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LAS ISLAS SIN ÁRBOLES en EL PIRATA
No quería escribir una reseña sobre El pirata, por ser esta una novela poco conocida y porque en cierta medida sería repetir los argumentos que di cuando escribí sobre Ivanhoe. Pero, como me consta que a alguno le interesará, voy a condensar las cuatro ideas básicas en una reseña comprimida. Walter Scott no está de moda a día de hoy. Esto referido a alguien que empezó a escribir novelas hace doscientos años, es una completa obviedad. Pero lo que no es tan obvio es que fue el primer escritor con auténtico éxito internacional en el campo de la novela. Sí, El Quijote fue muy conocido en toda Europa (Scott hace varias referencias a la obra de Cervantes en esta novela), también Robinsón Crusoe lo fue, lo mismo que Gulliver, pero más allá de su fama, estas novelas de siglos anteriores tenían una difusión comercial limitada. Ese estado de cosas cambia con Walter Scott, sus novelas se extienden por el mundo anglosajón, pero también por el resto de Europa convirtiéndole en el novelista más afamado de su época. Sin embargo hoy, doscientos años después, su obra cuenta historias que, haciendo acopio de sensatez, son poco creíbles, que además están escritas con un lenguaje retórico y altisonante que no refleja la realidad pero que pretende situarnos en tiempos históricos, y sus personajes están envueltos en una especie de aliento particular que los lleva a comportarse de una manera prefijada. Es decir y resumiendo, que sus novelas son tremendamente románticas. Pero, además de serlo, son también tremendamente entretenidas por su especial habilidad para controlar los movimientos de sus personajes, que se cruzan unos con otros en el espacio y en el tiempo urdiendo complejas tramas que mantienen en vilo al lector durante toda la novela. Y, siendo así, nada importa que no estén de moda, o que pasen cosas excesivamente rocambolescas, o que el autor lo exprese todo con un verbo excesivo o que sus personajes sean estereotipados. Algunos lectores renunciamos a ponerle pegas a todo eso —que muchos otros considerarán hoy como algo infumable—, si a cambio encontramos una especial dinámica y vitalidad en sus personajes que nos introduce en un mundo casi soñado; este tipo de cambio compensa y nos disponemos a leer y a disfrutar convencidos de la rentabilidad lúdica de la operación. Da lo mismo que esta no sea la Inglaterra medieval y que no se enfrenten normandos contra sajones, como en Ivanhoe, o que no esté por ahí Robin de Locksley más conocido como Robin Hood. Eso no importa nada, enseguida nos acostumbraremos a habérnoslas con escoceses y descendientes de vikingos asentados en el archipiélago de las Sethland, muy al norte de Escocia y a darnos un paseo por las islas Orcadas, que también están al norte aunque menos alejadas de la Gran Bretaña, en las que discurren unas cuantas aventuras aprovechando su retorcida geografía insular y todo ello situado en pleno siglo XVII. Entre marinos, lugareños de lejano origen noruego, autoridades escocesas, relatos de antiguas historias corsarias en el Caribe luchando contra los españoles, brujas y trasgos surgidos de las nocturnidades del oscuro invierno de esas latitudes, el turbulento mar omnipresente, y el buen talante y la simpatía de un narrador que siempre nos sorprende con los giros bruscos de su trepidante trama, llegamos encantados a un final plenamente satisfactorio. Esto ahora no se lleva, pero a mí, y creo que a algún otro, nos va.

6 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 2 de Noviembre de 2015
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CARLOS LLEGA en LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS
“Los gozos y las sombras” de Gonzalo Torrente Ballester, es una novela en tres tomos, titulados: “El señor llega”, publicado en 1957, “Donde da la vuelta el aire”, en 1960, y “La Pascua triste”, en 1962. Necesitó cinco años para publicar los tres y, sin embargo, la acción, al principio de cada tomo, es estricta continuación de la del tomo anterior, por lo que no es concebible la lectura de un tomo aislado de los otros, hay que leer los tres, y preferiblemente, de una tacada. Me ha parecido una novela redonda, a la que no es fácil encontrarle aspectos criticables, en parte por la calidad de su autor, en parte por los dos factores que indico a continuación. El primero, el carácter global de la novela: Torrente trató, con ella, de hacer una obra de gran alcance, en la que poner en juego todos los elementos disponibles. Véase si no: los años treinta, como época especialmente apasionante; un lluvioso pueblo de la costa gallega, como escenario; variopintos grupos humanos, obreros, pescadores, agricultores, pequeña burguesía, aristocracia decadente y clero; una multiplicidad de personajes repartidos entre varias tramas paralelas o convergentes; un argumento constituido por variedad de asuntos: la propiedad de las tierras, la gestión del astillero, las obras de restauración de la iglesia medieval, el cooperativismo pesquero, asuntos íntimos, amoríos de toda índole, incluso vocaciones religiosas; y un espléndido argumento principal como centro y eje que mantiene las tramas periféricas vinculadas a su alrededor, es decir, muchos elementos. Hubieran podido, incluso, ser demasiados y haber dejado en evidencia a cualquier otro autor, pero ese temor no se cumple con Torrente; su enorme categoría aguanta perfectamente el reto, sacándose una obra redonda que satisface y que deja en el lector un magnífico poso. El otro factor que influye mucho y muy positivamente, es el texto que utiliza. El lenguaje es fuerte, rico en expresiones y ágil en la exposición de la historia; es un texto que, a base de sarcasmo e ironía, ofrece un constante comentario paralelo que acota las situaciones y califica a los personajes, y lo hace con aires de descarada mueca burlona, pero sin abandonar un carácter eficiente, al estilo de los grandes escritores del siglo XIX, muy apropiado para una novela convencional como esta. Lo que quiere decir que encontramos aquí una duplicidad del texto, un sólo estilo y dos tonos diferentes, el serio y circunspecto, dirigiendo la trama con pulso firme hacia su desenlace, y el sarcástico e irónico, que, guiado por una pluma jocosa y burlona, parece querer detenerse en cada intersticio de la trama, a sacarle punta a las situaciones y a vacilar, inmisericorde, al sufrido personaje de turno. Siendo permanente la percepción de ambas sensaciones, se crea el efecto de estar leyendo dos novelas superpuestas, una encima de la otra, la sarcástica debajo, claro, porque burla e ironía han de ir de tapadillo; mientras que la más seria y razonada iría, lógicamente, encima, mostrando orgullosamente su faz. Además, en aquel momento de su trayectoria creadora, Torrente evolucionaba hacia otra forma de escribir y, ya de paso, de organizar su obra. Ese proceso evolutivo culminaría con la publicación en 1972 de “La saga/fuga de J.B.”, novela que es tenida por su obra maestra, de menor difusión, de extrañísimo título, y cuya comparación con ”Los gozos y las sombras” es tan interesante que no he resistido la tentación de exponerla en esta reseña. Sus similitudes empiezan con una parecida ubicación en pueblos imaginarios de Galicia, Pueblanueva del Conde en ”Los gozos y las sombras” y Castroforte del Baralla en “La saga/fuga de J.B.”, continúan con las listas de personajes, pintorescas y numerosísimas, y coinciden, sobre todo, en que en ambas están escritas con un lenguaje burlón, desenfadado y de enorme calidad. Sus diferencias nacen del dispar enfoque de cada una, porque ”Los gozos y las sombras”, es novela convencional en la que el lenguaje irónico está levemente encubierto y la trama sigue los dictados al uso, mientras que “La saga/fuga de J.B.”, es novela vanguardista, con toda la ironía del lenguaje orgullosamente expuesta, y con un argumento que se retuerce en espacio y tiempo, hasta límites imposibles para todo el que no sea incondicional del autor, o para aquel que carezca de facilidad para seguir tales enredos. Torrente puso en práctica en ”Los gozos y las sombras” primero, y en “La saga/fuga de J.B.”, después, el concepto global de novela que tenía en la cabeza; muy larga, con muchos personajes y ubicada en un pueblo irreal de Galicia; quien lea ”Los gozos y las sombras” sin conocimiento previo de la obra de Torrente, ha de saber que está leyendo una novela clásica que, sin embargo, avanza las claves de su futura novela experimental; conocer esto, permite a dicho lector situar, cómodamente, la obra en su contexto. Tras el paréntesis comparativo, volvamos a nuestra novela. Son mil cuatrocientas páginas en tres tomos, y decir que no hay que temerla por larga sería un consejo sensato, pero también un consejo muy desoído, pues tal extensión llevará a menudo a ignorarlo; serán decisivas, por tanto, las aptitudes que cada cual tenga con estos textos tan largos; es verdad que, una vez metido en ellos, se avanza y se mejora hasta llegar al punto en que la gran extensión empieza a jugar a favor. Y una vez tomado el camino de su lectura el disfrute está asegurado porque su escritura, además de calidad, tiene sarcasmo, sutileza, humor, ingenio, sensibilidad, inteligencia e imaginación; cualidades fácilmente observables en sus páginas, a poco que se lean unas cuantas; si se lee el libro entero, es seguro que se encontrarán muchísimos momentos en los que poder apreciar esas cualidades. La trama se configura a base de conflictos de tipo social y de intereses, de tensiones sindicales entre los afiliados de la UGT (obreros del astillero) y los de la CNT (pescadores), o de las pugnas por el poder y el prestigio en el pueblo, entre los señores y los nuevos ricos; sorprende ver la intervención de los frailes del monasterio próximo en los asuntos de la iglesia medieval, y resulta interesante el reflejo de la política española en el ambiente local, a través del diputado don Lino (la novela termina en la Pascua del 36, tras la victoria de febrero del Frente Popular). Un rápido vistazo al mapa, nos convence de que no hay lugar en Galicia que cumpla con lo que Torrente prescribe para Pueblanueva del Conde. Nos indica que está en la costa, que tiene puerto y playa, que en los días claros se ve en el horizonte Finisterre, y que sus habitantes van con mayor frecuencia a Santiago que a la más lejana Coruña; y como todo eso no casa, concluiremos en que es un lugar inventado en la Galicia rural, agrícola y, sobre todo, marinera; la tierra y los animales no dan para vivir y las familias dependen de la pesca y, sobre todo, del astillero. Tiene una iglesia con siete siglos, y un monasterio próximo habitado por frailes cuya vinculación con el pueblo les permite asomarse bastante a la novela. La trama empieza en el invierno del 34, con el regreso al pueblo del señor —Carlos Deza—, tras veinte años de ausencia. Corren los días de la segunda República, momento crítico y sumamente interesante. Las pequeñas sociedades que se suelen establecer en los pueblos, se articulan sobre un tejido social que es repetitivo; en este caso, en el vórtice del torbellino local, habita el residuo de una aristocracia desvencijada: Carlos, doña Mariana, y los Aldán, son todo lo que queda de la famosa saga de los Churruchaos y sus siete siglos de antigüedad; el prestigio social que se atribuye al poder y al dinero, sitúa también al adinerado Cayetano muy cerca de dicho vórtice; alrededor de los anteriores orbita el estrato intermedio formado por profesionales, comerciantes, el juez, el médico, el boticario, el maestro y, en general, los habituales del Casino; también anda por ahí el cura y los frailes del monasterio; y está por fin, en la periferia, el pueblo llano, aquí descrito como pobre de solemnidad, carente de educación y, por esas u otras razones, gentes de instintos primarios, más bien huraños y, en general, de escasos principios. Los personajes se interrelacionan creando una urdimbre de tensiones y enredos en la que, mediante un texto muy dialogado, se forjan las peculiaridades de cada personaje. Los talantes o caracteres presentes en los personajes son múltiples: los hay bonachones, desgraciados, egoístas, dominantes, tiernos, obsesivos, excéntricos, correveidiles, rijosos, sensatos, o imprudentes; cada uno representa a una personalidad definida, pero todos ellos pasan por el filtro de humanidad al que Torrente los somete, convirtiéndolos en seres complejos y poliédricos, cambiantes e inseguros, que pueden modificar su comportamiento según de donde sople el viento, y que pueden tener una doble cara, seria, o desenfadada, lo que los hace fascinantes y los convierte en seres humanos de comportamiento impredecible, que es tanto como decir, totalmente verosímiles. El final del libro, nos termina por convencer del escepticismo de Torrente con el ser humano como portador de valores elevados, o mejor, como ejecutor de comportamientos nobles, porque predicar está bien, pero la palabra vale de poco cuando lo que cuenta son los hechos. La trama revela su brutal incredulidad ante la disponibilidad del ser humano como instrumento de perfección; tal descreimiento, dota a sus personajes —a todos, casi sin excepción—, de un carácter descarnadamente humano, lo que quiere decir mezquino y rastrero, que es como él lo visualiza. Y las miserias que observa en las personas, le llevan a ironizar y a burlarse, y le da risa la forma en que todos se ajustan a sus propias debilidades por bajas y rastreras que sean, y cuanto más lo sean, más risa le dan, porque entonces los encuentra aún más humanos y aún más burla le merecen, y la única válvula de escape que encuentra para dar salida a tanto escepticismo, es dejar correr su fecunda y bienhumorada imaginación. Maneja, por tanto, mecanismos que utilizan el humor como detonante, y la imaginación como acelerador y no sé hasta qué punto puede todo esto guardar relación con aquella teoría de encuadrar a Torrente en una particular versión española del realismo mágico. Él, por lo visto, renegaba de semejante idea. En el centro de la trama se encuentra la pareja protagonista, de la que emanan afectos, tensiones, dudas…, ellos, como todos, tienen una faz que quieren que sea la suya, la que les gusta, la que quisieran enseñar siempre; mas no siempre lo consiguen, porque de su propio interior surge otra imagen, distinta e incontrolada, que los supera, los adelanta, los perjudica y los deprime. Ambos, Carlos y Clara, se pasan media novela dándole vueltas a sus complejas personalidades guiados por la pluma penetrante e inteligente del autor que parece gozarla a modo, con esas búsquedas introspectivas en los bajos fondos del alma de los hombres; y de las mujeres claro. Esta es la segunda gran dualidad de la novela: sus personajes —todos, no sólo Carlos y Clara— no tienen una sola cara, tienen dos, al menos, y tal duplicidad da lugar a un interminable y complejo proceso dialéctico, que está perfectamente integrado en la trama. Fue y es aún muy conocida, la serie de televisión en la que colaboró el propio Gonzalo Torrente Ballester; las críticas que recibió, fueron elogiosas y acordes con el nivel de excelencia del libro, pero no la seguí en su momento y no sé, por tanto, si aquellos resultados están en consonancia con la percepción que estoy trasladando a esta reseña. Algunos actores pusieron rostro a los personajes, hasta fijarlos en el imaginario colectivo de generaciones de españoles. Quien mejor representa este efecto es Charo López, cuyo rostro quedó para siempre asociado con el personaje de Clara Aldán; fue una acertadísima elección, como lo fue la de Amparo Ribelles, como Doña Mariana, o la de Carlos Larrañaga, como Cayetano. Carlos Deza, que es el eje central de la trama, fue protagonizado por Eusebio Poncela y no sé si su elección fue tan acertada como las anteriores, tengo dudas. Pero, independientemente de ello, el personaje literario me ha impresionado. Pese a no ejercer su profesión de psiquiatra a lo largo de la novela, mantiene un interés que oscila entre obsesivo y travieso por psicoanalizar a sus interlocutores, a los que acoge con su carácter tranquilo y su personalidad afable, abierta, flexible, escrutadora, y proclive a un enriquecedor intercambio de pareceres. Los procesos dialécticos a que me refería antes, descubren que su carácter tiene un lado irresoluto, indeciso y, tal vez, frío, aunque siempre receptivo, sensible y avanzado. Pero mi interés por detallar tanto su personalidad no es casual, y si reseño todos estos matices suyos es porque he encontrado en él a uno de esos personajes maravillosos que la literatura nos ofrece de vez en cuando, dotados tanto de cualidades: fuerza, sensibilidad, o carisma, como de debilidades que le hacen desvalido y humano, y consiguen que lo queramos, o que quisiéramos ser amigos suyos. Sobresale también por su carácter culto, refinado, amable, siempre dispuesto a la tertulia, a la oportuna confidencia, a relajarse un poco tocando el piano, a preparar un café, a tomar una copa, a fumar un pitillo; aunque también con dudas, miedos, fantasmas, y…, por qué no, demonios particulares. Mi mente se dirigió rauda a Ralph Touchett, aquel primo inglés de Elizabeth Archer, la protagonista de “Retrato de una dama”. Terminé aquella novela —larga aunque menos— de Henry James, entusiasmado con aquel personaje que rellenaba con su personalidad media novela. Carlos Deza pertenece a aquella misma raza de personajes magníficos; de esos que, en muchos momentos del libro, lees una frase que, salida de su boca, te deja pasmado, suspenso y pensativo: ¡Qué bárbaro, qué tío, qué ingenio, qué inteligencia, qué gran lectura! Bueno, pues ese es el personaje. Y cuando decía: “qué tío” me refería a don Gonzalo, aquel hombrecillo feo, bajito, cegato, cargado de hombros, repeinado, que enfundado en su terno y apoyado en su bastón, hablaba con voz de pito y un verbo redicho y perfeccionista; de grandísima cultura y, por lo que sé, con la mala leche de cualquier viejo cascarrabias; pero, por encima de esa imagen peculiar, era un hombre con un extraordinario sentido del humor, guasón, lenguaraz, dispuesto a verter su inteligente ironía sobre cualquier personaje o situación que se le pusiera por delante. Pero, sobre todo, un escritor de una casta superior que —es mi opinión— hubiera merecido cierto premio con más merecimientos que aquel otro escritor gallego al que sí se lo dieron. POSDATA Los que hayan leído esta reseña pensarán, que sí, que todo esto está muy bien, pero que no se animan a leer una novela como esta por dos razones. Una, porque es muy larga y no se encuentran con el ánimo necesario para afrontarla; y dos, que, además de larga, tiene toda la pinta de ser un dramón rural de aquellos que tiran para atrás. A lo primero diré que sí, que la gran extensión es un obstáculo, en tanto la novela sea pesada o no se lea con la deseada fluidez, pero como no es este el caso, sino el contrario, la gran extensión se convierte en una ventaja, por cuanto así, es obvio que cuanto más dure, mejor. A lo segundo diré que sí, que formalmente tiene trazas de drama, pero que es un drama que Torrente sabe enfocar con aires de chanza; digamos que su escepticismo sobre el género humano es tal, que le lleva a tomarse a chacota los problemas de los personajes y aunque la historia es seria y sentida, el autor y el lector comparten, codo con codo, una visión divertida de todo lo que maquinan o padecen los personajes. Lo anterior quiere decir, que el lector debe estar tranquilo en el doble sentido de que no se le va a hacer eterna, sino al revés, y de que tampoco se le va a encoger el alma con los sufrimientos de los personajes. Es la sonrisa la que asomará múltiples veces en su lectura, sobre todo una sonrisa profunda de cierta conmiseración con las debilidades consustanciales con el género humano, que viene propiciada por el comentario del autor que, con grandes dosis de camaradería, le comenta al lector, como dándole un codazo cómplice y como queriendo decirle: ¡Fíjate, fíjate que imbécil es fulanito!

2 comentarios, puntuación: 5 con 1 votos
Escrita 13 de Octubre de 2015
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EL MÉDICO en LA CIUDADELA
La ciudadela de 1937, y Las llaves del reino de 1941. Dos novelas del escritor escocés A. J. Cronin, que fueron llevadas al cine por la notable resonancia que tuvieron en su época. Las llaves del reino, contaba la historia de un cura católico (Gregory Peck en la película) destinado como misionero en un pueblo del interior de China. La leí hace más de cuarenta años y conservo nítido su recuerdo. Para contrastarlo comencé a leer La ciudadela, novela muy crítica con el deficiente funcionamiento de la sanidad en las islas británicas en la época de entreguerras. Visto desde hoy sorprende que un país avanzado como el Reino Unido, pudiera haber tenido deficiencias en esa materia y en esa época. La medicina no tenía entonces los medios de hoy, pero, no era ese el problema, no iban por ahí los tiros. La cuestión era de otra índole, y no tenía nada que ver con la medicina como ciencia sino como organización que gestiona la sanidad, y, sobre todo, con la actitud de abulia y adocenamiento con que se comportaban muchos de los profesionales que trabajaban en ella. Todo empezaba con el desembarco de los médicos novatos en la profesión. Su objetivo al terminar sus estudios, era, prioritaria e incondicionalmente, adquirir una sólida reputación. Esto, dicho así, parece normal y loable, empero, el procedimiento no lo era tanto. Solía este consistir, en la adquisición de favores y prebendas de profesionales ya establecidos mucho más que en mejorar su formación o en la actualización de sus conocimientos. Así que una vez adquirido el deseado prestigio, la práctica de su profesión se convertía en un negocio prioritariamente lucrativo que recurría al boato en las consultas y a blindar su imagen adoptando unos aires de fatua eminencia que hacían de los médicos unos engreídos y unos estirados que, subidos en su falso pedestal y rodeados de absurdos privilegios y veneración, llenaban su buchaca con absoluta desconsideración por la auténtica finalidad de su cometido. Era un sistema perverso, con incidencia, tanto en la alta sociedad como en el resto de estratos sociales en los que el mecanismo se repetía adaptado a las circunstancias, propiciando la degradación del sistema y actuando como un cáncer corrosivo para el conjunto del estamento. Como remate, el interesado conservadurismo de las corporaciones médicas, siempre vigilantes y ferozmente opuestas a cualquier pérdida de privilegios, y la general aquiescencia de los pacientes que asumían este estado de cosas como algo habitual e inamovible. Cuando Cronin, en el ejercicio de su profesión de médico, tomó conciencia de todo esto, decidió escribir una novela que tratase de estas disfunciones y que, en la medida de lo posible, contribuyese a solucionarlas. La ciudadela, tuvo una fuerte repercusión en amplios sectores de la opinión pública británica. Su éxito se convirtió en el empujón que llevó a la opinión pública a reclamar cambios y, consecuentemente, a conseguir que la administración atendiese esa demanda, creando un organismo eficaz y sin privilegios (base del actual sistema público de salud del Reino Unido), y logrando así la consecución del objetivo de la novela. Su texto, especialmente fácil, tiene una sencillez que permite avanzar en su lectura sin esfuerzo, aunque también, sin apreciar rasgos de estilo personal. Esto, junto al sentido regenerador de la novela, debió influir en su éxito comercial. El humanitarismo, implícito en su mensaje, predispone en su favor, lo que unido a un planteamiento muy claro, sin saltos en el tiempo y absolutamente lineal, hace que la historia evolucione fácilmente con hechos que se suceden unos tras otros. Se capta inmediatamente, cuando se comienza su lectura, su condición de novela de denuncia. La trama empieza exponiendo cómo los primeros empleos del protagonista, le llevan a adquirir conciencia de las imperfecciones y las carencias de la sanidad de la época, y el lector queda pronto convencido de que la narración es, en buena medida, un reflejo de la trayectoria real vivida por el autor. Sin embargo, aunque sus consideraciones arrancan de su trayectoria particular y el argumento se nutre de sus experiencias, no es una novela autobiográfica, en tanto que hay coincidencias, pero también notables disparidades con su vida real, que hacen que no se la pueda considerar así. Comienza su historia, desde el principio de los principios; lo que, para un médico, quiere decir desde el día en que se dirige, atenazado por los nervios y la responsabilidad, a visitar a su primer enfermo. A partir de ahí, su trayectoria quema velozmente etapas, afianza su valía como médico, y se forma la penosa convicción de que el duro mundo en que se mueve está viciado y lastrado, por hábitos anticuados y espurios, y por el talante acomodaticio de una mayoría de médicos que, apoltronados y faltos de ilusión y entusiasmo, carecen de cualquier interés por mejorar las cosas. Sus primeras experiencias acaecen en la zona de los valles mineros de Gales, comarca atrasada, pobre, insalubre y refractaria al progreso; allí está, literalmente, oprimido entre montañas y entre la abulia y el conformismo de unos habitantes limitados por su secular tradición de aislamiento. Aun así, entre vecinos y clientela, consigue establecer su propio círculo social, con tipos ásperos unas veces y entrañables otras, entre los que, pese a todo, surgen variadas relaciones afectivas. Cronin maneja bien la variada amalgama de vínculos personales con sus enfermos, vecinos, y colegas, arrostrando relaciones desconfiadas, enfrentadas y tensas. Basa su proceder en los fundamentos de la ética médica, y en una altruista moderación de honorarios que pronto le distancia de sus compañeros ya instalados, que ven en su actitud una competencia abiertamente desleal, con las consiguientes zancadillas, envidias y maledicencias en su contra que imposibilitan su éxito profesional y económico. Así hasta que la novela da un giro, y las circunstancias le llevan a trasladarse a Londres. Transcurrido casi medio libro, en la gran ciudad todo cambia y la ética y el altruismo se disuelven como azucarillo en agua, leve pero imparablemente. Su reputación mejora, sus relaciones se amplían, su economía progresa, pero, paradójicamente su estabilidad emocional disminuye. Y hasta aquí puedo leer, no más, pero sí hasta aquí, para, aun sin demasiados detalles, dejar bien claro el planteamiento de la novela. Cronin, expone los actos de cada personaje encajándolos en su cliché característico; quienes le apoyan en su actitud son sensatos y ponderados, quienes la niegan y se le enfrentan, son gentes pérfida y de mal estilo; hay por tanto cierto maniqueísmo, mitigado, sí, por el deseo de que la pertenencia a uno u otro bando sea, sólo, levemente insinuado, pero, detectado, aun así. Como detectada es, cierta forma de estructurar las relaciones personales con un esquema repetido; hay un remedo en la resolución de las situaciones, cambian el momento y los personajes, pero se repite la fórmula del desenlace. Esta mecanización en zanjar las situaciones denota rigidez y crea momentos predecibles; pero también aquí las percepciones son leves y apenas reflejan tics que, o son imperceptibles o muy matizados. Lo que ya no es tan leve es su carácter de novela denunciatoria condicionada por la obligación que se impone de utilizar su obra como medio para conseguir un fin, por más que el fin sea digno del mayor encomio. Esto es así, se aceptará o no, pero, esa obligación, es parte inseparable de la esencia de la novela y la acompañará siempre, como lo viene haciendo desde el mismo instante de su concepción. Tampoco quiero dejar de hablar bien del libro en la medida en que lo merece; no me he inventado las críticas, están ahí, pero son, por así decir, de baja intensidad, como esos terremotos que permiten que todo siga en pie, o sea, que no impiden una lectura interesante e, incluso, intensa. Aparte de la cómoda asimilación de su texto, la estructura de la novela denota la maestría del artesano que conoce los mecanismos que mantienen el interés del lector; si a esas dos cualidades le unimos el más que loable objetivo de su autor de promover una regeneración de su profesión desde la ética profesional y la mejora de la atención a los enfermos, hay que concluir que se trata de una lectura interesante. Creo que este es uno de esos casos en que la condición de “novela que trata de demostrar algo”, no destruye el interés literario del libro, quizá porque la tesis es relativamente sencilla, a ras de suelo, sin complejidades metafísicas, obviando así la necesidad de utilizar complejos planteamientos filosóficos para su demostración; tan sólo, simple sentido común, fácil de encajar en cualquier trama de ficción. Y por fin, como decía al comienzo, viene la comparación con “Las llaves del reino”, el otro éxito de Cronin; sus argumentos son muy diferentes, pero hay, al menos, dos puntos en común; uno de ellos la presencia, también allí, de una tesis a difundir: el propósito que subyacía en aquella historia de un misionero en China, era lograr, a ojos de la severa sociedad anglicana, la rehabilitación de la mala imagen que los británicos tenían de la Iglesia de Roma, encarnada en la novela, por aquel sacerdote bondadoso y abnegado (Gregory Peck-Atticus Finch), que dedicaba su vida, contra viento y marea, a una meritoria labor humanitaria. Sin duda Cronin, hijo de padre católico y madre protestante, tuvo el deseo de jugar esa baza a favor de la religión de su padre. El otro punto en común entre Las llaves del reino, y La ciudadela, es la fuerza, admirable, que Cronin le otorga, en ambas novelas, a la relación entre los respectivos protagonistas y los habitantes de las poblaciones donde ejercen su misión, relación bipolar, en la que unos les acogen bien y otros recelan de ellos, y en la que, al final, ambos consiguen hacerse con el respeto de la mayoría; no importa que, en un caso, sean los antipáticos mineros de los valles de Gales y en el otro, los recelosos campesinos de un pueblo del interior de China; en ambos casos, el autor, hábil y perspicaz manejando las relaciones humanas (quizá su mayor virtud desde un punto de vista puramente literario), consigue transmitir las claves de una intensa comunicación afectiva entre los protagonistas y las personas que les rodean. Esto, A. J. Cronin supo hacerlo realmente bien.

3 comentarios, puntuación: 5 con 2 votos
Escrita 23 de Septiembre de 2015
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LA LLAMADA DE LA NATURALEZA en RELATOS DE LOS MARES DEL SUR
Jack London escribió una novela sobre el instinto animal de un perro y la tituló “La llamada de la naturaleza”, frase perfecta para sintetizar el sentimiento y la manera de afrontar la vida de los adeptos a estos “Relatos de los mares del Sur”. Cualquier libro de narraciones cortas, y temática dispar es de difícil reseña, pero aquí hay dos aspectos que facilitan la tarea: uno, el medio geográfico en que se ubican los relatos, que determina unívocamente su carácter aventurero; y dos, el perfil de sus lectores: fijado el carácter exótico y, por tanto, aventurero de las tramas, éstas determinan subsidiariamente los señuelos que mueven a sus lectores más entregados, si hablamos de esos señuelos, les definiremos con precisión. Koolau el leproso, Las terribles Salomón, En la estera de Makaloa, El diente de ballena…, títulos que trasladan a espléndidos territorios, de extrañas culturas y clima voluptuoso y voluble; su lectura exalta la imaginación de los amantes de lo desconocido, de lo remoto, de aquellos que creen escuchar la llamada de la naturaleza. London escribe con frases concisas, tajantes y directas, véase si no el ejemplo: “––Nos privan de la libertad porque estamos enfermos. Hemos acatado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, nos encierran en una prisión. Molokai es una cárcel. Vosotros lo sabéis––“. Su manera de escribir es, como se puede apreciar, ágil, enérgica y muy asimilable. Los relatos suelen atenerse a un esquema que podría ser el siguiente: tras una pequeña introducción, se oye la voz cálida de un hombre maduro que, con la autoridad y el buen juicio que concede la edad, cuenta su historia en la playa y ante la hoguera, a una audiencia variopinta, indolente, y ávida de aventuras. El lector siente que su cuerpo y su mente son trasportados a aquel entorno, lejano y exótico, para, una vez allí, incorporarse al círculo de oyentes y comportarse como si acabara de desembarcar en la playa, como si detectase ya el olor y la humedad del mar, como si, cautivado él también por el embrujo del momento, escuchase las cálidas palabras del narrador que cuenta su historia. Este podría ser el comienzo de cualquiera de estas crónicas, navegando bajo la toldilla por mares tropicales, o varados en remotas playas, en las que encorvados cocoteros mojan el extremo de sus hojas en el agua, con un trasfondo de exuberantes montañas, y con la laguna azul turquesa, donde las olas se amansan tras romper contra los arrecifes de coral; por allí andan también los nativos obligados a padecer de todo, la altivez del hombre blanco, la codicia de las compañías coloniales, el inevitable racismo, y la degradación de una naturaleza que ellos, en su inocencia, creían salvaje e inmutable; y cómo no, por allí está también el blanco, con sus ambiciones, con sus miedos, infinitamente lejos de todas partes…, pero muy cerca de unos tipos que mantienen sus hábitos antropofágicos, que son absolutamente reacios a asimilar su cultura y que no se resignan a abandonar el patrón ancestral de convivencia que les mantiene en continuo estado de guerra con las islas vecinas. La alternancia y la fusión entre elementos seductores y terribles, crea la sensación de vivir inmerso en una amalgama alucinante y espesa, en una pesadilla de contrastes, en la que la belleza esplendorosa, se mezcla con la negra expectativa de perder la vida en cualquier momento. Posiblemente, el factor desequilibrante que impone lo atractivo sobre lo temible, sea la satisfacción que, personaje y lector (subsidiariamente éste), sienten al disponer de una de las prerrogativas supremas del ser humano: la libertad de acción y movimiento, privilegio que algunos disfrutan en aquellos remotos parajes, como muy pocos se podrían permitir en cualquier otro lugar del mundo. La acción se sitúa en la parte del océano Pacifico en la que los archipiélagos son más numerosos. Es una zona extensísima que abarca, desde Papúa-Nueva Guinea y el continente australiano por su flanco oeste, hasta la Polinesia francesa por el este, y desde Hawái, al norte del ecuador, hasta los aproximadamente treinta grados de latitud sur, en un área irregular, de unos seis mil kilómetros de diámetro, que puede representar una cuarta parte de la superficie total del océano Pacífico. Selva, playa y mar, son los escenarios comunes a todos los relatos; libertad y riesgo, los ingredientes principales; la relación entre unos y otros es patente. ¿Acaso no es el mar uno de los ámbitos físicos donde la libertad y el riesgo pueden adquirir mayores proporciones? El mar, inmenso territorio líquido de superficie ondulante, es, fuera de las zonas polares, un espacio sin barreras, carente, como lugar por el que desplazarse, de la opresiva limitación que imponen en tierra, carreteras, ríos, caminos, o ciudades, que obligan al viajero a mantenerse dentro de sus límites. Muchos occidentales sienten hoy, y sentían también en época de London, lo que podríamos denominar: “la llamada de la naturaleza”, es decir, un impulsivo deseo de entrar en contacto con montañas, desiertos, selvas, o cualquier otro espacio virginal u hostil. El mayor de todos esos territorios, y el único que le quedará al ser humano cuando los demás se agoten o sean casi inaccesibles, es el mar. Al hombre siempre le quedará el mar, como París, a Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Su único inconveniente es que, para aquellos que oyen la “llamada de la naturaleza” y miran al mar con el corazón en vez de con los ojos, sus múltiples peligros se vuelven invisibles. El mar atrae y hechiza la voluntad del hombre, es como si las olas entonasen un súbito canto de sirenas que le llama y le dice: ¡ven, y observa, y disfruta de lo que ves!, y se lo dice mostrando el señuelo incitante de la libertad: ¡ve por donde tú quieras, elige el rumbo que desees, o el pantalán, o el muelle donde quieras atracar; ve en busca del enclave solitario y paradisíaco en el que fondear, y pesca, bucea, báñate o, simplemente, descansa!. Todo eso y mucho más, le dice el mar al que se siente llamado por la naturaleza. Pero en esta vida, nada hay que sea tan maravilloso y que no tenga contrapartidas; y el mar tiene las suyas: paradójicamente, la propia naturaleza, que nos engatusa con su llamada, puede despertar, hasta extremos increíbles, sus temibles fuerzas dormidas, en el momento más inesperado. En los años de transición entre el siglo XIX y el XX, tiempo en el que se sitúan los relatos, las islas del Pacífico tienen una administración colonial rudimentaria; los nativos se resisten contumaces a respetarla, a adoptar las religiones de los blancos, y a abandonar sus tradicionales prácticas caníbales. Esto espanta a muchos europeos, pero atrae a otros, especialmente a hombres desequilibrados, ambiciosos, crueles y agresivos, para los que las aventuras y las riquezas son como un imán irresistible ante el que no se doblegan. Integran en su conjunto un atajo de aprovechados, borrachos, haraganes…, gentuza, en definitiva, que vive en permanente riesgo de matarse entre sí, o de ser zampados por los indígenas. Esto no parece importarles demasiado si, a cambio, disfrutan de la sensualidad del clima, del abuso del alcohol, de pisotear a los indígenas, o de vivir como auténticos reyezuelos. Así que, las islas del Pacífico Sur, como los territorios del Oeste de los Estados Unidos, como Alaska en la fiebre del oro, o como los últimos veleros que surcaban los océanos, son algunos de esos espacios físicos de extremada dureza, a los que London viaja personalmente para documentar sus novelas. En ellas acción y aventura son constantes, y sus protagonistas, no son simples aventureros, sino al contrario, son individuos retorcidos, complejos y temperamentales que convierten sus relatos en historias repletas de pasiones que no se limitan a entretener —que también lo hacen— sino que, además, calan en el lector y le mueven a reflexionar, y su texto atrapa y lleva a buscar con avidez el desenlace, independientemente de la afinidad previa que se pueda tener con el género de aventuras. Mi favorito es “Las perlas de Parlay”, un ejemplo prototípico del lugar en el que ocurren los relatos y del estilo de sus protagonistas. Es la historia de la tripulación de un barco que vive su aventura, narrada con gran plasticidad y fuerza, al paso del huracán por la laguna de la isla atolón en la que están fondeados; en mi opinión, es uno de los más representativos de la magia que destila esta colección de relatos de Jack London. Concluyo pues, mi anunciada aproximación a la personalidad de los más exitosos lectores de este libro, aventurando que estos relatos entusiasmarán a los aficionados a una serie de actividades que, a continuación, enumero aleatoriamente. A saber: la geografía, los libros de viajes, los relatos de grandes viajeros, la navegación por Google Earth, la fotografía, el senderismo, la navegación a vela, las carreras de fondo, viajar al fin del mundo sin llevar reserva de hotel, el contacto con la naturaleza, la acampada libre, la natación, comprar cosas en Decathlon, el buceo, los deportes de riesgo, ignorar lo que vas a hacer mañana, la cartografía, el triatlón, en fin, qué sé yo, éstas y muchas otras cosas parecidas, que configuran una determinada actitud ante la vida, propia de tipos especialmente activos e inquietos. Yo creo que, dándose por asumidos unos cuantos de esos motivos previos, los relatos que componen este libro le gustarán al que se anime a leerlos. Y lo dice alguien que, con carácter general, no gusta de leer cuentos, ni relatos, ni ningún escrito que sea de pequeña extensión.

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Escrita 1 de Septiembre de 2015
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CUPRESSUS OMNIPRESENTES en LA SOMBRA DEL CIPRÉS ES ALARGADA
Después de decidir que mi próxima lectura iba a ser de Miguel Delibes, no sé por qué, elegí esta novela en vez de otra. Pensando ahora en ello, veo que El camino, Diario de un cazador, La hoja roja o El disputado voto del señor Cayo, podrían haber sido elegidas con iguales o mejores razones que La sombra del ciprés es alargada; pero no dudé y fui directamente hacia esta última. Sospecho que la clave está en el título, ya me produjo confusión tiempo atrás por mi querencia a relacionarlo con Los cipreses creen en Dios, una novela de los años sesenta basada en la guerra y escrita por Josep María Gironella, con notable éxito de ventas y que gozó del beneplácito y la consideración del antiguo régimen. Se puede apreciar en el título que también hay cipreses…, pero bueno, la referencia es lejana, y la antigua confusión que pude tener con Gironella y sus fervientes cipreses, estaba más que superada. Independientemente de posibles equívocos con otras obras, creo que el árbol de los cementerios intervino en mí decisión por su simple presencia, estaba ahí, me sedujo y lo elegí. Pero no lo hice por su relación con los camposantos, que a mí me importa bien poco, sino por la significación del ciprés que, a mí modo de ver, es un símbolo perfecto de verticalidad afilada; pocos árboles son tan representativos de esa geometría aplomada; se me ocurren dos casos en los que se pudieran igualar sus formas; uno de ellos, los pinos de Valsaín en la vertiente segoviana del puerto de Navacerrada, con troncos de bellos tonos anaranjados y rectitud arquitectónica; otro, el de los bosques californianos de secuoyas, árboles rectos como columnas de un gigantesco templo vegetal; pero, en ambos casos, la rectitud intachable viene acompañada de la condición de bosque, que hace que se perciban más como una masa que, aun dominada por lo vertical es extensa, lo que refuerza la anchura en detrimento de la verticalidad. En cambio, el ciprés, de dimensiones más modestas, rara vez se planta formando bosque, si acaso hileras, como ocurre en la Toscana y en algunos paisajes mediterráneos en los que así se busca mitigar los vientos dominantes. En general, diría que el ciprés puebla nuestros cementerios, nuestros campos y nuestros jardines de una manera un tanto anárquica y diseminada, como si se resistiera a ser tratado por el hombre de una manera demasiado cerebral y controlada, por ello tiene toda mi simpatía y mi reconocimiento a su estética airosa, perfecta para un paisajismo de buscada apariencia natural. Desconozco los criterios que suelen intervenir en la decisión de las personas que eligen el siguiente libro a leer, pero los que a mí me afectan están, como se ve, poco sujetos a normas racionales, y mucho, a ideas arbitrarias más basadas en lo subliminal, que en otra cosa. Así que pido disculpas por tan peregrinas reflexiones y empiezo a leer; y al hacerlo me encuentro con que la novela tiene un formato muy característico, que encaja bien con lo que yo habría imaginado de haberme visto previamente obligado a vaticinar su forma. Es una historia con protagonista niño y huérfano, situada en la ciudad pequeña, gélida, austera, y entrañable por sus recuerdos del pasado, que es Ávila, en la que Pedro comienza su andadura en casa de don Mateo Lesmes y su señora, que dan residencia y formación académica a algunos alumnos de circunstancias parecidas a las de nuestro protagonista. Allí, a sus doce años, Pedro se deja llevar por la magia del escenario castellano y vive una infancia en la que se combina el libre esparcimiento en las calles y en las afueras de la ciudad, con la dedicación y el esfuerzo académico. Sus experiencias y reflexiones de ese momento crucial, le hacen tomar consciencia de su posición en el mundo y sentir que va a dar inicio al primer capítulo del libro de su vida. En esas, Delibes se mueve como pez en el agua; su prosa brilla y da de sí todo lo que su enorme capacidad para transmitir intimismo permite, algo consustancial y casi obligado en este tipo de historias. No es que sea la bomba H, pero me gusta este arranque con el ambiente de posguerra que tan bien se presta a facilitar al lector su entrada, o mejor su inmersión, en aquel mundo doméstico, modesto, un poco misantrópico, familiar e intimista, con mucho de decadente y asfixiante, con la retórica atrozmente conservadora del momento y que es el producto inevitable de los años cuarenta y cincuenta, época en la que todo aquello tenía su razón de ser y era perfectamente explicable por más que lecturas descontextualizadas posteriores, puedan hoy contemplarlo como un mundo de personajes extraños, casi de extraterrestres. Para entendernos; leer el comienzo de La sombra del ciprés es alargada, es como leer a Carmen Laforet, a Carmen Martín Gaite, a Mercé Rodoreda, a Ignacio Aldecoa, a Ana María Matute, o al mismo Delibes en alguno de sus otros libros. Así que hasta aquí, yo, feliz, porque me gustan estas cosas; pero de repente, me vino a la cabeza el recuerdo de un detalle; qué raro es, pensé, que el ínclito lector que honra a este entrañable club batiendo todos los records de lectura posibles, le haya atribuido un modesto 5 a esta novela a pesar de su estimulante comienzo y de ir en compañía de un nombre tan ilustre como el de Delibes. Y la explicación a esa contradicción no tardó en llegar. Porque con apenas un tercio del libro transcurrido, los acontecimientos viran, y lo que parecía que iba a ser una historia con niño que crece y que se va encontrando con la vida poco a poco, de repente, da un giro copernicano y la trama salta en apenas diez páginas del niño de trece años, al joven de diecisiete, que se va a estudiar la carrera de marino mercante a Barcelona. Consecuentemente, Ávila desaparece del panorama, y lo que era una novela de confortable trama provinciana (para mí al menos era cómoda), se transforma en algo parecido a Las inquietudes de Shanti Andía (nada menos), o sea, la historia de un huérfano que se hace marino que y se va a correr aventuras en las que, viajando por ahí, le pasa de todo. La diferencia fundamental, es que lo que Baroja pretendió con Las inquietudes… fue crear una genuina novela de aventuras, cosa que consiguió, mientras que Delibes, lo que pergeñó en La sombra del ciprés es alargada, es una especie de novela de tesis, en la que el protagonista reflexiona obsesivamente sobre temas, entre filosóficos y vitales, analizando machaconamente (se pone un poco pesado) la razón de ser de su propia existencia y la vinculación con su prójimo. Pérfida vida esta, nos dice Delibes, cuanto más felices somos con lo que amamos, más sufrimos al perderlo, cosa que invariablemente sucede antes o después. Inferencia obligada: “la teoría del desasimiento”; es mejor no tener nada y conformarse, que tener mucho y tener que lamentar su pérdida; es como aquel dicho que afirma que al rico le da más pena morirse que a los demás mortales, porque él es el que más va a perder con la muerte; o sea, mejor ser pobre. Yo no sé si estas cosas habrían podido enfocarse de otro modo en otras épocas, pero tengo claro que en aquellos años de posguerra tan influidos por la moral conservadora, un hombre como Miguel Delibes, adusto y proclive a la melancolía e imbuido de una animosa convicción en el asunto, creó una novela anacrónica y trasnochada; quizá veinte años después, él mismo, con este mismo tema, más experiencia y otra coyuntura social, podría haber creado una novela mucho más equilibrada, no lo sé. Lo que sí sé es que estas opiniones se emiten hoy, pasados sesenta y ocho años desde su creación y, a sabiendas de que tuvo éxito entre sus coetáneos y de que fue reconocida con el premio Nadal. Una explicación razonable a esta contradicción, podría ser considerar La sombra del ciprés es alargada, como un producto característico de su época que después, al cabo de los años, fuera de la atmósfera de posguerra y castigada por el imparable cambio de costumbres, se resiente inevitablemente. Volviendo a la historia, vemos cómo la peripecia viajera de nuestro protagonista, ya un señor hecho y derecho, sufre y se ve forzada y poco creíble por la necesidad de que los acontecimientos se ajusten a la tesis y es entonces cuando el conjunto se tambalea, y el lector se distancia de una trama que, en ese último tercio, finiquita con frialdad y desafección; y eso que los sucesos de última hora están, obviamente, escritos por el autor con la clara intención de zarandear los sentimientos del lector con un final tremebundo; pero mí espíritu, al menos, no se zarandeó casi nada porque lo veía venir; y así terminé la novela, sin pena ni gloria, nunca mejor dicho. En resumidas cuentas, el libro va de más a menos; empieza brillante en su primer tercio, transita en el segundo en progresiva cuesta abajo, y termina, en el último tercio, como el que baja por un tobogán. Me gustaría añadir, después de hablar tanto de la significación del ciprés, que su presencia en el título cumple una misión que no es baladí, quizá por pertenecer a la fase brillante de la novela, en la que el protagonista niño empieza a moverse por una trayectoria intensa y todavía plagada de contenido, en la que Ávila es el escenario principal. Y es ahí, en las afueras de la ciudad amurallada, donde el autor pone en boca de Pedro y de su amigo, unas inspiradas, simbólicas y poéticas consideraciones, sobre la relación entre la vida, la muerte, las sepulturas, la personalidad de la gente y las formas de los árboles; son reflexiones en perfecta coherencia con el hecho de provenir de niños de doce años, pero, a la vez, están repletas de inteligencia, ingenio y lirismo, y además, le da un significado preciso a la frase que da título al libro. La conclusión que saco después de leer esta novela es que las obras propias de su tiempo, y hablo en general de cualquier tiempo, las más genuinas, las que mejor representan a la gente, y las que mejor reflejan la forma de expresarse de la gente, son las que ofrecen mejores resultados desde el punto de vista de la creación literaria. Mientras que, otras, quizá más ambiciosas, que se distancian de lo natural y lo auténtico y tratan de establecer complicados análisis, sean coyunturales, o sean intemporales, no es fácil que lleguen a ofrecer un resultado coherente por la dificultad de engarzar el mensaje en una trama sólida y equilibrada, resultando frías, artificiales y sujetas a que sea el tiempo, precisamente, el que las haga caer en la obsolescencia. Es el caso de esta novela; tomada en su conjunto, no la puedo valorar bien; sí que puedo, como ya he puntualizado, hablar bien de su primer tercio, en el que se nos cuenta un retazo de la vida de su protagonista, sincero, bien hilvanado y enraizado en aquella sociedad. El resto, en cambio, peca de unas pretensiones que conducen a otro tipo de novela que a mí no me gusta y que además, en este caso, me parece deficientemente estructurada. Pero lo que es innegable, es que las cualidades de la prosa de Delibes, en esta su primera novela, están ahí, a pesar de que la experiencia que aporta el paso del tiempo le hiciera evolucionar a mejor posteriormente.

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Escrita 23 de Junio de 2015
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ANCHA ES AMERICA en EN EL CAMINO
Hace mucho que no tardaba tanto en terminar un libro, casi un mes, y con dos agravantes; uno, el de haberme saltado las páginas que he querido, cuando me ha apetecido, y otro, el hecho de que sólo tiene cuatrocientas páginas, que es una extensión muy normal y, por tanto, no justifica la tardanza. También añadiré en mi descargo que, mientras lo leí, mi situación personal pasó por un momento especialmente complicado que también hubiera afectado a la lectura de cualquier otro libro que hubiera podido tener entre manos. Ahora bien, si no me ha gustado, ¿para qué lo reseño? ¿Para ponerlo a parir, saltándome así mí código habitual? No, para eso no, la novela no me ha entusiasmado y no lo niego; pero también es verdad que en su lectura he encontrado aspectos reseñables, algunos incluso, muy interesantes, y siendo así, me apetece explicarlo pese a la dificultad que comportan los muchos matices de la cuestión. La novela, en lo relativo a su planteamiento, carece totalmente de profundidad y de argumento, seguro que hay otros aspectos que puedan añadirle trascendencia, pero no su planteamiento, su arquitectura es básica y se resume con facilidad en pocas palabras: es un libro de viajes. Apenas empezamos a conocer a los personajes, estos ya se están poniendo en marcha en su afán por cambiar de escenario, abandonando el frío del este, en busca de los cálidos valles de California, con el ímpetu propio de quien busca el arca perdida, o el tiempo perdido, o cualquier otra cosa perdida. ¿Y qué es lo que han perdido Dean Moriarty y Sal Paradise para tener tanta prisa? Algo, sin duda, pero no algo tangible, sino algo espiritual, como una actitud, o un talante, y una de las misiones de la lectura es descubrirlo. A partir de ahí, se avanza en sus páginas, a la vez que se avanza en los grados de meridiano, y el lector va descubriendo que el libro se compone de una sucesión de incidentes, peripecias, lances de pequeña o no tan pequeña monta, que van acompañando al paso de su vehículo por los paisajes de América, como dicen con terca convicción, sucediéndose llanuras y montañas hasta la llegada a alguna parada de enjundia, como Chicago, Nueva Orleans, o sobre todo Denver, donde se permiten parar durante días. Así, hasta que retoman el viaje, que vuelve a lo mismo, para llegar a su final que suele ser Frisco (San Francisco), o LA (Los Ángeles). Allí la parada es más larga y buscan centrarse durante una temporada, pero como eso es más que difícil por su peculiar carácter de culos de mal asiento, al final acaban liándose la manta a la cabeza y volviendo otra vez a la carretera. ¿En qué consisten las actividades que practican durante sus paradas, sean cortas o largas? Pues hay un poco de todo, tienen una curiosidad innata que les hace ser un poco fisgones y observadores, pero en lo que más se fijan, con diferencia, es en las mujeres, que, en general, se les dan bien y colaboran sin demasiadas pegas, en practicar sexo, que es su entretenimiento favorito y como tal lo practican hasta aburrir, sobre todo Dean Moriarty, aunque también hay que decir que éste viaja, en ocasiones, con su mujer, si bien luego se la pasa a su compañero para juntarse él con otras y, como se ve, ni a ellos, ni a ellas, les asusta tampoco la promiscuidad. Aparte del sexo, otro motivo frecuente de inspiración es la música, me estoy refiriendo, claro, a la que por aquel entonces funcionaba, que era, fundamentalmente, jazz, blues, música country, ritmos latinos, etc…, o una fusión de todas ellas, es decir, todo lo que entonces, entre 1947 y 1950, ocupaba el lugar que todavía no había ocupado el rock and roll. Esa afición musical les lleva a tener un contacto frecuente con negros (lo que les incluía directamente en cierta marginalidad) en Chicago, en Nueva Orleans, y en otros sitios; con ellos se enrollan con toda facilidad y con ellos disfrutan como enanos con la música. Otra de las cosas que hay que reseñar, es que tienen una dificultad permanente para disponer de dinero, de manera que se dedican a buscarlo de múltiples maneras de lo más extrañas e imaginativas, sin desdeñar trabajos ocasionales, sablazos, robos, u otras prácticas ilegales. Casi no hay que decirlo, porque esta historia es paradigmática en ello: la bebida y las drogas están a la orden del día, y uno se pregunta con auténtica curiosidad como sus organismos pueden aguantar las cantidades que se meten de alcohol y tabaco, así como marijuana, tila, o hierba, que de todas esas formas le llaman. Todo esto, es lo que hacen en sus descansos, por llamarles de alguna manera. Hacen muchas más cosas pero yo lo dejo aquí porque, a mí particularmente, me interesa mucho más lo que hacen en los trayectos propiamente dichos. En primer lugar hay que decir que pisan el acelerador como poseídos, sobre todo Moriarty, que tiene una obsesión suicida por devorar millas sin prácticamente descansar; también, que admiran y valoran los paisajes por los que circulan, ya sean urbanos, como pueblos y ciudades, u obras de la naturaleza, poniéndolos en su adecuado contexto cultural o paisajístico. El relato de este tipo de actividades se lee con absoluta facilidad, se hace ameno y hasta instructivo, por un lado, por utilizar una prosa de extrema simplicidad, y por otro, por contar los hitos del camino como lo haría un auténtico libro de viajes. Después de explicar todo esto, quizá se podría empezar a entender mejor por qué me costó tanto leer el libro, las historias personales de los protagonistas y de sus acompañantes, resultan banales y repetitivas; su sucesión termina por aburrir al no encontrar, ni un hilo que enlace unas con otras, ni un trasfondo que las haga trascender. La tentación constante es pensar: ¿Qué saco yo con seguir leyendo las tribulaciones personales de estos chicos?, y entran ganas de cerrar el libro y de no volverlo a abrir y en alguno de esos casos me salté páginas enteras, pero, lo cierto es que vuelves a abrir el libro, y es entonces cuando te das cuenta de que te reintegras a la lectura con tan absoluta facilidad que recuperas ipso facto las ganas de seguir con ella. Conclusión: gusta el proceso de su lectura, pero carece del gancho necesario que anime a retomarlo, por lo que igual pasan dos o tres días sin deseos de volverlo a coger; y claro, así poco a poco, se alarga el tiempo, invirtiendo al final cuatro semanas, es decir, cien páginas por semana, o sea, ¡una desesperación! Hasta aquí he explicado mí manera de leer la novela, pero no he dicho aún que los interesantes motivos que me llevaron a escribir sobre ella, fueron los especiales caracteres de sus dos protagonistas, y principalmente de Dean Moriarty. Es evidente que no es un personaje investido de valores edificantes, más bien al revés, es un individuo egoísta, que conduce automóviles sin respetar la vida de los demás, que tampoco respeta a las mujeres, que no se para ante nada que le atraiga, que es un descarado y un irresponsable con los demás y con su propio cuerpo, al que no deja de suministrar productos que minan su salud…; es decir, que es un auténtico transgresor de todo tipo de normas o códigos establecidos. Recuerdo que hablando de “La conjura de los necios”, trataba yo, de explicar por qué me cayó mal Ignatius Reilly, y negaba que fuera por su personalidad transgresora y tenía yo claro que, pese a no ser capaz de identificar la causa, esa no era la razón por la que me desagradaba. De haber sido así, un tipo tan rebelde como Dean Moriarty también me habría caído mal y no es el caso, al contrario, creo que su presencia es el mayor atractivo de la novela, es uno de esos personajes de fuerza arrebatadora que a veces llenan por si solos las páginas de cualquier libro. Es verdad que el personaje es real y que Kerouac se limitó a dar forma literaria a su amigo Neal Cassady. El propio protagonista cuenta la historia de ambos con ciertos toques de sensatez, con los que en muchos momentos critica la locura y la irresponsabilidad de su compañero que no para de hacer disparates, en un relato en el que su voz de narrador no es suficiente para tapar el protagonismo brutal que supone la figura de Moriarty que se erige en el principal protagonista de “En el camino” muy por encima del propio narrador. Todo lo que se ha dicho hasta aquí, su desprecio por la vida conduciendo, su consumo de sustancias, o de sexo sin freno, su despreocupación por saber que ocurrirá mañana estando sin blanca; son cosas que reflejan la parte más evidente de la personalidad de Dean Moriarty, la que está más expuesta al lector, la más obvia…, pero hay que saber que no es la única, su personalidad es poliédrica y habría que darle al futuro lector las pistas necesarias para entender que hay aspectos en los que este tipo llega a ser atractivo. Esa faceta agraciada de su personalidad se percibe a través de su talante y de la actitud ciertamente cándida con que afronta sus excesos, sin malicia, sin picardía, no es un tipo retorcido, simplemente tiene una visión del mundo condicionada por una búsqueda directa de lo que desea, sin sopesar unos inconvenientes que desprecia; es algo así como un abandono a un hedonismo en el que él confía en encontrar la felicidad, ¿a qué lector en el fondo de su alma no le da envidia un tipo que es capaz de vivir con esa despreocupación?, la mayoría seguro que no lo haríamos, pero hay que reconocer que produce cierta envidia y/o admiración. En todo caso esta actitud del personaje es mucho menos negativa que la anterior, sobre todo, cuando con ella afloran aspectos sensibles o entrañables que lo humanizan y lo convierten en algo así como un sentimental recalcitrante aunque alocado. En la última parte de la novela se cuenta su viaje por carretera a Ciudad de México, siendo este quizá el viaje más sorprendente de todos y el que mejor refleja esa sensibilidad, habitualmente dormida, del personaje. En otros pasajes de la totalidad de la novela, aparecen también páginas en las que el narrador y su compañero se dejan llevar por arranques de su propia filosofía vital en los que, con un tono medio poético, medio místico, exponen su particular visión de las cosas. Pero ya en México, explotan con un asombro brutal ante la realidad de ese otro mundo, tan diferente al anglosajón, ante el que reaccionan con absoluta veneración. Se da el detalle curioso de que el narrador no sale de su asombro cuando ve que Moriarty conduce su vehículo ¡a diez por hora!, y todo para no perderse ni un ápice de lo que ve; o también, cómo se sienten ambos abrumados por la sensibilidad, o por las costumbres impregnadas de sabiduría antigua de los mexicanos, mundo arcaico de herencia mitad indígena, mitad mediterránea, ante la que ellos quedan deslumbrados con una fascinación muy distinta a la que hubieran adoptado el 90% de los gringos que hubieran pasado por allí. Hasta la policía es amable en este país, dicen mientras le dan el óbolo pactado a los despreocupados guardias que vigilan el prostíbulo en el que pasan la tarde. Tanto me ha impresionado el personaje de Moriarty que me quedé un buen rato barajando los posibles actores que habrían dado bien en el papel. El que participó en la película de 2012 no sé si encajaba o no porque no lo conozco. Parece que Kerouac pensó en Brando y Cópola en Brad Pitt aunque ni uno ni otro lo lograron. Pero creo que Brando excedía en dureza y Brad Pitt en chulería y a mí no se me ocurrió ningún otro. A pesar de la época de los viajes, la novela se publicó en 1957 y ya sabemos lo que significó como influencia en toda una generación, no sólo desde el punto de vista literario sino también en la estética, en la música, y en definitiva en una forma diferente de vivir, en un cambio de costumbres que la sociedad, pasando los años, acabó por absorber y por mimetizar hasta casi confundirse con ella. Podría resumir bien la sensación que me ha causado esta novela con la siguiente frase: "Nunca, me gustó tanto un libro que me estuviera interesando tan poco".

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Escrita 18 de Mayo de 2015
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ALDECOA Y LA POSGUERRA en CUENTOS
Seguro que a cualquier español le habrán dicho alguna vez aquello de “tienes más cuento que Calleja” (Saturnino), pero de la guerra para acá, el mejor escritor español de cuentos es, por lo visto, Ignacio Aldecoa. Así que armado con esa fe, que me ha sido previamente revelada, me dispongo a leer los cuentos suyos que incluye esta recopilación de Cátedra. Vaya por delante que, no siendo aficionado a relatos de menos de cuarenta o cincuenta páginas, dudo que su lectura me llegue a producir ningún éxtasis y, en ese sentido, he de dar la razón a los que han dicho, empezando por el mismo Aldecoa, que el relato corto constituye un género en sí mismo, no como pasarela de acceso al estrato superior de la novela, sino con entidad propia, con mecanismos de creación y de interpretación independientes, y con tanta categoría como los demás géneros literarios. Por ello, en razón de sus coordenadas específicas y de complicado acceso para mí, tengo que suponer a priori la improbabilidad de que pueda aportar lo que el género exige, que es mucho, y me llevará seguramente a disfrutar sólo parcial y limitadamente. La primera observación que anoto es que casi todos los cuentos son muy cortos, incluso de menos de diez páginas, lo que, inevitablemente tiene consecuencias directas en su contenido: son pura anécdota (por breves, no por insignificantes), son apenas, retazos de realidad, decía yo para expresar lo mismo refiriéndome a “Dublineses”, son instantáneas extraídas de la vida, que apenas duran unos minutos, pero, ¿qué son unos minutos en la vida si, además, suele tratarse de los más cotidianos? Pues apenas nada, ese tiempo es sólo un destello, sus cuentos tienen poco contenido, son poco densos; pero por más que representen tramos cortos de vida, hay que convenir en que, para cada personaje, las circunstancias vividas en esos destellos podrían tener importancia, de hecho, con seguridad, la tienen. Así pues, su pequeña extensión y el efecto subsiguiente, su ligerísima trama, tiene como consecuencia un relato en el que pueden ocurrir dos cosas; una, que el meollo de la pequeña historia de tan obvio no pueda escapar a la captación del lector; otra, que esté solapado, que, camuflado bajo su aparente sencillez, sea difícil dar con él. Según mi experiencia, en la mayoría de casos no descubro tal meollo, (si es que existe), lo que me hace percibir el relato como un texto extremadamente simple que así, en un pronto, ni catalogo como bueno, ni como malo. Entonces, ¿qué se puede deducir del contenido del párrafo anterior? Mi conclusión es que, el impacto que ejercen estas historias, viene impuesto por la sintonía que tenga el lector con las circunstancias propias del cuento; si traspasa el umbral que permite entrar a contemplar la historia desde dentro, no desde fuera, el panorama cambia. Pongo dos ejemplos: El primero trata de un grupo de trabajadores del campo pillados en el paréntesis que hacen en los momentos más duros de su trabajo, aprieta un calor inclemente, se adivina el frescor del agua del botijo, se lo pasan entre comentarios rutinarios, surge una leve conversación entre unos y otros, y… y ya ha terminado. ¿Sintonía de este lector?, poca. En el segundo ejemplo, un matrimonio se sienta a la mesa en la periódica comida de los domingos, con sus hijas y con sus maridos; conversan, ellos de negocios, ellas sobre chismes, después llega el hijo soltero y la conversación se desplaza hacia una incómoda incursión en las convenciones sociales, se acaba la comida y la conversación, y se van al futbol. ¿Mi sintonía?, mucha, me interesó y, por tanto, me gustó. Esta recepción radicalmente diferente de ambos relatos, ¿tiene sentido? En ninguno de los dos la ínfima trama da cambios bruscos, la situación de los personajes permanece inmutable en su escasa duración, los diálogos expresan estados de ánimo, o la manera de pensar de los personajes, pero, en ambos relatos por igual, ¿por qué entonces uno sí y otro no? Se me ocurre pensar que soy un lector demasiado ajeno al mundo rural, que no siento con la debida intensidad el pequeño drama, o la pequeña comedia, que están representando esos campesinos en su escenario natural, que es la tierra, es algo externo a mí mundo y, aunque lo intente, no consigo sentir la impronta que conlleva; en tanto que yo, ese mismo lector, que he vivido siempre en familia, en mi ciudad, con unos hábitos parecidos y con unos vecinos o amigos que también llevan una vida similar, percibo la sobremesa dominical de estos vitorianos (supongo que habla de sus conciudadanos), como algo que capto desde dentro y que, desde ahí, me afecta y lo reconozco como propio y casi casi diría que lo vivo como supuestamente lo viven los personajes y como probablemente lo vivió, el propio Ignacio Aldecoa, el día que lo escribió. Hay otra cuestión que me interesa traer a colación, porque viene muy al hilo del razonamiento del párrafo anterior; se dice a menudo con referencia a estos cuentos o a cualquier colección de cuentos o relatos en general: “… son irregulares, los hay muy buenos, pero también menos buenos, los altibajos son inevitables, el autor no puede mantener siempre el mismo nivel de excelencia …” Para poder enunciar con cierta base la manida frase anterior, habría que establecer la valía de cada cuento, ser capaz de ponerles nota, de catalogarlos como buenos, o como menos buenos; ¿acaso hay algún patrón, alguna vara de medir, alguna referencia válida a la que arrimar estos cuentos para poder, en la comparación, dilucidar si son buenos o no? Yo no creo que el manejo del lenguaje establezca diferencias entre unos y otros, porque todos están bien escritos y en cuanto a su argumento, es tan leve que malamente serviría para anteponer unos a otros. ¿Qué queda entonces para poder evaluar la categoría del cuento; habrá tal vez algún criterio oculto, o de difícil concreción, que a mí —inexperto consumidor de relatos cortos—, se me haya escapado? No lo creo y si he de guiarme por mis sensaciones para valorar, sólo me queda el asunto que tratan, el ambiente en que se ubican y el talante de sus personajes. Así que vuelvo tercamente a lo que ya dije; si empatizamos con todo eso, el cuento nos agradará y nos parecerá muy bueno, si no, la lejanía afectiva nos lo hará aparecer como flojo. Quiero decir que, objetivamente, los cuentos de Aldecoa son todos buenos, están bien escritos y su estructura es tan sencilla que no pueden ser malos. Ahora bien, podrán entretener, emocionar, sorprender, hacer meditar… o también podrán pasar de largo sin producir casi ningún efecto, todo ello en función de los gustos particulares de cada cual y de su facilidad para sintonizar con las situaciones. Al menos, así me están afectando a mí; los ejemplos contrapuestos del mundo rural y de la burguesía, son extensibles a los otros temas que aparecen aquí y que fluctúan entre el interés y la desafección. Pero hay una última cuestión, que también puede influir en la reacción que produce el cuento: la tristeza que caracteriza el ánimo mayoritario de la franja de población que suele protagonizar sus cuentos; una tristeza desesperanzada, cuando se trata de pobres y oprimidos y si son burgueses, la tristeza preñada de amargura de los vencedores que —en lo más profundo de su ser—, sienten que no son ganadores del todo. Ese ánimo decaído de las capas populares y parte de la burguesía, influye en sectores muy sensibles de la sociedad —caso de los movimientos literarios—, que adoptan una actitud crítica, al menos, en la medida en que les era permitido. Estos relatos, por su datación, están dentro de los movimientos literarios de los años cuarenta y cincuenta; en plena depresión anímica, Aldecoa muestra su malestar al régimen y lo demuestra con su inclinación a acentuar los padecimientos sufridos por seres desvalidos y vulnerables, o en caso contrario, por mostrar la mediocridad de una burguesía deleznable, que detestaba. Aun así, lo triste no ha de producir necesariamente mala impresión, literariamente hablando, incluso podría producirla buena; empero, es verdad que leer repetidas historias cortas hace que la tristeza desanime más, por reiterativa, que si se tratase de novelas largas en las que, una vez dentro del libro, se acomoda uno pronto a la situación. He escrito esta reseña según leía los cuentos, pero no de un tirón sino espaciadamente, teniendo así la oportunidad de ir corroborando poco a poco lo ya dicho, y efectivamente me reafirmo en ello, como lo prueba el hecho de que el cuento que más me ha gustado, incide aún más que los otros en temas para los que estoy especialmente predispuesto. “Young Sánchez”, que se sitúa en un barrio de Madrid —no dice cuál pero da lo mismo—, contiene un retrato magnifico de Paco, de su mundo y de las personas que lo habitan. Paco, es un chaval que intenta salir de su incierto destino particular triunfando en el boxeo. Paco vive, con una madre esclava del trabajo, su padre enfermo y una hermana poco agraciada, en la modestísima vivienda familiar; cuando sale charla con todos, con los amigos en la calle o en la barra del bar, también con los vecinos, con los antiguos compañeros de colegio, con los vendedores de las tiendas o del mercado, con el quiosquero que le vende el Marca, con una plausible novia que es dependienta, con su manager y entrenador, con otros compañeros en el gimnasio, o con los jugadores de mus del bar que le adulan en sus ilusiones boxísticas. Paco tiene una inminente pelea en Valencia en la que está toda su ilusión y en la que está su única posibilidad de escapar de su destino, porque sabe que el mundo del boxeo es el último asidero al que agarrarse para salir de la mediocridad; bueno pues, pese a todo, Paco tiembla, la ansiedad le puede. Todas estas cosas me llevaron, como urbanita innato que soy, a visualizar en la memoria el recuerdo de aquel lejano universo del barrio que conocí y que se parecía mucho a éste de “Young Sánchez”. Los personajes de este cuento se expresan con un lenguaje muy específico, muy propio del ámbito urbano que lo acoge, lo que me viene al pelo para terminar la reseña hablando de los diálogos que utiliza y de la precisión con que refleja el habla, o la jerga propia de cada ambiente. Me agrada menos cuando trata del mundo rural y no sólo porque me sea menos afín, sino también porque creo que se excede con su empeño de adoptar, en las dos o tres páginas iniciales, unas maneras preciosistas, con demasiados cultismos, utilizando palabras inhabituales (rescoldo de su vocación poética) que exigen tirar de nota a pie de página, en una especie de introducción poética que, pasado ese comienzo, deja, para volver y centrarse en la pequeña trama del cuento, otra vez con los diálogos sobrios, elocuentes, costumbristas, amanerados, o como sea que hablen los personajes de cada grupo social, o geográfico en que se ubiquen sus personajes. Me agrada más, sin embargo, cuando los escenarios campesinos dan paso a los urbanos, en “Young Sánchez” volví a oír, tras muchísimos años, formas de expresión populares sacadas de mi infancia, vocablos que entonces hacían furor, tics chulescos, giros verbales constantemente en boca de la gente de los cincuenta, en calles de entrañable carácter, en el omnipresente metro, en unos bares que eran el sustitutivo de la sala de estar, en unos billares que ocupaban el tiempo sobrante, en el mercado por el que nuestra madre nos arrastraba de la mano, por no hablar del querido u odiado colegio, según cada cual… formas de expresión, en definitiva, que con asombrosa facilidad me retrotrajeron en el tiempo al mundo de los barrios populares de Madrid en los cincuenta, mundo que me es fácil visualizar ahora con estética de película en blanco y negro, del coetáneo cine neorrealista italiano, tan querido por Aldecoa, aun siendo consciente de que es un mundo que, es seguro ya que no existe, o, al menos, no, tal como era en los cincuenta.

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Escrita 16 de Marzo de 2015
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EL SUR DE FAULKNER en LUZ DE AGOSTO
“El ruido y la furia”, “Absalón, Absalón”, “Mientras agonizo” y “Luz de agosto”; cuatro novelas de Faulkner leídas, esta última algo más accesible que las anteriores (sólo relativamente); las leí con una incómoda sensación de desasosiego y desorientación y me hicieron sentirme perdido; ¿qué es esto? pensé, ¿por qué estos personajes extraños?, ¿por qué estas actitudes, aparentemente, extemporáneas?, al terminar no entendí nada de todo aquello y mi balance fue negativo; porque claro, leo para entender, no para acabar hecho un lio y me resultaba incomprensible que tantos lectores quedasen como traspuestos, como si les hubiese bajado a ver el Espíritu Santo mientras leían y eso que algunos reconocían también encontrar dificultad. Así que me propuse tratar de descubrir las ocultas razones por las que sus novelas provocan reacciones tan viscerales y tan místicas. La obra de Faulkner se puede analizar fijando los mecanismos y las pautas que suele seguir con una mirada fría y detallada de su lectura. Visto así diría que en su manera de contar hay mecanismos que se repiten novela tras novela, como por ejemplo su gusto por una literatura de exposición críptica, que obliga al lector a utilizar métodos deductivos para comprender. Cuando empieza un capítulo, no se dice de quien va a tratar, bien podría no ser el que terminaba el capítulo anterior y eso se ha de descubrir según se lee; tampoco dice donde se encuentra el personaje, hay que esperar a encontrar los datos que permitan suponerlo, ya que es muy fácil que no sea tampoco el mismo lugar del capítulo anterior; por último, el momento en el que sitúa la narración puede ser, no sé, quizá treinta años atrás, o quizá vuelva a repetir otra vez el mismo lapso de tiempo del capítulo anterior pero visto ahora por los ojos de un personaje diferente del que lo vivió antes; así pues, hay que descubrir todos esos datos. Sus personajes, no parten, como es habitual, de una descripción hecha desde el punto de vista de un observador exterior; aparecen, en muchos casos sin decir de donde salen, y empiezan a moverse, e inmediatamente a expresar su sentir; el narrador irá perfilando su mundo interior, con sus ideas, con pocos diálogos —sólo en momentos clave muy concretos—, con el diagnóstico de la voz en off que transcribe y analiza su comportamiento y que hace que, por ejemplo, tengamos una buena percepción de los demonios que habitan en la mente de Christmas (el personaje principal), pero sepamos poco del talante personal de ese hombre en su vida cotidiana del día a día. En fin, que sus métodos se aprecian enseguida, en cuanto se empieza a leer. Pero hay otra forma diferente de aproximarse a su obra que consiste en simplemente leer, esto es: ni observar, ni indagar, ni analizar, sólo leer, dejarse llevar por la lectura y ver cómo ésta nos afecta y eso es lo que haré a partir de ahora. Así pronto descubro que no hay desorientación, que todo se entiende a pesar de la manera particular con que el autor presenta los hechos y mejor sería decir que no los presenta, que se presentan solos, que aparecen sin mayor presentación; pero no importa porque, leyendo sin apresuramiento, uno sabe quién es quién sin dificultad, como por ejemplo ese niño de cinco años del que se habla, que sabemos que es Christmas de pequeño. La consecuencia de esa diafanidad relativa (sólo relativa), es que se lee con interés creciente, o sea, como debe ser; allí surgen los temas habituales del profundo sur de EEUU que, tratados con la dureza proverbial de Faulkner, convierten la trama en un inventario de los asuntos habituales del sur; que si la moralidad protestante, que si los problemas derivados de la prohibición, que si la pobreza producida por la gran depresión, que si un puritanismo endémico, y claro, cómo no, la cuestión racial y el terrible odio al negro, germen del Ku Klux Klan; todo mezclado y agitado, hace que las tensiones afluyan y que no haya un solo personaje relajado; todo áspero, duro y desasosegante y es verdad que leer estas cosas puede hacerse cuesta arriba, pero también lo es que la perspectiva de encontrar algo de auténtica calidad, puede ser motivo suficiente para contrarrestar la inercia, ponerse a ello y constatar que merece la pena. Así que avanzo, y empiezo a vislumbrar las claves que me abren las puertas de las novelas de Faulkner y de su entendimiento. Su texto es sintácticamente claro, sin mayor dificultad, sólo el jugueteo con las circunstancias obliga a prestar atención, pero se tiene la sensación de que será una tarea superable. Donde se pone peor, para mí, es cuando se trata de comprender por qué ocurren las cosas, qué sentido tienen algunos hechos extraños o algunas actitudes de personajes que parecen fuera de la lógica más común, sobre todo cuando además Faulkner no aclara, describe, sí, pero no dice los porqués. Igual me ocurrió en “Mientras agonizo” en la que traté en vano de explicar mi desconcierto en una reseña más que frustrante. Ahora, comparando mi situación de entonces con la actual, veo que sí, son parecidas pero con la diferencia de que es que ahora puedo explicar cómo y porqué asimilo la novela, mientras que entonces no supe. Ahora la veo como una historia que se me cuenta como se me contaría un sueño, o mejor, una pesadilla que la mente visualiza con un tono general seco, ausente, codificado…; cuando leo “Luz de agosto” me parece estar leyendo la transcripción literal de un relato narrado por una voz sumida en un estado de shock que, dada su situación, no malgastaría en ello detalles fútiles, matices, justificaciones, o razonamientos, sino sólo palabras y frases dictadas por una fuerte confusión de procedencia onírica. Haciendo un símil, es como si el lenguaje literario con el que está escrita la novela fuese la traslación a sus páginas del lenguaje cinematográfico con que Hitchcock presenta a James Stewart deambulando, como un zombi, por las calles de San Francisco en una alucinada persecución de Madeleine. Claro que “Vértigo” no guarda relación con “Luz de agosto”, pero el lenguaje visual, un poco obsesivo, que se utiliza en esta película, me recuerda mucho el aliento espiritual que inspira el texto de Faulkner. El narrador omnisciente de las novelas del siglo XIX, por ejemplo, narraba como lo haría una mente racional, acogiendo con aquiescencia lo que entra en la lógica, y con extrañeza lo que sale de ella. En un texto moderno, del siglo XX como es el de Faulkner, el narrador plantea los acontecimientos con aire de distanciamiento, abstracción y desapego, describe los hechos más extraños que ejecutan sus personajes sin pestañear, como lo haría un narrador imperturbable ante las locuras, que aceptase cualquier disparate como la cosa más normal y, simplemente, se dedicara a narrar. Esto no implica frialdad, muy al contrario, el autor es consciente de la grave significación de lo que cuenta, porque tras plantear el conflicto, desata las pasiones y carga las tintas en las actitudes arrebatadas, acentúa la parte épica de lo narrado, acumula términos dramáticos y trascendentes, o introduce pasajes en cursiva y sin comas que se integran en el tono general de ensoñación (como letanía de palabras e imágenes que circulan obsesivas por la mente del protagonista); y ahí es cuando surge también su otro rasgo característico y de gran impacto: declamar imprimiendo a su verbo un énfasis sonoro, que va de lo solemne, a lo místico, adornado con adjetivos lapidarios y orgullosos, extraídos tal vez de la arenga incendiaria de un agitador integrista, o quizá del sermón de un predicador visionario que, en su soflama, señalase al cielo mientras condenara las debilidades humanas con voz tonante y quejumbrosa. Todo eso me ha pasado por la mente leyendo la novela. Cierto, son gratuitos juegos de comparaciones que yo planteo a modo de asidero dialéctico al que me agarro para intentar explicar al que lee la recepción que da mi mente a sus novelas, cómo me llegan y las asimilo y cómo procuro interiorizarlas, labor nada sencilla, pero, por eso mismo, sugestiva y atrayente: un excitante reto. Pero puntualizo, no pretendo que esto signifique otra cosa más que simples mecanismos momentáneos de interpretación personal para consumo interno, a los que doy forma escrita por pura curiosidad, por saber si alguien entiende algo. Porque no siendo nada fácil la lectura de las novelas de Faulkner —cosa que sabe cualquiera—, es muy probable que la reseña que intente interpretarlas, tampoco sea nada fácil y más aún si su tono general participa de ese aura de relato fantástico, o ilusorio que se me habría traspasado por exudación desde cada poro de las palabras y las frases que componen el libro. He escrito algo sobre el método que sigue Faulkner en sus novelas y mucho de cómo me afecta su lectura, pero muy poco de “Luz de agosto” y trataré de solucionar eso ahora. Dije que están en ella los elementos habituales de las novelas del sur, hay además una trama que retrocede en el tiempo vinculando el presente con el pasado —muy propio de este tipo de novela— y contando desde sucesivos y diferentes puntos de vista; hay también una historia bien hilvanada, un argumento sólido, unos personajes muy carismáticos, y un nexo de unión entre todo ello que son las pasiones y las frustraciones de unas personas maltratadas por la vida, oprimidas por normas y convenciones sociales, que son letales para todo desgraciado, vagabundo, o desclasado que ande por ahí y en general para todos los que no se quieren doblegar ante una sociedad clasista, intolerante y pacata, que no admite desviaciones y que castiga sin piedad cualquier muestra de orgullo individualista. Faulkner, no se conforma con mostrarnos la presión a la que la sociedad somete al individuo, va más lejos y expone la presión subsiguiente a esa con la que el individuo se presiona a sí mismo, aquella con la que esos parias sufren el efecto de una fuerza superior que saben que no podrán dominar y que les lleva, mediante un proceso fatalista prefijado por el destino, a su propia destrucción. Las páginas en las que el autor, armado con su lenguaje introspectivo y apasionado, hurga en el universo psicológico de unos personajes, ausentes y absortos en su tormento, son de un profundo dramatismo, expresivo y sobrio a la vez, y por sí solas serían ya motivo suficiente para leer la novela. Son páginas en las que también está aquel murmullo característico de la ensoñación, la voz del narrador que llega como adormecida, que aparenta estar bajo los efectos de alguna sustancia que embotara la mente y que, a esas alturas de la novela, es una forma de expresión especialmente conveniente para acentuar la encrucijada en que hallan los personajes y, por tanto, es muy bienvenida. Algunos de ellos portan en su interior el germen que ha inoculado la presión externa y lo desarrollan, y en el desarrollo final del reverendo Higtower, uno desearía que el murmullo onírico, fuese un poco más explícito y un poco menos onírico, para entender bien su tormentosa inquietud (penúltimo capítulo). No ocurre lo mismo con el último suspiro de la novela, es entendible, pero requiere ser interpretado, igual que pasa con el conjunto de la novela: que uno ha de estar en disposición de asimilarla e interpretarla (último capítulo). El citado capítulo dedicado a Higtower enfrió un poco mi valoración que hasta ese momento era más alta. Sigue siéndolo pero menos, sin embargo se lee de un tirón, y el hecho de que en ese casi final me encontrase con lo que había temido encontrar durante el resto de la lectura, sin hallarlo, no debe empañar el gusto de haber leído con satisfacción el 95% restante: OCHO que pudo ser nueve. Sin embargo, cada cual tiene sus preferencias y las mías pasan por los métodos clásicos; es cierto, he podido disfrutar bastante con las páginas más intensas de “Luz de agosto”, pero en el fondo de mi ser, creo que, antes que los sonidos maravillosos y apasionados del leitmotiv wagneriano, escogería el sobrio y abrumador equilibrio de la música de Bach.

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Escrita 9 de Marzo de 2015
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UN ITALIANO IN PORTOGALLO en LA CABEZA PERDIDA DE DAMASCENO MONTEIRO
Esta es la primera novela que leo del italiano Antonio Tabucchi, con una valoración muy positiva que me llevará a leer otras obras suyas en el futuro. Nacido en Pisa, residió largas temporadas en Portugal y es autor de “Sostiene Pereira”, su novela más conocida. A mí modo de ver, un ligero vistazo a su sinopsis hace pensar en una novela de corto alcance porque, sus poco más de ciento ochenta páginas, su trama basada en la aparición de un cadáver, los detalles habituales vistos bajo una perspectiva periodística, y los pormenores del proceso judicial, parecen escasos argumentos para una novela de envergadura. Aunque sí que podrían ser suficientes, para una trama policiaca al estilo de Agatha Christie, o de Andrea Camilleri; es decir, entretenimiento asegurado y no mucho más más. Sin embargo, contradiciendo estas exiguas expectativas que la pequeña dimensión de la novela parece presagiar, su lectura hace sentir que se tiene entre manos algo que va más allá de lo esperable, algo dotado de calidad, de fuerza y de una originalidad, sorprendente en tan reducido formato. Esa sensación arranca al ver cómo utiliza Tabucchi su prosa, sencilla pero solvente, que no sólo expone agradablemente los hechos, sino que además le infunde al lector el convencimiento de que va a seguir haciéndolo conforme avanza el texto. Toda la historia se enfoca desde una perspectiva doble: los mundos periodístico y procesal, perfectamente representados ambos por la personalidad de los protagonistas, que son dos y que marcan, cada uno con sus matices, el desarrollo de la narración. Todo ello se empieza a apreciar desde que, al comienzo del libro, relata los avatares de Firmino, un joven de aficiones más literarias que reporteriles, que trabaja para un diario de sucesos y que se ve obligado, para ganarse la vida, a escribir sobre asesinatos y otras cosas parecidas. Firmino es enviado por su periódico a cubrir la noticia del hallazgo de un cadáver en las proximidades de Oporto. Cuando baja del tren en la ciudad del Duero, sus primeros movimientos le llevan a entrar en contacto con el abogado Fernando de Mello Sequeira, más conocido por Loton, un alias que por la similitud física nos transporta mentalmente a Charles Laughton (el abogado de “Testigo de cargo”). Cuando este orondo personaje empieza a intervenir en la trama, crece la sensación de que su prosa es de una calidad excelente, creencia que va asentándose a medida que la relación entre periodista y letrado cuaja y adquiere forma de monólogo desbordante del abogado, al que tímidamente corresponde Firmino con la modestia de sus prudentes respuestas y con la picardía del que no quiere parecer menos. La irrupción del abogado hace girar la narración hacia un texto más literario, más inteligente, más simbólico y más comprometido en la defensa de valores éticos y democráticos que, por lo que se ve, aún no estaban plenamente asentados en el Portugal de 1996. Pero mi valoración positiva del libro va mucho más allá de la exaltación de esos ideales, porque los méritos de la novela, sin ser de un calibre extraordinario (vuelvo a lo de sus exiguas dimensiones), están ahí en medida suficiente como para convencer de que, este libro y este autor, destacan sobre la media. Lo que más me ha gustado, quizá, ha sido la avenencia entre el abogado combativo y tenaz defensor de causas justas y el diligente periodista con anhelos de escritor; el discurso siempre parte del hombre avezado y se dirige al discípulo entusiasta, cómo si el abogado fuese una especie de Don Quijote que tuviera un interés supremo por transmitir los conocimientos y la visión del mundo que los años y la experiencia han dejado en él, a un Sancho ávido de absorber ese cargamento, para ver cómo asimilarla, para enriquecerse con ella y para integrarla en su propia concepción de las cosas. Su relación representa, a la manera cervantina, la oposición entre las dos formas de ver el mundo, la idealista y la pragmática. Aunque aquí el idealista sea tenaz e incansable en la defensa de sus ideales y, a su vez, el hombre práctico no le haga ascos a sumergirse en la magia de las palabras imaginativas del otro. Ese es, en resumen, el poso en que, para mí, se substancia la novela. Antonio Tabucchi refleja perfectamente en su relato esos elementos particulares que son, a veces, tan importantes para que el lector se sienta plenamente integrado en los escenarios de la trama; por ejemplo, en forma de paisajes urbanos: la ciudad de Oporto, sus calles, sus barrios, sus rincones; o las personas que los habitan, como Dona Rosa, la encantadora dueña de la pensión, como “Manolo el Gitano”, su mujer, o el director del periódico; el trato directo y entrañable con la gente, como los camareros de la pensión con quienes Firmino entabla conversación (magnifica también la escena con el barman del tren); o las costumbres, como las comidas, los típicos callos de Oporto, esos otros guisos formidables, los enormes puros que se fuma Loton, como lo hacía su homónimo inglés a escondidas de su enfermera y esposa en la vida real; son, en definitiva, cosas de un país que los españoles sentimos cercano a través de sus páginas; y además, aplicado de manera contenida, sin regodearse con un localismo fácil o excesivo en todos esos apartados de lo pintoresco, o de lo queda bajo el influjo de la saudade. Pero por encima de todo esto, que está muy bien, sobresale definitivamente con la creación de unos personajes brillantes, como este abogado de fuerza irrefrenable, obeso, hedonista, filósofo, más ladino que inteligente, entrañable, conversador, íntegro, que ha consagrado su vida y su hacienda a trabajar para los demás y que a pesar de los reveses, aún conserva suficiente fe en el ser humano; o como este periodista espabilado, despierto, inquisitivo, ávido de la sabiduría del abogado, con la ilusión de tener la vida por delante, pero a la vez, con el escepticismo propio del hombre práctico que es, que sabe que no conviene esperar demasiado de la vida. Como se puede ver, lo del asesinato es lo de menos, es una mera excusa para hablar sobre la vida y sobre las personas, que es lo que le interesa a Tabucchi y visto lo visto, a mí también.

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Escrita 28 de Enero de 2015
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FINA IRONÍA GERMANA en OPINIONES DE UN PAYASO
Lo primero que se me ocurre decir sobre “Opiniones de un payaso” es que no es una novela convencional sino una retahíla de ideas que salen de la mente de un joven de veintiocho años con una visión muy especial de todo lo que le rodea. Ya el título del libro informa exactamente de su contenido, porque, son sus “opiniones” lo que más abunda, superando en extensión a los propios hechos narrados. Éstos consisten en una sucesión de episodios vividos en tiempo pasado por su narrador y protagonista, Hans Schnier, que describe, pero sobre todo, comenta, dichos episodios en un flash-back ininterrumpido. Schnier tiene sus propias razones para, con su análisis crítico y mordaz, airear su propia historia personal, sus opiniones sobre el funcionamiento del catolicismo a orillas del Rhin (Renania), o su perspectiva sobre la nación alemana; y esto último, además, en años tan delicados para los alemanes, como lo fueron los inmediatamente posteriores a la segunda guerra mundial. Adopta un comportamiento, verdaderamente, incisivo basándose en el desencanto que siente, como ser sensible y vulnerable que es, ante el entorno duro, frío y materialista de una Alemania de pasado reciente, turbio e intencionadamente opaco. En tal tesitura, Hans Schnier contempla el mundo que le rodea, perplejo, desde una actitud vital de existencialismo ateo y al margen de los resortes que mueven a los demás seres humanos. Pero en contraste con ese agnosticismo, el autor coloca la religión católica, minoritaria en Alemania, en el epicentro de la novela, lo que es explicable por la condición de católico ferviente y muy comprometido que tenía Heinrich Böll, que además nació en la ciudad de Colonia, en Renania-Westfalia, estado que, al igual que Baviera, es mayoritariamente católico. Böll utiliza la novela como un tremendo alegato contra el catolicismo y su ataque se dirige principalmente contra elementos del clero, contra sus acólitos o contra muchos creyentes, que se comportan, según él, con actitudes hipócritas, mezquinas y adocenadas, claramente desviadas de los objetivos primigenios que están en el origen de la religión católica. Por tanto su intencionalidad es más regeneradora que destructiva, aunque resulte un tanto sorprendente la ferocidad y el tono de acritud que utiliza para ello. Hasta aquí los aspectos formales y la explicación del leitmotiv de la novela, pero, falta aún añadir las razones que aconsejan su lectura y a eso dedico el resto de la reseña. No había mencionado la profesión de payaso del protagonista, por estar su comportamiento más influido por otras circunstancias, como el hecho de ser ateo, como ser el hijo de un adinerado magnate de la minería, o por su propia situación sentimental. Su posición ante la sociedad, visceralmente enfrentado a ella, le convierte, pese a su distinguida cuna, en un ser descreído y descarado, que utiliza sus capacidades histriónicas para expresar una postura personal existencialista, aunque con escaso éxito, pero, no es el único personaje de parecidas características, hay algún otro y pronto se ve que ellos son los predilectos de su autor y que una de las razones de ser de la novela, es darles voz y defenderlos. Para cumplir con esa tarea, la elección de payaso como profesión, fue todo un acierto, por cuanto un payaso por su anonimato, por su insignificancia y por su descaro, es perfecto para representar la voz de la conciencia colectiva de un grupo. Y así sucede en esta novela, con el repaso que da Hans Schnier a los estrictos curas católicos y a los que los secundan, y aprovecha de paso la oportunidad, para enseñar también la cara de una Alemania que sale estupefacta del trance más duro que jamás pasara desde su creación, quedando reducido el vergonzoso y humillante (según ellos) tratado de Versalles de 1919, a una insignificante nimiedad. El tema, para mí, es interesantísimo y me sugiere mil cuestiones en las que fijarme, como ya me ocurrió cuando, tras leer la novela “Doktor Faustus” de Thomas Mann, escribí largo y tendido sobre todo lo relacionado con Alemania y los alemanes en el periodo comprendido entre 1871 (año de la creación del estado alemán) y el estallido de la segunda guerra mundial. Con aquella enésima versión del mito de Fausto, Mann propiciaba la posibilidad de hacer balance, entre las admirables capacidades artísticas y los avances de los alemanes en todos los campos, con esa otra faceta suya, más oscura, representada por una descarada actitud prepotente y arrogante que hace que a uno le quede cierto mosqueo para con ellos. En el caso presente, la guerra había terminado, pero la posguerra mantenía sus secuelas en estado latente y la sociedad trataba más o menos de olvidarse de tan enojoso asunto, pese a que lo recordase mucho mejor de lo que hubiera deseado por estar la guerra ahí a la vuelta de la esquina, por haber afectado prácticamente a toda la ciudadanía y por haber sido de una magnitud apocalíptica. Al igual que a Mann le correspondió el papel de vocero de las excelencias históricas alemanas desde 1871 hasta 1939, a Böll le corresponde aquí el de conciencia crítica de Alemania tras una guerra que terminó, como quien dice, anteayer. Así que, la voz de Schnier, que es la voz de Böll, está ahí presente para refrescar permanentemente el recuerdo de todas esas cosas. En todo caso, al margen ya del inevitable influjo directo de los antecedentes bélicos, el texto permite hacer un repaso detallado de los defectos, las manías, o los tics de estas personas (los alemanes), que parece que fueran de otra pasta diferente a la nuestra, pero que no se privan en absoluto de ostentar defectos tan criticables como los nuestros. Estos señores están dotados de una sensibilidad innegable (la acción transcurre en Bonn, cuna de Beethoven) y de una lógica aplastante, pero con una rigidez de aplicación práctica, fría y despiadada, que parece, como si en aquellos tiempos difíciles en los que aún no eran la locomotora de Europa, sus defectos aparentaran ser mucho más fuertes que ahora que se han enriquecido y sostienen la sartén por el mango. Al margen del tiempo y las personas, Hans Schnier permanece aislado, tras su máscara de payaso, de una sociedad a la que no comprende bien, a la que detesta y que, en “justa” reciprocidad, le devuelve su incomprensión. Leer está novela con ecuanimidad comporta esforzarse en intentar desbrozar y apartar de su mensaje lo que el tiempo ha dejado trasnochado o lo que tiene de misantrópico, y para poner en valor lo que pueda tener de auténtico o que esté por encima de las épocas cambiantes. En el bien entendido de que, a pesar de la evidente permanencia de muchos de estos defectos en los alemanes de hoy, algunos de ellos son perfectamente extrapolables a otras sociedades (como la nuestra) que se podrían haber contaminado con ellos como demostración de que, en realidad, los pueblos no son tan diferentes unos de otros. Lo que quiero señalar con todo esto, es que el tema de la personalidad germana es, para mí, el gran tema de esta novela que casi no es novela, sino una especie de memorándum de las debilidades humanas. El que lea estas líneas y conozca cómo funcionan mis resortes en la reseña de libros, estará ya pensando que aún no me he pronunciado sobre el estilo con que está escrito el libro y seguramente acertará, si supone que voy a elogiarlo, porque un libro que trata temas tan interesantes pero tan complejos, para gustar, tiene que estar escrito de una manera especialmente atractiva y fácilmente podría ser calificado de infumable si su estilo fuese áspero o, simplemente, intrincado. Así que, por más que me guste el tema alemán, lo que más me atrae de este libro es su estilo, la forma en que está escrito, y sobre todo, la impagable forma de razonar de este señor, dotada para mi gusto de una lucidez, una inteligencia y un desparpajo, que consiguen que su lectura sea entretenida, divertida, brillante y a la vez inteligente y profunda. Ciertamente, a veces parece un estilo un tanto incendiario e insolente, pero el punto ácrata que tiene creo que, incluso, forma parte inseparable de su atractivo. A veces también, resulta amargo, pero su amargura no ataca a mí sensibilidad por estar totalmente revestida de humorismo, con un sentido del humor cargado de ironía, burlón, cínico tal vez, pero que, a mí, con su agudeza y su ingenio me blinda herméticamente contra cualquier pesimismo que pueda destilar. Heinrich Böll, fue un escritor de fuerte personalidad, que tocó temas comprometidos y manejó personajes débiles o vulnerables por su situación económica, social, racial, política, religiosa o cualquier otra; y para desarrollar esa defensa, su texto, muy particular, retrotrae a cierta actitud mental, apreciada por mí en algunos autores que voy a citar a continuación. No pretendo que se extraiga ninguna conclusión de lo que voy a decir porque hablo sólo de un simple tic, de un “algo” insustancial y difícil de concretar en palabras, que pasa por mí mente raudo como un destello cuando leo a Heinrich Böll y a los otros escritores que voy a enumerar a continuación, y si no, obsérvese lo variopinto de la lista: Miguel de Cervantes, Laurence Sterne, Charles Dickens, George Eliot, Benito Pérez Galdós, Thomas Mann, Italo Svevo, Miguel de Unamuno, Robert Walser, P. G. Woodehouse, Ramón Gómez de la Serna, Enrique Jardiel Poncela, Luigi Pirandello, Wenceslao Fernández Flores, J. D. Salinger, Gonzalo Torrente Ballester, Fernando Fernán Gómez, Groucho Marx, John Updike y otros que seguro que se me olvidan. Como se ve, la disparidad de estilos y categorías de estos autores es muy amplia, no existe entre ellos ninguna vinculación, ni yo pretendo que exista, ni que influyan unos en otros, o al revés. Pero, como decía, detecto un nexo de unión imperceptible entre ellos, que yo (insisto en lo personal de esta apreciación) siento cuando los leo, y encuentro que hay algo en sus maneras de encadenar palabras e ideas, que me recuerda a los demás. Cuando leí a Heinrich Böll por primera vez, lo metí sin dudarlo en esta categoría. Ocurrió, leyendo aquella novelita llamada “El honor perdido de Katharina Blum”, en la que en lugar de tirar con bala, como hace aquí, contra las desviaciones del auténtico sentido cristiano en la Iglesia Católica, disparaba, también con bala pero explosiva, contra la irresponsabilidad del gremio periodístico. Al margen del asunto, su estilo me encantó y ahora ha vuelto a hacerlo; esa y no otra, es, en definitiva, la verdadera razón que me ha llevado a escribir esta reseña.

11 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 7 de Enero de 2015
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