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NIHILISMO, RUSIA Y OTRAS COSAS en PADRES E HIJOS
La manera de componer sus historias, lo peculiar de su escritura, o el carácter de los asuntos que trata, son rasgos que confieren personalidad propia a Iván Turguenev; y en el caso particular de esta novela, a todo eso hay que añadir un asunto novedoso que la invade: el nihilismo. Iván Turguenev era todo un caballero, porte distinguido, afición por la ropa inglesa, imponente presencia física…, le gustaba el estilo de vida europeo. Estudió en Berlín, vivió en Baden-Baden y mantuvo en París amistad y tertulia con Zola, Maupassant y Flaubert. Su perfil era el de un gentleman moderno, aristocrático, y muy alejado del prototipo del ruso chapado a la antigua. Ese atavío y la ideología subyacente, le llevaron a soportar los ataques de sus compatriotas antagónicos, los llamados eslavófilos, Tolstoi y Dostoyevski, entre ellos. “Padres e hijos” no es larga, apenas necesita 230 páginas para narrar las vacaciones estivales del joven Arkadi, en la propiedad de su padre en plena llanura rusa. Al llegar, sorprende a éste al venir acompañado de su amigo Bazárov, el cual, de paso que viaja a ver a sus padres ha aceptado pasar allí unos días. Pasan no pocos sino muchos días, hasta que al fin se deciden a continuar viaje hacia la aldea de los padres de Bazarov. Por diversas circunstancias, recalan antes en una ciudad próxima en la que conocen a Anna Odintsova, dama viuda, con la que congenian, que les invita a su propiedad campestre, a la que van y en la que conocen a su joven hermana Katia. Allí permanecen agradablemente instalados aún más días hasta que deciden reanudar el viaje… pero aquí me paro porque no me gusta excederme contando el argumento de las novelas; si en esta ocasión lo he hecho, ha sido porque tratándose de “Padres e hijos” me ha parecido procedente indicar quienes son los personajes, su situación y sus desplazamientos en un espacio físico concreto; creo que en cierta medida, se debe dar a conocer lo que se ventila en la novela, como manera de permitir al lector de la reseña, elegir entre leerla o no leerla, sin que ello suponga desvelar clave alguna; su auténtica clave sólo se desvelaría leyéndola, mientras que, muy al contrario, revelar estos detalles debería ser un excelente estímulo para propiciar su lectura. El autor maneja en su novela unos cuantos personajes que se van relacionando entre sí, en grupos de dos, o de tres. Uno de esos grupos, lo forman Arkadi y Bazarov; otro, Bazarov, el padre de su amigo, y el tío de éste; otros dos grupos más, Bazarov y Arkadi cada uno con sus respectivas damas, y por último, Bazarov con sus ancianos padres. Dentro de estos grupos, sus integrantes tienen entre si un trato en el ámbito de lo privado y con un tono muy personal; mientras que, simultáneamente, pero en otro nivel más abierto y general, todos, debaten sobre nihilismo y sobre el enfrentamiento entre las dos Rusias en un tono que, en esto, adquiere tintes de ardor y vehemencia. Este es el esquema en que está organizada la novela; se pasa continuamente de tratar asuntos privados, o personales en los “vis a vis”, a debatir sobre modernidad, o las nuevas ideas, sin que ninguno de estos escenarios prevalezca, cediendo su protagonismo a los demás en una equilibrada alternancia a lo largo de todo el libro. Aun así, se habrá observado que en todos los agrupamientos que he mencionado, Bazárov es el denominador común, lo que le convierte en el personaje central, en el verdadero protagonista. Es un hombre que, aun siendo joven, saca algunos años a su amigo Arkadi lo que unido al nihilismo con que le ha adoctrinado, determina su preeminencia social y personal sobre él; viene descrito como un hombre joven, de fuerte personalidad, rayano en la antipatía, insolente, descarado y, sobre todo, descreído; su imagen es la arquetípica del revolucionario ruso de la época del bolchevismo, es decir, alguien muy proclive a la confrontación dialéctica; sin embargo no choca con todos, porque sólo se le enfrentan los que son arrogantes como él, los demás se inhiben ante la evidencia de su excentricidad. Uno de sus antagonistas en la novela es el tío Pavel, hermano del anfitrión de la casa; aristócrata refinado, atildado, orgulloso, que ha vivido, ha viajado, y que cree firmemente en los valores de la Rusia eterna; un eslavófilo pues, muy proclive a tocar el otro tema de discusión de la novela, el de la Rusia tradicional contra la Rusia moderna, motivo frecuente de debate a lo largo de la vida del escritor. Ambos temas, el nihilismo y el acceso a la modernidad de Rusia, se plantean en un plano dialéctico y participativo, muy de tertulia de sobremesa. Pero la trama novelesca en sí, se ventila en lo personal con diálogos íntimos en los que las reflexiones del narrador adquieren la máxima intensidad, siendo de entre todas las relaciones la más importante, la que existe entre el protagonista y Anna Odintsova; ella es una dama viuda y —como él— también de fuerte carácter, que además es hermosa, inteligente, culta…, y rica; no creo que haya que explicar más para entender que salten chispas de ahí; porque Bazárov en lo material es humilde, pero, en todo lo demás es orgulloso e idealista, y su comportamiento ante ella queda condicionado por su situación y, como no, por su ideología. En el seno de esta relación están las reflexiones más intensas y los diálogos más sutiles y emotivos de la novela, en una enriquecedora fusión en la que, sentimientos y reflexiones, intervienen a partes iguales. En ese contexto se percibe inmediatamente cómo la sensibilidad del autor se filtra a través de unos diálogos que fluyen, expresando afectos, revelando contradicciones interiores, o definiendo estados de ánimo; sin exceso de sentimentalismo y sin amor melodramático o desmedido; al contrario, en sus encuentros, la serenidad y la mesura conjugan los sentimientos gozosos, con los aflictivos, y la facultad de discernir, con la discreción de sus maneras. Dejando a un lado los diálogos, que como ya he dicho, son tremendamente expresivos, el narrador omnisciente va sacando del interior de sus personajes afectos, aflicciones, emoción, ternura, sensaciones... En esa línea hipersensible, el caso de los padres de Bazárov es punto y aparte pese a ser personajes secundarios y de participación limitada en la historia. Igual que lo haría un escultor, Turguenev modela magníficamente al matrimonio de ancianos apegados a las tradiciones del pueblo ruso, dando lugar a una relación con su hijo que no por corta es menos digna de ser resaltada: los padres campesinos de ideas arraigadas y tradicionales, no entienden ni a su hijo, ni a sus ideas, y la manera en que él y ellos afrontan el encuentro, estruja el ánimo de un emocionado lector. Su prosa es sencilla y fácil, leerla no cuesta nada; con ella define el entorno físico, se apoya en los diálogos para definir a los personajes, y complementa el resto con la voz del narrador. Es una escritura clara, natural, dotada —me parece a mí— de un punto de ingenuidad que le confiere carácter propio. Leí otro libro de Turguenev, “Nido de nobles”, y me produjo una sensación similar, muy grata, aun con una historia sencilla que no da al lector la impresión de estar leyendo un libro destacado. “Padres e hijos” sí me impresionó; su tamaño moderado y cierta cotidianeidad de los hechos narrados, pueden hacer pensar que la obra no es de la importancia o los quilates, que normalmente atribuimos a “Anna Karenina”, o “Los hermanos Karamazov”. Pero aunque “Padres e hijos” pueda quedarse atrás con relación a esas afamadas novelas por unas aspiraciones generales más limitadas, recupera buena parte de esa desventaja, mediante el atractivo de una lectura pulcra, inteligente y sutil, que a mí particularmente, me lleva a preferirlo a Dostoyevski, y a equipararlo a Tolstoi. Con ello no estoy haciendo una valoración de Turgueniev que lo sitúe por encima de ellos; no, lo que estoy diciendo es que a mí, como lector, de manera particular e intransferible, me agrada más leerlo que a Dostoyevski y quizá también (si hablamos concretamente de diversión) más que a Tolstoi, pero con ello no pretendo decir que sea superior, porque sus novelas son más sencillas y su estilo —me consta—, puede parecer más frío, sin que su escritura, quizá, llegue a otros como me ha llegado a mí. Su descripción del paisaje ruso está ajustada a la vastedad de sus espacios, a la sobriedad de su vegetación, y a la intensa luminosidad de sus cielos en el verano en el que transcurre la acción. A mí me ha recordado la meseta castellana de cielos azules, herbazales a pie de tapias, choperas en los sotos, y polvo y piedras en los caminos, de la misma manera que la acción en esos espacios abiertos, me ha transportado todo el tiempo a “Almas muertas”, la inconclusa novela de Gogol. Su escritura no tiene el acusado cariz humorístico que éste tenía, pero, sustituirlo por el toque irónico y elegante de la escritura de Turguenev, constituye un trueque con el que yo, a título personal, salgo ganando. PD. Otras lecturas de la obra de Turguenev, posteriores a esta, me han aportado un saldo irregular, “Humo” me gustó, muy en la línea de “Padres e hijos” o “Nido de nobles”, aunque con una valoración inferior a la primera de las dos. En cambio “Primer amor”, me desilusionó absolutamente. Mi conclusión es, que es un escritor de maneras muy particulares, que, en sus mejores momentos (sobre todo en “Padres e hijos”, su mejor novela) me ha gustado mucho, pese a mis dudas de que una parte de los lectores estén dispuestos a hacer suya tan favorable valoración.

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Escrita 8 de Diciembre de 2014
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LOBO LONDON en EL LOBO DE MAR
Todo comienza cuando nuestro protagonista navega por la bahía de San Francisco; hay niebla espesa, hace frío y la visibilidad es casi nula, Humphrey va en la cubierta de proa intentando ver algo; de repente oye un rumor y se intuye una sombra entre la espesura… y ocurre la catástrofe. Otro barco les ha envestido provocando una vía de agua, se oyen los gritos de las mujeres, su embarcación se va rápidamente a pique, y cuando se quiere dar cuenta está en el mar, el agua está helada, siente que no le han visto, está entumecido de frío, y comprende aterrado lo rápido que ha pasado de feliz pasajero a náufrago cuasi desahuciado. Entonces y con igual rapidez, aprecia que una masa enorme se dirige hacia él, le es imposible reaccionar, pero siente que le izan y le depositan en algún lugar de una cubierta, está salvado. Todo esto que acabo de contar sucede en las primeras veinte páginas de un libro que tiene cuatrocientas, por tanto, no es nada más que su comienzo y por eso lo cuento. Pero a partir de aquí, ya no voy a contar nada más, porque hacerlo supondría perder gran parte del interés que genera su lectura. Sí diré que, a partir de ese punto, las cosas discurren de manera rápida e intensa. Humphrey es narrador y protagonista pero no el único, el otro es el patrón de la goleta que le ha salvado al que conoceremos en la novela como “Lobo Larsen”. Un vistazo rápido en Internet me permite averiguar, que en 1941 se rodó una película basada en esta novela, dirigida por Michael Cúrtiz y con Edward G. Robinson en el papel de Lobo Larsen, pero la desaconsejo por dos razones: la primera, porque distorsiona radicalmente los personajes principales del libro, la segunda, y no es una cuestión menor, porque el perfil humano de Lobo Larsen es absolutamente incompatible con la imagen y con la personalidad del actor; ambos rasgos son básicos para el desarrollo de esta historia y que Edward G. Robinson no tenga nada del lobo de mar a que se refiere el título, modifica drásticamente la historia. En la novela concurren dos circunstancias que actúan en paralelo pero convergen en sus resultados; una, es el lenguaje utilizado; la otra, la manera de organizar la historia. Su texto es apasionado, con garra, con frases cortas, contundentes, claras y directas, con todo lo necesario y prescindiendo de todo lo superfluo, lo que, en conjunto lleva a leer con cierto frenesí. Esto en lo referido a su estilo. Y en cuanto a su organización, los episodios se suceden a ritmo frenético en una secuencia incansable que lleva directamente al grano, sin dar descanso a la imaginación y pasando a lo siguiente antes de sospecharlo. Así que, un texto muy directo y una rápida secuencia narrativa, convergen y conducen a sentir el avance por sus páginas como una carrera al sprint en la que los datos pasan vertiginosamente por la mente de un lector que quiere siempre saber lo que viene a continuación, sin duda, una de las mejores cosas que se pueden decir de la clásica novela de aventuras. “Lobo de mar” es pues, un formidable exponente de dicho género. Pero matizo, también hay que señalar que no es una sencilla e intrascendente novela de aventuras. Cuando se lee, no se percibe como algo ligero, salpicado de intrigas, engaños, carreras y peleas, al estilo de las novelas de Dumas, Verne, o Salgari, en las que lo importante es que el héroe salga finalmente victorioso de sus estresantes contratiempos. Con esto no quiero decir que estos autores sean endebles, porque no lo son, los admiro y nada más lejos de mi intención que criticarlos; si los menciono, es para precisar que “Lobo de mar” no pertenece a ese tipo de novelas más bien sencillas, sino que es otra cosa completamente diferente. Aquí, la percepción que se tiene es la de leer algo serio y trascendente, porque, a pesar de que el medio en que se desenvuelve la historia es el mar, con sus abrumadores espacios y con la permanente confrontación con los elementos, los problemas que van afectando a nuestros personajes no son sólo los logísticos, que los hay y muchos, sino que también están los psicológicos, muy en la línea de las novelas de Conrad que tanto se fijaron en los problemas humanos de convivencia que se dan dentro de los limitados espacios de los barcos. Con dos diferencias; una, que el texto de London es notablemente más accesible que el de Conrad, y otra, que la dosis de acción contenida en sus narraciones es mayor, lo que, en conjunto, las convierte en más agradecidas y menos ásperas que las del polaco. El tema de la relación entre personajes en su faceta más humana y social, tiene también su tiempo en las páginas de “Lobo de mar”, sin que ello entre en contradicción con el énfasis que he puesto en resaltar el carácter dinámico de su lectura, porque es tal el ritmo con que se desarrolla la novela que los personajes, por duros que sean, hacen de vez en cuando unas pausas, en las que se dan a intercambios reflexivos, a encuentros dialécticos tensos o relajados según el momento, de carácter intelectual, filosófico, o a veces, incluso literario, que parecen necesitar como el bálsamo que protege su salud mental en tan duras circunstancias y en las que hablan de lo divino y lo humano con un sentido y lucidez excelente que no ralentizan lo más mínimo el ritmo de la novela. Me resta hablar del ambiente marino, de ese gigantesco océano Pacífico en que se sitúa, para decir a quien guste del tema, que pocas novelas como esta habrán reflejado con tal brillantez la época en que los marinos habían de trazar su derrota ante un viento contrario e impredecible; o recoger precipitadamente el trapo al refrescar el viento; o jugarse el tipo, trepando por los obenques, haciendo arriesgados equilibrios en la jarcia y moviéndose por cubiertas barridas por las olas en los temporales; actividades arriesgadísimas, a las que los marinos se acababan por acostumbrar y que, llegado el tiempo del vapor y de la hélice, ellos mismos empezaron a ver con un aura de romanticismo que muchos escritores, como London o Conrad, supieron trasladar a las páginas de sus libros para satisfacción de aquellos lectores a los que todo esto nos entusiasma. Prácticamente no he dicho nada sobre la propia trama de la novela, es obvio que se desarrolla en el mar y que el título destaca el carácter curtido de un capitán de barco, pero no he dicho casi nada más y es así como debe ser para disfrutarla. Sin embargo creo conveniente difundir algunos de los grandes o pequeños temas que están en el trasfondo del argumento de esta novela, para poder captar bien la amplitud que abarca. Así que enumero algunos de ellos: 1. El romántico atractivo de los libros de viajes 2. La dureza de la vida en el mar 3. La magia y la técnica de la navegación a vela 4. La cruel explotación del ser humano por sus semejantes 5. La despiadada aplicación de la ley del más fuerte 6. El sentido profundo de la vida 7. Los problemas de convivencia en espacios reducidos 8. El ínfimo valor que, para algunos, tiene la vida humana 9. La puesta en valor real del lujo y las comodidades 10. El sentido de la escala jerárquica de mando en un barco 11. La lucha robinsoniana por la supervivencia 12. La ética de los marinos en relación con los derechos de los náufragos Y así, tantos y tantos debates humanos, psicológicos, personales y sociales, que se pueden suscitar en el mar. Son temas que van mucho más allá de lo que yo esperaba encontrar en una genuina novela de aventuras, pero he de resaltar que no modifican ni su esencia dinámica, ni el aliento romántico que tiene para muchos, entre los que me cuento, sino que, bien al contrario, las enriquecen y les aportan un valor añadido del que otras novelas más sencillas, de autores como los antes citados, carecen. En fin, un placer.

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Escrita 23 de Noviembre de 2014
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MONSIEUR PROUST en MONSIEUR PROUST
“Monsieur Proust” (1973) fue el libro con que Celeste Albaret, el ama de llaves de Proust, desveló sus recuerdos del gran escritor y temí que fuese un libro más entre tantas biografías de escritores famosos que, aun siendo interesante, jamás se me ocurriría reseñar. Pero cambié de opinión y finalmente escribí la reseña, porque según leía el libro la avalancha de datos que absorbía me iba convenciendo de que su manera de plantearlo dando una imagen seria, rigurosa, entrañable y, sobre todo, verídica del escritor, me reafirmaba en su especial interés y me daba el argumento que necesitaba para decidirme a escribir la reseña. Y es que, conforme se avanza en su lectura, se va comprendiendo que “Monsieur Proust” no es una crónica al uso, sino que, además, está revalorizada por el hecho de que lo que se cuenta coincide en fecha con la escritura de “En busca del tiempo perdido” por lo que su lectura está trufada con una multitud de claves reveladoras de las posibles dudas, interrogantes, o despistes, que nos pudo plantear en su día la compleja lectura de aquella novela o conjunto de novelas. Marcel Proust nació en 1871 y murió en 1922; desde muy joven se introdujo en el mundillo de los salones a los que asistía la aristocracia y la alta sociedad parisina. No fue un desembarco casual, sino que se basaba en los inmejorables contactos sociales y en la desahogada economía familiar de sus progenitores (su padre, médico eminente, y su madre, de acaudalada familia judía), aunque también hay que decir que no hubiera sido posible sin el formidable encanto personal que él derrochaba y sin su enorme poder de seducción. En 1913 a los 41 años, ese tipo de vida casi había terminado para él, en parte por el agravamiento del asma que padecía desde niño y en parte por su obsesión por acometer su gran creación literaria; fue entonces cuando, siendo ya el único ocupante del piso del boulevard Haussmann por la reciente muerte de sus padres, entró a su servicio Celeste Albaret, con 21 años y recién llegada del pueblo, empleo en el que permaneció durante los nueve años que transcurrieron hasta la muerte de Proust, coincidiendo casi exactamente con el periodo de tiempo en que escribió los seis últimos tomos de su novela. Andaba entonces en busca de editor para el primer tomo: “De la parte de Swann”, y Celeste llegó a tiempo de vivir los roces con André Gide, editor a la sazón de la Nouvelle Revue Française, que con total falta de visión (se dice que no lo leyó) desaconsejó su publicación. Proust consideró enseguida la presencia de ella como un hallazgo afortunado, sintonizando ambos a pesar de las diferencias de clase, educación y edad. Desde esa privilegiada posición, se convierte en espectadora e incluso en parte activa de muchos resortes de la vida de Proust, el cual le dispensaba el trato propio de una sirvienta de confianza, pero también el de una confidente, lo que ella agradecía devolviendo la confianza depositada, con cariño, fidelidad y exquisita atención a las confidencias del escritor. Cuando el lector comprende que se ha llegado a esa simbiosis entre ambos, se convence de la pulcritud de su crónica, lo que redunda en una mejor asimilación de las revelaciones que se hacen de la intimidad del escritor y del hombre. Esto, en el caso de cualquier otro famoso estaría ya muy bien, pero aquí no hablamos de otro cualquiera, sino de Marcel Proust, razón por la que el interés se multiplica exponencialmente en función de las particulares características de su personalidad y de su obra, muy interrelacionadas ambas con las sensaciones que expresa su autobiográfico personaje deambulando entre sus amistades por las páginas de “A la recherche…”. Por eso la clave de “Monsieur Proust”, no reside sólo en conocer detalles de su vida privada, sino también en pararse a observar cómo estos detalles de su cotidianeidad, definen en cierta manera el talante del autor y están tremendamente vinculados a las situaciones y a los personajes de “En busca del tiempo perdido”. Su obsesión principal era su obra, ya que tenía el visionario presentimiento de que estaba predestinada al éxito; esta idea, fue la que le dio las fuerzas necesarias para aplicarse a la tarea abrumadora de culminarla. Esta certeza, llama especialmente la atención en un escritor, que a los treinta y cinco años apenas había escrito un par de libros de escasa repercusión. Sus métodos de trabajo nos revelan a un hombre que, influido por su enfermedad y sus dificultades para respirar, se había convertido en un auténtico maniático que prácticamente no comía y que sobrevivía en una habitación oscurecida y forrada de corcho, a base de café y veronal (barbitúrico estimulante) trabajando incorporado en la cama toda la noche y durmiendo por el día, régimen horario al que hubo de someterse Celeste. A través de las confidencias que Proust le hace, y que ella nos transmite, vemos como sacó sus personajes literarios de ciertas figuras de la realidad mundana que conoció, pero sometiéndolos al filtro de su criterio, analizándolos, dándoles forma y trabajándolos asiduamente, antes de trasladarlos al papel, de tal manera que en algunos casos eran casi irreconocibles, e incluso, en otros, eran una fusión de dos o más personas diferentes. Pese a que la imagen previa, que yo tenía de Proust, era la un hombre entregado a los placeres de la alta sociedad, después de leer este libro tengo que borrar ese cliché y sustituirlo por el de alguien cuyo afán va más allá de la afición por figurar en la vida pública de París o por sumergirse en la frivolidad, tomando la forma de un obstinado trabajador consagrado a una exhaustiva labor de estudio y de campo —me refiero a su paso por los salones—, de la que obtener los datos necesarios para el análisis de sus personajes; o al menos ese era el retrato de esos últimos nueve años en los que Celeste permaneció a su lado. Era un tipo obsesivo, perseverante y exigente, pero a la vez, educado, amable y cautivador, y ella quedó, desde el principio, absolutamente fascinada por sus encantos, convirtiéndose en una colaboradora entregada en cuerpo y alma a su tarea y soportando para ello unas condiciones de trabajo que hubieran sido desquiciantes para cualquier persona menos eficiente que ella. Pero también, al menos por aquella época, Marcel echaba en falta el tener cerca a alguien a quien trasmitir sus inquietudes diarias, en parte por la necesidad vital de comunicación, propia de cualquier ser humano, y en parte también, porqué el intercambio de opiniones con ella formaba parte de la labor de análisis en la que iba tejiendo paulatinamente la trama de sus personajes literarios; por ambas razones, Celeste se convirtió en el paño de lágrimas de sus desventuras, en el espejo en el que reflejar sus alegrías y, en cualquier caso, en el atento, receptivo y colaborador oyente, al que hacerle partícipe de los chismes de su círculo de amistades, o de sus ideas sobre el carácter del personaje que estaba pergeñando en su mente en cada momento. En el libro, Celeste hace un evidente esfuerzo por minimizar todo lo relativo a la homosexualidad de Proust (en su libro “Contra Sainte Beuve”, se recoge un artículo en el que habla de los sentimientos de los homosexuales a los que denomina la “raza maldita”), de manera que uno no sabe bien hasta qué punto, esta cuestión pudo tener una importancia capital en su vida; y me hago esta pregunta, porque la relación de Proust con el amor, fuera hombre o mujer la persona amada, debió ser, o inexistente, o marcada por el capricho y la voluptuosidad más que por el auténtico amor, y más aún en el mundillo claustrofóbico de los salones, en los que las intrigas y el cinismo eran moneda corriente y donde él parecía un hombre que sólo era capaz de amarse a sí mismo, o mejor, a su obra, y por la ayuda que le prestó para terminarla, no dudo que también amó, por delegación, a la empleada que tan bien le comprendió. Al fin, se saca la conclusión de que, en la época en que ella trabaja para él, la sexualidad, de uno u otro tipo, tiene ya poca presencia en su vida. Nadie —hasta Celeste lo reconoce subliminalmente— pone en duda su relación física y sentimental con hombres, pero no cuesta demasiado creer su testimonio cuando afirma que, al menos por aquel entonces, no vio en el boulevard Haussmann, nada que le hiciera pensar en que él tuviese alguna relación de ese tipo. Lo que está muy claro, es que era una persona muy celosa de su intimidad; algo muy lógico habida cuenta de que la imagen pública de la homosexualidad en esa época era muy desfavorable y podía ser perseguida penalmente (véase el caso de Oscar Wilde), por lo que era razonable que tratase de ocultar en lo posible sus tendencias sexuales. Por esa y otras razones queda claro que lo que cuenta la autora del libro, aun creyendo a pies juntillas en su veracidad, refleja sólo una parte de su vida, la correspondiente a la vida doméstica que en aquella época debía representar un porcentaje muy alto de su tiempo. Pero así y todo, salía de vez en cuando y Celeste sólo se enteraba de lo que ocurría en sus salidas en la medida en que él se lo contaba y es seguro que ciertas cosas no se las contaba. Otra de las incógnitas que suscita “A la recherche…”, y que este libro puede ayudar a esclarecer, es el papel que el propio Marcel tiene como un personaje más, dentro de la narración de su novela. Celeste cuenta, que él, en algún momento a poco de entrar a su servicio, le habló de la inconveniencia de que ambos habitaran en la misma vivienda, en el sentido de que podría estar mal visto que una mujer como ella, joven, de 21 años, pernoctara en la misma casa que él. Me llamó la atención la anécdota, por lo que tiene de respeto por las convenciones sociales que quizá no habría supuesto yo “a priori” en un hombre avezado en el mundo frívolo de la noche parisina y además con ciertos tics homosexuales. Es obvio que, por similares razones, forzosamente habría tenido en consideración la duda sobre el riesgo de que su propio personaje, apareciendo en contacto o mezclado en las intrigas amorosas y en los desvíos sexuales, en ocasiones bastante explícitos, de algunos de los personajes de “En busca del tiempo perdido”, pudiera salir con su fama indemne, como si se alzara hasta la pureza de un limbo situado muy por encima de las muchas debilidades de sus conocidos. A veces ocurría que le visitaba alguien de su círculo de amistades que, entre apurado y ofendido, le recriminaba por haberle retratado en el personaje de fulanito, a lo que él respondía con su proverbiales dotes de convicción tratando de hacerle ver, por ejemplo, que “fulanito es obeso y no delgado como tú”, como le espetó al conde Robert de Montesquiou, que le acusaba de fijarse en él para crear el personaje del barón de Charlús, cosa que era absolutamente cierta. Todo esto, después, cuando el visitante se iba, un Marcel divertido se lo contaba a Celeste entre risas y guiños de complicidad. Pero, aunque pudiera haberse parado a considerar estas cosas, su preocupación primordial era su obra, lo demás le daba un poco igual, y cuando la culminó, su físico dio una especie de suspiro de relajación, al poco del cual, le sobrevino la muerte, como buscando el ansiado descanso tras culminar su fatigoso objetivo. P.D. He revelado explícitamente cosas que vienen referidas en cualquier tramo del libro sin ningún temor a “destriparlo” y no me ha importado hacerlo, porque lo que cuento es una parte infinitesimal de su contenido, que no desvela nada pero que puede servir a los interesados como un pequeño indicio del contenido del libro. Al fin y al cabo, en las biografías no importa nada conocer previamente el final; todas terminan igual, con la muerte del protagonista y por eso todas son un poco tristes.

3 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 11 de Noviembre de 2014
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GENTES DE MAL VIVIR en LA BUSCA (LA LUCHA POR LA VIDA#1)
Ambientada en el Madrid de los años finales del siglo XIX, «La busca» es la primera novela de la trilogía: «La lucha por la vida», completada después con «Mala hierba» y «Aurora roja». Con ella, Baroja se propuso sacar a la luz la atmósfera que se vivía en los barrios más deprimidos, adoptando para ello un estilo duro y descarnado. Formalmente, la novela tiene unas características extremadamente simples. Cuenta la adolescencia de Manuel, el hijo de una viuda que trabaja como cocinera en una pensión, durante los tres o cuatro años que transcurren, desde que viene del pueblo hasta que se convierte en un adolescente que deja atrás la pubertad. Baroja lo trasmite de manera deshilvanada, sin que lo que pasa en cada capítulo guarde relación con lo que pasa en otros, como si los capítulos fueran pequeños episodios independientes; la única conexión entre ellos, es la presencia de Manuel y de algún otro personaje que vuelve a aparecer de vez en cuando. Así se mantiene, prácticamente, hasta un final en el que, a punto de liquidar el último capítulo, expone con cuatro frases su tesis, formula sus conclusiones y finiquita la novela. Conocía las críticas en las que se le achacaba un manejo tosco de la gramática, pero no lo aprecié ni en «Las inquietudes de Santhi Andía», ni en «El árbol de la ciencia»; en realidad algo sí noté, pero tan imperceptible que me parecieron rasgos propios de la manera de hablar el castellano en el Norte. En «La busca» esto cambia, apreciándose incorrecciones sintácticas que, más que molestar, sorprenden. Pero es un defecto fácilmente olvidable, porque su prosa, sencilla a la vez que atractiva, tiene la capacidad de traerse al lector a su terreno para ahí trasmitirle su historia de un modo tal que la siga aunque no quiera. Por lo demás, la utilización de la jerga popular y barriobajera es omnipresente y en ella se mezclan el lenguaje de germanía de rufianes y vagabundos con el habla propia del casticismo madrileñista, tan usada, y tan desgastada, por sainetes y zarzuelas. Julio Caro Baroja, en el prólogo del libro, dice que el autor empieza a escribir desde la trastienda de la panadería Viena Capellanes, heredada por su familia, lo que le ofreció la posibilidad de tratar con el público y poder así conocer bien el lenguaje de la calle. Baroja, se vuelca en la descripción de los espacios físicos en que se mueven sus personajes; se aprecia, lo mucho que valora que la imagen que se configura en la mente del lector, se corresponda bien con la realidad del escenario. En lo personal, fue un hombre de temperamento escéptico, influido por un ideario nihilista y agnóstico, que no ocultaba, y que deslizó nítidamente a través del protagonista de «El árbol de la ciencia». Tal pesimismo le hizo descreído, y le llevó a acentuar una visión desalentadora de las cosas: las calles embarradas, las corralas insalubres, los solares llenos de basura y suciedad, o las apestosas tascas, focos de alcoholismo y delincuencia, son asunto principal de su descripción y de su denuncia. Se emplea en ello a fondo y con los términos más agresivos para la sensibilidad de un lector que, forzosamente, recibe el mensaje y se pone en situación. Su tono recuerda mucho la complacencia con que Zola, se aplicaba a estos menesteres con su conocida tendencia naturalista. También menciona Julio Caro, en el prólogo del libro, el desagrado que le produce a su tío ver la condescendencia con que Galdós trata la sociedad de Madrid en «Fortunata y Jacinta»; y al hilo de ello, voy ahora a comparar las clases bajas madrileñas, tal como se reflejan en la novela de Galdós, con las que aparecen en «La busca». Jacinta queda al margen, porque su matrimonio la convierte en rica y le permite vivir holgadamente, pero Fortunata, sobrevive como se lo permite su humilde origen y los demás personajes están en niveles intermedios entre ambas, formando parte de una modesta clase media, en la que se aprecian las limitaciones de acceso al bienestar que padecía aquella burguesía en permanente situación de estrechez. Galdós, fiel a su adscripción realista, describe ese estado de cosas, de manera prolija pero, sin hurgar demasiado en ellas y sin juzgarlas; prefiere que las conclusiones las saque el lector. Consecuentemente en el mundillo de Galdós hay de todo: familias acomodadas que disfrutan sus casas del centro, otras más modestas que viven en los pisos de los ensanches, y las más pobres que sufren las corralas del extrarradio; en ellas, cada cual hace su vida, mejor o peor, y Galdós lo cuenta con estilo característico. En «La busca», sin embargo, el lector encuentra un texto seco y conciso, en el que los personajes visitan poco el centro de la ciudad; el escenario constante es el extrarradio Sur comprendido entre el puente de Segovia, por el Oeste, y la estación de Atocha, por el Este, es decir, el reducto que acoge a los más pobres, ese es el que le interesa a Baroja. Quien haya vivido, como es mi caso, en el centro de Madrid hace cincuenta años (1964), sabe bien que la línea que forman las calles de Segovia, Magdalena y Atocha, constituía una frontera física que de Oeste a Este separaba la ciudad en dos zonas: al Norte de esa línea el centro y los ensanches, al Sur de esa línea los barrios bajos, sórdidos, y convertidos en terreno controlado por gentes de mal vivir. Todavía en 1964, sesenta años después de la publicación de la novela, si un chico de doce años, como yo, cruzaba aquella frontera, se metía en Lavapiés, en el Rastro, o en las Vistillas, con clara conciencia del riesgo asumido por entrar donde no debía; tal vez exagere algo, porque era una sensación más que un riesgo real, pero puedo asegurar que era una sensación compartida por muchos madrileños. Hoy, los años han cambiado aquellos barrios; algunos por la llegada de inmigrantes (Lavapiés), otros por pasar a ser objetivo turístico (las Vistillas) y los demás por convertirse en zonas de viviendas de alto precio, como en las rondas de Toledo, de Segovia y de Valencia, que aparecen en la novela como extrarradios enfangados o polvorientos, y que ahora son barrios modernos con pisos caros. Resumiendo, eran barrios miserables y Baroja ambienta «La busca» en ellos, porque allí vivían los desheredados de la sociedad, lo que en aquellos tiempos era decir, absolutamente desheredados, o sea, miserables. Su esquema incide en que la miseria no era sólo física, también moral, y que las posibilidades reales de caer en la delincuencia, el vagabundeo, o el mal vivir, eran muy altas para cualquier residente por la pésima catadura moral de un alto porcentaje de su población. Allí los chicos caían con facilidad en las malas amistades; las mujeres, jóvenes o adultas, estaban permanentemente tentadas por el recurso a la prostitución; y las tabernas, completaban el panorama llevándolos a todos, hombres y mujeres, por el destructivo camino del alcohol. Con esto, no es que Baroja pretenda decir que todo el mundo allí anduviese en tales términos, pero sí, que todas estas lacras proliferaban, haciendo muy altas las posibilidades de los residentes de caer en ellas. Nada de esto incomoda a Galdós, porque él ubica su novela donde le conviene, en función de la trama que tiene en la cabeza, en los barrios bajos, o en Pontejos (a dos pasos de la Puerta del Sol), donde vive la afortunada y rica Jacinta. A Baroja, en cambio, no le da lo mismo; Baroja sabe lo que se cuece en los barrios bajos, sabe de las penurias que allí se sufren y ello le parece razón más que suficiente para recrear su novela precisamente allí; conoce aquel mundo miserable y no quiere ocultarlo sino airear su sordidez, para que clame al cielo y golpee las conciencias. El planteamiento barojiano tiene un cariz divulgativo, pero no con ánimo agitador, ni revolucionario, sino de un pesimismo escéptico, que busca llevar a los lectores al convencimiento de que, en condiciones de extrema penuria, el ser humano puede caer en un comportamiento depravado y abyecto, tirando por el camino del vicio, del delito o, en el mejor de los casos de la picaresca, para escapar de su situación. Este es un análisis de la cuestión social, que se aleja de los supuestos marxistas y de sus esquemas basados en la existencia de clases, y se aproxima a un enfoque del comportamiento del hombre como individuo que reacciona con violencia al verse acuciado por un entorno agresivo; es decir, que establece un análisis prácticamente antropológico. Desde tal perspectiva, sus puntos de vista no son considerados subversivos; al revés, es lógico que el poder vea en la novela un enfoque que, simplemente, resalta que la maldad es algo propio de la naturaleza humana y más viejo que la tos. Por otro lado, la situación del grupo social que vivía en estos barrios era tal, que sus habitantes, con frecuencia, no sólo carecían de escrúpulos o moral sino también de la más mínima conciencia de clase. Por eso decía, que su intención está mucho más próxima al naturalismo que a cualquier intento de agitación proletaria. La trama constantemente se recrea en las penosas y desmoralizadoras vicisitudes que pasa el protagonista, enseñándonos cómo, por mala que sea su situación, al día siguiente empeora y cuando creemos que ya no lo puede hacer más, tozudamente, vuelve a empeorar y así sucesivamente. También lo hace, cuando expone la crueldad inaudita que uno de sus compinches utiliza en sus fechorías, sólo por el puro placer de hacer daño y por si no fuera bastante, jactándose de ello y presumiendo de maldad. En comparación, Manuel, nuestro protagonista, no es perverso; ahora bien, en la práctica, está tan sujeto como el otro, a la ley de la selva. De hecho, el objetivo del novelista al plantear las cosas como lo hace, es preguntarse cómo reaccionará este joven, inquieto y rebelde, aunque sin malos instintos, ante las enormes dificultades con que se tropieza, ante la maldad que ve continuamente a su alrededor y ante la desesperanza que le produce la certeza de que no hay salida a su situación. La duda de cuál será la reacción de un ser humano acuciado y abandonado a su suerte en una sociedad tan despiadada, es la incógnita que se plantea en la novela, y para despejarla no hay más remedio que llevar su lectura hasta el final. Lo que tampoco supone ningún esfuerzo porque, como decía, Baroja lleva suavemente al lector de la mano, mientras lee. Para finalizar debo decir que he comparado en esta reseña el Madrid que Baroja describe en esta novela, con el que contempla Galdós en la suya, pero la comparación es, únicamente a efectos urbanos y sociológicos. Desde un punto de vista literario la comparación estaría desequilibrada; «Fortunata y Jacinta» y «La Regenta», fueron las mejores novelas españolas de del último cuarto del siglo XIX; «La busca», en cambio, es una novela pequeña, fácil de leer, y muy interesante por el tema que trata, pero muy sencilla desde un punto de vista puramente literario.

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Escrita 28 de Octubre de 2014
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EL DISCRETO ENCANTO DE LA PSICOLOGÍA en LAS ALAS DE LA PALOMA
Henry James, es un autor que sigue ejerciendo un considerable influjo sobre mí a pesar de las numerosas novelas suyas que he leído; no estoy pensando sólo en un sentimiento de admiración, o en la enumeración de las muestras de satisfacción, o a veces insatisfacción, que me produce la lectura de sus novelas. Me refiero también a la magia que emana de ellas, a veces positiva, y a veces de enorme dificultad por su estilo complejo, por el tono extremadamente sofisticado que adopta a la hora de hacer hablar a sus personajes, o por el tratamiento limitado que da a determinados temas, como bloqueado por algún extraño retraimiento o contención que no le deja enfrentarlos abiertamente. Si a todo esto le añadimos que su vida personal estuvo claramente marcada por una actitud especial, responsable de esas limitaciones y sumida en las sombras por propia decisión, nos encontramos con que sus libros introducen al lector en un agitado mar rodeado de costas, a veces luminosas y dotadas de maravillosas playas en las que deleitarse, pero otras veces, ¿por qué no? infestadas de feroces y traidores acantilados contra los que chocar. Todo esto viene de la mano de mi lectura actual de “Las alas de la paloma”. Me ha costado un considerable esfuerzo introducirme en el mundo cerrado de sus extraños personajes. James invierte al menos doscientas sobrecargadas páginas, sobre un total de cuatrocientas cincuenta, para tejer una tupida urdimbre sobre la que ir construyendo la situación. En ella seis personajes, sólo seis, se dedican a considerar la relación que los vincula entre sí, de una manera prolija y pormenorizada, a la vez que tortuosa, laberíntica, evanescente y a un paso de la pedantería. Naturalmente, las siguientes doscientas cincuenta páginas tampoco se salvan de la justa aplicación de todos esos adjetivos, pero hay que reconocer que una vez que el asunto queda planteado de manera bien delimitada, la asunción de esa forma de escribir empieza a cobrar sentido y empiezan a debilitarse los argumentos utilizados para deslizar tales críticas. En cualquier caso, incluso desde el principio del libro, la lectura se puede sacar adelante —con algún esfuerzo sin duda— pero se saca adelante, gracias a esa especie de “toque James” que caracteriza a nuestro autor —dicho en un sentido parecido al de aquel inefable “toque Lubitsch” del cine— y que permite sobrellevar su prosa aun en aquellos momentos en que la mano del escritor se excede en su retorcimiento. Aunque esto de que sea la mano la que se excede, es bastante impropio, porque la correa de transmisión de sus textos por aquellos años, no era su mano sino su voz y esto es algo que se aprecia mucho. “Las alas de la paloma” (1902), “Los embajadores” (1903) y “La copa dorada” (1904), son quizá sus tres últimas novelas más conocidas. Con “Los embajadores”, no pude, lo intenté, pero tuve que batirme en franca retirada ante la avalancha de frases en las que, aparte de querer decir demasiadas cosas en muy poco espacio, recurría puntualmente a la adicción de sucesivos añadidos entre comas, tratando de aportar matices y más matices al sentido original de la frase; así que lo dejé, cosa que, ahora, en “Las alas de la paloma”, he conseguido evitar. La cuestión estriba en que: el hecho de que las frases salgan de su mente y se enuncien de viva voz, establece una diferenciación definitiva sobre lo habitual, que es que las palabras y los signos ortográficos se distribuyan a voluntad del escribidor de turno que decide dónde y cómo los reparte para que el énfasis y la estética de las frases sea la que prescribe la inveterada costumbre de escribir. Yo supongo que en el caso que nos ocupa, era el amanuense que transcribía sus textos el que tomaba esas decisiones en función del sentido que le suponía al autor por su entonación. De hecho, hice la prueba de leer en voz decididamente alta el texto y pude sentir, poniendo gran atención en respetar las pausas, que la coherencia de las frases mejoraba, allanándose la comprensión de su significado. Es algo así, como si el entendimiento de su contenido entrase en el cerebro más por vía auditiva que visual. Pero como decía, el panorama cambia mucho cuando se llega al punto de la novela en el que las cosas están ya planteadas en toda su dimensión, porque a partir de ese momento la lectura se vuelve más intensa, el texto que antes parecía sofisticado en exceso, ahora adquiere su razón de ser y pasamos fácilmente a disfrutar del análisis brutal y exhaustivo al que James somete a los personajes y a su personalidad. Es entonces cuando comprendemos que ese lenguaje complejo, retorcido y artificioso que utiliza, nos gustará más o menos según el gusto de cada lector, pero es particularmente adecuado para trabajar esos aspectos analíticos de la psicología de sus personajes, al aportar unos matices que le confieren al lenguaje una versatilidad extraordinaria. Dos palabras para hablar de sus personajes. Los suyos están dotados de auténtica alma, cosa que digo con un convencimiento que sólo aplicaría a unos pocos autores. Es imposible, una vez situados en el ámbito de sus novelas, saber cómo van a reaccionar sus personajes ante los avatares de la trama. Se puede decir de ellos, que reaccionarán conforme a lo que les dicte la psicología a que se atiene su mente, la cual por cierto, es imprevisible, y lo es precisamente porque son seres creados con auténtica autonomía y capacidad de decisión propia, tal y como lo harían si fueren seres reales de carne y hueso…, y sobre todo, alma. James los crea deliberadamente así, les da forma y los suelta al ruedo para que se junten con los demás y se comporten como les obligue su libre, naturalmente, albedrío. A veces no nos gusta como lo hacen, véase el claro ejemplo de la Elizabeth Archer de su “Retrato de una dama” donde al bienintencionado lector le gustaría lanzarse al regazo del autor e implorar que haga uso de su misericordia; pero no, la libertad de acción del personaje es sagrada para él y no moverá un dedo para cambiar ese estado de cosas que viene determinado por las circunstancias, no por su voluntad. Aprovecho que hablo del “Retrato de una dama”, para indicar que esa es una novela de 1881, veintiún años anterior, a “Las alas de la paloma”, y corroborar, como decía más arriba, que eso se nota una barbaridad. El proceso de afectado refinamiento que sufrió su forma de escribir, hasta desembocar en este lenguaje sinuoso y criptográfico, fue paulatino y quizá lógico, por lo que tenía de evolución e incluso de reto, pero no llega a ser plenamente satisfactorio para sus lectores, al menos para éste que escribe, que sienten que estas maneras de progresiva implantación, no mejoran en nada los resultados. Bien al contrario, aunque siga estando ahí el escritor analítico, sutil y elegante que juega con caracteres, diálogos y situaciones, todo ahora es mucho más difícil; e inútilmente, añadiría yo. Al margen de la evidente deriva de su estilo, me parece que, en estas últimas novelas, algunos factores, entre los que creo que está la propia actitud inquieta del escritor de éxito, influyeron en una última vuelta de tuerca, en la que el retorcimiento y la artificiosidad de los temas que trata, le lleva a afrontar un mundo demasiado sofisticado en el que no logra desenvolverse con la brillantez con la que, en obras anteriores, lo había hecho, dedicándose con excesiva autocomplacencia a buscarle tres pies al gato, en materia de psicología de los personajes, que es lo que yo creo que ocurre en “Las alas de la paloma”. Porque llega un momento en el que se superan las dificultades estilísticas que plantea su forma de escribir, cosa que empieza a percibirse, como dije más atrás, cuando se alcanza casi la mitad de la novela. Bueno pues, cuando en ese momento de euforia crees que has superado lo más duro y piensas algo así como ¡ahora viene lo bueno! esperando encontrar su brillantez pretérita, ves con claridad meridiana que la superación de esos escollos lingüísticos no basta para convertir la lectura en plenamente satisfactoria, sigue quedando, por algún lado, la sensación de que persiste un pernicioso exceso en la materia manejada por el autor, que no llega a resolver el asunto como es debido, de ahí lo de exceso, porque, el lector, entusiasta en otros libros de Henry James, se encuentra aquí con que estas mismas cosas que otrora le gustaron, o le encantaron, aquí, uf…, quiere reencontrárselo, pero no lo consigue; y no lo hace, por lo que tiene el tratamiento de excesivo, porque el autor se ha recreado hasta perder la noción de lo que conviene, en ese estilo propio, y también, y quizá esto es lo peor, en esa misma fruición en lo suyo, que convierte la novela en un producto sofisticadísimo, difícil de digerir por su escritura especial, pero también y sobre todo, por una materia novelesca que juega con personajes que parecen extraviados en un mundo irreal, en el que las relaciones sociales aprisionan la mente de un personaje principal que, pese a no tener un duro, dedica todo su afán y su tiempo al trato con los otros personajes como si le sobrase tiempo y dinero. A veces, durante la lectura, uno piensa: ¿pero existió alguna vez gente así? Bueno, pues a pesar de este testimonio mío, que afirma el carácter severo, bastante elitista, introspectivo y analítico hasta la extenuación de este drama psicológico, hubo versión fílmica de la novela —inglesa desde luego—, que no he visto pero que imagino que, por razones parecidas a las que indico en esta reseña, no tuvo demasiado éxito. Eso sí, Helena Bonham Carter puso su especialísimo rostro en mi mente a una de las protagonistas, y lo cierto es que me han quedado ganas de buscarla en mi biblioteca y verla. La referencia a esta película, me hace acordarme ahora y traer finalmente a colación el asunto que mencioné al principio, cuando hablé de la actitud adoptada por Henry James a lo largo de su vida privada. Me refiero al sexo, uno de esos temas que parece que fue “tabú” en sus textos y también en su vida personal. En la película, por lo que sé, el sexo aparece de forma bastante explícita; en la novela, haciendo un esfuerzo de lectura entre líneas, se intuye por algún rincón, aunque siempre de manera solapada y como quien no quiere la cosa; parece haber en ello, no tanto un problema de pudorosa inconveniencia, sino más bien una cuestión de: “no voy a hablar de esto no vaya a ser que después algunos me pregunten y me pongan en un aprieto”, o sea, corramos un tupido velo sobre estas cosas. Es evidente que tampoco en esa época, primeros años del siglo XX, los escritores eran demasiado explícitos con los escarceos sexuales de los personajes, pero tampoco se escondían. Uno tiene la impresión de que James, sí lo hacía y eso a pesar de tratar con frecuencia en sus novelas relaciones amorosas, como es el caso de ésta. De todas formas, esa actitud ocultista llama la atención pero no molesta y acaba formando parte de la manera especial de hacer de este americano de Nueva York, trasplantado a Londres y bregado en la vorágine de un emergente turismo finisecular, sobre todo, por las calles de Venecia, Florencia o Roma.

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Escrita 14 de Octubre de 2014
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EL FRANCOTIRADOR SUIZO en JAKOB VON GUNTEN
Cuando uno atiende a cualquiera de esas recomendaciones de libros que se leen por ahí, es porque tiene la ilusión de encontrar algo más que una simplemente buena novela con que entretenerse; y eso que encontrar una novela buena y entretenida es un logro, de por sí, nada desdeñable. Pero en estas cosas hay que aspirar a lo máximo, es como una obligación aunque en nuestro fuero interno seamos conscientes de que encontrar algo que esté realmente bien —bien para uno mismo, se entiende— puede ser algo bastante infrecuente. Este libro estuvo realmente bien. Para mí representó la posibilidad de leer un texto dotado de un sentido profundo, de una enorme intensidad emocional, y de un lenguaje lleno de expresividad y armonía, como hacía bastante que no tenía la oportunidad. Pero empecemos por el principio: ¿sabe todo el mundo quién fue Robert Walser?: no, seguramente no, yo al menos, no lo sabía hasta hace unos cuantos días. Estamos hablando de un escritor suizo, su nacionalidad ya es una rareza, que nació en 1878, y cuya obra se compone de novelas cortas, aparte de poesías y otros textos, escritas en alemán y que no llegaron a proporcionarle gran éxito en vida. Murió en 1955 después de una trayectoria personal jalonada de estancias en clínicas psiquiátricas, en las que permaneció hasta su muerte por congelación un día de invierno, después de haberse escapado de la última clínica en la que residió. Sus libros no se publicaron en España hasta los años setenta del siglo XX, pero antes tuvieron influencia, se afirma, nada menos que en escritores como Musil y Kafka que conocieron su obra. Es decir que Robert Walser fue una especie de “enfant terrible” o escritor maldito de la literatura suiza escrita en alemán, casi desconocido por cierta incapacidad personal para lograr darse a conocer, e incluso para relacionarse con el resto de la sociedad, y que acabó pasando, prácticamente, por demente. Su trayectoria personal me recordó mucho, apenas la conocí, a la del poeta y periodista español Alejandro Sawa, nacido en 1862, que vivió también una vida agitada y culminada prematuramente por la locura y la muerte. Pero lo que leí de Sawa no me interesó y, sin embargo, en la novela de 1909 “Jakob von Gunten”, Robert Walser me ha parecido espléndido. Es un libro de tan solo 126 páginas, escrito con claro carácter autobiográfico y con forma, aparentemente, de diario. La trama, en un sentido tradicional, es prácticamente inexistente y el texto se limita a seguir su trayectoria en el tiempo que permanece inscrito y viviendo en el “Instituto Benjamenta”, residencia docente de no mucha categoría, regida por Herr Benjamenta y su hermana Lisa, en la que trata de obtener una formación de segunda clase que le permita obtener un empleo corriente. La plasmación en las páginas de su diario de lo que le pasa allí y de su visión particular del mundo y de sus compañeros y profesores, forma el cuerpo central de lo que es el libro. Lo primero que se aprecia cuando se empieza a leer, es una increíble sencillez en su manera de contar las cosas, combinada con una gran facilidad para expresar lo que quiere decir. Este libro (1909) es anterior, por poco, a cualquier obra de Kafka, de Musil, de Joyce, o de Proust y, cómo cualquiera de ellos, emite su mensaje mediante una especie de reflexión interior que va desgranando sin interrupción. Recuerda especialmente la manera de escribir de Kafka, con esa misma aparente simplicidad del mensaje del escritor de Praga, que poco a poco se va complicando conceptualmente hasta llegar, por momentos, a ser difícil de entender. Walser, sin embargo, por más que derive la línea de su monólogo hacía derroteros tan peligrosos como los oníricos, nunca pierde esa sencillez de comprensión que descubrimos cuando empezamos a leerle. Aparte de su excelente manejo del lenguaje, como elemento característico de su manera de escribir y con el que terminaré después esta reseña, aún es tanto o más característico por el contenido de su discurso; y ello por dos razones: una, el talante descarado que marca su personalidad y que impregna absolutamente todo lo que dice. En algo de esto estaba pensando cuando, más arriba, califiqué su papel en el mundo de la literatura como de “enfant terrible”, porque su actitud es una mezcla de descreimiento, de afán por desmitificar las cosas serias, de estar de vuelta de todo, de no tenerle miedo al mundo y de usar ampliamente la burla y el sarcasmo con cualquier tema que toca. La otra razón, viene definida por la propia relación interactiva de Jakob, o sea Robert Walser, con todo lo que le rodea; de cómo opina de todo sin cortarse ante nada y cómo esto nos da idea de su actitud ante la vida; de su relación con los otros, compañeros y profesores; del enfoque docente de la escuela y de cómo repercutirá en su futuro; de su forma de contemplar la sociedad de su época, con un matiz claramente izquierdoso; y en fin, dándonos algo parecido a una versión interiorizada de los motivos de insatisfacción del hombre moderno de principios del siglo XX ante lo que se le viene por delante. Digo lo del hombre moderno, porque creo que en el planteamiento de Walser, se trasluce de manera nítida el conflicto latente en aquella época, entre la incipiente modernidad de la moral y las costumbres, y la carga de ideas anticuadas y rancias que arrastraba el siglo XIX como herencia del pasado. Fue esa una confrontación, en la que las mentes de las personas con inquietudes, tuvieron forzosamente que poner mucho de su parte para asimilar los cambios, y eso es algo que tiene un reflejo inmediato en la literatura; a los nombres que he mencionado antes, aún añadiría el de un Henry James un poco anterior en el tiempo, así como los de Italo Svevo y Miguel de Unamuno, escritores que también disponían de una significativa desfachatez a la hora de plantear estos conflictos de las personas ante un mundo en transformación. De todas formas, y volviendo a “Jakob von Gunten”, aun no habiendo prácticamente argumento en la novela, sino la sencilla narración del paso del tiempo, sí que hay una sucesión de acontecimientos, que confluyen en un final muy concreto, lo que permite al lector interesarse por el transcurso de las cosas mientras ve cómo evoluciona la mentalidad de Jakob que, sin abandonar del todo ese talante ácrata que antes decíamos, — levemente ácrata en realidad—, se nos va transformando poco a poco y va abandonando su actitud disconforme y burlonamente paradójica del principio, para progresar en una aceptación del mundo “a su manera”, en paralelo con el progreso de los acontecimientos en el “Instituto Benjamenta”. Así al final de la novela, la pátina de inconformismo que aplica el autor sobre el texto, sin ser abandonada del todo, pasa a tener un matiz más poético, con incursiones en el mundo de los sueños, deliciosas, en las que abre los ojos a otra mirada distinta, más abierta a la realidad de un mundo para adultos ya curtidos, pero a la vez más ensoñadora y más hermosa. En esa última tesitura es cuando la escritura de Robert Walser, que es magnífica durante toda la extensión de la novela, se acerca a límites de perfección, con un texto extraordinario que transmite una multitud de mensajes que se adivinan entre el tráfago de palabras, estéticamente muy bellas, que además expresan conceptos muy emotivos. Poco más he de decir, sino volver a reiterar mi afición por esa época, en la que Walser se inscribe, de tránsito del siglo XIX al XX, en la que, además, han sido autores alemanes los que con más frecuencia me han gustado. Tengo la opinión de que sus traducciones al castellano son especialmente fluidas, apreciando en ellas una especial sensación de que lo que se lee no proviene de una traducción desde otro idioma (aunque sea realmente así), lo que resulta muy gratificante y muy alejado de lo que me suele ocurrir con textos originalmente escritos en inglés, o en ruso.

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Escrita 1 de Octubre de 2014
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JANE AUSTEN SE LUCE en ORGULLO Y PREJUICIO
He terminado «Orgullo y prejuicio» con un balance claramente favorable, sorprendente, habida cuenta de la poca fe que había puesto en la tarea. La razón de tal falta de expectativas, era la sospecha de que sus doscientos años le podrían pesar demasiado a alguien que, como yo, lee la novela por el puro placer de leer, más que por un afán didáctico de conocimiento. En mi caso, tal temor venía avalado por la lectura de «Sentido y sensibilidad», novela en la que encontré virtudes —que no niego—, pero con una trama ligera, quizá, más propia de épocas anteriores, que me dejó frío y que no fui capaz de tomar en serio por más que intenté ponerme en situación; es decir, me pareció un enredo superficial e intrascendente. Esa es la razón que explica que me haya sorprendido mi propio éxito leyendo «Orgullo y prejuicio». Cuando se trata de situar la obra de Jane Austen, hay que fijar bien las características de la sociedad en la que vivió y en la que están inmersas sus novelas. Se trata de los primeros años del siglo XIX, en los que Napoleón intentaba dominar Europa y la estética neoclásica aún estaba de moda. La sociedad inglesa, como cualquier otra, venía de una economía agrícola y ganadera, pero empezaba ya a ponerse en marcha el proceso de industrialización, que, en pocos años y gracias, entre otras cosas, a la ventaja que suponía el dominio del mar y la ampliación de su imperio, cambiaría radicalmente la economía productiva del Reino Unido. Era por tanto, una sociedad próspera, por más que la mayor parte de su población sufriese por la injusta distribución de la riqueza, y consecuentemente, por una radical división en clases. En esquema, podríamos decir que la aristocracia, en lo alto de la pirámide poblacional, se enriquecía al amparo de la corona; que la burguesía, formada por propietarios, profesionales, oficiales de la milicia, clérigos y comerciantes, se situaba en un nivel intermedio; y que en el estrato más bajo y más numeroso, trabajadores del campo, obreros de la incipiente industria y sirvientes formaban la clase que cargaba con el peso del trabajo más duro, a cambio de una remuneración que apenas permitía subsistir. Los miembros de la burguesía tenían rango de caballeros, si bien con pocas expectativas de trasvase social hacia una aristocracia a la que, comprensiblemente, aspiraban, y a su vez, con el mínimo contacto posible con una clase trabajadora con la que procuraban no mezclarse más allá de lo imprescindible. Ahí, en el seno de esa burguesía es donde vivió Jane Austen y ahí es donde ambientó sus novelas, con algunas apariciones de miembros de la sociedad aristocrática, pero, en la que jamás aparecen como personajes, sirvientes o miembros de las clases bajas. Para asimilar correctamente las novelas de Jane Austen, conviene conocer el papel que ocupaba la mujer en aquella sociedad. En los estratos más bajos, las mujeres estaban obligadas a trabajar como el que más, sin apenas privilegios derivados de su condición femenina. En cambio, en la burguesía y la aristocracia, ostentaban la condición de damas y su papel, aparte de la perpetuación de la especie, era el de hacer grata la existencia a sus familiares varones en el ámbito doméstico, dedicándose al dibujo, al piano, a ciertas manualidades, a aprender francés, y por supuesto, a la organización doméstica y social de la casa, dejando en manos de los hombres cualquier otra actividad exterior, donde su presencia no se consideraba pertinente. Obviamente la posición fundamental era la de esposa, lo que implicaba que pescar marido fuera el objetivo prioritario en la vida de cualquier mujer. Una vez cumplido ese objetivo, tenía la felicidad a su alcance y obtenerla sólo dependía ya del cónyuge y de la salud. Naturalmente, hoy nos preguntamos cómo podía llegar a influir el sentimiento amoroso en este proceso de búsqueda de un buen consorte que condujese a la felicidad posterior, y la sensación que queda, tras leer este libro, es que era un objetivo deseable, pero muy difícil de cumplir, dadas las numerosas trabas que se interponían en una relación entre sexos coartada por la restrictiva moral imperante. En las dos novelas mencionadas, los personajes se mueven por impulso de la racionalidad y las convenciones sociales, el amor sólo es un extra a conseguir en casos especialmente favorables, deseables pero extraordinarios, en los que los demás factores, posición social, medios de vida etc., se hubieran conseguido conjugar sin mayor problema. El lector de la novela pensará inicialmente al leerla, que la obra es un producto propio e inseparable de su momento y de su escenario histórico y que si aquella sociedad no hubiese sido como era, la novela no podría haber sido, como es. Sin embargo, creo que esto siendo en parte cierto, no lo es del todo; y lo digo, porque el acierto de su trama le posibilita trascender del entorno que antes he descrito y adquirir una dimensión casi intemporal, que igual podría haber dado lugar a una comedia de Shakespeare, como a una novela de Henry James. Su armazón argumental tiene tanto sentido que se presta óptimamente al análisis de la psicología de los personajes según las costumbres y criterios propios de cada sociedad, lo mismo se trate de la época de la reina Isabel I, que de los años del psicoanálisis freudiano. Esa es, según yo veo, la principal virtud de esta novela, un argumento tan equilibrado que se adapta a cualquier escenario temporal, a pesar de que su carácter, en apariencia, es el genuinamente propio de la época de Jane Austen. Donde veo la mayor diferencia entre las dos novelas mencionadas de Jane Austen, es en la composición del argumento; en «Sentido y sensibilidad», la notoria trivialidad de los enredos hacía que las facultades de la escritora quedaran limitadas al ámbito de las farragosas e intrascendentes relaciones sociales que, a mi modo de ver, no iban más allá de un tono de comedia ligera y superficial. En cambio, en «Orgullo y prejuicio», una construcción argumental sólida y equilibrada, y la apoyatura del enredo en valores universales e intemporales, son los factores definitivos que abren el campo a un óptimo lucimiento de la escritora aguda, sutil y analítica, que aquí sí puede sacar provecho a su reconocida destreza en el tratamiento de los personajes. Se observa claramente en ambas novelas, la absoluta transposición de costumbres y modos de ser de su mundo particular sobre la mentalidad de sus heroínas de ficción; no cabe duda de que sus personajes están inspirados en ejemplos muy próximos en su vida, y su propia familia debía tener bastantes puntos en común con los Bennet de la novela. Lizzy, la protagonista, es una joven con múltiples cualidades que podríamos sintetizar en dos fundamentales: inteligencia y carácter. La inteligencia, le permite tener una idea clara de su papel en la vida y así ser capaz de dilucidar lo que le conviene con sensatez y buen juicio; el carácter, le facilita la tenacidad necesaria para conseguir su objetivo sin dejarse enredar en cuestiones accesorias. Ambas características otorgan un atractivo especial a su personalidad que le permite, sin ser guapa, atraer y enamorar. Sabedora de sus cualidades, tiene muy claro que no se va a casar con el primer cretino que se lo proponga, por más que pueda considerarse un buen partido, y comprende perfectamente que el logro de la felicidad a la que aspira pasa por conseguir, si no el amor, sí al menos, una cierta comunidad de sentimientos con el candidato a marido. Otra cualidad de la autora, es la habilidad con que conduce la transformación de la mente de Lizzy, de su prejuicioso arrebato inicial en adelante; no cabe duda de que el personaje femenino es el que tiene más fuerza y es el que realmente está sometido a las tensiones que definen el título de la novela, es decir a los prejuicios suyos y al orgullo de él. El personaje de Darcy, es más pasivo, en el sentido de que se limita a sentir y actuar al dictado de los arrebatos de ella, dejando el leitmotiv principal, que es, detestar el orgullo y protagonizar los prejuicios, en manos de Lizzy, lo que, de alguna manera, hace notar que está ahí la influencia femenina a los mandos del proceso creador. Su habilidad para resaltar los deseos y las inquietudes íntimas de sus personajes, es especialmente atractiva, en una época en la que la novela aún no había adquirido su mayoría de edad como género. Cualquiera que lea, como casualmente estoy haciendo yo ahora, «Moll Flanders», una novela noventa años anterior a ésta, apreciará la diferencia, abismal, que hay entre ambas, entre la sencillez básica, aunque excelente, de la narración de los hechos que hace Defoe, y la atractiva complejidad del discurrir de las mentes que Jane Austen desvela, desarrolla y analiza, de una manera que anticipa claramente lo que daría de si, en materia de creación novelística, el incipiente siglo XIX. La escritura de Jane Austen se absorbe con suma facilidad; su texto es sencillo a pesar de que se entrega en sus diálogos a la elaboración de razonamientos encadenados, propios del lenguaje educado de aquella época. Quizá su rasgo más singular sea el humor sutil, con el que se ejercitan algunos de sus personajes en un acertado equilibrio entre la ironía que gastan y la seriedad de los asuntos que suelen tratar. Destaca en ese sentido Mr. Bennet, el padre, que es un hombre de escaso carácter, al contrario que su hija Lizzy, que quizá por eso, es su preferida y es con la que mejor relación mantiene. Se trata de un hombre abrumado por su doble condición de esposo de una mujer ridícula y de mente vacua, y de padre de cinco hijas casaderas, que pone muy poco entusiasmo en acometer las obligaciones que tal condición le exige (casarlas) y que gusta de expresar su desencanto con frases plenas de sarcasmo, de ironía, y en definitiva, de un delicioso humor inglés. No quiero terminar la reseña, sin tocar el tema de un posible aliento feminista en la novela. Ni en «Sentido y sensibilidad», ni en «Orgullo y prejuicio», observé una actitud especialmente activa en dicha materia; tal vez aquel momento histórico no fuera aún el propicio, o tal vez el temperamento de Austen no era el adecuado para promover esas actitudes; lo cierto es, que el mensaje que se desprende de su lectura es más bien conservador y los atisbos de regeneración que alguien pueda apreciar en su obra son, en mi opinión, de elemental sentido común y no afectan exclusivamente a la mujer, sino a cualquier persona a la que una sociedad injusta y clasista, como aquella, pudiera poner en aprietos. La estética del momento, aunque ya por poco tiempo, era absolutamente neoclásica, y por lo tanto, dominada por el equilibrio y la sensatez; el romanticismo estaba cerca, pero aún no había irrumpido y cuando lo hiciera las modas cambiaron y la novela también, y cuando, a su vez, el sarampión romántico desapareció, casi con tanta fuerza como había venido, la novela se adentró por los caminos de un realismo que nos proponía la auténtica faz de las cosas, descarnada y sin tapujos, y es entonces, cuando la sensibilidad del lector estalla ante el ímpetu de los sentimientos desbocados. Quiero decir con esto, que las historias de Jane Austen, por mucho que entusiasmen, como ha sido aquí mi caso, no dejan de ser historias amables, ubicadas en la tranquilidad y el sosiego de la campiña inglesa, con personajes preocupados por su futuro, que actúan con la mayor racionalidad que sus caracteres les permiten, y que generalmente suelen acabar bien. O sea, parece faltarles como ingrediente que redondearía (para mí gusto) el producto literario, un punto, o dos más de intensidad y desgarro de los sentimientos. Pero bueno, eso sería adelantarse a los tiempos y aún faltaban unos cuantos años para la llegada de las hermanas Bronté y de Mr. Dickens.

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Escrita 29 de Septiembre de 2014
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CONOCER BOSNIA en UN PUENTE SOBRE EL DRINA
No me hace gracia la explicación que dan algunos lectores, cuando les pides que se mojen sobre cierto libro, del que te interesa conocer su opinión, y te sueltan aquello de: “pues no está mal, porque leyéndolo te enteras y aprendes cómo fue aquella época, o aquel país, o aquella materia”…, o lo que sea de lo que trate el libro de marras. Me sabe mal, porque veo que es una manera eufemística de decir que no, que no les gustó, pero sin decirlo del todo, quizá por algún pudor, no sé; y también me sabe mal, porque no siendo yo de los que leen novelas en plan instructivo, esas respuestas huidizas se me hacen fastidiosas; si quiero saber sobre la revolución francesa, por ejemplo, busco un libro que trate directamente el asunto y no una novela cuyo protagonista sea Robespierre. Bien, pues dicho esto, ahora llego yo, e incurro en lo mismo que acabo de criticar en los demás, porque de las muchas cosas que se pueden decir de esta novela, una, y no la menos importante, es que con ella se aprende mucho sobre historia, geografía, costumbres, morfología de ciudades, etc., de Bosnia y Herzegovina, pero, sobre todo, que más que los simples datos, se aprende a asimilar la actitud de los seres humanos en su pelea cotidiana, cuando tienen que desenvolverse y sobrevivir como pueden, en el grupo social en el que les ha tocado vivir, unos mejor, otros peor, con suerte o infortunio, con éxito o con fracaso; decía que no soy de los que leen novelas para aprender cosas, pero no me importa nada hacerlo cuando de lo que se trata es de conocer e intentar entender las pautas del comportamiento de las personas. Para mí, esa es sin duda la parte más valiosa de toda la información que pueda contener este libro. Cómo es obvio por su título, la novela gira en torno al puente sobre el río Drina en la ciudad de Visegrad; puente destacable por su antigüedad, por sus características y por las circunstancias en las que se construyó, y por ello, objeto del orgullo y la veneración de sus habitantes. Quien sienta curiosidad, no tiene más que escribir ese nombre en Internet, e informarse y ver cuantas fotos quiera sobre dicha obra de ingeniería. Los puentes sobre el Drina en Visegrad y sobre el Neretva en Mostar, son quizá los monumentos más conocidas de Bosnia y Herzegovina, y es paradójico que sea así en tanto que los puentes son construcciones erigidas para unir a las gentes y no para separarlas, mientras que aquí se han convertido en símbolos de un país patéticamente colapsado por la guerra y la desunión. La novela, es la crónica histórica de la situación, a lo largo de cuatrocientos años, de hombres y mujeres, de personas, que se vieron en todo tipo de encrucijadas, políticas, personales, sociales, amorosas, o cualesquiera otras, relacionadas con el devenir histórico de su ciudad, y por tanto, vinculadas con su carismático puente. Por pertenecer a épocas distintas no existe un vínculo entre todas esas historias, lo que convierte la estructura del libro en algo parecido a una sucesión de relatos cortos, en la que cada relato tiene una extensión de unas treinta o cuarenta páginas, que una vez concluidas dan paso al siguiente episodio y luego a otro y a otro más, en una secuencia cronológica, y con un eslabón que lo une todo que es la presencia del puente sobre el río Drina, unas veces en segundo plano, y muchas otras como protagonista principal. Conocer estas historias, conduce inevitablemente a formarse un criterio sobre las inquietudes de la gente de este valle próximo a la frontera con Serbia. Primero sometidos por el Imperio turco, después por el Imperio Austrohúngaro, y siempre presionados por la vecina nación de los serbios. Pero llegar a una comprensión global de cómo afecta todo eso a sus ciudadanos, es tarea realmente difícil; la lectura de este libro aproxima al lector a ese objetivo, pero hay que puntualizar que el principal mecanismo por el que se aprenden cosas de ese país no es el propio libro que, para profundizar en ello, se quedaría un poco corto, sino la ansiedad que por efecto de su lectura aprisiona al lector y le fuerza a interesarse por conocer bien lo que allí ocurrió; así es que, es uno mismo el que acaba buscando compulsivamente las entradas de Internet que ayuden a descifrar —aunque eso es casi imposible—, el laberinto impresionante que es esta parte de la península de los Balcanes. Aquí, conceptos como nación, lengua, territorio, religión, etnia, o historia, forman una amalgama inextricable que yo creo que no tiene parangón con ninguna otra zona de Europa y cuando un no iniciado empieza a hacerse preguntas en un intento por entender, enseguida comprende que las respuestas son múltiples y complejas: ¿Los habitantes de Visegrad, en el siglo XVI, eran étnicamente bosnios, o turcos? ¿Se habían convertido a esa religión en tiempo reciente? ¿Los habitantes de cultura serbia, eran étnicamente diferentes de los otros? ¿Había bosnios de esta raza y religión?... No. Es un lío, renuncio a exponer ni siquiera un esbozo del asunto, es demasiado complicado y convertiría esta reseña en algo árido e incomprensible. Pongo un ejemplo de la dificultad del asunto, referido sólo a los idiomas. La simple contemplación de un mapa de Bosnia y Herzegovina en Internet, en el que con siete u ocho colores se representan las distintas lenguas y variedades dialectales, hace pensar en un cuadro puntillista, tal es la distribución anárquica y dispersa de cada color (o idioma). Algo como para volverse loco. Pero el texto de Ivo Andri? no comparte esa complejidad latente en el país; muy al contrario, ayuda claramente a avanzar en su comprensión. Su actitud es hipersensible con los sentimientos de las personas vulnerables, e inflexible con los manejos de los canallas de turno, sean del origen étnico, o religión que sean. Su actitud contra los poderosos es de clara militancia, derrochando imparcialidad ante las posturas de todos y poniendo toda la parcialidad de que dispone ante los estados que avasallan al individuo. Su texto no es frio ni aséptico, bien al contrario, es cálido y tiene la potencialidad de saber insuflar en su mensaje un aliento épico que subraye la trascendencia del texto y que permita captar el ánimo, o por decirlo mejor, el escepticismo, con el que los protagonistas de estas historias, se enfrentan a unas circunstancias adversas a las que nunca, a la larga, pudieron derrotar. Leyendo este libro, con sus pequeñas historias articuladas formalmente alrededor de una construcción carismática, se comprende que el tema del puente no es sino una excusa, de la que el autor se apropia para poder tratar lo que realmente le interesa, que es el análisis de las múltiples caras del fenómeno que se dio en llamar “balcanización”, palabra que significa según el diccionario de la RAE, “desmembración de un país en territorios o comunidades enfrentados” significado éste que, en mi opinión, se queda muy corto para definir el sentido de lo que allí ocurre. Pero, independientemente de lo preciso de su definición, es de eso, de lo que Ivo Andri? quiso hablar cuando escribió este libro. La crónica que se refleja en la novela termina en el año 1914, año en el que, en Sarajevo, a setenta kilómetros de allí, un nacionalista serbio asesinó al heredero de la corona austrohúngara, poniéndose así en marcha, los mecanismos geopolíticos que dieron lugar al comienzo a la Gran Guerra. Ni que decir tiene, que la historia, convulsa aunque a veces entrañable, de la ciudad y su puente, tal como se cuenta en el libro, empieza en el año 1516, y termina en el 1914, pero no se detiene en ésta fecha, ni mucho menos, y lo que Ivo Andri? narra, con ser duro y difícil para esa comunidad, se supera con creces en los acontecimientos acaecidos en los cien años transcurridos desde entonces hasta ahora. Se podría pensar que Andri?, hubiese decidido escribir la novela, con la esperanza de que su publicación actuase como catarsis purificadora con la misión de frenar su diabólica dinámica y poner así el punto final definitivo a la secular vorágine de conflictos. Si ese hubiera sido su bienintencionado objetivo, se habría equivocado completamente, pero, hablo en condicional, y debo reconocer que no creo que tuviese esa idea; más me inclino a pensar, que se sospechaba lo que aún estaba por venir. Efectivamente, la limpieza étnica siguió funcionando y hoy, cien años después, ya no hay mezquitas en la ciudad, aunque sí el puente erigido por Mehmed Paša, que cumple ahora quinientos años.

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Escrita 15 de Septiembre de 2014
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UN GALLEGO DESPLAZADO en LA HERMANA SAN SULPICIO
Cuando pensaba en «La hermana San Sulpicio», me venían a la cabeza reminiscencias de un pasado borroso y lejanísimo. Tras su lectura se ha desvanecido toda aquella detestable carga folklórica derivada del cine, que no está en la novela por mucho que el tema roce lo religioso y la acción transcurra en Sevilla. Armando Palacio Valdés fue uno de los escritores de la generación que cultivó la novela realista en la España de finales del siglo XIX, y hoy no es, ni el más conocido, ni el más celebrado. Pero eso, no fue siempre así; en su época, fue uno de los escritores españoles más renombrados. Junto a Vicente Blasco Ibáñez, el más conocido fuera de España y el más traducido a otros idiomas. Sin embargo, pese a su éxito indudable a nivel popular dentro y fuera de España, para la crítica quedó en buena medida estigmatizado por su carácter sencillo y conservador, su escritura fácil, y unas inquietudes perfeccionistas e innovadoras bajo mínimos. Las novelas de los dos escritores mencionados, fueron llevadas al cine como consecuencia directa de su popularidad. En el caso de Blasco, es conocida la versión de «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», dirigida por Minelli, e interpretada por Glenn Ford. En el caso de Palacio Valdés, las versiones cinematográficas de «La hermana San Sulpicio», fueron dos: la que rodó Florián Rey con Imperio Argentina en los años treinta y la dirigida por Luís Lucia después de la guerra con Carmen Sevilla. Mi recuerdo se basa en alguna de estas dos versiones que debí ver por Televisión Española en los años sesenta. Era un tipo de cine folklórico y de poco interés, que ponderaba mucho el costumbrismo andaluz más empalagoso; ese es mi recuerdo. Pero después de leer la novela, todo aquello se desvanece porque leyendo se comprende que esto no tiene que ver con aquel cine rancio, esto es una novela que se inscribe en el realismo de los últimos años del siglo XIX, junto a autores como Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas, Emilia Pardo Bazán, Juan Valera, o José María de Pereda. Palacio Valdés era asturiano, se educó en Avilés, después en Oviedo, y se estableció finalmente en Madrid. Su obra se ambienta, sobre todo, en el Norte de España, y por tanto esta novela es, por su ubicación, una excepción. En todo caso, conoció Sevilla y vivió un tiempo allí, pero no demasiado. La novela está narrada por su protagonista, que describe las vicisitudes que sufre para conseguir casarse con una señorita sevillana. La descripción del escenario de los hechos tiene mucha importancia en la novela; la ciudad impacta al protagonista por su estética y por el peculiar sistema de relación social que practican los sevillanos. A partir de ahí, entra en un proceso de disección de la sociedad sevillana, que supera en importancia a la acción de la novela, sobre todo desde que, apenas pasadas unas páginas, el protagonista revela el final de la novela. Esto, lejos de desilusionar al lector, le lleva a leer con otra actitud, en la que, deja de tener importancia el saber qué va a ocurrir, y pasa a tenerla, el saber cómo va a ocurrir, el conocer a través de qué intrincados vericuetos, va a llegar el protagonista a ese final anunciado. Esto relaja, y permite concentrarse en los dos aspectos más interesantes de la historia: el derroche de análisis psicológico de su narrador y protagonista, y las magníficas descripciones de los escenarios de la novela. Ceferino Sanjurjo, gallego y poeta, tras desvelarnos sus circunstancias personales, nos cuenta que va a disfrutar de un periodo vacacional en Marmolejo, municipio de Jaén famoso por sus aguas. En su fonda, se hospedan también tres monjas; dos novicias y una de más edad a cargo de las otras dos; una de ellas atiende por hermana San Sulpicio, aunque su nombre es Gloria. Ceferino las conoce y simpatiza con Gloria; conversa con ella, y conoce su condición de novicia, que significa que podría salir del convento al no haber tomado aún los votos. También averigua que ella no desea adquirir tal compromiso, y que si está en la orden es por presiones ajenas a su voluntad; con esa información, nuestro protagonista ve el cielo abierto y cuando ellas retornan al convento sevillano, sigue sus pasos y pone rumbo a la ciudad. En Sevilla, lo primero que hace es buscar pensión; una vez encontrada, comienza a tratarse con sus compañeros de residencia, con ánimo de poner en marcha una red de amistades y relaciones que le permitan acceder al entorno próximo a su amada, dándose así inicio al difícil proceso de conquista, porque ella, pese a su escasa vocación religiosa, le facilita poco la tarea. Como ya avancé, uno de los indudables atractivos de la novela es contemplar la disposición de este hombre como espectador de todo lo que le rodea. Su condición de gallego le hace adoptar una actitud de estupor ante lo insólito que es para él todo lo que ve; la arquitectura, el ambiente urbano, el frescor de los patios, su uso como salón de reuniones, la vida en la calle, la manera andaluza de relacionarse, el formidable río Guadalquivir y un clima que, excepto en verano, encuentra delicioso. Y su condición de enamorado le predispone a ver la ciudad como un Edén particular de extraordinario clima, y su alma de poeta se deja llevar envuelta en la magia del lugar. Es un entorno estético y social que le encanta y que agradece de buena fe, sin que le cueste nada hacerlo. Pero en el trato individual con la gente, no le ocurre igual; los sevillanos le desconciertan cuando llega y al final del libro, cuando se va, aún no ha asimilado el carácter andaluz. Parece lógico, siendo gallego, que al principio no se relacione con la gente como lo hace la gente del sur, sino como un individuo ajeno a esa sociedad que no llega a entender bien los matices del carácter autóctono, ni unas pautas de comportamiento que se le antojan sorprendentes y extrañas a su temperamento. El autor, fiel a su adscripción al realismo, trata de expresar las diferencias, incuestionables, que hay entre la forma de ser del andaluz y del gallego, o más bien, puesto que él era asturiano, entre el hombre del sur y el del norte y, en esa dicotomía, él como autor se pone en la piel de éste último. Pero a pesar de ello, es benevolente con la manera de ser andaluza y no llega a criticarla; no esconde lo que no le gusta y si ve defectos los señala, pero sin caer en la crítica, sólo en la fría exposición de lo que ve, dejando que el lector critique lo que crea conveniente. Tras el éxito popular del libro, Sevilla le honró con múltiples homenajes, que seguramente no le hubieran dispensado de haber considerado que la novela daba una mala imagen de sus habitantes. En cuanto al lenguaje con que está escrita la novela, hay que decir que es muy fácil de seguir aunque aparezcan en ella, a veces, formas de expresarse que hoy nos parecen antiguas y que en 1889 aún se utilizaban. Insiste mucho, demasiado a mi modo de ver, en adaptar la ortografía del texto a la pronunciación andaluza, creo que sin conseguir un resultado convincente. El intento de escribir con una ortografía que permita leer lo escrito sonando como suena la pronunciación andaluza, es un trabajo vano que adolece de imprecisión y queda ridículo; no digo que, en casos puntuales y personajes de rasgos muy marcados, no sea interesante usar el sistema en alguna frase, pero, con la profusión con que lo hace Palacio Valdés, el resultado es insatisfactorio. A modo de resumen puedo decir que «La hermana San Sulpicio», me ha parecido una novela de grata lectura y aspectos interesantes, pese a que, en estricto sentido, no la considero una gran novela. El ambiente andaluz, que en España siempre tuvo buena acogida, le llevó a adquirir una gran popularidad que el cine acrecentó aún más, pese a que también el cine haya contribuido a darle un aire folclórico bastante deleznable, que a algunos nos ha llevado a asimilar su recuerdo al sentido del verso machadiano —La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María…—, cuando en realidad, la novela no es eso, o al menos, en su lectura no se detecta ese tono caduco. Lo propiamente andaluz tiene una lectura que, en justicia, habría de ir encajada en la línea del realismo en que milita la novela y, en ese sentido, hay en ella episodios de enorme fuerza y amargura, como el que se encuentra Ceferino cuando recurre a ir casa de la criada que le sirve de correo para comunicarse con Gloria y en el barrio de las afueras donde vive la fámula con su marido y sus hijos, ha de enfrentarse a situaciones de una violencia y una dureza sorprendentes. No es una escena con los rasgos desgarrados del pintoresquismo romántico de Carmen, no hay gitanos con navajas, ni toreros, ni cigarreras, pero el lector, lee consternado el relato que Palacio Valdés hace de estos hechos con un dramatismo y una dureza propios del naturalismo; igual ocurre en otro incidente tremendo, protagonizado por un marqués, y con un duelo a pistola de por medio; todo ello sorprende doblemente cuando pensamos en la novela popular y dicharachera que presumíamos que era, antes de leerla. Muy al contrario, la novela constituye un retrato cabal, preciso y descarnado de la sociedad andaluza de su época, que llama la atención por lo inesperado y porque le permite al lector hacer una valoración, sorprendentemente (no lo esperaba) positiva de su lectura.

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Escrita 2 de Septiembre de 2014
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TÚ ERES EL AMO DE LA BURRA en LOS SANTOS INOCENTES
Miguel Delibes, hombre de continente adusto y reseco, se integra fácilmente en la tierra áspera y quebrada de las zonas interiores de la península, donde su personalidad y su lenguaje, se confunden con el paisaje físico y humano, camuflados entre piedras, matorrales y hombres de campo. Todo un personaje, pero nunca me entusiasmó. Con la excepción de «Mi idolatrado hijo Sisí», sus novelas me parecieron siempre demasiado frías. Encontraba que le faltaba algo para conectar con el lector (éste que escribe). En «Cinco horas con Mario», admiré su hábil utilización del léxico propio de aquella mujer, y también, su manejo del monólogo cómo mecanismo de transmisión de un determinado mensaje. Aun así, me resultó penoso leerlo, porque conseguía transmitir, tan bien, un ideario tan rancio, que se me hizo incómodo transitar por la novela, oyendo ineludiblemente lo que decía aquella mema. Aquí, en «Los santos inocentes», vuelve a su afición por estos mecanismos particulares del relato, y se atreve a escribir la novela entera a base de usar la coma, y el punto y coma, pero no el punto final, que sólo está detrás de la última palabra de cada capítulo. Creo que con ello busca captar un tono de fluidez en los diálogos, una linealidad propia del habla recia de la gente del campo. La historia, además, viene transmitida por una voz narradora, externa al relato, pero integrada en el lugar, como si fuese uno más que habla como nacido orilla el pueblo. De manera, que el lector de «Los santos inocentes», aviado está, si no es capaz de asimilar la novela escuchando en su mente mientras lee, el idioma tosco, pero rico en modismos, con incorrecciones gramaticales, pero también con un extenso vocabulario de allí, ese castellano propio de las zonas rurales de la España arraigada a la tierra, en aquellos años sesenta, en que los medios de comunicación no se habían conjurado aún en sacar a los hombres del campo, de su incultura secular. Aquella manera de comunicarse, yo personalmente, la conozco desde hace muchos años; al jovencito que yo era, le produjo rechazo, el altivo rechazo del que sabe que ha aprendido unas cuantas cosas que le sitúan por encima de aquellos a los que desprecia, pese a que intuya, en algún rincón de su mente, la idea de que quizá en ellos esté la esencia de sus propios orígenes; y, por encima de las incorrecciones que puedan cometer, esa habla contiene la sabiduría de lo viejo, de lo mil veces repetido, de lo asentado en los hábitos de cada uno y de todos, hasta convertirse en ley sancionada por la costumbre. Algunos la escucharán como si oyesen arameo y les costará asimilarla. Pero, para los que lo logren, esa habla es la vía que lleva a la inmersión en el mundo particular del cortijo, a aislarse de todo lo extemporáneo, y a sentir la dehesa extremeña alrededor, junto a una tropa de rústicos especializados en atraer la perdiz con cimbel, y otras tareas por el estilo. Carmen, la mujer de Mario, me pareció, en su día, una mujer cargante e insoportable; en cambio, leyendo «Los santos inocentes», encontré que Paco, el Bajo, Azarías, la Régula, sus hijos y hasta el señorito Iván, eran la compañía más congruente y más acorde con el entorno campestre y cinegético de la dehesa que uno pudiera encontrar; ¿quiénes sino ellos, u otros como ellos, habrían de estar allí con más motivo y razón? Así que he leído esta historia con una comodidad y una adaptación al medio, que jamás hubiera sospechado en alguien de tan escasa vocación cinegética. Claro que luego viene la historia en sí misma, pero, esa es ya otra cuestión. La trama no es un asunto agradable. Me llamó mucho la atención, la relación entre los rústicos y su explotador, y me trajo a la mente la situación de aquellos esclavos negros de Georgia, tal como la veía Margaret Mitchell, en «Lo que el viento se llevó». Para los blancos del Sur, era algo incontrovertible que los negros estaban divinamente bajo su manto: «pobrecillos, ¿dónde iban a estar mejor que con nosotros?» razonaban ellos con su lógica aplastante. Y el caso es, que los tíos se lo creían de buena fe, porque, sí que algunos propietarios de esclavos, les daban a éstos un trato bastante razonable. Bueno pues aquí, dando el salto a Extremadura siglo XX, la situación era más o menos la misma, pero, con una diferencia, que es, que el señorito Iván era un bicho malo, muy malo, que pisoteaba a su gente porque para eso eran suyos, —tú haces lo que te dé la gana, tú eres el amo de la burra— le dice el médico del pueblo al Ivancito, cuando le lleva a Paco, el Bajo, con el Land Rover y una pierna rota, y trata de convencerle de la conveniencia de enyesar. ¡Pachasco! Que son los inconvenientes de estar así de bien protegidos, que como el amo sea un cabrón, la hemos fastidiado. Pero el tono amargo era previsible, me lo esperaba y no me sorprendió; y lo leí muy a gusto. Hasta al señorito Iván, hablando con éstos, se le mudaba el habla y se ponía a tono con el lenguaje rústico popular, que no es lo mismo hablar con la señora marquesa, o con el señor Ministro, que con Paco, el Bajo, o con Azarías, y el señorito sería malvado pero no tonto, y sabía adaptarse bien a las circunstancias. Resumiendo, un libro muy cortito; extraordinariamente bien contado, con un texto que está inmerso, hasta el colodrillo, en el ámbito lingüístico del cortijo extremeño; con un desarrollo en el que se habla de caza, de la trocha, del cárabo y de cobrar las pitorras, y en el que los cazadores se encontrarán cómodos, porque entienden esas cosas. Los personajes son sencillamente perfectos, Paco, el Bajo, la Régula, el señorito Iván, y Azarías, parecen tener vida y carácter propios, el matrimonio con su prudente resignación, el señorito con su descarado y cínico egoísmo, y el subnormal, encerrado en su felicidad (milana bonita…), porque no es ninguna tontería pensar, que el tonto es, realmente, el más listo, porque es el que mejor se lo pasa. Cuando leí «Mi idolatrado hijo Sisí», pensé: Delibes en esta novela sabe de qué habla, porque habla de la clase media acomodada de la ciudad de Valladolid, que es su mundo y de eso, sabe. En «Los santos inocentes», habla de lo que le gusta: la caza y el campo; de eso, también sabe y por eso, crea un texto que tiene la virtud de posibilitar la inmersión (¿lingüística?) en un mundo de un verismo increíble, contemplando una trama básica y elemental, a la vez que uno se recrea en la tremenda autenticidad de los personajes y de sus diálogos.

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Escrita 26 de Junio de 2014
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