siente que su cuerpo y su mente son trasportados a aquel entorno, lejano y exótico, para, una vez allí, incorporarse al círculo de oyentes y comportarse como si acabara de desembarcar en la playa, como si detectase ya el olor y la humedad del mar, como si, cautivado él también por el embrujo del momento, escuchase las cálidas palabras del narrador que cuenta su historia. Este podría ser el comienzo de cualquiera de estas crónicas, navegando bajo la toldilla por mares tropicales, o varados en remotas playas, en las que encorvados cocoteros mojan el extremo de sus hojas en el agua, con un trasfondo de exuberantes montañas, y con la laguna azul turquesa, donde las olas se amansan tras romper contra los arrecifes de coral; por allí andan también los nativos obligados a padecer de todo, la altivez del hombre blanco, la codicia de las compañías coloniales, el inevitable racismo, y la degradación de una naturaleza que ellos, en su inocencia, creían salvaje e inmutable; y cómo no, por allí está también el blanco, con sus ambiciones, con sus miedos, infinitamente lejos de todas partes…, pero muy cerca de unos tipos que mantienen sus hábitos antropofágicos, que son absolutamente reacios a asimilar su cultura y que no se resignan a abandonar el patrón ancestral de convivencia que les mantiene en continuo estado de guerra con las islas vecinas. La alternancia y la fusión entre elementos seductores y terribles, crea la sensación de vivir inmerso en una amalgama alucinante y espesa, en una pesadilla de contrastes, en la que la belleza esplendorosa, se mezcla con la negra expectativa de perder la vida en cualquier momento. Posiblemente, el factor desequilibrante que impone lo atractivo sobre lo temible, sea la satisfacción que, personaje y lector (subsidiariamente éste), sienten al disponer de una de las prerrogativas supremas del ser humano: la libertad de acción y movimiento, privilegio que algunos disfrutan en aquellos remotos parajes, como muy pocos se podrían permitir en cualquier otro lugar del mundo.
La acción se sitúa en la parte del océano Pacifico en la que los archipiélagos son más numerosos. Es una zona extensísima que abarca, desde Papúa-Nueva Guinea y el continente australiano por su flanco oeste, hasta la Polinesia francesa por el este, y desde Hawái, al norte del ecuador, hasta los aproximadamente treinta grados de latitud sur, en un área irregular, de unos seis mil kilómetros de diámetro, que puede representar una cuarta parte de la superficie total del océano Pacífico. Selva, playa y mar, son los escenarios comunes a todos los relatos; libertad y riesgo, los ingredientes principales; la relación entre unos y otros es patente. ¿Acaso no es el mar uno de los ámbitos físicos donde la libertad y el riesgo pueden adquirir mayores proporciones? El mar, inmenso territorio líquido de superficie ondulante, es, fuera de las zonas polares, un espacio sin barreras, carente, como lugar por el que desplazarse, de la opresiva limitación que imponen en tierra, carreteras, ríos, caminos, o ciudades, que obligan al viajero a mantenerse dentro de sus límites. Muchos occidentales sienten hoy, y sentían también en época de London, lo que podríamos denominar: “la llamada de la naturaleza”, es decir, un impulsivo deseo de entrar en contacto con montañas, desiertos, selvas, o cualquier otro espacio virginal u hostil. El mayor de todos esos territorios, y el único que le quedará al ser humano cuando los demás se agoten o sean casi inaccesibles, es el mar. Al hombre siempre le quedará el mar, como París, a Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Su único inconveniente es que, para aquellos que oyen la “llamada de la naturaleza” y miran al mar con el corazón en vez de con los ojos, sus múltiples peligros se vuelven invisibles. El mar atrae y hechiza la voluntad del hombre, es como si las olas entonasen un súbito canto de sirenas que le llama y le dice: ¡ven, y observa, y disfruta de lo que ves!, y se lo dice mostrando el señuelo incitante de la libertad: ¡ve por donde tú quieras, elige el rumbo que desees, o el pantalán, o el muelle donde quieras atracar; ve en busca del enclave solitario y paradisíaco en el que fondear, y pesca, bucea, báñate o, simplemente, descansa!. Todo eso y mucho más, le dice el mar al que se siente llamado por la naturaleza. Pero en esta vida, nada hay que sea tan maravilloso y que no tenga contrapartidas; y el mar tiene las suyas: paradójicamente, la propia naturaleza, que nos engatusa con su llamada, puede despertar, hasta extremos increíbles, sus temibles fuerzas dormidas, en el momento más inesperado.
En los años de transición entre el siglo XIX y el XX, tiempo en el que se sitúan los relatos, las islas del Pacífico tienen una administración colonial rudimentaria; los nativos se resisten contumaces a respetarla, a adoptar las religiones de los blancos, y a abandonar sus tradicionales prácticas caníbales. Esto espanta a muchos europeos, pero atrae a otros, especialmente a hombres desequilibrados, ambiciosos, crueles y agresivos, para los que las aventuras y las riquezas son como un imán irresistible ante el que no se doblegan. Integran en su conjunto un atajo de aprovechados, borrachos, haraganes…, gentuza, en definitiva, que vive en permanente riesgo de matarse entre sí, o de ser zampados por los indígenas. Esto no parece importarles demasiado si, a cambio, disfrutan de la sensualidad del clima, del abuso del alcohol, de pisotear a los indígenas, o de vivir como auténticos reyezuelos. Así que, las islas del Pacífico Sur, como los territorios del Oeste de los Estados Unidos, como Alaska en la fiebre del oro, o como los últimos veleros que surcaban los océanos, son algunos de esos espacios físicos de extremada dureza, a los que London viaja personalmente para documentar sus novelas. En ellas acción y aventura son constantes, y sus protagonistas, no son simples aventureros, sino al contrario, son individuos retorcidos, complejos y temperamentales que convierten sus relatos en historias repletas de pasiones que no se limitan a entretener —que también lo hacen— sino que, además, calan en el lector y le mueven a reflexionar, y su texto atrapa y lleva a buscar con avidez el desenlace, independientemente de la afinidad previa que se pueda tener con el género de aventuras. Mi favorito es “Las perlas de Parlay”, un ejemplo prototípico del lugar en el que ocurren los relatos y del estilo de sus protagonistas. Es la historia de la tripulación de un barco que vive su aventura, narrada con gran plasticidad y fuerza, al paso del huracán por la laguna de la isla atolón en la que están fondeados; en mi opinión, es uno de los más representativos de la magia que destila esta colección de relatos de Jack London.
Concluyo pues, mi anunciada aproximación a la personalidad de los más exitosos lectores de este libro, aventurando que estos relatos entusiasmarán a los aficionados a una serie de actividades que, a continuación, enumero aleatoriamente. A saber: la geografía, los libros de viajes, los relatos de grandes viajeros, la navegación por Google Earth, la fotografía, el senderismo, la navegación a vela, las carreras de fondo, viajar al fin del mundo sin llevar reserva de hotel, el contacto con la naturaleza, la acampada libre, la natación, comprar cosas en Decathlon, el buceo, los deportes de riesgo, ignorar lo que vas a hacer mañana, la cartografía, el triatlón, en fin, qué sé yo, éstas y muchas otras cosas parecidas, que configuran una determinada actitud ante la vida, propia de tipos especialmente activos e inquietos. Yo creo que, dándose por asumidos unos cuantos de esos motivos previos, los relatos que componen este libro le gustarán al que se anime a leerlos. Y lo dice alguien que, con carácter general, no gusta de leer cuentos, ni relatos, ni ningún escrito que sea de pequeña extensión.

Escrita hace 6 años · 4.8 puntos con 6 votos · @sedacala le ha puesto un 8 ·

Comentarios

@Volsung hace 6 años

El inevitable hombre blanco me pareció una alegoría muy buena en su momento. Eso de tener dos rifles para cuando uno se recalienta... Coincido contigo con lo de Las perlas de parlay, me parece muy buen cuento

@Tharl hace 6 años

Tengo por aquí un volumen de cuentos de London. Tras leer tu reseña, o los leo o me embarco a la mar. No hay otra alternativa. Leámoslos pues.

@Hamlet hace 6 años

Excelente y atinada reseña, Sedacala. La verdad es que un goze leerlas, mas aun cuando se ha leido el libro y eso permite apreciar aun mas tus apreciaciones.
Ya sabes que compartimos, entre otras cosas y autores, la admiracion por London.
Por cierto, que he visto un comic sobre su "Lobo de Mar" que por lo que he podido ver a nivel grafico es estupendo y me da la sensacion que fiel a la novela, asumiendo todo lo que lleva una adaptacion y mas de una novela con aspectos tan introspectivos como ella.

Un saludo!! ...y tengo bien presente que aun tengo pendiente ese Ivanhoe que tanto me has recomendado!!