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CUPRESSUS OMNIPRESENTES en LA SOMBRA DEL CIPRÉS ES ALARGADA
Después de decidir que mi próxima lectura iba a ser de Miguel Delibes, no sé por qué, elegí esta novela en vez de otra. Pensando ahora en ello, veo que El camino, Diario de un cazador, La hoja roja o El disputado voto del señor Cayo, podrían haber sido elegidas con iguales o mejores razones que La sombra del ciprés es alargada; pero no dudé y fui directamente hacia esta última. Sospecho que la clave está en el título, ya me produjo confusión tiempo atrás por mi querencia a relacionarlo con Los cipreses creen en Dios, una novela de los años sesenta basada en la guerra y escrita por Josep María Gironella, con notable éxito de ventas y que gozó del beneplácito y la consideración del antiguo régimen. Se puede apreciar en el título que también hay cipreses…, pero bueno, la referencia es lejana, y la antigua confusión que pude tener con Gironella y sus fervientes cipreses, estaba más que superada. Independientemente de posibles equívocos con otras obras, creo que el árbol de los cementerios intervino en mí decisión por su simple presencia, estaba ahí, me sedujo y lo elegí. Pero no lo hice por su relación con los camposantos, que a mí me importa bien poco, sino por la significación del ciprés que, a mí modo de ver, es un símbolo perfecto de verticalidad afilada; pocos árboles son tan representativos de esa geometría aplomada; se me ocurren dos casos en los que se pudieran igualar sus formas; uno de ellos, los pinos de Valsaín en la vertiente segoviana del puerto de Navacerrada, con troncos de bellos tonos anaranjados y rectitud arquitectónica; otro, el de los bosques californianos de secuoyas, árboles rectos como columnas de un gigantesco templo vegetal; pero, en ambos casos, la rectitud intachable viene acompañada de la condición de bosque, que hace que se perciban más como una masa que, aun dominada por lo vertical es extensa, lo que refuerza la anchura en detrimento de la verticalidad. En cambio, el ciprés, de dimensiones más modestas, rara vez se planta formando bosque, si acaso hileras, como ocurre en la Toscana y en algunos paisajes mediterráneos en los que así se busca mitigar los vientos dominantes. En general, diría que el ciprés puebla nuestros cementerios, nuestros campos y nuestros jardines de una manera un tanto anárquica y diseminada, como si se resistiera a ser tratado por el hombre de una manera demasiado cerebral y controlada, por ello tiene toda mi simpatía y mi reconocimiento a su estética airosa, perfecta para un paisajismo de buscada apariencia natural. Desconozco los criterios que suelen intervenir en la decisión de las personas que eligen el siguiente libro a leer, pero los que a mí me afectan están, como se ve, poco sujetos a normas racionales, y mucho, a ideas arbitrarias más basadas en lo subliminal, que en otra cosa. Así que pido disculpas por tan peregrinas reflexiones y empiezo a leer; y al hacerlo me encuentro con que la novela tiene un formato muy característico, que encaja bien con lo que yo habría imaginado de haberme visto previamente obligado a vaticinar su forma. Es una historia con protagonista niño y huérfano, situada en la ciudad pequeña, gélida, austera, y entrañable por sus recuerdos del pasado, que es Ávila, en la que Pedro comienza su andadura en casa de don Mateo Lesmes y su señora, que dan residencia y formación académica a algunos alumnos de circunstancias parecidas a las de nuestro protagonista. Allí, a sus doce años, Pedro se deja llevar por la magia del escenario castellano y vive una infancia en la que se combina el libre esparcimiento en las calles y en las afueras de la ciudad, con la dedicación y el esfuerzo académico. Sus experiencias y reflexiones de ese momento crucial, le hacen tomar consciencia de su posición en el mundo y sentir que va a dar inicio al primer capítulo del libro de su vida. En esas, Delibes se mueve como pez en el agua; su prosa brilla y da de sí todo lo que su enorme capacidad para transmitir intimismo permite, algo consustancial y casi obligado en este tipo de historias. No es que sea la bomba H, pero me gusta este arranque con el ambiente de posguerra que tan bien se presta a facilitar al lector su entrada, o mejor su inmersión, en aquel mundo doméstico, modesto, un poco misantrópico, familiar e intimista, con mucho de decadente y asfixiante, con la retórica atrozmente conservadora del momento y que es el producto inevitable de los años cuarenta y cincuenta, época en la que todo aquello tenía su razón de ser y era perfectamente explicable por más que lecturas descontextualizadas posteriores, puedan hoy contemplarlo como un mundo de personajes extraños, casi de extraterrestres. Para entendernos; leer el comienzo de La sombra del ciprés es alargada, es como leer a Carmen Laforet, a Carmen Martín Gaite, a Mercé Rodoreda, a Ignacio Aldecoa, a Ana María Matute, o al mismo Delibes en alguno de sus otros libros. Así que hasta aquí, yo, feliz, porque me gustan estas cosas; pero de repente, me vino a la cabeza el recuerdo de un detalle; qué raro es, pensé, que el ínclito lector que honra a este entrañable club batiendo todos los records de lectura posibles, le haya atribuido un modesto 5 a esta novela a pesar de su estimulante comienzo y de ir en compañía de un nombre tan ilustre como el de Delibes. Y la explicación a esa contradicción no tardó en llegar. Porque con apenas un tercio del libro transcurrido, los acontecimientos viran, y lo que parecía que iba a ser una historia con niño que crece y que se va encontrando con la vida poco a poco, de repente, da un giro copernicano y la trama salta en apenas diez páginas del niño de trece años, al joven de diecisiete, que se va a estudiar la carrera de marino mercante a Barcelona. Consecuentemente, Ávila desaparece del panorama, y lo que era una novela de confortable trama provinciana (para mí al menos era cómoda), se transforma en algo parecido a Las inquietudes de Shanti Andía (nada menos), o sea, la historia de un huérfano que se hace marino que y se va a correr aventuras en las que, viajando por ahí, le pasa de todo. La diferencia fundamental, es que lo que Baroja pretendió con Las inquietudes… fue crear una genuina novela de aventuras, cosa que consiguió, mientras que Delibes, lo que pergeñó en La sombra del ciprés es alargada, es una especie de novela de tesis, en la que el protagonista reflexiona obsesivamente sobre temas, entre filosóficos y vitales, analizando machaconamente (se pone un poco pesado) la razón de ser de su propia existencia y la vinculación con su prójimo. Pérfida vida esta, nos dice Delibes, cuanto más felices somos con lo que amamos, más sufrimos al perderlo, cosa que invariablemente sucede antes o después. Inferencia obligada: “la teoría del desasimiento”; es mejor no tener nada y conformarse, que tener mucho y tener que lamentar su pérdida; es como aquel dicho que afirma que al rico le da más pena morirse que a los demás mortales, porque él es el que más va a perder con la muerte; o sea, mejor ser pobre. Yo no sé si estas cosas habrían podido enfocarse de otro modo en otras épocas, pero tengo claro que en aquellos años de posguerra tan influidos por la moral conservadora, un hombre como Miguel Delibes, adusto y proclive a la melancolía e imbuido de una animosa convicción en el asunto, creó una novela anacrónica y trasnochada; quizá veinte años después, él mismo, con este mismo tema, más experiencia y otra coyuntura social, podría haber creado una novela mucho más equilibrada, no lo sé. Lo que sí sé es que estas opiniones se emiten hoy, pasados sesenta y ocho años desde su creación y, a sabiendas de que tuvo éxito entre sus coetáneos y de que fue reconocida con el premio Nadal. Una explicación razonable a esta contradicción, podría ser considerar La sombra del ciprés es alargada, como un producto característico de su época que después, al cabo de los años, fuera de la atmósfera de posguerra y castigada por el imparable cambio de costumbres, se resiente inevitablemente. Volviendo a la historia, vemos cómo la peripecia viajera de nuestro protagonista, ya un señor hecho y derecho, sufre y se ve forzada y poco creíble por la necesidad de que los acontecimientos se ajusten a la tesis y es entonces cuando el conjunto se tambalea, y el lector se distancia de una trama que, en ese último tercio, finiquita con frialdad y desafección; y eso que los sucesos de última hora están, obviamente, escritos por el autor con la clara intención de zarandear los sentimientos del lector con un final tremebundo; pero mí espíritu, al menos, no se zarandeó casi nada porque lo veía venir; y así terminé la novela, sin pena ni gloria, nunca mejor dicho. En resumidas cuentas, el libro va de más a menos; empieza brillante en su primer tercio, transita en el segundo en progresiva cuesta abajo, y termina, en el último tercio, como el que baja por un tobogán. Me gustaría añadir, después de hablar tanto de la significación del ciprés, que su presencia en el título cumple una misión que no es baladí, quizá por pertenecer a la fase brillante de la novela, en la que el protagonista niño empieza a moverse por una trayectoria intensa y todavía plagada de contenido, en la que Ávila es el escenario principal. Y es ahí, en las afueras de la ciudad amurallada, donde el autor pone en boca de Pedro y de su amigo, unas inspiradas, simbólicas y poéticas consideraciones, sobre la relación entre la vida, la muerte, las sepulturas, la personalidad de la gente y las formas de los árboles; son reflexiones en perfecta coherencia con el hecho de provenir de niños de doce años, pero, a la vez, están repletas de inteligencia, ingenio y lirismo, y además, le da un significado preciso a la frase que da título al libro. La conclusión que saco después de leer esta novela es que las obras propias de su tiempo, y hablo en general de cualquier tiempo, las más genuinas, las que mejor representan a la gente, y las que mejor reflejan la forma de expresarse de la gente, son las que ofrecen mejores resultados desde el punto de vista de la creación literaria. Mientras que, otras, quizá más ambiciosas, que se distancian de lo natural y lo auténtico y tratan de establecer complicados análisis, sean coyunturales, o sean intemporales, no es fácil que lleguen a ofrecer un resultado coherente por la dificultad de engarzar el mensaje en una trama sólida y equilibrada, resultando frías, artificiales y sujetas a que sea el tiempo, precisamente, el que las haga caer en la obsolescencia. Es el caso de esta novela; tomada en su conjunto, no la puedo valorar bien; sí que puedo, como ya he puntualizado, hablar bien de su primer tercio, en el que se nos cuenta un retazo de la vida de su protagonista, sincero, bien hilvanado y enraizado en aquella sociedad. El resto, en cambio, peca de unas pretensiones que conducen a otro tipo de novela que a mí no me gusta y que además, en este caso, me parece deficientemente estructurada. Pero lo que es innegable, es que las cualidades de la prosa de Delibes, en esta su primera novela, están ahí, a pesar de que la experiencia que aporta el paso del tiempo le hiciera evolucionar a mejor posteriormente.

9 comentarios, puntuación: 4.83 con 6 votos
Escrita 23 de Junio de 2015
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ANCHA ES AMERICA en EN EL CAMINO
Hace mucho que no tardaba tanto en terminar un libro, casi un mes, y con dos agravantes; uno, el de haberme saltado las páginas que he querido, cuando me ha apetecido, y otro, el hecho de que sólo tiene cuatrocientas páginas, que es una extensión muy normal y, por tanto, no justifica la tardanza. También añadiré en mi descargo que, mientras lo leí, mi situación personal pasó por un momento especialmente complicado que también hubiera afectado a la lectura de cualquier otro libro que hubiera podido tener entre manos. Ahora bien, si no me ha gustado, ¿para qué lo reseño? ¿Para ponerlo a parir, saltándome así mí código habitual? No, para eso no, la novela no me ha entusiasmado y no lo niego; pero también es verdad que en su lectura he encontrado aspectos reseñables, algunos incluso, muy interesantes, y siendo así, me apetece explicarlo pese a la dificultad que comportan los muchos matices de la cuestión. La novela, en lo relativo a su planteamiento, carece totalmente de profundidad y de argumento, seguro que hay otros aspectos que puedan añadirle trascendencia, pero no su planteamiento, su arquitectura es básica y se resume con facilidad en pocas palabras: es un libro de viajes. Apenas empezamos a conocer a los personajes, estos ya se están poniendo en marcha en su afán por cambiar de escenario, abandonando el frío del este, en busca de los cálidos valles de California, con el ímpetu propio de quien busca el arca perdida, o el tiempo perdido, o cualquier otra cosa perdida. ¿Y qué es lo que han perdido Dean Moriarty y Sal Paradise para tener tanta prisa? Algo, sin duda, pero no algo tangible, sino algo espiritual, como una actitud, o un talante, y una de las misiones de la lectura es descubrirlo. A partir de ahí, se avanza en sus páginas, a la vez que se avanza en los grados de meridiano, y el lector va descubriendo que el libro se compone de una sucesión de incidentes, peripecias, lances de pequeña o no tan pequeña monta, que van acompañando al paso de su vehículo por los paisajes de América, como dicen con terca convicción, sucediéndose llanuras y montañas hasta la llegada a alguna parada de enjundia, como Chicago, Nueva Orleans, o sobre todo Denver, donde se permiten parar durante días. Así, hasta que retoman el viaje, que vuelve a lo mismo, para llegar a su final que suele ser Frisco (San Francisco), o LA (Los Ángeles). Allí la parada es más larga y buscan centrarse durante una temporada, pero como eso es más que difícil por su peculiar carácter de culos de mal asiento, al final acaban liándose la manta a la cabeza y volviendo otra vez a la carretera. ¿En qué consisten las actividades que practican durante sus paradas, sean cortas o largas? Pues hay un poco de todo, tienen una curiosidad innata que les hace ser un poco fisgones y observadores, pero en lo que más se fijan, con diferencia, es en las mujeres, que, en general, se les dan bien y colaboran sin demasiadas pegas, en practicar sexo, que es su entretenimiento favorito y como tal lo practican hasta aburrir, sobre todo Dean Moriarty, aunque también hay que decir que éste viaja, en ocasiones, con su mujer, si bien luego se la pasa a su compañero para juntarse él con otras y, como se ve, ni a ellos, ni a ellas, les asusta tampoco la promiscuidad. Aparte del sexo, otro motivo frecuente de inspiración es la música, me estoy refiriendo, claro, a la que por aquel entonces funcionaba, que era, fundamentalmente, jazz, blues, música country, ritmos latinos, etc…, o una fusión de todas ellas, es decir, todo lo que entonces, entre 1947 y 1950, ocupaba el lugar que todavía no había ocupado el rock and roll. Esa afición musical les lleva a tener un contacto frecuente con negros (lo que les incluía directamente en cierta marginalidad) en Chicago, en Nueva Orleans, y en otros sitios; con ellos se enrollan con toda facilidad y con ellos disfrutan como enanos con la música. Otra de las cosas que hay que reseñar, es que tienen una dificultad permanente para disponer de dinero, de manera que se dedican a buscarlo de múltiples maneras de lo más extrañas e imaginativas, sin desdeñar trabajos ocasionales, sablazos, robos, u otras prácticas ilegales. Casi no hay que decirlo, porque esta historia es paradigmática en ello: la bebida y las drogas están a la orden del día, y uno se pregunta con auténtica curiosidad como sus organismos pueden aguantar las cantidades que se meten de alcohol y tabaco, así como marijuana, tila, o hierba, que de todas esas formas le llaman. Todo esto, es lo que hacen en sus descansos, por llamarles de alguna manera. Hacen muchas más cosas pero yo lo dejo aquí porque, a mí particularmente, me interesa mucho más lo que hacen en los trayectos propiamente dichos. En primer lugar hay que decir que pisan el acelerador como poseídos, sobre todo Moriarty, que tiene una obsesión suicida por devorar millas sin prácticamente descansar; también, que admiran y valoran los paisajes por los que circulan, ya sean urbanos, como pueblos y ciudades, u obras de la naturaleza, poniéndolos en su adecuado contexto cultural o paisajístico. El relato de este tipo de actividades se lee con absoluta facilidad, se hace ameno y hasta instructivo, por un lado, por utilizar una prosa de extrema simplicidad, y por otro, por contar los hitos del camino como lo haría un auténtico libro de viajes. Después de explicar todo esto, quizá se podría empezar a entender mejor por qué me costó tanto leer el libro, las historias personales de los protagonistas y de sus acompañantes, resultan banales y repetitivas; su sucesión termina por aburrir al no encontrar, ni un hilo que enlace unas con otras, ni un trasfondo que las haga trascender. La tentación constante es pensar: ¿Qué saco yo con seguir leyendo las tribulaciones personales de estos chicos?, y entran ganas de cerrar el libro y de no volverlo a abrir y en alguno de esos casos me salté páginas enteras, pero, lo cierto es que vuelves a abrir el libro, y es entonces cuando te das cuenta de que te reintegras a la lectura con tan absoluta facilidad que recuperas ipso facto las ganas de seguir con ella. Conclusión: gusta el proceso de su lectura, pero carece del gancho necesario que anime a retomarlo, por lo que igual pasan dos o tres días sin deseos de volverlo a coger; y claro, así poco a poco, se alarga el tiempo, invirtiendo al final cuatro semanas, es decir, cien páginas por semana, o sea, ¡una desesperación! Hasta aquí he explicado mí manera de leer la novela, pero no he dicho aún que los interesantes motivos que me llevaron a escribir sobre ella, fueron los especiales caracteres de sus dos protagonistas, y principalmente de Dean Moriarty. Es evidente que no es un personaje investido de valores edificantes, más bien al revés, es un individuo egoísta, que conduce automóviles sin respetar la vida de los demás, que tampoco respeta a las mujeres, que no se para ante nada que le atraiga, que es un descarado y un irresponsable con los demás y con su propio cuerpo, al que no deja de suministrar productos que minan su salud…; es decir, que es un auténtico transgresor de todo tipo de normas o códigos establecidos. Recuerdo que hablando de “La conjura de los necios”, trataba yo, de explicar por qué me cayó mal Ignatius Reilly, y negaba que fuera por su personalidad transgresora y tenía yo claro que, pese a no ser capaz de identificar la causa, esa no era la razón por la que me desagradaba. De haber sido así, un tipo tan rebelde como Dean Moriarty también me habría caído mal y no es el caso, al contrario, creo que su presencia es el mayor atractivo de la novela, es uno de esos personajes de fuerza arrebatadora que a veces llenan por si solos las páginas de cualquier libro. Es verdad que el personaje es real y que Kerouac se limitó a dar forma literaria a su amigo Neal Cassady. El propio protagonista cuenta la historia de ambos con ciertos toques de sensatez, con los que en muchos momentos critica la locura y la irresponsabilidad de su compañero que no para de hacer disparates, en un relato en el que su voz de narrador no es suficiente para tapar el protagonismo brutal que supone la figura de Moriarty que se erige en el principal protagonista de “En el camino” muy por encima del propio narrador. Todo lo que se ha dicho hasta aquí, su desprecio por la vida conduciendo, su consumo de sustancias, o de sexo sin freno, su despreocupación por saber que ocurrirá mañana estando sin blanca; son cosas que reflejan la parte más evidente de la personalidad de Dean Moriarty, la que está más expuesta al lector, la más obvia…, pero hay que saber que no es la única, su personalidad es poliédrica y habría que darle al futuro lector las pistas necesarias para entender que hay aspectos en los que este tipo llega a ser atractivo. Esa faceta agraciada de su personalidad se percibe a través de su talante y de la actitud ciertamente cándida con que afronta sus excesos, sin malicia, sin picardía, no es un tipo retorcido, simplemente tiene una visión del mundo condicionada por una búsqueda directa de lo que desea, sin sopesar unos inconvenientes que desprecia; es algo así como un abandono a un hedonismo en el que él confía en encontrar la felicidad, ¿a qué lector en el fondo de su alma no le da envidia un tipo que es capaz de vivir con esa despreocupación?, la mayoría seguro que no lo haríamos, pero hay que reconocer que produce cierta envidia y/o admiración. En todo caso esta actitud del personaje es mucho menos negativa que la anterior, sobre todo, cuando con ella afloran aspectos sensibles o entrañables que lo humanizan y lo convierten en algo así como un sentimental recalcitrante aunque alocado. En la última parte de la novela se cuenta su viaje por carretera a Ciudad de México, siendo este quizá el viaje más sorprendente de todos y el que mejor refleja esa sensibilidad, habitualmente dormida, del personaje. En otros pasajes de la totalidad de la novela, aparecen también páginas en las que el narrador y su compañero se dejan llevar por arranques de su propia filosofía vital en los que, con un tono medio poético, medio místico, exponen su particular visión de las cosas. Pero ya en México, explotan con un asombro brutal ante la realidad de ese otro mundo, tan diferente al anglosajón, ante el que reaccionan con absoluta veneración. Se da el detalle curioso de que el narrador no sale de su asombro cuando ve que Moriarty conduce su vehículo ¡a diez por hora!, y todo para no perderse ni un ápice de lo que ve; o también, cómo se sienten ambos abrumados por la sensibilidad, o por las costumbres impregnadas de sabiduría antigua de los mexicanos, mundo arcaico de herencia mitad indígena, mitad mediterránea, ante la que ellos quedan deslumbrados con una fascinación muy distinta a la que hubieran adoptado el 90% de los gringos que hubieran pasado por allí. Hasta la policía es amable en este país, dicen mientras le dan el óbolo pactado a los despreocupados guardias que vigilan el prostíbulo en el que pasan la tarde. Tanto me ha impresionado el personaje de Moriarty que me quedé un buen rato barajando los posibles actores que habrían dado bien en el papel. El que participó en la película de 2012 no sé si encajaba o no porque no lo conozco. Parece que Kerouac pensó en Brando y Cópola en Brad Pitt aunque ni uno ni otro lo lograron. Pero creo que Brando excedía en dureza y Brad Pitt en chulería y a mí no se me ocurrió ningún otro. A pesar de la época de los viajes, la novela se publicó en 1957 y ya sabemos lo que significó como influencia en toda una generación, no sólo desde el punto de vista literario sino también en la estética, en la música, y en definitiva en una forma diferente de vivir, en un cambio de costumbres que la sociedad, pasando los años, acabó por absorber y por mimetizar hasta casi confundirse con ella. Podría resumir bien la sensación que me ha causado esta novela con la siguiente frase: "Nunca, me gustó tanto un libro que me estuviera interesando tan poco".

16 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 18 de Mayo de 2015
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ALDECOA Y LA POSGUERRA en CUENTOS
Seguro que a cualquier español le habrán dicho alguna vez aquello de “tienes más cuento que Calleja” (Saturnino), pero de la guerra para acá, el mejor escritor español de cuentos es, por lo visto, Ignacio Aldecoa. Así que armado con esa fe, que me ha sido previamente revelada, me dispongo a leer los cuentos suyos que incluye esta recopilación de Cátedra. Vaya por delante que, no siendo aficionado a relatos de menos de cuarenta o cincuenta páginas, dudo que su lectura me llegue a producir ningún éxtasis y, en ese sentido, he de dar la razón a los que han dicho, empezando por el mismo Aldecoa, que el relato corto constituye un género en sí mismo, no como pasarela de acceso al estrato superior de la novela, sino con entidad propia, con mecanismos de creación y de interpretación independientes, y con tanta categoría como los demás géneros literarios. Por ello, en razón de sus coordenadas específicas y de complicado acceso para mí, tengo que suponer a priori la improbabilidad de que pueda aportar lo que el género exige, que es mucho, y me llevará seguramente a disfrutar sólo parcial y limitadamente. La primera observación que anoto es que casi todos los cuentos son muy cortos, incluso de menos de diez páginas, lo que, inevitablemente tiene consecuencias directas en su contenido: son pura anécdota (por breves, no por insignificantes), son apenas, retazos de realidad, decía yo para expresar lo mismo refiriéndome a “Dublineses”, son instantáneas extraídas de la vida, que apenas duran unos minutos, pero, ¿qué son unos minutos en la vida si, además, suele tratarse de los más cotidianos? Pues apenas nada, ese tiempo es sólo un destello, sus cuentos tienen poco contenido, son poco densos; pero por más que representen tramos cortos de vida, hay que convenir en que, para cada personaje, las circunstancias vividas en esos destellos podrían tener importancia, de hecho, con seguridad, la tienen. Así pues, su pequeña extensión y el efecto subsiguiente, su ligerísima trama, tiene como consecuencia un relato en el que pueden ocurrir dos cosas; una, que el meollo de la pequeña historia de tan obvio no pueda escapar a la captación del lector; otra, que esté solapado, que, camuflado bajo su aparente sencillez, sea difícil dar con él. Según mi experiencia, en la mayoría de casos no descubro tal meollo, (si es que existe), lo que me hace percibir el relato como un texto extremadamente simple que así, en un pronto, ni catalogo como bueno, ni como malo. Entonces, ¿qué se puede deducir del contenido del párrafo anterior? Mi conclusión es que, el impacto que ejercen estas historias, viene impuesto por la sintonía que tenga el lector con las circunstancias propias del cuento; si traspasa el umbral que permite entrar a contemplar la historia desde dentro, no desde fuera, el panorama cambia. Pongo dos ejemplos: El primero trata de un grupo de trabajadores del campo pillados en el paréntesis que hacen en los momentos más duros de su trabajo, aprieta un calor inclemente, se adivina el frescor del agua del botijo, se lo pasan entre comentarios rutinarios, surge una leve conversación entre unos y otros, y… y ya ha terminado. ¿Sintonía de este lector?, poca. En el segundo ejemplo, un matrimonio se sienta a la mesa en la periódica comida de los domingos, con sus hijas y con sus maridos; conversan, ellos de negocios, ellas sobre chismes, después llega el hijo soltero y la conversación se desplaza hacia una incómoda incursión en las convenciones sociales, se acaba la comida y la conversación, y se van al futbol. ¿Mi sintonía?, mucha, me interesó y, por tanto, me gustó. Esta recepción radicalmente diferente de ambos relatos, ¿tiene sentido? En ninguno de los dos la ínfima trama da cambios bruscos, la situación de los personajes permanece inmutable en su escasa duración, los diálogos expresan estados de ánimo, o la manera de pensar de los personajes, pero, en ambos relatos por igual, ¿por qué entonces uno sí y otro no? Se me ocurre pensar que soy un lector demasiado ajeno al mundo rural, que no siento con la debida intensidad el pequeño drama, o la pequeña comedia, que están representando esos campesinos en su escenario natural, que es la tierra, es algo externo a mí mundo y, aunque lo intente, no consigo sentir la impronta que conlleva; en tanto que yo, ese mismo lector, que he vivido siempre en familia, en mi ciudad, con unos hábitos parecidos y con unos vecinos o amigos que también llevan una vida similar, percibo la sobremesa dominical de estos vitorianos (supongo que habla de sus conciudadanos), como algo que capto desde dentro y que, desde ahí, me afecta y lo reconozco como propio y casi casi diría que lo vivo como supuestamente lo viven los personajes y como probablemente lo vivió, el propio Ignacio Aldecoa, el día que lo escribió. Hay otra cuestión que me interesa traer a colación, porque viene muy al hilo del razonamiento del párrafo anterior; se dice a menudo con referencia a estos cuentos o a cualquier colección de cuentos o relatos en general: “… son irregulares, los hay muy buenos, pero también menos buenos, los altibajos son inevitables, el autor no puede mantener siempre el mismo nivel de excelencia …” Para poder enunciar con cierta base la manida frase anterior, habría que establecer la valía de cada cuento, ser capaz de ponerles nota, de catalogarlos como buenos, o como menos buenos; ¿acaso hay algún patrón, alguna vara de medir, alguna referencia válida a la que arrimar estos cuentos para poder, en la comparación, dilucidar si son buenos o no? Yo no creo que el manejo del lenguaje establezca diferencias entre unos y otros, porque todos están bien escritos y en cuanto a su argumento, es tan leve que malamente serviría para anteponer unos a otros. ¿Qué queda entonces para poder evaluar la categoría del cuento; habrá tal vez algún criterio oculto, o de difícil concreción, que a mí —inexperto consumidor de relatos cortos—, se me haya escapado? No lo creo y si he de guiarme por mis sensaciones para valorar, sólo me queda el asunto que tratan, el ambiente en que se ubican y el talante de sus personajes. Así que vuelvo tercamente a lo que ya dije; si empatizamos con todo eso, el cuento nos agradará y nos parecerá muy bueno, si no, la lejanía afectiva nos lo hará aparecer como flojo. Quiero decir que, objetivamente, los cuentos de Aldecoa son todos buenos, están bien escritos y su estructura es tan sencilla que no pueden ser malos. Ahora bien, podrán entretener, emocionar, sorprender, hacer meditar… o también podrán pasar de largo sin producir casi ningún efecto, todo ello en función de los gustos particulares de cada cual y de su facilidad para sintonizar con las situaciones. Al menos, así me están afectando a mí; los ejemplos contrapuestos del mundo rural y de la burguesía, son extensibles a los otros temas que aparecen aquí y que fluctúan entre el interés y la desafección. Pero hay una última cuestión, que también puede influir en la reacción que produce el cuento: la tristeza que caracteriza el ánimo mayoritario de la franja de población que suele protagonizar sus cuentos; una tristeza desesperanzada, cuando se trata de pobres y oprimidos y si son burgueses, la tristeza preñada de amargura de los vencedores que —en lo más profundo de su ser—, sienten que no son ganadores del todo. Ese ánimo decaído de las capas populares y parte de la burguesía, influye en sectores muy sensibles de la sociedad —caso de los movimientos literarios—, que adoptan una actitud crítica, al menos, en la medida en que les era permitido. Estos relatos, por su datación, están dentro de los movimientos literarios de los años cuarenta y cincuenta; en plena depresión anímica, Aldecoa muestra su malestar al régimen y lo demuestra con su inclinación a acentuar los padecimientos sufridos por seres desvalidos y vulnerables, o en caso contrario, por mostrar la mediocridad de una burguesía deleznable, que detestaba. Aun así, lo triste no ha de producir necesariamente mala impresión, literariamente hablando, incluso podría producirla buena; empero, es verdad que leer repetidas historias cortas hace que la tristeza desanime más, por reiterativa, que si se tratase de novelas largas en las que, una vez dentro del libro, se acomoda uno pronto a la situación. He escrito esta reseña según leía los cuentos, pero no de un tirón sino espaciadamente, teniendo así la oportunidad de ir corroborando poco a poco lo ya dicho, y efectivamente me reafirmo en ello, como lo prueba el hecho de que el cuento que más me ha gustado, incide aún más que los otros en temas para los que estoy especialmente predispuesto. “Young Sánchez”, que se sitúa en un barrio de Madrid —no dice cuál pero da lo mismo—, contiene un retrato magnifico de Paco, de su mundo y de las personas que lo habitan. Paco, es un chaval que intenta salir de su incierto destino particular triunfando en el boxeo. Paco vive, con una madre esclava del trabajo, su padre enfermo y una hermana poco agraciada, en la modestísima vivienda familiar; cuando sale charla con todos, con los amigos en la calle o en la barra del bar, también con los vecinos, con los antiguos compañeros de colegio, con los vendedores de las tiendas o del mercado, con el quiosquero que le vende el Marca, con una plausible novia que es dependienta, con su manager y entrenador, con otros compañeros en el gimnasio, o con los jugadores de mus del bar que le adulan en sus ilusiones boxísticas. Paco tiene una inminente pelea en Valencia en la que está toda su ilusión y en la que está su única posibilidad de escapar de su destino, porque sabe que el mundo del boxeo es el último asidero al que agarrarse para salir de la mediocridad; bueno pues, pese a todo, Paco tiembla, la ansiedad le puede. Todas estas cosas me llevaron, como urbanita innato que soy, a visualizar en la memoria el recuerdo de aquel lejano universo del barrio que conocí y que se parecía mucho a éste de “Young Sánchez”. Los personajes de este cuento se expresan con un lenguaje muy específico, muy propio del ámbito urbano que lo acoge, lo que me viene al pelo para terminar la reseña hablando de los diálogos que utiliza y de la precisión con que refleja el habla, o la jerga propia de cada ambiente. Me agrada menos cuando trata del mundo rural y no sólo porque me sea menos afín, sino también porque creo que se excede con su empeño de adoptar, en las dos o tres páginas iniciales, unas maneras preciosistas, con demasiados cultismos, utilizando palabras inhabituales (rescoldo de su vocación poética) que exigen tirar de nota a pie de página, en una especie de introducción poética que, pasado ese comienzo, deja, para volver y centrarse en la pequeña trama del cuento, otra vez con los diálogos sobrios, elocuentes, costumbristas, amanerados, o como sea que hablen los personajes de cada grupo social, o geográfico en que se ubiquen sus personajes. Me agrada más, sin embargo, cuando los escenarios campesinos dan paso a los urbanos, en “Young Sánchez” volví a oír, tras muchísimos años, formas de expresión populares sacadas de mi infancia, vocablos que entonces hacían furor, tics chulescos, giros verbales constantemente en boca de la gente de los cincuenta, en calles de entrañable carácter, en el omnipresente metro, en unos bares que eran el sustitutivo de la sala de estar, en unos billares que ocupaban el tiempo sobrante, en el mercado por el que nuestra madre nos arrastraba de la mano, por no hablar del querido u odiado colegio, según cada cual… formas de expresión, en definitiva, que con asombrosa facilidad me retrotrajeron en el tiempo al mundo de los barrios populares de Madrid en los cincuenta, mundo que me es fácil visualizar ahora con estética de película en blanco y negro, del coetáneo cine neorrealista italiano, tan querido por Aldecoa, aun siendo consciente de que es un mundo que, es seguro ya que no existe, o, al menos, no, tal como era en los cincuenta.

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Escrita 16 de Marzo de 2015
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EL SUR DE FAULKNER en LUZ DE AGOSTO
“El ruido y la furia”, “Absalón, Absalón”, “Mientras agonizo” y “Luz de agosto”; cuatro novelas de Faulkner leídas, esta última algo más accesible que las anteriores (sólo relativamente); las leí con una incómoda sensación de desasosiego y desorientación y me hicieron sentirme perdido; ¿qué es esto? pensé, ¿por qué estos personajes extraños?, ¿por qué estas actitudes, aparentemente, extemporáneas?, al terminar no entendí nada de todo aquello y mi balance fue negativo; porque claro, leo para entender, no para acabar hecho un lio y me resultaba incomprensible que tantos lectores quedasen como traspuestos, como si les hubiese bajado a ver el Espíritu Santo mientras leían y eso que algunos reconocían también encontrar dificultad. Así que me propuse tratar de descubrir las ocultas razones por las que sus novelas provocan reacciones tan viscerales y tan místicas. La obra de Faulkner se puede analizar fijando los mecanismos y las pautas que suele seguir con una mirada fría y detallada de su lectura. Visto así diría que en su manera de contar hay mecanismos que se repiten novela tras novela, como por ejemplo su gusto por una literatura de exposición críptica, que obliga al lector a utilizar métodos deductivos para comprender. Cuando empieza un capítulo, no se dice de quien va a tratar, bien podría no ser el que terminaba el capítulo anterior y eso se ha de descubrir según se lee; tampoco dice donde se encuentra el personaje, hay que esperar a encontrar los datos que permitan suponerlo, ya que es muy fácil que no sea tampoco el mismo lugar del capítulo anterior; por último, el momento en el que sitúa la narración puede ser, no sé, quizá treinta años atrás, o quizá vuelva a repetir otra vez el mismo lapso de tiempo del capítulo anterior pero visto ahora por los ojos de un personaje diferente del que lo vivió antes; así pues, hay que descubrir todos esos datos. Sus personajes, no parten, como es habitual, de una descripción hecha desde el punto de vista de un observador exterior; aparecen, en muchos casos sin decir de donde salen, y empiezan a moverse, e inmediatamente a expresar su sentir; el narrador irá perfilando su mundo interior, con sus ideas, con pocos diálogos —sólo en momentos clave muy concretos—, con el diagnóstico de la voz en off que transcribe y analiza su comportamiento y que hace que, por ejemplo, tengamos una buena percepción de los demonios que habitan en la mente de Christmas (el personaje principal), pero sepamos poco del talante personal de ese hombre en su vida cotidiana del día a día. En fin, que sus métodos se aprecian enseguida, en cuanto se empieza a leer. Pero hay otra forma diferente de aproximarse a su obra que consiste en simplemente leer, esto es: ni observar, ni indagar, ni analizar, sólo leer, dejarse llevar por la lectura y ver cómo ésta nos afecta y eso es lo que haré a partir de ahora. Así pronto descubro que no hay desorientación, que todo se entiende a pesar de la manera particular con que el autor presenta los hechos y mejor sería decir que no los presenta, que se presentan solos, que aparecen sin mayor presentación; pero no importa porque, leyendo sin apresuramiento, uno sabe quién es quién sin dificultad, como por ejemplo ese niño de cinco años del que se habla, que sabemos que es Christmas de pequeño. La consecuencia de esa diafanidad relativa (sólo relativa), es que se lee con interés creciente, o sea, como debe ser; allí surgen los temas habituales del profundo sur de EEUU que, tratados con la dureza proverbial de Faulkner, convierten la trama en un inventario de los asuntos habituales del sur; que si la moralidad protestante, que si los problemas derivados de la prohibición, que si la pobreza producida por la gran depresión, que si un puritanismo endémico, y claro, cómo no, la cuestión racial y el terrible odio al negro, germen del Ku Klux Klan; todo mezclado y agitado, hace que las tensiones afluyan y que no haya un solo personaje relajado; todo áspero, duro y desasosegante y es verdad que leer estas cosas puede hacerse cuesta arriba, pero también lo es que la perspectiva de encontrar algo de auténtica calidad, puede ser motivo suficiente para contrarrestar la inercia, ponerse a ello y constatar que merece la pena. Así que avanzo, y empiezo a vislumbrar las claves que me abren las puertas de las novelas de Faulkner y de su entendimiento. Su texto es sintácticamente claro, sin mayor dificultad, sólo el jugueteo con las circunstancias obliga a prestar atención, pero se tiene la sensación de que será una tarea superable. Donde se pone peor, para mí, es cuando se trata de comprender por qué ocurren las cosas, qué sentido tienen algunos hechos extraños o algunas actitudes de personajes que parecen fuera de la lógica más común, sobre todo cuando además Faulkner no aclara, describe, sí, pero no dice los porqués. Igual me ocurrió en “Mientras agonizo” en la que traté en vano de explicar mi desconcierto en una reseña más que frustrante. Ahora, comparando mi situación de entonces con la actual, veo que sí, son parecidas pero con la diferencia de que es que ahora puedo explicar cómo y porqué asimilo la novela, mientras que entonces no supe. Ahora la veo como una historia que se me cuenta como se me contaría un sueño, o mejor, una pesadilla que la mente visualiza con un tono general seco, ausente, codificado…; cuando leo “Luz de agosto” me parece estar leyendo la transcripción literal de un relato narrado por una voz sumida en un estado de shock que, dada su situación, no malgastaría en ello detalles fútiles, matices, justificaciones, o razonamientos, sino sólo palabras y frases dictadas por una fuerte confusión de procedencia onírica. Haciendo un símil, es como si el lenguaje literario con el que está escrita la novela fuese la traslación a sus páginas del lenguaje cinematográfico con que Hitchcock presenta a James Stewart deambulando, como un zombi, por las calles de San Francisco en una alucinada persecución de Madeleine. Claro que “Vértigo” no guarda relación con “Luz de agosto”, pero el lenguaje visual, un poco obsesivo, que se utiliza en esta película, me recuerda mucho el aliento espiritual que inspira el texto de Faulkner. El narrador omnisciente de las novelas del siglo XIX, por ejemplo, narraba como lo haría una mente racional, acogiendo con aquiescencia lo que entra en la lógica, y con extrañeza lo que sale de ella. En un texto moderno, del siglo XX como es el de Faulkner, el narrador plantea los acontecimientos con aire de distanciamiento, abstracción y desapego, describe los hechos más extraños que ejecutan sus personajes sin pestañear, como lo haría un narrador imperturbable ante las locuras, que aceptase cualquier disparate como la cosa más normal y, simplemente, se dedicara a narrar. Esto no implica frialdad, muy al contrario, el autor es consciente de la grave significación de lo que cuenta, porque tras plantear el conflicto, desata las pasiones y carga las tintas en las actitudes arrebatadas, acentúa la parte épica de lo narrado, acumula términos dramáticos y trascendentes, o introduce pasajes en cursiva y sin comas que se integran en el tono general de ensoñación (como letanía de palabras e imágenes que circulan obsesivas por la mente del protagonista); y ahí es cuando surge también su otro rasgo característico y de gran impacto: declamar imprimiendo a su verbo un énfasis sonoro, que va de lo solemne, a lo místico, adornado con adjetivos lapidarios y orgullosos, extraídos tal vez de la arenga incendiaria de un agitador integrista, o quizá del sermón de un predicador visionario que, en su soflama, señalase al cielo mientras condenara las debilidades humanas con voz tonante y quejumbrosa. Todo eso me ha pasado por la mente leyendo la novela. Cierto, son gratuitos juegos de comparaciones que yo planteo a modo de asidero dialéctico al que me agarro para intentar explicar al que lee la recepción que da mi mente a sus novelas, cómo me llegan y las asimilo y cómo procuro interiorizarlas, labor nada sencilla, pero, por eso mismo, sugestiva y atrayente: un excitante reto. Pero puntualizo, no pretendo que esto signifique otra cosa más que simples mecanismos momentáneos de interpretación personal para consumo interno, a los que doy forma escrita por pura curiosidad, por saber si alguien entiende algo. Porque no siendo nada fácil la lectura de las novelas de Faulkner —cosa que sabe cualquiera—, es muy probable que la reseña que intente interpretarlas, tampoco sea nada fácil y más aún si su tono general participa de ese aura de relato fantástico, o ilusorio que se me habría traspasado por exudación desde cada poro de las palabras y las frases que componen el libro. He escrito algo sobre el método que sigue Faulkner en sus novelas y mucho de cómo me afecta su lectura, pero muy poco de “Luz de agosto” y trataré de solucionar eso ahora. Dije que están en ella los elementos habituales de las novelas del sur, hay además una trama que retrocede en el tiempo vinculando el presente con el pasado —muy propio de este tipo de novela— y contando desde sucesivos y diferentes puntos de vista; hay también una historia bien hilvanada, un argumento sólido, unos personajes muy carismáticos, y un nexo de unión entre todo ello que son las pasiones y las frustraciones de unas personas maltratadas por la vida, oprimidas por normas y convenciones sociales, que son letales para todo desgraciado, vagabundo, o desclasado que ande por ahí y en general para todos los que no se quieren doblegar ante una sociedad clasista, intolerante y pacata, que no admite desviaciones y que castiga sin piedad cualquier muestra de orgullo individualista. Faulkner, no se conforma con mostrarnos la presión a la que la sociedad somete al individuo, va más lejos y expone la presión subsiguiente a esa con la que el individuo se presiona a sí mismo, aquella con la que esos parias sufren el efecto de una fuerza superior que saben que no podrán dominar y que les lleva, mediante un proceso fatalista prefijado por el destino, a su propia destrucción. Las páginas en las que el autor, armado con su lenguaje introspectivo y apasionado, hurga en el universo psicológico de unos personajes, ausentes y absortos en su tormento, son de un profundo dramatismo, expresivo y sobrio a la vez, y por sí solas serían ya motivo suficiente para leer la novela. Son páginas en las que también está aquel murmullo característico de la ensoñación, la voz del narrador que llega como adormecida, que aparenta estar bajo los efectos de alguna sustancia que embotara la mente y que, a esas alturas de la novela, es una forma de expresión especialmente conveniente para acentuar la encrucijada en que hallan los personajes y, por tanto, es muy bienvenida. Algunos de ellos portan en su interior el germen que ha inoculado la presión externa y lo desarrollan, y en el desarrollo final del reverendo Higtower, uno desearía que el murmullo onírico, fuese un poco más explícito y un poco menos onírico, para entender bien su tormentosa inquietud (penúltimo capítulo). No ocurre lo mismo con el último suspiro de la novela, es entendible, pero requiere ser interpretado, igual que pasa con el conjunto de la novela: que uno ha de estar en disposición de asimilarla e interpretarla (último capítulo). El citado capítulo dedicado a Higtower enfrió un poco mi valoración que hasta ese momento era más alta. Sigue siéndolo pero menos, sin embargo se lee de un tirón, y el hecho de que en ese casi final me encontrase con lo que había temido encontrar durante el resto de la lectura, sin hallarlo, no debe empañar el gusto de haber leído con satisfacción el 95% restante: OCHO que pudo ser nueve. Sin embargo, cada cual tiene sus preferencias y las mías pasan por los métodos clásicos; es cierto, he podido disfrutar bastante con las páginas más intensas de “Luz de agosto”, pero en el fondo de mi ser, creo que, antes que los sonidos maravillosos y apasionados del leitmotiv wagneriano, escogería el sobrio y abrumador equilibrio de la música de Bach.

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Escrita 9 de Marzo de 2015
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UN ITALIANO IN PORTOGALLO en LA CABEZA PERDIDA DE DAMASCENO MONTEIRO
Esta es la primera novela que leo del italiano Antonio Tabucchi, con una valoración muy positiva que me llevará a leer otras obras suyas en el futuro. Nacido en Pisa, residió largas temporadas en Portugal y es autor de “Sostiene Pereira”, su novela más conocida. A mí modo de ver, un ligero vistazo a su sinopsis hace pensar en una novela de corto alcance porque, sus poco más de ciento ochenta páginas, su trama basada en la aparición de un cadáver, los detalles habituales vistos bajo una perspectiva periodística, y los pormenores del proceso judicial, parecen escasos argumentos para una novela de envergadura. Aunque sí que podrían ser suficientes, para una trama policiaca al estilo de Agatha Christie, o de Andrea Camilleri; es decir, entretenimiento asegurado y no mucho más más. Sin embargo, contradiciendo estas exiguas expectativas que la pequeña dimensión de la novela parece presagiar, su lectura hace sentir que se tiene entre manos algo que va más allá de lo esperable, algo dotado de calidad, de fuerza y de una originalidad, sorprendente en tan reducido formato. Esa sensación arranca al ver cómo utiliza Tabucchi su prosa, sencilla pero solvente, que no sólo expone agradablemente los hechos, sino que además le infunde al lector el convencimiento de que va a seguir haciéndolo conforme avanza el texto. Toda la historia se enfoca desde una perspectiva doble: los mundos periodístico y procesal, perfectamente representados ambos por la personalidad de los protagonistas, que son dos y que marcan, cada uno con sus matices, el desarrollo de la narración. Todo ello se empieza a apreciar desde que, al comienzo del libro, relata los avatares de Firmino, un joven de aficiones más literarias que reporteriles, que trabaja para un diario de sucesos y que se ve obligado, para ganarse la vida, a escribir sobre asesinatos y otras cosas parecidas. Firmino es enviado por su periódico a cubrir la noticia del hallazgo de un cadáver en las proximidades de Oporto. Cuando baja del tren en la ciudad del Duero, sus primeros movimientos le llevan a entrar en contacto con el abogado Fernando de Mello Sequeira, más conocido por Loton, un alias que por la similitud física nos transporta mentalmente a Charles Laughton (el abogado de “Testigo de cargo”). Cuando este orondo personaje empieza a intervenir en la trama, crece la sensación de que su prosa es de una calidad excelente, creencia que va asentándose a medida que la relación entre periodista y letrado cuaja y adquiere forma de monólogo desbordante del abogado, al que tímidamente corresponde Firmino con la modestia de sus prudentes respuestas y con la picardía del que no quiere parecer menos. La irrupción del abogado hace girar la narración hacia un texto más literario, más inteligente, más simbólico y más comprometido en la defensa de valores éticos y democráticos que, por lo que se ve, aún no estaban plenamente asentados en el Portugal de 1996. Pero mi valoración positiva del libro va mucho más allá de la exaltación de esos ideales, porque los méritos de la novela, sin ser de un calibre extraordinario (vuelvo a lo de sus exiguas dimensiones), están ahí en medida suficiente como para convencer de que, este libro y este autor, destacan sobre la media. Lo que más me ha gustado, quizá, ha sido la avenencia entre el abogado combativo y tenaz defensor de causas justas y el diligente periodista con anhelos de escritor; el discurso siempre parte del hombre avezado y se dirige al discípulo entusiasta, cómo si el abogado fuese una especie de Don Quijote que tuviera un interés supremo por transmitir los conocimientos y la visión del mundo que los años y la experiencia han dejado en él, a un Sancho ávido de absorber ese cargamento, para ver cómo asimilarla, para enriquecerse con ella y para integrarla en su propia concepción de las cosas. Su relación representa, a la manera cervantina, la oposición entre las dos formas de ver el mundo, la idealista y la pragmática. Aunque aquí el idealista sea tenaz e incansable en la defensa de sus ideales y, a su vez, el hombre práctico no le haga ascos a sumergirse en la magia de las palabras imaginativas del otro. Ese es, en resumen, el poso en que, para mí, se substancia la novela. Antonio Tabucchi refleja perfectamente en su relato esos elementos particulares que son, a veces, tan importantes para que el lector se sienta plenamente integrado en los escenarios de la trama; por ejemplo, en forma de paisajes urbanos: la ciudad de Oporto, sus calles, sus barrios, sus rincones; o las personas que los habitan, como Dona Rosa, la encantadora dueña de la pensión, como “Manolo el Gitano”, su mujer, o el director del periódico; el trato directo y entrañable con la gente, como los camareros de la pensión con quienes Firmino entabla conversación (magnifica también la escena con el barman del tren); o las costumbres, como las comidas, los típicos callos de Oporto, esos otros guisos formidables, los enormes puros que se fuma Loton, como lo hacía su homónimo inglés a escondidas de su enfermera y esposa en la vida real; son, en definitiva, cosas de un país que los españoles sentimos cercano a través de sus páginas; y además, aplicado de manera contenida, sin regodearse con un localismo fácil o excesivo en todos esos apartados de lo pintoresco, o de lo queda bajo el influjo de la saudade. Pero por encima de todo esto, que está muy bien, sobresale definitivamente con la creación de unos personajes brillantes, como este abogado de fuerza irrefrenable, obeso, hedonista, filósofo, más ladino que inteligente, entrañable, conversador, íntegro, que ha consagrado su vida y su hacienda a trabajar para los demás y que a pesar de los reveses, aún conserva suficiente fe en el ser humano; o como este periodista espabilado, despierto, inquisitivo, ávido de la sabiduría del abogado, con la ilusión de tener la vida por delante, pero a la vez, con el escepticismo propio del hombre práctico que es, que sabe que no conviene esperar demasiado de la vida. Como se puede ver, lo del asesinato es lo de menos, es una mera excusa para hablar sobre la vida y sobre las personas, que es lo que le interesa a Tabucchi y visto lo visto, a mí también.

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Escrita 28 de Enero de 2015
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FINA IRONÍA GERMANA en OPINIONES DE UN PAYASO
Lo primero que se me ocurre decir sobre “Opiniones de un payaso” es que no es una novela convencional sino una retahíla de ideas que salen de la mente de un joven de veintiocho años con una visión muy especial de todo lo que le rodea. Ya el título del libro informa exactamente de su contenido, porque, son sus “opiniones” lo que más abunda, superando en extensión a los propios hechos narrados. Éstos consisten en una sucesión de episodios vividos en tiempo pasado por su narrador y protagonista, Hans Schnier, que describe, pero sobre todo, comenta, dichos episodios en un flash-back ininterrumpido. Schnier tiene sus propias razones para, con su análisis crítico y mordaz, airear su propia historia personal, sus opiniones sobre el funcionamiento del catolicismo a orillas del Rhin (Renania), o su perspectiva sobre la nación alemana; y esto último, además, en años tan delicados para los alemanes, como lo fueron los inmediatamente posteriores a la segunda guerra mundial. Adopta un comportamiento, verdaderamente, incisivo basándose en el desencanto que siente, como ser sensible y vulnerable que es, ante el entorno duro, frío y materialista de una Alemania de pasado reciente, turbio e intencionadamente opaco. En tal tesitura, Hans Schnier contempla el mundo que le rodea, perplejo, desde una actitud vital de existencialismo ateo y al margen de los resortes que mueven a los demás seres humanos. Pero en contraste con ese agnosticismo, el autor coloca la religión católica, minoritaria en Alemania, en el epicentro de la novela, lo que es explicable por la condición de católico ferviente y muy comprometido que tenía Heinrich Böll, que además nació en la ciudad de Colonia, en Renania-Westfalia, estado que, al igual que Baviera, es mayoritariamente católico. Böll utiliza la novela como un tremendo alegato contra el catolicismo y su ataque se dirige principalmente contra elementos del clero, contra sus acólitos o contra muchos creyentes, que se comportan, según él, con actitudes hipócritas, mezquinas y adocenadas, claramente desviadas de los objetivos primigenios que están en el origen de la religión católica. Por tanto su intencionalidad es más regeneradora que destructiva, aunque resulte un tanto sorprendente la ferocidad y el tono de acritud que utiliza para ello. Hasta aquí los aspectos formales y la explicación del leitmotiv de la novela, pero, falta aún añadir las razones que aconsejan su lectura y a eso dedico el resto de la reseña. No había mencionado la profesión de payaso del protagonista, por estar su comportamiento más influido por otras circunstancias, como el hecho de ser ateo, como ser el hijo de un adinerado magnate de la minería, o por su propia situación sentimental. Su posición ante la sociedad, visceralmente enfrentado a ella, le convierte, pese a su distinguida cuna, en un ser descreído y descarado, que utiliza sus capacidades histriónicas para expresar una postura personal existencialista, aunque con escaso éxito, pero, no es el único personaje de parecidas características, hay algún otro y pronto se ve que ellos son los predilectos de su autor y que una de las razones de ser de la novela, es darles voz y defenderlos. Para cumplir con esa tarea, la elección de payaso como profesión, fue todo un acierto, por cuanto un payaso por su anonimato, por su insignificancia y por su descaro, es perfecto para representar la voz de la conciencia colectiva de un grupo. Y así sucede en esta novela, con el repaso que da Hans Schnier a los estrictos curas católicos y a los que los secundan, y aprovecha de paso la oportunidad, para enseñar también la cara de una Alemania que sale estupefacta del trance más duro que jamás pasara desde su creación, quedando reducido el vergonzoso y humillante (según ellos) tratado de Versalles de 1919, a una insignificante nimiedad. El tema, para mí, es interesantísimo y me sugiere mil cuestiones en las que fijarme, como ya me ocurrió cuando, tras leer la novela “Doktor Faustus” de Thomas Mann, escribí largo y tendido sobre todo lo relacionado con Alemania y los alemanes en el periodo comprendido entre 1871 (año de la creación del estado alemán) y el estallido de la segunda guerra mundial. Con aquella enésima versión del mito de Fausto, Mann propiciaba la posibilidad de hacer balance, entre las admirables capacidades artísticas y los avances de los alemanes en todos los campos, con esa otra faceta suya, más oscura, representada por una descarada actitud prepotente y arrogante que hace que a uno le quede cierto mosqueo para con ellos. En el caso presente, la guerra había terminado, pero la posguerra mantenía sus secuelas en estado latente y la sociedad trataba más o menos de olvidarse de tan enojoso asunto, pese a que lo recordase mucho mejor de lo que hubiera deseado por estar la guerra ahí a la vuelta de la esquina, por haber afectado prácticamente a toda la ciudadanía y por haber sido de una magnitud apocalíptica. Al igual que a Mann le correspondió el papel de vocero de las excelencias históricas alemanas desde 1871 hasta 1939, a Böll le corresponde aquí el de conciencia crítica de Alemania tras una guerra que terminó, como quien dice, anteayer. Así que, la voz de Schnier, que es la voz de Böll, está ahí presente para refrescar permanentemente el recuerdo de todas esas cosas. En todo caso, al margen ya del inevitable influjo directo de los antecedentes bélicos, el texto permite hacer un repaso detallado de los defectos, las manías, o los tics de estas personas (los alemanes), que parece que fueran de otra pasta diferente a la nuestra, pero que no se privan en absoluto de ostentar defectos tan criticables como los nuestros. Estos señores están dotados de una sensibilidad innegable (la acción transcurre en Bonn, cuna de Beethoven) y de una lógica aplastante, pero con una rigidez de aplicación práctica, fría y despiadada, que parece, como si en aquellos tiempos difíciles en los que aún no eran la locomotora de Europa, sus defectos aparentaran ser mucho más fuertes que ahora que se han enriquecido y sostienen la sartén por el mango. Al margen del tiempo y las personas, Hans Schnier permanece aislado, tras su máscara de payaso, de una sociedad a la que no comprende bien, a la que detesta y que, en “justa” reciprocidad, le devuelve su incomprensión. Leer está novela con ecuanimidad comporta esforzarse en intentar desbrozar y apartar de su mensaje lo que el tiempo ha dejado trasnochado o lo que tiene de misantrópico, y para poner en valor lo que pueda tener de auténtico o que esté por encima de las épocas cambiantes. En el bien entendido de que, a pesar de la evidente permanencia de muchos de estos defectos en los alemanes de hoy, algunos de ellos son perfectamente extrapolables a otras sociedades (como la nuestra) que se podrían haber contaminado con ellos como demostración de que, en realidad, los pueblos no son tan diferentes unos de otros. Lo que quiero señalar con todo esto, es que el tema de la personalidad germana es, para mí, el gran tema de esta novela que casi no es novela, sino una especie de memorándum de las debilidades humanas. El que lea estas líneas y conozca cómo funcionan mis resortes en la reseña de libros, estará ya pensando que aún no me he pronunciado sobre el estilo con que está escrito el libro y seguramente acertará, si supone que voy a elogiarlo, porque un libro que trata temas tan interesantes pero tan complejos, para gustar, tiene que estar escrito de una manera especialmente atractiva y fácilmente podría ser calificado de infumable si su estilo fuese áspero o, simplemente, intrincado. Así que, por más que me guste el tema alemán, lo que más me atrae de este libro es su estilo, la forma en que está escrito, y sobre todo, la impagable forma de razonar de este señor, dotada para mi gusto de una lucidez, una inteligencia y un desparpajo, que consiguen que su lectura sea entretenida, divertida, brillante y a la vez inteligente y profunda. Ciertamente, a veces parece un estilo un tanto incendiario e insolente, pero el punto ácrata que tiene creo que, incluso, forma parte inseparable de su atractivo. A veces también, resulta amargo, pero su amargura no ataca a mí sensibilidad por estar totalmente revestida de humorismo, con un sentido del humor cargado de ironía, burlón, cínico tal vez, pero que, a mí, con su agudeza y su ingenio me blinda herméticamente contra cualquier pesimismo que pueda destilar. Heinrich Böll, fue un escritor de fuerte personalidad, que tocó temas comprometidos y manejó personajes débiles o vulnerables por su situación económica, social, racial, política, religiosa o cualquier otra; y para desarrollar esa defensa, su texto, muy particular, retrotrae a cierta actitud mental, apreciada por mí en algunos autores que voy a citar a continuación. No pretendo que se extraiga ninguna conclusión de lo que voy a decir porque hablo sólo de un simple tic, de un “algo” insustancial y difícil de concretar en palabras, que pasa por mí mente raudo como un destello cuando leo a Heinrich Böll y a los otros escritores que voy a enumerar a continuación, y si no, obsérvese lo variopinto de la lista: Miguel de Cervantes, Laurence Sterne, Charles Dickens, George Eliot, Benito Pérez Galdós, Thomas Mann, Italo Svevo, Miguel de Unamuno, Robert Walser, P. G. Woodehouse, Ramón Gómez de la Serna, Enrique Jardiel Poncela, Luigi Pirandello, Wenceslao Fernández Flores, J. D. Salinger, Gonzalo Torrente Ballester, Fernando Fernán Gómez, Groucho Marx, John Updike y otros que seguro que se me olvidan. Como se ve, la disparidad de estilos y categorías de estos autores es muy amplia, no existe entre ellos ninguna vinculación, ni yo pretendo que exista, ni que influyan unos en otros, o al revés. Pero, como decía, detecto un nexo de unión imperceptible entre ellos, que yo (insisto en lo personal de esta apreciación) siento cuando los leo, y encuentro que hay algo en sus maneras de encadenar palabras e ideas, que me recuerda a los demás. Cuando leí a Heinrich Böll por primera vez, lo metí sin dudarlo en esta categoría. Ocurrió, leyendo aquella novelita llamada “El honor perdido de Katharina Blum”, en la que en lugar de tirar con bala, como hace aquí, contra las desviaciones del auténtico sentido cristiano en la Iglesia Católica, disparaba, también con bala pero explosiva, contra la irresponsabilidad del gremio periodístico. Al margen del asunto, su estilo me encantó y ahora ha vuelto a hacerlo; esa y no otra, es, en definitiva, la verdadera razón que me ha llevado a escribir esta reseña.

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Escrita 7 de Enero de 2015
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NIHILISMO, RUSIA Y OTRAS COSAS en PADRES E HIJOS
La manera de componer sus historias, lo peculiar de su escritura, o el carácter de los asuntos que trata, son rasgos que confieren personalidad propia a Iván Turguenev; y en el caso particular de esta novela, a todo eso hay que añadir un asunto novedoso que la invade: el nihilismo. Iván Turguenev era todo un caballero, porte distinguido, afición por la ropa inglesa, imponente presencia física…, le gustaba el estilo de vida europeo. Estudió en Berlín, vivió en Baden-Baden y mantuvo en París amistad y tertulia con Zola, Maupassant y Flaubert. Su perfil era el de un gentleman moderno, aristocrático, y muy alejado del prototipo del ruso chapado a la antigua. Ese atavío y la ideología subyacente, le llevaron a soportar los ataques de sus compatriotas antagónicos, los llamados eslavófilos, Tolstoi y Dostoyevski, entre ellos. “Padres e hijos” no es larga, apenas necesita 230 páginas para narrar las vacaciones estivales del joven Arkadi, en la propiedad de su padre en plena llanura rusa. Al llegar, sorprende a éste al venir acompañado de su amigo Bazárov, el cual, de paso que viaja a ver a sus padres ha aceptado pasar allí unos días. Pasan no pocos sino muchos días, hasta que al fin se deciden a continuar viaje hacia la aldea de los padres de Bazarov. Por diversas circunstancias, recalan antes en una ciudad próxima en la que conocen a Anna Odintsova, dama viuda, con la que congenian, que les invita a su propiedad campestre, a la que van y en la que conocen a su joven hermana Katia. Allí permanecen agradablemente instalados aún más días hasta que deciden reanudar el viaje… pero aquí me paro porque no me gusta excederme contando el argumento de las novelas; si en esta ocasión lo he hecho, ha sido porque tratándose de “Padres e hijos” me ha parecido procedente indicar quienes son los personajes, su situación y sus desplazamientos en un espacio físico concreto; creo que en cierta medida, se debe dar a conocer lo que se ventila en la novela, como manera de permitir al lector de la reseña, elegir entre leerla o no leerla, sin que ello suponga desvelar clave alguna; su auténtica clave sólo se desvelaría leyéndola, mientras que, muy al contrario, revelar estos detalles debería ser un excelente estímulo para propiciar su lectura. El autor maneja en su novela unos cuantos personajes que se van relacionando entre sí, en grupos de dos, o de tres. Uno de esos grupos, lo forman Arkadi y Bazarov; otro, Bazarov, el padre de su amigo, y el tío de éste; otros dos grupos más, Bazarov y Arkadi cada uno con sus respectivas damas, y por último, Bazarov con sus ancianos padres. Dentro de estos grupos, sus integrantes tienen entre si un trato en el ámbito de lo privado y con un tono muy personal; mientras que, simultáneamente, pero en otro nivel más abierto y general, todos, debaten sobre nihilismo y sobre el enfrentamiento entre las dos Rusias en un tono que, en esto, adquiere tintes de ardor y vehemencia. Este es el esquema en que está organizada la novela; se pasa continuamente de tratar asuntos privados, o personales en los “vis a vis”, a debatir sobre modernidad, o las nuevas ideas, sin que ninguno de estos escenarios prevalezca, cediendo su protagonismo a los demás en una equilibrada alternancia a lo largo de todo el libro. Aun así, se habrá observado que en todos los agrupamientos que he mencionado, Bazárov es el denominador común, lo que le convierte en el personaje central, en el verdadero protagonista. Es un hombre que, aun siendo joven, saca algunos años a su amigo Arkadi lo que unido al nihilismo con que le ha adoctrinado, determina su preeminencia social y personal sobre él; viene descrito como un hombre joven, de fuerte personalidad, rayano en la antipatía, insolente, descarado y, sobre todo, descreído; su imagen es la arquetípica del revolucionario ruso de la época del bolchevismo, es decir, alguien muy proclive a la confrontación dialéctica; sin embargo no choca con todos, porque sólo se le enfrentan los que son arrogantes como él, los demás se inhiben ante la evidencia de su excentricidad. Uno de sus antagonistas en la novela es el tío Pavel, hermano del anfitrión de la casa; aristócrata refinado, atildado, orgulloso, que ha vivido, ha viajado, y que cree firmemente en los valores de la Rusia eterna; un eslavófilo pues, muy proclive a tocar el otro tema de discusión de la novela, el de la Rusia tradicional contra la Rusia moderna, motivo frecuente de debate a lo largo de la vida del escritor. Ambos temas, el nihilismo y el acceso a la modernidad de Rusia, se plantean en un plano dialéctico y participativo, muy de tertulia de sobremesa. Pero la trama novelesca en sí, se ventila en lo personal con diálogos íntimos en los que las reflexiones del narrador adquieren la máxima intensidad, siendo de entre todas las relaciones la más importante, la que existe entre el protagonista y Anna Odintsova; ella es una dama viuda y —como él— también de fuerte carácter, que además es hermosa, inteligente, culta…, y rica; no creo que haya que explicar más para entender que salten chispas de ahí; porque Bazárov en lo material es humilde, pero, en todo lo demás es orgulloso e idealista, y su comportamiento ante ella queda condicionado por su situación y, como no, por su ideología. En el seno de esta relación están las reflexiones más intensas y los diálogos más sutiles y emotivos de la novela, en una enriquecedora fusión en la que, sentimientos y reflexiones, intervienen a partes iguales. En ese contexto se percibe inmediatamente cómo la sensibilidad del autor se filtra a través de unos diálogos que fluyen, expresando afectos, revelando contradicciones interiores, o definiendo estados de ánimo; sin exceso de sentimentalismo y sin amor melodramático o desmedido; al contrario, en sus encuentros, la serenidad y la mesura conjugan los sentimientos gozosos, con los aflictivos, y la facultad de discernir, con la discreción de sus maneras. Dejando a un lado los diálogos, que como ya he dicho, son tremendamente expresivos, el narrador omnisciente va sacando del interior de sus personajes afectos, aflicciones, emoción, ternura, sensaciones... En esa línea hipersensible, el caso de los padres de Bazárov es punto y aparte pese a ser personajes secundarios y de participación limitada en la historia. Igual que lo haría un escultor, Turguenev modela magníficamente al matrimonio de ancianos apegados a las tradiciones del pueblo ruso, dando lugar a una relación con su hijo que no por corta es menos digna de ser resaltada: los padres campesinos de ideas arraigadas y tradicionales, no entienden ni a su hijo, ni a sus ideas, y la manera en que él y ellos afrontan el encuentro, estruja el ánimo de un emocionado lector. Su prosa es sencilla y fácil, leerla no cuesta nada; con ella define el entorno físico, se apoya en los diálogos para definir a los personajes, y complementa el resto con la voz del narrador. Es una escritura clara, natural, dotada —me parece a mí— de un punto de ingenuidad que le confiere carácter propio. Leí otro libro de Turguenev, “Nido de nobles”, y me produjo una sensación similar, muy grata, aun con una historia sencilla que no da al lector la impresión de estar leyendo un libro destacado. “Padres e hijos” sí me impresionó; su tamaño moderado y cierta cotidianeidad de los hechos narrados, pueden hacer pensar que la obra no es de la importancia o los quilates, que normalmente atribuimos a “Anna Karenina”, o “Los hermanos Karamazov”. Pero aunque “Padres e hijos” pueda quedarse atrás con relación a esas afamadas novelas por unas aspiraciones generales más limitadas, recupera buena parte de esa desventaja, mediante el atractivo de una lectura pulcra, inteligente y sutil, que a mí particularmente, me lleva a preferirlo a Dostoyevski, y a equipararlo a Tolstoi. Con ello no estoy haciendo una valoración de Turgueniev que lo sitúe por encima de ellos; no, lo que estoy diciendo es que a mí, como lector, de manera particular e intransferible, me agrada más leerlo que a Dostoyevski y quizá también (si hablamos concretamente de diversión) más que a Tolstoi, pero con ello no pretendo decir que sea superior, porque sus novelas son más sencillas y su estilo —me consta—, puede parecer más frío, sin que su escritura, quizá, llegue a otros como me ha llegado a mí. Su descripción del paisaje ruso está ajustada a la vastedad de sus espacios, a la sobriedad de su vegetación, y a la intensa luminosidad de sus cielos en el verano en el que transcurre la acción. A mí me ha recordado la meseta castellana de cielos azules, herbazales a pie de tapias, choperas en los sotos, y polvo y piedras en los caminos, de la misma manera que la acción en esos espacios abiertos, me ha transportado todo el tiempo a “Almas muertas”, la inconclusa novela de Gogol. Su escritura no tiene el acusado cariz humorístico que éste tenía, pero, sustituirlo por el toque irónico y elegante de la escritura de Turguenev, constituye un trueque con el que yo, a título personal, salgo ganando. PD. Otras lecturas de la obra de Turguenev, posteriores a esta, me han aportado un saldo irregular, “Humo” me gustó, muy en la línea de “Padres e hijos” o “Nido de nobles”, aunque con una valoración inferior a la primera de las dos. En cambio “Primer amor”, me desilusionó absolutamente. Mi conclusión es, que es un escritor de maneras muy particulares, que, en sus mejores momentos (sobre todo en “Padres e hijos”, su mejor novela) me ha gustado mucho, pese a mis dudas de que una parte de los lectores estén dispuestos a hacer suya tan favorable valoración.

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Escrita 8 de Diciembre de 2014
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LOBO LONDON en EL LOBO DE MAR
Todo comienza cuando nuestro protagonista navega por la bahía de San Francisco; hay niebla espesa, hace frío y la visibilidad es casi nula, Humphrey va en la cubierta de proa intentando ver algo; de repente oye un rumor y se intuye una sombra entre la espesura… y ocurre la catástrofe. Otro barco les ha envestido provocando una vía de agua, se oyen los gritos de las mujeres, su embarcación se va rápidamente a pique, y cuando se quiere dar cuenta está en el mar, el agua está helada, siente que no le han visto, está entumecido de frío, y comprende aterrado lo rápido que ha pasado de feliz pasajero a náufrago cuasi desahuciado. Entonces y con igual rapidez, aprecia que una masa enorme se dirige hacia él, le es imposible reaccionar, pero siente que le izan y le depositan en algún lugar de una cubierta, está salvado. Todo esto que acabo de contar sucede en las primeras veinte páginas de un libro que tiene cuatrocientas, por tanto, no es nada más que su comienzo y por eso lo cuento. Pero a partir de aquí, ya no voy a contar nada más, porque hacerlo supondría perder gran parte del interés que genera su lectura. Sí diré que, a partir de ese punto, las cosas discurren de manera rápida e intensa. Humphrey es narrador y protagonista pero no el único, el otro es el patrón de la goleta que le ha salvado al que conoceremos en la novela como “Lobo Larsen”. Un vistazo rápido en Internet me permite averiguar, que en 1941 se rodó una película basada en esta novela, dirigida por Michael Cúrtiz y con Edward G. Robinson en el papel de Lobo Larsen, pero la desaconsejo por dos razones: la primera, porque distorsiona radicalmente los personajes principales del libro, la segunda, y no es una cuestión menor, porque el perfil humano de Lobo Larsen es absolutamente incompatible con la imagen y con la personalidad del actor; ambos rasgos son básicos para el desarrollo de esta historia y que Edward G. Robinson no tenga nada del lobo de mar a que se refiere el título, modifica drásticamente la historia. En la novela concurren dos circunstancias que actúan en paralelo pero convergen en sus resultados; una, es el lenguaje utilizado; la otra, la manera de organizar la historia. Su texto es apasionado, con garra, con frases cortas, contundentes, claras y directas, con todo lo necesario y prescindiendo de todo lo superfluo, lo que, en conjunto lleva a leer con cierto frenesí. Esto en lo referido a su estilo. Y en cuanto a su organización, los episodios se suceden a ritmo frenético en una secuencia incansable que lleva directamente al grano, sin dar descanso a la imaginación y pasando a lo siguiente antes de sospecharlo. Así que, un texto muy directo y una rápida secuencia narrativa, convergen y conducen a sentir el avance por sus páginas como una carrera al sprint en la que los datos pasan vertiginosamente por la mente de un lector que quiere siempre saber lo que viene a continuación, sin duda, una de las mejores cosas que se pueden decir de la clásica novela de aventuras. “Lobo de mar” es pues, un formidable exponente de dicho género. Pero matizo, también hay que señalar que no es una sencilla e intrascendente novela de aventuras. Cuando se lee, no se percibe como algo ligero, salpicado de intrigas, engaños, carreras y peleas, al estilo de las novelas de Dumas, Verne, o Salgari, en las que lo importante es que el héroe salga finalmente victorioso de sus estresantes contratiempos. Con esto no quiero decir que estos autores sean endebles, porque no lo son, los admiro y nada más lejos de mi intención que criticarlos; si los menciono, es para precisar que “Lobo de mar” no pertenece a ese tipo de novelas más bien sencillas, sino que es otra cosa completamente diferente. Aquí, la percepción que se tiene es la de leer algo serio y trascendente, porque, a pesar de que el medio en que se desenvuelve la historia es el mar, con sus abrumadores espacios y con la permanente confrontación con los elementos, los problemas que van afectando a nuestros personajes no son sólo los logísticos, que los hay y muchos, sino que también están los psicológicos, muy en la línea de las novelas de Conrad que tanto se fijaron en los problemas humanos de convivencia que se dan dentro de los limitados espacios de los barcos. Con dos diferencias; una, que el texto de London es notablemente más accesible que el de Conrad, y otra, que la dosis de acción contenida en sus narraciones es mayor, lo que, en conjunto, las convierte en más agradecidas y menos ásperas que las del polaco. El tema de la relación entre personajes en su faceta más humana y social, tiene también su tiempo en las páginas de “Lobo de mar”, sin que ello entre en contradicción con el énfasis que he puesto en resaltar el carácter dinámico de su lectura, porque es tal el ritmo con que se desarrolla la novela que los personajes, por duros que sean, hacen de vez en cuando unas pausas, en las que se dan a intercambios reflexivos, a encuentros dialécticos tensos o relajados según el momento, de carácter intelectual, filosófico, o a veces, incluso literario, que parecen necesitar como el bálsamo que protege su salud mental en tan duras circunstancias y en las que hablan de lo divino y lo humano con un sentido y lucidez excelente que no ralentizan lo más mínimo el ritmo de la novela. Me resta hablar del ambiente marino, de ese gigantesco océano Pacífico en que se sitúa, para decir a quien guste del tema, que pocas novelas como esta habrán reflejado con tal brillantez la época en que los marinos habían de trazar su derrota ante un viento contrario e impredecible; o recoger precipitadamente el trapo al refrescar el viento; o jugarse el tipo, trepando por los obenques, haciendo arriesgados equilibrios en la jarcia y moviéndose por cubiertas barridas por las olas en los temporales; actividades arriesgadísimas, a las que los marinos se acababan por acostumbrar y que, llegado el tiempo del vapor y de la hélice, ellos mismos empezaron a ver con un aura de romanticismo que muchos escritores, como London o Conrad, supieron trasladar a las páginas de sus libros para satisfacción de aquellos lectores a los que todo esto nos entusiasma. Prácticamente no he dicho nada sobre la propia trama de la novela, es obvio que se desarrolla en el mar y que el título destaca el carácter curtido de un capitán de barco, pero no he dicho casi nada más y es así como debe ser para disfrutarla. Sin embargo creo conveniente difundir algunos de los grandes o pequeños temas que están en el trasfondo del argumento de esta novela, para poder captar bien la amplitud que abarca. Así que enumero algunos de ellos: 1. El romántico atractivo de los libros de viajes 2. La dureza de la vida en el mar 3. La magia y la técnica de la navegación a vela 4. La cruel explotación del ser humano por sus semejantes 5. La despiadada aplicación de la ley del más fuerte 6. El sentido profundo de la vida 7. Los problemas de convivencia en espacios reducidos 8. El ínfimo valor que, para algunos, tiene la vida humana 9. La puesta en valor real del lujo y las comodidades 10. El sentido de la escala jerárquica de mando en un barco 11. La lucha robinsoniana por la supervivencia 12. La ética de los marinos en relación con los derechos de los náufragos Y así, tantos y tantos debates humanos, psicológicos, personales y sociales, que se pueden suscitar en el mar. Son temas que van mucho más allá de lo que yo esperaba encontrar en una genuina novela de aventuras, pero he de resaltar que no modifican ni su esencia dinámica, ni el aliento romántico que tiene para muchos, entre los que me cuento, sino que, bien al contrario, las enriquecen y les aportan un valor añadido del que otras novelas más sencillas, de autores como los antes citados, carecen. En fin, un placer.

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Escrita 23 de Noviembre de 2014
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MONSIEUR PROUST en MONSIEUR PROUST
“Monsieur Proust” (1973) fue el libro con que Celeste Albaret, el ama de llaves de Proust, desveló sus recuerdos del gran escritor y temí que fuese un libro más entre tantas biografías de escritores famosos que, aun siendo interesante, jamás se me ocurriría reseñar. Pero cambié de opinión y finalmente escribí la reseña, porque según leía el libro la avalancha de datos que absorbía me iba convenciendo de que su manera de plantearlo dando una imagen seria, rigurosa, entrañable y, sobre todo, verídica del escritor, me reafirmaba en su especial interés y me daba el argumento que necesitaba para decidirme a escribir la reseña. Y es que, conforme se avanza en su lectura, se va comprendiendo que “Monsieur Proust” no es una crónica al uso, sino que, además, está revalorizada por el hecho de que lo que se cuenta coincide en fecha con la escritura de “En busca del tiempo perdido” por lo que su lectura está trufada con una multitud de claves reveladoras de las posibles dudas, interrogantes, o despistes, que nos pudo plantear en su día la compleja lectura de aquella novela o conjunto de novelas. Marcel Proust nació en 1871 y murió en 1922; desde muy joven se introdujo en el mundillo de los salones a los que asistía la aristocracia y la alta sociedad parisina. No fue un desembarco casual, sino que se basaba en los inmejorables contactos sociales y en la desahogada economía familiar de sus progenitores (su padre, médico eminente, y su madre, de acaudalada familia judía), aunque también hay que decir que no hubiera sido posible sin el formidable encanto personal que él derrochaba y sin su enorme poder de seducción. En 1913 a los 41 años, ese tipo de vida casi había terminado para él, en parte por el agravamiento del asma que padecía desde niño y en parte por su obsesión por acometer su gran creación literaria; fue entonces cuando, siendo ya el único ocupante del piso del boulevard Haussmann por la reciente muerte de sus padres, entró a su servicio Celeste Albaret, con 21 años y recién llegada del pueblo, empleo en el que permaneció durante los nueve años que transcurrieron hasta la muerte de Proust, coincidiendo casi exactamente con el periodo de tiempo en que escribió los seis últimos tomos de su novela. Andaba entonces en busca de editor para el primer tomo: “De la parte de Swann”, y Celeste llegó a tiempo de vivir los roces con André Gide, editor a la sazón de la Nouvelle Revue Française, que con total falta de visión (se dice que no lo leyó) desaconsejó su publicación. Proust consideró enseguida la presencia de ella como un hallazgo afortunado, sintonizando ambos a pesar de las diferencias de clase, educación y edad. Desde esa privilegiada posición, se convierte en espectadora e incluso en parte activa de muchos resortes de la vida de Proust, el cual le dispensaba el trato propio de una sirvienta de confianza, pero también el de una confidente, lo que ella agradecía devolviendo la confianza depositada, con cariño, fidelidad y exquisita atención a las confidencias del escritor. Cuando el lector comprende que se ha llegado a esa simbiosis entre ambos, se convence de la pulcritud de su crónica, lo que redunda en una mejor asimilación de las revelaciones que se hacen de la intimidad del escritor y del hombre. Esto, en el caso de cualquier otro famoso estaría ya muy bien, pero aquí no hablamos de otro cualquiera, sino de Marcel Proust, razón por la que el interés se multiplica exponencialmente en función de las particulares características de su personalidad y de su obra, muy interrelacionadas ambas con las sensaciones que expresa su autobiográfico personaje deambulando entre sus amistades por las páginas de “A la recherche…”. Por eso la clave de “Monsieur Proust”, no reside sólo en conocer detalles de su vida privada, sino también en pararse a observar cómo estos detalles de su cotidianeidad, definen en cierta manera el talante del autor y están tremendamente vinculados a las situaciones y a los personajes de “En busca del tiempo perdido”. Su obsesión principal era su obra, ya que tenía el visionario presentimiento de que estaba predestinada al éxito; esta idea, fue la que le dio las fuerzas necesarias para aplicarse a la tarea abrumadora de culminarla. Esta certeza, llama especialmente la atención en un escritor, que a los treinta y cinco años apenas había escrito un par de libros de escasa repercusión. Sus métodos de trabajo nos revelan a un hombre que, influido por su enfermedad y sus dificultades para respirar, se había convertido en un auténtico maniático que prácticamente no comía y que sobrevivía en una habitación oscurecida y forrada de corcho, a base de café y veronal (barbitúrico estimulante) trabajando incorporado en la cama toda la noche y durmiendo por el día, régimen horario al que hubo de someterse Celeste. A través de las confidencias que Proust le hace, y que ella nos transmite, vemos como sacó sus personajes literarios de ciertas figuras de la realidad mundana que conoció, pero sometiéndolos al filtro de su criterio, analizándolos, dándoles forma y trabajándolos asiduamente, antes de trasladarlos al papel, de tal manera que en algunos casos eran casi irreconocibles, e incluso, en otros, eran una fusión de dos o más personas diferentes. Pese a que la imagen previa, que yo tenía de Proust, era la un hombre entregado a los placeres de la alta sociedad, después de leer este libro tengo que borrar ese cliché y sustituirlo por el de alguien cuyo afán va más allá de la afición por figurar en la vida pública de París o por sumergirse en la frivolidad, tomando la forma de un obstinado trabajador consagrado a una exhaustiva labor de estudio y de campo —me refiero a su paso por los salones—, de la que obtener los datos necesarios para el análisis de sus personajes; o al menos ese era el retrato de esos últimos nueve años en los que Celeste permaneció a su lado. Era un tipo obsesivo, perseverante y exigente, pero a la vez, educado, amable y cautivador, y ella quedó, desde el principio, absolutamente fascinada por sus encantos, convirtiéndose en una colaboradora entregada en cuerpo y alma a su tarea y soportando para ello unas condiciones de trabajo que hubieran sido desquiciantes para cualquier persona menos eficiente que ella. Pero también, al menos por aquella época, Marcel echaba en falta el tener cerca a alguien a quien trasmitir sus inquietudes diarias, en parte por la necesidad vital de comunicación, propia de cualquier ser humano, y en parte también, porqué el intercambio de opiniones con ella formaba parte de la labor de análisis en la que iba tejiendo paulatinamente la trama de sus personajes literarios; por ambas razones, Celeste se convirtió en el paño de lágrimas de sus desventuras, en el espejo en el que reflejar sus alegrías y, en cualquier caso, en el atento, receptivo y colaborador oyente, al que hacerle partícipe de los chismes de su círculo de amistades, o de sus ideas sobre el carácter del personaje que estaba pergeñando en su mente en cada momento. En el libro, Celeste hace un evidente esfuerzo por minimizar todo lo relativo a la homosexualidad de Proust (en su libro “Contra Sainte Beuve”, se recoge un artículo en el que habla de los sentimientos de los homosexuales a los que denomina la “raza maldita”), de manera que uno no sabe bien hasta qué punto, esta cuestión pudo tener una importancia capital en su vida; y me hago esta pregunta, porque la relación de Proust con el amor, fuera hombre o mujer la persona amada, debió ser, o inexistente, o marcada por el capricho y la voluptuosidad más que por el auténtico amor, y más aún en el mundillo claustrofóbico de los salones, en los que las intrigas y el cinismo eran moneda corriente y donde él parecía un hombre que sólo era capaz de amarse a sí mismo, o mejor, a su obra, y por la ayuda que le prestó para terminarla, no dudo que también amó, por delegación, a la empleada que tan bien le comprendió. Al fin, se saca la conclusión de que, en la época en que ella trabaja para él, la sexualidad, de uno u otro tipo, tiene ya poca presencia en su vida. Nadie —hasta Celeste lo reconoce subliminalmente— pone en duda su relación física y sentimental con hombres, pero no cuesta demasiado creer su testimonio cuando afirma que, al menos por aquel entonces, no vio en el boulevard Haussmann, nada que le hiciera pensar en que él tuviese alguna relación de ese tipo. Lo que está muy claro, es que era una persona muy celosa de su intimidad; algo muy lógico habida cuenta de que la imagen pública de la homosexualidad en esa época era muy desfavorable y podía ser perseguida penalmente (véase el caso de Oscar Wilde), por lo que era razonable que tratase de ocultar en lo posible sus tendencias sexuales. Por esa y otras razones queda claro que lo que cuenta la autora del libro, aun creyendo a pies juntillas en su veracidad, refleja sólo una parte de su vida, la correspondiente a la vida doméstica que en aquella época debía representar un porcentaje muy alto de su tiempo. Pero así y todo, salía de vez en cuando y Celeste sólo se enteraba de lo que ocurría en sus salidas en la medida en que él se lo contaba y es seguro que ciertas cosas no se las contaba. Otra de las incógnitas que suscita “A la recherche…”, y que este libro puede ayudar a esclarecer, es el papel que el propio Marcel tiene como un personaje más, dentro de la narración de su novela. Celeste cuenta, que él, en algún momento a poco de entrar a su servicio, le habló de la inconveniencia de que ambos habitaran en la misma vivienda, en el sentido de que podría estar mal visto que una mujer como ella, joven, de 21 años, pernoctara en la misma casa que él. Me llamó la atención la anécdota, por lo que tiene de respeto por las convenciones sociales que quizá no habría supuesto yo “a priori” en un hombre avezado en el mundo frívolo de la noche parisina y además con ciertos tics homosexuales. Es obvio que, por similares razones, forzosamente habría tenido en consideración la duda sobre el riesgo de que su propio personaje, apareciendo en contacto o mezclado en las intrigas amorosas y en los desvíos sexuales, en ocasiones bastante explícitos, de algunos de los personajes de “En busca del tiempo perdido”, pudiera salir con su fama indemne, como si se alzara hasta la pureza de un limbo situado muy por encima de las muchas debilidades de sus conocidos. A veces ocurría que le visitaba alguien de su círculo de amistades que, entre apurado y ofendido, le recriminaba por haberle retratado en el personaje de fulanito, a lo que él respondía con su proverbiales dotes de convicción tratando de hacerle ver, por ejemplo, que “fulanito es obeso y no delgado como tú”, como le espetó al conde Robert de Montesquiou, que le acusaba de fijarse en él para crear el personaje del barón de Charlús, cosa que era absolutamente cierta. Todo esto, después, cuando el visitante se iba, un Marcel divertido se lo contaba a Celeste entre risas y guiños de complicidad. Pero, aunque pudiera haberse parado a considerar estas cosas, su preocupación primordial era su obra, lo demás le daba un poco igual, y cuando la culminó, su físico dio una especie de suspiro de relajación, al poco del cual, le sobrevino la muerte, como buscando el ansiado descanso tras culminar su fatigoso objetivo. P.D. He revelado explícitamente cosas que vienen referidas en cualquier tramo del libro sin ningún temor a “destriparlo” y no me ha importado hacerlo, porque lo que cuento es una parte infinitesimal de su contenido, que no desvela nada pero que puede servir a los interesados como un pequeño indicio del contenido del libro. Al fin y al cabo, en las biografías no importa nada conocer previamente el final; todas terminan igual, con la muerte del protagonista y por eso todas son un poco tristes.

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Escrita 11 de Noviembre de 2014
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GENTES DE MAL VIVIR en LA BUSCA (LA LUCHA POR LA VIDA#1)
Ambientada en el Madrid de los años finales del siglo XIX, «La busca» es la primera novela de la trilogía: «La lucha por la vida», completada después con «Mala hierba» y «Aurora roja». Con ella, Baroja se propuso sacar a la luz la atmósfera que se vivía en los barrios más deprimidos, adoptando para ello un estilo duro y descarnado. Formalmente, la novela tiene unas características extremadamente simples. Cuenta la adolescencia de Manuel, el hijo de una viuda que trabaja como cocinera en una pensión, durante los tres o cuatro años que transcurren, desde que viene del pueblo hasta que se convierte en un adolescente que deja atrás la pubertad. Baroja lo trasmite de manera deshilvanada, sin que lo que pasa en cada capítulo guarde relación con lo que pasa en otros, como si los capítulos fueran pequeños episodios independientes; la única conexión entre ellos, es la presencia de Manuel y de algún otro personaje que vuelve a aparecer de vez en cuando. Así se mantiene, prácticamente, hasta un final en el que, a punto de liquidar el último capítulo, expone con cuatro frases su tesis, formula sus conclusiones y finiquita la novela. Conocía las críticas en las que se le achacaba un manejo tosco de la gramática, pero no lo aprecié ni en «Las inquietudes de Santhi Andía», ni en «El árbol de la ciencia»; en realidad algo sí noté, pero tan imperceptible que me parecieron rasgos propios de la manera de hablar el castellano en el Norte. En «La busca» esto cambia, apreciándose incorrecciones sintácticas que, más que molestar, sorprenden. Pero es un defecto fácilmente olvidable, porque su prosa, sencilla a la vez que atractiva, tiene la capacidad de traerse al lector a su terreno para ahí trasmitirle su historia de un modo tal que la siga aunque no quiera. Por lo demás, la utilización de la jerga popular y barriobajera es omnipresente y en ella se mezclan el lenguaje de germanía de rufianes y vagabundos con el habla propia del casticismo madrileñista, tan usada, y tan desgastada, por sainetes y zarzuelas. Julio Caro Baroja, en el prólogo del libro, dice que el autor empieza a escribir desde la trastienda de la panadería Viena Capellanes, heredada por su familia, lo que le ofreció la posibilidad de tratar con el público y poder así conocer bien el lenguaje de la calle. Baroja, se vuelca en la descripción de los espacios físicos en que se mueven sus personajes; se aprecia, lo mucho que valora que la imagen que se configura en la mente del lector, se corresponda bien con la realidad del escenario. En lo personal, fue un hombre de temperamento escéptico, influido por un ideario nihilista y agnóstico, que no ocultaba, y que deslizó nítidamente a través del protagonista de «El árbol de la ciencia». Tal pesimismo le hizo descreído, y le llevó a acentuar una visión desalentadora de las cosas: las calles embarradas, las corralas insalubres, los solares llenos de basura y suciedad, o las apestosas tascas, focos de alcoholismo y delincuencia, son asunto principal de su descripción y de su denuncia. Se emplea en ello a fondo y con los términos más agresivos para la sensibilidad de un lector que, forzosamente, recibe el mensaje y se pone en situación. Su tono recuerda mucho la complacencia con que Zola, se aplicaba a estos menesteres con su conocida tendencia naturalista. También menciona Julio Caro, en el prólogo del libro, el desagrado que le produce a su tío ver la condescendencia con que Galdós trata la sociedad de Madrid en «Fortunata y Jacinta»; y al hilo de ello, voy ahora a comparar las clases bajas madrileñas, tal como se reflejan en la novela de Galdós, con las que aparecen en «La busca». Jacinta queda al margen, porque su matrimonio la convierte en rica y le permite vivir holgadamente, pero Fortunata, sobrevive como se lo permite su humilde origen y los demás personajes están en niveles intermedios entre ambas, formando parte de una modesta clase media, en la que se aprecian las limitaciones de acceso al bienestar que padecía aquella burguesía en permanente situación de estrechez. Galdós, fiel a su adscripción realista, describe ese estado de cosas, de manera prolija pero, sin hurgar demasiado en ellas y sin juzgarlas; prefiere que las conclusiones las saque el lector. Consecuentemente en el mundillo de Galdós hay de todo: familias acomodadas que disfrutan sus casas del centro, otras más modestas que viven en los pisos de los ensanches, y las más pobres que sufren las corralas del extrarradio; en ellas, cada cual hace su vida, mejor o peor, y Galdós lo cuenta con estilo característico. En «La busca», sin embargo, el lector encuentra un texto seco y conciso, en el que los personajes visitan poco el centro de la ciudad; el escenario constante es el extrarradio Sur comprendido entre el puente de Segovia, por el Oeste, y la estación de Atocha, por el Este, es decir, el reducto que acoge a los más pobres, ese es el que le interesa a Baroja. Quien haya vivido, como es mi caso, en el centro de Madrid hace cincuenta años (1964), sabe bien que la línea que forman las calles de Segovia, Magdalena y Atocha, constituía una frontera física que de Oeste a Este separaba la ciudad en dos zonas: al Norte de esa línea el centro y los ensanches, al Sur de esa línea los barrios bajos, sórdidos, y convertidos en terreno controlado por gentes de mal vivir. Todavía en 1964, sesenta años después de la publicación de la novela, si un chico de doce años, como yo, cruzaba aquella frontera, se metía en Lavapiés, en el Rastro, o en las Vistillas, con clara conciencia del riesgo asumido por entrar donde no debía; tal vez exagere algo, porque era una sensación más que un riesgo real, pero puedo asegurar que era una sensación compartida por muchos madrileños. Hoy, los años han cambiado aquellos barrios; algunos por la llegada de inmigrantes (Lavapiés), otros por pasar a ser objetivo turístico (las Vistillas) y los demás por convertirse en zonas de viviendas de alto precio, como en las rondas de Toledo, de Segovia y de Valencia, que aparecen en la novela como extrarradios enfangados o polvorientos, y que ahora son barrios modernos con pisos caros. Resumiendo, eran barrios miserables y Baroja ambienta «La busca» en ellos, porque allí vivían los desheredados de la sociedad, lo que en aquellos tiempos era decir, absolutamente desheredados, o sea, miserables. Su esquema incide en que la miseria no era sólo física, también moral, y que las posibilidades reales de caer en la delincuencia, el vagabundeo, o el mal vivir, eran muy altas para cualquier residente por la pésima catadura moral de un alto porcentaje de su población. Allí los chicos caían con facilidad en las malas amistades; las mujeres, jóvenes o adultas, estaban permanentemente tentadas por el recurso a la prostitución; y las tabernas, completaban el panorama llevándolos a todos, hombres y mujeres, por el destructivo camino del alcohol. Con esto, no es que Baroja pretenda decir que todo el mundo allí anduviese en tales términos, pero sí, que todas estas lacras proliferaban, haciendo muy altas las posibilidades de los residentes de caer en ellas. Nada de esto incomoda a Galdós, porque él ubica su novela donde le conviene, en función de la trama que tiene en la cabeza, en los barrios bajos, o en Pontejos (a dos pasos de la Puerta del Sol), donde vive la afortunada y rica Jacinta. A Baroja, en cambio, no le da lo mismo; Baroja sabe lo que se cuece en los barrios bajos, sabe de las penurias que allí se sufren y ello le parece razón más que suficiente para recrear su novela precisamente allí; conoce aquel mundo miserable y no quiere ocultarlo sino airear su sordidez, para que clame al cielo y golpee las conciencias. El planteamiento barojiano tiene un cariz divulgativo, pero no con ánimo agitador, ni revolucionario, sino de un pesimismo escéptico, que busca llevar a los lectores al convencimiento de que, en condiciones de extrema penuria, el ser humano puede caer en un comportamiento depravado y abyecto, tirando por el camino del vicio, del delito o, en el mejor de los casos de la picaresca, para escapar de su situación. Este es un análisis de la cuestión social, que se aleja de los supuestos marxistas y de sus esquemas basados en la existencia de clases, y se aproxima a un enfoque del comportamiento del hombre como individuo que reacciona con violencia al verse acuciado por un entorno agresivo; es decir, que establece un análisis prácticamente antropológico. Desde tal perspectiva, sus puntos de vista no son considerados subversivos; al revés, es lógico que el poder vea en la novela un enfoque que, simplemente, resalta que la maldad es algo propio de la naturaleza humana y más viejo que la tos. Por otro lado, la situación del grupo social que vivía en estos barrios era tal, que sus habitantes, con frecuencia, no sólo carecían de escrúpulos o moral sino también de la más mínima conciencia de clase. Por eso decía, que su intención está mucho más próxima al naturalismo que a cualquier intento de agitación proletaria. La trama constantemente se recrea en las penosas y desmoralizadoras vicisitudes que pasa el protagonista, enseñándonos cómo, por mala que sea su situación, al día siguiente empeora y cuando creemos que ya no lo puede hacer más, tozudamente, vuelve a empeorar y así sucesivamente. También lo hace, cuando expone la crueldad inaudita que uno de sus compinches utiliza en sus fechorías, sólo por el puro placer de hacer daño y por si no fuera bastante, jactándose de ello y presumiendo de maldad. En comparación, Manuel, nuestro protagonista, no es perverso; ahora bien, en la práctica, está tan sujeto como el otro, a la ley de la selva. De hecho, el objetivo del novelista al plantear las cosas como lo hace, es preguntarse cómo reaccionará este joven, inquieto y rebelde, aunque sin malos instintos, ante las enormes dificultades con que se tropieza, ante la maldad que ve continuamente a su alrededor y ante la desesperanza que le produce la certeza de que no hay salida a su situación. La duda de cuál será la reacción de un ser humano acuciado y abandonado a su suerte en una sociedad tan despiadada, es la incógnita que se plantea en la novela, y para despejarla no hay más remedio que llevar su lectura hasta el final. Lo que tampoco supone ningún esfuerzo porque, como decía, Baroja lleva suavemente al lector de la mano, mientras lee. Para finalizar debo decir que he comparado en esta reseña el Madrid que Baroja describe en esta novela, con el que contempla Galdós en la suya, pero la comparación es, únicamente a efectos urbanos y sociológicos. Desde un punto de vista literario la comparación estaría desequilibrada; «Fortunata y Jacinta» y «La Regenta», fueron las mejores novelas españolas de del último cuarto del siglo XIX; «La busca», en cambio, es una novela pequeña, fácil de leer, y muy interesante por el tema que trata, pero muy sencilla desde un punto de vista puramente literario.

7 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 28 de Octubre de 2014
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