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¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE! en EL CAMINO
Para cualquier lector desinformado, este libro tiene aspecto de novela infantil de pequeño formato, poca enjundia, y niños protagonistas. Pero verlo así es fiarse de las apariencias, así que mejor nos olvidamos de ellas y pasamos a su contenido. La novela tiene dos objetivos básicos: el primero, acotar y explorar el fortísimo vínculo que une a esos tres chavales con su entorno natural, y el segundo, narrar los encuentros y desencuentros surgidos de su relación con la gente del lugar. Lo primero, su vinculación con el territorio circundante, afecta a un buen número de asuntos, que abarcan desde los perros, los pájaros, las vacas, las alimañas o la fauna en general, hasta las plantas, los árboles, las piedras, la tierra de los caminos, y el agua de los arroyos, pasando por el viejo tren de vapor que surge regularmente del túnel y recorre el valle aturdiéndolo con sus ruidos y con sus humos. El otro objetivo es trasladar a los sucesivos episodios, los habituales líos y desavenencias propios de los pueblos, en los que los chicos, que preferirían retozar libremente, se ven irremediablemente implicados, muy en contra de su voluntad. La mencionada sencillez estructural de esta novela, es como una fachada frágil y humilde, que hay que franquear para poder desvelar unos atributos forjados a base de amistad, cariño, emotividad, y pasión por la naturaleza, y por la vida en general, que la convierten en una de las obras maestras de Miguel Delibes. Nada menos, que eso. Seguro que otras novelas suyas habrán disfrutado de una estructura más compleja, un argumento más elaborado, o temas de superior trascendencia social o histórica. Pero en pocas, o en ninguna como en ésta, supo su autor encontrar las claves necesarias para valorar tal multiplicidad de relaciones personales, bien sea por medio de una activa manifestación de sentimientos, o bien diseccionando con precisión las aristas del temperamento humano, y eso, sean niños o adultos los sujetos de todas esas efusiones. ¿Lo convierte eso en su mejor libro?, todo es opinable, habrá lectores a los que no seduzcan los argumentos que aquí se manejan, pero para alguien como yo, que, cuando pondera lo que lee pone este tipo de aptitudes en lo más alto de su personal e hipotética lista de preferencias, “El camino” es un libro extraordinario. En las cien páginas iniciales de “La sombra del ciprés es alargada” se apreciaba la calidad de Delibes, pero el inadecuado enfoque de aquella novela primeriza, dejaba la muestra convertida en un indicio fallido de sus potencialidades, en espera de mejor ocasión para explotarlas. Hubo una segunda y poco conocida novela, “Aún es de día”, y fue en la tercera, en “El camino”, en la que, con un planteamiento absolutamente sencillo y, quizá, por eso, absolutamente adecuado, consigue desarrollar su talento sin trabas, como si la simplicidad de la novela le dejara las manos libres para aplicarse a aquello en lo que realmente era muy bueno: en la corta distancia. Y tal ocurre en la relación de Daniel “el Mochuelo” con sus dos amigos y compañeros; o en el denso y prolijo monólogo —casi diálogo, tal es su desdoblamiento— que mantiene consigo mismo para analizar la conveniencia de lo que se le impone por su propio bien; o en su relación con ese territorio que tanto idealiza, como si las cumbres que delimitan su valle marcasen los confines últimos del mundo; o también en el dulce trato con su madre, o en el más adusto con su padre, relaciones, ambas, preñadas de unos intereses y obligaciones que eran la parte menos divertida de su relación personal con el exterior, pero que entendía como su obligada deuda con un amor filial en el que sabía que debía confiar. Y sin embargo toda la novela se debate entre preguntas, con respuestas de rechazo, a veces, de aceptación resignada otras veces, pese al propio convencimiento de que se le proponen cosas que no son las que él quiere para sí. Él sabe bien que no es un ente aislado, identifica claramente sus circunstancias, y sabe que debe sujetarse a ellas sin remedio. La novela está contada por un narrador omnisciente que sitúa perfectamente al lector en el interior de la mente del protagonista, que es como decir en el epicentro de su mundo particular; desde allí retransmite las inquietudes que le acompañan en sus peripecias, en una sucesión de episodios que cubren su niñez, desde que tiene noción de su propia existencia, hasta la tarde anterior a la narración. En la novela aparecen también otros personajes, generalmente, sencillos y prototípicos, sin grandes complejos ni profundidades, pero con la suficiente vida propia como para intervenir en la medida en que la historia lo demanda. No recuerdo a todos: el cura, sus padres, los padres de sus amigos, las beatas, el tabernero, el indiano y su hija, o aquella niña feúcha a la que nuestro protagonista acabó cogiéndole tanta ley; ellos y otros como ellos, son las vidas que se cruzan con la suya, creando unos vínculos que van definiéndose en cada episodio, modelándose así la forma y el sentido de una novela en la que, por encima de todo, brilla la impronta que se va depositando sobre su carácter, acuñando en él una personalidad nueva, más recia, más abnegada, y cada vez más acoplada a la realidad de los hechos, por desagradables que estos puedan ser. Esto desvelaría, en cierta medida, el mecanismo ideológico con el que Delibes hace su particular panegírico de la vida en el campo, mostrando los beneficios que tiene, no sólo, para los cuerpos sino también para el equilibrio y la fortaleza de las almas. Miguel Delibes pasaba los veraneos de su infancia en Molledo, pueblo situado en un valle del interior de Cantabria y aunque no está dicho en ningún sitio, parece que es allí donde situó la historia de Daniel “el Mochuelo”. Hay que suponer, por tanto, que aquel fue el lugar en el que se forjó su conocida afición a la vida en contacto con la naturaleza y, por extensión, su afición por la caza, a la que, en la propia novela, le dedica un significativo capítulo. Para terminar, resumo diciendo que no recuerdo ninguna novela con niños protagonistas, tan seria, tan trascendente ni, sobre todo, tan carente de la natural alegría infantil como ésta. Semanas después de haberla leído, puedo evocar aún el lenguaje utilizado por los chicos, perfecto reflejo del propio de su edad, aunque en él pueda distinguir un aliento pesimista infiltrado entre los renglones, que enturbia la alegría juvenil y que impregna la novela de una severidad inseparable del sentido profundo de la existencia propio de la persona adulta. Podría pensarse que los avatares, duros por momentos, que se viven en la novela fueran la justificación de esa severidad percibida. No lo creo así; más me inclino a achacarlo a la capacidad de un texto que va creciendo en intensidad y en trascendencia con el transcurrir de las páginas, alcanzando un tono en el que, subrepticiamente, se detecta ese aura de desesperanza que, repito, nunca habría encontrado en ningún otro libro protagonizado por niños y que consigue convertir la novela en un muestrario de comportamientos humanos que van mucho más allá del contenido habitual de una novela de niños, a pesar de que sean niños sus protagonistas. Así lo veo yo y es algo que, desde mi perspectiva, no desmerece la novela sino al contrario, la eleva a un nivel de excelencia que me convence de que Delibes, además de escritor sólido, dominador del lenguaje y gran tramador, fue también un escritor cálido y entrañable, muy al margen de cierta frialdad que había yo detectado en algunos otros libros suyos y que, en esta novela, no he visto por ningún lado. Dotado de tan convincentes cualidades, consiguió aquí la calidad y el acierto necesarios para convertir lo que aparentaba ser una pequeña e insignificante novela de temática infantil, en una de las mejores obras, de uno de los mejores novelistas en lengua castellana del siglo XX. PD. A pesar de haber indicado en la reseña que el carácter de esta novela es tanto o más adecuado para adultos como para niños, “El camino” es quizás la obra más leída de Delibes, por su frecuente recomendación al público juvenil en los colegios. De hecho es, con diferencia, la novela de Delibes que más votos acumula en SdL.

1 comentarios, puntuación: 4.8 con 5 votos
Escrita 20 de Abril de 2016
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EL APOCALIPSIS en VOCES DE CHERNÓBIL
“Voces de Chernóbil” es una de las pocas obras publicadas en castellano de Svetlana Aleksiévich, la bielorrusa premio Nobel de literatura de 2015. Ni novela, ni reportaje; es una retahíla de testimonios — voces, dice el título— recogidas de afectados a los que la autora quiere ofrecer vías de expresión de su ira y su desaliento. Conocido ese formato podría suponerse que fuera pesado el resultado pero es entretenido, lo que lleva a concluir que la escritora tiene el don natural de escribir captando el interés del lector, si bien hay que decir que, en este caso, toca un tema muy sensible, que lo facilita. El libro no es un reportaje de la catástrofe. Da su versión de los hechos, es verdad, pero ocupando sólo las treinta o cuarenta páginas del inicio. En ellas, sin extenderse demasiado, narra la secuencia del accidente nuclear para, una vez cumplido el trámite, pasar a lo que es la auténtica vocación del libro: trasladar a sus páginas una larguísima letanía de testimonios de afectados por el desastre. Y ya está, no hay que ir más allá para explicar la conformación básica del libro. “Voces de Chernóbil” es eso y poco más. El principal factor que afecta a cualquier juicio literario que se quiera emitir sobre este libro, es que no hay en él una trama al uso; lo que no significa que no haya un asunto, lo hay; y tampoco significa que no haya unos personajes, también los hay y son multitud. Pensando en esto me vino a la memoria “La colmena”, porque allí también había muchos personajes, y todos tenían su pequeña trama, básicamente, parecida para todos ellos: sobrellevar sus miserias económicas y espirituales, ambas poso indeseado de la guerra civil española. Esto significa que los dos libros tienen un mismo “modus operandi”, que es darle voz a mucha gente y en eso se parecen. Se diferencian en que las voces de “La colmena”, tienen el tono literario que aporta Cela, en su condición de novelista, mientras que Aleksiévich, adopta un lenguaje periodístico, con protagonistas con nombres y apellidos que dicen lo que ellos quieren. Por tanto, no hay una trama de enredo novelesco; sí que hay un argumento: una concatenación de episodios relativos al asunto: la catástrofe de Chernobil. Aunque todos hablen de lo mismo, cada personaje reacciona a su manera, con un discurso controlado por la pluma, periodística, si se quiere, pero equilibrada, directa, y sensible de la autora, que asume el claro compromiso de retransmitir tanta desesperación, perplejidad, dolor y espanto. Podría pensarse que el dolor es el más intenso de esos cuatro estados de ánimo, como en las guerras en las que la pérdida de seres queridos supera a todo lo demás. En Chernóbil, la desesperación, la perplejidad, o el espanto, son tan fuertes como el dolor, porque al desgarro interior de las personas se suma el estupor ante lo nunca visto, con un miedo y un desánimo, solo equiparables a los vividos en la catástrofe bélica de referencia, que aquí en la antigua URSS, es indudablemente la segunda guerra mundial. La contienda contra Alemania fue terrible, y son varias las voces que, a lo largo de este libro, se retrotraen a la niñez vivida en aquella guerra, para encontrar traumas con los que comparar. Particularmente me impresionó una voz, que cuenta que vivió en su infancia los novecientos días que duró el cerco de Leningrado, (¡Dios!, más de dos años de hambre, violencia y frío), y un día de invierno ve cómo pasa, por la acera de enfrente, un hombre andando lentamente —las fuerzas escaseaban por el hambre—, y ese hombre se para y se sienta, y al volver a pasar al día siguiente por el mismo sitio, ve con horror, que sigue allí sentado y que lo seguirá estando meses, hasta que llegue la primavera y el deshielo, y dice esa misma voz, que la guerra, la muerte, el frío helador, el hambre y los demás horrores de Leningrado, tenían una cara bien definida, sombría, macabra, espantosa, pero los seres humanos no pensaban que pudiera tener otra, ese era su único aspecto concebible y el único esperable. En Chernóbil, en cambio, horrores equivalentes se inscribían en un escenario magnífico, la catástrofe ocurrió a finales de abril, y los que llegaban para enfrentarse al desastre, se encontraban con una naturaleza en su plenitud, bosques exuberantes, animales vivaces, huertas ubérrimas y campos en plena explosión de fertilidad, ¿dónde está el terror, por qué la muerte se presenta con tan bello rostro? Era difícil digerir ese contrasentido, porque la belleza, por mucha que sea, ni disimula, ni mitiga el dolor o el miedo, y las mentes estaban acostumbradas a soportar las penas en un escenario sombrío, no entendían el horror en mitad de una naturaleza pletórica. Y sin embargo la muerte estaba allí, los dosímetros daban niveles de radiación decenas o cientos de veces superiores a lo admisible. Las consecuencias lo demostraron sin tardanza, como los bomberos que acudieron tras la explosión y murieron allí mismo, mientras otros aguantaron uno o dos meses de descomposición interna y externa de sus cuerpos, que, además de quemarse lentamente, emitían radiación nociva para sus mujeres, que les acompañaban y cuidaban; y después, niños, mujeres, ancianos, durante meses o años, con la lacerante incomprensión de las autoridades que reaccionaban con consignas al estilo de la guerra fría: “hemos de contrarrestar el ataque del capitalismo infiltrado”, “no hay que creer las mentiras de la propaganda antisocialista”, “¡el heroico pueblo soviético vencerá!”, todo de ese tenor, con una opacidad sangrante que nadie se creía allí a pesar de la incipiente perestroika, y mandaron hombres a recoger escombros encima de la cubierta del reactor, con una mínima protección que no les sirvió de mucho, por los brutales niveles de radiación. Obligaron a evacuar la población, pero los viejos no lo entendían, y volvían después a escondidas por los bosques, campo a través, y se encontraban saqueadas sus casas, y se llevaban sus patatas y sus cosechas contaminadas y los huevos de sus gallinas y la leche de sus vacas también contaminadas. Y más, mucho más, porque ya han pasado treinta años, y me entero en Internet que se está construyendo una cúpula gigantesca para cubrir el reactor y evitar que el sarcófago (estructura provisional que cubrió el reactor), apresuradamente construido después del accidente, pudiera hundirse y provocar un nuevo escape radiactivo, obligando a la comunidad internacional —Ucrania no podría asumir individualmente ese gasto— a construir una cubierta en la que cabría la catedral de Burgos, con sus dos torres dentro, pero, ojo, para minimizar los efectos de la radiación sobre los trabajadores, la están construyendo a 500 metros del reactor, lo que obligará, una vez acabada, a desplazarla sobre raíles hasta cubrir totalmente el reactor (por tanto, no sólo es gigantesca sino además transportable), permitiendo otros cien años de tranquilidad (¿?), antes de volver a deteriorarse. Y es que las construcciones no son eternas, la radiación no desaparecerá por las buenas en un plazo superior al milenio; algo tendrán que pensar dentro de cien años, pero lo único seguro es que lo pensarán otros. Lo que no se puede, por la reticencia de las autoridades a hacer esos cálculos, es saber cuántas víctimas han tenido como causa directa el accidente nuclear de Chernóbil. Los responsables sanitarios, son reacios a afirmar que muchos fallecimientos por tumores sean consecuencia directa de la radiación, a pesar de que los índices de afectados por enfermedades cancerígenas son altísimos en la zona. Yo personalmente, antes de leer este libro, conocía, incluso mejor que la mayoría de la gente, lo que pasó en Chernóbil, pero el concepto que tenía de la tragedia estaba alejadísimo de la magnitud real que he conocido leyendo el libro. Y la verdad es que es espeluznante, pone los pelos de punta, y lleva necesariamente a aborrecer la energía nuclear (si no se aborrecía ya antes), a pedir que cierren todas las centrales, y a que se aumenten las precauciones de manera exponencial porque cerrarlas tampoco evitará los riesgos que conlleva mantener sus instalaciones y sus residuos. En Chernóbil también se tomaban precauciones (el accidente se produjo en un simulacro programado de “incidente”), pero hubo errores y fallos, que, encadenados, dieron lugar al colapso del reactor. Considerando el carácter trágico del asunto, habrá quienes no quieran saber nada de todo esto, y lo último que harán, será leer “Voces de Chernóbil”. No seré yo quien se lo reproche, pero, para los atraídos por el tema, o simplemente, para los que tengan algún interés o curiosidad, la lectura de estos testimonios puede reportar un saldo, muy positivo, en términos de un mejor conocimiento, enriquecido además por el humanitarismo y la autenticidad de los que, rebelándose contra el desastre, quisieron desahogar su impotencia expulsando todo lo que tenían, vaciándose sin dejarse nada dentro. Éste es un libro muy bien escrito, que permite poner al alcance de todo el mundo esa información, sin tener que someter a la mente a una lectura pesada o árida, todo lo contrario, Svetlana Aleksiévich consigue que llegue al lector sin esfuerzo especial y, consecuentemente, pueda ser procesada y valorada en su justa medida.

7 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 30 de Marzo de 2016
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PADRE STEPHEN en EL CARDENAL
“El cardenal” es una novela, publicada en 1950, cuya acción transcurre entre los años 1915 y 1939. Su autor, Henry Morton Robinson, escribió otras, pero aparte de un ensayo de autoría compartida con J. Campbell, sobre el Finnegans Wake de Joyce, “El cardenal” es la más conocida y aún más después de que Otto Preminger filmara en 1963 la película homónima. Ambas, novela y película, están basadas en la figura, muy conocida por entonces, del cardenal americano y arzobispo de Nueva York, F. Joseph Spellman, y narran la vida del sacerdote católico de ascendencia irlandesa, Stephen Fermoyle, desde su consagración en 1915, hasta su nombramiento como cardenal al principio de la segunda guerra mundial. En esos veinticuatro años, la novela recorre distintas etapas de la vida del padre Fermoyle, hasta la culminación de su carrera eclesiástica. Antes de avanzar en el análisis del libro, me gustaría precisar algunas cuestiones previas. Su autor lo escribió en 1950, desde una perspectiva propicia al personaje y a la institución que representaba. Hay que considerar que cualquier libro que por aquellos años hablase de la Iglesia católica, tenía que tener un tono edificante y sin rastro de crítica y, no sólo no podían aparecer en él curas pederastas ni corruptelas económicas ni nada parecido, como ocurriría hoy, sino que tenía que dar una imagen modélica, ejemplar, e irreprochable; cualquier otro enfoque por debajo de eso, hubiera sido escandaloso y, además, no habría tenido éxito. Por tanto, no cabe esperar que “El cardenal” incluya contenidos escabrosos o polémicos como los contendría, con toda probabilidad, si se hubiese escrito hoy, y cabe preguntarse: ¿En tal caso, qué cuestiones cabía esperar que abordase una novela sobre la Iglesia, en 1950? Veamos en los dos bloques siguientes, un extracto de las cuestiones tratadas en “El cardenal”. 1.- La vida del padre Fermoyle, su familia, y su posición en la Iglesia católica. La novela arranca con el retrato de sus padres y hermanos en la intimidad del domicilio familiar, después desaparecen, y vuelven a aparecer intermitentemente, a modo de Guadiana irlandés. Su conciencia, también entra y sale de la novela, regularmente, empeñada en un debate “ad aeternum” con su otro yo terrenal conmocionado por una señora italiana de clase alta, cuya belleza, cultura y refinamiento, no puede apartar de la mente. Esta fase en la que la trama contempla a un Stephen Fermoyle, sujeto a debilidades humanas, pero también sensible al sufrimiento de los demás, cubre aproximadamente la mitad de la trama biográfica. La otra mitad, sigue su progresión en la jerarquía de la Iglesia, desde el puesto de vicario, en varias parroquias, de párroco, secretario del obispo y otros puestos más hasta llegar al cardenalato, que da título a la novela. Es una narración que enseña las interioridades de la Iglesia católica, permitiendo conocer los derechos y obligaciones atribuidos a sus miembros, así como las funciones que han de afrontar, incidiendo mucho en la administración de los recursos y de las aportaciones de los feligreses. En fin, que la lectura de “El cardenal” conduce al lector a un mayor conocimiento de los entresijos de la Iglesia católica. 2.- La actitud de la Iglesia ante la moderna sociedad industrial y consumista. Dejando atrás el lado más personal y privado del protagonista, la novela analiza la forma en que la Iglesia católica americana, como entidad autónoma, se relaciona e interactúa con la sociedad civil americana, tanto sea con el aparato del Estado, cómo con la opinión pública, explicando las reacciones que la Iglesia provoca en ésta última, y a la inversa, las reacciones que los nuevos modos de vida provocan en la Iglesia católica, que ha de fijar su postura y sus directrices ante ellos. Tiene una gran importancia el hecho de que el autor del libro sea americano (léase estadounidense), y que durante casi toda la novela, a excepción de los episodios romanos, hable de personajes e instituciones americanas, lo que convierte esta parte de la trama en un debate en clave estadounidense, muy alejado, por tanto, del ambiente europeo coetáneo, y no digamos nada del español, por entonces sumido en una confrontación, excesivamente radicalizada, con el Estado. Estos, así agrupados en dos bloques, son básicamente los temas de los que trata, concluyendo que la novela es la biografía del cardenal Stephen Fermoyle contada sobre el fondo del debate que libraba la Iglesia católica americana con la administración de su propio país. El referente del protagonista en la vida real, el cardenal Spellman, vivió hasta 1964, por lo que tuvo tiempo de ver publicada la novela e incluso, de ver la película. Fue un hombre que por su encanto personal, por su habilidad como gestor, por sus relaciones, o por otras razones, fue muy popular y conocido en su época. Entre las bazas de la novela, está la descripción de sus amplísimas relaciones personales, feligreses, otros sacerdotes, gente influyente, gente humilde, personas del mundo de la cultura, y altos dirigentes de la Iglesia, tanto en Estados Unidos como en Roma. Otra baza importante es lo que agrupo bajo el epígrafe: “diálogo interior de Stephen Fermoyle”, que es el testimonio vibrante de las dudas que, periódicamente, atenazaban al hombre, que, aun con una enorme confianza en la solidez de su fe, sabía del valor de la constancia y de saber apartarse a tiempo para no poner en riesgo la misión a que había dedicado su vida. En esa materia, el texto es muy claro, al aseverar que, aun con la fortaleza que le confiere su fe, su conciencia, la del hombre no la del sacerdote, se tambalea ante el desafío de la carne, pero, también, ante los durísimos dilemas éticos, que le reclama la Iglesia y ante las disyuntivas morales que le hacen dudar entre lo social y lo evangélico. Creo que cualquier lector que se enfrente a esta novela desde una perspectiva laica, tendrá como máximo aliciente la expectativa de adentrarse en los últimos rincones de su mente, la del ser humano, tratando de explorar sus sentimientos en busca de las motivaciones que le llevaron por la senda religiosa. En esa búsqueda, la novela no defrauda, al exponer su pensamiento e interpretarlo de forma precisa, con el abierto testimonio de sus luchas internas. La edición sudamericana de que dispuse es lujosa pero deficiente, por estar plagada de errores, como renglones enteros sin espacios entre palabras, u otros fallos parecidos. En cuanto a la narración en sí misma, es correcta aunque tampoco especialmente brillante; son frecuentes los pasajes de emotividad superlativa, comprensibles con personajes de su familia y siendo novela biográfica, en la que el paso del tiempo actúa repetidamente sobre los personajes provocando recuerdos y añoranzas, más aún con personajes entrañables, como es el caso de sus padres y hermanos. Dejando ya de lado la vida personal de Fermoyle/Spellman, que es el asunto central de la novela, subyace el otro asunto importante. Y lo es porque crea un debate de fondo que da valor añadido al libro, permitiendo que el lector reparta su atención entre las cuitas del padre Stephen y el debate de lo secular contra lo confesional, en los EEUU. La sociedad americana hubo de posicionarse, en aquella época, respecto a importantes cuestiones emergentes, véanse varios ejemplos: una etapa inicial de prosperidad y consumismo tras el fin de la gran guerra; el subsiguiente colapso financiero y depresión que dejó en la miseria a millones de personas; la controversia sobre el control de la natalidad; la deontología médica ante los avances de la cirugía y la medicina en general; la prohibición de consumir bebidas alcohólicas; el gansterismo y la falta de moralidad pública; el asentamiento del propio capitalismo; el racismo con el surgimiento del Ku Klux Klan, y algunos más. Son cuestiones con lecturas diferentes vistas desde la administración, o vistas desde la Iglesia católica, y los miembros de la opinión pública en general, y de la católica, en particular, tenían que escuchar a los dirigentes de ambos estamentos y actuar conforme a su conciencia, o a los mensajes que unos y otros difundían. Los posicionamientos radicalmente opuestos en muchos de estos temas, fueron una fuente frecuente de enfrentamientos entre el Estado y la Iglesia. Y como consecuencia de esos enfrentamientos aparece un último debate: la delimitación de las relaciones Iglesia/Estado, y las fronteras que impone la administración a la Iglesia en determinados asuntos. Estas cuestiones, referidas al debate entre el poder civil y la influencia del poder espiritual, alcanzaron un punto de agitación que se explica en la novela desde una óptica católica, aunque con buenas dosis de liberalidad, y aceptando —punto clave— restringir su ascendiente al ámbito de la intimidad de las conciencias. La administración, tendía a creer poco en las intenciones de la Iglesia, temiendo que ésta buscara meterse en asuntos fuera de su competencia. Por provenir de Roma, ese intervencionismo tomaba forma de injerencia extranjera, alimentando en los americanos un sentimiento nacionalista, que dificultaba mucho la buena relación con los católicos. Hasta 1929, con el Tratado de Letrán, no se cerró la “cuestión romana”, el pleito con el Estado italiano, iniciado en 1870. Oficialmente, los “Estados Pontificios” seguían vigentes de “jure”, aunque “de facto” hubieran desaparecido. Y hay que recordar que los “Estados Pontificios” representaron el poder temporal, fuerza militar incluida, que tuvo la Iglesia católica en un tiempo no tan lejano. Naturalmente, es ridículo e impensable que representantes de los Estados Unidos pudieran temer al poder temporal de unos “Estados Pontificios” extintos en la práctica desde Garibaldi, pero sí que es concebible un rechazo frontal y orgulloso a la presión que sentían por parte de una organización tan mundialmente extendida y tan influyente, como la Iglesia católica. En fin, que todas estas cuestiones, siempre vistas desde una perspectiva absolutamente local y americana, definen una interesante música de fondo, de carácter fundamentalmente político, sobre la que se superpone la biografía del padre Stephen. Ese es, más o menos, el contenido de “El cardenal”.

8 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 23 de Febrero de 2016
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BURGUESES en PERSUASIÓN
No tenía ninguna intención de reseñar este libro cuando iba por la mitad, pero ha sido acabarlo y ponerme a escribir enseguida. La razón de este cambio sobre la marcha, es que leí cómodo y bien la primera parte, pero sin encontrar la motivación necesaria para escribir. Esto fue cambiando a lo largo de la segunda, de tal manera que antes de terminar ya había cambiado de opinión. ¿Quiere eso decir que hay razones que justifiquen cierta desmotivación, al leer esta novela? ¿Qué podría llevar al lector actual a contemplarla como algo frío o distante? Naturalmente, no todo el que se enfrente a su lectura va a reaccionar así. Pero, creo que mi reacción, con todos los matices diferenciadores que se quiera, debe ser relativamente frecuente. Si se analiza, no resulta tan extraño porque los doscientos años que cumple, son ya una edad considerable para cualquier obra literaria. Una edad que hace aconsejable que el lector se mentalice, que vaya comprendiendo que tras esta historia había una sociedad rígida y clasista, en la que los individuos se movían siguiendo unas pautas de comportamiento adaptadas a unas circunstancias, que eran muy diferentes a las nuestras. Como ejemplos de la distancia que nos separa de esta trama, se pueden entresacar de sus páginas detalles reveladores. Algunos figuran ahí porque Austen quiso que actuasen como dardos dirigidos contra su sociedad, los incluyó porque quiso criticarlos y hoy no nos molestan, porque refuerzan nuestra lectura y nos identifican con su mensaje crítico. Pero también incluyó otros, que eran una exhortación al cumplimiento de la moral entonces vigente; estos últimos los vemos hoy desfasados, recordándonos, más de lo que nos gustaría, que estamos leyendo un libro magnífico en lo literario, pero un poco anacrónico en lo que se refiere al desarrollo ético y moral de aquella sociedad. Por ejemplo, se valoraba a las personas por su posición en la escala social, por su dinero, y por lo esmerado de su educación, y sólo cumplido todo eso, se entraba a considerar su calidad humana. Otra cuestión es el carácter sumamente convencional de su argumento, basado en una sucesión de equívocos y coincidencias, que, tal vez, resulten un poco forzados por un manifiesto deseo de crear enredos próximos al vodevil, lo que traslada al lector una imagen ciertamente superficial. Está también, la constatación de la estanqueidad del marco social; son muy pocas las posibilidades de ascender, por el rechazo de la clase superior, y muy pocas las de venir desde abajo, por los obstáculos que oponían al que lo intentaba. En relación con esa cuestión, el ascenso en la Armada, era una de las pocas formas de ascender en la escala social, el novio de Anne, antes rechazado, es fácilmente admitido, en el círculo de la protagonista, al reaparecer como capitán de navío. Y nada importa que se hubiera hecho rico por el saqueo de barcos enemigos, extrañando que ese origen un tanto espurio del dinero, no merme el prestigio que la riqueza le aporta. Me chocó la frase que revela su doble moral, en la que alguien lamenta mucho, que no haya una nueva guerra a la vista, para que el capitán aumente su fortuna, y dicho con una naturalidad escandalosa, sin rubor, y sin darle un tono que hiciera pensar que considera criticable el desear una guerra. Hay detalles absurdamente machistas, como que la herencia del padre de Anne, no estuviese destinada a sus hijas, como sería lógico, sino a un primo ¡al que casi no conocen!, sólo por el hecho de ser varón (esto ya ocurría en “Orgullo y prejuicio”). Muchos de los mensajes de Jane Austen, sobre todo los relativos al matrimonio, lo que realmente buscan es un compromiso entre la bonhomía de sus mujeres protagonistas, y las normas de decencia y buen comportamiento obligadas por la moral vigente, es verdad que ella predica el matrimonio por amor, pero también exige los tres requisitos que he enumerado antes, posición, dinero y educación, que incluye en la novela a modo de obligatorio código ético, y siendo así… ¿por qué opción se decanta, por el amor o por la conveniencia? Podría parecer que por el amor, pero como tampoco nos olvidamos de su idea de que el matrimonio es prioritario para cualquier mujer, no tenemos certeza, podría ser el compromiso que decía antes. Y, por cierto, ella no se casó, pero siempre quedará la duda de que no lo hiciese porque no tuviera con quien. En fin, las demás cosas las valora, pero menos, la caza, los paseos campestres, la música, la literatura, el teatro y, según se aprecia en esta novela, también viajar, y hacer algo de turismo, son cosas que contribuyen a hacer más agradable la vida, pero nada más, son, meros alicientes (en su caso, es obvio que la literatura sí era importante). No pretendo negar aquí, que Austen transmita mensajes críticos encriptados en sus historias, lo que digo es que son leves y que están inscritos en la lógica social contemporánea, no son mensajes radicales ni transgresores, son sensatos, incluso conservadores, o todo lo más, ligeramente reformistas. Resumiendo, hay un cúmulo de razones que pueden hacer pensar que ésta es una lectura presidida por la banalidad y los prejuicios, y quien lo crea, no debe desanimarse ni echarse atrás, porque la banalidad y los prejuicios son propios de aquella época, hay que asumirlos si se quiere leer con ecuanimidad, entonces eran normales aunque hoy no lo sean. Evitar que estas percepciones perturben el rendimiento a extraer de esta obra puede ser difícil, porque a veces la afectación es de carácter subconsciente, y no se identifica bien la causa, pero conviene no desanimarse porque, al menos en mi caso, la frialdad percibida en la primera parte, se diluye en la segunda, y no porque cambien las circunstancias causantes, que no cambian y hasta puede que se acentúan con la alta sociedad y los deseos de figurar de los visitantes de Bath, sino porque aquellas percepciones se empiezan a diluir, y el lector se va habituando a todo aquello, hasta que, inopinadamente, se produce el efecto de montar en un tren que arranca y se le siente moverse hasta que con la velocidad vuelve a parecer quieto y lo que entonces se mueve son los árboles, el paisaje, las vacas, o lo que sea que pasa por la ventanilla cuando corre veloz. Es como si el lector se subiese en marcha al tren del relato y las referencias cambiaran con su incorporación, el estiramiento, las rigideces y los prejuicios, dejan de sentirse y el interés del lector aumenta paulatinamente, concentrándose en la resolución de la trama con la ayuda del texto y las grandes dotes para resolver gratamente estas situaciones, que tenía Jane Austen. El libro comienza, cuando la narradora nos anuncia que ocho años atrás, Anne Elliot, la protagonista, renunció al matrimonio con la persona que amaba, persuadida por las fuertes razones que desaconsejaban su casamiento, y por la presión subsiguiente que sus allegados ejercieron sobre ella, hasta doblegar su voluntad (de ahí la persuasión del título). Dicho con otras palabras: se retractó porque el candidato a marido no tenía ni la pasta, ni la posición social de ella; aunque, posteriormente, el paso del tiempo le hizo tener muy serias dudas del acierto de aquella decisión pero… a lo hecho, pecho. Con estos antecedentes, la acción empieza cuando, en el pequeño círculo social de Anne, aparece inopinadamente el que, ocho años atrás, fuera pretendiente rechazado y ofendido, presentándose ahora como un enriquecido capitán de la Armada. Cuando lo ve y se cerciora de que es él, comprende horrorizada que no tiene más remedio que sobrellevar el trance adoptando un semblante digno y sereno en presencia del hombre al que rechazara antaño, acometiéndole el temor de no poder controlar sus nervios, y llevándose un sofocón más que comprensible. A partir de esa circunstancia, que tiene lugar en las primeras páginas, el lector comienza su labor de procesamiento de datos, de identificación de cada personaje, nombre, título, relación, parentesco, papel que cumple en la trama, y varios más de este estilo, y aunque cuesta, porque son muchos, el lector se acaba situando. En esa misma línea se percata de cómo viven, de cómo se relacionan con sus vecinos, o establecen nuevas amistades, planean grandes paseos, organizan cenas y reuniones, y frecuentan a amigos, vecinos y parientes. Es evidente que vivían bien, muchísimo mejor que los ciudadanos de clases sociales inferiores a la suya en el Reino Unido, que obviamente tenían que trabajar duramente para vivir y no se lo pasaban ni la mitad de bien. Lógicamente la aristocracia vivía aún mejor, pero no creo que ahí la diferencia fuera tanta. Precisamente en esta novela, se da la circunstancia, única en la obra de Austen, de que la protagonista pertenece a la nobleza por ser hija de un “baronet” con tratamiento de sir, lo que la aproxima a esa clase superior, aunque vemos que no demasiado, porque el texto nos explica enseguida que las relaciones de la protagonista con su padre y su hermana Elizabeth, son frías y distantes, y pone de vuelta y media, a sir Walter y a Elizabeth, por su estupidez, su ambición, su banalidad, y su egoísmo, dejando a ambos bastante desconectados del resto de personajes de la trama. Éstos últimos, que no se consideran parte de la nobleza, comparten un estrato social, acomodado, orgulloso, un tanto puritano, exigente en sus hábitos y costumbres, y pensando siempre en la economía; para decirlo pronto y claro, son la personificación de la burguesía. Se puede así afirmar, que Jane Austen toma como protagonistas casi únicos de sus novelas a los burgueses del Reino Unido, ni más, ni menos. Y llama la atención a ese respecto que, por aquellos días, los burgueses europeos, incluidos los ingleses, miraran hacia Francia observando atentamente los acontecimientos revolucionarios. ¿Por qué razón la burguesía de Francia volvió al Estado del revés, mientras que sus equivalentes ingleses vivían en la plácida situación que describe esta novela? ¿No había en Inglaterra desigualdades que movilizaran a los burgueses contra la aristocracia, como lo hicieron en Francia? Es sabido que la Revolución francesa fue llevada a cabo por el estamento burgués, que, una vez enriquecido, no permitió más tiempo el sinsentido y la amoralidad de una monarquía y una nobleza despilfarradoras e instaladas en el más rancio absolutismo. El mucho menos conocido proceso revolucionario inglés (“English Civil War”), ya había tenido lugar en el siglo XVII, incluyendo un corto paréntesis republicano y el corte de cabeza del rey Carlos I, y una de las consecuencias de ese adelanto fue que, en la época de esta novela, Inglaterra disfrutaba ya de instituciones parlamentarias y representativas, aun sin haber suprimido el estamento monárquico, que, a pesar de la decapitación de Carlos I, se recompuso y continuó incólume hasta el día de hoy. Jane Austen debió ir gestando en su mente la trama de sus novelas en los últimos años del siglo XVIII, entre los veinte y los veinticinco años, en un tiempo que, casi coincide con el proceso revolucionario en Francia. En esa época su familia trasladó su residencia a Bath, la ciudad que, como su propio nombre indica, acoge las termas y baños romanos, muy próximos al armonioso y geométrico arte gótico de la impresionante Abadía, el llamado gótico perpendicular, con sus espléndidas bóvedas de nervaduras en abanico. Y cómo Bath no está lejos de la costa sur de Inglaterra, Austen viajaba con alguna frecuencia a la cercana población costera de Lyme Regis, donde se dice que conoció a un posible pretendiente que posteriormente falleció, sirviendo lugar y circunstancia, como inspiración para la trama de “Persuasión”. La primera parte de la novela se desarrolla en las casas de campo del lugar de residencia de la mayoría de personajes; después, a mitad de la novela, viajan a la mencionada localidad de Lyme Regis, donde suceden los episodios decisivos, y ya por último, la acción se traslada al escenario neoclásico y urbano de Bath, en medio de un ambiente, muy distinto al anterior, de lujo, distinción y animada vida social, y con el desarrollo de una serie de episodios con los que la trama alcanza su culminación. Resulta muy curioso, cuando aparece la palabra FIN, encontrarse con que quedan aún dos capítulos más, que, inicialmente, fueron los últimos y contenían el desenlace; pero la autora, insatisfecha, reconsideró su decisión y sustituyó esos dos capítulos finales por otros tres, en los que incluía un desenlace diferente que consideró más satisfactorio y que dejó como definitivo. Básicamente, el final es el mismo en ambas propuestas, cambia el mecanismo de la resolución, recurriendo a la conjunción de diferentes circunstancias de lugar, tiempo y personajes que, sin embargo, confluyen en lo mismo. Se podría discutir la idoneidad de incorporar, acabada la novela, la alternativa sustituida. Por un lado, añade un artificio metaliterario que permite especular con el posible acierto o error de la autora en su decisión, y en ese sentido resulta atractivo, aunque por otro lado, surge la duda de si es correcto plantear las dos opciones en la misma edición, cuando Austen tomó ya su decisión al respecto y, acaso, esa decisión debería ser respetada presentándola de la única manera posible: la definitiva. Ocurre en esto, que la autora empieza a estar ya en una distancia temporal, que, históricamente, no es excesiva, pero, literariamente, sí lo es; lo que hace que el tratamiento de sus ediciones se enfoque de manera minuciosa y con una meticulosidad propia de un hallazgo arqueológico, que hubiera que estudiar desde todos los puntos de vista posibles, en planta, en alzado, en sección, y en perspectivas isométrica, y caballera, como si fuera una estatua antigua que conviniera escanear, o aplicarle el carbono 14. Doscientos años tampoco es tanto tiempo, pero viendo los criterios que manejaban en su época, parece que hayan pasado cinco siglos, y eso que seguramente aquella sociedad inglesa era de lo más avanzado de su época. En todo caso, esta es una buena novela; no una novela extraordinaria, como sí lo es “Orgullo y prejuicio” que con su estructura casi perfecta, logra un producto redondo. “Persuasión”, no llega a esos niveles de perfección, aunque puedo decir abiertamente que me ha gustado más que “Sentido y Sensibilidad”, pero reconociendo que ésta se me atravesó, sin saber por qué. Creo que “Persuasión”, tiene la particularidad de ser un exponente prototípico de la mecánica empleada por Jane Austen para construir sus novelas y es perfectamente representativa del conjunto de su creación novelística, y esa sí que es una buena razón para reseñarla y, ya de paso, hablar también de la manera de escribir y generar las tramas, que tenía Austen, y de su relación con la sociedad de la época y la evolución de los acontecimientos políticos y sociales de aquel momento.

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Escrita 2 de Febrero de 2016
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EL CAFÉ DE DOÑA ROSA en LA COLMENA
La acción de “La colmena” transcurre en diciembre de1943, si bien Cela la escribe entre los años 45 y 50, para finalmente publicarla en Buenos Aires en el año 51. Era su segundo título tras el éxito en 1942 de “La familia de Pascual Duarte”. Son fechas críticas para los españoles, que condicionan el carácter de unos episodios, que, sólo diez o quince años después, no hubieran sido ya iguales. El libro narra una sucesión de historias cruzadas en las que, en sólo dos días, aparecen muchísimos personajes pero, de todos ellos, sólo me referiré a doña Rosa, que está ya nombrada en el título de la reseña y que, además, es la anfitriona. Leemos, pasan las páginas, y empezamos a reflexionar: ¿cómo son todas estas vidas marcadas por la depresión de la posguerra y por un entorno social envolvente y opresivo?: Son vidas a las que la fatalidad ha abocado a sufrir, además de tristeza y amargura, una conjunción de cansancio y desánimo, que la prolongación en el tiempo de las circunstancias convierte en vulgar rutina, en desaliento, y en resignación. En tales situaciones, uno espera encontrar personajes inimaginables, esquinados, extravagantes, insólitos, y eso es lo que ocurre en el café de doña Rosa. Sin embargo, al fijarse en ellos, se ve que detrás de su existencia hay algo, que intentaré explicar, que va mucho más allá de aquellas duras circunstancias y que, me parece a mí, obedece a otras causas. La mayoría de personajes que se van incorporando a la trama, pertenecen a una clase social desfavorecida o muy desfavorecida y en muy pocos casos a una clase social acomodada. Téngase en cuenta que todo empieza entre las mesas del café de doña Rosa, en el que los clientes suelen consumir un café con leche y, todo lo más, un suizo. Muchos son personas sin ocupación fija, otros no tienen ocupación, y algunos son los propios camareros del café; pero casi todos comparten una economía estricta, están siempre sin blanca, y así se entiende que acudan allí a echar la tarde, aceptablemente acomodados, sin pasar frío, gastando poco, y en un ambiente distraído. Las ocupaciones habituales de los que la tienen, son variadas y bordean lo que hoy llamamos economía sumergida, a menudo no son empleos normales sino insólitos modos de ganarse unos cuartos, los necesarios para ir tirando. Entre las mujeres, las jóvenes buscan descaradamente novio, las maduras se juntan con las amigas de tertulia, las más atrevidas recurren a la picaresca para encontrar a alguien que las mantenga, y a las más desesperadas sólo les queda un último y vergonzante recurso. Muchos sufren humillación por razones laborales, domésticas, o afectivas, ejercidas por personas con más dinero, fuerza, o influencia, que desde su posición de ventaja aprovechan su debilidad para extorsionarlos y sacarles dinero, trabajo de balde, o favores sexuales. Todos ellos representan la parte más vulnerable de lo que podríamos definir como una depauperada clase media urbana, machacada por la economía de la posguerra. Naturalmente, todo esto son generalizaciones que marcan la tónica más repetida entre una maraña de situaciones varias. Hay alguna excepción que rompe el monopolio de ruindad general, pero son pocos los casos que escapan a esa norma; nuestro autor demuestra que las debilidades humanas le interesan más que la bondad de la gente. Según progresa la novela, la narración sale del café de doña Rosa para poder recabar más datos de los protagonistas, profundizando en sus penurias mientras deambulan por la urbe y su actividad adquiere dinamismo. No todos los personajes están en situación de pobreza severa, algunos no viven mal, y no pasan hambre, ni frío, ni otras privaciones, pero su presencia se explica porque sus penurias son morales, como estupidez congénita, o miserias del espíritu derivadas del papanatismo oficial imperante, no sólo en lo político, también en lo religioso y en las costumbres sociales. Cuando surgen los asuntos amorosos, ya sea amor verdadero, o simulado, libre o bendecido, y, casi siempre, clandestino, se ve que don Camilo está en su salsa, se nota que disfruta aportando abundancia de detalles chuscos y divertidos, mientras nuestros personajes se refugian en los rincones más peregrinos, sórdidos, o innobles, que uno pueda imaginar, siempre guiados por una actitud pícara que aviva el entendimiento y provee recursos sorprendentes. Luego prosiguen las peripecias mañaneras de nuestros protagonistas, hasta que todos van retornando al café de doña Rosa, en donde se renuevan los episodios de chufla, choteo y humillación con que empezaron las historias. No hay que decir, se presupone por lo anterior, que son historias leves que muestran instantáneas puntuales de sus vidas y que, en la mayoría de casos, son las más corrientes y cotidianas, y esas historias constituyen la materia con la que Cela construye su novela, que es como un variado mosaico de personajes en el que cada cual cuenta su problema. Todos ellos juntos, como en una orla colegial, componen una foto fija en la que, al modo de los añejos retratos de estudio, queda plasmada la patética autenticidad de sus tramas, pequeñas, plurales, y vigorosas, con un poder de seducción que les confiere intensidad y brillo, y con unas enormes dosis de fuerza y carácter, que Cela sabe inocular en sus personajes hasta convertir sus argumentos en abrumadores retratos individuales. Ese podría ser el compendio de los atributos y la singularidad de una foto fija que identificase a “La colmena”, novela que, ni es muy larga, ni es muy compleja, y cuya trama es, estructuralmente, sencilla. No la calificaría como una gran novela, pero sí diría, que obtiene un óptimo aprovechamiento de las bazas, limitadas, que maneja su autor. Su estructura, dispersa y fraccionada, dificulta hacer una crónica a escala reducida de la trama, por lo que voy a desviar el contenido de la reseña hacia un tema colateral que me ha interesado y que denomino como sigue: “De cómo Cela concibe sus personajes” tema que veo aquí apropiado por tener condición de novela superpoblada. Todo surge desde que se empieza la novela y se detecta algo extraño y que llama la atención. Surgen, uno tras otro, tipos estrafalarios, o muy peculiares, que son presentados por el autor como si sus rarezas fueran la inevitable consecuencia de una dura posguerra; son personajes que muestran conductas o trazos tan exagerados, que delatan un origen exógeno, ajeno a cualquier café, bar, o cualquier otra procedencia que no sea la imaginación de su autor, y sus rasgos son tan próximos a la caricatura malintencionada, que hacen pensar que el autor los castiga, configurándolos a su libre albedrío, y achacándoles características físicas y psíquicas en virtud de criterios caprichosos y malévolos en exceso. Bueno, se dirá, y ¿qué tiene eso de criticable?: en principio nada, al contrario, que los personajes tengan carácter y personalidad de sobra, es bueno y muestra la imaginación que Cela aporta para crearlos y eso, lógicamente, no se lo niego. Pero el problema es otro. En épocas mucho más recientes, y ya con los modernos medios de comunicación desplegados, Cela se prodiga en ilimitadas apariciones televisivas. Se diría que gusta de exhibir su persona a los demás, o lo que es lo mismo, se diría que está ansioso por convertirse él también en personaje, como si hubiera salido de repente de cualquiera de sus libros. Esa estrategia le saca del terreno de su lícita privacidad y le introduce en el espacio público que constituye toda obra literaria, por su propia naturaleza y, ello, sin privarse de su estilo preferido, directo, a las claras, sin tapujos, con aquella pose de incontinencia verbal superlativa, que paseaba con altivez y descaro ante cámaras y micrófonos. Y concretamente en las cien primeras páginas de “La colmena”, en las que describe a la mayoría de sus personajes, se nota demasiado la manipulación de Camilo José Cela, no el magnífico escritor, sino aquel personaje, público en exceso, que manifestaba continuamente su particular idiosincrasia sin que nadie se la reclamase, y que ponía en sus novelas extraños personajes extraídos de su, a veces, esperpéntica imaginación. Son personajes al gusto de aquel hombre orgulloso, soberbio, que presumía de no morderse la lengua y, lo que es peor, que peroraba como si se considerase en posesión de la última verdad revelada. El caso es que en todo esto hay algo perturbador para la novela, y para sus personajes de los que se entienden sus tribulaciones, pobreza, miseria, o humillación, pero se entienden menos, las extrañas lacras morales o físicas que los atenazan, hasta extremos ajenos a toda lógica literaria, y cuyo origen no es otro que la mala leche de su creador. Recuerdo que en “Niebla”, Miguel de Unamuno charlaba amigablemente con Augusto, su protagonista, que a veces le solicitaba como favor personal que mejorase su imagen en la novela; incluso, debatían ambos, relajadamente, sobre la conveniencia de cambiar algunos detalles. Si los personajes de “La colmena” hubiesen podido hacer lo mismo, se habrían constituido rápidamente en comisión (porque son muchos), para ir a visitar a don Camilo e insinuarle su malestar por la saña, al borde de lo escatológico, con que los trata, y solicitarle una dignificación de sus respectivas reputaciones. Véase, en relación con esto, el siguiente detalle; en la película de Mario Camus “La colmena”, María Luisa Ponte era una doña Rosa muy ajustada a la idea que la novela da de ella. Entonces, aceptando como buena aquella recreación de la estúpida e intransigente dueña del café, e invirtiendo el razonamiento, yo me pregunto: si, partiendo de aquella película, quisiéramos reescribir el relato devolviendo a la doña Rosa fílmica (Mª Luisa Ponte) al papel, ¿sería necesario describirla con la saña con que Cela lo hace?, véase como la describe él en la novela: “Doña Rosa tiene la cara llena de manchas, parece que está mudando siempre la piel como un lagarto. Cuando está pensativa, se distrae y saca virutas de la cara, largas a veces como tiras de serpentinas. Después vuelve a la realidad y se pasea otra vez, para arriba y para abajo, sonriendo a los clientes, a los que odia en el fondo, con sus dientecillos renegridos, llenos de basura.” Este párrafo viene de perlas para divulgar la magnífica forma de escribir de su autor, pero, también, para hacer ver la “mala baba” que yo le achaco. Claro que siempre habrá quien diga, que por qué no puede haber una señora así, en una novela, o en la realidad. Bueno. Naturalmente, podría haberla, es obvio; pero aquí lo llamativo es que doña Rosa no representa un caso único, hay muchos otros parecidos en la novela, y al apreciar una reiteración de ciertos personajes y ciertos detalles, uno empieza a mosquearse y a sospechar otras cosas; es como detectar una especie de “teoría de la conspiración” a escala literaria. Entiéndaseme, al esgrimir estos argumentos no estoy tratando de decir que la novela no valga nada, ni que su autor sea un merluzo. Nada más lejos de mi opinión. Es más, muchos lectores considerarán la novela buenísima y su trabajo como escritor excelente, y puede, incluso, que los excesos que a mí me lo parecen y que estoy criticando, estén entre las cosas que más les hayan gustado. Ello es perfectamente posible, porque es una cuestión de personalidades y, por tanto, de gustos y de cómo afectan éstos a la obra literaria. La personalidad de Cela fue desbordante, y a la vez, invasiva y abrumadora, y conmigo no casaba, pero, al margen de eso, la importancia reside en su obra y en ésta, concrétamente, yo aprecio ese efecto y no para bien. Creo que penaliza un poco la valoración de la novela, aunque me apresure a decir que eso no nubla mis entendederas, ni me lleva a dejar de considerar que la suya es una buena novela y que su trabajo como escritor es magnífico. En este tramo final de la reseña hablaré del lenguaje que utiliza Cela en “La colmena”. Me recuerda el caso de “El Jarama”, no porque se parezcan los diálogos en una y otra novela, que no se parecen, sino porque, igual que aquella novela reflejaba magníficamente el habla popular de algunos grupos de jóvenes de la época, “La colmena” refleja magníficamente, también, la manera de hablar de las clases populares en la posguerra, me la recuerda por eso, por su enorme arraigo popular. Como es lógico, tratándose de diálogos de café, contienen continuas incorrecciones gramaticales o sintácticas, propias del lenguaje coloquial y vulgar de personas de poca formación. Esto es normal y no molesta mientras se tome como lo que es; sería absurdo y ridículo, que los parlamentos de estas personas contuviesen una sintaxis perfecta. Sin embargo, tengo mis dudas en lo que se refiere al estilo que utiliza el narrador. La novela nos llega con la palabra de un narrador omnisciente que, sin embargo, no lo aparenta demasiado por adoptar un lenguaje muy a ras del suelo, formalmente muy próximo al de cualquiera de los personajes. Pareciera que el narrador no fuese sólo un ser idealizado que todo lo sabe sobre los personajes, sino, además, que se expresara como ellos, que fuera, incluso, uno de ellos, lo que, a veces, resulta chocante. Pero al margen de ese efecto, que no defecto, hay algunos ejemplos que me sorprenden, como aquello de: “Tenía ya trescientos y pico de versos…” que a mí me suena más que raro, aunque no sea incorrecto. “Tenía ya trescientos y pico versos…” me suena mejor. Y lo de: “Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero”, que figura en el segundo renglón de la primera página, no deja tampoco de sonarme extraño. ¿Tropezando a los clientes? Yo siempre creí que uno va por ahí: tropezando “con” la gente, y no “a” la gente, sobre todo si el tropiezo contiene contacto físico, que es el caso, porque tropieza con su trasero; sonaría mejor ese “a la gente” si el tropiezo tuviese el sentido de encontrarse inopinadamente con alguien (“me tropecé a fulano”), pero no parece ser este el caso. En fin, tiendo a creer que debe ser correcto, porque si no, no llevaría ahí, en la primera página de la novela sesenta y cinco años; pero raro, lo que se dice raro, lo es un rato.

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Escrita 11 de Enero de 2016
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PECULIAR HECHIZO DE MACCULLERS en LA BALADA DEL CAFÉ TRISTE
He terminado de leer “La balada del café triste” con la convicción de que éste es uno de los relatos más sugerentes que leí, y como tal afirmación, en principio, podría parecer un poco excesiva, ésta reseña servirá para matizarla y contextualizarla. Érase una pequeña y sencilla historia, sucedida, no en un pueblo, sino en una perdida aldea sureña, dilatada en el tiempo, y con apenas tres personajes, callados dos de ellos, locuaz el otro. Su tono es cálido y acogedor, como salido de la inocente boca de una niña de doce años, y sin embargo, también es bronco y abrupto, o al menos, la personalidad de Miss Amelia Evans, la protagonista, es más o menos así; en cambio, su deforme primo Lymon es de un carácter, cuanto menos, impreciso y tendríamos por insólitos los repentinos cambios de clima que aparentan surgir como respuesta a ciertos comportamientos humanos. Nada de esto último es cálido o acogedor, sino, fuerte, áspero y contrastado, ensanchándose, en consecuencia, los márgenes del relato. Por último aparece la incertidumbre de la mano de la propia autora que, con su punto de agitación, desasosiega un poco al lector; no nos dice quién es el primo Lymon, ni porqué aparece inopinadamente sin que se sepa su origen; ni nadie sabe tampoco por qué miss Amelia es especial, ni por qué su vida es, también, tan especial. Pero, más que desorientación, hay inquietud por saber el porqué del matrimonio de miss Amelia, extraño matrimonio y seguramente extraño desenlace. Tampoco se sabe que está pasando arriba, en las habitaciones del piso alto, en las que algo importante pasa, pero se desconoce. O sea, que la narración va sembrando, en toda su extensión, porqués, dudas, extrañezas, propagadas con un tono leve, con personajes contundentes y de manera enigmática. Sería natural que el lector anduviera confuso, pero no es así porque, sorprendentemente, todo esto siembra atractivo, no confusión, y eso que aún queda el rasgo más atrayente de los que, hasta ahora, le he atribuido a este relato de Carson MacCullers. Es aquello que dije de que parece salido de la inocente boca de una niña de doce años: un aliento poético, sutil, fácil de percibir y difícil de explicar en su esencia, que se desprende de una escritura sorprendentemente próxima a lo naif y con la languidez propia de unos personajes que sentimos distantes. Ellos se nos muestran abstraídos en su mundo interior; por más que la escritora determine sus peculiaridades de forma precisa, sus personalidades son insólitas y borrosas. MacCullers acierta con una locuacidad sencilla, deliciosa hasta rozar la candidez, pero a la vez, cargada de inquietud por todo lo que rodea el relato convirtiéndolo, como dije, en uno de los más sugerentes que haya leído nunca. La intención de la autora al crear esas incógnitas, no es introducir mecanismos de misterio o intriga al estilo policíaco. Cada insinuación añade al espíritu de los espectadores del pueblo, curiosos y entrometidos como lo son siempre en los pueblos pequeños de cualquier parte, una estimulante curiosidad. También al lector le asalta la incertidumbre, pero sin inquietarle; más que eso, le cautiva e incluso le desafía, con estimulante descaro, a pergeñar explicaciones o hipótesis que acentúen, más aún, el tono cadencioso y melancólico del relato. En el texto se amalgaman sensibilidad y técnica tramadora en dosis perfectas, buscando conformar un espacio tangible y propicio para que en él brote y se desarrolle su ingenio. El resultado es cálido, inspirado, sin bajones de intensidad en su desarrollo y con un final abierto en el que disfrutar la sensación de leer algo de impreciso atractivo, por estilo, por trama, y por su capacidad de crear ensoñación. Podría decir muchas más cosas sobre esta historia: que cómo era Miss Amelia al principio, que cómo era después, que si el amor está en el centro de la trama, que si su matrimonio…, pero no lo haré porque no creo que el argumento sea la clave. Encuentro más las claves en la extraña personalidad de la protagonista, y en el talento literario de la autora, sobre todo en esto último, que es lo que he tratado de desmenuzar a lo largo de la reseña. Pero como suele ocurrir con frecuencia con el talento en literatura, su identificación puede ser difícil. Yo he creído verlo en este relato, y por eso fueron buenas mis sensaciones, pero tampoco puedo dejar de reconocer que los comentarios que aporto, son imprecisos, subjetivos y etéreos, de lo que fácilmente puede extrapolarse que otros verán otras cosas. Para que cualquiera valore positivamente la novela, habrá de sintonizar con las cualidades que la autora ha esparcido por el texto (o al menos, con lo que algunos pensamos que lo son). El lector que no lo haga, se preguntará por qué el relato “La balada del café triste” está tan valorado, y sólo le parecerá uno más de la colección que Carson MacCullers incluye en su libro homónimo en el que, por lo demás, ninguno llega al acierto de éste. Eso es todo lo que tenía que decir sobre esta novelita de 82 páginas, pero, también, quería añadir algo sobre su autora. Leí hace tiempo “Reflejos en un ojo dorado”, novela que pasó por mi mente sin decirme absolutamente nada y en la que, distraídamente, no fui capaz de apreciar el especial carácter de la pluma de Carson MacCullers. Claro, yo, entonces, no sabía quién era Carson MacCullers. Tiempo después, leí “El corazón es un cazador solitario”, y recuerdo que estuve una temporada yendo en metro y me llevaba ese libro para pasar el trayecto leyendo, y lo recuerdo porque fue el momento en que, algo se despertó en mí, y empecé a interesarme por ese tipo de historias desgarradas, ambientadas en aquella convulsa sociedad, hasta extremos nunca alcanzados con otros autores sureños que había leído. Tal descubrimiento, inoculó en mí el interés por su persona, enseguida busqué su biografía y, encontrada, me lancé a leerla con la sana intención de que el conocimiento y la comprensión de su mundo particular, me ayudasen a entender mejor sus novelas, y, en ese proceso, me sorprendió mucho su extraña y casi incomprensible personalidad. “La balada del café triste”, está en esa línea de sofisticación, extraña e incomprensible pero sumamente sugerente y atractiva, de la escritora. Como en casi todos los creadores de historias, sobre todo los que tienen características tan acusadas, los aspectos autobiográficos están siempre al acecho, preparados, esperando el momento oportuno para hacer su aparición. Miss Amelia Evans, la protagonista de “La balada del café triste” es, en una gran parte, la mismísima Carson MacCullers; un metro ochenta y uno de mujer adusta, desaliñada, andrógina, de enorme talento musical, con una desmedida y autodestructiva afición por el alcohol y el tabaco, curiosamente desafecta al sexo, y de temperamento recio y reseco pero, terriblemente vulnerable, con los treinta y cuatro años que tenía, cuando se publicó esta singular novela corta, el año de gracia de 1951

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Escrita 10 de Diciembre de 2015
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LAS ISLAS SIN ÁRBOLES en EL PIRATA
No quería escribir una reseña sobre El pirata, por ser esta una novela poco conocida y porque en cierta medida sería repetir los argumentos que di cuando escribí sobre Ivanhoe. Pero, como me consta que a alguno le interesará, voy a condensar las cuatro ideas básicas en una reseña comprimida. Walter Scott no está de moda a día de hoy. Esto referido a alguien que empezó a escribir novelas hace doscientos años, es una completa obviedad. Pero lo que no es tan obvio es que fue el primer escritor con auténtico éxito internacional en el campo de la novela. Sí, El Quijote fue muy conocido en toda Europa (Scott hace varias referencias a la obra de Cervantes en esta novela), también Robinsón Crusoe lo fue, lo mismo que Gulliver, pero más allá de su fama, estas novelas de siglos anteriores tenían una difusión comercial limitada. Ese estado de cosas cambia con Walter Scott, sus novelas se extienden por el mundo anglosajón, pero también por el resto de Europa convirtiéndole en el novelista más afamado de su época. Sin embargo hoy, doscientos años después, su obra cuenta historias que, haciendo acopio de sensatez, son poco creíbles, que además están escritas con un lenguaje retórico y altisonante que no refleja la realidad pero que pretende situarnos en tiempos históricos, y sus personajes están envueltos en una especie de aliento particular que los lleva a comportarse de una manera prefijada. Es decir y resumiendo, que sus novelas son tremendamente románticas. Pero, además de serlo, son también tremendamente entretenidas por su especial habilidad para controlar los movimientos de sus personajes, que se cruzan unos con otros en el espacio y en el tiempo urdiendo complejas tramas que mantienen en vilo al lector durante toda la novela. Y, siendo así, nada importa que no estén de moda, o que pasen cosas excesivamente rocambolescas, o que el autor lo exprese todo con un verbo excesivo o que sus personajes sean estereotipados. Algunos lectores renunciamos a ponerle pegas a todo eso —que muchos otros considerarán hoy como algo infumable—, si a cambio encontramos una especial dinámica y vitalidad en sus personajes que nos introduce en un mundo casi soñado; este tipo de cambio compensa y nos disponemos a leer y a disfrutar convencidos de la rentabilidad lúdica de la operación. Da lo mismo que esta no sea la Inglaterra medieval y que no se enfrenten normandos contra sajones, como en Ivanhoe, o que no esté por ahí Robin de Locksley más conocido como Robin Hood. Eso no importa nada, enseguida nos acostumbraremos a habérnoslas con escoceses y descendientes de vikingos asentados en el archipiélago de las Sethland, muy al norte de Escocia y a darnos un paseo por las islas Orcadas, que también están al norte aunque menos alejadas de la Gran Bretaña, en las que discurren unas cuantas aventuras aprovechando su retorcida geografía insular y todo ello situado en pleno siglo XVII. Entre marinos, lugareños de lejano origen noruego, autoridades escocesas, relatos de antiguas historias corsarias en el Caribe luchando contra los españoles, brujas y trasgos surgidos de las nocturnidades del oscuro invierno de esas latitudes, el turbulento mar omnipresente, y el buen talante y la simpatía de un narrador que siempre nos sorprende con los giros bruscos de su trepidante trama, llegamos encantados a un final plenamente satisfactorio. Esto ahora no se lleva, pero a mí, y creo que a algún otro, nos va.

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Escrita 2 de Noviembre de 2015
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CARLOS LLEGA en LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS
“Los gozos y las sombras” de Gonzalo Torrente Ballester, es una novela en tres tomos, titulados: “El señor llega”, publicado en 1957, “Donde da la vuelta el aire”, en 1960, y “La Pascua triste”, en 1962. Necesitó cinco años para publicar los tres y, sin embargo, la acción, al principio de cada tomo, es estricta continuación de la del tomo anterior, por lo que no es concebible la lectura de un tomo aislado de los otros, hay que leer los tres, y preferiblemente, de una tacada. Me ha parecido una novela redonda, a la que no es fácil encontrarle aspectos criticables, en parte por la calidad de su autor, en parte por los dos factores que indico a continuación. El primero, el carácter global de la novela: Torrente trató, con ella, de hacer una obra de gran alcance, en la que poner en juego todos los elementos disponibles. Véase si no: los años treinta, como época especialmente apasionante; un lluvioso pueblo de la costa gallega, como escenario; variopintos grupos humanos, obreros, pescadores, agricultores, pequeña burguesía, aristocracia decadente y clero; una multiplicidad de personajes repartidos entre varias tramas paralelas o convergentes; un argumento constituido por variedad de asuntos: la propiedad de las tierras, la gestión del astillero, las obras de restauración de la iglesia medieval, el cooperativismo pesquero, asuntos íntimos, amoríos de toda índole, incluso vocaciones religiosas; y un espléndido argumento principal como centro y eje que mantiene las tramas periféricas vinculadas a su alrededor, es decir, muchos elementos. Hubieran podido, incluso, ser demasiados y haber dejado en evidencia a cualquier otro autor, pero ese temor no se cumple con Torrente; su enorme categoría aguanta perfectamente el reto, sacándose una obra redonda que satisface y que deja en el lector un magnífico poso. El otro factor que influye mucho y muy positivamente, es el texto que utiliza. El lenguaje es fuerte, rico en expresiones y ágil en la exposición de la historia; es un texto que, a base de sarcasmo e ironía, ofrece un constante comentario paralelo que acota las situaciones y califica a los personajes, y lo hace con aires de descarada mueca burlona, pero sin abandonar un carácter eficiente, al estilo de los grandes escritores del siglo XIX, muy apropiado para una novela convencional como esta. Lo que quiere decir que encontramos aquí una duplicidad del texto, un sólo estilo y dos tonos diferentes, el serio y circunspecto, dirigiendo la trama con pulso firme hacia su desenlace, y el sarcástico e irónico, que, guiado por una pluma jocosa y burlona, parece querer detenerse en cada intersticio de la trama, a sacarle punta a las situaciones y a vacilar, inmisericorde, al sufrido personaje de turno. Siendo permanente la percepción de ambas sensaciones, se crea el efecto de estar leyendo dos novelas superpuestas, una encima de la otra, la sarcástica debajo, claro, porque burla e ironía han de ir de tapadillo; mientras que la más seria y razonada iría, lógicamente, encima, mostrando orgullosamente su faz. Además, en aquel momento de su trayectoria creadora, Torrente evolucionaba hacia otra forma de escribir y, ya de paso, de organizar su obra. Ese proceso evolutivo culminaría con la publicación en 1972 de “La saga/fuga de J.B.”, novela que es tenida por su obra maestra, de menor difusión, de extrañísimo título, y cuya comparación con ”Los gozos y las sombras” es tan interesante que no he resistido la tentación de exponerla en esta reseña. Sus similitudes empiezan con una parecida ubicación en pueblos imaginarios de Galicia, Pueblanueva del Conde en ”Los gozos y las sombras” y Castroforte del Baralla en “La saga/fuga de J.B.”, continúan con las listas de personajes, pintorescas y numerosísimas, y coinciden, sobre todo, en que en ambas están escritas con un lenguaje burlón, desenfadado y de enorme calidad. Sus diferencias nacen del dispar enfoque de cada una, porque ”Los gozos y las sombras”, es novela convencional en la que el lenguaje irónico está levemente encubierto y la trama sigue los dictados al uso, mientras que “La saga/fuga de J.B.”, es novela vanguardista, con toda la ironía del lenguaje orgullosamente expuesta, y con un argumento que se retuerce en espacio y tiempo, hasta límites imposibles para todo el que no sea incondicional del autor, o para aquel que carezca de facilidad para seguir tales enredos. Torrente puso en práctica en ”Los gozos y las sombras” primero, y en “La saga/fuga de J.B.”, después, el concepto global de novela que tenía en la cabeza; muy larga, con muchos personajes y ubicada en un pueblo irreal de Galicia; quien lea ”Los gozos y las sombras” sin conocimiento previo de la obra de Torrente, ha de saber que está leyendo una novela clásica que, sin embargo, avanza las claves de su futura novela experimental; conocer esto, permite a dicho lector situar, cómodamente, la obra en su contexto. Tras el paréntesis comparativo, volvamos a nuestra novela. Son mil cuatrocientas páginas en tres tomos, y decir que no hay que temerla por larga sería un consejo sensato, pero también un consejo muy desoído, pues tal extensión llevará a menudo a ignorarlo; serán decisivas, por tanto, las aptitudes que cada cual tenga con estos textos tan largos; es verdad que, una vez metido en ellos, se avanza y se mejora hasta llegar al punto en que la gran extensión empieza a jugar a favor. Y una vez tomado el camino de su lectura el disfrute está asegurado porque su escritura, además de calidad, tiene sarcasmo, sutileza, humor, ingenio, sensibilidad, inteligencia e imaginación; cualidades fácilmente observables en sus páginas, a poco que se lean unas cuantas; si se lee el libro entero, es seguro que se encontrarán muchísimos momentos en los que poder apreciar esas cualidades. La trama se configura a base de conflictos de tipo social y de intereses, de tensiones sindicales entre los afiliados de la UGT (obreros del astillero) y los de la CNT (pescadores), o de las pugnas por el poder y el prestigio en el pueblo, entre los señores y los nuevos ricos; sorprende ver la intervención de los frailes del monasterio próximo en los asuntos de la iglesia medieval, y resulta interesante el reflejo de la política española en el ambiente local, a través del diputado don Lino (la novela termina en la Pascua del 36, tras la victoria de febrero del Frente Popular). Un rápido vistazo al mapa, nos convence de que no hay lugar en Galicia que cumpla con lo que Torrente prescribe para Pueblanueva del Conde. Nos indica que está en la costa, que tiene puerto y playa, que en los días claros se ve en el horizonte Finisterre, y que sus habitantes van con mayor frecuencia a Santiago que a la más lejana Coruña; y como todo eso no casa, concluiremos en que es un lugar inventado en la Galicia rural, agrícola y, sobre todo, marinera; la tierra y los animales no dan para vivir y las familias dependen de la pesca y, sobre todo, del astillero. Tiene una iglesia con siete siglos, y un monasterio próximo habitado por frailes cuya vinculación con el pueblo les permite asomarse bastante a la novela. La trama empieza en el invierno del 34, con el regreso al pueblo del señor —Carlos Deza—, tras veinte años de ausencia. Corren los días de la segunda República, momento crítico y sumamente interesante. Las pequeñas sociedades que se suelen establecer en los pueblos, se articulan sobre un tejido social que es repetitivo; en este caso, en el vórtice del torbellino local, habita el residuo de una aristocracia desvencijada: Carlos, doña Mariana, y los Aldán, son todo lo que queda de la famosa saga de los Churruchaos y sus siete siglos de antigüedad; el prestigio social que se atribuye al poder y al dinero, sitúa también al adinerado Cayetano muy cerca de dicho vórtice; alrededor de los anteriores orbita el estrato intermedio formado por profesionales, comerciantes, el juez, el médico, el boticario, el maestro y, en general, los habituales del Casino; también anda por ahí el cura y los frailes del monasterio; y está por fin, en la periferia, el pueblo llano, aquí descrito como pobre de solemnidad, carente de educación y, por esas u otras razones, gentes de instintos primarios, más bien huraños y, en general, de escasos principios. Los personajes se interrelacionan creando una urdimbre de tensiones y enredos en la que, mediante un texto muy dialogado, se forjan las peculiaridades de cada personaje. Los talantes o caracteres presentes en los personajes son múltiples: los hay bonachones, desgraciados, egoístas, dominantes, tiernos, obsesivos, excéntricos, correveidiles, rijosos, sensatos, o imprudentes; cada uno representa a una personalidad definida, pero todos ellos pasan por el filtro de humanidad al que Torrente los somete, convirtiéndolos en seres complejos y poliédricos, cambiantes e inseguros, que pueden modificar su comportamiento según de donde sople el viento, y que pueden tener una doble cara, seria, o desenfadada, lo que los hace fascinantes y los convierte en seres humanos de comportamiento impredecible, que es tanto como decir, totalmente verosímiles. El final del libro, nos termina por convencer del escepticismo de Torrente con el ser humano como portador de valores elevados, o mejor, como ejecutor de comportamientos nobles, porque predicar está bien, pero la palabra vale de poco cuando lo que cuenta son los hechos. La trama revela su brutal incredulidad ante la disponibilidad del ser humano como instrumento de perfección; tal descreimiento, dota a sus personajes —a todos, casi sin excepción—, de un carácter descarnadamente humano, lo que quiere decir mezquino y rastrero, que es como él lo visualiza. Y las miserias que observa en las personas, le llevan a ironizar y a burlarse, y le da risa la forma en que todos se ajustan a sus propias debilidades por bajas y rastreras que sean, y cuanto más lo sean, más risa le dan, porque entonces los encuentra aún más humanos y aún más burla le merecen, y la única válvula de escape que encuentra para dar salida a tanto escepticismo, es dejar correr su fecunda y bienhumorada imaginación. Maneja, por tanto, mecanismos que utilizan el humor como detonante, y la imaginación como acelerador y no sé hasta qué punto puede todo esto guardar relación con aquella teoría de encuadrar a Torrente en una particular versión española del realismo mágico. Él, por lo visto, renegaba de semejante idea. En el centro de la trama se encuentra la pareja protagonista, de la que emanan afectos, tensiones, dudas…, ellos, como todos, tienen una faz que quieren que sea la suya, la que les gusta, la que quisieran enseñar siempre; mas no siempre lo consiguen, porque de su propio interior surge otra imagen, distinta e incontrolada, que los supera, los adelanta, los perjudica y los deprime. Ambos, Carlos y Clara, se pasan media novela dándole vueltas a sus complejas personalidades guiados por la pluma penetrante e inteligente del autor que parece gozarla a modo, con esas búsquedas introspectivas en los bajos fondos del alma de los hombres; y de las mujeres claro. Esta es la segunda gran dualidad de la novela: sus personajes —todos, no sólo Carlos y Clara— no tienen una sola cara, tienen dos, al menos, y tal duplicidad da lugar a un interminable y complejo proceso dialéctico, que está perfectamente integrado en la trama. Fue y es aún muy conocida, la serie de televisión en la que colaboró el propio Gonzalo Torrente Ballester; las críticas que recibió, fueron elogiosas y acordes con el nivel de excelencia del libro, pero no la seguí en su momento y no sé, por tanto, si aquellos resultados están en consonancia con la percepción que estoy trasladando a esta reseña. Algunos actores pusieron rostro a los personajes, hasta fijarlos en el imaginario colectivo de generaciones de españoles. Quien mejor representa este efecto es Charo López, cuyo rostro quedó para siempre asociado con el personaje de Clara Aldán; fue una acertadísima elección, como lo fue la de Amparo Ribelles, como Doña Mariana, o la de Carlos Larrañaga, como Cayetano. Carlos Deza, que es el eje central de la trama, fue protagonizado por Eusebio Poncela y no sé si su elección fue tan acertada como las anteriores, tengo dudas. Pero, independientemente de ello, el personaje literario me ha impresionado. Pese a no ejercer su profesión de psiquiatra a lo largo de la novela, mantiene un interés que oscila entre obsesivo y travieso por psicoanalizar a sus interlocutores, a los que acoge con su carácter tranquilo y su personalidad afable, abierta, flexible, escrutadora, y proclive a un enriquecedor intercambio de pareceres. Los procesos dialécticos a que me refería antes, descubren que su carácter tiene un lado irresoluto, indeciso y, tal vez, frío, aunque siempre receptivo, sensible y avanzado. Pero mi interés por detallar tanto su personalidad no es casual, y si reseño todos estos matices suyos es porque he encontrado en él a uno de esos personajes maravillosos que la literatura nos ofrece de vez en cuando, dotados tanto de cualidades: fuerza, sensibilidad, o carisma, como de debilidades que le hacen desvalido y humano, y consiguen que lo queramos, o que quisiéramos ser amigos suyos. Sobresale también por su carácter culto, refinado, amable, siempre dispuesto a la tertulia, a la oportuna confidencia, a relajarse un poco tocando el piano, a preparar un café, a tomar una copa, a fumar un pitillo; aunque también con dudas, miedos, fantasmas, y…, por qué no, demonios particulares. Mi mente se dirigió rauda a Ralph Touchett, aquel primo inglés de Elizabeth Archer, la protagonista de “Retrato de una dama”. Terminé aquella novela —larga aunque menos— de Henry James, entusiasmado con aquel personaje que rellenaba con su personalidad media novela. Carlos Deza pertenece a aquella misma raza de personajes magníficos; de esos que, en muchos momentos del libro, lees una frase que, salida de su boca, te deja pasmado, suspenso y pensativo: ¡Qué bárbaro, qué tío, qué ingenio, qué inteligencia, qué gran lectura! Bueno, pues ese es el personaje. Y cuando decía: “qué tío” me refería a don Gonzalo, aquel hombrecillo feo, bajito, cegato, cargado de hombros, repeinado, que enfundado en su terno y apoyado en su bastón, hablaba con voz de pito y un verbo redicho y perfeccionista; de grandísima cultura y, por lo que sé, con la mala leche de cualquier viejo cascarrabias; pero, por encima de esa imagen peculiar, era un hombre con un extraordinario sentido del humor, guasón, lenguaraz, dispuesto a verter su inteligente ironía sobre cualquier personaje o situación que se le pusiera por delante. Pero, sobre todo, un escritor de una casta superior que —es mi opinión— hubiera merecido cierto premio con más merecimientos que aquel otro escritor gallego al que sí se lo dieron. POSDATA Los que hayan leído esta reseña pensarán, que sí, que todo esto está muy bien, pero que no se animan a leer una novela como esta por dos razones. Una, porque es muy larga y no se encuentran con el ánimo necesario para afrontarla; y dos, que, además de larga, tiene toda la pinta de ser un dramón rural de aquellos que tiran para atrás. A lo primero diré que sí, que la gran extensión es un obstáculo, en tanto la novela sea pesada o no se lea con la deseada fluidez, pero como no es este el caso, sino el contrario, la gran extensión se convierte en una ventaja, por cuanto así, es obvio que cuanto más dure, mejor. A lo segundo diré que sí, que formalmente tiene trazas de drama, pero que es un drama que Torrente sabe enfocar con aires de chanza; digamos que su escepticismo sobre el género humano es tal, que le lleva a tomarse a chacota los problemas de los personajes y aunque la historia es seria y sentida, el autor y el lector comparten, codo con codo, una visión divertida de todo lo que maquinan o padecen los personajes. Lo anterior quiere decir, que el lector debe estar tranquilo en el doble sentido de que no se le va a hacer eterna, sino al revés, y de que tampoco se le va a encoger el alma con los sufrimientos de los personajes. Es la sonrisa la que asomará múltiples veces en su lectura, sobre todo una sonrisa profunda de cierta conmiseración con las debilidades consustanciales con el género humano, que viene propiciada por el comentario del autor que, con grandes dosis de camaradería, le comenta al lector, como dándole un codazo cómplice y como queriendo decirle: ¡Fíjate, fíjate que imbécil es fulanito!

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Escrita 13 de Octubre de 2015
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EL MÉDICO en LA CIUDADELA
La ciudadela de 1937, y Las llaves del reino de 1941. Dos novelas del escritor escocés A. J. Cronin, que fueron llevadas al cine por la notable resonancia que tuvieron en su época. Las llaves del reino, contaba la historia de un cura católico (Gregory Peck en la película) destinado como misionero en un pueblo del interior de China. La leí hace más de cuarenta años y conservo nítido su recuerdo. Para contrastarlo comencé a leer La ciudadela, novela muy crítica con el deficiente funcionamiento de la sanidad en las islas británicas en la época de entreguerras. Visto desde hoy sorprende que un país avanzado como el Reino Unido, pudiera haber tenido deficiencias en esa materia y en esa época. La medicina no tenía entonces los medios de hoy, pero, no era ese el problema, no iban por ahí los tiros. La cuestión era de otra índole, y no tenía nada que ver con la medicina como ciencia sino como organización que gestiona la sanidad, y, sobre todo, con la actitud de abulia y adocenamiento con que se comportaban muchos de los profesionales que trabajaban en ella. Todo empezaba con el desembarco de los médicos novatos en la profesión. Su objetivo al terminar sus estudios, era, prioritaria e incondicionalmente, adquirir una sólida reputación. Esto, dicho así, parece normal y loable, empero, el procedimiento no lo era tanto. Solía este consistir, en la adquisición de favores y prebendas de profesionales ya establecidos mucho más que en mejorar su formación o en la actualización de sus conocimientos. Así que una vez adquirido el deseado prestigio, la práctica de su profesión se convertía en un negocio prioritariamente lucrativo que recurría al boato en las consultas y a blindar su imagen adoptando unos aires de fatua eminencia que hacían de los médicos unos engreídos y unos estirados que, subidos en su falso pedestal y rodeados de absurdos privilegios y veneración, llenaban su buchaca con absoluta desconsideración por la auténtica finalidad de su cometido. Era un sistema perverso, con incidencia, tanto en la alta sociedad como en el resto de estratos sociales en los que el mecanismo se repetía adaptado a las circunstancias, propiciando la degradación del sistema y actuando como un cáncer corrosivo para el conjunto del estamento. Como remate, el interesado conservadurismo de las corporaciones médicas, siempre vigilantes y ferozmente opuestas a cualquier pérdida de privilegios, y la general aquiescencia de los pacientes que asumían este estado de cosas como algo habitual e inamovible. Cuando Cronin, en el ejercicio de su profesión de médico, tomó conciencia de todo esto, decidió escribir una novela que tratase de estas disfunciones y que, en la medida de lo posible, contribuyese a solucionarlas. La ciudadela, tuvo una fuerte repercusión en amplios sectores de la opinión pública británica. Su éxito se convirtió en el empujón que llevó a la opinión pública a reclamar cambios y, consecuentemente, a conseguir que la administración atendiese esa demanda, creando un organismo eficaz y sin privilegios (base del actual sistema público de salud del Reino Unido), y logrando así la consecución del objetivo de la novela. Su texto, especialmente fácil, tiene una sencillez que permite avanzar en su lectura sin esfuerzo, aunque también, sin apreciar rasgos de estilo personal. Esto, junto al sentido regenerador de la novela, debió influir en su éxito comercial. El humanitarismo, implícito en su mensaje, predispone en su favor, lo que unido a un planteamiento muy claro, sin saltos en el tiempo y absolutamente lineal, hace que la historia evolucione fácilmente con hechos que se suceden unos tras otros. Se capta inmediatamente, cuando se comienza su lectura, su condición de novela de denuncia. La trama empieza exponiendo cómo los primeros empleos del protagonista, le llevan a adquirir conciencia de las imperfecciones y las carencias de la sanidad de la época, y el lector queda pronto convencido de que la narración es, en buena medida, un reflejo de la trayectoria real vivida por el autor. Sin embargo, aunque sus consideraciones arrancan de su trayectoria particular y el argumento se nutre de sus experiencias, no es una novela autobiográfica, en tanto que hay coincidencias, pero también notables disparidades con su vida real, que hacen que no se la pueda considerar así. Comienza su historia, desde el principio de los principios; lo que, para un médico, quiere decir desde el día en que se dirige, atenazado por los nervios y la responsabilidad, a visitar a su primer enfermo. A partir de ahí, su trayectoria quema velozmente etapas, afianza su valía como médico, y se forma la penosa convicción de que el duro mundo en que se mueve está viciado y lastrado, por hábitos anticuados y espurios, y por el talante acomodaticio de una mayoría de médicos que, apoltronados y faltos de ilusión y entusiasmo, carecen de cualquier interés por mejorar las cosas. Sus primeras experiencias acaecen en la zona de los valles mineros de Gales, comarca atrasada, pobre, insalubre y refractaria al progreso; allí está, literalmente, oprimido entre montañas y entre la abulia y el conformismo de unos habitantes limitados por su secular tradición de aislamiento. Aun así, entre vecinos y clientela, consigue establecer su propio círculo social, con tipos ásperos unas veces y entrañables otras, entre los que, pese a todo, surgen variadas relaciones afectivas. Cronin maneja bien la variada amalgama de vínculos personales con sus enfermos, vecinos, y colegas, arrostrando relaciones desconfiadas, enfrentadas y tensas. Basa su proceder en los fundamentos de la ética médica, y en una altruista moderación de honorarios que pronto le distancia de sus compañeros ya instalados, que ven en su actitud una competencia abiertamente desleal, con las consiguientes zancadillas, envidias y maledicencias en su contra que imposibilitan su éxito profesional y económico. Así hasta que la novela da un giro, y las circunstancias le llevan a trasladarse a Londres. Transcurrido casi medio libro, en la gran ciudad todo cambia y la ética y el altruismo se disuelven como azucarillo en agua, leve pero imparablemente. Su reputación mejora, sus relaciones se amplían, su economía progresa, pero, paradójicamente su estabilidad emocional disminuye. Y hasta aquí puedo leer, no más, pero sí hasta aquí, para, aun sin demasiados detalles, dejar bien claro el planteamiento de la novela. Cronin, expone los actos de cada personaje encajándolos en su cliché característico; quienes le apoyan en su actitud son sensatos y ponderados, quienes la niegan y se le enfrentan, son gentes pérfida y de mal estilo; hay por tanto cierto maniqueísmo, mitigado, sí, por el deseo de que la pertenencia a uno u otro bando sea, sólo, levemente insinuado, pero, detectado, aun así. Como detectada es, cierta forma de estructurar las relaciones personales con un esquema repetido; hay un remedo en la resolución de las situaciones, cambian el momento y los personajes, pero se repite la fórmula del desenlace. Esta mecanización en zanjar las situaciones denota rigidez y crea momentos predecibles; pero también aquí las percepciones son leves y apenas reflejan tics que, o son imperceptibles o muy matizados. Lo que ya no es tan leve es su carácter de novela denunciatoria condicionada por la obligación que se impone de utilizar su obra como medio para conseguir un fin, por más que el fin sea digno del mayor encomio. Esto es así, se aceptará o no, pero, esa obligación, es parte inseparable de la esencia de la novela y la acompañará siempre, como lo viene haciendo desde el mismo instante de su concepción. Tampoco quiero dejar de hablar bien del libro en la medida en que lo merece; no me he inventado las críticas, están ahí, pero son, por así decir, de baja intensidad, como esos terremotos que permiten que todo siga en pie, o sea, que no impiden una lectura interesante e, incluso, intensa. Aparte de la cómoda asimilación de su texto, la estructura de la novela denota la maestría del artesano que conoce los mecanismos que mantienen el interés del lector; si a esas dos cualidades le unimos el más que loable objetivo de su autor de promover una regeneración de su profesión desde la ética profesional y la mejora de la atención a los enfermos, hay que concluir que se trata de una lectura interesante. Creo que este es uno de esos casos en que la condición de “novela que trata de demostrar algo”, no destruye el interés literario del libro, quizá porque la tesis es relativamente sencilla, a ras de suelo, sin complejidades metafísicas, obviando así la necesidad de utilizar complejos planteamientos filosóficos para su demostración; tan sólo, simple sentido común, fácil de encajar en cualquier trama de ficción. Y por fin, como decía al comienzo, viene la comparación con “Las llaves del reino”, el otro éxito de Cronin; sus argumentos son muy diferentes, pero hay, al menos, dos puntos en común; uno de ellos la presencia, también allí, de una tesis a difundir: el propósito que subyacía en aquella historia de un misionero en China, era lograr, a ojos de la severa sociedad anglicana, la rehabilitación de la mala imagen que los británicos tenían de la Iglesia de Roma, encarnada en la novela, por aquel sacerdote bondadoso y abnegado (Gregory Peck-Atticus Finch), que dedicaba su vida, contra viento y marea, a una meritoria labor humanitaria. Sin duda Cronin, hijo de padre católico y madre protestante, tuvo el deseo de jugar esa baza a favor de la religión de su padre. El otro punto en común entre Las llaves del reino, y La ciudadela, es la fuerza, admirable, que Cronin le otorga, en ambas novelas, a la relación entre los respectivos protagonistas y los habitantes de las poblaciones donde ejercen su misión, relación bipolar, en la que unos les acogen bien y otros recelan de ellos, y en la que, al final, ambos consiguen hacerse con el respeto de la mayoría; no importa que, en un caso, sean los antipáticos mineros de los valles de Gales y en el otro, los recelosos campesinos de un pueblo del interior de China; en ambos casos, el autor, hábil y perspicaz manejando las relaciones humanas (quizá su mayor virtud desde un punto de vista puramente literario), consigue transmitir las claves de una intensa comunicación afectiva entre los protagonistas y las personas que les rodean. Esto, A. J. Cronin supo hacerlo realmente bien.

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Escrita 23 de Septiembre de 2015
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LA LLAMADA DE LA NATURALEZA en RELATOS DE LOS MARES DEL SUR
Jack London escribió una novela sobre el instinto animal de un perro y la tituló “La llamada de la naturaleza”, frase perfecta para sintetizar el sentimiento y la manera de afrontar la vida de los adeptos a estos “Relatos de los mares del Sur”. Cualquier libro de narraciones cortas, y temática dispar es de difícil reseña, pero aquí hay dos aspectos que facilitan la tarea: uno, el medio geográfico en que se ubican los relatos, que determina unívocamente su carácter aventurero; y dos, el perfil de sus lectores: fijado el carácter exótico y, por tanto, aventurero de las tramas, éstas determinan subsidiariamente los señuelos que mueven a sus lectores más entregados, si hablamos de esos señuelos, les definiremos con precisión. Koolau el leproso, Las terribles Salomón, En la estera de Makaloa, El diente de ballena…, títulos que trasladan a espléndidos territorios, de extrañas culturas y clima voluptuoso y voluble; su lectura exalta la imaginación de los amantes de lo desconocido, de lo remoto, de aquellos que creen escuchar la llamada de la naturaleza. London escribe con frases concisas, tajantes y directas, véase si no el ejemplo: “––Nos privan de la libertad porque estamos enfermos. Hemos acatado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, nos encierran en una prisión. Molokai es una cárcel. Vosotros lo sabéis––“. Su manera de escribir es, como se puede apreciar, ágil, enérgica y muy asimilable. Los relatos suelen atenerse a un esquema que podría ser el siguiente: tras una pequeña introducción, se oye la voz cálida de un hombre maduro que, con la autoridad y el buen juicio que concede la edad, cuenta su historia en la playa y ante la hoguera, a una audiencia variopinta, indolente, y ávida de aventuras. El lector siente que su cuerpo y su mente son trasportados a aquel entorno, lejano y exótico, para, una vez allí, incorporarse al círculo de oyentes y comportarse como si acabara de desembarcar en la playa, como si detectase ya el olor y la humedad del mar, como si, cautivado él también por el embrujo del momento, escuchase las cálidas palabras del narrador que cuenta su historia. Este podría ser el comienzo de cualquiera de estas crónicas, navegando bajo la toldilla por mares tropicales, o varados en remotas playas, en las que encorvados cocoteros mojan el extremo de sus hojas en el agua, con un trasfondo de exuberantes montañas, y con la laguna azul turquesa, donde las olas se amansan tras romper contra los arrecifes de coral; por allí andan también los nativos obligados a padecer de todo, la altivez del hombre blanco, la codicia de las compañías coloniales, el inevitable racismo, y la degradación de una naturaleza que ellos, en su inocencia, creían salvaje e inmutable; y cómo no, por allí está también el blanco, con sus ambiciones, con sus miedos, infinitamente lejos de todas partes…, pero muy cerca de unos tipos que mantienen sus hábitos antropofágicos, que son absolutamente reacios a asimilar su cultura y que no se resignan a abandonar el patrón ancestral de convivencia que les mantiene en continuo estado de guerra con las islas vecinas. La alternancia y la fusión entre elementos seductores y terribles, crea la sensación de vivir inmerso en una amalgama alucinante y espesa, en una pesadilla de contrastes, en la que la belleza esplendorosa, se mezcla con la negra expectativa de perder la vida en cualquier momento. Posiblemente, el factor desequilibrante que impone lo atractivo sobre lo temible, sea la satisfacción que, personaje y lector (subsidiariamente éste), sienten al disponer de una de las prerrogativas supremas del ser humano: la libertad de acción y movimiento, privilegio que algunos disfrutan en aquellos remotos parajes, como muy pocos se podrían permitir en cualquier otro lugar del mundo. La acción se sitúa en la parte del océano Pacifico en la que los archipiélagos son más numerosos. Es una zona extensísima que abarca, desde Papúa-Nueva Guinea y el continente australiano por su flanco oeste, hasta la Polinesia francesa por el este, y desde Hawái, al norte del ecuador, hasta los aproximadamente treinta grados de latitud sur, en un área irregular, de unos seis mil kilómetros de diámetro, que puede representar una cuarta parte de la superficie total del océano Pacífico. Selva, playa y mar, son los escenarios comunes a todos los relatos; libertad y riesgo, los ingredientes principales; la relación entre unos y otros es patente. ¿Acaso no es el mar uno de los ámbitos físicos donde la libertad y el riesgo pueden adquirir mayores proporciones? El mar, inmenso territorio líquido de superficie ondulante, es, fuera de las zonas polares, un espacio sin barreras, carente, como lugar por el que desplazarse, de la opresiva limitación que imponen en tierra, carreteras, ríos, caminos, o ciudades, que obligan al viajero a mantenerse dentro de sus límites. Muchos occidentales sienten hoy, y sentían también en época de London, lo que podríamos denominar: “la llamada de la naturaleza”, es decir, un impulsivo deseo de entrar en contacto con montañas, desiertos, selvas, o cualquier otro espacio virginal u hostil. El mayor de todos esos territorios, y el único que le quedará al ser humano cuando los demás se agoten o sean casi inaccesibles, es el mar. Al hombre siempre le quedará el mar, como París, a Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Su único inconveniente es que, para aquellos que oyen la “llamada de la naturaleza” y miran al mar con el corazón en vez de con los ojos, sus múltiples peligros se vuelven invisibles. El mar atrae y hechiza la voluntad del hombre, es como si las olas entonasen un súbito canto de sirenas que le llama y le dice: ¡ven, y observa, y disfruta de lo que ves!, y se lo dice mostrando el señuelo incitante de la libertad: ¡ve por donde tú quieras, elige el rumbo que desees, o el pantalán, o el muelle donde quieras atracar; ve en busca del enclave solitario y paradisíaco en el que fondear, y pesca, bucea, báñate o, simplemente, descansa!. Todo eso y mucho más, le dice el mar al que se siente llamado por la naturaleza. Pero en esta vida, nada hay que sea tan maravilloso y que no tenga contrapartidas; y el mar tiene las suyas: paradójicamente, la propia naturaleza, que nos engatusa con su llamada, puede despertar, hasta extremos increíbles, sus temibles fuerzas dormidas, en el momento más inesperado. En los años de transición entre el siglo XIX y el XX, tiempo en el que se sitúan los relatos, las islas del Pacífico tienen una administración colonial rudimentaria; los nativos se resisten contumaces a respetarla, a adoptar las religiones de los blancos, y a abandonar sus tradicionales prácticas caníbales. Esto espanta a muchos europeos, pero atrae a otros, especialmente a hombres desequilibrados, ambiciosos, crueles y agresivos, para los que las aventuras y las riquezas son como un imán irresistible ante el que no se doblegan. Integran en su conjunto un atajo de aprovechados, borrachos, haraganes…, gentuza, en definitiva, que vive en permanente riesgo de matarse entre sí, o de ser zampados por los indígenas. Esto no parece importarles demasiado si, a cambio, disfrutan de la sensualidad del clima, del abuso del alcohol, de pisotear a los indígenas, o de vivir como auténticos reyezuelos. Así que, las islas del Pacífico Sur, como los territorios del Oeste de los Estados Unidos, como Alaska en la fiebre del oro, o como los últimos veleros que surcaban los océanos, son algunos de esos espacios físicos de extremada dureza, a los que London viaja personalmente para documentar sus novelas. En ellas acción y aventura son constantes, y sus protagonistas, no son simples aventureros, sino al contrario, son individuos retorcidos, complejos y temperamentales que convierten sus relatos en historias repletas de pasiones que no se limitan a entretener —que también lo hacen— sino que, además, calan en el lector y le mueven a reflexionar, y su texto atrapa y lleva a buscar con avidez el desenlace, independientemente de la afinidad previa que se pueda tener con el género de aventuras. Mi favorito es “Las perlas de Parlay”, un ejemplo prototípico del lugar en el que ocurren los relatos y del estilo de sus protagonistas. Es la historia de la tripulación de un barco que vive su aventura, narrada con gran plasticidad y fuerza, al paso del huracán por la laguna de la isla atolón en la que están fondeados; en mi opinión, es uno de los más representativos de la magia que destila esta colección de relatos de Jack London. Concluyo pues, mi anunciada aproximación a la personalidad de los más exitosos lectores de este libro, aventurando que estos relatos entusiasmarán a los aficionados a una serie de actividades que, a continuación, enumero aleatoriamente. A saber: la geografía, los libros de viajes, los relatos de grandes viajeros, la navegación por Google Earth, la fotografía, el senderismo, la navegación a vela, las carreras de fondo, viajar al fin del mundo sin llevar reserva de hotel, el contacto con la naturaleza, la acampada libre, la natación, comprar cosas en Decathlon, el buceo, los deportes de riesgo, ignorar lo que vas a hacer mañana, la cartografía, el triatlón, en fin, qué sé yo, éstas y muchas otras cosas parecidas, que configuran una determinada actitud ante la vida, propia de tipos especialmente activos e inquietos. Yo creo que, dándose por asumidos unos cuantos de esos motivos previos, los relatos que componen este libro le gustarán al que se anime a leerlos. Y lo dice alguien que, con carácter general, no gusta de leer cuentos, ni relatos, ni ningún escrito que sea de pequeña extensión.

3 comentarios, puntuación: 4.83 con 6 votos
Escrita 1 de Septiembre de 2015
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