REMEMBRANZAS DEL HORROR por EKELEDUDU

Portada de LA MASACRE DE GUYANA

En noviembre de 1978, el senador estadounidense Leo Ryan -un político de ésos que uno piensa que no existen, porque les importa más servir realmente al pueblo, que sus intereses personales, e incluso su propio pellejo- viajó a Guyana y, más específicamente, a la colonia de Jonestown, enclavada en plena jungla tropical y habitada exclusivamente por feligreses del Templo del Pueblo, un culto de orígenes pretendidamente cristianos y presidido por el Reverendo Jim Jones. Ryan viajaba con cierto número de periodistas, entre ellos el autor de este libro, de "The Washington Post", y con miembros de una organización llamada Familiares Involucrados. Estos últimos tenían parientes entre los colonos de Jonestown, y pretendían convencerlos de abandonar el culto y regresar a E.E.U.U.

Los familiares Involucrados describían a Jonestown como un pavoroso campo de concentración; y a Jones, como un siniestro líder mesiánico que no vacilaba incluso en torturar físicamente a sus fieles. Oyéndolos, Krause -quien se enteró de la existencia misma del Templo del Pueblo recién cuando surgió la posibilidad de acompañar a Ryan en este viaje- consideró increíbles sus opiniones; y a ellos mismos, como desequilibrados mentales. Ya en Jonestown, pudiendo hablar con miembros del Templo del Pueblo y con el propio líder del culto, llegó a la conclusión de que éste no se hallaba sano mental ni físicamente, pero admiró la colonia, que parecía propiamente una utopía hecha realidad; y por supuesto, desestimó por completo la imagen de campo de concentración difundida por los Familiares Involucrados, tanto más cuanto que algunos fieles optaron por desertar del culto y regresar a Estados Unidos junto a Ryan y los demás, sin que Jones hiciera el menor intento por detenerlos.

Pero cuando Ryan y sus acompañantes iban a abordar aviones para volver a Georgetown y de allí a Estados Unidos, estalló el horror: un grupo de miembros del Templo del Pueblo los atacó con armas de fuego, dejando un saldo de heridos, algunos de ellos graves, y aun de muertos, entre ellos el propio Leo Ryan. Sin embargo, y pese a la brutalidad de ese ataque, no fue nada comparado con la locura que se desató el mismo día, 18 de noviembre de 1978, en Jonestown, donde la casi totalidad de los colonos, poco menos de mil, se suicidaron colectivamente merced a un veneno preparado ad hoc y mezclado con jugo de uvas. Sólo se salvaron unos pocos que lograron esconderse en la jungla hasta que pasó todo.

En su época, las fotografías que registraron imágenes mostrando por todas partes gente y más gente muerta en el suelo de Jonestown, produjeron escalofríos, y todavía hoy resultan estremecedoras. Sin embargo, podríamos preguntarnos: ahora que han pasado tantos años desde aquel hecho, ¿tiene sentido la lectura de este libro?

En mi opinión la tiene, más allá de que, por momentos, se vuelva reiterativo, sobre todo al final, por ejemplo en lo tocante al recuento inicial de los cadáveres hecho por las autoridades guyanesas, erróneo hasta el absurdo y que dio lugar a que se tejieran múltiples conjeturas sobre el paradero de cientos de personas cuyos cuerpos, supuestamente, no habían sido hallados. Porque lo que interesa exactamente es saber por qué sectas como el Templo del Pueblo atraen como imán a tanta gente supuestamente cuerda, inteligente y culta. "Hubo muchos que no eran tontos, y las creyeron auténticas", decía Daniel Cohen, comentando en su Enciclopedia de los fantasmas a supuestas fotografías de espíritus cuya falsificación es hoy tremendamente obvia; y Jeffrey B. Russell, en su Historia de la Brujería, sostiene que muchos firmes creyentes en las brujas no eran locos ni enfermos, aunque su sociedad si lo fuera.

Por consiguiente, suponer que quienes se dejan seducir por sectas como el Templo del Pueblo son ignorantes o chiflados es, me parece, excesivamente simplista. La masacre de Guyana, como cualquier acontecimiento que implique desastre, en su tiempo desató una frenética búsqueda de culpables, siendo opciones predilectas los gobiernos guyanés y norteamericano. Pero más allá de la responsabilidad que eventualmente cupiera a uno u otro; más allá de que Jones estuviera demente, más allá de todo eso, subsiste el hecho de que cada feligrés del Templo del Pueblo, y algunos de esos feligreses eran inteligentes y cultos, fracasó en impedir que sus propios sueños lo traicionaran. Porque después de todo, probablemente se trató de eso: todos albergaban sueños y, en su afán de verlos hechos realidad, no repararon en qué se estaban metiendo. Todos necesitamos tener fe en algo; y la fe en uno mismo, aunque sin duda sirve, no siempre alcanza.. Pero el peligro estriba en la posibilidad de depositar la fe en algo equivocado. La secta de Jim Jones tal vez fuera inocente y buena, o lo pareciera, en sus comienzos. Pero hasta la fruta más deliciosa puede echarse a perder con el tiempo; la cosa es ser capaz de advertir cuándo esa fruta deja de ser apta para el consumo humano.

Considero muy desafortunado equiparar la masacre de Guyana con la inmolación de los judíos de Masada o con la endura de los cátaros, al menos si esos hechos sucedieron tal como tengo entendido que sucedieron; pero por lo demás, el libro de Krause es una alerta permanente, no sólo contra la amenaza de las sectas, sino también contra la falibilidad del discernimiento humano. Y una obra que haga reflexionar sobre estas cosas jamás dejará de tener sentido.

Escrita hace 10 años · 0 votos · @EKELEDUDU le ha puesto un 9 ·

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