NI FU NI FA por arspr

Portada de NEUROMANTE

Como suele ocurrir, salvo grandísismas obras de arte, la ciencia ficción del montón es simplona (los autores no suelen ser "super escritores") y envejece mal (hay cosas que con el tiempo se vuelven irrisorias).

Un poco denso y a mi juicio tostón. Su mérito es el universalmente reconocido respecto de su anticipación del ciberespacio.

Escrita hace 9 años · 2 puntos con 1 voto · @arspr le ha puesto un 5 ·

Comentarios

@Tharl hace 5 años

Pues a mí me ha reconciliado con el género. Me ha enseñado que mi identificación novela de ideas-ciencia ficción no es necesariamente cierta. Gibson creó un mundo que, mucho me temo, más que envejecer se está consumando y exploró las posibilidades de seguir siendo humano en él.

En cierto modo reintroduce en unos moldes más convencionales, sencillos y de un público de mayor espectro las inquietudes que ya estaban trabajando en la prosa experimental tipos como Pynchon y que más tarde darían lugar a tesis como la del fin de la historia. Pero la densidad tecnológica en que vuelve la típica trama de asalto a una fortaleza por parte de una compañía para rescatar a una princesa es al mismo tiempo su mayor atractivo y su principal problema. Noto a Gibson inseguro, como si temiera que no fueran a entenderle sus lectores y preocupado de querer complacerlos a todos; y acaba alejándolos. Para algunos la inmersión en este mundo ciberpunk será demasiado barroca e incomprensible y para otros las necesarias explicitaciones rechinarán y destruirán el ritmo. No es fácil de conciliar ambas cosas y por momentos Neuromante es al mismo tiempo incomprensible e ingenuo.

En cualquier caso, es una excelente novela seminal.

@Faulkneriano hace 5 años

Incomprensible, la mayor parte del tiempo. Y lo dice uno que lleva leyendo ciencia ficción desde los catorce años y que se ha tragado, con deleite, las historias más inverosímiles.

No le niego su condición de lectura "arqueológica", pero creo que condujo a un ramal equivocado, sin salida. Como ya he dicho alguna vez sus seguidores (Effinger, por ejemplo) fueron todavía peores.

Solo hay una escena que me gusta, muy cinematográfica: cuando la I.A. intenta conectar con el protagonista y van sonando, a su paso por un aeropuerto turco, una tras otra, una hilera de cabinas telefónicas. Para filmar en travelling lateral con un gran angular.

@Tharl hace 5 años

Eso se filmó en la película más deudora de Neuromante que he visto; puede que incluso demasiado deudora: Matrix, "Matriz" en castellano.

@Faulkneriano hace 5 años

¡Anda! Bueno, mejor no me mientes Matrix, que me caldeo...

@Tharl hace 5 años

La matriz, la escena de los teléfonos, una IA fuera de control, la decisión del protagonista entre quedarse en un mundo inventado por una IA sin ser consciente de ello o vivir en un mundo real apocalíptico… Imagino que de conocer los parecidos te habrías pensado dos veces si leer el libro, jeje.

Matrix recicla muchos elementos, escenas e ideas de Neuromante, pero creo que los resignifica para introducirlos en problemas más metafísicos que históricos, que es donde yo veo el horizonte de Neuromante. Además en la película se trata de una matriz menos abstracta y se la concede más importancia que al otro mundo, lo que hace la película más agradable y comerciable.


Me interesa mucho el proyecto de ciencia ficción que despliega Gibson en esta novela. En mi desconocimiento del género, no había encontrado algo parecido antes. Gibson lee con agudeza las tendencias del presente, especialmente técnicas pero también económicas y políticas; las radicaliza desarrollándolas en el futuro; siembra unos cuantos personajes en ese mundo y bajo una estructura dramática convencional -asalto al castillo-, se interroga por las posibilidades de seguir siendo humano en un mundo semejante, sobre los tipos de subjetividades a los que da lugar.

Y admitamos que Gibson tuvo buen ojo: la hibridación de lo orgánico y lo técnico, el coreado ciberespacio, la disolución de los Estados, el remplazo de la empresa tradicional (jerárquicas y familiares) por mecanismos monstruosos e impersonales gobernados por la ley de la eficiencia; la absorción de todo intento revolucionario por el sistema en la forma del terrorista; y, sobre todo, el peso que van tomando los simulacros hasta el punto de que no poder seguir hablando de realidad.

(Aquí es donde Gibson conecta con los problemas de la literatura y pensamiento posmodernos. Incluso puede presumir de mostrar el fin de la historia antes de la publicación de Fukuyama: no hay otras ideologías, otros sistemas y modelos de sociedad alternativos, otros grupos de oposición o resistencia, ¡no hay OTRO!).

¿Es posible seguir siendo humano en tal mundo? Frente a un cianotipo como Dixie Flatline, cuyas respuestas son calculables; en el peor de los casos el hombre puede salvarse a través de la perversidad: el gusto por lo GRATUITO, por la acción irracional, incalculable; como Peter Riviera. Los casos de Armitage, Molly y Case son casos más grises y no me quedan del todo claros. Que la novelita se las trae y yo soy nuevo en el género.

Me gustó también lo referente a la IA, si bien es cierto que toda la historia de la empresa familiar de clones y Neuromante me pareció una fumada que dudo haber comprendido bien. ¿Recordáis el cuento de Borges sobre un mapa tan detallado que se funde con el territorio? De eso trata también esta novela, de cuando ya no es posible distinguir entre realidad o mundo y la representación, entre mapa y territorio, realidad y ciberespacio. Pero es abordado de forma curiosa. La liberación de la IA haría de ella el ciberespacio, una caja de pandora que amenaza con la absorción de la realidad por parte del simulacro, dominándola; todo apunta a que sería catastrófico pero parece ser lo contrario. En primer lugar, independientemente de la IA y el ciberespacio, el mundo objetivo de Neuromante, de tan tecnificado (la técnica por la técnica), totalizador y global, es tan autónomo en su racionalidad e independiente de cualquier componente humano, que no hay necesidad de una IA o un ciberespacio para hablar de fin de la historia o de mundo apocalíptico en el que el hombre es esclavo de un sistema total. En este sentido, el hecho de que el mundo se funda con un simulacro y de que éste tome conciencia, casi puede decirse que es humanizador. Y no sólo eso, sino que abre la posibilidad de que esta IA, que desde ya es el mundo, descubra OTRA en Alfacentauri y se reincorpore así al curso de la historia. Una historia algo rara, por cierto, donde los agentes son dos IA’s que representan cada una su mundo, con muchos humanos (o lo que quede de ellos) viviendo en él. Lo dicho, raro. También puede ser, probablemente, que esto no sean más que pajas mentales mías, ya me diréis si cuadra con vuestras lecturas.


En mi opinión el fracaso de la novela es estético; sin que desmerezca por ello toda mi admiración. El proyecto era un imposible y siempre he encontrado algo heroico en este tipo de empresas. Estoy tentado a decir que el fracaso de debe a la elección del género ciencia ficción para tratar estas inquietudes. A Pynchon le sale bien cuando lo hace a su manera. Claro, que Gibson no es Pynchon. La Ciencia Ficción de este tipo, creo, surge ante la necesidad de mostrar lo irrepresentable. Necesita dar FIGURA a todo: ideas, técnicas actualmente hipotéticas, aquello que en el presente apenas es una posibilidad, y, concretamente, al futuro. Pero el futuro es irrepresentable por definición, lo que -mientras exista historia- es siempre otro, siempre algo distinto del presente e impensable con las categorías actuales. Ante el futuro sólo podemos actuar como el oráculo: “El dios cuyo oráculo está en Delfos -decía Heráclito- ni dice ni oculta, hace signos (en otras traducciones: señala, insinúa). Desde el presente, podemos señalar, indicar, sugerir, pero nunca mostrar el futuro. El resultado de intentarlo hasta las últimas consecuencias: un fracaso como Neuromante. Por un lado, como señala Arspr, resulta demasiado ingenuo en la figuración de cosas como el ciberespacio. Por otro, al tomarse en serio el futuro, al querer de veras lanzarnos a él de una patada y ser fiel a la diferencia respecto del presente incluso en la construcción de metáforas -todas ellas sobre tecnología-, se vuelve incomprensible.


Tal vez sea esta la cuestión más importante de la ciencia ficción. Cómo sumergirnos en un mundo que debe ser radicalmente distinto del nuestro sin que, por ello, anule nuestra comprensión.

Cuando, cómodamente, se proyectan las subjetividades y estructuras sociales del presente al futuro, se fracasa. Estoy leyendo y disfrutando “Crónicas marcianas” y me doy cuenta que la colonización del planeta rojo fue anterior a la cuarta expedición, y anterior a la fascinante tercera expedición, y aun a la alocada segunda y la trágica primera. La colonización tuvo lugar desde que Bradbury tomó la máquina de escribir, en el lenguaje. Sus marcianos, como la Sr. Tttt de la primera crónica, viven como nosotros: parejas heterosexuales que construyen familias en pueblos muy parecidos a Illinois. Antes de “La tercera expedición” Marte YA era un pueblo del medio oeste americano (sus diferencias, como los objetos de cristal o los libros holográficos, no pasan de lo exótico). Y esto hace aún más inquietante éste cuento del gusto de Borges.
En Saga, otra lectura reciente, la pretensión de hablar de la paternidad en un futuro tan lejano y “distinto”, supone un fracaso mayor. Por un lado me irrita la naturalización de subjetividades e instituciones históricas propias de occidente y el capitalismo, como la familia estándar y el modo en que entendemos la paternidad actualmente. Rechina también, por ejemplo, que habiendo telepatía y alta tecnología sigan cambiando pañales. Y sobre todo, el mundo es absolutamente inverosímil. La sensación de que la ambientación es en el futuro únicamente por motivos comerciales es insoslayable.
En otras casos, como de lo que se pretende hablar es de la “naturaleza humana” y esas cábalas, el resultado además de la naturalización del presente (así yo también descubro una naturaleza humana), es una novela de ideas. Y las novelas de ideas siempre nacen muertas.

Pero cuando se trata de hacer lo contrario, cuando como Gibson se trata de arrojar al lector a un mundo tan extraño sin guía, entonces se choca directamente con los límites del género. Con todo, la dificultad de seguir un relato como Neuromante no es mayor de la que tendríamos para movernos en el mundo si pudiéramos viajar al futuro. Y con todo, Gibson se ve obligado a párrafos exclusivamente informativos y sobreexplícitos que, necesarios e insuficientes, lastran la novela. Resultado ingenuo y críptico a un tiempo.
La esencia figurativa de la ciencia ficción está atrapada en este desafío imposible. En la soberbia de querer representar lo irrepresentable.


Insisto que será una novela fallida, pero fascinante. A mí me ha interesado por el género. Y por su versión más dura. Un cambio radical para quien primero no pasaba de Orwell, Huxley, Bradbury y Spaces-Operas y, después, rechazo el género.



*Perdonadme las mayúsculas, pero a falta de cursivas y habilidad, es lo más cómodo para dar énfasis.

@Faulkneriano hace 5 años

Lo que dices casi al final de tu larga nota, tharl, el cómo vestir el futuro de forma creíble añadiendo, con economía de medios, tantas pinceladas como se pueda, es la esencia de la ciencia ficción: no es el problema de Neuromante, sino de todo el género. En cada cuento, en cada novela, el escritor de sf tiene que proceder a amueblar el piso vacío de forma mucho más rigurosa que el autor mainstream, que cuenta de entrada con la complicidad del lector, cosa que no puede hacer el escritor de sf, quien nos guía, sin soltarnos de la mano, por un mundo casi o completamente desconocido.

Supongo que la ciencia ficción moderna postciberespacio me aburre porque me aburre la informática: no la encuentro nada sexy en literatura. Que conste que Neuromante, como es reconocido por todos, no tiene ninguna base científica: Gibson se inventa toda la jerga del hielo y demás. Tiene, también, una componente muy ochentera: la mezcla de hombre y máquina, la mixtura de la carne y los circuitos, la consideración de conectarse a la red como si de una droga se tratase, los efectos colaterales, las mentes fritas.... Compárese, por ejemplo, con una pulcra novela moderna como Al final del arco iris, de Vernor Vinge, publicada en 2006, llena de conocimientos tecnológicos. La manera de acercarse a los datos (el vestible, para quien haya leído la novela) es mucho menos dramática, se explica con mucha más solvencia. Es todo más light, más luminoso, más siglo XXI, aunque la tecnología esconda también malas intenciones.

Ninguna de las dos me gusta, una por demasiado especiada, otra por sosa. Qué le voy a hacer. Será la informática: es lástima que ciencia tan vulgar e innoble guíe nuestras vidas. Si fuera la alquimia, pongo por caso...

@Tharl hace 5 años

Me empieza a gustar esto de la CiFi, un proyecto condenado a fracasar.

Bueno, ya sabes que a medida que se han ido traicionando las esperanzas de los 70' y 80' y cumplido las peores profecias, éstas se han vuelto más amables. Nada se privatiza ni los derechos se pierden, se gana flexibilidad; no hay una red de vigilancia total, tenemos "nubes"; no tenemos Gran Hermano, sino transparencia; no tenemos un problema con las drogas y el soma, sino una variada oferta de ocio; no existe una sociedad del espetáculo, sino más trasparencia; etcétera, etcétera.

No tengo nada en contra de la documentación en literatura. Tampoco a favor. Al fin y al cabo la ficción es cosa de imaginación. Y si hay que escribir acerca de aquello que se conoce bien, los libros no son un sustituto. Mira Kafka, escribiendo desde el sótano, y cuánto rendimiento para pensar las sociedades totalitarias y la nuestra. Así que no seamos duros con Gibson si hablaba de hielos y "corta hielos" en lugar de "corta fuegos".

Me gustaba más cuando aún se podía ser chejoviano, pero toda novela contemporánea sin presencia de la informática y las tecnologías (internet, televisión, imagen digital) me resulta anacrónica. E inmoral.

Ay, la alquimia... El mundo era más hermoso cuando nos guiabamos por la alquimia, leíamos novelas en francés, filosofía en alemán y a nadie importaba el inglés. Al menos en los 60 todavía se llevaba sombreros.

@Faulkneriano hace 5 años

En los próximos meses tengo pensado leer (y esto va para aspr y tharl) toda la ciencia ficción que pueda, porque se me ha despertado, con estos y otros entrantes, el gusanillo del género. Ya os contaré, porque voy a entrar un poco a saco en la ciencia ficción posterior a los grandes nombres, en la más moderna, y ahí voy un poco más a ciegas. Bester, Kutner, Fredric Brown, Poul Anderson, James Titptree, Pohl , Aldiss y compañía dicen poco al lector moderno, pero hasta ahí llego yo: más allá me pierdo, pese a que he echado muchas horas en la tarea, que a veces se saldan con fracasos monumentales.

Es un género ingrato de leer, porque hay mucha basura: un noventa por ciento, le dijeron a Sturgeon (otro gran clásico), que respondió sin pestañear: "el noventa por ciento de todo es basura". Es la ley de Sturgeon, al que no le faltaba razón.

Lo peor, como he dicho ya alguna vez, es que el moderno escritor de sf, una vez que amuebla una casa (se inventa un mundo más o menos coherente) no la abandona y prefiere publicar dos, tres, cuatro y quince novelas en ese universo. Esta es la gran diferencia: la sf clásica montaba todo un escenario .... para un solo cuento, y luego pasaba a otra cosa. Había más ideas, proporcionalmente, más riesgo y menos deseo de obtener rentabilidades aseguradas. Como bien dice Miquel Barceló en su Nueva guía de lectura para la sf (con la que no siempre, ni mucho menos, estoy de acuerdo) lo mejor del género está en los relatos breves. Pero díselo a Pratchett...

Lo dicho: ya os contaré.

@Tharl hace 5 años

Pues qué bien, así los que no conocemos el género nos aprovecharemos de todos tus encuentros y desencuentros, jeje. Que acertar con el 10% no es fácil.

En realidad, la ley de Sturgeon casi puede aplicarse a cualquier género. Es fácil convertir un género en una fórmula comercial y, hecho esto, apaga el libro y vámonos. Muy mala prensa le ha dado esto a los maravillosos géneros a favor del siempre menor cine/literatura de autor. A ver si poco a poco nos hacemos a la idea de que un género no es una prisión con celdas estancas y normas, sino una tradición abierta a reinterpretar.
Luego nos sorprendemos de que la literatura se encierre sobre sí misma y se extiendan las referencias como una pandemia. A falta de insertarse en una tradición, digo yo que es de esperar que uno tenga que establecer de cero con quienes dialoga.

Lo de las Sagas también es muy triste…