LAS DOS CARAS DE ESPARTA por EKELEDUDU

Portada de LOS ESPARTANOS

Como es sabido, los espartanos eran un pueblo que prácticamente vivía entrenándose para la guerra y cuya historia gira sobre todo en torno a las guerras que los enfrentaron a otros pueblos. Por lo tanto, su historia está inevitablemente ligada tanto a la de sus enemigos como a la de sus aliados. Teniendo esto en cuenta, la afirmación que he leído en un sitio de Internet (ver enlaces adjuntos) según la cual este libro pretende ser una historia de Esparta y los espartanos, sin haberlo logrado, me parece tremendamente injusta. Sí es cierto, como se afirma en el mismo sitio, que es en gran medida la historia de Grecia con Esparta como hilo conductor; pero esto es obvio y no podría ser de otra manera, teniendo en cuenta que Esparta tomó parte activa en dos de los más famosos conflictos bélicos que involucraron a las polis griegas, las Guerras Médicas y la Guerra del Peloponeso.

Que Cartledge es un profundo admirador de los espartanos, queda claro en su exagerada proclamación final, "¡Esparta vive!", pero hay que reconocerle que, pese a tal admiración, mantiene en todo momento su imparcialidad y no deja de reconocer los profundos defectos de los espartanos, su desagradable flanco represor, su mediocridad cultural (aunque puede relativizarla, y lo hace a medida que se avanza en el texto) y su cuestionable forma de gobierno, totalitaria a más no poder. El autor también merece elogios por su forma de manejar las fuentes con las que cuenta. Cuando hay más de una versión de un mismo hecho, señala cuál es la más probable, y por qué; como así también, qué autor resulta poco creíble y las razones de tan escasa fiabilidad.

Cada tanto, el hilo principal del texto se ve interrumpido para ceder espacio a la biografía de algún espartano ilustre que protagoniza los sucesos sobre los que se están tratando en ese momento. Así desfilan por las páginas, entre otros, el mítico Licurgo, Cleómenes I, Demarato, Gorgo, Lisandro, Antálcidas, Agesilao y otros. Francamente, encuentro que este tratamiento tiene la desventaja de apartar la mente del lector de los sucesos que se están narrando, de manera que después cuesta un poco retomar el hilo; pero por otro lado, no veo de qué manera más adecuada se habría podido presentar formalmente a estos personajes. Colocar todas las biografías al final es un sistema que también habría podido tener sus pros y sus contras (y tal vez, más contras que pros).

Como siempre, habrá quienes discrepen con las opiniones del autor, sobre todo en lo referente al controvertido tema de la homosexualidad espartana; pero me temo que las credenciales del autor son lo bastante sólidas para no admitir otras, a menos que provengan de una autoridad seria (entre los enlaces adjuntos se hallará también una segunda opinión al respecto, pero me temo que se trata de un sitio de ultraderecha y plagado lo mismo de delirios que de delirantes, por lo que su credibilidad es más que dudosa, por no decir nula).

Mérito extra del autor es el de dar cierta importancia a los periecos, que también resultaron influyentes en la historia de Esparta, como se puede apreciar en la obra. La mayoría de los demás autores sólo hacen mención de los espartiatas y los ilotas, y es lógico que se centren en estas dos clases sociales, cuyas luchas fueron en fundamento de la historia espartana, pero no que omitan explayarse sobre el tercer y antes citado grupo social.

Se incluyen algunas fotografías, pero algunas son reconstrucciones posteriores. El legado arqueológico de Esparta es en sí mismo pobre. En cuanto a su legado ético y moral, cada uno es libre de pensar como quiera, porque de hecho el mismo libro lo permite con su misma imparcialidad. En lo personal, considero que un sistema educativo como la Agoge espartana es prácticamente un lavado de cerebro y, como tal, repudiable. Que jóvenes espartanos eran azotados ritualmente frente al altar de Artemisa, a veces hasta morir, sólo para probar su valor (algo que no sirve a nadie y a lo que nadie en su sano juicio aceptaría en una sociedad normal;i aceptamos semejante locura como normal, habría que aceptar también la de los flagelantes medievales, que se azotaban para sufrir como Cristo) lo desmiente Cartledge en un pasaje de su obra (que malinterpreté en su momento, para captar correctamente enn una segunda leída), pero ciertamente el bestial trato que se dispensaba a los ilotas es suficiente para acallar cualquier comentario admirativo. Por otra parte, aunque los espartiatas se llamaran a sí mismo los homoi, los iguales, no lo eran tanto como por lo general se cree: dependía de la fortuna que tuviesen (no podemos menos que recordar el pasaje de Rebelión en la granja en el que al mandamiento según el cual todos los animales eran iguales, se le hace una adición: pero algunos animales son más iguales que otros) Por consiguiente, estimo que la herencia espartana admisible es muy escasa. Pero cabe insistir: el libro sigue un criterio preponderantemente expositivo, por lo que quienes sean, como Cartledge, admiradores de los espartanos, sin duda seguirán siéndolo luego de leerlo. Lo que nadie puede negar es que, como toda civilización distinta de la nuestra, la espartana resultan muy interesante, aunque sólo para contemplar desde la distancia.

Y es exactamente lo que este bien documentado ensayo nos permite hacer

Escrita hace 10 años · 4 puntos con 1 voto · @EKELEDUDU le ha puesto un 10 ·

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