EL DESASTRE DE LA VEJEZ por sedacala

Portada de EL REY LEAR

EL REY LEAR es, antes que nada, teatro en estado puro. No soy aficionado al teatro, me refiero al de verdad, es decir, al representado en un escenario, pero esta obra, como otras de Shakespeare, marcan tan bien la pureza del género teatral, que gustan al que se acerca, simplemente con ánimo de ampliar sus conocimientos sobre el tema.

Es cierto, que, no estando habituado a leer teatro, y menos clásico, algunos aspectos de la obra me resultan un poco disonantes, y me precipitan a esbozar una leve sonrisa de escepticismo. Me estoy refiriendo, por ejemplo, al maniqueísmo permanente; podríamos dividir desde el principio a los personajes en dos grupos, buenos y malos. Estoy pensando también, en el tono altisonante y trascendente del texto, en ese lenguaje cargado de frases, de sentencias y de multitud de citas y alusiones a mitos, o a leyendas ancestrales. También me choca la reacción primera, demasiado elemental de Lear, dejándose engañar, de manera absurda, por discursos, obviamente cínicos, y no reconociendo en cambio al sincero; o esas situaciones en que un personaje cualquiera, simula ser otra persona, sin que sus amigos o allegados perciban el engaño.

Pero, pronto comprendes, con el progreso de la lectura, que son aspectos que forman parte de las reglas del juego, que no perturban, una vez aceptados, el discurso permanente del autor, con el que nos va haciendo ver, la perplejidad de este hombre ante un mundo que, en parte transformado por sus propias decisiones y en parte por el devenir del tiempo, ya no identifica como suyo. Es más, se puede uno recrear en ese lenguaje profundo, cargado de mensajes y a la vez retórico y solemne. Y, a partir de ese momento, disfrutarlo. Sin darte cuenta apenas, el maniqueísmo, las frases sentenciosas, las alusiones mitológicas, la retórica, la credulidad ante sus hijas y ante algunas suplantaciones; todo ese mundo ha sido asimilado, fundiéndose en un discurrir, dramático pero fluido, hacia su desenlace final.

Pero, no deja de ser una lectura, y el teatro, como decía al principio, hay que verlo y escucharlo, más que leerlo. En ese sentido, me pregunto si la contemplación escénica hará perder o ganar. Sin duda, para la mayoría supondrá mejora, pero, no siendo yo aficionado al teatro, me conformo sobradamente con su interesante lectura.

Puede dar la sensación, leyendo esta reseña, que su lectura me ha gustado, a pesar de los siguientes defectos:

- Un maniqueísmo casi infantil
- Un lenguaje excesivo
- Un exceso de cándida credulidad (ante sus hijas, o ante la suplantación de algunos personajes)

Pues, esa sería una impresión errónea. Lo que he querido expresar, es que esos aspectos, inicialmente, se pueden percibir como defectos u obstáculos por algunos lectores. Pero, no lo son. Estos elementos son parte integrante, de manera consustancial, de la obra de Shakespeare, y por extensión, del teatro de entonces y no deben ser percibidos como defectos, entre otras cosas por que no van contra la eficacia que produce su lectura, o su representación; más bien, son elementos indisociables de su obra y acordes a los usos propios de su época.

Escrita hace 10 años · 4.5 puntos con 4 votos · @sedacala le ha puesto un 7 ·

Comentarios

@Kementari hace 10 años

He de decir que me encanta el teatro.