CRIMEN SIN CASTIGO, CASTIGO SIN CRIMEN. por _926_

Portada de BAJO LAS RUEDAS
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Ningún profesor debería leer este libro sin sentirse culpable. “Bajo las ruedas” es la segunda novela de Hesse que leo, después de “Demian”, y debo decir que todas mis expectativas han sido cumplidas. Leer a Hesse a los quince años es una experiencia irrepetible. Cruelmente marcado por la incomprensión de un sistema estéril, él escribió esta novela como la lenta crónica de un asesinato. Un chico con gran potencial, llamado Hans Giebenrath, es obligado por sus padres y profesores a estudiar día y noche, durante el curso y en vacaciones, con el objetivo de alcanzar los primeros puestos entre los alumnos de un prestigioso seminario. Allí conoce a Heingel, un poeta, y tal y como ocurre con Demian, este ejerce una poderosa influencia sobre él, mostrándole que hay vida más allá del estudio, y haciéndole ver el absurdo de la empresa en la que ha sido embarcado sin su consentimiento, por sus profesores, dirigiéndole por el camino que ellos consideraban correcto, moldeando su alma al gusto de ellos, sin tener en cuenta su felicidad ni su individualidad.
El rector del seminario intenta separarlos, y cuando Heingel comete una falta que le hace perder el favor de sus profesores y condiscípulos, está a punto de conseguirlo. Pero, tras una enfermedad de este, Hans vuelve a su lado. Comienza a bajar en los estudios, “de sobresaliente a notable, de notable a aprobado y de aprobado a suspenso”. Pierde para siempre la confianza del rector y se aísla del mundo de los demás alumnos. Heingel resulta ser su único apoyo. Pero este, que es emocionalmente inestable, decide un día fugarse, para no volver nunca.
El estado de Hans es cada vez más preocupante, hasta el punto en que tiene que dejar el seminario. El padre, decepcionado, ni siquiera le riñe, pues una vez que sus expectativas académicas han sido frustradas, pierde totalmente el interés por su hijo. Este se resiente, cree que no podrá ya recuperar el tiempo perdido, su infancia malgastada, y piensa en suicidarse. No lo hace. Conoce a una muchacha, Emma, en la que descubre el amor con todos sus sufrimientos. Entra a trabajar de mecánico, en el mismo taller que Augusto, un amigo suyo de la infancia. Pero ya es tarde para él. La vida común de un mecánico no es ni de lejos la que merece. Un Domingo, tras haber bebido con Augusto y otros muchachos del taller, cae al río mientras volvía a casa. Hans muere, y en el entierro, el honrado zapatero señala a los culpables: sus profesores, que le velan solemnes en un rincón, tal vez pensando en lo que podría haber sido, y no fue.
El ser humano se inclina innegablemente a la felicidad. Creo que esa, y no otra, debe ser la máxima prioridad para padres, hijos y estudiantes. No los estudios, ni llegar a lo más alto, ni explotar al máximo las posibilidades de uno. Porque si uno no es feliz, ¿de qué le vale todo eso? Si no recuerdo mal, fue Oscar Wilde quien dijo que la mejor forma de hacer de los hijos buenas personas es intentar a toda costa que sean felices.

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