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EL DISCRETO ENCANTO DE LA PSICOLOGÍA en LAS ALAS DE LA PALOMA
Henry James, es un autor que sigue ejerciendo un considerable influjo sobre mí a pesar de las numerosas novelas suyas que he leído; no estoy pensando sólo en un sentimiento de admiración, o en la enumeración de las muestras de satisfacción, o a veces insatisfacción, que me produce la lectura de sus novelas. Me refiero también a la magia que emana de ellas, a veces positiva, y a veces de enorme dificultad por su estilo complejo, por el tono extremadamente sofisticado que adopta a la hora de hacer hablar a sus personajes, o por el tratamiento limitado que da a determinados temas, como bloqueado por algún extraño retraimiento o contención que no le deja enfrentarlos abiertamente. Si a todo esto le añadimos que su vida personal estuvo claramente marcada por una actitud especial, responsable de esas limitaciones y sumida en las sombras por propia decisión, nos encontramos con que sus libros introducen al lector en un agitado mar rodeado de costas, a veces luminosas y dotadas de maravillosas playas en las que deleitarse, pero otras veces, ¿por qué no? infestadas de feroces y traidores acantilados contra los que chocar. Todo esto viene de la mano de mi lectura actual de “Las alas de la paloma”. Me ha costado un considerable esfuerzo introducirme en el mundo cerrado de sus extraños personajes. James invierte al menos doscientas sobrecargadas páginas, sobre un total de cuatrocientas cincuenta, para tejer una tupida urdimbre sobre la que ir construyendo la situación. En ella seis personajes, sólo seis, se dedican a considerar la relación que los vincula entre sí, de una manera prolija y pormenorizada, a la vez que tortuosa, laberíntica, evanescente y a un paso de la pedantería. Naturalmente, las siguientes doscientas cincuenta páginas tampoco se salvan de la justa aplicación de todos esos adjetivos, pero hay que reconocer que una vez que el asunto queda planteado de manera bien delimitada, la asunción de esa forma de escribir empieza a cobrar sentido y empiezan a debilitarse los argumentos utilizados para deslizar tales críticas. En cualquier caso, incluso desde el principio del libro, la lectura se puede sacar adelante —con algún esfuerzo sin duda— pero se saca adelante, gracias a esa especie de “toque James” que caracteriza a nuestro autor —dicho en un sentido parecido al de aquel inefable “toque Lubitsch” del cine— y que permite sobrellevar su prosa aun en aquellos momentos en que la mano del escritor se excede en su retorcimiento. Aunque esto de que sea la mano la que se excede, es bastante impropio, porque la correa de transmisión de sus textos por aquellos años, no era su mano sino su voz y esto es algo que se aprecia mucho. “Las alas de la paloma” (1902), “Los embajadores” (1903) y “La copa dorada” (1904), son quizá sus tres últimas novelas más conocidas. Con “Los embajadores”, no pude, lo intenté, pero tuve que batirme en franca retirada ante la avalancha de frases en las que, aparte de querer decir demasiadas cosas en muy poco espacio, recurría puntualmente a la adicción de sucesivos añadidos entre comas, tratando de aportar matices y más matices al sentido original de la frase; así que lo dejé, cosa que, ahora, en “Las alas de la paloma”, he conseguido evitar. La cuestión estriba en que: el hecho de que las frases salgan de su mente y se enuncien de viva voz, establece una diferenciación definitiva sobre lo habitual, que es que las palabras y los signos ortográficos se distribuyan a voluntad del escribidor de turno que decide dónde y cómo los reparte para que el énfasis y la estética de las frases sea la que prescribe la inveterada costumbre de escribir. Yo supongo que en el caso que nos ocupa, era el amanuense que transcribía sus textos el que tomaba esas decisiones en función del sentido que le suponía al autor por su entonación. De hecho, hice la prueba de leer en voz decididamente alta el texto y pude sentir, poniendo gran atención en respetar las pausas, que la coherencia de las frases mejoraba, allanándose la comprensión de su significado. Es algo así, como si el entendimiento de su contenido entrase en el cerebro más por vía auditiva que visual. Pero como decía, el panorama cambia mucho cuando se llega al punto de la novela en el que las cosas están ya planteadas en toda su dimensión, porque a partir de ese momento la lectura se vuelve más intensa, el texto que antes parecía sofisticado en exceso, ahora adquiere su razón de ser y pasamos fácilmente a disfrutar del análisis brutal y exhaustivo al que James somete a los personajes y a su personalidad. Es entonces cuando comprendemos que ese lenguaje complejo, retorcido y artificioso que utiliza, nos gustará más o menos según el gusto de cada lector, pero es particularmente adecuado para trabajar esos aspectos analíticos de la psicología de sus personajes, al aportar unos matices que le confieren al lenguaje una versatilidad extraordinaria. Dos palabras para hablar de sus personajes. Los suyos están dotados de auténtica alma, cosa que digo con un convencimiento que sólo aplicaría a unos pocos autores. Es imposible, una vez situados en el ámbito de sus novelas, saber cómo van a reaccionar sus personajes ante los avatares de la trama. Se puede decir de ellos, que reaccionarán conforme a lo que les dicte la psicología a que se atiene su mente, la cual por cierto, es imprevisible, y lo es precisamente porque son seres creados con auténtica autonomía y capacidad de decisión propia, tal y como lo harían si fueren seres reales de carne y hueso…, y sobre todo, alma. James los crea deliberadamente así, les da forma y los suelta al ruedo para que se junten con los demás y se comporten como les obligue su libre, naturalmente, albedrío. A veces no nos gusta como lo hacen, véase el claro ejemplo de la Elizabeth Archer de su “Retrato de una dama” donde al bienintencionado lector le gustaría lanzarse al regazo del autor e implorar que haga uso de su misericordia; pero no, la libertad de acción del personaje es sagrada para él y no moverá un dedo para cambiar ese estado de cosas que viene determinado por las circunstancias, no por su voluntad. Aprovecho que hablo del “Retrato de una dama”, para indicar que esa es una novela de 1881, veintiún años anterior, a “Las alas de la paloma”, y corroborar, como decía más arriba, que eso se nota una barbaridad. El proceso de afectado refinamiento que sufrió su forma de escribir, hasta desembocar en este lenguaje sinuoso y criptográfico, fue paulatino y quizá lógico, por lo que tenía de evolución e incluso de reto, pero no llega a ser plenamente satisfactorio para sus lectores, al menos para éste que escribe, que sienten que estas maneras de progresiva implantación, no mejoran en nada los resultados. Bien al contrario, aunque siga estando ahí el escritor analítico, sutil y elegante que juega con caracteres, diálogos y situaciones, todo ahora es mucho más difícil; e inútilmente, añadiría yo. Al margen de la evidente deriva de su estilo, me parece que, en estas últimas novelas, algunos factores, entre los que creo que está la propia actitud inquieta del escritor de éxito, influyeron en una última vuelta de tuerca, en la que el retorcimiento y la artificiosidad de los temas que trata, le lleva a afrontar un mundo demasiado sofisticado en el que no logra desenvolverse con la brillantez con la que, en obras anteriores, lo había hecho, dedicándose con excesiva autocomplacencia a buscarle tres pies al gato, en materia de psicología de los personajes, que es lo que yo creo que ocurre en “Las alas de la paloma”. Porque llega un momento en el que se superan las dificultades estilísticas que plantea su forma de escribir, cosa que empieza a percibirse, como dije más atrás, cuando se alcanza casi la mitad de la novela. Bueno pues, cuando en ese momento de euforia crees que has superado lo más duro y piensas algo así como ¡ahora viene lo bueno! esperando encontrar su brillantez pretérita, ves con claridad meridiana que la superación de esos escollos lingüísticos no basta para convertir la lectura en plenamente satisfactoria, sigue quedando, por algún lado, la sensación de que persiste un pernicioso exceso en la materia manejada por el autor, que no llega a resolver el asunto como es debido, de ahí lo de exceso, porque, el lector, entusiasta en otros libros de Henry James, se encuentra aquí con que estas mismas cosas que otrora le gustaron, o le encantaron, aquí, uf…, quiere reencontrárselo, pero no lo consigue; y no lo hace, por lo que tiene el tratamiento de excesivo, porque el autor se ha recreado hasta perder la noción de lo que conviene, en ese estilo propio, y también, y quizá esto es lo peor, en esa misma fruición en lo suyo, que convierte la novela en un producto sofisticadísimo, difícil de digerir por su escritura especial, pero también y sobre todo, por una materia novelesca que juega con personajes que parecen extraviados en un mundo irreal, en el que las relaciones sociales aprisionan la mente de un personaje principal que, pese a no tener un duro, dedica todo su afán y su tiempo al trato con los otros personajes como si le sobrase tiempo y dinero. A veces, durante la lectura, uno piensa: ¿pero existió alguna vez gente así? Bueno, pues a pesar de este testimonio mío, que afirma el carácter severo, bastante elitista, introspectivo y analítico hasta la extenuación de este drama psicológico, hubo versión fílmica de la novela —inglesa desde luego—, que no he visto pero que imagino que, por razones parecidas a las que indico en esta reseña, no tuvo demasiado éxito. Eso sí, Helena Bonham Carter puso su especialísimo rostro en mi mente a una de las protagonistas, y lo cierto es que me han quedado ganas de buscarla en mi biblioteca y verla. La referencia a esta película, me hace acordarme ahora y traer finalmente a colación el asunto que mencioné al principio, cuando hablé de la actitud adoptada por Henry James a lo largo de su vida privada. Me refiero al sexo, uno de esos temas que parece que fue “tabú” en sus textos y también en su vida personal. En la película, por lo que sé, el sexo aparece de forma bastante explícita; en la novela, haciendo un esfuerzo de lectura entre líneas, se intuye por algún rincón, aunque siempre de manera solapada y como quien no quiere la cosa; parece haber en ello, no tanto un problema de pudorosa inconveniencia, sino más bien una cuestión de: “no voy a hablar de esto no vaya a ser que después algunos me pregunten y me pongan en un aprieto”, o sea, corramos un tupido velo sobre estas cosas. Es evidente que tampoco en esa época, primeros años del siglo XX, los escritores eran demasiado explícitos con los escarceos sexuales de los personajes, pero tampoco se escondían. Uno tiene la impresión de que James, sí lo hacía y eso a pesar de tratar con frecuencia en sus novelas relaciones amorosas, como es el caso de ésta. De todas formas, esa actitud ocultista llama la atención pero no molesta y acaba formando parte de la manera especial de hacer de este americano de Nueva York, trasplantado a Londres y bregado en la vorágine de un emergente turismo finisecular, sobre todo, por las calles de Venecia, Florencia o Roma.

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Escrita 14 de Octubre de 2014
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EL FRANCOTIRADOR SUIZO en JAKOB VON GUNTEN
Cuando uno atiende a cualquiera de esas recomendaciones de libros que se leen por ahí, es porque tiene la ilusión de encontrar algo más que una simplemente buena novela con que entretenerse; y eso que encontrar una novela buena y entretenida es un logro, de por sí, nada desdeñable. Pero en estas cosas hay que aspirar a lo máximo, es como una obligación aunque en nuestro fuero interno seamos conscientes de que encontrar algo que esté realmente bien —bien para uno mismo, se entiende— puede ser algo bastante infrecuente. Este libro estuvo realmente bien. Para mí representó la posibilidad de leer un texto dotado de un sentido profundo, de una enorme intensidad emocional, y de un lenguaje lleno de expresividad y armonía, como hacía bastante que no tenía la oportunidad. Pero empecemos por el principio: ¿sabe todo el mundo quién fue Robert Walser?: no, seguramente no, yo al menos, no lo sabía hasta hace unos cuantos días. Estamos hablando de un escritor suizo, su nacionalidad ya es una rareza, que nació en 1878, y cuya obra se compone de novelas cortas, aparte de poesías y otros textos, escritas en alemán y que no llegaron a proporcionarle gran éxito en vida. Murió en 1955 después de una trayectoria personal jalonada de estancias en clínicas psiquiátricas, en las que permaneció hasta su muerte por congelación un día de invierno, después de haberse escapado de la última clínica en la que residió. Sus libros no se publicaron en España hasta los años setenta del siglo XX, pero antes tuvieron influencia, se afirma, nada menos que en escritores como Musil y Kafka que conocieron su obra. Es decir que Robert Walser fue una especie de “enfant terrible” o escritor maldito de la literatura suiza escrita en alemán, casi desconocido por cierta incapacidad personal para lograr darse a conocer, e incluso para relacionarse con el resto de la sociedad, y que acabó pasando, prácticamente, por demente. Su trayectoria personal me recordó mucho, apenas la conocí, a la del poeta y periodista español Alejandro Sawa, nacido en 1862, que vivió también una vida agitada y culminada prematuramente por la locura y la muerte. Pero lo que leí de Sawa no me interesó y, sin embargo, en la novela de 1909 “Jakob von Gunten”, Robert Walser me ha parecido espléndido. Es un libro de tan solo 126 páginas, escrito con claro carácter autobiográfico y con forma, aparentemente, de diario. La trama, en un sentido tradicional, es prácticamente inexistente y el texto se limita a seguir su trayectoria en el tiempo que permanece inscrito y viviendo en el “Instituto Benjamenta”, residencia docente de no mucha categoría, regida por Herr Benjamenta y su hermana Lisa, en la que trata de obtener una formación de segunda clase que le permita obtener un empleo corriente. La plasmación en las páginas de su diario de lo que le pasa allí y de su visión particular del mundo y de sus compañeros y profesores, forma el cuerpo central de lo que es el libro. Lo primero que se aprecia cuando se empieza a leer, es una increíble sencillez en su manera de contar las cosas, combinada con una gran facilidad para expresar lo que quiere decir. Este libro (1909) es anterior, por poco, a cualquier obra de Kafka, de Musil, de Joyce, o de Proust y, cómo cualquiera de ellos, emite su mensaje mediante una especie de reflexión interior que va desgranando sin interrupción. Recuerda especialmente la manera de escribir de Kafka, con esa misma aparente simplicidad del mensaje del escritor de Praga, que poco a poco se va complicando conceptualmente hasta llegar, por momentos, a ser difícil de entender. Walser, sin embargo, por más que derive la línea de su monólogo hacía derroteros tan peligrosos como los oníricos, nunca pierde esa sencillez de comprensión que descubrimos cuando empezamos a leerle. Aparte de su excelente manejo del lenguaje, como elemento característico de su manera de escribir y con el que terminaré después esta reseña, aún es tanto o más característico por el contenido de su discurso; y ello por dos razones: una, el talante descarado que marca su personalidad y que impregna absolutamente todo lo que dice. En algo de esto estaba pensando cuando, más arriba, califiqué su papel en el mundo de la literatura como de “enfant terrible”, porque su actitud es una mezcla de descreimiento, de afán por desmitificar las cosas serias, de estar de vuelta de todo, de no tenerle miedo al mundo y de usar ampliamente la burla y el sarcasmo con cualquier tema que toca. La otra razón, viene definida por la propia relación interactiva de Jakob, o sea Robert Walser, con todo lo que le rodea; de cómo opina de todo sin cortarse ante nada y cómo esto nos da idea de su actitud ante la vida; de su relación con los otros, compañeros y profesores; del enfoque docente de la escuela y de cómo repercutirá en su futuro; de su forma de contemplar la sociedad de su época, con un matiz claramente izquierdoso; y en fin, dándonos algo parecido a una versión interiorizada de los motivos de insatisfacción del hombre moderno de principios del siglo XX ante lo que se le viene por delante. Digo lo del hombre moderno, porque creo que en el planteamiento de Walser, se trasluce de manera nítida el conflicto latente en aquella época, entre la incipiente modernidad de la moral y las costumbres, y la carga de ideas anticuadas y rancias que arrastraba el siglo XIX como herencia del pasado. Fue esa una confrontación, en la que las mentes de las personas con inquietudes, tuvieron forzosamente que poner mucho de su parte para asimilar los cambios, y eso es algo que tiene un reflejo inmediato en la literatura; a los nombres que he mencionado antes, aún añadiría el de un Henry James un poco anterior en el tiempo, así como los de Italo Svevo y Miguel de Unamuno, escritores que también disponían de una significativa desfachatez a la hora de plantear estos conflictos de las personas ante un mundo en transformación. De todas formas, y volviendo a “Jakob von Gunten”, aun no habiendo prácticamente argumento en la novela, sino la sencilla narración del paso del tiempo, sí que hay una sucesión de acontecimientos, que confluyen en un final muy concreto, lo que permite al lector interesarse por el transcurso de las cosas mientras ve cómo evoluciona la mentalidad de Jakob que, sin abandonar del todo ese talante ácrata que antes decíamos, — levemente ácrata en realidad—, se nos va transformando poco a poco y va abandonando su actitud disconforme y burlonamente paradójica del principio, para progresar en una aceptación del mundo “a su manera”, en paralelo con el progreso de los acontecimientos en el “Instituto Benjamenta”. Así al final de la novela, la pátina de inconformismo que aplica el autor sobre el texto, sin ser abandonada del todo, pasa a tener un matiz más poético, con incursiones en el mundo de los sueños, deliciosas, en las que abre los ojos a otra mirada distinta, más abierta a la realidad de un mundo para adultos ya curtidos, pero a la vez más ensoñadora y más hermosa. En esa última tesitura es cuando la escritura de Robert Walser, que es magnífica durante toda la extensión de la novela, se acerca a límites de perfección, con un texto extraordinario que transmite una multitud de mensajes que se adivinan entre el tráfago de palabras, estéticamente muy bellas, que además expresan conceptos muy emotivos. Poco más he de decir, sino volver a reiterar mi afición por esa época, en la que Walser se inscribe, de tránsito del siglo XIX al XX, en la que, además, han sido autores alemanes los que con más frecuencia me han gustado. Tengo la opinión de que sus traducciones al castellano son especialmente fluidas, apreciando en ellas una especial sensación de que lo que se lee no proviene de una traducción desde otro idioma (aunque sea realmente así), lo que resulta muy gratificante y muy alejado de lo que me suele ocurrir con textos originalmente escritos en inglés, o en ruso.

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Escrita 1 de Octubre de 2014
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JANE AUSTEN SE LUCE en ORGULLO Y PREJUICIO
He terminado «Orgullo y prejuicio» con un balance claramente favorable, sorprendente, habida cuenta de la poca fe que había puesto en la tarea. La razón de tal falta de expectativas, era la sospecha de que sus doscientos años le podrían pesar demasiado a alguien que, como yo, lee la novela por el puro placer de leer, más que por un afán didáctico de conocimiento. En mi caso, tal temor venía avalado por la lectura de «Sentido y sensibilidad», novela en la que encontré virtudes —que no niego—, pero con una trama ligera, quizá, más propia de épocas anteriores, que me dejó frío y que no fui capaz de tomar en serio por más que intenté ponerme en situación; es decir, me pareció un enredo superficial e intrascendente. Esa es la razón que explica que me haya sorprendido mi propio éxito leyendo «Orgullo y prejuicio». Cuando se trata de situar la obra de Jane Austen, hay que fijar bien las características de la sociedad en la que vivió y en la que están inmersas sus novelas. Se trata de los primeros años del siglo XIX, en los que Napoleón intentaba dominar Europa y la estética neoclásica aún estaba de moda. La sociedad inglesa, como cualquier otra, venía de una economía agrícola y ganadera, pero empezaba ya a ponerse en marcha el proceso de industrialización, que, en pocos años y gracias, entre otras cosas, a la ventaja que suponía el dominio del mar y la ampliación de su imperio, cambiaría radicalmente la economía productiva del Reino Unido. Era por tanto, una sociedad próspera, por más que la mayor parte de su población sufriese por la injusta distribución de la riqueza, y consecuentemente, por una radical división en clases. En esquema, podríamos decir que la aristocracia, en lo alto de la pirámide poblacional, se enriquecía al amparo de la corona; que la burguesía, formada por propietarios, profesionales, oficiales de la milicia, clérigos y comerciantes, se situaba en un nivel intermedio; y que en el estrato más bajo y más numeroso, trabajadores del campo, obreros de la incipiente industria y sirvientes formaban la clase que cargaba con el peso del trabajo más duro, a cambio de una remuneración que apenas permitía subsistir. Los miembros de la burguesía tenían rango de caballeros, si bien con pocas expectativas de trasvase social hacia una aristocracia a la que, comprensiblemente, aspiraban, y a su vez, con el mínimo contacto posible con una clase trabajadora con la que procuraban no mezclarse más allá de lo imprescindible. Ahí, en el seno de esa burguesía es donde vivió Jane Austen y ahí es donde ambientó sus novelas, con algunas apariciones de miembros de la sociedad aristocrática, pero, en la que jamás aparecen como personajes, sirvientes o miembros de las clases bajas. Para asimilar correctamente las novelas de Jane Austen, conviene conocer el papel que ocupaba la mujer en aquella sociedad. En los estratos más bajos, las mujeres estaban obligadas a trabajar como el que más, sin apenas privilegios derivados de su condición femenina. En cambio, en la burguesía y la aristocracia, ostentaban la condición de damas y su papel, aparte de la perpetuación de la especie, era el de hacer grata la existencia a sus familiares varones en el ámbito doméstico, dedicándose al dibujo, al piano, a ciertas manualidades, a aprender francés, y por supuesto, a la organización doméstica y social de la casa, dejando en manos de los hombres cualquier otra actividad exterior, donde su presencia no se consideraba pertinente. Obviamente la posición fundamental era la de esposa, lo que implicaba que pescar marido fuera el objetivo prioritario en la vida de cualquier mujer. Una vez cumplido ese objetivo, tenía la felicidad a su alcance y obtenerla sólo dependía ya del cónyuge y de la salud. Naturalmente, hoy nos preguntamos cómo podía llegar a influir el sentimiento amoroso en este proceso de búsqueda de un buen consorte que condujese a la felicidad posterior, y la sensación que queda, tras leer este libro, es que era un objetivo deseable, pero muy difícil de cumplir, dadas las numerosas trabas que se interponían en una relación entre sexos coartada por la restrictiva moral imperante. En las dos novelas mencionadas, los personajes se mueven por impulso de la racionalidad y las convenciones sociales, el amor sólo es un extra a conseguir en casos especialmente favorables, deseables pero extraordinarios, en los que los demás factores, posición social, medios de vida etc., se hubieran conseguido conjugar sin mayor problema. El lector de la novela pensará inicialmente al leerla, que la obra es un producto propio e inseparable de su momento y de su escenario histórico y que si aquella sociedad no hubiese sido como era, la novela no podría haber sido, como es. Sin embargo, creo que esto siendo en parte cierto, no lo es del todo; y lo digo, porque el acierto de su trama le posibilita trascender del entorno que antes he descrito y adquirir una dimensión casi intemporal, que igual podría haber dado lugar a una comedia de Shakespeare, como a una novela de Henry James. Su armazón argumental tiene tanto sentido que se presta óptimamente al análisis de la psicología de los personajes según las costumbres y criterios propios de cada sociedad, lo mismo se trate de la época de la reina Isabel I, que de los años del psicoanálisis freudiano. Esa es, según yo veo, la principal virtud de esta novela, un argumento tan equilibrado que se adapta a cualquier escenario temporal, a pesar de que su carácter, en apariencia, es el genuinamente propio de la época de Jane Austen. Donde veo la mayor diferencia entre las dos novelas mencionadas de Jane Austen, es en la composición del argumento; en «Sentido y sensibilidad», la notoria trivialidad de los enredos hacía que las facultades de la escritora quedaran limitadas al ámbito de las farragosas e intrascendentes relaciones sociales que, a mi modo de ver, no iban más allá de un tono de comedia ligera y superficial. En cambio, en «Orgullo y prejuicio», una construcción argumental sólida y equilibrada, y la apoyatura del enredo en valores universales e intemporales, son los factores definitivos que abren el campo a un óptimo lucimiento de la escritora aguda, sutil y analítica, que aquí sí puede sacar provecho a su reconocida destreza en el tratamiento de los personajes. Se observa claramente en ambas novelas, la absoluta transposición de costumbres y modos de ser de su mundo particular sobre la mentalidad de sus heroínas de ficción; no cabe duda de que sus personajes están inspirados en ejemplos muy próximos en su vida, y su propia familia debía tener bastantes puntos en común con los Bennet de la novela. Lizzy, la protagonista, es una joven con múltiples cualidades que podríamos sintetizar en dos fundamentales: inteligencia y carácter. La inteligencia, le permite tener una idea clara de su papel en la vida y así ser capaz de dilucidar lo que le conviene con sensatez y buen juicio; el carácter, le facilita la tenacidad necesaria para conseguir su objetivo sin dejarse enredar en cuestiones accesorias. Ambas características otorgan un atractivo especial a su personalidad que le permite, sin ser guapa, atraer y enamorar. Sabedora de sus cualidades, tiene muy claro que no se va a casar con el primer cretino que se lo proponga, por más que pueda considerarse un buen partido, y comprende perfectamente que el logro de la felicidad a la que aspira pasa por conseguir, si no el amor, sí al menos, una cierta comunidad de sentimientos con el candidato a marido. Otra cualidad de la autora, es la habilidad con que conduce la transformación de la mente de Lizzy, de su prejuicioso arrebato inicial en adelante; no cabe duda de que el personaje femenino es el que tiene más fuerza y es el que realmente está sometido a las tensiones que definen el título de la novela, es decir a los prejuicios suyos y al orgullo de él. El personaje de Darcy, es más pasivo, en el sentido de que se limita a sentir y actuar al dictado de los arrebatos de ella, dejando el leitmotiv principal, que es, detestar el orgullo y protagonizar los prejuicios, en manos de Lizzy, lo que, de alguna manera, hace notar que está ahí la influencia femenina a los mandos del proceso creador. Su habilidad para resaltar los deseos y las inquietudes íntimas de sus personajes, es especialmente atractiva, en una época en la que la novela aún no había adquirido su mayoría de edad como género. Cualquiera que lea, como casualmente estoy haciendo yo ahora, «Moll Flanders», una novela noventa años anterior a ésta, apreciará la diferencia, abismal, que hay entre ambas, entre la sencillez básica, aunque excelente, de la narración de los hechos que hace Defoe, y la atractiva complejidad del discurrir de las mentes que Jane Austen desvela, desarrolla y analiza, de una manera que anticipa claramente lo que daría de si, en materia de creación novelística, el incipiente siglo XIX. La escritura de Jane Austen se absorbe con suma facilidad; su texto es sencillo a pesar de que se entrega en sus diálogos a la elaboración de razonamientos encadenados, propios del lenguaje educado de aquella época. Quizá su rasgo más singular sea el humor sutil, con el que se ejercitan algunos de sus personajes en un acertado equilibrio entre la ironía que gastan y la seriedad de los asuntos que suelen tratar. Destaca en ese sentido Mr. Bennet, el padre, que es un hombre de escaso carácter, al contrario que su hija Lizzy, que quizá por eso, es su preferida y es con la que mejor relación mantiene. Se trata de un hombre abrumado por su doble condición de esposo de una mujer ridícula y de mente vacua, y de padre de cinco hijas casaderas, que pone muy poco entusiasmo en acometer las obligaciones que tal condición le exige (casarlas) y que gusta de expresar su desencanto con frases plenas de sarcasmo, de ironía, y en definitiva, de un delicioso humor inglés. No quiero terminar la reseña, sin tocar el tema de un posible aliento feminista en la novela. Ni en «Sentido y sensibilidad», ni en «Orgullo y prejuicio», observé una actitud especialmente activa en dicha materia; tal vez aquel momento histórico no fuera aún el propicio, o tal vez el temperamento de Austen no era el adecuado para promover esas actitudes; lo cierto es, que el mensaje que se desprende de su lectura es más bien conservador y los atisbos de regeneración que alguien pueda apreciar en su obra son, en mi opinión, de elemental sentido común y no afectan exclusivamente a la mujer, sino a cualquier persona a la que una sociedad injusta y clasista, como aquella, pudiera poner en aprietos. La estética del momento, aunque ya por poco tiempo, era absolutamente neoclásica, y por lo tanto, dominada por el equilibrio y la sensatez; el romanticismo estaba cerca, pero aún no había irrumpido y cuando lo hiciera las modas cambiaron y la novela también, y cuando, a su vez, el sarampión romántico desapareció, casi con tanta fuerza como había venido, la novela se adentró por los caminos de un realismo que nos proponía la auténtica faz de las cosas, descarnada y sin tapujos, y es entonces, cuando la sensibilidad del lector estalla ante el ímpetu de los sentimientos desbocados. Quiero decir con esto, que las historias de Jane Austen, por mucho que entusiasmen, como ha sido aquí mi caso, no dejan de ser historias amables, ubicadas en la tranquilidad y el sosiego de la campiña inglesa, con personajes preocupados por su futuro, que actúan con la mayor racionalidad que sus caracteres les permiten, y que generalmente suelen acabar bien. O sea, parece faltarles como ingrediente que redondearía (para mí gusto) el producto literario, un punto, o dos más de intensidad y desgarro de los sentimientos. Pero bueno, eso sería adelantarse a los tiempos y aún faltaban unos cuantos años para la llegada de las hermanas Bronté y de Mr. Dickens.

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Escrita 29 de Septiembre de 2014
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CONOCER BOSNIA en UN PUENTE SOBRE EL DRINA
No me hace gracia la explicación que dan algunos lectores, cuando les pides que se mojen sobre cierto libro, del que te interesa conocer su opinión, y te sueltan aquello de: “pues no está mal, porque leyéndolo te enteras y aprendes cómo fue aquella época, o aquel país, o aquella materia”…, o lo que sea de lo que trate el libro de marras. Me sabe mal, porque veo que es una manera eufemística de decir que no, que no les gustó, pero sin decirlo del todo, quizá por algún pudor, no sé; y también me sabe mal, porque no siendo yo de los que leen novelas en plan instructivo, esas respuestas huidizas se me hacen fastidiosas; si quiero saber sobre la revolución francesa, por ejemplo, busco un libro que trate directamente el asunto y no una novela cuyo protagonista sea Robespierre. Bien, pues dicho esto, ahora llego yo, e incurro en lo mismo que acabo de criticar en los demás, porque de las muchas cosas que se pueden decir de esta novela, una, y no la menos importante, es que con ella se aprende mucho sobre historia, geografía, costumbres, morfología de ciudades, etc., de Bosnia y Herzegovina, pero, sobre todo, que más que los simples datos, se aprende a asimilar la actitud de los seres humanos en su pelea cotidiana, cuando tienen que desenvolverse y sobrevivir como pueden, en el grupo social en el que les ha tocado vivir, unos mejor, otros peor, con suerte o infortunio, con éxito o con fracaso; decía que no soy de los que leen novelas para aprender cosas, pero no me importa nada hacerlo cuando de lo que se trata es de conocer e intentar entender las pautas del comportamiento de las personas. Para mí, esa es sin duda la parte más valiosa de toda la información que pueda contener este libro. Cómo es obvio por su título, la novela gira en torno al puente sobre el río Drina en la ciudad de Visegrad; puente destacable por su antigüedad, por sus características y por las circunstancias en las que se construyó, y por ello, objeto del orgullo y la veneración de sus habitantes. Quien sienta curiosidad, no tiene más que escribir ese nombre en Internet, e informarse y ver cuantas fotos quiera sobre dicha obra de ingeniería. Los puentes sobre el Drina en Visegrad y sobre el Neretva en Mostar, son quizá los monumentos más conocidas de Bosnia y Herzegovina, y es paradójico que sea así en tanto que los puentes son construcciones erigidas para unir a las gentes y no para separarlas, mientras que aquí se han convertido en símbolos de un país patéticamente colapsado por la guerra y la desunión. La novela, es la crónica histórica de la situación, a lo largo de cuatrocientos años, de hombres y mujeres, de personas, que se vieron en todo tipo de encrucijadas, políticas, personales, sociales, amorosas, o cualesquiera otras, relacionadas con el devenir histórico de su ciudad, y por tanto, vinculadas con su carismático puente. Por pertenecer a épocas distintas no existe un vínculo entre todas esas historias, lo que convierte la estructura del libro en algo parecido a una sucesión de relatos cortos, en la que cada relato tiene una extensión de unas treinta o cuarenta páginas, que una vez concluidas dan paso al siguiente episodio y luego a otro y a otro más, en una secuencia cronológica, y con un eslabón que lo une todo que es la presencia del puente sobre el río Drina, unas veces en segundo plano, y muchas otras como protagonista principal. Conocer estas historias, conduce inevitablemente a formarse un criterio sobre las inquietudes de la gente de este valle próximo a la frontera con Serbia. Primero sometidos por el Imperio turco, después por el Imperio Austrohúngaro, y siempre presionados por la vecina nación de los serbios. Pero llegar a una comprensión global de cómo afecta todo eso a sus ciudadanos, es tarea realmente difícil; la lectura de este libro aproxima al lector a ese objetivo, pero hay que puntualizar que el principal mecanismo por el que se aprenden cosas de ese país no es el propio libro que, para profundizar en ello, se quedaría un poco corto, sino la ansiedad que por efecto de su lectura aprisiona al lector y le fuerza a interesarse por conocer bien lo que allí ocurrió; así es que, es uno mismo el que acaba buscando compulsivamente las entradas de Internet que ayuden a descifrar —aunque eso es casi imposible—, el laberinto impresionante que es esta parte de la península de los Balcanes. Aquí, conceptos como nación, lengua, territorio, religión, etnia, o historia, forman una amalgama inextricable que yo creo que no tiene parangón con ninguna otra zona de Europa y cuando un no iniciado empieza a hacerse preguntas en un intento por entender, enseguida comprende que las respuestas son múltiples y complejas: ¿Los habitantes de Visegrad, en el siglo XVI, eran étnicamente bosnios, o turcos? ¿Se habían convertido a esa religión en tiempo reciente? ¿Los habitantes de cultura serbia, eran étnicamente diferentes de los otros? ¿Había bosnios de esta raza y religión?... No. Es un lío, renuncio a exponer ni siquiera un esbozo del asunto, es demasiado complicado y convertiría esta reseña en algo árido e incomprensible. Pongo un ejemplo de la dificultad del asunto, referido sólo a los idiomas. La simple contemplación de un mapa de Bosnia y Herzegovina en Internet, en el que con siete u ocho colores se representan las distintas lenguas y variedades dialectales, hace pensar en un cuadro puntillista, tal es la distribución anárquica y dispersa de cada color (o idioma). Algo como para volverse loco. Pero el texto de Ivo Andri? no comparte esa complejidad latente en el país; muy al contrario, ayuda claramente a avanzar en su comprensión. Su actitud es hipersensible con los sentimientos de las personas vulnerables, e inflexible con los manejos de los canallas de turno, sean del origen étnico, o religión que sean. Su actitud contra los poderosos es de clara militancia, derrochando imparcialidad ante las posturas de todos y poniendo toda la parcialidad de que dispone ante los estados que avasallan al individuo. Su texto no es frio ni aséptico, bien al contrario, es cálido y tiene la potencialidad de saber insuflar en su mensaje un aliento épico que subraye la trascendencia del texto y que permita captar el ánimo, o por decirlo mejor, el escepticismo, con el que los protagonistas de estas historias, se enfrentan a unas circunstancias adversas a las que nunca, a la larga, pudieron derrotar. Leyendo este libro, con sus pequeñas historias articuladas formalmente alrededor de una construcción carismática, se comprende que el tema del puente no es sino una excusa, de la que el autor se apropia para poder tratar lo que realmente le interesa, que es el análisis de las múltiples caras del fenómeno que se dio en llamar “balcanización”, palabra que significa según el diccionario de la RAE, “desmembración de un país en territorios o comunidades enfrentados” significado éste que, en mi opinión, se queda muy corto para definir el sentido de lo que allí ocurre. Pero, independientemente de lo preciso de su definición, es de eso, de lo que Ivo Andri? quiso hablar cuando escribió este libro. La crónica que se refleja en la novela termina en el año 1914, año en el que, en Sarajevo, a setenta kilómetros de allí, un nacionalista serbio asesinó al heredero de la corona austrohúngara, poniéndose así en marcha, los mecanismos geopolíticos que dieron lugar al comienzo a la Gran Guerra. Ni que decir tiene, que la historia, convulsa aunque a veces entrañable, de la ciudad y su puente, tal como se cuenta en el libro, empieza en el año 1516, y termina en el 1914, pero no se detiene en ésta fecha, ni mucho menos, y lo que Ivo Andri? narra, con ser duro y difícil para esa comunidad, se supera con creces en los acontecimientos acaecidos en los cien años transcurridos desde entonces hasta ahora. Se podría pensar que Andri?, hubiese decidido escribir la novela, con la esperanza de que su publicación actuase como catarsis purificadora con la misión de frenar su diabólica dinámica y poner así el punto final definitivo a la secular vorágine de conflictos. Si ese hubiera sido su bienintencionado objetivo, se habría equivocado completamente, pero, hablo en condicional, y debo reconocer que no creo que tuviese esa idea; más me inclino a pensar, que se sospechaba lo que aún estaba por venir. Efectivamente, la limpieza étnica siguió funcionando y hoy, cien años después, ya no hay mezquitas en la ciudad, aunque sí el puente erigido por Mehmed Paša, que cumple ahora quinientos años.

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Escrita 15 de Septiembre de 2014
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UN GALLEGO DESPLAZADO en LA HERMANA SAN SULPICIO
Cuando pensaba en «La hermana San Sulpicio», me venían a la cabeza reminiscencias de un pasado borroso y lejanísimo. Tras su lectura se ha desvanecido toda aquella detestable carga folklórica derivada del cine, que no está en la novela por mucho que el tema roce lo religioso y la acción transcurra en Sevilla. Armando Palacio Valdés fue uno de los escritores de la generación que cultivó la novela realista en la España de finales del siglo XIX, y hoy no es, ni el más conocido, ni el más celebrado. Pero eso, no fue siempre así; en su época, fue uno de los escritores españoles más renombrados. Junto a Vicente Blasco Ibáñez, el más conocido fuera de España y el más traducido a otros idiomas. Sin embargo, pese a su éxito indudable a nivel popular dentro y fuera de España, para la crítica quedó en buena medida estigmatizado por su carácter sencillo y conservador, su escritura fácil, y unas inquietudes perfeccionistas e innovadoras bajo mínimos. Las novelas de los dos escritores mencionados, fueron llevadas al cine como consecuencia directa de su popularidad. En el caso de Blasco, es conocida la versión de «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», dirigida por Minelli, e interpretada por Glenn Ford. En el caso de Palacio Valdés, las versiones cinematográficas de «La hermana San Sulpicio», fueron dos: la que rodó Florián Rey con Imperio Argentina en los años treinta y la dirigida por Luís Lucia después de la guerra con Carmen Sevilla. Mi recuerdo se basa en alguna de estas dos versiones que debí ver por Televisión Española en los años sesenta. Era un tipo de cine folklórico y de poco interés, que ponderaba mucho el costumbrismo andaluz más empalagoso; ese es mi recuerdo. Pero después de leer la novela, todo aquello se desvanece porque leyendo se comprende que esto no tiene que ver con aquel cine rancio, esto es una novela que se inscribe en el realismo de los últimos años del siglo XIX, junto a autores como Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas, Emilia Pardo Bazán, Juan Valera, o José María de Pereda. Palacio Valdés era asturiano, se educó en Avilés, después en Oviedo, y se estableció finalmente en Madrid. Su obra se ambienta, sobre todo, en el Norte de España, y por tanto esta novela es, por su ubicación, una excepción. En todo caso, conoció Sevilla y vivió un tiempo allí, pero no demasiado. La novela está narrada por su protagonista, que describe las vicisitudes que sufre para conseguir casarse con una señorita sevillana. La descripción del escenario de los hechos tiene mucha importancia en la novela; la ciudad impacta al protagonista por su estética y por el peculiar sistema de relación social que practican los sevillanos. A partir de ahí, entra en un proceso de disección de la sociedad sevillana, que supera en importancia a la acción de la novela, sobre todo desde que, apenas pasadas unas páginas, el protagonista revela el final de la novela. Esto, lejos de desilusionar al lector, le lleva a leer con otra actitud, en la que, deja de tener importancia el saber qué va a ocurrir, y pasa a tenerla, el saber cómo va a ocurrir, el conocer a través de qué intrincados vericuetos, va a llegar el protagonista a ese final anunciado. Esto relaja, y permite concentrarse en los dos aspectos más interesantes de la historia: el derroche de análisis psicológico de su narrador y protagonista, y las magníficas descripciones de los escenarios de la novela. Ceferino Sanjurjo, gallego y poeta, tras desvelarnos sus circunstancias personales, nos cuenta que va a disfrutar de un periodo vacacional en Marmolejo, municipio de Jaén famoso por sus aguas. En su fonda, se hospedan también tres monjas; dos novicias y una de más edad a cargo de las otras dos; una de ellas atiende por hermana San Sulpicio, aunque su nombre es Gloria. Ceferino las conoce y simpatiza con Gloria; conversa con ella, y conoce su condición de novicia, que significa que podría salir del convento al no haber tomado aún los votos. También averigua que ella no desea adquirir tal compromiso, y que si está en la orden es por presiones ajenas a su voluntad; con esa información, nuestro protagonista ve el cielo abierto y cuando ellas retornan al convento sevillano, sigue sus pasos y pone rumbo a la ciudad. En Sevilla, lo primero que hace es buscar pensión; una vez encontrada, comienza a tratarse con sus compañeros de residencia, con ánimo de poner en marcha una red de amistades y relaciones que le permitan acceder al entorno próximo a su amada, dándose así inicio al difícil proceso de conquista, porque ella, pese a su escasa vocación religiosa, le facilita poco la tarea. Como ya avancé, uno de los indudables atractivos de la novela es contemplar la disposición de este hombre como espectador de todo lo que le rodea. Su condición de gallego le hace adoptar una actitud de estupor ante lo insólito que es para él todo lo que ve; la arquitectura, el ambiente urbano, el frescor de los patios, su uso como salón de reuniones, la vida en la calle, la manera andaluza de relacionarse, el formidable río Guadalquivir y un clima que, excepto en verano, encuentra delicioso. Y su condición de enamorado le predispone a ver la ciudad como un Edén particular de extraordinario clima, y su alma de poeta se deja llevar envuelta en la magia del lugar. Es un entorno estético y social que le encanta y que agradece de buena fe, sin que le cueste nada hacerlo. Pero en el trato individual con la gente, no le ocurre igual; los sevillanos le desconciertan cuando llega y al final del libro, cuando se va, aún no ha asimilado el carácter andaluz. Parece lógico, siendo gallego, que al principio no se relacione con la gente como lo hace la gente del sur, sino como un individuo ajeno a esa sociedad que no llega a entender bien los matices del carácter autóctono, ni unas pautas de comportamiento que se le antojan sorprendentes y extrañas a su temperamento. El autor, fiel a su adscripción al realismo, trata de expresar las diferencias, incuestionables, que hay entre la forma de ser del andaluz y del gallego, o más bien, puesto que él era asturiano, entre el hombre del sur y el del norte y, en esa dicotomía, él como autor se pone en la piel de éste último. Pero a pesar de ello, es benevolente con la manera de ser andaluza y no llega a criticarla; no esconde lo que no le gusta y si ve defectos los señala, pero sin caer en la crítica, sólo en la fría exposición de lo que ve, dejando que el lector critique lo que crea conveniente. Tras el éxito popular del libro, Sevilla le honró con múltiples homenajes, que seguramente no le hubieran dispensado de haber considerado que la novela daba una mala imagen de sus habitantes. En cuanto al lenguaje con que está escrita la novela, hay que decir que es muy fácil de seguir aunque aparezcan en ella, a veces, formas de expresarse que hoy nos parecen antiguas y que en 1889 aún se utilizaban. Insiste mucho, demasiado a mi modo de ver, en adaptar la ortografía del texto a la pronunciación andaluza, creo que sin conseguir un resultado convincente. El intento de escribir con una ortografía que permita leer lo escrito sonando como suena la pronunciación andaluza, es un trabajo vano que adolece de imprecisión y queda ridículo; no digo que, en casos puntuales y personajes de rasgos muy marcados, no sea interesante usar el sistema en alguna frase, pero, con la profusión con que lo hace Palacio Valdés, el resultado es insatisfactorio. A modo de resumen puedo decir que «La hermana San Sulpicio», me ha parecido una novela de grata lectura y aspectos interesantes, pese a que, en estricto sentido, no la considero una gran novela. El ambiente andaluz, que en España siempre tuvo buena acogida, le llevó a adquirir una gran popularidad que el cine acrecentó aún más, pese a que también el cine haya contribuido a darle un aire folclórico bastante deleznable, que a algunos nos ha llevado a asimilar su recuerdo al sentido del verso machadiano —La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María…—, cuando en realidad, la novela no es eso, o al menos, en su lectura no se detecta ese tono caduco. Lo propiamente andaluz tiene una lectura que, en justicia, habría de ir encajada en la línea del realismo en que milita la novela y, en ese sentido, hay en ella episodios de enorme fuerza y amargura, como el que se encuentra Ceferino cuando recurre a ir casa de la criada que le sirve de correo para comunicarse con Gloria y en el barrio de las afueras donde vive la fámula con su marido y sus hijos, ha de enfrentarse a situaciones de una violencia y una dureza sorprendentes. No es una escena con los rasgos desgarrados del pintoresquismo romántico de Carmen, no hay gitanos con navajas, ni toreros, ni cigarreras, pero el lector, lee consternado el relato que Palacio Valdés hace de estos hechos con un dramatismo y una dureza propios del naturalismo; igual ocurre en otro incidente tremendo, protagonizado por un marqués, y con un duelo a pistola de por medio; todo ello sorprende doblemente cuando pensamos en la novela popular y dicharachera que presumíamos que era, antes de leerla. Muy al contrario, la novela constituye un retrato cabal, preciso y descarnado de la sociedad andaluza de su época, que llama la atención por lo inesperado y porque le permite al lector hacer una valoración, sorprendentemente (no lo esperaba) positiva de su lectura.

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Escrita 2 de Septiembre de 2014
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TÚ ERES EL AMO DE LA BURRA en LOS SANTOS INOCENTES
Miguel Delibes, hombre de continente adusto y reseco, se integra fácilmente en la tierra áspera y quebrada de las zonas interiores de la península, donde su personalidad y su lenguaje, se confunden con el paisaje físico y humano, camuflados entre piedras, matorrales y hombres de campo. Todo un personaje, pero nunca me entusiasmó. Con la excepción de «Mi idolatrado hijo Sisí», sus novelas me parecieron siempre demasiado frías. Encontraba que le faltaba algo para conectar con el lector (éste que escribe). En «Cinco horas con Mario», admiré su hábil utilización del léxico propio de aquella mujer, y también, su manejo del monólogo cómo mecanismo de transmisión de un determinado mensaje. Aun así, me resultó penoso leerlo, porque conseguía transmitir, tan bien, un ideario tan rancio, que se me hizo incómodo transitar por la novela, oyendo ineludiblemente lo que decía aquella mema. Aquí, en «Los santos inocentes», vuelve a su afición por estos mecanismos particulares del relato, y se atreve a escribir la novela entera a base de usar la coma, y el punto y coma, pero no el punto final, que sólo está detrás de la última palabra de cada capítulo. Creo que con ello busca captar un tono de fluidez en los diálogos, una linealidad propia del habla recia de la gente del campo. La historia, además, viene transmitida por una voz narradora, externa al relato, pero integrada en el lugar, como si fuese uno más que habla como nacido orilla el pueblo. De manera, que el lector de «Los santos inocentes», aviado está, si no es capaz de asimilar la novela escuchando en su mente mientras lee, el idioma tosco, pero rico en modismos, con incorrecciones gramaticales, pero también con un extenso vocabulario de allí, ese castellano propio de las zonas rurales de la España arraigada a la tierra, en aquellos años sesenta, en que los medios de comunicación no se habían conjurado aún en sacar a los hombres del campo, de su incultura secular. Aquella manera de comunicarse, yo personalmente, la conozco desde hace muchos años; al jovencito que yo era, le produjo rechazo, el altivo rechazo del que sabe que ha aprendido unas cuantas cosas que le sitúan por encima de aquellos a los que desprecia, pese a que intuya, en algún rincón de su mente, la idea de que quizá en ellos esté la esencia de sus propios orígenes; y, por encima de las incorrecciones que puedan cometer, esa habla contiene la sabiduría de lo viejo, de lo mil veces repetido, de lo asentado en los hábitos de cada uno y de todos, hasta convertirse en ley sancionada por la costumbre. Algunos la escucharán como si oyesen arameo y les costará asimilarla. Pero, para los que lo logren, esa habla es la vía que lleva a la inmersión en el mundo particular del cortijo, a aislarse de todo lo extemporáneo, y a sentir la dehesa extremeña alrededor, junto a una tropa de rústicos especializados en atraer la perdiz con cimbel, y otras tareas por el estilo. Carmen, la mujer de Mario, me pareció, en su día, una mujer cargante e insoportable; en cambio, leyendo «Los santos inocentes», encontré que Paco, el Bajo, Azarías, la Régula, sus hijos y hasta el señorito Iván, eran la compañía más congruente y más acorde con el entorno campestre y cinegético de la dehesa que uno pudiera encontrar; ¿quiénes sino ellos, u otros como ellos, habrían de estar allí con más motivo y razón? Así que he leído esta historia con una comodidad y una adaptación al medio, que jamás hubiera sospechado en alguien de tan escasa vocación cinegética. Claro que luego viene la historia en sí misma, pero, esa es ya otra cuestión. La trama no es un asunto agradable. Me llamó mucho la atención, la relación entre los rústicos y su explotador, y me trajo a la mente la situación de aquellos esclavos negros de Georgia, tal como la veía Margaret Mitchell, en «Lo que el viento se llevó». Para los blancos del Sur, era algo incontrovertible que los negros estaban divinamente bajo su manto: «pobrecillos, ¿dónde iban a estar mejor que con nosotros?» razonaban ellos con su lógica aplastante. Y el caso es, que los tíos se lo creían de buena fe, porque, sí que algunos propietarios de esclavos, les daban a éstos un trato bastante razonable. Bueno pues aquí, dando el salto a Extremadura siglo XX, la situación era más o menos la misma, pero, con una diferencia, que es, que el señorito Iván era un bicho malo, muy malo, que pisoteaba a su gente porque para eso eran suyos, —tú haces lo que te dé la gana, tú eres el amo de la burra— le dice el médico del pueblo al Ivancito, cuando le lleva a Paco, el Bajo, con el Land Rover y una pierna rota, y trata de convencerle de la conveniencia de enyesar. ¡Pachasco! Que son los inconvenientes de estar así de bien protegidos, que como el amo sea un cabrón, la hemos fastidiado. Pero el tono amargo era previsible, me lo esperaba y no me sorprendió; y lo leí muy a gusto. Hasta al señorito Iván, hablando con éstos, se le mudaba el habla y se ponía a tono con el lenguaje rústico popular, que no es lo mismo hablar con la señora marquesa, o con el señor Ministro, que con Paco, el Bajo, o con Azarías, y el señorito sería malvado pero no tonto, y sabía adaptarse bien a las circunstancias. Resumiendo, un libro muy cortito; extraordinariamente bien contado, con un texto que está inmerso, hasta el colodrillo, en el ámbito lingüístico del cortijo extremeño; con un desarrollo en el que se habla de caza, de la trocha, del cárabo y de cobrar las pitorras, y en el que los cazadores se encontrarán cómodos, porque entienden esas cosas. Los personajes son sencillamente perfectos, Paco, el Bajo, la Régula, el señorito Iván, y Azarías, parecen tener vida y carácter propios, el matrimonio con su prudente resignación, el señorito con su descarado y cínico egoísmo, y el subnormal, encerrado en su felicidad (milana bonita…), porque no es ninguna tontería pensar, que el tonto es, realmente, el más listo, porque es el que mejor se lo pasa. Cuando leí «Mi idolatrado hijo Sisí», pensé: Delibes en esta novela sabe de qué habla, porque habla de la clase media acomodada de la ciudad de Valladolid, que es su mundo y de eso, sabe. En «Los santos inocentes», habla de lo que le gusta: la caza y el campo; de eso, también sabe y por eso, crea un texto que tiene la virtud de posibilitar la inmersión (¿lingüística?) en un mundo de un verismo increíble, contemplando una trama básica y elemental, a la vez que uno se recrea en la tremenda autenticidad de los personajes y de sus diálogos.

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Escrita 26 de Junio de 2014
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¡SE ÑO RI TAES CAR LAAA TA..! en LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ
Larga, sí señor. Muy larga, pero muy intensa; así es esta novela. No creo que el que la lea piense que está leyendo una obra maestra de la literatura, porque su prosa es el paradigma de la simplicidad y su carácter próximo al folletín hará impensable colocarla junto a las novelas americanas más prestigiosas del siglo XX. Pero, ¿qué importancia tiene todo eso, para el que ha estado casi tres semanas dándole vueltas y vueltas al endiablado carácter de Scarlett O´Hara? Yo creo que tiene poca importancia, y en todo caso que nos quiten lo bailado; el hecho de que «Lo que el viento se llevó», no esté junto a la mejor literatura, no impide que sea una magnífica novela; como magnífica es también la película homónima que ofrece la posibilidad de leer y ver la imagen del personaje, sin el esfuerzo adicional de tener que inventársela. Para hacer el análisis de la novela, conviene fijarse en dos bloques claramente diferenciados. El primero lo componen los cuatro personajes principales. Son imprescindibles para hacer la valoración de la novela, porque las claves de su entidad como obra literaria están en su génesis y en el manejo de sus personalidades. El otro bloque lo constituye el cúmulo de información adicional, imprescindible para la adecuada composición del trasfondo de la trama. Empezaré primeramente por ello. El contenido del bloque es el siguiente.: El escenario político, que es el Estado de Georgia integrado dentro de la Confederación de Estados de América, nombre oficial del grupo de estados secesionistas. El escenario físico, que se reparte entre la emergente ciudad de Atlanta y la zona de los condados de Clayton y Fayetteville, a unas veinticinco millas al sur, donde están Tara y las plantaciones vecinas. El entramado social, formado por los propietarios de la vecindad del condado y por un ramillete de personas representativas de la ciudadanía de Atlanta. Y por último, el espacio temporal, que está descrito en el relato de los cuatro años que dura la guerra de Secesión, más una larga y penosa posguerra a lo largo de otros ocho años más. Todo eso aparece en la novela. Pero lo más importante, es saber lo que todo eso significa. Margaret Mitchell busca un objetivo, que es crear en el lector una imagen lo más fiel posible de lo que aquel conglomerado de cosas significaba para los georgianos; aquello era su modo de vida, pero también una aproximación a un mundo maravilloso, feliz e idealizado en el que los sureños creían vivir como en un prolongado letargo del que alguien habría de venir cruelmente a despertarles. La importancia de conocer estas cosas, es decisiva para obtener un resultado preciso de la novela, mucho más, que la que pueda lograr cualquier espectador de la película. Mitchell cuenta con trazos admirativos cómo es el idílico ambiente anterior a la guerra. Georgia, contemplada a través de sus palabras, parece la Arcadia feliz. Pero después viene la guerra, y su ferviente exaltación de la causa confederada y su tono patriótico, van paulatinamente dando paso a la ponderación a que obliga una realidad, amarga y alejada del optimismo oficial. Y llega por fin, el largo y complicado periodo de la posguerra, en el que mezcla la frustrante sensación de derrota, con el orgullo siempre latente y con las penurias propias de una sociedad machacada por la guerra y por sus consecuencias. El planteamiento de la autora es, invariablemente adicto a la causa confederada, lo que convierte la novela en la historia de los perdedores contada por uno de ellos; pero así y todo, su condición de derrotados no les hace renunciar ni a su orgullo, ni a la esperanza de resucitar, antes o después, aquel mundo prebélico tan idealizado. Tiene su aquel, a día de hoy, leer la historia contada desde el punto de vista de los que en el pasado, tildamos de «malos de la película», no de la película «Lo que el viento se llevó», sino de todas aquellas películas que retrataron la contienda civil americana, dando por entendido que su posición favorable a la esclavitud, relegaba a aquellos sudistas de antiestéticas guerreras grises, al poco honroso papel de «malos» y entendiendo que, además, defendían la posición de los terratenientes ricos y poderosos del sur, que desde una óptica alejada en lugar y fecha, sólo podían producir un evidente rechazo de cara al juicio de la Historia. Pero es así como está planteada la novela, y leyéndola nos hemos de acostumbrar a cosas que, hoy, consideramos taxativamente incorrectas; véanse si no, las muestras de desprecio hacia los yanquis por antiesclavistas, o la sincera convicción de que en el sur se trataba bien a los negros, o la degradación posterior de éstos por no saber hacer uso de su reciente libertad, o la calificación del Ku Kux Klan como una causa noble y patriótica. Ahora bien, se ha de reconocer, aun no gustando el posicionamiento ideológico de la autora, que la exhaustiva plasmación a lo largo del libro de multitud de datos sobre el entorno geográfico, histórico y social y sus puntuales explicaciones y comentarios, configura el mecanismo idóneo para explicar, y en parte justificar, la actitud de los personajes y para poner los hechos novelados en relación con la realidad histórica de su época; y ello, pese al enfoque partidista, normal y explicable, en un ciudadano del sur. Paso ya pues, a hablar de sus protagonistas. Esta es una novela de personajes; todo lo que ocurre, es consecuencia de sus singulares caracteres. Y el primero, Scarlett O´Hara. La novela se basa en ella. Su carácter es determinante para el desarrollo del argumento, que con ella empieza y con ella termina mil páginas después. A lo largo de ese recorrido, nos muestra su carácter fuerte y de marcados rasgos: el egoísmo, el orgullo, la falta de escrúpulos y un genio de mil demonios, que en conjunto dan como resultado una jovencita malcriada, pero a la vez seductora por su tenacidad, su coraje y por una vitalidad y alegría exultantes. En fin, un terremoto de señora. Su primo Ashley Wilkes, es lo contrario: culto, refinado, discreto, considerado, y también, pusilánime, vacilante y en definitiva, absolutamente falto de carácter. Pero se convierte en objeto de la devoción de Scarlett y ese hecho desencadena el conflicto. Rhett Butler aparece en la fiesta que hay al principio de la novela y ya no deja de aparecer periódicamente en la vida de ella. Enamorado, fascinado, o simplemente encaprichado, tanto da; el caso es que mantienen una relación fugaz, intensa y ardiente, porque sus caracteres, fuertes los dos, parece que, en alguna forma se complementan. Su rol de cínico y su actitud chulesca y autosuficiente, avientan siempre la duda sobre su falta de escrúpulos; pero, profundizando, vemos que predominan en él las cualidades, pues es equilibrado, inteligente, elegante, decidido, burlón y tierno cuando quiere serlo; su mayor defecto, quizá sea su escasa templanza con el alcohol. Y falta Melanie Hamilton, la bondad personificada hasta el éxtasis; parece boba, pero no; sólo, que es muy buena ella. Y ese talante bondadoso es a causa, o a pesar, que nunca se sabe, de su personalidad hogareña, comedida, pacata en todo lo referente a la moral y las costumbres, y siempre, rocosa e inamovible en sus convicciones, lo que le confiere al personaje mucha más consistencia de lo que se podría suponer viendo desatentamente la película. En la creación de estos cuatro personajes reside la fuerza de la novela. Scarlett tiene a su primo en el punto de mira y Melanie es tan buena, que es perfectamente capaz de comprender los sentimientos escondidos del tipo duro y despreciable que aparenta ser Rhett, que, en justa reciprocidad, siente veneración por ella. Así que, el huracán de pasiones cruzadas que se teje y se desteje en la novela es denso y bien elaborado, desarrollado y explicado por Margaret Mitchell, con una locuacidad fácil y con la prodigiosa mente que se requiere para poder tramar y gestionar todo este torrente de sentimientos que fluye durante tantas páginas, sin dejar en ningún momento de tener sentido, y por tanto, arrastrando al lector sin que éste tenga que hacer ningún esfuerzo para ello. Este libro, no sé si de manera intencionada, o fortuita, nació con vocación de ser la gran epopeya de los Estados Confederados de América, y acabó siendo la base sobre la que se cimentó la más célebre película que se haya filmado nunca, pero, que yo no había visto de un tirón, hasta ahora. Viéndola ahora, después de leerla, compruebo que la excelente adaptación de los actores a sus papeles es tan buena que parece que hubieran venido al mundo con la misión específica de participar en la película. Desde que vi a Vivien Leigh en el papel de Blanche Dubois en «Un tranvía llamado Deseo» y también en ambiente sureño, me enamoré de su camaleónica personalidad. Borda el papel de Scarlett O´Hara, y no sólo porque encaja en sus características, sino porque actúa con el oficio propio del actor curtido en el teatro. Los rasgos consecutivamente duros y blandos del personaje, exigen poder expresar de seguido, maldad, bondad, resentimiento y ternura y ella cumple con ese objetivo. Los otros tres actores, encarnan bien sus papeles, pero no tanto por sus actuaciones excepcionalmente buenas, sino por la identificación de los actores con los personajes. En particular, parece como si Margaret Mitchell hubiese adivinado que Gable iba a hacer el papel de Rhett Butler, por la coincidencia que hay entre los rasgos físicos del actor y la fisonomía que describe en sus páginas. Leslie Howard daba bien el papel por su rostro lánguido y su porte elegante y espiritualmente anémico, pero a sus 46 años aparentaba más edad que los, aproximadamente treinta, del joven descrito en la novela. Olivia de Havilland, sí fue una perfecta Melanie y su gesto bobalicón, tanto o más lánguido que el de su marido en la ficción, encajaba perfectamente en el perfil del texto, con unas maneras a mitad de camino entre una matrona romana y una dama del Ejército de Salvación. Me resultaría incomprensible reseñar «Lo que el viento se llevó» y no dedicar el último comentario a tocar el tema racial. Margaret Mitchell, escribió su novela entre 1926 y 1936. La esclavitud, abolida tras la guerra de Secesión, ya no existía, pero el problema de la desigualdad y de la ausencia de derechos civiles de la población de origen africano en los Estados Unidos, no sólo estaba vigente, sino que no se llegó a resolver hasta la década de los años sesenta del siglo XX. Esto se aprecia perfectamente en el texto, en el que las ideas segregacionistas no sólo no se denuncian, sino que se expresan como la cosa más natural del mundo. Incluso, se trata de justificar el sistema imperante en el sur, aduciendo la cínica idea de que es, bajo la esclavitud, donde mejor pueden estar los negros. Los personajes de raza negra que aparecen, tienen un tratamiento sistemáticamente peyorativo; o son medio imbéciles como Prissy, o son unos peligrosos canallas que asaltan mujeres blancas, o son unos cascarrabias como Mammy. Hay un detalle en el libro, que refleja bien la conciencia paternalista de los ciudadanos del sur y la segregacionista de los del norte. Cuando Scarlett, en su intento de hacer negocios con los militares yanquis, se ve obligada a tomar el té con sus esposas, éstas tienen auténtica curiosidad morbosa por ver que dice una sudista de la esclavitud; ella elude diplomáticamente definirse, pero cuando una joven madre del norte, le pide referencias para contratar alguna niñera que cuide de su hijo (pensando en una mujer blanca), Scarlett inocentemente le habla de una negra para hacer ese trabajo (era lo habitual en el sur); oyendo su respuesta, la yanqui se escandaliza diciendo que jamás permitiría que una negra tocase a su hijo. Así que sale de la reunión asombrada de que los del sur, carguen con fama de negreros, mientras que las yanquis, teóricamente antiesclavistas, no conciben que mujeres negras cuiden de sus hijos. Es decir, el libro quiere transmitir la idea de que en la Confederación se trata bien a los negros, aunque se admita que esto ocurre, sobre todo, en el caso de sirvientes que trabajan en la casa, considerándoles en tal caso, con una condición intermedia entre criados y parientes, como es el caso de Mammy, la negra oronda que la cuida desde que nació (Hattie McDaniel fue la primera persona de color premiada con el óscar, de mejor actriz secundaria). Esto podría llegar a creerse aun con múltiples matices menos favorables, pero tal idea no se sostiene en las plantaciones, donde sólo es concebible un trato a los negros próximo a cierta humanidad, si iba envuelto en grandes dosis de paternalismo, lo que para desgracia de muchos, tampoco debía ser muy frecuente. Todo esto, trae a colación «La cabaña del tío Tom», libro que se tuvo por alegato contra la esclavitud, que se menciona expresamente en las páginas de «Lo que el viento se llevó». Publicado antes de la guerra por la escritora del norte H. B. Stowe, tuvo un éxito editorial sin precedentes en el mundo hasta aquella fecha y fue, en alguna medida, el desencadenante de la propia guerra. Lo cierto, es que Margaret Mitchell escribió esta novela en unos años (1939) en los que el tema racial estaba muy lejos de estar resuelto (léase si no El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, que es de 1940 y también en Georgia) y que los modos de vida y las costumbres, aún no habían evolucionado, siendo más parecidos a los de 1865, que a los del momento actual. Esa, creo yo, es la razón por la que los comportamientos de Scarlett, son asimilados por el lector actual, con mayor simpatía que antes. Su desprecio por las anticuadas normas de conducta vigentes entonces y su atrevimiento en saltarse las convenciones sociales, crean una corriente de simpatía hacia ella por su comportamiento moderno y feminista. Uno tiene la intuición de que Mitchell pudo haber creado ésta, su única novela, con la intención de dar publicidad a toda la herencia histórica de los estados del sur, en unos años en los que las heridas de la guerra debían estar ya cicatrizadas, apoyándose para ello en la exhaustiva documentación de que disponía y en los datos transmitidos oralmente por sus padres o abuelos. Pudiera haber en ello un deseo de reivindicar la singularidad, que dentro de los Estados Unidos tenía el sur, como sociedad predominantemente tradicional, católica y rural, en contraposición a la del norte, avanzada, protestante e industrial; y también como una manera de simbolizar, a través de la tozudez de herencia supuestamente irlandesa de Scarlett, una trayectoria desquiciada, con un cierto paralelismo entre su propio recorrido personal y el de la Confederación. Resumiendo, diría, que para un lector que, como yo, no había visto entera la película pero que, obviamente, tenía suficiente información sobre ella, la lectura de la novela supone la sorpresa de encontrarse frente a una historia pasional, que va mucho más allá de lo simplemente pasional. De ahí lo de la sorpresa, porque, no es sólo, como yo erróneamente esperaba, una historia de pasiones, sino que en ella lo sentimental se funde con el trasfondo que refleja la situación política, militar, social y racial en el sur durante y después de la guerra, hasta el punto de adquirir una importancia vital, que hace necesaria e imprescindible su lectura para situar correctamente lo pasional en su contexto. Viendo atentamente la película se puede uno aproximar a ese trasfondo, puesto que es un film excelente y muy largo, pero que aprovecha perfectamente su gran metraje en la labor de contar cumplidamente la historia. Pero, acceder a su lectura es otra cosa; éste debe ser uno de esos casos emblemáticos que reflejan las diferencias fundamentales que hay entre el cine y la literatura. La película es extraordinaria, más aún si tenemos en cuenta que se rodó en el ya lejanísimo 1939. La novela sin embargo, siendo buena, no lo es en ese grado superlativo. Bueno, pues a pesar de la extraordinaria calidad de la película y de que la imagen y la música —excelente ésta por cierto— pueden compensar en buena medida la ventaja que la mayor extensión le concede al libro, a pesar de ello, la historia como tal, es mucho más satisfactoria, leída, que vista en la pantalla. O al menos, así lo veo yo.

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Escrita 9 de Junio de 2014
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QUATTROCENTO PARISINO en NUESTRA SEÑORA DE PARÍS
Leer a Víctor Hugo, a día de hoy, es encontrarse con un escritor distinto, no sólo de cualquiera otro actual o del siglo XX, sino incluso, de su propia época; basta empezar a leer sus páginas para que inmediatamente se detecte su fuerte personalidad. Su particular estilo literario, denso y fogoso, cuenta la trama de una manera que tiene algo de maniquea, mucho de ideológicamente apasionada, y casi todo de épica y de grandiosa. Esta forma suya de narrar, hace que no se le lea sosegadamente, como a cualquier otro escritor, sino con un aluvión de sentimientos encontrados, fruto de la carga ideológica que quiere, y que logra, transmitir; tan es así, que, al cerrar sus páginas, parece que uno se hinche con todas esas ideas que nos transmite, que bullen en nuestro ánimo y que permiten identificar su sello característico y calificarlo de singular, como decía yo al principio. De todas formas he de decir que, antes de ésta, sólo había leído Los Miserables, novela, por cierto, de emotiva lectura, aún muy presente en mi memoria, y de la que me hubiera gustado escribir desde que adquirí el hábito de hacerlo; lo malo es que pasados cinco años tras su lectura, es ya demasiado tarde para rememorar y tampoco era cosa de leer otra vez las casi mil doscientas páginas, sólo para poder escribir sobre ellas. Como me faltaba Nuestra Señora de París, novela mucho más corta y, por tanto, más accesible, decidí leerla, y aprovechar la ocasión para escribir sobre Víctor Hugo, a continuación. Retomo nuevamente lo que decía al principio, lo especial que es leer a Víctor Hugo, relacionándolo, con su condición de poeta, porque parece que las sensaciones que transmite hayan salido de una mente con un aliento, básicamente lírico; eso sí, de una lírica más épica y dramática que intimista. En cambio, lo que no tiene duda es que su carácter está impregnado hasta el tuétano, de un romanticismo fecundo y exultante; no es concebible la obra de Víctor Hugo, desprovista de la fuerza que le da su tendencia romántica, y digo fuerza, pero, igual podría decir entusiasmo, vitalidad, vehemencia, apasionamiento…, quizá todo eso sea lo normal en un hombre del romanticismo, pero, esos son los atributos que exhibe de manera inequívoca en sus novelas, y a fe mía que llaman poderosamente la atención. En Los Miserables, toca el tema fundamental de la libertad y el derecho a la dignidad de los más desfavorecidos. Arranca la novela describiendo Waterloo, el último acto de unas guerras napoleónicas que conoció cuando, siendo niño, su familia viajaba tras la estela de su padre (general de Napoleón). En esa infancia castrense conoció España, como se aprecia en Nuestra Señora de París, en la que aparecen frases en español y alguna que otra referencia a España. Pasado Waterloo, situó el grueso de Los Miserables, en el momento álgido de las revueltas populares de mediados del XIX, cuya descripción siguió intercalando con los hechos propiamente novelescos. Pero al igual que la redención y la libertad de los humildes era uno de los temas románticos habituales, el medievalismo, por el que Hugo tenía debilidad, era otro de los iconos del ideario romántico siendo el elegido para esta novela que se convirtió en su primer gran éxito literario. Hay que recalcar, que Víctor Hugo se asentó, casi desde sus comienzos, como una figura inmensa de la literatura francesa y europea, y que llegó a ser, por su formación y pretensiones, algo así, como el prototipo del hombre del Renacimiento que aunaba todos los conocimientos de su tiempo, como una especie de Leonardo redivivo conocedor de todas las materias, una de ellas, indudablemente, el medievalismo, otra, la arquitectura. Así que, con una combinación de ambas y con sus dos personalidades, la del erudito que describe la vida en el tramo final de la Edad Media, y la del novelista que crea su trama y sus personajes, se embarca en las páginas del libro atiborrándolo de contenido; y de esta forma, nos cuenta como era la arquitectura de aquella época y la relación que guarda con la de épocas posteriores hasta llegar a la del siglo del autor. Incluso, se permite elaborar una teoría, que yo calificaría de "sui generis", en la que vincula el final de la arquitectura, de la gran arquitectura que a él le gustaba: la gótica, con el arranque del recorrido de la imprenta: ¡El libro mató a la arquitectura! exclama con énfasis; y razona a continuación, de manera interesante, aunque yo creo que con bastante ligereza, que todas las artes medievales se expresaban mediante el lenguaje de los grandes edificios, fundamentalmente de las catedrales, en las que los poderes fácticos medievales volcaban sus esfuerzos y su dinero sabiendo que éstas se lo devolverían con creces. Pintores, escultores, escritores, arquitectos, músicos, todos se beneficiaban con la creación de esos grandes contenedores de la creación artística. Pero, hete aquí, que se perfecciona la imprenta y los cauces del arte se abren en caminos infinitos, directos y al alcance de cualquier economía, y esa especie de democratización que constituye el libro, destruye la arquitectura, que así ya no levanta cabeza porque abandona su tendencia a elevarse hacia las alturas, porque pierde toda la magia que tuvo con anterioridad, y porque deja de poner sus muros y sus espacios físicos a disposición de todos los artistas, los cuales, con una inversión monetaria infinitamente menor, llegan a mucha más gente a través del libro. Antes, el pueblo había de ir a la catedral a disfrutar del arte, la catedral focalizaba el arte y atraía a las masas; ahora con la imprenta, el arte puede dirigirse a la casa de cada cual, el foco de atracción ha basculado de la catedral a la persona, al individuo, que es quien ejerce ahora como polo de atracción. Y fruto del cambio, la nueva arquitectura que surge del Renacimiento ya no tiene que ejercer aquella función anterior, empieza a carecer de sentido, y se convierte, poco a poco, en una sucesión aburrida y falta de carácter de pórticos griegos y cúpulas romanas, que ya no tienen el profundo significado para el pueblo que tenían los airosos arbotantes y los afilados chapiteles de la arquitectura gótica. Bueno, estas ideas son bastante discutibles, pero a la vez son muy singulares, y representan un buen ejemplo para explicar su talante vehemente y su entusiasmo en la exposición y defensa de la posición medievalista de la novela, y por extensión, de cualquier otra posición que hiciese suya. De hecho con esa teoría y con el resto de parafernalia con que recrea el ambiente del quattrocento parisino, consigue definir la atmósfera del momento y convertir a la propia catedral de Notré Dame, en la indudable protagonista, por encima, incluso, de unos personajes, también muy particulares, de los que hablaré enseguida. Así, pues, la novela comienza con unas ceremonias en las que una embajada de dignatarios flamencos, asiste a la representación de un misterio —una especie de auto sacramental—, para después narrar la casi simultánea elección en la plaza pública del papa de los locos, una celebración popular inspirada en las saturnales romanas al más puro estilo carnavalesco, en la que, a las gentes del hampa (la también llamada Corte de los Milagros), se les concede el derecho a elegir a su propio dirigente, elección que recae en el mismísimo Quasimodo, que así se configura como el primero de los protagonistas en entrar en escena cuando ya se lleva un buen montón de páginas que, hasta ese momento, han cumplido la misión principal de situar al lector en ambiente y de explicar cómo era la fiesta y el bullicio popular en el París de la época. A partir de ahí, alterna capítulos que narran la propia trama, con otros que siguen exponiendo datos y más datos sobre materia artística o urbana, como los dos largos capítulos en los que explica la configuración urbanística de la ciudad, sus edificios más destacados, su estilo, sus características y la metamorfosis que la fue transformando poco a poco con el paso de los siglos hasta dar lugar a la ciudad que era París a principios del siglo XIX; o como el capítulo en que, enuncia la teoría que mencioné más arriba: ¡el libro mató a la arquitectura! Y esto son sólo las digresiones más señaladas, pero hay muchas otras menos extensas con las que ejercita el deseo de enriquecer los conocimientos de los lectores de su época, que por el empeño que pone en ello, hay que suponer que debían ser escasos. En total, bien puede decirse sin temor a exagerar, que un tercio de la extensión del libro está dedicado a la exposición de materias varias, relacionadas con la trama, pero ajenas a ella. Pero bueno, aparte de todas estas cosas, Nuestra Señora de París es también una novela en la que se mueven unos personajes, dotados todos ellos, de fuerte personalidad y con una, claramente definida, pauta de actuación de la que no se apartan fácilmente; es decir, que los personajes tienen desde su arranque un comportamiento que podríamos considerar ciertamente maniqueo. Decir esto, no quiere decir criticar, sino constatar algo, que está ahí y que no tiene porqué ser negativo, como lo demuestra el hecho de que exactamente lo mismo, se detecta en Los Miserables, sin que tampoco allí pueda ser entendido como crítica. En mi opinión, lo que hace que el maniqueísmo no perjudique a la novela es la propia condición recia de sus personajes, que compensan sobradamente con su enérgico carácter la debilidad que les obliga a actuar de una forma prefijada. Es como si su propia identidad, en manos del destino, les obligase a comportarse según la pauta que se les ha marcado; sólo cuatro años después de publicarse Nuestra Señora de París, el duque de Rivas tituló su, también romántica, pieza teatral: Don Álvaro o la fuerza del sino, en la que también hay un destino fatal que conduce a cada personaje por su propia senda; no dudo, que en una obra de corte realista no tendrían ningún sentido esos comportamientos dirigidos, pero, en una romántica, sí lo tienen, su carácter, genuinamente romántico, lo admite, o al menos, yo así lo veo. Prometí hablar de los personajes, y ya he mencionado a uno, a Quasimodo, el jorobado de Notre Dame; pero no son muchos, se acaba enseguida: la gitana Esmeralda, dom Claude Frollo, Jehan el hermano de éste, el capitán Febo, Pierre Gringoire y alguno otro de menor presencia. Cada uno de ellos representa una personalidad diferente; en el caso de Quasimodo, los buenos sentimientos encerrados, eso sí, en lo más hondo de un cuerpo deforme, horriblemente feo, cojo, y sordo, aunque fuerte y poderoso físicamente. La bella gitana Esmeralda representa la inocencia y la candidez; a pesar de vivir en la calle de sus habilidades como saltimbanqui, sus sentimientos son puros, y no concibe la maldad. Y ya está; no hay más personajes bondadosos, porque el archidiácono dom Claude Frollo, personifica, no sólo la maldad, sino, sobre todo, el cinismo más abyecto: pasa por hombre religioso, pero le corroe la lujuria. Su hermano Jehan es el despreocupado e irresponsable vividor al que todo le da igual y sólo vive guiado por su atroz egoísmo. El capitán Febo personifica la altivez, la soberbia y la grosera rudeza del joven que trata de conjugar un próximo buen casamiento con su afición a los burdeles y a las mujeres fáciles. Nos queda Pierre Gringoire, pero, éste es una excepción en la lista de malvados, o para ser justos con él, habría que decir que no es un genuino malvado; Gringoire representa el pragmatismo, no es malo, tampoco bueno, procura llevarse bien con todos y librar su pellejo de los múltiples problemas que le acarrea, pese a ser hombre ilustrado, su pobre condición social y económica. El bosquejo de cada uno, con las características que el autor les atribuye en la novela, ilustra perfectamente lo que quise indicar más arriba cuando hablaba de dicotomía entre bondad y maldad, todos responden a esos patrones, no se salen de ellos en ningún momento y, sin embargo, el lector lo acepta como algo que tiene todo el sentido dentro de esta historia, como algo que no chirría, como si los personajes de esta novela por el mero hecho de vivir en el medioevo no pudieran ajustarse a otros comportamientos, más cambiantes o más complejos, sino que sus personalidades simples, en el sentido de inmutables (no son simples en otros sentidos, al contrario, son mentes complejas y torturadas), parecen las que, necesariamente, tenían que darse en aquellos tiempos. Es evidente que esta novela no puede, dadas sus características, calificarse de otro modo que como novela histórica y, sin embargo, ¡que distinto es Víctor Hugo, de Walter Scott, el paladín de la novela histórica! y ¡que diferente es Nuestra Señora de París, de Ivanhoe! No cabe duda de que Walter Scott le da a la novela histórica un enfoque sumamente activo, mediante el cual, la sucesión de hechos que aparecen en la trama, es cambiante, y es frenética, no deja un minuto de descanso y configura muy certeramente el concepto de «novela de aventuras», aun manteniendo su carácter histórico y un aire serio y trascendente. También está en Ivanhoe el tono majestuoso y solemne, pero su finalidad no es atizar el drama, sino exaltar un pasado aventurero y glorioso. Víctor Hugo también usa en su novela un tono épico y grandioso, pero, en lugar de utilizarlo para acentuar el lado dinámico y aventurero de la trama, su interés es regodearse en los dramas personales de sus personajes que son colocados en terribles encrucijadas por el fatal determinismo a que, inevitablemente, les dirige aquella sociedad medieval, deleznable, lóbrega y profundamente injusta. Los amargos sufrimientos que padecían las gentes del pueblo en el París del siglo XV, no podían ser motivo de exaltación y si Víctor Hugo los expone es por lo contrario, a modo de denuncia de aquel pasado cruel. Lo que es muy significativo es que, a pesar de esas evidentes diferencias entre su planteamiento y el de Walter Scott, el enardecimiento y arrebato con que narran ambas historias, es cualidad común a ambos; los dos se entusiasman mitificando el pasado. En una lectura actual de ambas novelas, tal vez conmueva más al lector de hoy Nuestra Señora de París, por sus connotaciones dramáticas, pero, puede que disfrute más con Ivanhoe, por el superior dinamismo de su trama. Las digresiones sobre arquitectura gótica y urbanismo, que a muchos lectores puedan resultar pesadas, para mí no lo fueron, aunque bien es verdad que en esa materia juego con ventaja. En cambio los capítulos en los que el autor describe algunas tramas periféricas a la principal, sin duda con ánimo de dar forma al ambiente medievalista de la ciudad de París, me parece que son un poco más tediosos y distraen en exceso del pulso de la historia principal. No me cabe duda de que eliminando los capítulos de temática urbanística, y aligerando un poco más estas tramas periféricas que decía, la novela hubiera adquirido una extensión de unas trescientas páginas, en lugar de quinientas, lo que estaría mucho más en consonancia con su contenido propiamente novelesco, y hubiera dado lugar a una lectura notablemente más ágil. Pero en ese caso no tendría ya el sello característico de Víctor Hugo, y quizá no sería tampoco esa lectura tan diferente y tan especial que decía al principio.

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Escrita 22 de Mayo de 2014
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INSPIRACIÓN DEMONÍACA en DOKTOR FAUSTUS
Han sido muchas las obras que, a lo largo del tiempo, han tratado la leyenda del hombre que pacta con el diablo y la más conocida de todas es el Fausto de Goethe. La novela Doktor Faustus, es la versión con la que Thomas Mann, quiso acercase a este tema y fue escrita en su exilio californiano durante la segunda guerra mundial. No se trata de una novela convencional, al contrario, es una obra muy especial por su estructura biográfica, por su abundante contenido específicamente musical, y por las numerosas connotaciones simbólicas que contiene y que relacionan su contenido con cuestiones de música, filosofía, religión, además de con los hechos de carácter bélico más relevantes de su época. Desde el momento final de esta historia y narrando en primera persona, un amigo del músico alemán Adrián Leverkühn, hace un repaso retrospectivo de la vida de éste, desde la infancia hasta una madurez que coincide con el final de la segunda guerra mundial. La lectura de esta novela provoca en el lector sentimientos contrapuestos a lo largo de toda su lectura. El autor crea una historia de ficción, que, sin embargo, en muchos momentos se confunde con la realidad de la Alemania de la época; por ello, a veces, el lector duda si lo que lee son hechos reales o inventados, pero pronto se adapta a discriminar el carácter de cada cual. Algo parecido ocurre con las ciudades donde nace y vive, hasta que la oportuna consulta revela que son imaginarias. Una vez encarrilada la narración, se van desvelando los personajes que acompañan al protagonista en las distintas fases de su vida, sus estudios de adolescente, su trayectoria universitaria, o sus primeras decisiones sobre su futuro profesional. En la novela no sólo figuran los sucesos más destacados de su vida, Mann intercala entre ellos, fases discursivas, en las que el narrador se extiende en razonamientos y reflexiones sobre múltiples materias, en particular sobre las que son disciplinas docentes en los estudios del protagonista. Son fases que utiliza para hacer múltiples análisis y disertaciones, fundamentalmente sobre historia, música, teología, y filosofía, siempre en relación con el estudio y la disección del carácter germano y con su fecunda eclosión a partir de la Unificación de Alemania. Thomas Mann, es uno de los escritores que más he leído, por adaptarse especialmente bien a mi particular capacidad de asimilar lo que leo. Bien, pues a pesar de ello, cuando me adentro en esta novela, acabo encontrando fases en las que me entran unos deseos irreprimibles de saltarme páginas, viendo cómo se encela con determinados temas. Son fases del libro que pecan de una tremenda complicación, haciendo que su mensaje caiga en la aridez y en el tedio; son los mencionados pasajes discursivos, en los que Mann lleva demasiado lejos su entusiasmo con ciertos temas y se adentra por terrenos demasiado farragosos para cualquiera que no sea un especialista en esas materias. En realidad es una cuestión de medida, porque con su extraordinaria capacidad para desarrollar cualquier asunto, el libro se sigue perfectamente durante una gran parte de sus páginas; tan sólo bastaría que hubiese sopesado mejor los momentos más duros para aligerarlos, evitándose así caer en excesos que no aportan nada a la obra en su conjunto y que, llevados tan lejos, sólo parecen responder a un regodeo del autor hasta límites que la mayoría de los lectores considerarán innecesarios. En ese sentido son especialmente difíciles de asimilar los contenidos referidos a temática musical, en los que trata sobre autores muy conocidos, especialmente Bach, Beethoven y Wagner, pero también sobre otros que lo son mucho menos, o que son totalmente desconocidos; también trata sobre cuestiones puramente técnicas, como el análisis de algunas obras concretas, o el de determinados instrumentos y sus dificultades para los solistas, y ya no digamos, cuando se interna en el campo teórico de la composición, planteando cuestiones de armonía, acordes, contrapunto, canon, melodía y mil cosas más que se salen de lo que puede seguir un profano, por más que le guste la música clásica. Tan es así, que hubo de aclarar en una nota de las primeras ediciones del libro, el hecho de que pasajes bastante amplios de éste, fueron en su totalidad escritos por Theodor Adorno, un musicólogo alemán amigo suyo, que aceptó su encargo, pero que posteriormente le requirió para que reconociera públicamente su autoría. En cualquier caso el texto del libro es, como casi siempre ocurre en los libros de Thomas Mann, de una extraordinaria calidad, y quizá en este caso el hecho sea aún más meritorio, en función de las especiales dificultades que, como acabo de indicar en las páginas anteriores, plantea el tema del libro. A pesar de ello, consigue mantener página a página, suficiente tensión narrativa como para llevar la mente del lector como agarrada de la mano, sin permitirle despistarse y sin dejar de tener la sensación de estar leyendo un texto de una gran significación. Luego, en los momentos críticos o culminantes de la trama, el interés y la sensación de calidad suben aún más el tono hasta llegar a producir auténtica emoción, derivada, no sólo de las circunstancias emotivas de la trama, sino también de la constatación de estar leyendo una prosa dotada de una envidiable capacidad intrínseca de emocionar. En este punto se podría inquirir: ¿pero, hay muchos momentos en que la trama adquiere esa dimensión emotiva y culminante, o el libro se desenvuelve con un ritmo sosegado y exento de emoción, como parece derivarse de su planteamiento? Esta pregunta debo contestarla admitiendo que, efectivamente, algo de esto último hay, sobre todo si se tiene en cuenta la amplia extensión del libro, porque, esos momentos culminantes se sitúan en las fases más intensas de la trayectoria personal del protagonista que, por aventurar una cifra, quizá supongan un sesenta por ciento de su paginado. Siendo así, es cierto que dichos momentos álgidos son escasos y están concentrados en el último tercio del libro, lo que puede convertir la lectura de la otra fase menos intensa, —el cuarenta por ciento restante— en una labor que requiere esfuerzo y determinación, aunque siempre compensado con la lectura de su excelente prosa. ¡Pero ojo!, basándome sólo en lo expresado hasta aquí, quizá no estaría ahora recomendando este libro, ni siquiera, probablemente, escribiendo su reseña. Lo que me anima a escribirla y a recomendar su lectura —con la lógica salvedad de que se asuman estos temas— es su contenido simbólico en cuestiones como el carácter de la nación alemana, su historia musical, su tradición filosófica, y su trayectoria militar desde la creación del Estado alemán en el siglo XIX, hasta la gran hecatombe de 1945. Son cuestiones que Mann introduce en su novela sobre el mito de Fausto, quizá, para ampliar y potenciar así su contenido, y quizá también, por su interés en hablar de todo ello en una encrucijada histórica en la que estos temas eran de candente actualidad, además de tremendamente polémicos y controvertidos. Me limitaré a enumerar: El personaje de Adrián Leverkühn, pretende ser un alter ego de dos personajes reales, uno, en lo musical, el compositor austriaco Hugo Wolf, especializado en lied (canción alemana) y hombre de temperamento desequilibrado; y dos, en lo filosófico, de Friedrich Nietzsche, el célebre escritor y pensador de personalidad depresiva y enorme influencia en su época. Aparte de esas referencias, se sugiere de manera subliminal en el texto, que el conocido contubernio característico del mito de Fausto, en el que alguien ofrece su alma al diablo a cambio de unos determinados y extraordinarios favores, se desarrolla también en una dimensión colectiva, promovido, nada menos, que por el conjunto de la nación alemana (impelida por sus dirigentes) que disfrutaría así de su mayor momento de gloria, aunque con la delimitación temporal del plazo acordado, tras el que todo se viene abajo sintiendo la caída como mucho más dura. Naturalmente, se trataría de un símil que el autor aprovecha para reflexionar y hacer todo tipo de consideraciones sobre la realidad alemana, especialmente en el periodo de entreguerras, aunque también en periodos anteriores. ¿En que se concreta esa parte de la novela que dedica a tratar sobre estos asuntos? En mi opinión, todo lo relacionado con el nacionalismo alemán, —que es de eso de lo que hablamos— es la parte más interesante de la novela y el autor la trata con su estilo característico, lo que quiere decir que, además de su calidad como escritor, plantea el asunto con unos recursos que son muy suyos y que vemos repetidos en sus otros libros. Sus protagonistas, por ejemplo, suelen tener una característica muy alemana: la ambición por triunfar, el deseo irrenunciable de luchar denodadamente hasta obtener el éxito. Los personajes masculinos, sin embargo, tienen otro rasgo que les señala: son ambiguos, es como si su personalidad se escapase por alguna fuga invisible impidiéndoles definirse de una manera clara, a veces esa ambigüedad es sexual, pero no siempre. En cambio las mujeres suelen ser de personalidad fuerte, su feminidad triunfa a través de la rotundidad y el carácter, no a través de la delicadeza. Y el niño, cuando existe como personaje, es el ángel tierno, el efebo delicado y bello, y de maravilloso carácter. Estos rasgos son recurrentes en algunos protagonistas suyos, lo que no quiere decir que todos sus personajes respondan a esos esquemas, al contrario, su variedad permite demostrar que los estereotipos que a veces se manejan —con excesiva alegría— hablando del carácter de los pueblos, pueden ser tremendamente inexactos, además de injustos. Al hilo de estos conceptos surgen algunas dudas; veamos: El narrador de la novela, como dije al principio, es un amigo de la infancia del compositor que sigue en contacto con él a lo largo de su vida, ¿es posible que sea también el trasunto del propio Thomas Mann en el sentido de que la ideología que se esconde tras las palabras del narrador del libro coincida con la de su autor? No sería nada raro dado que es habitual que los escritores viertan contenidos autobiográficos entremezclados con los de ficción. Y como una ramificación de esta pregunta diría también: ¿La ambigüedad de Leverkühn —que la tiene— habría de hacerse extensiva también a la toma de posición ante el nazismo del propio Thomas Mann? Si me hago estas preguntas u otras similares, es porque el lector de la novela se va a encontrar también con motivos sobrados para planteárselas a consecuencia de la reiterada —a lo largo del texto— insistencia en lo mismo: la extraordinaria valía de los músicos alemanes; o de los pensadores alemanes que llevaron la filosofía a sus más altas cimas; o la lucidez de Lutero que ya en el siglo XVI supo despejar las tinieblas del Catolicismo romano; o la eficacia y la determinación de la milicia prusiana que enseñó a ingleses y franceses el funcionamiento de un ejército; o la brillantez en todos los órdenes de los científicos e intelectuales teutones; y por supuesto, la presencia de los hombres y las mujeres alemanes que siempre conjugaron en su espíritu y en sus cuerpos, los ideales de perfección y belleza heredados de la Grecia antigua. Y cuando, por una serie de desgraciadas circunstancias —en las cuales ellos no creían tener culpa alguna—, el tratado de Versalles les llevó a la ruina y a la humillación, nadie, como el pueblo alemán, hubiera sabido superarlo en tan poco tiempo hasta el punto de darle totalmente la vuelta a la tortilla. Es decir, que el mensaje contenido en el libro es germanófilo hasta decir ¡basta! Pero Thomas Mann lo desequilibra favorablemente exponiendo también lo contrario, es decir, a que extremos de ignominia y desvarío llegó el pueblo alemán conducido por un nazismo envenenado de soberbia y orgullo, un poco en la misma manera en que Mefistófeles envenenó la mente de Fausto (Leverkühn, en este caso). Este es el esquema de partida del libro; mi duda, y aquí es donde entra lo de la ambigüedad que decía, es que no estoy convencido del todo de que ese desequilibrio a favor, que se pretende al introducir los conceptos contrarios al nacionalismo, suponga un mea culpa sincero que garantice que lo que fueron desvaríos de un orgullo culpable, no se vuelvan a repetir en el futuro. Así que leyendo esta sucesión de conceptos contrapuestos, me quedo un poco mosqueado y dudo de la sinceridad de un mea culpa que me parece desganado, como si renegase de todo aquello, mucho más, por la obligación que impone la derrota, que por auténtico convencimiento de que aquel régimen fuese de inspiración demoníaca. Así que la profesión de demócrata convencido de Mann, formalmente queda a salvo, su enfrentamiento con el nazismo fue real y lo demuestra su exilio y acogida en los Estados Unidos durante la guerra. Pero así y todo, yo mantengo un poco de mosqueo fomentado por la querencia a la ambigüedad que muestran algunos de sus personajes y que él mismo se encarga de exhibir cuando se lanza a hablar sobre la situación de su país. Sirva también como ejemplo de su ambigüedad, el hecho de que en sus libros aparece como el más simpático de los narradores, haciendo gala de la fina ironía que contienen sus libros, para luego, en la realidad de su vida privada, demostrar, como han indicado con imparcialidad sus biógrafos, que fue un tipo soberbio y engreído hasta extremos difícilmente compatibles con la afabilidad que parecen destilar sus escritos, ¿Cómo fue posible esa labor de ocultamiento y disimulo de su auténtica faz? Pues lo fue, por la ambigüedad calculada que, ayudado en su formidable habilidad como escritor, distribuyó entre los personajes de sus libros, y también en su propio personaje, no sólo en lo privado, yo sospecho que también en lo público.

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Escrita 7 de Mayo de 2014
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SOL Y SOMBRA en NORTE Y SUR
Antes de exponer mi opinión de la lectura de Norte y Sur, debo hacer una pequeña introducción de este libro y de su autora, a sabiendas de que sus nombres no son tan sonoros ni conocidos, para la mayoría, como puedan ser los de Dickens, Austen, o las hermanas Brontë, por citar sólo a los autores ingleses más célebres de mediados del siglo XIX. Quizás, dentro de los círculos literarios, el nombre de Elizabeth Gaskell, está más ligado a la biografía que escribió sobre la vida de Charlotte Brontë que a sus propias novelas, pero lo cierto es que su reputación, como escritora, gana adeptos en los últimos tiempos. Nació en 1810, dos años antes que Dickens y seis antes que Charlotte Brontë, que, por lo tanto, eran prácticamente coetáneos suyos. Su obra se reparte entre novelas dedicadas a la vida en el medio rural, y otras situadas en las ciudades industrializadas del Reino Unido. Si bien en Norte y Sur se comparan ambos modos de vida, el desarrollo central de la novela se localiza en una población dedicada a la industria textil en el Norte de Inglaterra y los conflictos que trata son los derivados del proceso de industrialización en el siglo XIX. La novela hizo su aparición por entregas, en el semanario que dirigía Charles Dickens en 1854, y se editó como libro completo al año siguiente. Se da la circunstancia de que ambos escritores mantenían por entonces una amistad, que al parecer se enfrió un poco desde el momento en que la novela de Dickens, Tiempos difíciles, publicada también en 1854, pasó a entrar en competencia directa con Norte y Sur a consecuencia de tratar ambas, exactamente, el mismo tema: la influencia de las nuevas condiciones del trabajo industrial, sobre la vida de las personas. Lo cual, en mi caso, es bastante revelador por haber leído Tiempos difíciles hace muy poco y por haber sacado de su lectura la conclusión de que Dickens muestra en ella sus debilidades con claridad meridiana. Como novelista, es decir, como creador de tramas y, sobre todo, de personajes increíbles, Charles Dickens, era inigualable; esto, no lo pongo en duda ni siquiera en esta novela. Ahora bien, a veces, deberíamos tener la capacidad, de determinar la hipotética línea roja hasta la que somos capaces de llegar, pero, que jamás deberíamos traspasar, y él no tenía esa capacidad, o, al menos en esta ocasión no la tuvo. En Tiempos difíciles, aborda el conflictivo tema del trabajo de la clase obrera y la organización en sindicatos para hacer frente a los abusos de los patronos. En ese ambiente, crea una historia muy propia de su estilo habitual y con unos personajes genuinamente suyos, que dejados caer en Coketown (la imaginaria ciudad del carbón), chocan abiertamente con las tensiones características del mundo sindical que son tratadas con una ligereza y una superficialidad impropias de un autor de su categoría, que se encuentra así metido en una novela en la que el asunto central flojea desde sus cimientos, afectando también inevitablemente a la trama típicamente dickensiana, que baja muchos enteros al estar contaminada con el endeble tratamiento del mundo proletario que la rodea. Bien, pues tras este largo preámbulo, paso ya por fin a hablar de Norte y Sur, la novela que nos ocupa. Se podría, razonablemente, sospechar que, afectada por unos condicionantes similares a los de Dickens, Elisabeth Gaskell habría incurrido en su novela más industrial, en problemas similares a los de su colega. Pero sorprendentemente no es así, porque ella acierta a darle a la novela el enfoque adecuado, ni más ni menos. Esto no significa que ella avance ni un ápice en la solución de los problemas que plantea la lucha de clases, ni que su tratamiento sea políticamente parcial o imparcial a favor de un bando u otro, ni que pretenda dar un enfoque técnico a su visión del asunto, muy al contrario, su planteamiento es humilde y no pretende aportes técnicos, ni sentar cátedra al efecto, ni nada parecido. Simplemente ocurre que, al igual que un fotógrafo con su objetivo es capaz de enfocar correctamente cualquier objeto, Gaskell enfoca la imagen del conflicto sindical y la tensión entre patronos y obreros, con absoluta nitidez, con claridad, con naturalidad y sin las distorsiones, frívolas y ciertamente ñoñas, que introduce Dickens sin pararse a valorar bien su alcance. Por tanto, podremos juzgar si una novela es mejor que otra, cual tiene mejores personajes, o cual expone con más habilidad los sentimientos de sus protagonistas, pero, lo que no admite ni la más mínima duda, es que el tema de la lucha social, tan de actualidad en aquella época de estallido de la revolución industrial en Inglaterra, está perfectamente tratado en Norte y Sur, y deficientemente tratado en Tiempos difíciles. Por lo demás y dejando ya un poco de lado el tema obrero, la autora puede perfectamente inscribirse en el grupo que formaban los autores ya mencionados y algunos otros, como Emily y Charlotte Brontë, William Thackeray, Wilkie Collins, Charles Dickens, y también George Eliot; y en cuanto a Norte y Sur, a mi modo de ver puede equipararse con Cumbres borrascosas, Jane Eyre, David Coperfield, o Middelmarch, que son quizás las que más me han gustado, especialmente, esta última que cito. Es difícil, sin embargo, explicar cuales son los atributos que hacen que mi juicio sea así de positivo y de tajante. Decir que la leí a una velocidad fulgurante a pesar de sus 550 páginas, no es un argumento que, por sí sólo, convierta a una novela en una maravilla, aunque da una pista muy clara de por donde van los tiros. Pero hace falta mucho más que una simple trama bien urdida, para conseguir que un libro sea excelente, hace falta también que esté bien escrita; en esta cuestión de su escritura, tengo que decir que su estilo es sumamente personal; no es sólo que demuestre una fácil destreza en la narración, ni que cumpla con este requisito correctamente. Por el contrario, advierto una cierta rigidez, en algunos momentos, y una no excesiva soltura en los diálogos que proliferan por sus páginas como lo hacían en las de cualquier cualquier autor de su época, pero, no en exceso, como a veces ocurre con otros. Lo que quiero expresar con lo que estoy diciendo sobre su escritura, es que tiene un sello especial, una marca de la casa, que hace que, al leerla, se identifique perfectamente como suya. ¿Cuál es ese sello, o qué lo caracteriza? Pues yo creo que es una sabia combinación de esa leve rigidez, que he insinuado, con una inmensa capacidad para expresar sentimientos, para no dejarse nada dentro; ambas cosas fundidas permiten a su texto transmitir con la máxima eficacia todo lo que su cabeza ha concebido. El trabajo realizado en la creación de sus personajes es soberbio, a la altura de los mejores de Dickens desde los papeles principales hasta los secundarios. Concretamente, en el caso de la pareja protagonista es espectacular la complejidad de los caracteres de Mr. Thornton y de Margaret Hale que, cada uno en su mundo, deambulan por las páginas de la novela como personajes perfectamente definidos hasta los recovecos más retorcidos de sus diferentes personalidades. Queda por hablar de su trama, ya dije antes que la leí muy rápidamente, lo que quiere decir que su organización es muy buena y semeja una estructura en la que todo encaja con facilidad y con precisión, no hay pies forzados, no hay flecos sueltos o no encajados del todo. Cuando se lee, se tiene esa sensación de perfección arquitectónica, que es la que te arrastra de un tirón hasta el final. Es evidente que en un análisis ulterior tranquilo y detenido, podríamos encontrar algún detalle que pudiera considerarse como indicio de debilidad, pero serían muy pocos y muy pequeños y si menciono este extremo es nada más que para explicar porqué no le adjudico un diez y me dejo de tonterías. Querría, por último, hacer un cierto esquema de la significación de este libro. Cuando se lee un libro importante, uno de esos que han trascendido a su alcance inicial y se han convertido en iconos de una época o de su autor, se aprecia que, aparte de satisfacer al lector con una historia bien resuelta y bien contada, han tenido una trascendencia especial por haber encarnado o enaltecido unos determinados valores, ideas, o maneras de vivir. En este caso, se podría suponer que el libro pone en valor la vida sosegada del campo, comparada con la vida atropellada de la ciudad, y efectivamente, algo de eso se recoge en el libro, pero no es lo más importante. Otro tanto, se podría decir sobre el problema de la lucha de clases en el mundo cerrado de la urbe fabril y malsana. Y aún más que el anterior, este tema se debate también en la novela, pero tampoco llega a ser el meollo de la cuestión. Estos dos asuntos, el de la dualidad campo-ciudad, y el de la tensión obreros-patronos en el marco de un mundo hostil e insalubre, se tratan en la novela y además de manera central, sobre todo el segundo, y harán probablemente que la novela sea recordada en la mente de muchos lectores, pero el auténtico asunto principal, el que su autora colocó en el origen de su entramado novelesco y al que le quiso dar la máxima importancia, fue el de buscar la manera de compatibilizar una forma de pensar y de ser rígida, austera, consecuente, integra y todos los adjetivos parecidos que uno pueda imaginar asociados a la moral imperante en la sociedad inglesa del siglo XIX, con las debilidades que, implícita e inevitablemente, lleva acarreado el dejarse llevar por los sentimientos personales, es decir, por el amor. Esa es la auténtica clave de la novela, como hacer compatibles un comportamiento íntegro con las debilidades a que obliga el hecho de amar, y es una clave magníficamente desarrollada. De manera que si al tema campo-ciudad, y al tema de la supervivencia en el mundo industrial, le añadimos el debate amor-integridad moral, debemos convenir en que la novela, no sólo es magnífica literariamente hablando, sino que además está apoyada en unos cimientos muy sólidos. En definitiva, que la valoración que hago de esta novela es máxima y a la altura de las mejores. Había leído ya a modo de acercamiento previo a su obra, una novela denominada La prima Phillis, que me había gustado, pero, de características y alcance mucho más modesto, con lo que mi valoración no llegó al entusiasmo como ha ocurrido ahora. Después de hablar de la forma en que está escrita, de las características de sus magníficos personajes, y de un argumento de extraordinaria organización y encaje de los hechos, sólo me queda decir que a todo eso se suma algo que está presente en esos tres aspectos de la novela analizados individualmente, pero, también en el conjunto visto como un todo; ese algo, es difícilmente definible pero yo lo aprecio muy bien, cada vez que leo atento sus páginas, cada vez que me veo afectado por los sentimientos contrapuestos de los personajes, cada vez que me sumerjo en la aventura que era vivir a mediados del siglo XIX, o cada vez que, leyendo, me veo metido en alguna de aquellas escenas de tensión espeluznante, en las que sus protagonistas se debaten por adoptar la actitud más adecuada pero los nervios alterados por una intensa presión y la emoción subsiguiente, no les dejan, como tampoco me dejan a mí, traspasado por la conmoción que en esos momentos se desprende de su lectura. ¿Se puede pedir más cuando se lee un libro, que dejarse llevar por la exaltación que nos transmite su autor? No, para mí es el paradigma de una lectura plenamente satisfactoria.

2 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 12 de Diciembre de 2013
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