AQUELLO DEL PLATO DE LENTEJAS por sedacala

Portada de LA HISTORIA DE JAACOB

Thomas Mann fue un magnífico escritor, pero también debió ser un hombre pagado de sí mismo. Pudiera existir alguna retorcida relación entre esa egolatría y su afición a apoyarse en historias preexistentes, evitando así tener que crearlas partiendo de cero. Esto fue lo que hizo, por ejemplo, con “Doktor Faustus”, recreando el mito universal del tipo que vendió su alma al diablo; también, con “Carlota en Weimar” aprovechando el tirón de la novela del famoso suicida (Werther); y, por último, con la historia bíblica de José, hijo de Jacob, tal como viene relatado en los capítulos 37 al 50 del Libro del Génesis. No he leído ninguno de esos dos libros que toman como leitmotiv la obra de Goethe, pero leyendo “Historia de Jaacob” (primero de la tetralogía que completan “El joven José”, “José en Egipto” y José el Proveedor”), tengo la impresión de que al acometer Mann esta obra, simplemente trata de apresurarse a tener la última y definitiva palabra en este, poco frecuentado, asunto bíblico. Cuando digo poco frecuentado, me refiero a nuestro siglo XX, que es cuando se escribió (empezó a escribirlo en 1926), a pesar de que en siglos anteriores, pintores, escultores y seguramente también dramaturgos, poetas y escritores de temas religiosos, lo trataron hasta la saciedad. De todas formas, el que las historias del Antiguo Testamento carezcan absolutamente de actualidad en nuestros días, no significa que sean desconocidas, por que, muchas personas (es mi caso) aún recuerdan que en los planes de estudio que cursaron, había una asignatura que se llamaba Historia Sagrada en cual se explicaban cumplidamente los avatares de todos estos personajes. Javier Marías dice en “Vidas escritas”, (1992), algo así como que este libro sólo se lo leyó en España un paciente Juan Benet, y revela también algún que otro detalle de ese estilo referente a: un ego de Mann situado por las nubes, a su temor a dar a conocer sus memorias (no se hicieron públicas hasta varios años después de su muerte) y al escándalo que éstas provocarían sobre su poco dudosa sexualidad (se encaprichaba frecuentemente de algunos jóvenes) y sobre su más que dudosa ideología política a pesar de haberse situado en contra del nazismo. Pero la condición de columnista de Javier Marías le ha convertido en alguien muy conocido, y todos le saben ducho en hacer ese tipo de comentarios acerados que, entre otras cosas, demuestran que, él mismo, tiene el ego bastante subido además de un descaro monumental para decir cosas de estas sin cortarse ni un pelo.

Pasando pues a la novela en cuestión, lo prioritario es fijar claramente el mecanismo que Mann utiliza para contar estas historias. En esto, tengo muy presente la idea previa que llevaba yo en la cabeza cuando me dirigí a su lectura: apoyándome en el cliché de racionalidad que tenía sobre su forma de escribir, pensé —erróneamente— que recrearía la historia bíblica en forma de relato con cierto grado de detalle de aquellos hechos, con un lenguaje actual, descriptivo, detallado y explícito; en definitiva, la narración de aquella historia con una visión moderna y un ritmo narrativo actual. Bueno, pues ni esto es así, ni siquiera se le parece. Thomas Mann posee una forma de escribir, racional, fuerte, equilibrada y por ello eficaz, pero en este caso no la utiliza para describir la historia de una familia contando los hechos que acaecen en sus vidas en un relato cronológico y ordenado, como hizo, por ejemplo, en “Los Buddenbrook” con la historia de su propia familia. No; aquí, el autor traslada su mente a aquel periodo históricamente indeterminado, define los rasgos físicos y morales que él considera adecuados a los personajes del Génesis, y empieza a hacerlos enunciar los dilemas que los acucian y a divagar sobre ellos. Digamos que utiliza un sistema casi teatral, basado en el establecimiento de “cuadros” o “escenas”, en los que un número muy reducido de interlocutores (de entre Isaac, Rebeca, Esaú, Jacob, José, Raquel, etc,), simultáneamente dos, o tres a lo sumo, dialogan o —frecuentemente— monologan sobre el sentido de su presencia en esta historia, es decir, sobre sus dudas en su relación con Dios, pero también con sus mujeres o hermanos, o con otros miembros de la comunidad que les rodea. Estos dilemas que les preocupan tienen, a menudo, un tono duro de fuerte tirantez, afectando a intereses mezquinos, mezclados con la envidia y el engaño, y alejados de esa condición divina que a priori se les supone. Sin embargo, el lenguaje con que se desenvuelven está perfectamente adaptado a esa condición de personajes que mantienen de alguna manera contacto con Dios, y su tono es en la mayor parte del libro mucho más discursivo que propiamente narrativo. Esto, coloca al texto en una difícil posición, siempre al borde de un abismo plúmbeo y tedioso en el que, sin embargo, no llega nunca a caer en virtud de la gran altura de la prosa del autor, que tiene imaginación y talento de sobra como para mantener la lectura en un nivel de interés permanente. En cualquier caso, hay fases en las que la historia se vuelve más variada, cambiante y sugestiva (toda la relación de Jacob con su suegro Labán, y sus regateos para pactar su matrimonio con Raquel), y en ellas la novela adquiere una dimensión más ligera (a veces, casi de vodevil), en la que el lector puede relajarse bastante y recuperar el resuello para cuando vuelvan los tramos más trascendentes. Volviendo, momentáneamente, al libro de Javier Marías que mencioné más arriba, me viene la idea recurrente sobre la ironía, que es, en mi opinión, una característica permanente en las novelas de Mann; él mismo, tal como colige Marías de sus memorias, también lo consideraba así y se comparaba y se diferenciaba, con un Dickens dotado de humor pero escaso de ironía (Marías aprovecha para ponderar ahí el humor de Dickens, muy por encima de la ironía de Mann). Viene esta digresión a cuento de que la omnipresente ironía del autor alemán, al ser trasladada a un texto situado varios miles de años atrás, se queda casi perdida por el camino; algo queda, pero muy poco comparado con sus obras de ambientación moderna. Y es que el escenario es excesivamente lejano, la vida en aquel entonces se sobrellevaba en unos términos de nomadismo, en los que la arquitectura era casi una excepción, y las relaciones humanas eran tan primitivas, que la existencia y el comercio de siervos, o de esclavos, o la existencia de la poligamia, todo ello en medio de una cultura tribal, estaban más próximas casi al neolítico que a su coetánea sociedad egipcia. A ese marco tan lejano, traslada Mann sentimientos que son, sin embargo, universales e intemporales, como lo son la envidia o la ambición, que en eso no difieren mucho de lo que son actualmente, aunque he de reconocer que se desarrollan también otros sentimientos que nos resultan excesivamente alejados.

Libro por tanto, arduo en su lectura, que a pesar de la imaginación portentosa de su autor para recrearlo, no termina de ser capaz de salvar con absoluta solvencia la formidable distancia temporal que hay entre la tercera década del siglo XX, y los nómadas que pastoreaban por los territorios del Asia Menor en tiempos anteriores a las doce tribus, quedándose en un tono de una cierta frialdad, en buena parte, mitigado por la tremenda calidad de su autor, que aun así no llega a calar a fondo en el ánimo de un lector actual al que el escenario bíblico le queda demasiado alejado, a pesar de los múltiples recuerdos de aquellos cursos de primaria en el colegio, que inevitablemente le trae.

Escrita hace 8 años · 4.8 puntos con 5 votos · @sedacala le ha puesto un 7 ·

Comentarios

@Faulkneriano hace 8 años

Buena reseña, sedacala, de una novela bien poco conocida de Mann, pese a la emplitud de su empeño: por cada lector de José... debe haber cien de La muerte en Venecia, pongo por caso.

Ya sabes de mi antiguo interés por esta tetralogía, que ni yo ni mi biblioteca pública nos animamos a comprar. La hacía de un estilo grave, reposado, muy en consonancia con el tema "bíblico" (por cierto, muy poco tratado en la literatura y muy mal gestionado en el cine) que Mann voluntariamente emprende, así que no deja de sorprenderme un tanto que haya tramos más "ligeros". Sigue interesándome, aunque, como bien dices, debe ser complicado repasar lo que pasa por la cabeza de un pastor de hace casi tres mil años.

@sedacala hace 8 años

Cuando digo ligeros, quiero decir relativamente ligeros, o sea dentro de un orden. Además, quizá, esos son los momentos en que todavía se puede apreciar algo la ironía característica de Mann. Son los episodios en los que la actividad de los personajes se hace más terrenal y menos divina, donde se aprecia que Labán es un tipo rastrero y Jacob lo que hoy llamaríamos un “tiburón de los negocios”; y luego están las argucias y los líos relacionados con el sexo en el matrimonio y “fuera” de él. Aun teniendo en cuenta lo relativo de la apreciación, sigo manteniendo en pie la calificación de vodevil para ciertas partes del libro.

Pero como muy bien dices, resulta complicado saber que pasaba por la cabeza de personajes tan alejados en el tiempo, y eso es lo que complica la lectura, por que nunca sabemos si lo que Mann pone en boca de esas gentes se corresponde con lo que cada uno esperábamos oír, entre otras cosas por que tampoco es fácil saber qué es lo que esperamos.

@Faulkneriano hace 8 años

Pues es verdad: ¡el Antiguo Testamento tiene unas cuantas historias sexuales non sanctas, dentro y fuera del matrimonio! Eso de las esclavas y de los hijos tenidos con quien se podía....