DUELE por Faulkneriano

Portada de EL SUEÑO DEL CELTA

Alguien que no recuerdo, pero que sabía de esto mucho más que yo, dijo una vez que hacer una reseña de un mal libro, además de inútil, era pernicioso, sobre todo para el autor de la crítica, que debía dedicar tiempo y esfuerzos a las cosas merecedoras de elogio y olvidarse de los intentos fallidos. El reparo quizá sea legítimo. Lo cierto es que me duele hablar mal de Vargas Llosa.

Tengo El sueño del celta en mis estanterías desde que salió. Un mal pálpito me retuvo durante meses. Supuse en Vargas Llosa cierto apresuramiento y algún cálculo interesado para hacer coincidir su última novela con su flamante premio Nobel. Quizá mi suposición era infundada y puede que la novela estuviera depositada en Alfaguara desde hacía meses, más que concluida y revisada, pero lo dudo, teniendo en cuenta el poder de convocatoria del peruano y la expectación creada. No sé. Soy un lector de a pie, sin información privilegiada ni atisbos de la vida privada de las estrellas literarias.

La trayectoria del Vargas Llosa último tampoco hacía presagiar nada bueno. La media docena de novelas previas (no hablo ahora de los ensayos) no son, desde luego, de lo mejor de su producción, a excepción, quizá, de La fiesta del chivo, la más ambiciosa de sus o obras últimas. Dudo mucho que sus entusiastas, entre los que me incluyo, las encuentren a la altura de La casa verde, La ciudad y los perros o Conversación en la Catedral, tres novelas mayores del siglo XX.

El caso es que he leído la novela y no me ha gustado. Entiendo que Vargas Llosa ha hecho sus deberes y se ha documentado adecuadamente. Siempre lo hace. No me cabe duda de que ha viajado al Congo y a Iquitos y buceado en sus queridas bibliotecas británicas y norteamericanas. Como historiador y apasionado del colonialismo, sé incluso qué libros ha leído, en algún caso, para dibujar la silueta de Roger Casement, un personaje fascinante al que conozco desde hace muchos años. Mis reparos no se orientan en este sentido.

Hizo lo mismo (documentarse bien) para ofrecer un magnífico retrato de la guerra de Canudos, en el sertón brasileño, de 1896, en la excelente La guerra del fin del mundo. Con una salvedad: allí fabricó una materia novelesca de primer orden, un mundo abigarrado y a ratos visionario, del todo autosuficiente -desde el punto de vista histórico, pero también, y sobre todo, del literario- y aquí le salió un relato biográfico neutro, ordenado, lineal, fácilmente digerible, ausente de mayores empeños creadores. Una faena de aliño para un escritor de primera fila. Un trabajo pulcro, poco ambicioso, de ordenación de materiales anotados en pulcras notas, vertidos en un molde novelesco frío y desangelado.

La estructura de la novela tampoco ayuda. Sorprende que el autor de La casa Verde (un retrato polifónico, complejo, fascinante, muy faulkneriano, de la Amazonía peruana) haya optado aquí por dos líneas argumentales, dos arcos temporales mantenidos con la tozudez del novato o del novelista falto de recursos narrativos más sofisticados. Uno cuenta los días previos a la ejecución: la vida en la cárcel, el tímido entendimiento con el hosco sheriff de la prisión y, sobre todo, las entrevistas que mantiene con el capellán y varios amigos, que provocan remembranzas torpemente incluidas en la narración. Otro cuenta, en estricto orden lineal, su vida al servicio, primero, de una compañía colonizadora y, luego, del Foreign Office como miembro del servicio consular, primero en el Congo y luego en la Amazonia peruana, hasta su conversión al nacionalismo irlandés y su desgraciado final. Los capitulos carcelarios y los capítulos biográficos se van alternando con monótona languidez, que diría Verlaine, hasta confluir al final. Tan endeble estructura, impropia de un gran novelista, hace que sucesos como la fallida creación de la Brigada Irlandesa con soldados prisioneros en Alemania se cuente por duplicado, sin mayores motivos, una vez en cada línea narrativa. Y hay más ejemplos. La revisión por partida doble de episodios concretos de la vida de Casement no aporta nada, porque cuando se vuelve al asunto se hace con una perspectiva y un estilo casi idénticos, ampliando los detalles pero sin profundizar de manera original en las implicaciones del asunto. Ello ralentiza la narración (casi se preferiría una perspectiva lineal, más conservadora, antes que estas molestas duplicidades) y enoja a un lector que, quizá, hubiera preferido un acercamiento menos nítido, menos geométrico, pero más apasionado.

Lo único que destaco de la novela (y que Vargas, como si el lector fuera un poco lerdo, se apresura a recalcar en el epílogo) es la suposición (la única que va más allá de la correcta ilustración biográfica) de que los controvertidos diarios de Casement, que precipitan su fin y donde da rienda suelta a la confesión de su homosexualidad un tanto vergonzante y violenta, no son del todo verdad: son un espejo imaginario del deseo, no una constatación de su vida, tan insatisfactoria, pese a sus logros.

La decepción es mayor, quizá, cuanto mejor sea el punto de partida. Y la vida de Casement, uno de los personajes más valientes del pasado siglo, irreprochable en su defensa de la dignidad humana contra fuerzas poderosísimas, era sin duda alguna una ocasión de oro para que la prosa, la invención y la pasión de Vargas Llosa volviera a rayar a gran altura. Junger y Francisco Ayala, dos centenarios a los que admiro profundamente, no escribieron sus mejores obras pasados los setenta, ni esto es lo habitual en este oficio. Vargas Llosa ha cumplido los 74: si quiere ser también, como afirmó en una famosa entrevista,un escritor del siglo XXI, tendrá que ser más ambicioso, hacer caso a su mujer y dejar sus clases en Columbia y no escribir tanto en los aviones.

Escrita hace 10 años · 4.7 puntos con 3 votos · @Faulkneriano le ha puesto un 5 ·

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