EXCELENTE CONTINUACIÓN DE LA SAGA DE LOS VETERINARIOS RURALES por EKELEDUDU

Portada de TODAS LAS COSAS BRILLANTES Y HERMOSAS

TODAS LAS CRIATURAS GRANDES Y PEQUEÑAS nos retrotrajo a un mundo ya prácticamente desaparecido, uno mucho más dulce apacible que el actual, transportándonos a la campiña inglesa, concretamente al pequeño pueblito de Darrowby, donde el autor dio sus primeros pasos como veterinario rural allá por la década de 1930-1940. El libro fue el inicio de una serie autobiográfica, del que TODAS LAS COSAS GRANDES Y PEQUEÑAS, hoy tan difícil de conseguir como el opus inicial (pero teóricamente a reeditar en breve por Urano, según se dice), es su segunda entrega, también ambientada en el tranquilo Darrowby. Claro que eso de "tranquilo", es una forma de decir. La palabra "rutina" pierde su significado en una ocupación donde se arriesga uno a ser merendado por un perrazo que por su enorme tamaño parece cruza con león, o a protagonizar una veloz carrera, muy digna de Pamplona, por delante de un toro enfurecido. Ocupación que, sin embargo, permite advertir cuanto de bello y humano, en el mejor sentido del término -algo que entenderá perfectamente todo aquel que tenga una mascota- hay en los animales... y viceversa. Porque, en realidad, a veces los Homo Sapiens hacemos ostentación de tan estrafalarias conductas, que ni aun con nuestros más denodados esfuerzos podríamos superar la imagen de especímenes exóticos que sin duda proyectamos en el prójimo. Y de esta otra fauna, la homínida, también trata Todas las cosas brillantes y hermosas, a lo largo de cuyas páginas desfila toda una colección de extraños ejemplares.

Algunos de éstos nos son ya conocidos gracias al libro anterior; por ejemplo, el señor Siegfried "Haz-lo que-yo-digo-mas-no-lo-que-yo-hago" Farnon y su incorregiblemente bromista hermano, Tristán. También está de regreso la señorita Helen Alderson, ahora señora Herriot, de cuyo previo y accidentado noviazgo con quien ahora es su esposo hallaremos nuevos episodios. No obstante, la mayoría de los ejemplares de este zoo humano son nuevos. Algunos aparecen y desaparecen; otros tienen cierta permanencia, caso de Granville Bennett, otro veterinario, pero especializado en mascotas, físicamente enorme, de corazón también enorme, apetito no menos enorme... En fin, todo en él es enorme, y pondrá en varios bretes al joven Herriot, quien ciertamente no está hecho para seguirle el tranco a tal coloso.

Y entre personajes humanos y animales se suceden diversas experiencias, divertidas unas, tristes otras. Algunas nos resultarán familiares por haberlas vivido en carne propia: ¿quién de nosotros, tras haber llorado a mares la muerte de algún querido amigo de cuatro patas, no se hizo a sí mismo la eterna y absurda promesa, por supuesto destinada a quedar incumplida, de jamás tener otro animal, para nunca más pasar por el mismo sufrimiento al verlo morir? ¿A quién no fue alguna vez impotente espectador, tan triste como el mismo protagonista, del fracaso de alguien que puso mucho de sí mismo para alcanzar alguna meta y que, por eso mismo, merecía mejor suerte? ¿Quién no ha pasado por la sublime experiencia de sentirse feliz por algo tan sencillo como meterse en una cama caliente y abrigada, especialmente si en ella nos aguarda una cariñosa esposa, tras haber padecido las inclemencias de una noche fría, a la que algún deber nos obligó a enfrentar? ¿Quién no ha saboreado ese sabor agridulce de las despedidas, cuando por un lado nos embarga la pena por separarnos de alguien a quien no sabemos cuándo la volveremos a ver -si la volvemos a ver- y por otro nos desborda un incontenible afecto, producto del recuerdo de muchas y gratas vivencias en común?

Lo que intento decir es que de lo que trata este libro -y quienes ya conozcan TODAS LAS CRIATURAS GRANDES Y PEQUEÑAS saben del talento de Herriot para explayarse sobre ese tema- es de la vida misma. Y con eso ya está todo dicho.

Escrita hace 10 años · 0 votos · @EKELEDUDU le ha puesto un 10 ·

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