EL NEGRO VACILÓN por sedacala

Portada de EL NEGRO DEL NARCISSUS

EL NEGRO DEL NARCISSUS es una novela de tema marinero escrita por Joseph Conrad, y que tiene la particularidad de estar protagonizada de manera compartida por el conjunto de la tripulación del Narcissus, que es el nombre del barco en que se desarrolla la acción.

Como me ha pasado con otras novelas de Conrad, la fase de arranque me resulta espectacularmente abstracta. Leo diálogos surrealistas; pero, escuetos, y por tanto, sencillos. Cuando un personaje le pregunta algo a otro, la contestación suele ser muy simple; ahora bien, no tienes ni idea de por qué ha contestado eso; podría haber contestado cualquier otra cosa; simplemente, no sabes el porqué de esa respuesta. Así, de esta forma un poco difusa, dedica uno o dos capítulos a presentar a los tripulantes del barco, a pasar lista, y a izar el ancla. Luego, el barco zarpa…

Siguiendo la manera cervantina, esta reseña podría haberse titulado: “De cómo una mala traducción, puede convertir un texto en imposible”: Tomo como ejemplo, una frase del principio del libro en la que se describe al negro. En la reseña de Poverello: “Que difícil es Conrad”, figura la traducción de Mª Jesús López Sánchez-Vizcaíno, sacada de la edición de Abada Editores que leyó él; lo que va después, es la misma frase original pero sacada de la traducción de Fernando Rodríguez Jadraque, de la edición de Valdemar que leí yo; ahora, léanse ambas con detenimiento:

“Manifestaba su desdén con toda naturalidad, como si desde su altura de seis pies con tres hubiera contemplado la inmensidad de la estupidez humana y hubiera decidido no ser demasiado duro con ella”. (Trad. Mª Jesús López)

“Era naturalmente desdeñoso, condescendiente sin afectación, como si desde lo alto de sus más de dos metros hubiese medido toda la vastedad de la locura humana y tomado el partido de ser indulgente”. (Trad. Fernando Rodríguez)

La traducción de la primera frase, es correcta; en cambio, la de la segunda es muy floja, y da lugar a que cualquier lector desee mejorarla. Y eso, es lo que he intentado yo:

“Era de natural desdeñoso, condescendiente, y exento de afectación, como si desde lo alto de sus más de dos metros hubiese abarcado toda la inmensidad de la locura humana y hubiera optado por ser indulgente con ella”.

No sé si lo logré. Pero es indudable, que es un claro ejemplo de lo descuidada que es la traducción de la edición de Valdemar que leí yo. Vaya otro ejemplo de ese mismo libro: todo surge de la bronca provocada por un tripulante que toma sin permiso un postre especial para llevárselo al negro, y los demás se lo reprochan a ambos. Y es el negro el que contesta lo siguiente:

¿Te había pedido yo que la hurtaras, su famosa torta maldita? El diablo se lleve la porquería esa. ¡Buen mal que me ha hecho, pequeño irlandés lunático!

Me parece, una traducción que no hay por donde cogerla; en español está muy mal redactada; me resulta inconcebible, que alguien pueda escribir algo así y no repare, al repasarlo, en lo mal escrito que está. ¿O quizá, es que no se repasó? Vuelvo a ser yo el que intenta arreglarlo:

¿Te pedí yo, que robases el maldito pastel de marras? Que se vaya al diablo esa basura. ¡Vaya mala pasada, que me ha jugado el pequeño irlandés chiflado!

Espero que esté mejor así; es otro ejemplo, entre muchos, de cómo la mala traducción de un texto, ya de por si difícil, puede convertir su lectura en algo casi ininteligible, y espero además que sirva para que se entienda lo que quería yo transmitir en el segundo párrafo de esta reseña. Si el texto, además de difícil, está mal traducido, la sensación que produce al leerlo es la de constatar con perplejidad que no se entienden muchas cosas. Todavía, hay un asunto más en esta traducción que es de cierto fastidio para el lector conocedor del lenguaje marinero. No tanto por que sea absolutamente imprescindible exigir precisión en un campo tan específico, como por que sirve como indicador del poco cuidado que se ha seguido en la corrección de esta traducción. La sensación de estar continuamente detectando inexactitudes en el argot marino, se mantiene a lo largo de toda la lectura. El ejemplo más clamoroso, es la utilización en varios momentos de la palabra cuerda para referirse a lo que en términos marineros sólo puede denominarse cabo. Dice, el viejo refrán del mar siempre invocado a los no iniciados: “A bordo de un barco, no hay más cuerda que la del reloj”. Ni siquiera la palabra cordaje, que también aparece, se debe utilizar para designar genéricamente un conjunto de diversos cabos; lo correcto, en este caso, sería hablar de cabuyería. La guindaleza, que es una soga gruesa para amarrar al muelle la embarcación, aparece convertida en guindalera, que es un campo plantado con guindos. En otros casos, asalta la duda de que algunas palabras estén aplicadas de la manera adecuada. ¡Cazad la cangreja! es, la instrucción que manda un oficial, para inmediatamente ordenar: ¡Izad la cangreja! La cangreja es una vela de forma trapezoidal, que pende de una verga o palo inclinado, y va sujeta por abajo a otro palo horizontal (botavara); éste último es el que va amarrado a cubierta mediante la escota que es el cabo que sirve para cazar (tensar) la botavara y por ende la propia vela; cazar la vela, por tanto, significa tensar la escota y la vela; pero, esta acción carece de sentido si aún no se ha izado dicha vela. Da la sensación de que, o se ha invertido el orden de las acciones, o el traductor ha entendido mal los significados de cazar e izar. Pero bueno, finalizo ya, esta larga digresión medio semántica, medio marinera; liquido ese capitulo; y continúo hablando de la novela como tal.

El barco, zarpó ya; ahora comienza la auténtica navegación, y yo diría que también, la auténtica novela; y, a partir de aquí, todo va recobrando el sentido. Quiero decir, que este es el momento en que se empiezan a apreciar los dos aspectos principales de las novelas de Joseph Conrad. El primero se refiere a los protagonistas, que muestran su carácter y sus problemas; aquí, empezamos a identificarnos con ellos, y a tomar partido por los que mejor nos caigan o cuya personalidad sea más atractiva. Lo que ocurre en esta novela, es que es bastante atípica, no sólo en la obra de Conrad, sino en una generalidad de libros, por cuanto es un libro sin protagonista. A ninguno de los posibles candidatos, le cuadra bien la condición de protagonista. Ni el negro, ni el capitán, ni Donkin, ni el cocinero, protagonizan nada, son personajes que en cualquier otra trama serían secundarios, pero que aquí están en primera línea. Para hablar de protagonismo, habría, en todo caso, que referirse a la tripulación como ente plural que podría adoptar ese papel al reaccionar a veces como una especie de personaje múltiple de voz dispersa pero colegiada. El caso es, que siendo esa hipótesis la más aceptable, hay que entender que ese conjunto de individuos actuando como tal, ha de transmitir al lector, todo el catálogo de problemas que emergen a esas alturas en esa pequeña comunidad; a saber: sentimientos contradictorios ante la muerte, temor reverencial al mar, tendencia a dejarse llevar por los más bajos instintos, terror ante una salvación improbable, instigación a la desobediencia… ¿Que dificultad hay, para que todas esas tensiones sigan su curso natural y se desarrollen correctamente? Pues, que las voces que podrían trasladar al lector todos esos sentimientos están dispersas, y ninguna de ellas tiene la presencia en la trama que normalmente suelen tener los personajes protagonistas. El libro no es largo, personajes con voz hay ocho o diez. ¿Qué ocurre?, que no hay tiempo suficiente para conformar la personalidad de todos; al estar su protagonismo demasiado repartido, sus caracteres están insuficientemente formados. De esa manera, el lector, no está en condiciones de poder palpar la personalidad de unos y otros ante esas tensiones que se plantean en la novela. Hay otra dificultad también importante, que es, que el traductor ha de construir en castellano un lenguaje propio de personas de ínfima cultura que se han de expresar en una jerga destemplada, áspera, ordinaria, una especie de habla tabernaria malsonante, y este escollo, en la traducción que yo he leído no está bien resuelto. Sabemos, que estas cosas no son de fácil solución; recursos como lo “cheli”, o lo castizo, pueden ser realmente ridículos; por eso, mi crítica de la traducción, en esta materia, es mucho más indulgente. Pero aún así, no me gusta el resultado. ¿Alguien puede imaginar que uno de estos tipos duros, se dirija a su compañero algo más joven con un: ¡oye hijito! Yo no, a mí me produce dentera. Resumiendo; la especial distribución de personajes de esta novela, hace que las tensiones y los problemas personales que en otros libros de Conrad tienen la máxima importancia, aquí estén capitidisminuidos.

Luego está, el otro tema en el que destacan sus novelas. La descripción de los dos escenarios permanentes, el barco, y el medio marino circundante. Aquí, puedo afirmar que el texto de Conrad responde plenamente a las expectativas que deposité en su lectura. Su prosa brilla en el desempeño de esa tarea, y uno percibe algo así como un entusiasmo intensísimo que el autor quiere transmitir y, que realmente, consigue transmitir; uno llega a vibrar interiormente de manera similar a como vibraría sintiendo el fresco de la brisa, o contemplando las vivas tonalidades multicolores del ocaso que alcanzan a atravesar las nubes, o viendo con indecible horror, como se aproximan esas enormes montañas de agua oscura coronadas por la lechosa turbulencia de las olas rompientes. Para mí, este aspecto es lo más destacable de EL NEGRO DEL NARCISSUS. Sin duda.

Algunos comentarios para terminar: Me desilusiona un poco, que la soberbia importancia que da Conrad a la estética del entorno marino, no la haga compatible con una mayor profusión de aspectos más descriptivos. Me gustaría que mencionase, en que zona del océano Índico (¿o Atlántico?) sufren el temporal, o que le ocurre exactamente al barco, o por qué se queda acostado sobre una banda durante tanto tiempo y cual es el mecanismo que les permite liberarlo de esa posición, es decir, detalles, relativos a la navegación, o a las características físicas del propio barco. No creo, que introducirlos hubiera podido estropear de manera alguna la novela. También quería mencionar que aquellos obstáculos que observé en anteriores novelas, están hoy, un poco olvidados, EL NEGRO DEL NARCISSUS, no es un libro muy complicado. El mayor inconveniente que aprecio en él, es que su autor juega a adjudicar el papel de protagonista a una pluralidad de personas: la tripulación; y ante esa necesidad de querer abarcar tanto, el protagonismo del conjunto queda desvirtuado; esto tiene como consecuencia que su habitual juego de pasiones humanas enfrentadas también se desvirtúe, lo que al final viene a resultar un poco decepcionante. Punto y aparte, para el tema de la traducción, que aun siendo muy mala, no me impidió leerlo con gusto.

Escrita hace 9 años · 4 puntos con 3 votos · @sedacala le ha puesto un 6 ·

Comentarios

@Faulkneriano hace 9 años

Qué envidia conocer el lenguaje marinero. Tiene una sonoridad y una riqueza impresionantes.

Driza, gavia, escota, botavara, cangreja, foque, petifoque, escandalosa, cabo, estay, imbornal, roda, quilla, amura, verga, mayor, regala, mástil, sollado, coy, baliza, corredera, sextante, pañol, tronera, bauprés, cofa... Qué bien suenan. No tengo una idea muy clara de lo que son, pero arman solitas un párrafo, como antaño en las películas de piratas bastaba con decir, si no se sabía muy bien qué hacer: "timonel, mantenga el rumbo" o "todo a estribor".

Sólo hay un término marinero que no me gusta: obra muerta. ¿Por qué sera?

@sedacala hace 9 años

Por que no trabaja. La que trabaja (en hacer flotar al barco), es la obra viva que es la parte del casco que permanece sumergida; así lo interpreté yo desde que conocí ese termino, pero efectivamente es un poco raro. Muchos de estos términos vienen del francés, en petifoque o en estribor, se ve bastante claro.

@Faulkneriano hace 9 años

Hombre, lo de obra muerta me recordaba a tantas novelas, poemas y obras de teatro que hay por ahí sin que nadie se acuerde de ellas. Por eso lo decía. Curioso lo del francés. Como ves, de Conrad no hablo, porque tú y yo, en este aspecto lo tenemos casi todo dicho. Además, esta obra no la tengo muy reciente y no puedo entrar al detalle.