EL PEOR CIEGO: EL QUE NO QUIERE VER por EKELEDUDU

Portada de HISTORIA DE LA IGLESIA: LA IGLESIA ANTIGUA Y MEDIEVAL

Algunos autores, más allá de la erudición que tengan, en lo que hace a razonamiento dan la impresión de ser unos consumados asnos. No es para tanto en el caso de José de Orlandis, responsable de esta más bien malograda HISTORIA DE LA IGLESIA ANTIGUA Y MEDIEVAL, pero igual muchas de sus reflexiones suenan a rebuzno. Muchos rebuznamos a veces; pero me parece que no hay por qué inmortalizar tales rebuznos en una obra de divulgación. La que nos ocupa llevaba impresas diez ediciones hasta 2003, y puede que luego hayan aparecido más. La contratapa la define como un clásico de la historiografía eclesiástica española; aun así, sólo será del gusto de algunos católicos. Yo lo soy, y no quedé satisfecho.

Los problemas aparecen con el mismo prólogo, donde queda claro que no asistiremos a una mirada imparcial. En defensa de Orlandis, podemos alegar que rara vez el historiador, o el divulgador en general, consigue adoptar esa necesaria imparcialidad. Pero eso es una cosa, y ni siquiera hacer el intento, otra muy distinta. El considera que sólo un creyente puede escribir adecuadamente una historia de la Iglesia. Disiento: si un creyente escribe una historia de la Iglesia, deberá intentar dejar de lado su fe; y si lo hace un ateo, su ateísmo. Ni a favor, ni en contra: los hechos tal como fueron, y si hay análisis, que sea justo e imparcial.

Así es como el no creyente, y el creyente moderado, deben soportar comentarios como que el triunfo de la Iglesia sobre el gnosticismo debe interpretarse como "...una de las pruebas más insignes de la divinidad de la religión y de la Iglesia de Jesucristo". ¡Mi madre! ¡Qué razonamiento de vaca! Con semejante lógica, según la cual si un hecho ocurre es por aprobación explícita de Dios, llegaremos a la conclusión de que el genocidio de los pueblos americanos o el Holocausto nazi son también sublimes expresiones de Su voluntad. Nada que ver, la contienda entre la Iglesia y el gnosticismo fue una lucha de poderes y ganó el bando más poderoso. Y punto. Dios pudo aprobar esa victoria o no, pero la victoria en sí misma no prueba nada.

Habrá que reconocerle a Orlandis que, en general, no niega el lado oscuro de la Iglesia. Admite el abominable Sínodo Cadavérico, la vida disoluta de los papas, los excesos de la Inquisición. Sin embargo, intenta soslayarlos o justificarlos, lo que a menudo es defender lo indefendible. No aludirá a la tristemente célebre pornocracia papal, pero admitirá, con tibieza e indulgencia, que ciertos papas tuvieron "una vida personal desordenada", eufemismo para "vida depravada": y añade: "...pero jamás trataron de relajar la ley moral o la disciplina eclesiástica... para legalizar así su propia conducta". ¿¿¿PERDÓN??? ¡¡¡SÓLO TAMAÑA DESFACHATEZ HUBIERA FALTADO!!!

Cuando habla de la Inquisición, Orlandis no niega la crueldad de las sentencias, ni intenta justificarlas burdamente, como otros autores, echando culpas sobre la autoridad secular, encargada de ejecutarlas. Pero no es válida la excusa que esgrime, según la cual "la Inquisición tuvo la desgracia de ser hija de su tiempo". Pues el único tiempo del que debió ser hija la Inquisición, sería la Era Cristiana, la del perdón, la misericordia y el amor al prójimo. Pero la Iglesia, que se dice "esposa mística de Cristo", siempre gustó de abrevar de otros lechos además del de su marido, y de esas infidelidades conyugales nació una legión de bastardos, entre ellos precisamente la Inquisición. Así que, hija de su tiempo o no, la Iglesia sigue siendo atrozmente culpable, y mientras esto no se reconozca abiertamente por todos los católicos, nada de cuanto diga la Iglesia resultará creíble; si bien, en su nombre, Juan Pablo II hizo un mea culpa que constituyó todo un progreso.

Otro cantar son las Cruzadas, también incluidas en el famoso mea culpa. Orlandis, exultante, las presenta como una gesta gloriosa. Podemos discutir la necesidad de empresas militares contra los musulmanes en aquel tiempo; Cesare Cantú, por ejemplo, en su HISTORIA Y LEYENDAS DE LAS CRUZADAS, supone que las batallas que no se hubiesen librado en Tierra Santa, a la postre habrían tenido lugar, por ejemplo, a orillas del Danubio: que el conflicto entre los mundos cristiano e islámico era inevitable. Aun si tuviera razón, lo inexcusable es la guerra librada en nombre de Dios, tanto más cuanto que los cruzados a menudo atropellaron a otros cristianos en su camino hacia Tierra Santa, por ejemplo en la Cuarta Cruzada, que así resume Orlandis con alarmante simplismo: "...La cuarta cruzada se desvió de sus verdaderos fines, tomó Constantinopla, capital del Imperio griego e instauró allí un Imperio latino que perduraría más de medio siglo (1204-61)". Sanseacabó. Pero uno de los más célebres medievalistas de todos los tiempos, Sir Steven Runciman, opinaba crudamente que "...jamás hubo un crimen contra la humanidad mayor que la cuarta Cruzada". Quizás exagere un poco, pero que las Cruzadas han sido objeto de acalorados debates, y que durante la cuarta se cometieron inexcusables actos de barbarie, son dos hechos ampliamente reconocidos por todo el mundo, salvo por Orlandis, que sobre este punto quizás no sea burro, pero es bueno fingiéndose tal y minimizando la realidad. Ya se sabe cuál de todos los ciegos es el peor.

Por lo tanto, el libro cumple, y más, en resumir los principales hechos históricos del Medioevo eclesiástico, pero su análisis de los mismos es deplorable, lo que lo hace recomendable sólo para un reducido número de creyentes: los que se obstinen en hacer que, tratándose de la Iglesia, lo negro parezca blanco.

Escrita hace 9 años · 5 puntos con 3 votos · @EKELEDUDU le ha puesto un 5 ·

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