CIVILIZACIÓN Y BARBARIE por EKELEDUDU

Portada de DE CÓMO LOS IRLANDESES SALVARON LA CIVILIZACIÓN

Teniendo en cuenta el título de este libro, es inevitable echar un vistazo a la realidad mundial actual, plagada de desigualdades sociales, índices de criminalidad en constante alza, carreras armamentísticas cada vez más aceleradas y otros detalles, y preguntarse luego dónde diablos escondieron los irlandeses esa civilización que, teóricamente, salvaron, o qué rayos hicieron luego con ella. Ya que francamente, si esto es civilización, ¡cómo será la barbarie!... No obstante, a lo que se refiere Thomas Cahill cuando nos dice que los irlandeses salvaron la civilización, es a otra cosa: las invasiones bárbaras y la caída del Imperio Romano de Occidente produjeron un alarmante retroceso cultural en Europa occidental; e Irlanda no sólo se mantuvo al margen del desastre, sino que sirvió como bastión preservador de la cultura primero, y como nuevo foco de propagación de la misma después.

Me preguntaba, al empezar a leer el libro, si Cahill no estaría exagerando. Tras leer su argumentación, personalmente creo que no lo hace. Si no los irlandeses, tal vez otros habrían preservado la cultura o parte de ella, pero el hecho es que lo hicieron ellos. Cahill inicia su argumentación explicando la progresiva cristianización de Irlanda a partir de San Patricio y otros misioneros, cristianización que no adoptó el cariz violento como en el resto de Europa, donde a menudo la conversión a punta de espada fue la norma. Allí, entre cristianos y paganos, pareció simplemente tener lugar cierta fusión o intercambio. Consecuentemente, el cristianismo se desarrolló de una forma que, para Roma, resultaba, o habría resultado (pocas noticias tuvo de ello, en realidad) espeluznante. Había mujeres abadesas, cierta permisividad sexual y curas más cercanos al Don Camilo de Guareschi, que a cualquier rígido, ortodoxo y cerrado sacerdote tradicional. Ese clima tolerante permitió asimismo supervivencias paganas como la festividad que hoy conocemos bajo el nombre de Halloween.

A esa Irlanda emigraron, cuando la caída del Imperio Romano de Occidente, eruditos de distintos puntos de Europa, llevando consigo sus conocimientos, en particular el alfabeto (que vino a reemplazar al oghámico) y distintos idiomas. Los irlandeses (que se describen de una manera que inspira a la vez simpatía e hilaridad, y que, por cierto, deben ser un pueblo muy, muy peculiar) se apasionaron lo mismo con la escritura, que les permitió preservar los antiguos mitos paganos, que con las nuevas lenguas venidas de tan lejos. Esa pasión por la cultura asombra sobre todo cuando uno la compara con la renuencia de los escolares actuales. Fruto de tan intenso interés cultural serían, por un lado, maravillas gestadas en la propia Irlanda como el bellísimo Libro de Kells; pero además, y esto ya es menos conocido (o por lo menos yo no tenía la menor idea) muchos religiosos irlandeses pasaron al continente, convirtiéndose a su vez en nuevos gérmenes difusores de cultura. Es el caso de San Columbanus y de los monjes que lo seguían, quienes fundaron un asombroso número de monasterios donde, merced a pacientes y laboriosos copistas, se preservó el saber de Europa. Es todo un dato que una de esas abadías sea la de Bobbio, escenario de la novela EL NOMBRE DE LA ROSA, de Umberto Eco, en la que justamente se hace hincapié en que era famosa por los muchos libros que contenía. Eso da una idea de la deuda que nuestra actual civilización (debemos resignarnos a llamarla así) guarda hacia Irlanda. Lamentablemente, el papel desempeñado por Irlanda como propagadora de cultura concluyó con las invasiones vikingas. Los vikingos tenían algunos rasgos admirables, pero en este libro, aunque Cahill no los presente bajo rasgos especialmente odiosos, francamente lo parecen; su irrupción a lo bruto indigna al lector.

Quizás en lo que no estoy de acuerdo es en responsabilizar en exclusiva a los invasores bárbaros por la decadencia cultural en que se sumió Europa tras la caída del Imperio Romano de Occidente. La verdad es que por ese entonces el cristianismo tradicional no valoraba la cultura por la cultura en sí misma, y así es como se perdieron valiosas obras de autores paganos o heréticos. Tampoco es cuestión de ser exageradamente severos con la Iglesia, porque en otro rubro, la ingeniería mecánica, los romanos paganos sólo tomaron de la cultura griega lo que les interesaba, la maquinaria militar, demostrando un estúpido desdén por otros avances científicos que cayeron en el olvido, según leemos en Roma y los bárbaros: Una historia alternativa, de Jones y Ereira, que ya hemos comentado. Así solemos ser los humanos, por desgracia: sólo lo nuestro o lo que nos interesa es válñido, lo del otro no sirve. Mayor mérito para los antiguos irlandeses, que al respecto demostraron ser más abiertos y sensatos.

Para terminar, no puedo menos que manifestar mi extrañeza ante la grafía BAAL referida a cierta deidad celta, porque sólo conozco por ese nombre a un dios fenicio, mientras que el nombre de la divinidad celta siempre lo leí como Bel, Belenos, Beli y otras formas similares. También es cierto que en algún documental emitido, creo, por HISTORY CHANNEL, se intentaba vincular al dios celta con el fenicio, pero la impresión que me dio es que al documentalista le duraban todavía los efectos de la festichola de la noche anterior.

Escrita hace 7 años · 5 puntos con 1 voto · @EKELEDUDU le ha puesto un 9 ·

Comentarios