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FORTUNATA Y JACINTA

Autor: BENITO PÉREZ GALDÓS
ISBN: 9788420673431
Género: Clásicos de la literatura
Editorial:ALIANZA
Edición: 2002

MADRID 1875
4.75 con 8 votos

Pérez Galdós, autor de escritura dulce, entrañable y respetuosa con el lector mima al lector. Y lo digo, después de haber leído ya varias novelas suyas y ver que en todas actúa de la misma manera. Don Benito introduce los personajes uno a uno, hace lo que podríamos decir, una presentación formal. No es un autor que se meta profundamente en la mente de sus personajes, pero es un gran creador de tipos y por ello gusta de darles forma describiéndolos prolijamente; explicándonos quienes son, donde y como viven, que rasgos de personalidad tienen, cuales son sus amistades, sus aficiones, sus vicios y muchas otras cosas en las que invierte varias páginas para cada uno, colocando esa descripción al inicio del libro si el personaje arranca desde el principio o bien más tarde si aparece después, facilitando al lector cuando la narración propiamente dicha comienza el conocimiento perfecto de quien es quien. Maneja un lenguaje cortés, amable, un poco adornado quizá, compensando cierto atisbo de afectación con unas maneras directas y cordiales que acercan mucho a la persona del escritor, como si se le conociera personalmente de toda la vida. Utiliza mucho también los diálogos, reproduciendo con frecuencia en ellos el habla de la calle incluso la más popular y castiza, aunque sin caer nunca en la vulgaridad.

Todas estas características son las de un hombre de finales del siglo XIX, un momento histórico en que se hablaba y se escribía de una manera que, aún se entiende perfectamente, pero que ya no se utiliza; quiero decir con esto que su estilo, modismos, vocabulario, etc. corren el riesgo de ser vistos hoy día con esa pátina que dan los años, el polvo, la herrumbre o las telarañas a las cosas que encontramos en un desván y que sabemos viejas. Pero no es mi caso, al contrario, me entusiasman esas formas expresivas, tenían encanto y me fastidia que no se conserven. Creo además que a los escritores del siglo XIX les perjudica ser leídos, por lectores de su mismo idioma porque ese estilo aparentemente envejecido, se identifica por algunos como rancio o vetusto, mientras que en un escritor ingles o francés del siglo XIX, ese efecto se diluye en la traducción.

Todo lo dicho hasta aquí se podría aplicar a cualquiera de sus novelas, es por así decir el sello de identidad de su autor. Sin embargo en lo que respecta a extensión, complejidad argumental y aspiraciones en todos los sentidos, FORTUNATA Y JACINTA se convierte en su obra más lograda. Su autor centró en ella todos sus esfuerzos para dotarla de un ejército de personajes variados, que tejen sus historias paralelas a la principal. Son pequeñas y no tan pequeñas tramas que paulatinamente se alejan y separan primero de Jacinta y luego de Fortunata y van creando el marco que sirve de fondo para exponer la trama de las dos mujeres, que a su vez se desarrolla en paralelo, convergiendo hasta juntarse en muy pocos momentos. Ambas son la representación de dos mundos opuestos y enfrentados, el de los que tienen de todo, contra el de los que nada tienen; el de los que quieren una sociedad de orden, contra el de los habituados a vivir en un desorden miserable; el de las gentes cultas y educadas, contra el del analfabetismo y la ignorancia; y por fin, el mundo del amor en el matrimonio, contra el de la pasión ciega.

El contacto entre Jacinta y Fortunata, da lugar al enfrentamiento entre ambos mundos produciendo un choque de trenes que acaba por derivar poco a poco la historia hacia ese segundo mundo pobre y desgarrado, y la novela puede decirse que se convierte paulatinamente en la historia de la desfavorecida de la fortuna, que es Fortunata (paradójicamente), y que acaba acaparando casi todo el protagonismo de la narración.

Quedé fascinado cuando leí la novela por la descripción, costumbrista y magnífica, que nos hace el autor de ese Madrid de 1.875 en el que aparecen retratados, múltiples tipos sociales: familias de prósperos comerciantes que disfrutan de todo el bienestar posible de aquella época, la pequeña burguesía que vive de sus aspiraciones de ascenso en la escala social sin lograr salir de la mediocridad, las clases más desfavorecidas carentes de educación y medios que van malviviendo en la miseria, un clérigo gorrón, una pintoresca beata de incombustible dedicación a los pobres, un hijo de papá incomprensiblemente ocioso que despilfarra su vida holgazaneando, caraduras que eligen vivir de los demás sin trabajar, una viuda de clase media a la que le falta un pecho (así como suena), la multitud de criadas que viven de trabajar en casas de otros (Papitos, la criadita). De manera que esta historia nos cuenta la trama de Jacinta y Fortunata como leitmotiv, pero rodeada de un abundante acompañamiento coral. El libro es el retrato global de aquella sociedad; es decir, no es un conflicto aislado en su pequeño mundo. Al revés, es una historia principal imbricada con otras muchas historias alrededor, que la acompañan y le dan brillo.

Galdós era un escritor inscrito en el realismo y como tal nos describe las cosas, con cierta imparcialidad, sin desarrollar él mismo la moraleja aunque ésta parezca obvia, nosotros mismos como lectores juzgamos quien es bueno o malo, quien actúa bien o mal. Sólo hay una excepción al sistema de novela realista de exponer los hechos fríamente evitando el punto de vista del autor; es el caso de la entrada en escena de Evaristo Feijoo, personaje que semeja un alter ego del autor, cuyo discurso parece colocado en el texto para exponer sus teorías sobre la sociedad de su época: es un hombre razonable, de cierto anticlericalismo, reformista, discreto, liberal, célibe, partidario de adaptarse a los convencionalismos sociales (el retrato de Don Benito). Con este artificio el escritor aprovecha para enseñar sus opiniones sin decir que son suyas, pues el que habla es su personaje.

Me gustaría recalcar como uno de sus puntos fuertes, su sentido del humor, o mejor su optimismo, su modo de narrar con talante positivo, incluso en los momentos más tensos que se dan en la novela; allí siempre aparece la frase irónica o burlona, que te hace leer con un optimismo y una sonrisa siempre preparada porque sabes que al cabo de poco, vendrá al caso. En este sentido, creo que hizo daño a su fama de novela para disfrutar, la serie de televisión que en 1.980 hizo TVE, que indudablemente fue un trabajo de buena calidad y que la popularizó en su momento, pero a la vez dio de ella una imagen de tristeza, melancolía y acerado dramatismo, que cualquiera que haya leído la novela sabe que no está implícita en el texto, pero que lo estuvo en su adaptación televisiva. Una música lánguida, unos decorados tristes, unos actores permanentemente cariacontecidos, y Ana Belén que no daba bien el tipo de Fortunata, mujer arrebatadoramente guapa y a la vez inculta y pasional (Ana Belén, daba un tipo de niña fina, casi opuesto al de la novela). Todo ese conjunto creó esa aura depresiva, que a muchas personas que recordaban aquella serie, les ha echado para atrás a la hora de decidirse a leer la novela. DOÑA PERFECTA por ejemplo, es una novela que efectivamente encierra un enorme pesimismo, pero en FORTUNATA Y JACINTA por el contrario pesa más la pasión de Fortunata por Juanito Santa Cruz, que es la pasión y la alegría de vivir que todas las desgracias que ocurren; además de que Galdós reviste todo el tiempo la historia de ironía y del buen humor de los personajes que en el día a día ponen al mal tiempo buena cara. En esta dirección se puede ver esto que estoy diciendo sobre la serie de TV de 1.980: http://www.rtve.es/television/fortunata-jacinta.

Por tanto resumo, como decía al principio la lectura de FORTUNATA Y JACINTA, y por extensión la lectura de toda la obra de Galdós, es dulce y deja ese buen sabor en la boca; habrá a quienes les empalague y la menosprecien, quizá porque sus formas no son muy actuales, quizá por su compleja trama que se acerca al folletín, o tal vez por su regusto zarzuelero, pero a mi me agrada y mucho su lectura y sobre todo me entusiasma, al retrotraerme a maneras y gustos literarios, arraigados en lo más profundo de mi subconsciente y que me recuerdan detalles, textos, objetos, escenarios urbanos, gentes de mi calle (Huertas) incluso olores y sabores capturados a lo largo de mis propias idas y venidas por la ciudad que él describió con tanto acierto; es verdad que esa ciudad en buena parte ya no existe, ¿dónde quedaron las tertulias de los cafés?, pero su espíritu no ha desaparecido del todo, se conserva en las esquinas de esas calles, Pontejos, la plaza Mayor, Arenal, Raimundo Lulio, Ave Maria, Mira el Río, Toledo, … y en el ambiente de aquellos barrios. Todavía.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 9

Faulkneriano hace mas de un año

Aquí está chupado estar de acuerdo contigo, Sedacala. Otra cosa será cuando polemicemos a costa de Virginia Woolf, Herman Broch u otro escritor de esos enrevesados, endemoniados, con los que nunca solemos estar de acuerdo.

Buena reseña. Galdós es el más entrañable de nuestros novelistas decimonónicos. Aquí crea una nómina de personajes irrepetible y numerosa, mostrándose, como poco, a la altura de Dickens. Más de un escritor mataría por haber inventado, dado forma y caracterizado la tercera parte de personajes en una sola novela. Cada uno, claro, tiene sus favoritos: Mauricia la Dura, Estupiñá, Maximiliano Rubín. La serie de 1980 hizo historia en nuestra televisión: la he visto dos veces con sumo agrado. En lo que estoy de acuerdo contigo es que Ana Belén, a la que detesto cordialmente desde los tiempos de Zampo (a los más jóvenes habría que explicarles esto), no fue una buena elección para Fortunata: ya puestos, me quedo con la voz rota de Emma Penella en la versión para el cine de 1970 de Angelina Fons, aunque diez años después había muchas actrices españoles más idóneas para el papel: cada uno que ponga la que quiera. Berta Riaza, Mario Pardo, Maribel Martín y Manuel Aleixandre, entre un reparto espléndido, hicieron papeles dignos del más agradecido de los recuerdos. Y sí, cuando paseo por el Madrid decimonónico siempre me acuerdo de don Benito.

sedacala hace mas de un año

Después de criticar la elección de Ana Belén como Fortunata, debo reconocer que escoger la actriz idónea para ese papel es una tarea muy difícil, mi mujer y yo hemos llegado a esa conclusión. Ahora bien, Emma Penella debió encajar bien, en algún momento dado hace mucho. mucho tiempo. Pero yo no tengo su imagen de esa época y además la voz excesivamente grave la traiciona un poco. Reconozco que tengo en la cabeza su papel de Ana Ozores, en un momento en el que ya le faltaba la lozanía necesaria. Efectivamente Mario Pardo estaba muy bien y Manuel Aleixandre era el Estupiñá perfecto. Cuando aparecía en la novela el personaje, yo veía sistemáticamente la cara de Aleixandre.

Por cierto, no sé quién es Herman Broch y en cuanto a Virginia Woolf, Orlando (4) me repateó (esos vuelos en el tiempo), pero La señora Dalloway (8) me pareció un extraordinario libro. Cosas mías, ya sabes.

Faulkneriano hace mas de un año

Lo de Broch era sólo por fastidiar. En cuanto a la Woolf, léete Las olas y hablamos.

Emma Penella resultó muy "literaria". es cierto que, además de Fortunata, hizo de Ana Ozores y protagonizó "La busca", de Baroja, donde estaba muy bien. Claro que estaba casada con el productor Emiliano Piedra y tenía enchufe. Lo de su voz me gustaba, fíjate: le daba un punto canalla, que le iba bien a Fortunata, pero no a Ana Ozores (aunque Aitana Sánchez-Gijón no lo hacía mucho mejor: Carmelo Suárez, en cambio, hizo un excelente magistral en la serie sobre la novela de Clarín)

Anda, mójate y dime una Fortunata creíble (en 1980) Pensándolo bien, tampoco había tanto donde elegir. De hecho, iba a soltar algún nombre pero me he quedado bastante atascado.

Lo de Estupiñá es un caso de predestinación: cuando releía Fortunata, no sólo veía a Aleixandre, sino que le oía.

_567_ hace mas de un año

Disculpen la intromisión, pero me atrevo a mojarme y dar un nombre para esa Fortunata "arrebatadoramente guapa y a la vez inculta y pasional" que describe Sedacala: Victoria Abril, sin duda, en aquellos años 80 podía con todo, una actriz inmensa por la que siempre he sentido una devoción especial. No opino de la caricatura en la pretende convertirse en la actualidad, of course!
En 1980, Faulkneriano, la señorita Mérida hizo una más que aceptable interpretación de "La muchacha de las bragas de oro" de Aranda adaptando a Marsé, y aquella joyita de culto que fue "Mater Amatísima", el resto de década ochentera también esta plagada de papelazos suyos que serían más afines al libro que se comenta: "La colmena", "Las bicicletas son para el verano"...

Por cierto, no he leído el libro (que imagino tremendamente "castizo" y eso reconozco que me da mucha pereza, a pesar de que esta reseña me gustó mucho cuando la leí hace unos días...), pero recuerdo que la serie me gustó bastante. En fin, creo que Ana Belén defendió su personaje como buenamente pudo, nunca fue una gran actriz en mi opinión, pero es una mujer que siempre ha caído bien entre el populacho.

Faulkneriano hace mas de un año

Algún año antes Victoria Abril había hecho La barraca, con resultados discretos.Demasiado joven para el papel, quizá, no porque Fortunata fuera mayor sino porque el personaje requería de más experiencia de la que por entonces tenía Victoria. No comparto tu entusiasmo: me parece una actriz discreta, al principio insegura y luego, casi sin transición, demasiado ella misma, con tendencia a repetirse una y otra vez. Y demasiado bajita. Fortunata era un bellezón.

sedacala hace mas de un año

No se trata de "chispa" en el gesto, o de gracia o personalidad. Fortunata era una mujer de "bandera", el problema es que además no sabía leer, no tenía ninguna cultura ni educación, era tosca, y a más, a más, como dicen en Barcelona, era vehemente y apasionada. Así define Galdós su personaje. Y esto amigos, es muy difícil de conjugar en una actriz. Quizá, la Sofía Loren de sus primeras películas en blanco y negro pudiera ser una aproximación.

Faulkneriano hace mas de un año

Es curioso lo de ponerle cara a los grandes personajes literarios. Algunos casi es mejor que no tengan cara. Un ejemplo. Para tí, Sedacala, que sé que te gusta Proust. A ver: Jeremy Irons haciendo de Swann; Ornella Mutti, de Odette; Alain Delon, del Barón de Charlus; y Fanny Ardant, de Duquesa de Guermantes. Jeremy Irons tiene un pase y cierta distinción aristocrática, pero la Mutti es apropiada para comedietas sexy, y no la creo capaz de enamorar a un hombre tan refinado como Swann. Alain Delon, corríjanme si me equivoco, pasa por ser un hombre guapo (y, en 1984, relativamente joven) cuando a Charlus yo lo imagino como un vejete depravado. En fin. Los ejemplos son innumerables. Cuanto más intenso sea el personaje literario, menos satisfactoria (salvo excepciones) es la cara que adopta en el cine, porque, sin querer, la película te impone a la fuerza un rostro que rara vez se corresponde con la idea que tú mismo te has hecho mientras lees.
El lector es el jefe aquí (el proceso de re-creación que supone una lectura atenta es fundamental) y entiendo los muchos enfados que plantean las adaptaciones fílmicas.

Casi se prefiere la traición. Uno de los rostros más convincentes del cine, el Malcolm McDowell de La naranja mecánica (absolutamente imposible de olvidar, con su pestaña postiza y su cara de depravado niño bueno), apenas tiene que ver con el Alex de la novela de Burguess, que tiene catorce años (McDowell tenía diez años más), pero funciona perfectamente, si entendemos que el film de Kubrick es una creación casi autónoma, tan válida como la que formula la novela de Anthony Burguess (quien se sintió, primero escandalizado por las imposturas del director, y luego francamente admirado de su maestría) y, según algunos incondicionales, mejor. Las relaciones entre cine y literatura (y no hablo sólo de confección de casting) darían para llenar mil hilos.

sedacala hace mas de un año

La clave está en la imagen con que nos tienta el cine, ahí está a la vuelta mostrándonos impúdicamente cosas que no querríamos ver, que nos gustaría que fuese el escritor quien con la fuerza de su palabra, crease en nuestras mentes esas caras. Pero no, está ahí la imagen que nos facilita el cinematógrafo empeñándose en mostrarnos la cara de Fulano o de Mengano. En el caso de la novela de Proust, al no tener película en que apoyarse no te surgen tantas caras.

Pero de todas formas y no sé por qué, no tengo en la cabeza la imagen de ninguna de las mujeres de la novela, solo le pongo cara a madame Verdurín, y fíjate que curioso, Irene Gutierrez Caba. Ni Odette, ni Albertine, ni la duquesa de Guermantés, tienen rostro para mi. En cambio si que Swann podría ser muy bien Jerermy Irons e imagino al barón de Charlús como Hector Alterio. Alain Delón joven sería un estupendo Saint Loup.

Siento no poder seguirte el rollo con lo de LA NARANJA MECÁNICA por que nunca vi esa película. En realidad yo no tengo nada de cinéfilo como es el caso de casi todos los que estáis aquí.

Faulkneriano hace mas de un año

La película sobre Proust, y el casting que ponía como ejemplo, existe: es Un amor de Swann, de Volker Schlondorff, que relata la historia de Swann y Odette contenida en el primer volumen de la Recherche, con el reparto que mencionaba antes.

Hay otra versión de 1999 de El tiempo recobrado (el último volumen, aparecido tras la muerte de Proust), dirigida por Raúl Ruiz. Para curiosos, Odette es aquí Catherine Deneuve; Emmanuelle Béart, Gilberte; Albertine, Chiara Mastroianni (la hija de Marcello); y, last but nor least, John Malkovich era el barón de Charlus. Esta no la he visto, la verdad. Puede que haya más. Fin del rollo cinéfilo.

BriGid hace mas de un año

Pues te recomiendo sedacala que soluciones ese asuntillo, la pelicula (la naranja mecánica) es brillante, diferente, muy recomendable, vaya.

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