CUANDO TODO SE PONE DE CABEZA por EKELEDUDU

Portada de ROMA Y LOS BÁRBAROS. UNA HISTORIA ALTERNATIVA

"Los hombres civilizados son menos amables que los salvajes, porque saben que pueden ser descorteses sin correr el riesgo de que les partan la cabeza", escribió Robert Howard, el creador de Conan, en "La Torre del Elefante". Ciertamente basta ver cómo se vive en las ciudades actuales para advertir de inmediato la sabiduría que encierra esta frase capaz de redefinir el concepto de bárbaros, una palabra muy en boga en la antigüedad grecorromana y que a menudo evoca imágenes de hordas de brutos enormes, velludos y agresivos destruyendo todo a su paso. El problema es que tal imagen es muy difícil de conciliar, por ejemplo, con esa nobleza tan mal pagada por Roma de la que hizo gala el rey godo Alarico según nos cuenta, entre otros, la profesora Jurate Statkute de Rosales en su obra LOS GODOS. O con el respeto que los celtas sentían hacia las mujeres, poniéndolas en pie de igualdad en derechos que los hombres. Estas cosas son bastante conocidas hoy en día y no tenemos demasiadas dificultades en aceptarlas, y si este libro, que básicamente analiza la historia del Imperio Romano desde el punto de vista bárbaro, se contentara sólo con ellas, casi podríamos prescindir de él. Pero ROMA Y LOS BÁRBAROS: UNA HISTORIA ALTERNATIVA (que realiza su exposición priorizando un orden temático antes que cronológico, aunque respeta éste cuando puede) va mucho, mucho más allá, y viene a enrevesar todas las nociones que teníamos inculcadas arrojando a la mesa una manzana de la Discordia, una afirmación tan desafiante como increíble: la dominación romana habría significado un grave retraso cultural, merced a la anulación de numerosos adelantos previamente alcanzados por los pueblos "bárbaros" a los que subyugó. No diré que los romanos me caigan especialmente simpáticos o que en algunos aspectos no me parezcan más bárbaros que los propios bárbaros; pero hasta a mí me resulta un tanto difícil de asimilar semejante aseveración. El único logro auténtico que conceden a Roma los autores de este libro es la profesionalidad de su ejército, pero hasta ése parece un logro nefasto teniendo en cuenta qué uso de le dio.

Resulta tentador poner en entredicho la seriedad del libro porque uno de su autores es nada menos que Terry Jones, uno de los Monty Phyton. Ciertamente el libro no carece de humor, bajo la forma de comentarios al paso sumamente corrosivos, pero sus pretensiones son serias y, lo que es peor, cosechó buena cantidad de elogios de parte de varios estudiosos. Por otra parte, Jones y el otro autor del libro, Alan Ereira, ya cuentan con una voluminosa foja de trabajos similares en colaboración para medios tan respetados como la BBC de Londres, Como además un vistazo a la bibliografía consultada insiste en respaldarla como obra respetable, habrá que concluir que, en efecto, lo es. Y mucho más de lo que parece; porque ¿qué otro libro que no sea de ufología o esoterismo se ha atrevido jamás a comentar o aludir siquiera a aparentes anomalías arqueológicas como la célebre computadora de Anticitera o las no menos famosas pilas de Bagdad? El silencio que guardan al respecto los historiadores es tan ominoso, que no sé qué hay de sorprendente en el hecho de que luego aparezcan relacionando dichas piezas arqueológicas con visitas de astronautas de otros planetas. Si la ciencia pretendidamente seria calla, el rotundo disparate aprovecha para perorar. En este caso, sin embargo, se acabó la perorata: los autores toman cartas en el asunto, y en el caso de las pilas de Bagdad se muestran muy cautos, pero en el de la computadora de Anticitera declaran sin ambages que el objeto era una regla y no una excepción; que artefactos mecánicos de esa índole eran más que comunes en el mundo griego. Y fundamentan. ¿Y qué pintan en esto los griegos, si estamos hablando de Roma y los bárbaros?, se preguntarán algunos. Pues precisamente el asunto es que, para Roma, los griegos también eran bárbaros, y en realidad lo eran todos aquellos que no fueran romanos. Al principio y durante bastante tiempo, al menos. Después, cuando los así llamados bárbaros superaron en número a los romanos, el rol que ocupaban los primeros pasó a ser interpretado en primer término por los paganos -cuando el cristianismo empezó a ser aceptado y a convertirse en la religión del Imperio- y luego por los herejes -cuando el catolicismo pasó a considerarse el único cristianismo moralmente aceptable. Siempre estuvo esa división, arrogante y discriminatoria, entre "Nosotros", los correctos, civilizados y tolerables, y "Los otros", que debían ser doblegados y en ocasiones hasta suprimidos, como ocurrió con los dacios. Los refinados griegos eran de "Los otros"; tal vez eran menos "Otros" que los demás, pero aún así, no eran romanos, y a estos últimos no interesaban sus artefactos mecánicos, a menos que sirvieran para la guerra, Por lo tanto, éstos terminaron cayendo en el olvido.

Jones y Ereira, de modo inquietante, opinan que no es casual que se hable tan poco de estas cosas; que el supuesto papel civilizador de Roma convino, conviene y convendrá a otras potencias que siguieron el camino del que ella fue pionera, y por eso acallan que su papel fue más bien oscurantista. A estas alturas, no me atrevería a afirmar lo contrario. Pienso en las legiones romanas, pienso en los "marines" yanquis y... ¡Hmmm!...

Al margen de la polémica que pueda levantar este libro por la "demolición" con que castiga a Roma, otros datos históricos y comentarios vertidos en sus páginas pueden prestarse también a discusión. En contradicción con la ya mencionada obra de la profesora Rosales, que considera bálticos a los godos, por ejemplo, aquí se adopta el punto de vista tradicional, según el cual eran germanos. En Internet parece estar ganando muchos adeptos la teoría de la profesora Rosales; claro que en Internet también ganan adeptos las teorías según las cuales la llegada del hombre a la luna es una farsa, hay entre nosotros reptiloides mimetizados de humanos y demás dislates por el estilo, así que mejor no hacer mucho aspaviento con eso. También se habla de la supuesta retirada de Atila ante Roma a instancias del papa León Magno; la mayoría de los historiadores actuales parece considerar que la retirada, más bien, fue a instancias de una epidemia. Como dije antes, a esta altura será un milagro que esté seguro incluso de cómo me llamo.

Escrita hace 9 años · 0 votos · @EKELEDUDU le ha puesto un 10 ·

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