MAL, MAL, MAL... por EKELEDUDU

Portada de LA HISTORIA DE LOS TEMPLARIOS

Los Templarios fueron una Orden de Caballería religiosa que desde siempre fue objeto de muchas polémicas. Se ceñían a una Regla que les había sido impuesta por Bernardo de Claraval (San Bernardo, si se prefiere) y que incluía principios muy nobles y muy estrictos. En cierto momento de su historia, en 1307, se los acusó de múltiples cargos y fueron perseguidos, arrestados, torturados y a menudo condenados a muerte en diversos países pero, sobre todo, en Francia, donde reinaba su mayor enemigo, Felipe IV el Hermoso. Este dominaba por completo al Papa Clemente V, que le hizo coro en las acusaciones y los puso en sus manos. Por último, siete años más tarde, la Orden dejaba de existir al morir en la hoguera el último Gran Maestre de los Templarios, Jacobo de Molay.

Tan cuestionados como las mismas Cruzadas de las que tomaron parte e incluso los vieron nacer fueron y son los Templarios. A lo largo de la Historia, hubo quienes tomaron partido por ellos y otros por sus adversarios; y en la forma en que se loc contempló influyeron a veces los caprichosos vaivenes de la política. Sin duda, al tipo de religiosidad que los impulsaba podríamos hoy oponer muchas objeciones, pero sin duda conviene juzgarlos desde la óptica de su tiempo, en que se los veía como soldados de Cristo o Caballeros de Cristo y eran muy prestigiosos. Cómo de repente cayeron en desgracia, la credibilidad que puede concederse a los cargos contra ellos y, caso de que fueran falsos cargos, la razón por la que acabaron como acabaron, son cuestiones que se debaten aún, si bien hoy en día impera cierto consenso que los absuelve de las acusaciones y atribuye su descrédito a la codicia de Felipe IV, quien quería apoderarse de los cuantiosos bienes de la Orden.

Todo esto es ya bastante conocido, tanto como las inevitables leyendas que rodean a la Orden. Martin Walker, autor de varios libros sobre el tema, es, por desgracia, muy afecto a ellas, lo que no estaría mal si estuvieran rigurosamente separadas de los hechos concretos, y aquí es donde empiezan los problemas. Sin embargo, se debe reconocer que en esta obra el autor no se hace eco de ellas, no tanto, al menos, como en otros de sus libros (salvo las inevitables alusiones a la célebre maldición gritada por Jacobo de Molay en lo alto de la hoguera). Aquí la principal dificultad es otra. Concretamente, que un ensayo que presuma de seriedad no puede apoyarse en obras de ficción, como se hace aquí. Walker cita constantemente, entre sus fuentes, a la novela EL SEÑOR DE BEMBIBRE, de Enrique Gil y Carrasco, y con menos frecuencia a IVANHOE, de Walter Scott. Con semejante referencia, termina por ser dudosa la credibilidad del libro entero. La ficción puede basarse en otra ficción, no así un ensayo, al menos si pretende que se lo tome en serio, como ya se ha dicho; porque de hacerlo, el lector nunca sabrá si está leyendo algo ficticio o real. Con lo cual, temo, acabará tan confundido como Walker parece estarlo cuando se revisan otros títulos de su autoría.

Escrita hace 10 años · 0 votos · @EKELEDUDU le ha puesto un 5 ·

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