EL SILENCIERO. MENOS ES MUCHO MÁS QUE MÁS por Guille

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“Anoche ha venido el gran gato gris de mi Infancia.
Le he contado que me hostilizaba el ruido.
Él ha puesto en mí, lenta e intensamente, su mirada animal y compañera.”

Hace poco hablé de Zama como una de las enormes sorpresas que la literatura me había deparado este año (junto a Simenon y Munro), ahora le toca a El silenciero, segunda novela de las tres que El Aleph publica en su tomo subtitulado Trilogía de la Espera.

Superado el factor sorpresa, le sustituye la gratificante confirmación del placer que me supone leer a este autor. El lenguaje ha cambiado, ya no estamos en la América colonial sino en los años 50 "o su después", pero el estilo permanece y el paralelismo temático también es claro. Estoy, por tanto, muy de acuerdo con Saer en la unidad que conforman estas dos obras. No tardaré mucho en comprobar si cantamos bingo con la tercera del volumen.

El estilo peculiar que encontramos en Zama, sin semejanza con nada de lo que había leído con anterioridad, está aun más depurado en esta obra: frases cortas que terminan en punto y aparte, lacónicas, esqueléticas, tanto que dan una impresión de burocracia, de discurso administrativo, técnico y que, en un arte de birlibirloque, consigue transmitir admirablemente las sensaciones de angustia, de dolor, de amor, de ternura. Con un extraño lirismo nos narra escenas también esquemáticas que en ocasiones se unen sin transición (será en homenaje al silenciero que el silencio solo pueda romperse con lo esencial).

“La dimensión de la llanura invita a desoír la ciencia y atenerse a la engañosa evidencia de la que Tierra es una vasta superficie plana.

Sobre uno de sus bordes, el sol parece tolerar la lentitud del auto que nos lleva, y decirnos: sin prisa. No me descolgaré todavía, les daré mi luz para que lleguen.

Por entretenerse durante la demora, juega a pintarse de rojo y desparrama pintura alrededor y hasta muy lejos.

El pueblo, de ladrillos colorados y mallas de alambre como cierre, se deja penetrar - por el autito -, sin perturbarse.”

En Zama era la situación de demora de la vida, de la eterna espera de aquello que no acaba de llegar y que entorpece vivir. En este caso, es el ruido lo que impide a nuestro protagonista ser el que debe ser. Da igual, en ambos es el hombre que, incapaz de manejar su vida, inventa obstáculos insalvables, construye molinos de viento que le sirvan de excusa y a los que se enfrenta impotente. Esa excusa acaba por llenar su vida vaciándola (hay otra lucha, otro personaje, quizás demente, seguramente demente, que actúa y pierde, que persigue y no encuentra; no hay escapatoria para Benedetto si es lo que te ha tocado).

“¿cómo pueden ignorar lo esencial, que el error se halla incorporado a la raíz del hombre?”

La primera parte me gustó incluso más que Zama; la segunda, donde se nos narra el desvarío, la espiral de desmoronamiento, menos; el conjunto, ligeramente menos.

"La noche fue silencio. Precedió el silencio a la creación. Silencio era lo increado y nosotros los creados venimos del silencio. De silencio fuimos y al polvo del silencio volveremos. Alguien pide: que pueda yo recuperar la paz de las antiguas noches y se le concede un silencio vasto, serenísimo, sin bordes. El precio es su vida."

Escrita hace 7 años · 0 votos · @Guille no lo ha votado ·

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