COMPLETÍSIMO INFORME SOBRE LAS ÓRDENES DE CABALLERÍA RELIGIOSA por EKELEDUDU

Portada de LOS MONJES DE LA GUERRA: HISTORIA DE LAS ÓRDENES MILITARES

No hay figura histórica, por admirada que sea, que no cuente con detractores; o a la inmensa, si produce rechazo en la mayoría de los seres humanos, que no tenga su séquito de fieles que la eleven al tope de los pedestales. Qué hay de verdad tras esa figura histórica es algo a menudo muy difícil de dilucidar, porque depende de la objetividad del historiador que nos toque en suerte y de la fiabilidad de las fuentes que consulte; amén de que aquel a quien se estudia, como todo ser humano, seguramente tuvo una personalidad compleja e inaprensible, en la que es difícil distinguir logros, intenciones verdaderas e incluso autoengaños. Y también hay que tener en cuenta los vaivenes de la ética, que evoluciona constantemente y convierte hoy en reprobable lo que antaño estaba bien visto y viceverse.

Tratándose de instituciones, la verdad es todavía más difícil de desentrañar, porque aun cuando las intenciones declaradas sean o parezcan nobles, se trata de entidades compuestas por decenas, cientos o miles de individuos seguramente muy distintos entre sí; y lo que se lleve a la práctica dependerá de la acción concreta de todos esos individuos, entre los cuales sin duda no siempre reinarán la concordia y la unanimidad. En el caso de los monjes guerreros de la Edad Media -templarios, hospitalarios, caballeros teutónicos y otros- su historia entera está llena de paradojas. Sus motivos eran espirituales y, sin embargo, a menudo en conjunto nadaron en la riqueza; querían hacer la voluntad del Señor, y en su Nombre derramaban sangre humana, algo que hoy no puede menos que espantar e indignar. Sin embargo, se esté de acuerdo con ellos o no -y personalmente yo no lo estoy aun cuando desde la lectura del libro que comentamos ahora los vea con mayor benevolencia- es un hecho que ocuparon un lugar importante en la Historia, como también lo ocuparon Gandhi, Hitler y el Che Guevara... incluso, también en el caso de éstos, aunque no estemos de acuerdo con alguno de ellos. Y si ocuparon un lugar, siempre es bueno saber cuál fue. Los monjes de la guerra, publicado originalmente en 1972, vino a llenar un importante vacío en tal sentido, ya que hasta entonces ningún libro se había ocupado de todas las órdenes militares, ni tampoco se extendían más allá de la Edad Media. Y para ser sinceros, podríamos añadir que, en realidad, de quienes se ha hablado hasta el hartazgo ha sido más que nada de los templarios, y esto un poco por el final trágico que encontraron bajo Felipe el Hermoso, pero mucho más por las tonterías esotéricas que circulan en torno a ellos. En cambio, esta obra de Desmond Seward nos permite apreciar momentos históricos, quizás no simpáticos, pero sí muy interesantes, como el papel de la Orden Teutónica en el Báltico -quienes hemos leído LOS GODOS, de Jurate Statkute de Rosales, recordaremos que la autora hablaba allí de un genocidio del pueblo prusiano a manos de dicha orden, y aunque a juzgar por este libro el término parece exagerado, quizás no haya estado del todo desencaminada- y otros decididamente gloriosos, como la valiente resistencia de los Caballeros de San Juan -los hospitalarios, bah- acaudillados por su gran maestre Jean de la Valette durante el sitio de Malta en 1565. También nos hace descubrir, a menos que tengamos una nuez en lugar de cerebro, que por más que estos monjes guerreros nos resulten a menudo crueles y de una espiritualidad más bien nefasta, que de todos modos muchas veces cumplieron con su papel de proteger a los débiles y a los indefensos, mucho más que otros en su misma época; así, los peregrinos que iban a Tierra Santa estaban bastante más seguros viajando en navíos templarios u hospitalarios que en barcos italianos, cuyos capitanes frecuentemente vendían a sus infortunados pasajeros como esclavos en los mercados musulmanes. Una de cal y una de arena, como suele decirse.

Entre luces y sombras, pues, se desarrolla esta historia de LOS MONJES DE LA GUERRA, a cuyo autor se le podría reprochar cierta parcialidad, ya que es obvio que profesa cierta admiración por las órdenes militares. Pero ya se sabe que ni el más imparcial de los eruditos escapa del todo a sus pasiones, que no será el primero ni el último en hacerlo... y que tampoco sus lectores, sin duda, permanecerán inmutables a lo largo de toda la obra. Que tire la primera piedra quien esté libre de culpa.... Cuando menos esa admiración no impide a Seward admitir los actos indiscutiblemente aberrantes que cabe imputarles a las órdenes militares, y eso es lo importante.

En algún momento el autor comete algún dislate con las fechas, como en la página 137, donde alude a cierto suceso que data en 1330 y que sin duda es el que previamente, en la página 122, fechaba en 1208: el asesinato de un maestre teutónico a manos de uno de sus propios hombres. ¿Se le puede reprochar? Decididamente no: milagro es que un historiador no se embrolle todavía más teniendo tantas fechas en la cabeza, y queda bastante claro que 1208 es la correcta. Está bien el espíritu crítico, pero tampoco hay que llevarlo demasiado lejos...

Escrita hace 10 años · 0 votos · @EKELEDUDU le ha puesto un 10 ·

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