LA LIBERTAD Y LA VIDA NO VIVIDA por Tharl

Portada de CUENTOS IMPRESCINDIBLES

Me costó lanzarme a escribir sobre Chéjov. No por falta de ganas, pues sigue ocupando mi mente y paladar tras haber acabado la colección de cuentos de Alianza; sino por lo difícil de aferrar la magia de sus cuentos. Chéjov, como sus historias, no necesita explicaciones; como sus personajes, debe presentarse directamente. A Chéjov, como a sus cuentos, hay que vivirlo.

Sus cuentos son sencillísimos, sobre temas e historias aparentemente banales, pero dejan un poso insondable: un clima delicado y sombríamente reflexivo. Probablemente quien mejor definió esta evasiva sensación fue Gorki al afirmar que <<En presencia de Chéjov todos sentían un deseo inconsciente de ser más sencillos, más sinceros, más ellos mismos>>.

Coincido con Harold Bloom cuando llama a Chéjov el artista de la vida no vivida. La vida no vivida es una verdad que, en cierto momento, de forma sutil, como la influencia de la naturaleza en nuestro ánimo, impregnará tus huesos y te hará desesperar. Pero el genio lúgubre insiste: la vida es hermosa, y hemos de estar alegres, aun con esta dulce tristeza. Sé que es ingenuo y que Chéjov solo es un hombre más como nosotros, igual de perdido y desorientado, pero al leerlo tengo la sensación de que en sus cuentos está la respuesta y el consuelo a la indolente y banal infelicidad de la vida. Si este ingenuo engaño es posible es porque Chéjov ha logrado con su compleja sencillez lo que solo está reservado a los más grandes: crear seres humanos e historias que transciendan por completo a su creador. Al leer sus mejores cuentos no leemos a Chéjov, por eso es tan difícil explicarlo; al leerlos nos leemos a nosotros mismos, y estamos un poco más cerca de comprendernos. Leer a Chéjov nos reconcilia con la humanidad (siempre en minúscula) y con nosotros mismos.

Pero Chéjov también es el artista de la libertad. Solo que no entiende la libertad de forma grandilocuente, con mayúscula. La libertad de que habla Chéjov es una libertad personal, existencial: la autoría de la propia vida. Esta ansia crepuscular de libertad o el descubrimiento de que vivimos sin ella, que caímos en las trampas de la indolencia, es el gran leitmotiv de su literatura. Por eso no podemos separar la ética de la sencilla estética chejoviana, una hace a la otra. Solo que mi buen Antón es lo suficientemente sabio y humilde para negarse a dar lecciones y explicaciones por nosotros.
Tal vez sea esta ética, la más grande de los autores rusos, tan dados a los juicios y lecciones morales; la que le hace tomar partido siempre por personas despreciadas (o despreciables, como Olga) -a menudo por él-, y criticados desde un estereotipo. Chéjov no se mueve por el juicio, sino por la comprensión de los desgraciados.

El tierno dolor de esta libertad, de los precios a pagar por ella, por ser uno mismo al margen de convenciones y otras trampas de la vida no vivida, me atrevo a decir que es la causa de esa sombra crepuscular que impregna todos sus relatos. A la indolente infelicidad se suma indisociablemente la alegría trágica de la vida. Una hermosa alegría, pesada y serena, de existir, una alegría trágica de quien quiere estar en contacto con la vida misma.

No es de extrañar que con Chéjov los personajes dejen de ser caricaturescos y rechacen a toda explicación aceptando el lado misterioso de sus conductas. No son personajes, son seres humanos como nosotros, redondos, verosímiles, consistentes, el fruto de una cuidada poda de detalles. Lo importante en Chéjov es lo que calla; su fuerza es el silencio. El silencio de hermosos paisajes contrapuesto a la sufriente soledad e insatisfacción de los seres humanos. Al final uno sospecha que no es que Antón sea esquivo y nos oculte las respuestas que tanto ansiamos, sino que sus propios narradores están relatándonos la historia en un intento desesperado por darles un sentido que se les escapó cuando sucedió. Y al poner el último punto, esa hermosa carga de dar sentido al absurdo de lo humano, cae como un pesado manto en nuestros sufrientes hombros lectores.

Lo siento por mis lecturas cercanas, sobre todo por Tolstoi y el “realismo”, pero tras la humanidad y empatía de los personajes de Antón, todo psicologismo me sabe a pretenciosas cenizas.

Escrita hace 7 años · 5 puntos con 3 votos · @Tharl le ha puesto un 10 ·

Comentarios

@Faulkneriano hace 7 años

Dura prueba la de cualquier autor que se lee tras haberse zambullido en Chejov.

Ahora ya sólo te falta pasarte a los cuentos reunidos en un peazo volumen de Alba: 60, para ser más exactos, que este servidor guarda como oro en paño.

Buena reseña.

@Guille hace 5 años

Excelentes reseñas, esta y la de Poverello, aunque, como ya he comentado en la mía, discrepe en algún punto.

En lo que sí estoy totalmente de acuerdo es con el calificativo de “artista de la vida no vivida” que Harold Bloom le aplica a Chéjov y que aquí nos ha comentado Tharl. Junto a las desgracias que siempre parecen acompañar al amor, este es el tema más recurrente en los cuentos que yo he leído: la critica de la inacción, de la especulación inútil, de la filosofía de salón que entorpece vivir la vida, que la suple y la desaprovecha. Aunque, y en esto vuelvo a estar de acuerdo con Tharl, su acercamiento a los personajes es siempre comprensiva y compasiva.