DUELO FRATERNAL por Hamlet

Portada de EL BARÓN DE BALLANTRAE

Recientemente leí y reseñe las versiones en cómic de “La isla del tesoro” y “Secuestrado” ambas realizadas por el equipo artístico formado por Hugo Pratt y Mino Milani, basándose en sendas obras de Robert Louis Stevenson (1850-1894). En esta ocasión la escogida es “El barón de Ballantrae”, la adaptación que para el cómic hizo de la novela homónima de Stevenson, entre los años 2005 y 2007, el artista galo Frank Meynet, más conocido en los medios por su alias artístico: Hippolyte.

“El barón de Ballantrae” es una novela del año 1888 en la que se narra el enfrentamiento sin cuartel, a lo largo de los años, entre dos hermanos totalmente opuestos de la aristocracia escocesa. La historia da inició en 1745, en un señorial castillo escocés, azotado por los vientos de las landas, cuando el viejo lord de Durrisdeer y de Ballantrae tiene que tomar una difícil decisión que afectará fuertemente a los miembros de su familia. La guerra entre los partidarios del rey Jorge y los de Bonnie Prince Charlie ha comenzado y, claro, debe posicionarse, manteniendo en la medida de lo posible el status familiar. Por eso opta por una decisión salomónica que consiste en que su hijo menor, Henry, irá a enfrentarse al pretendiente Estuardo, mientras que el primogénito, James, barón de Ballantrae, permanecerá en la propiedad familiar, fiel al rey Jorge, y como está previsto desposará a su prima Alison. Pero he aquí que el primogénito se enfada, protesta: será el quien vaya al encuentro del pretendiente rebelde, dejando a su hermano menor en el castillo, con la prima y con el título. Gritos, llantos, llamadas a la razón, nada surte efecto; el asunto, al final, se decidirá a cara o cruz, y el primogénito ganará, como siempre. La prima, despechada, arroja la moneda de oro contra el blasón de los Durie de Durrisdeer, pintado en la vidriera del salón…y el ruido de la moneda que cae con un fragor de cristales rotos suena como la puesta en marcha del destino, y a partir de ese momento se desencadena la tragedia…

Dos hermanos opuestos en todo: el uno, James, audaz, presuntuoso, sin escrúpulos, ladrón, mentiroso, perseguidor de faldas, aventurero, inquietante, como todos los seductores; el otro, Henry, tímido, hogareño, trabajador, ahorrador, dechado de virtudes, aburrido a más no poder, harto de sí mismo, enamorado en silencio de la hermosa prima, que solo tiene ojos, claro está, para el granuja, y el odio levantándose entre los dos hermanos, el mundo convirtiéndose poco a poco en el teatro de su enfrentamiento, y en donde se adivina, desde la moneda arrojada por Alison, que el desenlace será fatal…

Este es a grandes rasgos el argumento o punto de partida de la novela y de este cómic, o novela gráfica si se quiere, que ronda las doscientas páginas.

Hippolyte, que hace tanto de guionista como de ilustrador, consigue una obra sin fisuras, dónde dibujo y texto se complementan de manera acertada en beneficio del conjunto, dando lugar a momentos narrativos y dramáticos excelentemente representados en sus dos vertientes. El dibujo de Hippolyte es un dibujo poco clásico, en absoluto realista, pero fresco y atractivo, al que cuesta un poco adaptarse al principio pero que va conquistando al lector a medida que la historia avanza. De hecho es sobretodo al final cuando uno saborea y tiene la certeza de haber recreado sus ojos en una obra de vigorosa y poderosa factura visual, hasta el punto que no puede evitar volver la vista páginas atrás para deleitarse de nuevo con sus ilustraciones. Hippolyte utiliza una combinación de dibujo a lápiz, sin entintar, con acuarelas que da un resultado excelente. El color de su paleta rebasa incluso los márgenes de las viñetas y del contorno de sus personajes, confiriéndole un aire de fabulación y fluidez desbocada fantástico. Esto se acentúa, por ejemplo, en una escena donde un sufrido Henry tiene una pesadilla, que el lector visualiza como él, y para la que el contorno de las viñetas es completamente borrado.

Otro de sus logros es lo bien que escoge los colores y tonos para cada una de las escenas. Hippolyte consigue que el color sea uno de los pilares básicos en los cuales se sostiene el poder atmosférico y dramático de la escena, de manera que siempre hay un color dominante y omnipresente en cada una de ellas.

A nivel de guión y texto decir que Hippolyte realiza también un buen trabajo, aunque quizás no tanto como en lo referente a la ilustración. Los diálogos y textos son muy literarios, y responden bien al estilo de Stevenson y de la época en que se suceden los hechos. No obstante, habría que saber hasta que punto esto es mérito de Hippolyte o del propio Stevenson. Aún así reconocer su trabajo adaptativo a un medio tan diferenciado del literario.

Ahora bien, y quizás esto sea lo más importante, ¿qué ofrece “El barón de Ballantrae” de Hippolyte?

Para empezar una trágica historia de odio y rencor fraternal insalvable, que aboca a toda una familia al desastre. En ella aparecen dos hermanos que representan dos maneras de entender y vivir la vida, diferentes e irreconciliables entre sí. Cada uno con unas virtudes y debilidades opuestas que los convierten en algo así como las dos caras de una misma moneda. No por casualidad son hermanos y no por casualidad (¿o si?) es una moneda la que decide sus suertes.

Uno de los aspectos más interesantes y potentes de la obra es que el fraternal enfrentamiento está repleto de sutilidades y recovecos, de argucias, chantajes, y presiones, lo que permite trazar un retrato psicológico de los personajes muy trabajado. Un retrato que además irá evolucionando a medida que sus personajes lo hagan influidos por lo sucedido. Por ejemplo, Henry, el a priori dócil y correcto de los hermanos, irá consumiéndose poco a poco devorado por el odio hacia su pérfido hermano, hasta el punto de obsesionarse e incluso disfrutar con una venganza que será su perdición. James, el barón de Ballantrae, tampoco supone un caso aparte. Es un personaje pérfido, canallesco, amoral, que no obstante posee el atractivo y fascinación que Stevenson ya hiciera manifiesto en su inolvidable John Long Silver.

En “El barón de Ballantrae” se da cita esa inquietante contradicción humana que nos lleva a sentirnos atraídos hacia lo oscuro, hacia lo transgresor, hacia lo osado y desconsiderado, mientras que se ignora o no reconoce lo trasparente, lo estable, lo sensato y correcto. Es ese eterno dilema entre el mal y el bien, entre el atractivo y la fascinación del primero y la necesidad y corrección del otro, que se reproduce incansablemente en la vida de los hombres. Esa inconfesada atracción que lleva a las mujeres a sentirse atraídas por hombres audaces, capaces, pagados de si mismos, que ningunean toda moral que no sea su propio provecho (también a la inversa). Ese inconfesado desprecio que lleva a calificar de sosos y aburridos, a aquellos que cumplen los mandatos del deber y la moral con inquebrantable fidelidad, pese a que pudieran no hacerlo.

James, pese a su reprobable carácter y actitud, es el favorito de su padre y su prima, un ser que ejerce un dominio y fascinación en todo el que lo frecuenta, mientras que el apocado Henry sólo será admirado por su fiel servidor Mac Kellar. Y he aquí otro de los personajes fundamentales de esta historia, el del operante y fiel administrador, que hará de narrador y participe en la misma, y que como el resto de los personajes nunca será de una pieza, sin significar ello que den tumbos de personalidad sin sentido, si no todo lo contrario.

“El barón de Ballantrae” es una magnífica representación o puesta en escena de varios de los aspectos más detestables del alma humana, y ninguno de sus personajes se libra de hacer su aportación. En ese sentido constituye una de las obras más sombrías de Stevenson, el “story-teller” (contador de historias) por excelencia. Aún con todo, no faltan en ella sus habituales dosis de aventura, acción, duelo a espadas, intriga, exóticos escenarios (el mar, los highlands de Escocia, los bosques de Norteamérica plagados de indios, etc), tan queridas y requeridas por sus incondicionales.

En “El barón de Ballantrae” aparece de nuevo el tema de la dualidad humana, esta vez representada en la figura de dos hermanos, que como ya hiciera antes en la figura de Jekyll y Hyde, vienen a representar diferentes aspectos de nuestra sociedad y condición. En esta ocasión incluso con alguna interesante referencia bíblica, ya que al principio de la historia James, el hermano mayor, llama Jacob a su hermano menor. Con ello se alude al enfrentamiento del Génesis entre Esaú y Jacob, ya en el vientre de su madre Rebeca, y que según explica el propio Dios se debe a que cada uno de ellos venía a representar a dos naciones muy distintas. Las similitudes no se acaban ahí, ya que Esaú, “el cazador”, renuncia a su primogenitura en favor de su hermano pequeño por un plato de lentejas. Algo así hace James al renunciar al ofrecimiento de su padre de quedarse como legítimo heredero de sus tierras, mientras su hermano Henry parte a la guerra.

El final de esta historia, que evidentemente no desvelaré, es portentoso, un prodigio digno de inscribirse con letras mayúsculas en la historia de la tragedia junto a los de Esquilo, Sófocles o el mismo Shakespeare.

Como curiosidad, para amantes de lo anecdótico, mencionar que los personajes protagonistas se llaman James y Henry, que unidos en otro orden darían el nombre y apellido del escritor mejor amigo de Stevenson, ¡¡Henry James!!

Stevenson había soñado con que “El barón de Ballantrae” fuera ilustrado por Howard Pyle (1853-1913), pero no pudo ser. Ciento treinta años más tarde ha llegado el galo Hippolyte para darle vida visual al “barón” y la verdad es que el resultado ha sido francamente bueno.

Escrita hace 10 años · 4.7 puntos con 7 votos · @Hamlet le ha puesto un 8 ·

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