EL POLICÍA HONRADO POR EXCELENCIA por EKELEDUDU

Portada de SERPICO

Resulta difícil entender por qué Grijalbo rotuló este libro como novela, dado que hasta donde llegan mis conocimientos, este libro es más bien un informe periodístico. Tiene toda la traza de tal, comenzando por el hecho de que Serpico es un hombre de carne y hueso y no un personaje ficticio, y todo el libro parece escrito con miras de informar antes que de entretener; en todo caso, su autor, Peter Maas, era periodista, y Wikipedia lo define como "biógrafo" de Frank Serpico. La etiqueta que la editorial le coloca a este libro puede obedecer al hecho de que éste tenga demasiado diálogo y, se sabe, a las palabras se las lleva el viento: no hay forma de corroborar que los dichos reproducidos en la obra sean exactos, y si hay mucho de inventado, se entra en el terreno de la ficción. De la ficción histórica, si se quiere, pero de la ficción al fin.

De cualquier manera, SERPICO - llevado a la pantalla grande en un filme homónimo dirigido por Sidney Lumet y protagonizado por Al Pacino- se ocupa de eventos y personajes reales. Frank Serpico, hijo de inmigrantes italianos, nació en Nueva York en 1936. Tenía veintitrés años cuando, llevado por un idealismo único, ingresó en el Departamento de Policía de Nueva York. No tardó en llevarse varias desagradables sorpresas respecto a la honestidad de sus colegas y compañeros, y la ley en general. Estrictos sistemas burocráticos permitían poner en libertad a individuos peligrosos apenas éstos eran apresados. Peor todavía, esa misma burocracía impedía a veces a Serpico convertirse en un estorbo para los agentes que concretaban sobornos con los detenidos. Cuando le asignaron un puesto que incluía la tarea de atender quejas y denuncias sobre corrupción policial, puso en ello todo su celo, por lo que se le dijo, como al pasar, que no tenía por qué matarse haciendo eso; y como su respuesta no fue acorde, pronto se creó un clima hostil en torno a él. Eso lo puso en guardia. No pudiendo impedirlos personalmente, Serpico elegía al menos no seguir esos corruptos ejemplos, pero sin atreverse atrasgredir el código de honor (palabras que en este contexto suenan entre chistosas y bastardeadas) policial, que le exigía guardar silencio respecto a esas actividades. Sin embargo, la cosa empezó a parecerle escandalosa cuando pasó a integrar la policía secreta. Para entonces él ya sabía que precisamente la policía secreta era una de las secciones más corruptas de la fuerza en Nueva York. Sin embargo, quería convertirse en detective y por ese entonces un paso obligado para llegar a serlo era servir cuatro años en la policía secreta; de modo que aceptó muy a su pesar. Ya formando parte de dicha sección, era el único que no participaba de negociados; y su compañero, Zumatto, el único que estaba al tanto de que elegía no participar de los mismos. Pero cuando más tarde Zumatto fue trasladado y los demás miembros de la policía secreta se enteraron de que se había quedado con la parte de los negocios que correspondía a Serpico, todos ellos se sintieron robados: ese dinero debía haberse repartido entre todo el resto del grupo. Cómo gente involucrada en asuntos turbios tiene el cinismo de poner el grito en el cielo porque otro le birló una parte del dinero mal habido, es algo que no se entiende.

Mientras tanto, Serpico se iba sintiendo cada vez más incómodo con esta situación, tanto más cuanto que indirectamente terminaba beneficiándose de un modo u otro con esas ganancias ilícitas: sus compañeros de la policía secreta acordaron pagarle el almuerzo y otros gastos. Fue, obviamente, lo que podríamos llamar un acuerdo unilateral. Serpico se hallaba en medio de una manada de lobos - metafóricamente hablando y con perdón de los verdaderos lobos-, y no aullar al unísono con ella podía serle peligroso, habida cuenta de que ya le gruñían y le enseñaban los colmillos, recriminándole su honestidad, insistiéndole en que se ensuciara las manos para que ellos mismos no se sintieran culpables. Así que tuvo que aceptar. Pero ya para entonces había iniciado en silencio estériles intentos por acabar con esa denigrante corrupción, denunciándola ante un superior que le aconsejó olvidarse del asunto si no quería terminar flotando muerto en el río. Serpico llevó su denuncia ante otros despachos, pero el escándalo sobrevino cuando el asunto llegó a oídos de la prensa, que lo difundió a diestra y siniestra. Entonces vinieron juicios y sentencias que a Serpico parecieron irrisorios y en verdad lo eran, pero al menos provocó renuncias en masa y puso al descubierto, a los ojos del público, toda la maraña de infamias.

Pero Serpico pagó muy duramente su honestidad. Algunos colegas lo felicitaron en privado, no atreviéndose a hacerlo a viva voz; algún superior tan íntegro como él consideró un honor acompañarlo a patrullar las calles; cuando sufrió un atentado, unos pocos policías acudieron, solidarios, a ofrecer su sangre para él. Pero la inmensa mayoría de la fuerza policial neoyorquina repudió de mil ostensibles maneras su integridad moral. Serpico se convirtió en detective cuando ya no le interesaba, y tiempo después solicitó el retiro. "¿Crees que de verdad cambiaste algo?", le preguntó más tarde otro policía. Serpico no lo supo; yo, aún menos; pero sí sé es que su tremendo ejemplo no merece caer en el olvido, y por ello recomiendo este libro.

Escrita hace 10 años · 0 votos · @EKELEDUDU le ha puesto un 10 ·

Comentarios

@Nikninho hace 15 horas

Dónde se puede conseguir este libro

@EKELEDUDU hace 14 horas

Yo diría que pruebes conseguirlo en una librería de viejo y usado o en Internet a través de Iberlibro.