ANNA DE LOS INFIERNOS por _567_

Portada de EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS

Dejadme decir una última cosa antes de embarcarme en la travesía sin retorno que me conducirá hacia un tiempo, un país, al que nunca quise viajar. Antes de abandonar toda esperanza en la tierra firme de mi lugar de procedencia, quiero que sepáis que han sido las circunstancias que se sorteaban en la tómbola unipersonal del destino las que han decidido que mi número resultara des-agraciado con el apremio de visitar el averno… con todos los gastos pendientes de pago. Nada volverá a ser como antes, soy consciente de ello.

Paul Auster, todavía un ilustre desconocido, arrastraba un ligero equipaje en su bibliografía cuando escribió en 1987 esta espeluznante novela: La invención de la soledad (1982), Jugada de presión (que publicó también en ese mismo año naranjito con el pseudónimo de Paul Benjamin), y la inmediatamente anterior Trilogía de Nueva York en 1985-86. Con lo que esta novela podría tomarse como un reto personal de iniciación dirigido hacia público y crítica de un escribano en ciernes que acumulaba tal cantidad de rabia contenida, la furia del debutante que ha sufrido mucho para hacerse escritor (los muy aficionados consulten su reciente “Diario de invierno”) que no dudó un instante en realizar este triple salto mortal sin red que lo catapultaría al Olimpo de los grandes autores contemporáneos con una nota superior que en un futuro no tan lejano le iba a permitir acceder a la mejora de su propia marca personal.

Con una estructura narrativa sumamente original que utiliza el formato de única y extensa carta, 205 páginas de principio a fin, que la protagonista, Anna toma la pluma de Paul para ejercer de narradora, escribe desde ese misterioso país sin nombre a un destinatario que la vio partir en busca de su hermano William (personaje cuya aparición espera ávidamente el lector que sigue el transcurso de la acción y al que la pluma de Auster se niega a presentar en sociedad aunque sugiera en todo momento cual puede haber sido su triste final… o no); con un, desde ya, emergente talento para crear ficciones y explorar nuevas maneras de acercamiento al lector gourmet que aprecia las ideas extrañas, la novela engancha desde ese principio tan rompedor (que me ha recordado bastante la “Hambre” de Hamsum, escritor del que Auster siempre se ha considerado ferviente admirador), se sostiene en su parte central desde la aparición de Farr, y decae un pelín en ese final – no me hagáis demasiado caso en esta apreciación personal, entiendo que el The End pueda gustar a mucha gente- en lo concerniente a los hechos acontecidos en la Residencia Woburn...
El argumento transcurre en el apocalíptico y claustrofóbico ambiente que envuelve ese lugar donde sus habitantes inventan mil y una maneras de sobrevivir ante un futuro tan incierto en la negrura que se atisba en su horizonte como terrorífico en la manera en que la perdida de esperanza colectiva de evolución social sumerge al individuo racional en su estado más animal. Es entonces cuando empezamos a conocer una serie de personajes realmente interesantes (Samuel Farr, sobre todo, y ese asunto que consume toda su energía, Boris Stepanovich, Isabel, o el Sr.Frick; aunque tampoco me gustaría olvidar a Ferdinand, un chiflado que caza ratones, se los come, y con los huesecitos construye mástiles de vela para sus hermosos barcos en miniatura que después introduce en botellas de vidrio…); aunque todos ellos estén a la sombra de Anna Blume, quizás con un exceso de protagonismo, a la que Auster, siempre tan estupendo retratista de personajes masculinos (ese Quinn que sale en algunas de sus novelas y que tiene su guiño aquí también, Walt o el Maestro Yehudi de Mr.Vértigo…) concede el privilegio de llevar todo el peso de la obra, componiendo el que posiblemente sea su mejor personajes femenino hasta la fecha, que aunque me queden pocas de sus novelas por descubrir, soy consciente de que… todavía podría estar por llegar.

Disculpadme si esta carta con formato de reseña literaria no llega jamás a destino, que no es otro que el de recomendar a toda aquella persona pendiente de descubrir al Auster primerizo la lectura de esta novela, en el fondo sólo quise decir que ese país imaginario; veréis que no tanto, y no sólo por esa extraña cualidad del autor en hacerte creer cualquiera de sus ficciones por enrevesada y metafísica que parezca su trama sino por la metafórica y sorprendente asimilación mimética con otros estados postmodernos actuales, países gobernados por políticos tan incompetentes como corruptos; ese país que agota sus últimas reservas de despropósito me recuerda poderosamente a… ponedle vosotros mismos el nombre, y sobre todo no dejad que os atrape la rueda de su despropósito. Huid, huid malditos, ahora que todavía estáis a tiempo de ser libres.-

Escrita hace 9 años · 4.8 puntos con 6 votos · @_567_ no lo ha votado ·

Comentarios

@Faulkneriano hace 9 años

Curiosa apreciación, Krust, de este viaje a los infiernos. Es una senda que Auster no volvió a transitar. en el haber de este autor debe anotarse su capacidad para reinventarse. Y muy de acuerdo contigo: Anna Blume es el mejor personaje femenino de alguien que prefiere casi siempre protagonistas masculinos. Estimulante novela, sin duda, algo confusa en la adscripción a un género determinado (coquetea hasta con la ciencia ficción sociológica) pero muy vinculada a las preocupaciones habituales de Auster, por más que el envoltorio pueda resultar un tanto sorprendente.

@_567_ hace 9 años

Cierto, no recuerdo otra novela de Auster en que esa ciencia ficción sociológica con la que etiquetas esta obra, que es una definición que no se de donde puedes haber sacado pero que sin duda le viene como anillo al dedo, esté tan presente en el transcurso del argumento… tramas las de Auster siempre sugerentes en cuanto a variedad de estilo, exploración de nuevas ideas y sobre todo valentía en cuanto a planteamiento formal de sus propuestas; o sea, en resumidas cuentas, Auster es un escritor que se reinventa constantemente y esa es una seña de identidad, marca de la casa, con la que siempre comulgo cuando nos referimos a cierto tipo de escritores.
Como intento expresar en la reseña, la ficción pierde la ciencia por el camino para adentrarse en estados más espirituales entrando así en una especie de realismo sucio (esos carros de supermercado con los que algunos de los personajes, Anna incluida, se buscan la vida escarbando entre los contenedores de despojos del infierno, y que son un artículo de lujo entre tanta miseria, algo que por otra parte vemos habitualmente, aquí y ahora, en nuestras grandes ciudades…).
La Anna protagonista puede ser un guiño del autor a su mujer, en espacio-tiempo la referencia que hace sobre la gestación de esta novela en su “Diario de invierno”, y es que me ha sorprendido mucho ver en la dedicatoria de la novela un escueto: “Para Siri Hustvedt”, ya en 1987.
Por otro lado, como se que es un tema que te interesa, Auster desvela en el tercio final un punto muy curioso y es cuando narra el lúcido encuentro de Anna con el rabino en esa estupenda biblioteca resistente: nuestra narradora protagonista es… judía, como el propio Auster por si alguien desconocía aún este dato.
Como puedes ver, judíos siempre ha habido y habrá… hasta en los lugares más insospechados.

@Faulkneriano hace 9 años

... Especialmente en la literatura norteamericana: Philiph Roth, Joseph Roth, Saul Bellow, Michael Chabon, Bernard Malamaud, E.L. Doctorow y un largo etcétera. No recordaba que Auster era de origen judío; en su obra no creo que esa circunstancia se aprecie gran cosa.

Lo de la sf sociológica se puso de moda en la década de 1960 y definió un subgénero en el que no primaban los viajes espaciales ni la descripción de otros mundos sino que se centraba en una Tierra alterada por algún hecho ya claramente visible para el lector: las drogas, la superpoblación, la violencia, la falta de recursos... Las novelas de John Brunner, hoy muy olvidado y entonces muy popular, son un buen ejemplo. ¡Hagan sitio!, de Harry Harrison, es otro más conocido, sobre todo porque dio lugar a una película con Charlton Heston y Edward G. Robinson (¡vaya mezcla!) que en España se llamó Cuando el destino nos alcance; el título original, Soylent Green, hacía referencia a una marca de alimentos muy apetitosos de la que mejor no hablar.

La novela de Auster tiene una curiosa semejanza con Ciudad maldita, una novela de dos veteranos autores rusos de ciencia ficción, Arkadi y Boris Strugastski, publicada en 1988: esta extraña obra de los rusos es tan infernal y apocaliptica como la de Auster y, como El país..., no se sabe muy bién de qué género es.

@_567_ hace 9 años

Merci por la aclaración sobre la sf sociológica, muy interesante.

En cuanto a la novela de los Strugastski, que desconocía, resulta curioso que fuera publicada un año después de la de Auster, aunque así a bote pronto apuesto por una coincidencia casual. Observo alguna similitud (los muros que bordean la ciudad), y alguna discordancia leyendo el argumento de los rusos (se sabe que encontraremos en cada límite cardinal, mientras que en la de Auster no se sabe nada a ciencia cierta y en un principio parece imposible escapar del infierno..., aunque cuenta con la presencia del mar abierto en detrimento de ese abismo que menciona la sinopsis de Ciudad maldita).

Siempre me ha interesado esa realidad enrevesada donde mentes sumamente creativas, escritores en este caso, pueden superar a la ficción más increíble. Impossible ins Nothing, you know!