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LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL

Autor: GUSTAVE FLAUBERT
ISBN: 9788439711254
Género: Clásicos de la literatura
Editorial:MONDADORI
Edición: 2005
Número de páginas: 528

EL AMOR Y LAS BARRICADAS DEL 48
4.33 con 6 votos

Hay libros que han marcado hitos en la historia de la literatura, y seguramente MADAME BOVARY es uno de esos. Otros en cambio, no lo han hecho, aún siendo reconocidos como grandes novelas. Creo, que ese es el caso de LA EDUCACION SENTIMENTAL. Bueno pues eso no supone inconveniente para que valore ésta última novela como un libro de muy agradable lectura, que me ha gustado también por su argumento, por su magnífico protagonista, por el leitmotiv amoroso de la novela, y por ser libro de referencia para conocer los sucesos revolucionarios del Paris de 1.848, argumentos estos, que en conjunto superan los que puede exhibir la historia de Emma Bovary. Les daré un repaso, uno a uno.

Se habla mucho del afán perfeccionista del Flaubert escritor, de cómo elaboraba su escritura y como preparaba sus temas, más en busca de la belleza del texto que de su eficacia, como parece ser que afirmó. Es posible que en su texto original prevalezca esa intención, pero al leerle traducido ese efecto se desvanece. Yo personalmente, lo que encuentro en su prosa es claridad y eficacia hábilmente dosificadas, aunque hablando de su sistema de escritura debería empezar por dividir su texto en dos bloques. Uno es, el que utiliza para contar la historia; éste, como decía, es eficaz, y se lee muy bien en un noventa y cinco por ciento de sus frases; es verdad que de vez en cuando, encuentro algún párrafo de extraña redacción en el que no entiendo bien lo que quiere decir y me da la impresión de que es uno de esos intentos suyos de bucear en la belleza de la frase en francés, lo que dificulta que el traductor, que quiere ser fiel, logre trasladar a un castellano entendible la pirueta que el autor quiso hacer en su idioma. Pero esto, apenas es una sensación que aprecio una vez cada veinte páginas, como mucho; en el resto, la narración avanza con extraordinaria fluidez y se lee estupendamente. Ese es el primero, de los dos bloques en que decía yo que hay que dividir su texto. El otro, lo utiliza con menos frecuencia en aquellos momentos en que desea hacer un alto en la narración, y perderse momentáneamente en descripciones sobre las cosas del mundo que le rodea que considera dignas, pese a su cotidianeidad, de merecer su atención, de ser puestas en valor y de ser descritas recreándose en su propia belleza. Éste, sigue siendo un Flaubert, claro y preciso pero aquí también poético y sensible, que nos sitúa en la belleza del mundo que le rodea, sea un puente en Paris, sea una ráfaga de aire puro en Auteil, o unos muebles en Fontainebleau. Ésta última forma de escribir, era entonces innovadora y le sometió a las críticas de los que decían que era una estupidez describir lo obvio, aunque naturalmente, él pasase de largo sobre esas tonterías. En resumen, su texto combina precisión, observación y sensibilidad y por ello su lectura es muy agradable.

Pasando al argumento de la novela, empezaré diciendo que la trama es variada, que mantiene fácilmente el interés, y sobre todo, que tiene un ritmo de pulso paulatinamente creciente que poco a poco y sin relajarse en ningún momento aumenta hasta el final, y ello sin caer en ningún momento en lo previsible, aun sabiendo el carácter en buena medida autobiográfico de los acontecimientos que se cuentan en la novela. La profusión de personajes alrededor de los principales, contribuye también a que la trama no decaiga de principio a fin. Es por tanto un libro interesante también, como simple lectura de entretenimiento, al tener un desarrollo argumental cambiante y bien estructurado.

Pero no queda todo en su fluido lenguaje y en la eficacia de su trama. Hay en la novela, una ardua labor de documentación de los fundamentales hechos históricos que aparecen en ella. Por primera vez en la Historia, en la lucha revolucionaria no participa sólo la burguesía como ocurrió en Paris en 1.789; en las luchas de 1.848, la clase obrera sale a la calle y se alía con la burguesía para derrocar el orden establecido durante el periodo de la Restauración. Estos acontecimientos de febrero del 48, se repitieron luego en otros países europeos, sobre todo en Alemania y en el Imperio Austro-húngaro, pero no en España. Cualquiera que haya leído LOS MISERABLES se habrá formado ya una idea de la importancia del asunto. Estos hechos, se fueron gestando en un periodo de años, y Flaubert en ese tiempo los va describiendo a través de sus personajes, que van evolucionando desde posiciones iniciales radicales a otras posteriormente más conservadoras, pero en las que cada uno mantiene siempre su propio carácter. Leyendo las páginas que recogen estos vaivenes políticos, vemos al escritor descriptivo que nos presenta el mundo particular de cada personaje, y se nos revela también la destreza del escritor sensible que resalta los sentimientos encerrados en el punto álgido de la lucha: una tensión explosiva, la singular emoción de vivir el momento clave, el miedo a la muerte, la borrachera de sangre, el pensar que tanto dolor quizá sea estéril, el ardor de la arenga de Lamartine, etc. En fin, que la batalla callejera se vive desde dentro, de una manera algo menos exaltada que a través del romanticismo de Victor-Hugo en LOS MISERABLES, pero también de una forma más detallada, más intensa, y más realista.

Todo lo que he comentado hasta ahora me ha parecido magnífico; lo que he dejado para el final también, pero añadiéndole además un plus de emotividad; son experiencias infrecuentes que se dan al leer determinados libros, pocos seguramente, que me han llegado muy adentro dejándome un recuerdo muy grato. Me refiero a lo siguiente: en éste, como en otros libros, cualquiera podría hacerse algunas preguntas fundamentales: ¿cuál es la autentica significación del libro? o bien ¿qué es lo que su autor quiso plantear con esta novela cuando la escribió? o ¿cuál es la clave de su importancia, tal vez contar la vida de Gustave Flaubert, el escritor? Se podrían contestar varias cosas y todas ellas tendrían sentido: que quiso describir la vida de la burguesía francesa de la época; o el estilo de vida bohemio de los que eran jóvenes en aquel Paris de mediados de siglo; o como eran las relaciones mundanas de los hombres y las mujeres en aquella sociedad; o como palpitaba el mundo de los negocios, la economía o la banca; o ¿por qué no? describir la trayectoria del escritor contada por si mismo; en fin, muchas cuestiones reflejadas en la novela y que Flaubert enuncia perfectamente por ser buen conocedor de la sociedad burguesa a la que pertenecía, todas menos la de ser su propia biografía, que esa no la vería en el texto, de no tener conocimiento de ello ajeno a la novela. Pero hay una, presente en el libro y que sobrepasa a todas las demás. Es el amor. Nada menos que el amor, y no un amor cualquiera, sino su representación más pura imaginable y que nadie esperaría encontrar precisamente en la ciudad alegre y disipada que era Paris. Es el amor que brilla con luz propia en su estado más fresco, delicado, exquisito, sensible… a causa en parte, del papel de ella, madre abnegada, pero también de él, un tímido patológico que, sin embargo, combina sorprendentemente esa faceta con una desfachatez y una imaginación galopante, y así, ambos forman el tándem sentimental que es eje de la novela, y que supone el más interesante foco de atracción de ésta, el auténtico leitmotiv del libro y supongo que la justificación de su título. Bien es verdad, que él tiene un papel principal (es la historia de su vida), mientras que ella tiene otro más pasivo. Así pues, el personaje de Frederic me parece extraordinario, no sólo por la extraña relación amorosa que mantiene con ella, sino también a lo largo de toda su trayectoria por el libro, en la que deja huella con su carácter imprevisible, contradictorio, débil, depresivo, fantasioso, influenciable y que se deja llevar por los impulsos de cada momento; por lo tanto, no es la personificación de un héroe, se parece más a un villano. Pero, aún así, yo me identifico mucho con su carácter y su comportamiento. ¿Quizá precisamente por que sus debilidades tienen la virtud de humanizar al personaje? podría ser, como también podría ser que quizá por primera vez en mí trayectoria como lector, me haya identificado con un personaje por que me ha recordado a mí mismo; no sé si serán aplicables a mí persona, los adjetivos peyorativos con que le he calificado más arriba (alguno seguro que sí) pero él, al igual que yo a su edad, tenía la timidez como característica común y eso marca mucho.

Lo cierto es que en la primera parte del libro, me recordaba constantemente a Georges Duroy el protagonista de Bel-amí, pero luego se desmarca de esa imagen por que su personaje, al crecer, demuestra tener muchas más aristas que el de Maupassant, que es más básico, aunque mucho más listo. En resumen, leer este libro ha sido todo un acierto; no en vano, pertenece quizá al momento histórico en el que encontré la mayor cantidad de libros que me hayan gustado mucho. Y para ser coherente con esa emoción que he reconocido antes, debería terminar con la imagen que quizá el lector mantiene más tiempo durante la novela en la cabeza, y así compartir un poco las inquietudes de su literario protagonista: la imagen de la extraordinaria belleza y encanto de madame Arnoux.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 9

Faulkneriano hace mas de un año

Magnífica reseña, sedacala, de verdad de la buena. Y lo es porque analizas con propiedad la obra y, lo que es también de agradecer, nos asomas a tu impresión personal, tan matizada como de costumbre. Estoy de acuerdo contigo en que esta excelente novela está un poco a la sombra de Bovary, cuando su estudio del amor es, si no más exacto, sí más emocionante. Yo también me enamoraría de Madame Arnoux y cometería tantos errores como el joven Frederic. Las barricadas y el ambiente revolucionario de Paris, descritos de modo ejemplar, aportan todavía más interés al relato, que es, aunque no sólo, una espléndida historia de amor. A la vez, esta obra se configura como una evocación, tan nostálgica como crítica (y mira que es dificil), de las veleidades revolucionarias: se publicó en 1869, cuando el mucho más acomodaticio II Imperio estaba a punto de acabar.

La prosa de Flaubert se mide por la justeza de la expresión, que es lo que pretendía en todo momento el autor, atento a dotar al relato del espesor y, sobre todo, del tono adecuado. Salambó, como decía Zola, es una obra enteramente lírica. Esta es otra cosa. Más cercana a Bovary, con una salvedad: allí se dibujaba el retrato de un monstruo, aquí de un joven enamorado, con todos sus defectos y virtudes. No veo los dos estilos que comentas: la novela fluye como muy pocas que yo recuerde y las disquisiciones líricas son tan necesarias como las exactas descripciones de aquel tiempo, que Flaubert, como de costumbre, documentó minuciosamente (sin que se note, que es lo bueno, sin meterte el dedo en el ojo)

sedacala hace mas de un año

Gracias por las flores. Te cuento: Bovary me gustó, la leí bien, sin problemas y manteniendo el interés hasta el final aún sabiendo de antemano como termina. Buena novela. También de una gran significación, por las circunstancias especiales de su argumento. Creo que le puse un ocho, buena nota pues. Pero la verdad es que había allí algo que me dejó una impresión gélida. ¿Será que aun gustándome, no me emocionó? No lo sé, pero fue así como lo cuento.

Salambó, la leí influido por tu elogiosa reseña. Ya se sabe, que a veces las valoraciones de otros pueden tener mucha influencia. Lo esperas malo y no te lo parece tanto; lo esperas bueno y te decepciona. Eso me ocurrió a mí, me pareció como escrita en clave, y claro, si empiezas por no entender, malamente vas a apreciar el maravilloso estilo que prometía ser la clave del asunto.

Pero ya me di cuenta en sus “Memorias de un loco”, que el Flaubert que yo vi en Salambó, era uno de sus bandazos.

Hojeé “La tentación de San Antonio”, y me asusté un poco. La verdad es que atemorizó.

Por lo tanto veo que aunque su obra no fue muy abundante, sí que fue muy elaborada y sobre todo muy variada, intentando tocar temas y estilos muy distintos unos de otros. Para mí, está claro que “La educación sentimental” fue la novela que le salió redonda. Lo tiene todo, y como lo tiene todo no sólo gusta, es que además emociona, que es lo que me ha pasado a mí.

En relación a lo que dices, de que no aprecias dos maneras distintas en su texto, me resulta sorprendente porque pocas veces he visto tan claro esa diferenciación. Naturalmente, ambas maneras se funden perfectamente y no se aprecian ni saltos ni distorsiones en un texto que es coherente en su globalidad. Pero así y todo, yo noto que cuando se va a su pueblo y se junta con la hija del vecino rico y se pasean, el escritor casi perfecto por su claridad y su eficacia narrando las actividades de Frederic, se convierte en el escritor sensible que se fija en como se mueven las hojas de los árboles o en las tonalidades ámbar que produce la puesta de sol reflejada en las aguas del río. Es un ejemplo que me invento, por que no tengo ya el libro delante para repetir algo textual, pero a esto, es a lo que me refería. Otra cosa distinta es que consideres esas disquisiciones necesarias o no. Yo no he dicho que no lo sean, me parecen bien, son muy atractivas también y forman parte inseparable del libro, lo que pasa es que como yo lo matizo todo tanto, has debido entender que me sobraban. ¡En absoluto! me parecen estupendas como todo el resto del libro.

Faulkneriano hace mas de un año

Entiendo de lo que hablas, sedacala, pero me parece prematuro lo de los dos estilos.

El siglo XIX, por lo que sé, no era muy inclinado a mezclar diferentes registros estilísticos en una sola novela. Podía incluir explosiones cómicas (como Dickens) o barriobajeras (como Galdós o Zola) en una novela de narrador omnisciente, pero se referían más a los diálogos o a la descripción de ambientes que propiamente al estilo. Habrá que esperar al siglo XX para apreciar esas violentas mezclas en una sola novela. El caso que se me viene primero a las mientes es el Ulyses de Joyce, que es toda una exhibición de estilos distintos: épico, cómico, periodístico, mitológico... vete tú a saber. Comparado con eso, los ocasionales párrafos a los que aludes en La educación sentimental no son nada. Me pongo pesado con cuestiones de técnica novelesca, pero es que me gustan mucho... Saludos.

sedacala hace mas de un año

No, no te pones pesado, o por lo menos en lo que a mí respecta.

Pero ya sabes que a mí, sin tener formación “de letras”, me interesan mucho todas estas puntualizaciones que se pueden hacer al comentar un libro y me gusta aclarar y, si es posible, aprender.

¿Puedo suponer que hay un error en mi argumentación, que consistiría en utilizar la palabra estilo, para definir algo que no llega ni mucho menos a esa categoría, quedándose en un simple cambio de registro al escribir? Digo esto, por que es lo que puede deducirse cuando apuntas a que los auténticos cambios de estilo dentro de una misma obra sólo se dan en autores del siglo XX. El caso del Ulises, sería casi un paradigma de esto.

“Manera peculiar de hablar o escribir” dice de la palabra “estilo” el diccionario. Bien, podría efectivamente ser excesivo denominar cambio de estilo al hecho de que Flaubert utilice un discurso puramente narrativo y de repente pase a un tono relajado en plan observador de la naturaleza.

¿Sabes lo que me pasa?: que su prosa habitual la interpreto como tremendamente eficaz en su misión de trasladar al lector la historia, ¿recuerdas lo que decía más arriba de la impresión gélida que me transmitió Madame Bovary?, cuando deja ese registro y se sitúa como el observador tierno, inquieto y admirado de la belleza del mundo material que le rodea, siento como si fuese otro escritor, distinto y mucho más cálido. ¿Es, o no es, eso, un cambio de estilo? Quizá no lo sea, hablando en puridad literaria, pero ese era el sentido de mis palabras.

Evidentemente, estoy hablando de sensaciones muy subjetivas, toma lo de la impresión gélida en un sentido muy matizado.

Faulkneriano hace mas de un año

Es que Madame Bovary procura una sensación gélida, y ya lo he dicho alguna vez: su protagonista es muy desagradable, lo que impide, por lo visto, a más de uno (o de una) entrar en situación y gustar de la novela. Lo más cálido de la obra (y no es mucho decir) es el fabuloso comienzo, cuando Charles, el que será el bovino marido de Emma, asiste por primera vez a una escuela (por cierto, toda una audacia narrativa, empezar por ahí, teniendo en cuenta que Charles NO es ni mucho menos el protagonista) La prosa de Flaubert se ajusta como un guante a la historia que quiere transmitir.

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