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¿ESTAMOS TODOS LOCOS? en EL CASTILLO
Quería yo releer a Kafka, un autor al que jamás logré entender, pero que tampoco aborrecí, al contrario, lo leí con facilidad (relativa) pese a no encontrar indicios que me mostrasen su fama de autor imprescindible, lo leí como quien lee el periódico: sin problema; pero, leyendo el periódico uno absorbe información y la almacena (si quiere), mientras que la información que pudiera emanar de Kafka cae en saco roto porque no hay, pese a su prosa pulcra y ordenada, manera de procesarla; así que me seguía repitiendo las mismas preguntas: ¿todo esto para qué, cuál es el objetivo, qué quiere decir?, o bien: ¿tiene algún significado consciente esta enumeración de rarezas, absurdos y esperpentos (lo kafkiano), o son quizá simples elementos constitutivos de un extraño ejercicio práctico de simbolismo? Lo paradójico es que cuando se lee, se entiende —es fácil, por estar muy claramente escrito—, pero pesa demasiado el que no obedezca a la lógica común o que no siga una secuencia razonable; sus densas historias parecen sacadas de un mundo diferente al nuestro, están atiborradas de contenido irracional, y vacías de sentido común, algo que me desconcierta y me hace preguntarme el porqué de su prestigio y de su notable influencia en otros autores, ¿por qué razón se le considera tan importante cuando las sensaciones que transmite son tan raras? Este era y éste es mi problema, y al empezar “El castillo”, las sensaciones se reproducen y mi lectura vuelve a discurrir por itinerarios parecidos a los que discurrió en “El proceso” o “La metamorfosis”: un lenguaje muy claro, una trama que conduce a la nada, y una galopante percepción de frialdad; es decir, un balance insatisfactorio y seguramente muy poco original, porque algo así le debe pasar a mucha gente. La consecuencia es que llevo cincuenta páginas con ésta su mejor novela (supuestamente) y me parece tan extraña y tan falta de sentido que tendré que leer el resto sin ningún interés; por tanto, tiene que haber otra manera de enfrentarse a la obra kafkiana, y debería encontrarla. En general el estilo literario de Kafka es sencillo: no utiliza recursos complicados ni tiene elementos que personalicen su escritura, lo único, si acaso, que destaca en ese campo, podría ser el deseo de revestir su texto de un carácter analítico, basado en explicaciones continuas, en frases supeditadas a condicionantes, en la extracción de consecuencias dimanadas, en una secuencia de ilaciones que conectan proposiciones y premisas. Claro que, tras varios renglones en este plan, cuesta identificar lo que quiere decir (en ese punto se hace más turbio), pese a seguir con términos muy diáfanos; es como si su fácil manejo de una prosa racional y sencilla, le diera la confianza necesaria para exprimir sus posibilidades dialécticas hasta extremos que, a veces, cuesta seguir. Pero reflexionando sobre esto, concluyo que tampoco hay que obsesionarse en ir tras el autor en esos tramos, por cuanto la comprensión óptima de sus razonamientos no influye demasiado en el balance de su lectura. Las claves de su correcta comprensión no pueden estar sólo en esos circunloquios, tiene que haber otros alicientes aunque yo aún no los haya descubierto, y la pregunta subsiguiente sería: ¿cuál es esa clave y dónde están esos alicientes? Observo a K y reflexiono mientras veo cómo se enreda en una maraña de relaciones con unos y otros en su afán de… ¿de qué?, ¿será esa la pregunta clave?: ¿cuál es su afán?, porque, ésta es la verdadera cuestión, sí supiésemos qué busca, valoraríamos más su actitud y comprenderíamos mejor la razón de toda esta sinrazón, conoceríamos su objetivo, o por decírlo mejor, su intención inmediata (acceder al poder que representa el castillo), pero ¿qué pretende conseguir con ello, cuál es su intención final? Y el lector tiene que reconocer que ignora lo que persigue K; su misión inicial (su tarea como agrimensor), se había ya revelado vacía de contenido, ¿pretende acaso que se le compense el trastorno ocasionado, o el lucro cesante?, o va más allá y lo que persigue es llegar a las altas instancias con alguna pretensión que…, que no acierta uno a comprender. En mi opinión, el mayor interés de la novela no es seguir al detalle los tumbos que da el protagonista por los entresijos de aquella hermética sociedad centroeuropea, tales bandazos son sólo el instrumento al que Kafka recurre para disponer del material sobre el que desarrollar la gran batalla que libra K en la novela, una batalla protagonizada por el hombre del siglo XIX (el educado culturalmente con los recursos que proveyó la sociedad antigua o decimonónica), cuando hubo de enfrentarse con las nuevas formas de vida que trajo el siglo XX, en particular las que impuso la maquinaria organizativa de un Estado de marcadas tendencias totalitarias, que le descolocaron hasta hacerle sentir oprimido y alienado. Esto no es que lo diga yo, basta con indagar en cualquier documentación sobre el autor buscando el sentido de su particular estilo, para encontrar razones de este tipo. Lo que pasa es que, puesto todo eso aquí en relación con mis dificultades como lector, veo que, efectivamente, esas explicaciones tienen sentido y una confrontación de ese género podría ser el foco de interés principal de la novela, al permitirnos ver a su protagonista en la tesitura (cargada de simbolismos) de tener que revolverse e intentar superar los intrusivos abusos del poder. Una de las primeras ideas que observa el lector con el avance de la novela, es que K libra esa batalla porque quiere hacerlo, perfectamente podría rehuir o posponer el enfrentamiento, pero no lo hace, él sabe contra quien lucha y no se arruga en el envite. Sin embargo el lector sí lo hace o, cuando menos, se ve afectado por cierta desazón creciente según la narración va desvelando los comportamientos, un tanto idos, de esos extraños individuos que enfocan su propia ubicación a los pies del castillo proyectando sobre éste una mirada compleja, unas veces lo entienden como un poderoso y omnipresente ente arquitectónico, otras como la viva representación del poder, o como un simple instrumento de manipulación administrativa, pero, quizá, mucho más que cualquier otra cosa, puede ser que lo miren como la personificación de sus más íntimos temores, como el lugar donde habitan los demonios con que se ven obligados a convivir, supeditados, como están, a su vecina fortaleza. Esa situación va formando un revoltijo de relaciones entre personajes, algunos chocan con K y otros entre sí, desvelándose historias rancias condicionadas por inquietudes, por prejuicios, por rivalidades, por tensiones arrastradas de atrás, con todos los personajes sujetos a códigos de actuación descabellados y sobre todo sin dejar nunca de mirar de soslayo al castillo. Aquí hago un inciso, para señalar que por diferente a nuestro propio mundo que pueda ser éste que crea Kafka, sus personajes se conducen por la trama con criterios profundamente humanos, sus rarezas o sus comportamientos absurdos no los convierten en una especie de alienígenas, son seres de carne y hueso con defectos y virtudes propios de personas, con la única diferencia, quizá, de que sus características psicológicas, o sus abundantes manías, parecen provenir más de la parte subconciente que de la racional de la mente humana. El resultado es un espacio delimitado, insólito y asfixiante (un mundo diferente de orígenes aparentemente desconocidos), que Kafka crea para el lector y en el que las reglas no son las de costumbre —todo allí es poco convencional— y los personajes razonan a su aire ante la sorpresa del aturdido espectador/lector que, al avanzar en su lectura, empieza a notar un repentino transporte a una extraña atmósfera en la que se siente sumergido y descolocado. ¿Habré bebido, o fumado algo que no debía?, se pregunta. Para intentar comprender el sistema y los valores que funcionan en el espacio cerrado construido por el autor y en el que sitúa su obra, conviene imaginar el ambiente plástico o estético que se respiraba en los años de Kafka. Su mundo anterior —ese que solemos llamar: el de toda la vida—, se había ido fraguando paulatinamente a lo largo del siglo XIX; los narradores de ese siglo habían explotado convenientemente las fórmulas que, primero el romanticismo y luego el realismo, habían ido propiciando; pero, no sólo los escritores habían asumido esos patrones, también los pintores llevaron su maestría academicista a un momento de agotamiento, y en cuanto a los músicos, otro tanto de lo mismo, el movimiento romántico había conducido a la música a un punto de no retorno. Como consecuencia de ese agotamiento los convencionalismos decimonónicos entran en crisis, y los creadores empiezan a buscar las vías alternativas que necesitan como medio para expresar sus inquietudes. Son los años finales del siglo XIX; los impresionistas dan con una de esas vías y se vuelcan en ella, yo por mi parte no puedo dejar de vincular, irremediablemente, esta vía del impresionismo pictórico con la obra de Marcel Proust (“A la búsqueda del tiempo perdido”), con la música de Gabriel Fauré, de Claude Debussy, o de Eric Satié y con la arquitectura modernista. Fue esa una vía extraordinariamente fecunda, aunque temo, también, que pronto se reveló como una vía muerta por su fatal agotamiento prematuro, sobre todo en música. Pero aquel no era el único camino, hubo otros y agotada la vía impresionista el acercamiento a la abstracción tomó el relevo. Vienen los “ismos”: expresionismo, cubismo, surrealismo, constructivismo, abstracto…, musicalmente, las tendencias contemporáneas siguen caminos aún más ásperos, y citaré sólo los que a mí, en alguna medida, me gustan: Mahler, Stravinski, Bartók o Prokófiev, por ejemplo. En ambos campos, pintura y música, el camino de las vanguardias es especialmente arduo y difícil, no sé si Kafka tiene, en alguna medida, algo que ver con esto último mencionado; yo me limito a expresar, a título particular, el patente paralelismo que encuentro entre la lectura de “El castillo“, y los nuevos criterios estéticos de los primeros años del siglo XX. Claro que los movimientos de arte vanguardista, manejan aspectos formales y estéticos de las cosas y Kafka, en cambio, maneja la propia vida, su desarrollo, las relaciones personales, o la relación con la maquinaria del Estado. Lo cierto es, volviendo al impresionismo, que cuando oigo la música de Fauré y leo simultáneamente las impresiones que transmite Proust de sus paseos por los parajes de Normandía, me siento transportado a un mundo diferente ambientado con perezosas y nostálgicas notas de violonchelo o de piano, mezcladas con pinceladas, luces, y colores propios de Monet, elementos estos que, aunque difieren, por su modernidad, de los tradicionales, a mí me resultan sumamente sugerentes y armoniosos, pero es el caso que los asocio con Proust, y no con Kafka, jamás los asociaría con Kafka, porque la sociedad que frecuenta éste en su novela es mucho más perturbadora y menos cómoda que la impresionista, y su tensión latente me recuerda mucho más la música de Prokófiev (inquietante, como la danza terrible de“Montescos y Capuletos”), o por qué no, “El grito” de Munch, los enigmáticos retratos de Modigliani o también los incomprensibles —entonces— volúmenes característicos de la arquitectura racionalista alemana. Ninguno de estos últimos ejemplos (Kafka, Prokófiev, Munch, Modigliani, la Bauhaus), son tan armoniosos —o tan previsibles— como los del ejemplo impresionista, pero están ahí, exhiben orgullosamente sus propios valores y, por tanto, hay que considerarlos. Obviamente con todas estas elucubraciones, salgo de la propia materia literaria, pero me da igual, porque creo que guardan alguna relación con el asunto del que estoy tratando, que es el entendimiento, o mejor, la asimilación, de la extraña prosa kafkiana. Y aquí es donde entra en liza el esfuerzo de comprensión que se le reclama al lector, que ha de saber que la obra de Kafka vive unas circunstancias estéticas y sociales especiales, y será difícil explicarse sus tics desquiciados sin aceptar religiosamente esas circunstancias propias de su época. Contribuyen a estas últimas factores varios: el ambiente general de antes y después de la gran guerra, los últimos estertores del Imperio Austrohúngaro, las crisis brutales de la economía en Centroeuropa, el auge del socialismo como sistema que, por primera vez, accede al poder en Rusia…, todos esos cataclismos no se introducen sin más, sino que van acompañados de un escenario de transformaciones (un mundo nuevo), en el que cambia el fondo, pero también las formas, y el escritor sensible, y Kafka lo es, capta perfectamente el nuevo decorado, se incorpora a él, y lo hace derivar hacia donde cree que tiene tendencia a dirigirse. Con todo ese bagaje acumulado, la “lógica especialísima” con la que construye su novela, adquiere repentina carta de naturaleza en sus páginas y si el lector quiere leer sin interrogaciones constantes, habrá de reconocer, asumir y, en definitiva, creerse esos antecedentes que le dan sentido. Si las cosas suceden así, su mente quedará libre y se le facilitará el acceso a los aspectos más puramente novelescos de la trama, podrá entonces empezar a comprender al alcalde (uno de ellos), a su mujer (que hace un barquito de papel con la carta con la que tratan K y su marido), a Frieda (la novia/esposa que se echa sobre la marcha), a la posadera (que le recibe en la cama desde la que controla el trabajo en la cocina), a Jeremías, uno de los ayudantes, a Olga y a sus hermanos y a sus padres, y a los secretarios (uno de ellos charla con K desde su propia cama), incluso a personajes cuyos nombres están en boca de muchos, pero que no llegan nunca a materializarse. Éstos que menciono son sólo algunos de los integrantes de ese ámbito extraño y alucinado, situado por debajo del castillo, en el que no se sabe por qué extraña razón K queda como atrapado, sin ganas de salir corriendo (que es lo que haría cualquier persona sensata que se viese en su situación), a pesar de sospechar que allí no existe promoción posible para él, porque todo está en manos del poder, de ese ente superior que todo lo supervisa, llámese Klamm, llámese “Das Schloß”, o llámese como sea.

2 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 14 de Octubre de 2016
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LA BELLA Y LA BESTIA en CASA DESOLADA
Lo primero que llama la atención de “Casa desolada” es su complejidad, inesperada, viniendo de alguien tan popular y afamado por su sensibilidad y de quien antes esperaríamos ternura que complicación. La crítica actual parece colocarla como su mejor novela, pero los comentarios de algunos lectores son menos elogiosos, no negativos, pero sí menos entusiastas que en otras novelas. Tratando de explicarme esa aparente contradicción, he indagando en sus páginas en busca de las razones de unos y otros para opinar así. No soy muy partidario de clasificarlo todo, y más en cuestiones no mensurables, pero he de decir que esta novela es de las más avanzadas y, tal vez por ello, de las menos populares del autor. Recuerdo que cuando leí “La sombra del ciprés es alargada” de Miguel Delibes, pensé que su carácter de “novela de tesis” (la que se escribe al objeto de desarrollar una opinión o ideología) está en el origen de sus defectos, y creo que pasa lo mismo con “Tiempos difíciles”, en la que la introducción del tema obrero y la cuestión social, daña la novela. Digo esto porque creo que nunca hay que generalizar y, en este caso, la queja contra el mal funcionamiento del sistema judicial en el Reino Unido, que es la tesis que aborda la novela, no la perjudica en absoluto, y no lo hace porque el escritor conoce la materia, porque encaja en su planteamiento literario, y porque este asunto le obsesionó toda su vida y se lo tomó como cuestión personal. El nefasto funcionamiento del poder judicial llevó a la cárcel por deudas a su padre, quedándole a él el trauma y la obsesión de denunciar y combatir al sistema judicial británico con todos los medios a su alcance. “Casa desolada” se convierte así en un claro alegato contra la justicia inglesa sin salir, por ello, perjudicada, al contrario, la tesis le imprime un fuerte carácter, vindicativo en este caso, arrogándose la responsabilidad de su propia grandeza y a la vez de su inhabitual complejidad. Aunque la novela sea una diatriba contra los juicios de la Inglaterra victoriana, no se trata este asunto de manera exclusiva, sino, complementaria. Comienza la historia central con “el relato de Esther” (título de sus capítulos), que forma su espina dorsal y se desarrolla a modo de relato tierno, con profusión de buenos sentimientos, personajes entrañables y planteamiento genuinamente dickensiano; el otro asunto lo ocupa el ya mentado juicio y su desarrollo, enseñándonos capítulos tan ásperos como el desagradable tema que tratan: la causa judicial “Jarndyce vs Jarndyce”, gente extraña, pintoresca, tipos estrafalarios, insólitos, o prácticamente inverosímiles, que, pese a ello, acaban por cobrar sentido una vez situados en ese patético submundo londinense gris y contaminado por la insalubre niebla. Esta parte referida a lo judicial, está contada por un narrador omnisciente que podríamos con toda certeza identificar como Dickens, que, desde su posición, utiliza algo así como el presente histórico para plantear los diálogos, a veces en tiempo real, otras veces resumidos a posteriori, mientras juzga y saca deducciones de los hechos, con su moraleja y, sobre todo, con fuertes dosis de un humor ácido o irónico, a veces entrañable, otras corrosivo. Son capítulos difíciles por la constante introducción de nuevos personajes que, inicialmente, no se sabe a qué vienen, se supone que tendrán que ver con la historia pero desconocemos el vínculo y si unimos a ello el sofisticado lenguaje dickensiano, queda un marcado estupor al que contribuye la naturaleza extravagante de los personajes; son raros, raros, pero la mayoría terminan por ser aceptados —pese a su excentricidad—, al envolverlos el autor en un halo de familiaridad que los hace grotescos pero entrañables, llevándonos a admitir finalmente que sí, que se pueden encontrar tipos así en el mundo real. Hay aquí historias de urdimbre espesa e inextricable, en las que el autor utiliza un estilo relativamente moderno —mucho más de lo que yo recordaba—, porque narra con soltura, sin demorarse en explicar quién es ese que se incorpora, qué es lo que le vincula al resto, dónde se sitúa, o cuándo sucede su intervención. Por el contrario, la parte que narra los sucesos de la trama principal se lee con absoluta facilidad, de manera amable, y contada dulcemente por Esther, protagonista y a la vez narradora, siguiendo una secuencia lineal de acontecimientos en la que el lector nunca se pierde. Lo expresado hasta aquí, podría hacer pensar en una novela organizada en dos partes, una, con una trama poblada por personajes mayoritariamente burgueses, y otra, por pícaros, abogados, jueces y policías, y ello repartido aleatoriamente por sus páginas. Y efectivamente esas son las partes, pero su distribución no es aleatoria sino claramente prefijada; los capítulos de ambas se alternan uno tras otro de manera terca y sistemática: empieza la novela con uno de Esther, y le sigue otro judicial, otro de Esther, otro judicial… y así sucesivamente hasta el final. Esta alternancia conlleva, para el lector la exigencia de cambiar de estilo narrativo en cada capítulo, y siendo tanta la diferencia estilística entre ambas partes, esos cambios no son nada desdeñables, lo que hace que la lectura evolucione en la cabeza del lector, según avanza la novela, hacia un compromiso mental en el que la dulzura de la historia de Esther se equilibra con la dureza de las ásperas fases judiciales. Si la crítica social es consustancial a la obra de Dickens en su conjunto, en “Casa desolada” tal tendencia adquiere carácter de obsesión permanente. No escapan a ella el sistema judicial, los manejos de la abogacía, la contaminación del aire londinense, el deplorable sistema de vida de los más desfavorecidos, la explotación de los débiles, la petulancia de la nobleza, los celos de ciertas mujeres, la violencia que sufren otras en sus matrimonios, la terrible opresión de los prejuicios en la sociedad victoriana, la irresponsabilidad de algunos filántropos despreocupados, la arrogancia de los franceses, y muchas cosas más que ahora no recuerdo. Tan estrafalarios son los tipos que allí se exponen y tan numerosos los pecados que representan, que acaban conformando en sus páginas una tribu peculiar y desquiciada, a ojos del estupefacto espectador, poblada por personajes kafkianos de cuando Kafka aún no había propiciado el adjetivo, si bien es cierto que el trato que Dickens aplica a esta gente, a base de caricaturización y trazos sentimentales, camufla en alguna medida su absurdo y disparatado carácter “cuasikafkiano”. En todo caso a Mr. Skimpole (ese indolente niño grande) yo no me lo creí, pese a la profusión de explicaciones y matizaciones que aporta Dickens para darle consistencia. Sólo al final, por boca del policía, el autor razona el porqué de su existencia: Skimpole simboliza la caricatura de personas que, tras una apariencia bobalicona e infantil, con indolencia y abandono de sí mismos, abusan de los demás escondiendo su interesado egoísmo; tal vez el autor conociera a alguien así, yo, tal como se describe el personaje en el texto, no soy capaz de imaginarlo. El balance de su lectura durante los primeros dos tercios del libro, es controvertido y cambiante: los capítulos denominados “El relato de Esther”, se leen con la normalidad con que se suelen leer sus novelas, y los que atañen al juicio, no digo que con dificultad, porque el texto característico del autor, incluso aquí, se sigue bien, pero sí con la desafección que produce el saber que su contenido, muchas veces, no tiene una repercusión inmediata en la trama (aunque sepamos que la acabará teniendo), produciendo una sensación de impaciencia ingrata para el lector. Quien lea con tiempo y sosegadamente, tal vez disfrute con el estilo, incluso más que en otras novelas suyas, porque puede que esté aquí el mejor Dickens, el más desinhibido e innovador (estilisticamente hablando), pero el lector habitual de sus libros, que además tiene tendencia patológica a devorarlos, encontrará demasiado abstrusos algunos episodios. Sin embargo suele ocurrir que, en estos libros extensos que superan las mil páginas, llega un momento, el último tercio, en el que ese complejo tejido de tramas y personajes empieza a encajar en la historia principal con la precisión de un rompecabezas, mejorando la percepción del lector que toma un cariz más positivo según avanza hacia el final, terminando por dejar un muy buen sabor de boca. No comparto demasiado algunos comentarios sobre lo duras que resultan las situaciones de miseria o desigualdad que refleja este libro, no me lo parecieron tanto; puede que acentúe un poco más que en otros, los aspectos más dramáticos o angustiosos que soportan los personajes en sus páginas, o por decirlo de otra forma, puede que resalte algo más la indigencia, el desamparo y la fragilidad que eran norma en la sociedad del siglo XIX. Pero vivir entonces era muy duro, las penurias de las clases bajas eran atroces y endémicas, la ciencia médica o los medios que facilitan hoy la vida no existían, y se moría uno por cualquier nimiedad, y eso queda reflejado en todos sus libros y no sólo en éste. Al igual que he escrito sobre el acentuado afán crítico de Dickens en esta novela, también quiero opinar sobre su posición de referencia en la sociedad de su tiempo en la que yo creo que no era, ni por asomo, un revolucionario, ni un socialista, ni nada parecido; sé que hay quienes lo creen así, pero me parece que esa idea surge de las apariencias y no de un análisis sereno y reflexivo. Sus novelas influyeron en ciertas mejoras sociales en el Reino Unido, es cierto, pero por la sencilla razón de que utilizó su arrolladora popularidad para hacer propaganda (indudablemente creía en la causa de los más débiles) contra las injusticias sociales, y a la vez que la hacía, entretenía al personal y ganaba un buen dinero. Y así lo debieron entender sus lectores (muchísimos y de todas las extracciones sociales), porque sus críticas se recibieron más como razonables reproches a una sociedad con cierto cargo de conciencia, que como furibundos ataques contra los estamentos o las personas objeto de ellas. Y cuando en “Tiempos difíciles” intentó poner el acento en los problemas sociales de verdad, en los del proletariado, el resultado defrauda, con esa misma novela como la más floja de las suyas que he leído. Yo creo que el carácter de denuncia que tienen sus libros (chocante por directo e innovador), era sin embargo absolutamente inocuo desde el punto de vista político y si surtieron algún efecto benéfico sobre la legislación, fue por vía de un reformismo absolutamente integrado en la sociedad, asumido por ésta y exento de cualquier carácter rupturista o simplemente ideológico. Su mensaje no traspasaba el ámbito de lo privado de sus personajes, ese era el terreno en que se movía con aplomo y eso era lo que sus seguidores esperaban de él. En mi opinión, lo genuinamente suyo no era introducirse en terrenos ambiguos por su proximidad a lo político, su auténtica especialidad era crear historias tremendas, con increíbles coincidencias, en las que se mueven unos personajes tan bondadosos y tan idealizados que cuando, al acabar la novela, todo sale bien, el lector siente una profunda satisfacción al comprobar que la vida, al final, es maravillosa y merece la pena esforzarse por vivirla; o sea, una especie de cuento de hadas hecho novela de mil páginas. No lo digo en tono sarcástico, al contrario, lo digo con pleno convencimiento; esto es así, y es lo que hemos sentido todos los que leímos a Dickens de pequeños, entonces nos producía y, en alguna medida nos sigue produciendo, un efecto casi insuperable, hasta el punto de consagrar aquellas lecturas como las de recuerdo más querido y más arraigado. Particularmente, tengo ese tipo de consideración por “David Coperfield”, que es una novela de tintes autobiográficos, que leí de pequeño y luego de mayor, y que me dejó en ambos casos un extraordinario recuerdo. “Casa desolada” no alcanza a producirme tan cálidos efectos, por la sencilla razón de que la he leído con una edad excesiva. Pero aun así, me dio la sensación de ser una gran novela, una de las mejores de su autor que, sin embargo, requiere un mayor esfuerzo (y no me refiero con ello a su extensión), por su propio carácter de novela exigente con el lector que, además, provoca una notoria percepción de gran calidad, que la convierte, quizá, en una de sus mejores obras; y no creo que eso entre en contradicción con el hecho (comprensible en razón de su exigencia) de que no sea de las más apreciadas por un número muy extenso de lectores.

11 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 26 de Septiembre de 2016
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HABLAR... Y NO CALLAR en LARGO VIAJE HACIA LA NOCHE
Ninguno de los que frecuentamos este sitio, había leído el libro. Sé que alguno ha visto la obra recientemente representada, la mejor opción, no cabe duda. El caso es que su lectura me dejó un recuerdo tan bueno, que pensé que merecía la pena escribir sobre ella. A día de hoy el teatro de O´Neill es poco conocido y, de hecho, es difícil encontrarlo publicado. Pero no siempre fue así, hace cuarenta años su nombre era frecuente en las carteleras españolas, sus obras aparecían regularmente en una época en la que el teatro vivía momentos mejores. En los escenarios de entonces, convivían las obras de O´Neill con las de Miller, Mihura, Jardiel, Coward, Buero, o las de los más clásicos Ibsen, Wilde, Chejov, o Strindberg. Recuerdo dos hitos extraordinarios de aquel momento, a los que asistí como miles de personas más. El primero, el “Tartufo” de Moliere, representado en 1969 en el teatro de la Comedia de Madrid por un formidable Adolfo Marsillach, en un contexto de movilización que iba mucho más allá de lo puramente teatral; el segundo, “Un enemigo del pueblo” de Ibsen, en 1972, con Fernando Fernán Gómez, el mejor de todos nuestros actores, en el teatro Beatriz. No se puede negar que el clima político multiplicó la repercusión de aquellas dos obras, pero aun sin eso, fueron dos bombazos que indican bien la pujanza que tuvo el teatro por aquellas fechas. El caso es que, por unas razones u otras, he sentido recientemente un acusado brote de afición por la lectura de textos teatrales, producto en buena parte de la impactante lectura de esta obra de O´Neill, que me ha llevado a pasearme por la obra de Ibsen, de Chejov, y por otras del propio autor americano. El pequeño hábito adquirido con la lectura de algunas de esas obras, revela enseguida la mecánica teatral, resaltando los parámetros en que se mueve la representación, que, lógicamente, son cambiantes según el autor y reflejan la evolución en el tiempo del hecho teatral, hasta confluir, supongo, en el teatro del absurdo o cualquier otra variante de las vanguardias. Pero no voy a seguir por ese camino, porque sería invadir campos que desconozco. Esta reseña sobre “Largo viaje hacia la noche” no se refiere, en propiedad, a una representación teatral, a la que obviamente no he asistido. No, yo de lo que quiero hablar aquí es de su lectura, que contiene aspectos teatrales, sí, pero yo quiero incidir en que los sentimientos que provoca en el lector no son una consecuencia de su condición teatral, sino de la sencilla asimilación del contenido de un libro. Tengo la impresión, aunque reitero mi desconocimiento de los mecanismos teatrales, de que la trama que contiene esta obra y la evolución de la misma a lo largo de sus tres actos no contiene planteamientos cambiantes, vuelcos espectaculares, ni la exposición de tesis rompedoras en el campo de lo social al estilo de Ibsen en “Casa de muñecas” o en “Un enemigo del pueblo”, aquí el autor se mueve en otro terreno: el de la sutil exposición de los demonios interiores de unos personajes que van recorriendo, en un crescendo tormentoso, su viaje hacia la noche, que es el final (curioso y tentador juego de palabras con la novela de Céline), en el que elementos como el alcohol, la paulatina merma de la luz diurna, o ciertas revelaciones médicas, contribuyen a destapar las conciencias de los miembros de la familia que progresivamente hacen aflorar todo lo que se guardaban hasta ahí, en un doloroso, dramático, e inevitable “tour de force”. La traductora, con sus anotaciones a pie de página, mantiene permanentemente informado al lector de los múltiples detalles autobiográficos de un texto que, por lo visto, refleja con fidelidad las vivencias personales del propio Eugene O´Neill, hombre de vida tempestuosa que volcó aquí sus demonios familiares. Bueno, pues éste es el caldo de cultivo literario en el que se genera la obra, y ésta también es mi base de partida, aquí es donde quería venir a parar para explicar que no quiero juzgar la obra desde un punto de vista escénico; el resultado ha de ser bueno, porque está reconocida como la obra maestra de su autor, pero ni me siento capaz de analizarla, ni deseo hacerlo, solamente quiero dejar mi testimonio de que, como simple lectura, está entre las mejores páginas que haya leído últimamente. Los cuatro personajes fundamentales de la obra, Tyrone el padre, Mary la madre y los dos hijos, Jamie de 33 años y Edmund de 23, entablan unos duelos dialécticos alternos, dos a dos, en los que evolucionan desde una simple charla intrascendente, hasta iniciar una vorágine inclemente en la que se sueltan dardos, cada vez más duros y afilados, llegando a una especie de delirio en el que se dice de todo, en el que no se calla nada, en el que la sinceridad más descarnada se instala en la conversación, y se pierde la medida de lo correcto y lo incorrecto, de lo que se puede y de lo que no se debe decir. Es un clímax enfebrecido y cruel, en el que explotan las pasiones que esos cuatro personajes llevan guardados desde no se sabe cuándo, y con una excusa tan potente como esa, el escritor afila su pluma y se luce en un texto grandioso en el que se mezcla el hálito de los vapores etílicos con la elegancia propia de personas cultas que recitan a sus poetas más queridos, que declaman párrafos enteros de textos teatrales (el padre es un actor de renombre), que se explayan en un refinamiento que no es incompatible con echarse en cara lo más rastrero, soez y mezquino que uno pueda imaginar, aunque tampoco con la tímida aparición de alguna porción extra de cariño combinada, eso sí, con fuertes dosis de bilis. O´Neill fue además, un escritor pulcro y muy meticuloso y la descripción en letra cursiva de las situaciones y sobre todo de los estados de ánimo de cada personaje, consiguen que en el momento de decir el texto, conozcamos el gesto y el talante que utilizan como si los estuviéramos viendo, gracias a que el autor nos los acaba de describir con la necesaria precisión. Tengo que reconocer que hubo momentos en que los parlamentos de esta obra me recordaron por su desgarro los habituales de las obras de Tenesee Williams, pero creo que hay diferencias sustanciales entre ambos autores. El estilo literario de este último es quizá más ampuloso y enfático, sus personajes adquieren rasgos muy definidos, y se ven afectados por trastornos de una personalidad extrovertida, insólita y vulnerable, donde el sexo y todo lo que conlleva, masculinidad o feminidad, adquiere protagonismo, donde los personajes parecen influidos por el agobio cálido y húmedo de unos ambientes sureños de atmósfera decadente, o incluso gótica. O´Neill es más sobrio, menos extrovertido, las pasiones de sus personajes están más solapadas, pero son más profundas, la complejidad y la negatividad de su psicología se sumen en un ambiente pesimista, e incluso trágico, que él coloca en un escenario burgués de aparente normalidad, quizá sea ese mayor intimismo lo que procuró a su obra un mayor recorrido teatral, en comparación con la obra de Tenesee Williams, que se llevó más al cine. En cualquier caso, es obvio, leyendo sus biografías, que O´Neill llegó primero, instaurando un estilo demoledor que, independientemente de sus diferencias, que las hay, tuvo que ejercer una gran influencia sobre Williams y posteriormente sobre Arthur Miller. No voy a engañar a nadie diciendo que el tono general de su obra es ligero; es, inequívocamente, dramático. Pero sin embargo, por alguna razón que se me hace difícil de identificar, su lectura, a mí al menos, ni me produce desazón, ni me arruga el alma. No sé si es que la lectura corta, propia del teatro, mitiga en alguna medida ese tipo de sentimientos, o es que la fuerza impresionante de su texto centra la atención del lector, haciéndole olvidar un tanto, los aspectos pesarosos de la trama. Lo que quiero señalar es que ese tipo de cosas habitualmente me afectan, pero leyendo a O´Neill, sorprendentemente, no me afectaron.

5 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 31 de Mayo de 2016
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SI NO FUESE TARDE Y TODO ESO en FRANNY Y ZOOEY
Aún no escribía reseñas cuando leí “El guardián entre el centeno, pero empecé a hacerlo unos años después y fue entonces cuando escribí la suya. Ahora es al revés, porque aún no he terminado “Franny y Zooey” y ya estoy impaciente por recalcar en su reseña lo fácil que es reconocer en su autor al que escribió “El guardián entre el centeno”. Lo que más sorprende es que no haya ni evolución, ni matices, que todo sea igual como si los diez años que separan ambas novelas nunca hubieran existido, cómo si Salinger se hubiera puesto a escribir “Franny y Zooey” diez minutos después de haber terminado “El guardián entre el centeno”. Sorprende la uniformidad estilística, sobre todo, por ser tan diferentes los enfoques de ambas novelas. Los temas son, parecidísimos; en “El guardián entre el centeno” el protagonista es un chico insatisfecho con la vida, que en un acto de franca rebeldía no duda en echarse a la calle a hacer frente a todo lo que se le interponga. En “Franny y Zooey”, ambos hermanos también comparten insatisfacción e incluso, angustia, pero la afrontan quedándose en su casa y conversando sobre su problema. Es decir, que las dos novelas comparten casi el mismo leitmotiv (la insatisfacción juvenil), pero las dos difieren radicalmente en la forma en que lo va a desarrollar cada una. En “El guardián entre el centeno” el mecanismo de su desarrollo es muy dinámico, llevando a Holden a recorrer Manhattan a la búsqueda de algo que mitigue su insatisfacción; mientras que Franny y su hermano Zooey, en cambio, actúan pasivamente, quedándose en su casa y confrontando sus puntos de vista, con su madre primero y luego entre ellos, en un diálogo interminable mediante el que buscan exorcizar, por así decirlo, las causas de la insatisfacción de ambos. No sabría presuponer el grado de interés que puede ejercer sobre cualquier lector un tema como el de la insatisfacción juvenil, pero, en principio, podría no ser demasiado atractivo y su éxito dependería en buena medida del talento del autor por su capacidad para ofrecer una visión sugerente del asunto y, probablemente, de la disposición favorable del lector en el caso de que su edad se aproxime a la de los afectados. Yendo a nuestros dos ejemplos, si la trama contiene actividad y dinamismo, como pasa en “El guardián entre el centeno”, la novela entretiene o incluso divierte (aunque no a todos los lectores), en tanto que si se desarrolla con profusión dialéctica y largos parlamentos, como ocurre en “Franny y Zooey”, no será ni la mitad de divertida, ni tan fácil de leer. Es la diferencia entre una historia ágil, con aire de travesía urbana, y otra en la que la acción se queda reducida a un diálogo, casi teatral, entre dos personas encerradas en un ámbito limitado. Por eso llama tanto la atención, que Salinger utilice aquí un estilo tan exactamente igual al suyo de diez años atrás, sobre todo considerando las enormes diferencias entre ambas historias. Resumiendo, parece evidente que la clave del éxito popular de “El guardián entre el centeno” reside en su carácter lúdico, mientras que el carácter intelectual de “Franny y Zooey”, podría estar en el origen de su buena acogida por la crítica literaria. Termino aquí la conexión entre ambas novelas y paso a la que nos ocupa, resaltando la decisiva importancia que la escritura de Salinger tiene en el balance final de su lectura. Su estilo es asombrosamente eficaz. Aparenta cierto descuido inicial, cierta reiteración, abundancia de frases hechas, abuso de expresiones convencionales sacadas del habla coloquial, continuas coletillas y muletillas, interjecciones repetitivas, o adjetivos ampulosos aplicados indiscriminadamente; en fin, toda una carga estilística que remite al lenguaje sonoro y de pretendida naturalidad con que se expresaban los jóvenes de aquella época. Y obsérvense también, algunos ejemplos de ello que no dejan de repetirse profusamente en el texto: “Quiero decir que… Por Dios santo. ¿Quién demonios dice? Santo Dios. Genial, eso es realmente genial. Por el amor de Dios. ¿Sabes a qué me refiero? ¡Dios! Ha ido al dentista, o algo así. ¿De veras? ¡Dios Todopoderoso! Quieres largarte de una condenada vez. Demonios. ¿Quién diablos se está riendo? Maldita sea. En serio. Si no fuese tarde y todo eso“ Sin embargo, si somos capaces de, tras unas cuantas páginas, dejar atrás el mareo que produce ese lenguaje titubeante y lleno de tics y de juramentos y exabruptos, veremos que su texto trasciende enseguida, dejando ver un estilo fresco, ágil, y también recio y muy expresivo, que nos lleva a leer sin esfuerzo y a comprender perfectamente todo lo que intenta transmitir su autor; y cuando digo todo quiero decir TODO, no sólo la literalidad, también lo subliminal y lo sugerido entre líneas. Y para conseguirlo no utiliza sólo los sentimientos y los diálogos, se apoya también en los ademanes, en los gestos, en las actitudes corporales, en la recreación de una multitud de detalles aparentemente innecesarios, en un afán de reclamar la atención del lector hacia las circunstancias del entorno, como la comida que se le queda fría a Franny, o el tamaño de los servicios del restaurante, o la minuciosa relación de insignificantes objetos que aparecen en el armarito de baño que su madre revuelve buscando no se sabe qué, o el profuso e inagotable inventario de cosas que hay en el salón de los Glass, incluido el gato Bloomberg (¿?), y un piano de cola con la tapa abierta. Se concluye que lo que Salinger persigue, con el recordatorio machacón de todos esos detalles, es componer en la mente del lector un espacio lo más alejado posible del vacío, que mantenga levemente ocupada la imaginación del lector, predisponiéndola a digerir el complejo parlamento de los protagonistas. Ahora empiezo a entender mejor la naturaleza del encanto especial que suscita “El guardián entre el centeno” cuando se lee, o al menos, el que suscita en aquellos que perciben ese encanto, que no son todos ni mucho menos. Hay una conclusión inmediata a extraer, que es que este hombre escribía fácil y bien, lo que, antes que nada, le permite pisar algo parecido a una “tierra de nadie”, que una vez ocupada, le asegura el resultado; así la novela será entretenida o un tostón, atraerá o repelerá, parecerá buena o sólo regular, pero si el autor se ha dado el lujo de escribir fácil y bien, todos esos juicios se decantarán a su favor y nunca en su contra. Esa, creo yo, es una de las razones del éxito de Salinger, y más aún en esta novela de características tan especialmente difíciles. Y llegado a este punto es inevitable hablar del tema de la novela, que, adelanto ya, no es fácil. Trata, según avancé al principio, de la insatisfacción juvenil, entendida como la certeza de saber que la vida es un sinsentido que bloquea al sujeto, que le hunde en la amarga convicción de que nadie le entiende, y que encima, le hace ser visto visto como un marciano de la más rara especie. La historia de estos dos jóvenes se inscribe en el contexto de la familia Glass, ya presente en algún otro libro de Salinger. Se trata de un matrimonio neoyorquino con siete hijos, que son especiales, entre otras cosas, por ser extraordinariamente inteligentes; Franny, universitaria, de veinte años y Zooey, actor, de veinticinco, son los pequeños. La trama que se ventila en la novela, aborda los conflictos emocionales de su familia, como su inteligencia, sus circunstancias, su problemática cohabitación, y otras muchas cosas parecidas, que les abocan a la inseguridad y a la angustia. A ese panorama de desquiciamiento que, por otro lado, es consustancial a los Glass como la familia excéntrica que es, hay que añadir la obsesión que Franny tiene con el libro de un predicador y visionario ruso, que le incita a la búsqueda del sentimiento religioso y de la personalidad de Jesús, lo que es chocante en alguien que, como ella, nunca tuvo educación religiosa. Este conjunto de ideas hace crisis en su mente, llevándole a recurrir como único antídoto, a la formidable inteligencia de su hermano Zooey, que en aplicación de su irrefrenable elocuencia, desmenuza todo mientras intenta convencer a su hermana de que sólo debe preocuparse por lo que verdaderamente le interese. Bueno, pues no quería llegar tan lejos en la explicación de lo que ambos hermanos debaten en la novela, porque su diálogo es muy complejo y cambia constantemente de asunto, de cuestiones suyas particulares a constantes digresiones familiares, formándose una amalgama de indescifrable sentido, si lo tiene, cosa que dudo. Digo esto porque es imposible que mis palabras sirvan para explicar de qué va la novela, si acaso para hacerse una idea del cariz de estas conversaciones familiares, que, a pesar de la fluidez con que están expuestas, comportan una exposición con pasajes que obligarán al lector a seguir itinerarios oscuros, empinados, retorcidos, y abruptos, sin saber ni intuir siquiera, a dónde le lleva el autor. Esto, con cualquier otro escritor sería duro, con Salinger, mucho menos. Si esta novela, con los mismos protagonistas y el mismo asunto, la hubiese escrito otro, el resultado hubiese sido muy árido, en tanto que, escrita por él, se lee bien y, en general, se disfruta. Personalmente, la razón que me permite disfrutar con sus novelas, es la satisfacción que sé me provocará leer cualquier texto suyo, sea el que sea, e independientemente de cuales sean sus personajes y su trama. En “Franny y Zooey” los personajes son interesantes, la trama no; o, al menos, es casi inexistente y tiene poca entidad en sí misma. Esto de encontrar una lectura excelente que, sin embargo, trata un tema de poca enjundia y mucha levedad, me recuerda lo que me pasa a veces leyendo a Henry James, un autor con algunas novelas de tema presumiblemente insustancial, que pese a serlo se siguen leyendo con gusto por el simple hecho de estar escritas por él. Son novelas de argumento insuficiente, a las que les saca un magnífico partido con su manejo de conflictos internos, angustias personales, análisis psicológicos, y otras cuestiones por el estilo, que configura y desarrolla con diálogos frescos y jugosos que acaban por insuflar carácter a un argumento que, a priori, no lo tenía. Claro que, en esta comparación postrera y forzada entre estos dos escritores casualmente nacidos ambos en Nueva York, la diferencia obvia está en los temas a tratar, porque pesan demasiado los cincuenta años largos que separan la mentalidad propia de la “Belle Epoque” con el naciente inconformismo de los jóvenes rebeldes e inseguros, aunque superdotados, de los años cincuenta del siglo XX. En “Franny y Zooey” ocurre algo parecido. Su argumento es indefinido, casi no existe trama, el atractivo hay que encontrarlo en la agudeza y la elegancia del contenido de los parlamentos. Se disfruta mucho su lectura, en tanto que se está leyendo a un Salinger que sabe gestionar perfectamente esa coyuntura. Ahora bien, mi balance global es inferior al de “El guardián entre el centeno”, novela que reúne buena lectura y buena trama, completando un resultado notablemente mejor.

1 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 8 de Mayo de 2016
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¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE! en EL CAMINO
Para cualquier lector desinformado, este libro tiene aspecto de novela infantil de pequeño formato, poca enjundia, y niños protagonistas. Pero verlo así es fiarse de las apariencias, así que mejor nos olvidamos de ellas y pasamos a su contenido. La novela tiene dos objetivos básicos: el primero, acotar y explorar el fortísimo vínculo que une a esos tres chavales con su entorno natural, y el segundo, narrar los encuentros y desencuentros surgidos de su relación con la gente del lugar. Lo primero, su vinculación con el territorio circundante, afecta a un buen número de asuntos, que abarcan desde los perros, los pájaros, las vacas, las alimañas o la fauna en general, hasta las plantas, los árboles, las piedras, la tierra de los caminos, y el agua de los arroyos, pasando por el viejo tren de vapor que surge regularmente del túnel y recorre el valle aturdiéndolo con sus ruidos y con sus humos. El otro objetivo es trasladar a los sucesivos episodios, los habituales líos y desavenencias propios de los pueblos, en los que los chicos, que preferirían retozar libremente, se ven irremediablemente implicados, muy en contra de su voluntad. La mencionada sencillez estructural de esta novela, es como una fachada frágil y humilde, que hay que franquear para poder desvelar unos atributos forjados a base de amistad, cariño, emotividad, y pasión por la naturaleza, y por la vida en general, que la convierten en una de las obras maestras de Miguel Delibes. Nada menos, que eso. Seguro que otras novelas suyas habrán disfrutado de una estructura más compleja, un argumento más elaborado, o temas de superior trascendencia social o histórica. Pero en pocas, o en ninguna como en ésta, supo su autor encontrar las claves necesarias para valorar tal multiplicidad de relaciones personales, bien sea por medio de una activa manifestación de sentimientos, o bien diseccionando con precisión las aristas del temperamento humano, y eso, sean niños o adultos los sujetos de todas esas efusiones. ¿Lo convierte eso en su mejor libro?, todo es opinable, habrá lectores a los que no seduzcan los argumentos que aquí se manejan, pero para alguien como yo, que, cuando pondera lo que lee pone este tipo de aptitudes en lo más alto de su personal e hipotética lista de preferencias, “El camino” es un libro extraordinario. En las cien páginas iniciales de “La sombra del ciprés es alargada” se apreciaba la calidad de Delibes, pero el inadecuado enfoque de aquella novela primeriza, dejaba la muestra convertida en un indicio fallido de sus potencialidades, en espera de mejor ocasión para explotarlas. Hubo una segunda y poco conocida novela, “Aún es de día”, y fue en la tercera, en “El camino”, en la que, con un planteamiento absolutamente sencillo y, quizá, por eso, absolutamente adecuado, consigue desarrollar su talento sin trabas, como si la simplicidad de la novela le dejara las manos libres para aplicarse a aquello en lo que realmente era muy bueno: en la corta distancia. Y tal ocurre en la relación de Daniel “el Mochuelo” con sus dos amigos y compañeros; o en el denso y prolijo monólogo —casi diálogo, tal es su desdoblamiento— que mantiene consigo mismo para analizar la conveniencia de lo que se le impone por su propio bien; o en su relación con ese territorio que tanto idealiza, como si las cumbres que delimitan su valle marcasen los confines últimos del mundo; o también en el dulce trato con su madre, o en el más adusto con su padre, relaciones, ambas, preñadas de unos intereses y obligaciones que eran la parte menos divertida de su relación personal con el exterior, pero que entendía como su obligada deuda con un amor filial en el que sabía que debía confiar. Y sin embargo toda la novela se debate entre preguntas, con respuestas de rechazo, a veces, de aceptación resignada otras veces, pese al propio convencimiento de que se le proponen cosas que no son las que él quiere para sí. Él sabe bien que no es un ente aislado, identifica claramente sus circunstancias, y sabe que debe sujetarse a ellas sin remedio. La novela está contada por un narrador omnisciente que sitúa perfectamente al lector en el interior de la mente del protagonista, que es como decir en el epicentro de su mundo particular; desde allí retransmite las inquietudes que le acompañan en sus peripecias, en una sucesión de episodios que cubren su niñez, desde que tiene noción de su propia existencia, hasta la tarde anterior a la narración. En la novela aparecen también otros personajes, generalmente, sencillos y prototípicos, sin grandes complejos ni profundidades, pero con la suficiente vida propia como para intervenir en la medida en que la historia lo demanda. No recuerdo a todos: el cura, sus padres, los padres de sus amigos, las beatas, el tabernero, el indiano y su hija, o aquella niña feúcha a la que nuestro protagonista acabó cogiéndole tanta ley; ellos y otros como ellos, son las vidas que se cruzan con la suya, creando unos vínculos que van definiéndose en cada episodio, modelándose así la forma y el sentido de una novela en la que, por encima de todo, brilla la impronta que se va depositando sobre su carácter, acuñando en él una personalidad nueva, más recia, más abnegada, y cada vez más acoplada a la realidad de los hechos, por desagradables que estos puedan ser. Esto desvelaría, en cierta medida, el mecanismo ideológico con el que Delibes hace su particular panegírico de la vida en el campo, mostrando los beneficios que tiene, no sólo, para los cuerpos sino también para el equilibrio y la fortaleza de las almas. Miguel Delibes pasaba los veraneos de su infancia en Molledo, pueblo situado en un valle del interior de Cantabria y aunque no está dicho en ningún sitio, parece que es allí donde situó la historia de Daniel “el Mochuelo”. Hay que suponer, por tanto, que aquel fue el lugar en el que se forjó su conocida afición a la vida en contacto con la naturaleza y, por extensión, su afición por la caza, a la que, en la propia novela, le dedica un significativo capítulo. Para terminar, resumo diciendo que no recuerdo ninguna novela con niños protagonistas, tan seria, tan trascendente ni, sobre todo, tan carente de la natural alegría infantil como ésta. Semanas después de haberla leído, puedo evocar aún el lenguaje utilizado por los chicos, perfecto reflejo del propio de su edad, aunque en él pueda distinguir un aliento pesimista infiltrado entre los renglones, que enturbia la alegría juvenil y que impregna la novela de una severidad inseparable del sentido profundo de la existencia propio de la persona adulta. Podría pensarse que los avatares, duros por momentos, que se viven en la novela fueran la justificación de esa severidad percibida. No lo creo así; más me inclino a achacarlo a la capacidad de un texto que va creciendo en intensidad y en trascendencia con el transcurrir de las páginas, alcanzando un tono en el que, subrepticiamente, se detecta ese aura de desesperanza que, repito, nunca habría encontrado en ningún otro libro protagonizado por niños y que consigue convertir la novela en un muestrario de comportamientos humanos que van mucho más allá del contenido habitual de una novela de niños, a pesar de que sean niños sus protagonistas. Así lo veo yo y es algo que, desde mi perspectiva, no desmerece la novela sino al contrario, la eleva a un nivel de excelencia que me convence de que Delibes, además de escritor sólido, dominador del lenguaje y gran tramador, fue también un escritor cálido y entrañable, muy al margen de cierta frialdad que había yo detectado en algunos otros libros suyos y que, en esta novela, no he visto por ningún lado. Dotado de tan convincentes cualidades, consiguió aquí la calidad y el acierto necesarios para convertir lo que aparentaba ser una pequeña e insignificante novela de temática infantil, en una de las mejores obras, de uno de los mejores novelistas en lengua castellana del siglo XX. PD. A pesar de haber indicado en la reseña que el carácter de esta novela es tanto o más adecuado para adultos como para niños, “El camino” es quizás la obra más leída de Delibes, por su frecuente recomendación al público juvenil en los colegios. De hecho es, con diferencia, la novela de Delibes que más votos acumula en SdL.

1 comentarios, puntuación: 4.8 con 5 votos
Escrita 20 de Abril de 2016
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EL APOCALIPSIS en VOCES DE CHERNÓBIL
“Voces de Chernóbil” es una de las pocas obras publicadas en castellano de Svetlana Aleksiévich, la bielorrusa premio Nobel de literatura de 2015. Ni novela, ni reportaje; es una retahíla de testimonios — voces, dice el título— recogidas de afectados a los que la autora quiere ofrecer vías de expresión de su ira y su desaliento. Conocido ese formato podría suponerse que fuera pesado el resultado pero es entretenido, lo que lleva a concluir que la escritora tiene el don natural de escribir captando el interés del lector, si bien hay que decir que, en este caso, toca un tema muy sensible, que lo facilita. El libro no es un reportaje de la catástrofe. Da su versión de los hechos, es verdad, pero ocupando sólo las treinta o cuarenta páginas del inicio. En ellas, sin extenderse demasiado, narra la secuencia del accidente nuclear para, una vez cumplido el trámite, pasar a lo que es la auténtica vocación del libro: trasladar a sus páginas una larguísima letanía de testimonios de afectados por el desastre. Y ya está, no hay que ir más allá para explicar la conformación básica del libro. “Voces de Chernóbil” es eso y poco más. El principal factor que afecta a cualquier juicio literario que se quiera emitir sobre este libro, es que no hay en él una trama al uso; lo que no significa que no haya un asunto, lo hay; y tampoco significa que no haya unos personajes, también los hay y son multitud. Pensando en esto me vino a la memoria “La colmena”, porque allí también había muchos personajes, y todos tenían su pequeña trama, básicamente, parecida para todos ellos: sobrellevar sus miserias económicas y espirituales, ambas poso indeseado de la guerra civil española. Esto significa que los dos libros tienen un mismo “modus operandi”, que es darle voz a mucha gente y en eso se parecen. Se diferencian en que las voces de “La colmena”, tienen el tono literario que aporta Cela, en su condición de novelista, mientras que Aleksiévich, adopta un lenguaje periodístico, con protagonistas con nombres y apellidos que dicen lo que ellos quieren. Por tanto, no hay una trama de enredo novelesco; sí que hay un argumento: una concatenación de episodios relativos al asunto: la catástrofe de Chernobil. Aunque todos hablen de lo mismo, cada personaje reacciona a su manera, con un discurso controlado por la pluma, periodística, si se quiere, pero equilibrada, directa, y sensible de la autora, que asume el claro compromiso de retransmitir tanta desesperación, perplejidad, dolor y espanto. Podría pensarse que el dolor es el más intenso de esos cuatro estados de ánimo, como en las guerras en las que la pérdida de seres queridos supera a todo lo demás. En Chernóbil, la desesperación, la perplejidad, o el espanto, son tan fuertes como el dolor, porque al desgarro interior de las personas se suma el estupor ante lo nunca visto, con un miedo y un desánimo, solo equiparables a los vividos en la catástrofe bélica de referencia, que aquí en la antigua URSS, es indudablemente la segunda guerra mundial. La contienda contra Alemania fue terrible, y son varias las voces que, a lo largo de este libro, se retrotraen a la niñez vivida en aquella guerra, para encontrar traumas con los que comparar. Particularmente me impresionó una voz, que cuenta que vivió en su infancia los novecientos días que duró el cerco de Leningrado, (¡Dios!, más de dos años de hambre, violencia y frío), y un día de invierno ve cómo pasa, por la acera de enfrente, un hombre andando lentamente —las fuerzas escaseaban por el hambre—, y ese hombre se para y se sienta, y al volver a pasar al día siguiente por el mismo sitio, ve con horror, que sigue allí sentado y que lo seguirá estando meses, hasta que llegue la primavera y el deshielo, y dice esa misma voz, que la guerra, la muerte, el frío helador, el hambre y los demás horrores de Leningrado, tenían una cara bien definida, sombría, macabra, espantosa, pero los seres humanos no pensaban que pudiera tener otra, ese era su único aspecto concebible y el único esperable. En Chernóbil, en cambio, horrores equivalentes se inscribían en un escenario magnífico, la catástrofe ocurrió a finales de abril, y los que llegaban para enfrentarse al desastre, se encontraban con una naturaleza en su plenitud, bosques exuberantes, animales vivaces, huertas ubérrimas y campos en plena explosión de fertilidad, ¿dónde está el terror, por qué la muerte se presenta con tan bello rostro? Era difícil digerir ese contrasentido, porque la belleza, por mucha que sea, ni disimula, ni mitiga el dolor o el miedo, y las mentes estaban acostumbradas a soportar las penas en un escenario sombrío, no entendían el horror en mitad de una naturaleza pletórica. Y sin embargo la muerte estaba allí, los dosímetros daban niveles de radiación decenas o cientos de veces superiores a lo admisible. Las consecuencias lo demostraron sin tardanza, como los bomberos que acudieron tras la explosión y murieron allí mismo, mientras otros aguantaron uno o dos meses de descomposición interna y externa de sus cuerpos, que, además de quemarse lentamente, emitían radiación nociva para sus mujeres, que les acompañaban y cuidaban; y después, niños, mujeres, ancianos, durante meses o años, con la lacerante incomprensión de las autoridades que reaccionaban con consignas al estilo de la guerra fría: “hemos de contrarrestar el ataque del capitalismo infiltrado”, “no hay que creer las mentiras de la propaganda antisocialista”, “¡el heroico pueblo soviético vencerá!”, todo de ese tenor, con una opacidad sangrante que nadie se creía allí a pesar de la incipiente perestroika, y mandaron hombres a recoger escombros encima de la cubierta del reactor, con una mínima protección que no les sirvió de mucho, por los brutales niveles de radiación. Obligaron a evacuar la población, pero los viejos no lo entendían, y volvían después a escondidas por los bosques, campo a través, y se encontraban saqueadas sus casas, y se llevaban sus patatas y sus cosechas contaminadas y los huevos de sus gallinas y la leche de sus vacas también contaminadas. Y más, mucho más, porque ya han pasado treinta años, y me entero en Internet que se está construyendo una cúpula gigantesca para cubrir el reactor y evitar que el sarcófago (estructura provisional que cubrió el reactor), apresuradamente construido después del accidente, pudiera hundirse y provocar un nuevo escape radiactivo, obligando a la comunidad internacional —Ucrania no podría asumir individualmente ese gasto— a construir una cubierta en la que cabría la catedral de Burgos, con sus dos torres dentro, pero, ojo, para minimizar los efectos de la radiación sobre los trabajadores, la están construyendo a 500 metros del reactor, lo que obligará, una vez acabada, a desplazarla sobre raíles hasta cubrir totalmente el reactor (por tanto, no sólo es gigantesca sino además transportable), permitiendo otros cien años de tranquilidad (¿?), antes de volver a deteriorarse. Y es que las construcciones no son eternas, la radiación no desaparecerá por las buenas en un plazo superior al milenio; algo tendrán que pensar dentro de cien años, pero lo único seguro es que lo pensarán otros. Lo que no se puede, por la reticencia de las autoridades a hacer esos cálculos, es saber cuántas víctimas han tenido como causa directa el accidente nuclear de Chernóbil. Los responsables sanitarios, son reacios a afirmar que muchos fallecimientos por tumores sean consecuencia directa de la radiación, a pesar de que los índices de afectados por enfermedades cancerígenas son altísimos en la zona. Yo personalmente, antes de leer este libro, conocía, incluso mejor que la mayoría de la gente, lo que pasó en Chernóbil, pero el concepto que tenía de la tragedia estaba alejadísimo de la magnitud real que he conocido leyendo el libro. Y la verdad es que es espeluznante, pone los pelos de punta, y lleva necesariamente a aborrecer la energía nuclear (si no se aborrecía ya antes), a pedir que cierren todas las centrales, y a que se aumenten las precauciones de manera exponencial porque cerrarlas tampoco evitará los riesgos que conlleva mantener sus instalaciones y sus residuos. En Chernóbil también se tomaban precauciones (el accidente se produjo en un simulacro programado de “incidente”), pero hubo errores y fallos, que, encadenados, dieron lugar al colapso del reactor. Considerando el carácter trágico del asunto, habrá quienes no quieran saber nada de todo esto, y lo último que harán, será leer “Voces de Chernóbil”. No seré yo quien se lo reproche, pero, para los atraídos por el tema, o simplemente, para los que tengan algún interés o curiosidad, la lectura de estos testimonios puede reportar un saldo, muy positivo, en términos de un mejor conocimiento, enriquecido además por el humanitarismo y la autenticidad de los que, rebelándose contra el desastre, quisieron desahogar su impotencia expulsando todo lo que tenían, vaciándose sin dejarse nada dentro. Éste es un libro muy bien escrito, que permite poner al alcance de todo el mundo esa información, sin tener que someter a la mente a una lectura pesada o árida, todo lo contrario, Svetlana Aleksiévich consigue que llegue al lector sin esfuerzo especial y, consecuentemente, pueda ser procesada y valorada en su justa medida.

7 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 30 de Marzo de 2016
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PADRE STEPHEN en EL CARDENAL
“El cardenal” es una novela, publicada en 1950, cuya acción transcurre entre los años 1915 y 1939. Su autor, Henry Morton Robinson, escribió otras, pero aparte de un ensayo de autoría compartida con J. Campbell, sobre el Finnegans Wake de Joyce, “El cardenal” es la más conocida y aún más después de que Otto Preminger filmara en 1963 la película homónima. Ambas, novela y película, están basadas en la figura, muy conocida por entonces, del cardenal americano y arzobispo de Nueva York, F. Joseph Spellman, y narran la vida del sacerdote católico de ascendencia irlandesa, Stephen Fermoyle, desde su consagración en 1915, hasta su nombramiento como cardenal al principio de la segunda guerra mundial. En esos veinticuatro años, la novela recorre distintas etapas de la vida del padre Fermoyle, hasta la culminación de su carrera eclesiástica. Antes de avanzar en el análisis del libro, me gustaría precisar algunas cuestiones previas. Su autor lo escribió en 1950, desde una perspectiva propicia al personaje y a la institución que representaba. Hay que considerar que cualquier libro que por aquellos años hablase de la Iglesia católica, tenía que tener un tono edificante y sin rastro de crítica y, no sólo no podían aparecer en él curas pederastas ni corruptelas económicas ni nada parecido, como ocurriría hoy, sino que tenía que dar una imagen modélica, ejemplar, e irreprochable; cualquier otro enfoque por debajo de eso, hubiera sido escandaloso y, además, no habría tenido éxito. Por tanto, no cabe esperar que “El cardenal” incluya contenidos escabrosos o polémicos como los contendría, con toda probabilidad, si se hubiese escrito hoy, y cabe preguntarse: ¿En tal caso, qué cuestiones cabía esperar que abordase una novela sobre la Iglesia, en 1950? Veamos en los dos bloques siguientes, un extracto de las cuestiones tratadas en “El cardenal”. 1.- La vida del padre Fermoyle, su familia, y su posición en la Iglesia católica. La novela arranca con el retrato de sus padres y hermanos en la intimidad del domicilio familiar, después desaparecen, y vuelven a aparecer intermitentemente, a modo de Guadiana irlandés. Su conciencia, también entra y sale de la novela, regularmente, empeñada en un debate “ad aeternum” con su otro yo terrenal conmocionado por una señora italiana de clase alta, cuya belleza, cultura y refinamiento, no puede apartar de la mente. Esta fase en la que la trama contempla a un Stephen Fermoyle, sujeto a debilidades humanas, pero también sensible al sufrimiento de los demás, cubre aproximadamente la mitad de la trama biográfica. La otra mitad, sigue su progresión en la jerarquía de la Iglesia, desde el puesto de vicario, en varias parroquias, de párroco, secretario del obispo y otros puestos más hasta llegar al cardenalato, que da título a la novela. Es una narración que enseña las interioridades de la Iglesia católica, permitiendo conocer los derechos y obligaciones atribuidos a sus miembros, así como las funciones que han de afrontar, incidiendo mucho en la administración de los recursos y de las aportaciones de los feligreses. En fin, que la lectura de “El cardenal” conduce al lector a un mayor conocimiento de los entresijos de la Iglesia católica. 2.- La actitud de la Iglesia ante la moderna sociedad industrial y consumista. Dejando atrás el lado más personal y privado del protagonista, la novela analiza la forma en que la Iglesia católica americana, como entidad autónoma, se relaciona e interactúa con la sociedad civil americana, tanto sea con el aparato del Estado, cómo con la opinión pública, explicando las reacciones que la Iglesia provoca en ésta última, y a la inversa, las reacciones que los nuevos modos de vida provocan en la Iglesia católica, que ha de fijar su postura y sus directrices ante ellos. Tiene una gran importancia el hecho de que el autor del libro sea americano (léase estadounidense), y que durante casi toda la novela, a excepción de los episodios romanos, hable de personajes e instituciones americanas, lo que convierte esta parte de la trama en un debate en clave estadounidense, muy alejado, por tanto, del ambiente europeo coetáneo, y no digamos nada del español, por entonces sumido en una confrontación, excesivamente radicalizada, con el Estado. Estos, así agrupados en dos bloques, son básicamente los temas de los que trata, concluyendo que la novela es la biografía del cardenal Stephen Fermoyle contada sobre el fondo del debate que libraba la Iglesia católica americana con la administración de su propio país. El referente del protagonista en la vida real, el cardenal Spellman, vivió hasta 1964, por lo que tuvo tiempo de ver publicada la novela e incluso, de ver la película. Fue un hombre que por su encanto personal, por su habilidad como gestor, por sus relaciones, o por otras razones, fue muy popular y conocido en su época. Entre las bazas de la novela, está la descripción de sus amplísimas relaciones personales, feligreses, otros sacerdotes, gente influyente, gente humilde, personas del mundo de la cultura, y altos dirigentes de la Iglesia, tanto en Estados Unidos como en Roma. Otra baza importante es lo que agrupo bajo el epígrafe: “diálogo interior de Stephen Fermoyle”, que es el testimonio vibrante de las dudas que, periódicamente, atenazaban al hombre, que, aun con una enorme confianza en la solidez de su fe, sabía del valor de la constancia y de saber apartarse a tiempo para no poner en riesgo la misión a que había dedicado su vida. En esa materia, el texto es muy claro, al aseverar que, aun con la fortaleza que le confiere su fe, su conciencia, la del hombre no la del sacerdote, se tambalea ante el desafío de la carne, pero, también, ante los durísimos dilemas éticos, que le reclama la Iglesia y ante las disyuntivas morales que le hacen dudar entre lo social y lo evangélico. Creo que cualquier lector que se enfrente a esta novela desde una perspectiva laica, tendrá como máximo aliciente la expectativa de adentrarse en los últimos rincones de su mente, la del ser humano, tratando de explorar sus sentimientos en busca de las motivaciones que le llevaron por la senda religiosa. En esa búsqueda, la novela no defrauda, al exponer su pensamiento e interpretarlo de forma precisa, con el abierto testimonio de sus luchas internas. La edición sudamericana de que dispuse es lujosa pero deficiente, por estar plagada de errores, como renglones enteros sin espacios entre palabras, u otros fallos parecidos. En cuanto a la narración en sí misma, es correcta aunque tampoco especialmente brillante; son frecuentes los pasajes de emotividad superlativa, comprensibles con personajes de su familia y siendo novela biográfica, en la que el paso del tiempo actúa repetidamente sobre los personajes provocando recuerdos y añoranzas, más aún con personajes entrañables, como es el caso de sus padres y hermanos. Dejando ya de lado la vida personal de Fermoyle/Spellman, que es el asunto central de la novela, subyace el otro asunto importante. Y lo es porque crea un debate de fondo que da valor añadido al libro, permitiendo que el lector reparta su atención entre las cuitas del padre Stephen y el debate de lo secular contra lo confesional, en los EEUU. La sociedad americana hubo de posicionarse, en aquella época, respecto a importantes cuestiones emergentes, véanse varios ejemplos: una etapa inicial de prosperidad y consumismo tras el fin de la gran guerra; el subsiguiente colapso financiero y depresión que dejó en la miseria a millones de personas; la controversia sobre el control de la natalidad; la deontología médica ante los avances de la cirugía y la medicina en general; la prohibición de consumir bebidas alcohólicas; el gansterismo y la falta de moralidad pública; el asentamiento del propio capitalismo; el racismo con el surgimiento del Ku Klux Klan, y algunos más. Son cuestiones con lecturas diferentes vistas desde la administración, o vistas desde la Iglesia católica, y los miembros de la opinión pública en general, y de la católica, en particular, tenían que escuchar a los dirigentes de ambos estamentos y actuar conforme a su conciencia, o a los mensajes que unos y otros difundían. Los posicionamientos radicalmente opuestos en muchos de estos temas, fueron una fuente frecuente de enfrentamientos entre el Estado y la Iglesia. Y como consecuencia de esos enfrentamientos aparece un último debate: la delimitación de las relaciones Iglesia/Estado, y las fronteras que impone la administración a la Iglesia en determinados asuntos. Estas cuestiones, referidas al debate entre el poder civil y la influencia del poder espiritual, alcanzaron un punto de agitación que se explica en la novela desde una óptica católica, aunque con buenas dosis de liberalidad, y aceptando —punto clave— restringir su ascendiente al ámbito de la intimidad de las conciencias. La administración, tendía a creer poco en las intenciones de la Iglesia, temiendo que ésta buscara meterse en asuntos fuera de su competencia. Por provenir de Roma, ese intervencionismo tomaba forma de injerencia extranjera, alimentando en los americanos un sentimiento nacionalista, que dificultaba mucho la buena relación con los católicos. Hasta 1929, con el Tratado de Letrán, no se cerró la “cuestión romana”, el pleito con el Estado italiano, iniciado en 1870. Oficialmente, los “Estados Pontificios” seguían vigentes de “jure”, aunque “de facto” hubieran desaparecido. Y hay que recordar que los “Estados Pontificios” representaron el poder temporal, fuerza militar incluida, que tuvo la Iglesia católica en un tiempo no tan lejano. Naturalmente, es ridículo e impensable que representantes de los Estados Unidos pudieran temer al poder temporal de unos “Estados Pontificios” extintos en la práctica desde Garibaldi, pero sí que es concebible un rechazo frontal y orgulloso a la presión que sentían por parte de una organización tan mundialmente extendida y tan influyente, como la Iglesia católica. En fin, que todas estas cuestiones, siempre vistas desde una perspectiva absolutamente local y americana, definen una interesante música de fondo, de carácter fundamentalmente político, sobre la que se superpone la biografía del padre Stephen. Ese es, más o menos, el contenido de “El cardenal”.

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Escrita 23 de Febrero de 2016
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BURGUESES en PERSUASIÓN
No tenía ninguna intención de reseñar este libro cuando iba por la mitad, pero ha sido acabarlo y ponerme a escribir enseguida. La razón de este cambio sobre la marcha, es que leí cómodo y bien la primera parte, pero sin encontrar la motivación necesaria para escribir. Esto fue cambiando a lo largo de la segunda, de tal manera que antes de terminar ya había cambiado de opinión. ¿Quiere eso decir que hay razones que justifiquen cierta desmotivación, al leer esta novela? ¿Qué podría llevar al lector actual a contemplarla como algo frío o distante? Naturalmente, no todo el que se enfrente a su lectura va a reaccionar así. Pero, creo que mi reacción, con todos los matices diferenciadores que se quiera, debe ser relativamente frecuente. Si se analiza, no resulta tan extraño porque los doscientos años que cumple, son ya una edad considerable para cualquier obra literaria. Una edad que hace aconsejable que el lector se mentalice, que vaya comprendiendo que tras esta historia había una sociedad rígida y clasista, en la que los individuos se movían siguiendo unas pautas de comportamiento adaptadas a unas circunstancias, que eran muy diferentes a las nuestras. Como ejemplos de la distancia que nos separa de esta trama, se pueden entresacar de sus páginas detalles reveladores. Algunos figuran ahí porque Austen quiso que actuasen como dardos dirigidos contra su sociedad, los incluyó porque quiso criticarlos y hoy no nos molestan, porque refuerzan nuestra lectura y nos identifican con su mensaje crítico. Pero también incluyó otros, que eran una exhortación al cumplimiento de la moral entonces vigente; estos últimos los vemos hoy desfasados, recordándonos, más de lo que nos gustaría, que estamos leyendo un libro magnífico en lo literario, pero un poco anacrónico en lo que se refiere al desarrollo ético y moral de aquella sociedad. Por ejemplo, se valoraba a las personas por su posición en la escala social, por su dinero, y por lo esmerado de su educación, y sólo cumplido todo eso, se entraba a considerar su calidad humana. Otra cuestión es el carácter sumamente convencional de su argumento, basado en una sucesión de equívocos y coincidencias, que, tal vez, resulten un poco forzados por un manifiesto deseo de crear enredos próximos al vodevil, lo que traslada al lector una imagen ciertamente superficial. Está también, la constatación de la estanqueidad del marco social; son muy pocas las posibilidades de ascender, por el rechazo de la clase superior, y muy pocas las de venir desde abajo, por los obstáculos que oponían al que lo intentaba. En relación con esa cuestión, el ascenso en la Armada, era una de las pocas formas de ascender en la escala social, el novio de Anne, antes rechazado, es fácilmente admitido, en el círculo de la protagonista, al reaparecer como capitán de navío. Y nada importa que se hubiera hecho rico por el saqueo de barcos enemigos, extrañando que ese origen un tanto espurio del dinero, no merme el prestigio que la riqueza le aporta. Me chocó la frase que revela su doble moral, en la que alguien lamenta mucho, que no haya una nueva guerra a la vista, para que el capitán aumente su fortuna, y dicho con una naturalidad escandalosa, sin rubor, y sin darle un tono que hiciera pensar que considera criticable el desear una guerra. Hay detalles absurdamente machistas, como que la herencia del padre de Anne, no estuviese destinada a sus hijas, como sería lógico, sino a un primo ¡al que casi no conocen!, sólo por el hecho de ser varón (esto ya ocurría en “Orgullo y prejuicio”). Muchos de los mensajes de Jane Austen, sobre todo los relativos al matrimonio, lo que realmente buscan es un compromiso entre la bonhomía de sus mujeres protagonistas, y las normas de decencia y buen comportamiento obligadas por la moral vigente, es verdad que ella predica el matrimonio por amor, pero también exige los tres requisitos que he enumerado antes, posición, dinero y educación, que incluye en la novela a modo de obligatorio código ético, y siendo así… ¿por qué opción se decanta, por el amor o por la conveniencia? Podría parecer que por el amor, pero como tampoco nos olvidamos de su idea de que el matrimonio es prioritario para cualquier mujer, no tenemos certeza, podría ser el compromiso que decía antes. Y, por cierto, ella no se casó, pero siempre quedará la duda de que no lo hiciese porque no tuviera con quien. En fin, las demás cosas las valora, pero menos, la caza, los paseos campestres, la música, la literatura, el teatro y, según se aprecia en esta novela, también viajar, y hacer algo de turismo, son cosas que contribuyen a hacer más agradable la vida, pero nada más, son, meros alicientes (en su caso, es obvio que la literatura sí era importante). No pretendo negar aquí, que Austen transmita mensajes críticos encriptados en sus historias, lo que digo es que son leves y que están inscritos en la lógica social contemporánea, no son mensajes radicales ni transgresores, son sensatos, incluso conservadores, o todo lo más, ligeramente reformistas. Resumiendo, hay un cúmulo de razones que pueden hacer pensar que ésta es una lectura presidida por la banalidad y los prejuicios, y quien lo crea, no debe desanimarse ni echarse atrás, porque la banalidad y los prejuicios son propios de aquella época, hay que asumirlos si se quiere leer con ecuanimidad, entonces eran normales aunque hoy no lo sean. Evitar que estas percepciones perturben el rendimiento a extraer de esta obra puede ser difícil, porque a veces la afectación es de carácter subconsciente, y no se identifica bien la causa, pero conviene no desanimarse porque, al menos en mi caso, la frialdad percibida en la primera parte, se diluye en la segunda, y no porque cambien las circunstancias causantes, que no cambian y hasta puede que se acentúan con la alta sociedad y los deseos de figurar de los visitantes de Bath, sino porque aquellas percepciones se empiezan a diluir, y el lector se va habituando a todo aquello, hasta que, inopinadamente, se produce el efecto de montar en un tren que arranca y se le siente moverse hasta que con la velocidad vuelve a parecer quieto y lo que entonces se mueve son los árboles, el paisaje, las vacas, o lo que sea que pasa por la ventanilla cuando corre veloz. Es como si el lector se subiese en marcha al tren del relato y las referencias cambiaran con su incorporación, el estiramiento, las rigideces y los prejuicios, dejan de sentirse y el interés del lector aumenta paulatinamente, concentrándose en la resolución de la trama con la ayuda del texto y las grandes dotes para resolver gratamente estas situaciones, que tenía Jane Austen. El libro comienza, cuando la narradora nos anuncia que ocho años atrás, Anne Elliot, la protagonista, renunció al matrimonio con la persona que amaba, persuadida por las fuertes razones que desaconsejaban su casamiento, y por la presión subsiguiente que sus allegados ejercieron sobre ella, hasta doblegar su voluntad (de ahí la persuasión del título). Dicho con otras palabras: se retractó porque el candidato a marido no tenía ni la pasta, ni la posición social de ella; aunque, posteriormente, el paso del tiempo le hizo tener muy serias dudas del acierto de aquella decisión pero… a lo hecho, pecho. Con estos antecedentes, la acción empieza cuando, en el pequeño círculo social de Anne, aparece inopinadamente el que, ocho años atrás, fuera pretendiente rechazado y ofendido, presentándose ahora como un enriquecido capitán de la Armada. Cuando lo ve y se cerciora de que es él, comprende horrorizada que no tiene más remedio que sobrellevar el trance adoptando un semblante digno y sereno en presencia del hombre al que rechazara antaño, acometiéndole el temor de no poder controlar sus nervios, y llevándose un sofocón más que comprensible. A partir de esa circunstancia, que tiene lugar en las primeras páginas, el lector comienza su labor de procesamiento de datos, de identificación de cada personaje, nombre, título, relación, parentesco, papel que cumple en la trama, y varios más de este estilo, y aunque cuesta, porque son muchos, el lector se acaba situando. En esa misma línea se percata de cómo viven, de cómo se relacionan con sus vecinos, o establecen nuevas amistades, planean grandes paseos, organizan cenas y reuniones, y frecuentan a amigos, vecinos y parientes. Es evidente que vivían bien, muchísimo mejor que los ciudadanos de clases sociales inferiores a la suya en el Reino Unido, que obviamente tenían que trabajar duramente para vivir y no se lo pasaban ni la mitad de bien. Lógicamente la aristocracia vivía aún mejor, pero no creo que ahí la diferencia fuera tanta. Precisamente en esta novela, se da la circunstancia, única en la obra de Austen, de que la protagonista pertenece a la nobleza por ser hija de un “baronet” con tratamiento de sir, lo que la aproxima a esa clase superior, aunque vemos que no demasiado, porque el texto nos explica enseguida que las relaciones de la protagonista con su padre y su hermana Elizabeth, son frías y distantes, y pone de vuelta y media, a sir Walter y a Elizabeth, por su estupidez, su ambición, su banalidad, y su egoísmo, dejando a ambos bastante desconectados del resto de personajes de la trama. Éstos últimos, que no se consideran parte de la nobleza, comparten un estrato social, acomodado, orgulloso, un tanto puritano, exigente en sus hábitos y costumbres, y pensando siempre en la economía; para decirlo pronto y claro, son la personificación de la burguesía. Se puede así afirmar, que Jane Austen toma como protagonistas casi únicos de sus novelas a los burgueses del Reino Unido, ni más, ni menos. Y llama la atención a ese respecto que, por aquellos días, los burgueses europeos, incluidos los ingleses, miraran hacia Francia observando atentamente los acontecimientos revolucionarios. ¿Por qué razón la burguesía de Francia volvió al Estado del revés, mientras que sus equivalentes ingleses vivían en la plácida situación que describe esta novela? ¿No había en Inglaterra desigualdades que movilizaran a los burgueses contra la aristocracia, como lo hicieron en Francia? Es sabido que la Revolución francesa fue llevada a cabo por el estamento burgués, que, una vez enriquecido, no permitió más tiempo el sinsentido y la amoralidad de una monarquía y una nobleza despilfarradoras e instaladas en el más rancio absolutismo. El mucho menos conocido proceso revolucionario inglés (“English Civil War”), ya había tenido lugar en el siglo XVII, incluyendo un corto paréntesis republicano y el corte de cabeza del rey Carlos I, y una de las consecuencias de ese adelanto fue que, en la época de esta novela, Inglaterra disfrutaba ya de instituciones parlamentarias y representativas, aun sin haber suprimido el estamento monárquico, que, a pesar de la decapitación de Carlos I, se recompuso y continuó incólume hasta el día de hoy. Jane Austen debió ir gestando en su mente la trama de sus novelas en los últimos años del siglo XVIII, entre los veinte y los veinticinco años, en un tiempo que, casi coincide con el proceso revolucionario en Francia. En esa época su familia trasladó su residencia a Bath, la ciudad que, como su propio nombre indica, acoge las termas y baños romanos, muy próximos al armonioso y geométrico arte gótico de la impresionante Abadía, el llamado gótico perpendicular, con sus espléndidas bóvedas de nervaduras en abanico. Y cómo Bath no está lejos de la costa sur de Inglaterra, Austen viajaba con alguna frecuencia a la cercana población costera de Lyme Regis, donde se dice que conoció a un posible pretendiente que posteriormente falleció, sirviendo lugar y circunstancia, como inspiración para la trama de “Persuasión”. La primera parte de la novela se desarrolla en las casas de campo del lugar de residencia de la mayoría de personajes; después, a mitad de la novela, viajan a la mencionada localidad de Lyme Regis, donde suceden los episodios decisivos, y ya por último, la acción se traslada al escenario neoclásico y urbano de Bath, en medio de un ambiente, muy distinto al anterior, de lujo, distinción y animada vida social, y con el desarrollo de una serie de episodios con los que la trama alcanza su culminación. Resulta muy curioso, cuando aparece la palabra FIN, encontrarse con que quedan aún dos capítulos más, que, inicialmente, fueron los últimos y contenían el desenlace; pero la autora, insatisfecha, reconsideró su decisión y sustituyó esos dos capítulos finales por otros tres, en los que incluía un desenlace diferente que consideró más satisfactorio y que dejó como definitivo. Básicamente, el final es el mismo en ambas propuestas, cambia el mecanismo de la resolución, recurriendo a la conjunción de diferentes circunstancias de lugar, tiempo y personajes que, sin embargo, confluyen en lo mismo. Se podría discutir la idoneidad de incorporar, acabada la novela, la alternativa sustituida. Por un lado, añade un artificio metaliterario que permite especular con el posible acierto o error de la autora en su decisión, y en ese sentido resulta atractivo, aunque por otro lado, surge la duda de si es correcto plantear las dos opciones en la misma edición, cuando Austen tomó ya su decisión al respecto y, acaso, esa decisión debería ser respetada presentándola de la única manera posible: la definitiva. Ocurre en esto, que la autora empieza a estar ya en una distancia temporal, que, históricamente, no es excesiva, pero, literariamente, sí lo es; lo que hace que el tratamiento de sus ediciones se enfoque de manera minuciosa y con una meticulosidad propia de un hallazgo arqueológico, que hubiera que estudiar desde todos los puntos de vista posibles, en planta, en alzado, en sección, y en perspectivas isométrica, y caballera, como si fuera una estatua antigua que conviniera escanear, o aplicarle el carbono 14. Doscientos años tampoco es tanto tiempo, pero viendo los criterios que manejaban en su época, parece que hayan pasado cinco siglos, y eso que seguramente aquella sociedad inglesa era de lo más avanzado de su época. En todo caso, esta es una buena novela; no una novela extraordinaria, como sí lo es “Orgullo y prejuicio” que con su estructura casi perfecta, logra un producto redondo. “Persuasión”, no llega a esos niveles de perfección, aunque puedo decir abiertamente que me ha gustado más que “Sentido y Sensibilidad”, pero reconociendo que ésta se me atravesó, sin saber por qué. Creo que “Persuasión”, tiene la particularidad de ser un exponente prototípico de la mecánica empleada por Jane Austen para construir sus novelas y es perfectamente representativa del conjunto de su creación novelística, y esa sí que es una buena razón para reseñarla y, ya de paso, hablar también de la manera de escribir y generar las tramas, que tenía Austen, y de su relación con la sociedad de la época y la evolución de los acontecimientos políticos y sociales de aquel momento.

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Escrita 2 de Febrero de 2016
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EL CAFÉ DE DOÑA ROSA en LA COLMENA
La acción de “La colmena” transcurre en diciembre de1943, si bien Cela la escribe entre los años 45 y 50, para finalmente publicarla en Buenos Aires en el año 51. Era su segundo título tras el éxito en 1942 de “La familia de Pascual Duarte”. Son fechas críticas para los españoles, que condicionan el carácter de unos episodios, que, sólo diez o quince años después, no hubieran sido ya iguales. El libro narra una sucesión de historias cruzadas en las que, en sólo dos días, aparecen muchísimos personajes pero, de todos ellos, sólo me referiré a doña Rosa, que está ya nombrada en el título de la reseña y que, además, es la anfitriona. Leemos, pasan las páginas, y empezamos a reflexionar: ¿cómo son todas estas vidas marcadas por la depresión de la posguerra y por un entorno social envolvente y opresivo?: Son vidas a las que la fatalidad ha abocado a sufrir, además de tristeza y amargura, una conjunción de cansancio y desánimo, que la prolongación en el tiempo de las circunstancias convierte en vulgar rutina, en desaliento, y en resignación. En tales situaciones, uno espera encontrar personajes inimaginables, esquinados, extravagantes, insólitos, y eso es lo que ocurre en el café de doña Rosa. Sin embargo, al fijarse en ellos, se ve que detrás de su existencia hay algo, que intentaré explicar, que va mucho más allá de aquellas duras circunstancias y que, me parece a mí, obedece a otras causas. La mayoría de personajes que se van incorporando a la trama, pertenecen a una clase social desfavorecida o muy desfavorecida y en muy pocos casos a una clase social acomodada. Téngase en cuenta que todo empieza entre las mesas del café de doña Rosa, en el que los clientes suelen consumir un café con leche y, todo lo más, un suizo. Muchos son personas sin ocupación fija, otros no tienen ocupación, y algunos son los propios camareros del café; pero casi todos comparten una economía estricta, están siempre sin blanca, y así se entiende que acudan allí a echar la tarde, aceptablemente acomodados, sin pasar frío, gastando poco, y en un ambiente distraído. Las ocupaciones habituales de los que la tienen, son variadas y bordean lo que hoy llamamos economía sumergida, a menudo no son empleos normales sino insólitos modos de ganarse unos cuartos, los necesarios para ir tirando. Entre las mujeres, las jóvenes buscan descaradamente novio, las maduras se juntan con las amigas de tertulia, las más atrevidas recurren a la picaresca para encontrar a alguien que las mantenga, y a las más desesperadas sólo les queda un último y vergonzante recurso. Muchos sufren humillación por razones laborales, domésticas, o afectivas, ejercidas por personas con más dinero, fuerza, o influencia, que desde su posición de ventaja aprovechan su debilidad para extorsionarlos y sacarles dinero, trabajo de balde, o favores sexuales. Todos ellos representan la parte más vulnerable de lo que podríamos definir como una depauperada clase media urbana, machacada por la economía de la posguerra. Naturalmente, todo esto son generalizaciones que marcan la tónica más repetida entre una maraña de situaciones varias. Hay alguna excepción que rompe el monopolio de ruindad general, pero son pocos los casos que escapan a esa norma; nuestro autor demuestra que las debilidades humanas le interesan más que la bondad de la gente. Según progresa la novela, la narración sale del café de doña Rosa para poder recabar más datos de los protagonistas, profundizando en sus penurias mientras deambulan por la urbe y su actividad adquiere dinamismo. No todos los personajes están en situación de pobreza severa, algunos no viven mal, y no pasan hambre, ni frío, ni otras privaciones, pero su presencia se explica porque sus penurias son morales, como estupidez congénita, o miserias del espíritu derivadas del papanatismo oficial imperante, no sólo en lo político, también en lo religioso y en las costumbres sociales. Cuando surgen los asuntos amorosos, ya sea amor verdadero, o simulado, libre o bendecido, y, casi siempre, clandestino, se ve que don Camilo está en su salsa, se nota que disfruta aportando abundancia de detalles chuscos y divertidos, mientras nuestros personajes se refugian en los rincones más peregrinos, sórdidos, o innobles, que uno pueda imaginar, siempre guiados por una actitud pícara que aviva el entendimiento y provee recursos sorprendentes. Luego prosiguen las peripecias mañaneras de nuestros protagonistas, hasta que todos van retornando al café de doña Rosa, en donde se renuevan los episodios de chufla, choteo y humillación con que empezaron las historias. No hay que decir, se presupone por lo anterior, que son historias leves que muestran instantáneas puntuales de sus vidas y que, en la mayoría de casos, son las más corrientes y cotidianas, y esas historias constituyen la materia con la que Cela construye su novela, que es como un variado mosaico de personajes en el que cada cual cuenta su problema. Todos ellos juntos, como en una orla colegial, componen una foto fija en la que, al modo de los añejos retratos de estudio, queda plasmada la patética autenticidad de sus tramas, pequeñas, plurales, y vigorosas, con un poder de seducción que les confiere intensidad y brillo, y con unas enormes dosis de fuerza y carácter, que Cela sabe inocular en sus personajes hasta convertir sus argumentos en abrumadores retratos individuales. Ese podría ser el compendio de los atributos y la singularidad de una foto fija que identificase a “La colmena”, novela que, ni es muy larga, ni es muy compleja, y cuya trama es, estructuralmente, sencilla. No la calificaría como una gran novela, pero sí diría, que obtiene un óptimo aprovechamiento de las bazas, limitadas, que maneja su autor. Su estructura, dispersa y fraccionada, dificulta hacer una crónica a escala reducida de la trama, por lo que voy a desviar el contenido de la reseña hacia un tema colateral que me ha interesado y que denomino como sigue: “De cómo Cela concibe sus personajes” tema que veo aquí apropiado por tener condición de novela superpoblada. Todo surge desde que se empieza la novela y se detecta algo extraño y que llama la atención. Surgen, uno tras otro, tipos estrafalarios, o muy peculiares, que son presentados por el autor como si sus rarezas fueran la inevitable consecuencia de una dura posguerra; son personajes que muestran conductas o trazos tan exagerados, que delatan un origen exógeno, ajeno a cualquier café, bar, o cualquier otra procedencia que no sea la imaginación de su autor, y sus rasgos son tan próximos a la caricatura malintencionada, que hacen pensar que el autor los castiga, configurándolos a su libre albedrío, y achacándoles características físicas y psíquicas en virtud de criterios caprichosos y malévolos en exceso. Bueno, se dirá, y ¿qué tiene eso de criticable?: en principio nada, al contrario, que los personajes tengan carácter y personalidad de sobra, es bueno y muestra la imaginación que Cela aporta para crearlos y eso, lógicamente, no se lo niego. Pero el problema es otro. En épocas mucho más recientes, y ya con los modernos medios de comunicación desplegados, Cela se prodiga en ilimitadas apariciones televisivas. Se diría que gusta de exhibir su persona a los demás, o lo que es lo mismo, se diría que está ansioso por convertirse él también en personaje, como si hubiera salido de repente de cualquiera de sus libros. Esa estrategia le saca del terreno de su lícita privacidad y le introduce en el espacio público que constituye toda obra literaria, por su propia naturaleza y, ello, sin privarse de su estilo preferido, directo, a las claras, sin tapujos, con aquella pose de incontinencia verbal superlativa, que paseaba con altivez y descaro ante cámaras y micrófonos. Y concretamente en las cien primeras páginas de “La colmena”, en las que describe a la mayoría de sus personajes, se nota demasiado la manipulación de Camilo José Cela, no el magnífico escritor, sino aquel personaje, público en exceso, que manifestaba continuamente su particular idiosincrasia sin que nadie se la reclamase, y que ponía en sus novelas extraños personajes extraídos de su, a veces, esperpéntica imaginación. Son personajes al gusto de aquel hombre orgulloso, soberbio, que presumía de no morderse la lengua y, lo que es peor, que peroraba como si se considerase en posesión de la última verdad revelada. El caso es que en todo esto hay algo perturbador para la novela, y para sus personajes de los que se entienden sus tribulaciones, pobreza, miseria, o humillación, pero se entienden menos, las extrañas lacras morales o físicas que los atenazan, hasta extremos ajenos a toda lógica literaria, y cuyo origen no es otro que la mala leche de su creador. Recuerdo que en “Niebla”, Miguel de Unamuno charlaba amigablemente con Augusto, su protagonista, que a veces le solicitaba como favor personal que mejorase su imagen en la novela; incluso, debatían ambos, relajadamente, sobre la conveniencia de cambiar algunos detalles. Si los personajes de “La colmena” hubiesen podido hacer lo mismo, se habrían constituido rápidamente en comisión (porque son muchos), para ir a visitar a don Camilo e insinuarle su malestar por la saña, al borde de lo escatológico, con que los trata, y solicitarle una dignificación de sus respectivas reputaciones. Véase, en relación con esto, el siguiente detalle; en la película de Mario Camus “La colmena”, María Luisa Ponte era una doña Rosa muy ajustada a la idea que la novela da de ella. Entonces, aceptando como buena aquella recreación de la estúpida e intransigente dueña del café, e invirtiendo el razonamiento, yo me pregunto: si, partiendo de aquella película, quisiéramos reescribir el relato devolviendo a la doña Rosa fílmica (Mª Luisa Ponte) al papel, ¿sería necesario describirla con la saña con que Cela lo hace?, véase como la describe él en la novela: “Doña Rosa tiene la cara llena de manchas, parece que está mudando siempre la piel como un lagarto. Cuando está pensativa, se distrae y saca virutas de la cara, largas a veces como tiras de serpentinas. Después vuelve a la realidad y se pasea otra vez, para arriba y para abajo, sonriendo a los clientes, a los que odia en el fondo, con sus dientecillos renegridos, llenos de basura.” Este párrafo viene de perlas para divulgar la magnífica forma de escribir de su autor, pero, también, para hacer ver la “mala baba” que yo le achaco. Claro que siempre habrá quien diga, que por qué no puede haber una señora así, en una novela, o en la realidad. Bueno. Naturalmente, podría haberla, es obvio; pero aquí lo llamativo es que doña Rosa no representa un caso único, hay muchos otros parecidos en la novela, y al apreciar una reiteración de ciertos personajes y ciertos detalles, uno empieza a mosquearse y a sospechar otras cosas; es como detectar una especie de “teoría de la conspiración” a escala literaria. Entiéndaseme, al esgrimir estos argumentos no estoy tratando de decir que la novela no valga nada, ni que su autor sea un merluzo. Nada más lejos de mi opinión. Es más, muchos lectores considerarán la novela buenísima y su trabajo como escritor excelente, y puede, incluso, que los excesos que a mí me lo parecen y que estoy criticando, estén entre las cosas que más les hayan gustado. Ello es perfectamente posible, porque es una cuestión de personalidades y, por tanto, de gustos y de cómo afectan éstos a la obra literaria. La personalidad de Cela fue desbordante, y a la vez, invasiva y abrumadora, y conmigo no casaba, pero, al margen de eso, la importancia reside en su obra y en ésta, concrétamente, yo aprecio ese efecto y no para bien. Creo que penaliza un poco la valoración de la novela, aunque me apresure a decir que eso no nubla mis entendederas, ni me lleva a dejar de considerar que la suya es una buena novela y que su trabajo como escritor es magnífico. En este tramo final de la reseña hablaré del lenguaje que utiliza Cela en “La colmena”. Me recuerda el caso de “El Jarama”, no porque se parezcan los diálogos en una y otra novela, que no se parecen, sino porque, igual que aquella novela reflejaba magníficamente el habla popular de algunos grupos de jóvenes de la época, “La colmena” refleja magníficamente, también, la manera de hablar de las clases populares en la posguerra, me la recuerda por eso, por su enorme arraigo popular. Como es lógico, tratándose de diálogos de café, contienen continuas incorrecciones gramaticales o sintácticas, propias del lenguaje coloquial y vulgar de personas de poca formación. Esto es normal y no molesta mientras se tome como lo que es; sería absurdo y ridículo, que los parlamentos de estas personas contuviesen una sintaxis perfecta. Sin embargo, tengo mis dudas en lo que se refiere al estilo que utiliza el narrador. La novela nos llega con la palabra de un narrador omnisciente que, sin embargo, no lo aparenta demasiado por adoptar un lenguaje muy a ras del suelo, formalmente muy próximo al de cualquiera de los personajes. Pareciera que el narrador no fuese sólo un ser idealizado que todo lo sabe sobre los personajes, sino, además, que se expresara como ellos, que fuera, incluso, uno de ellos, lo que, a veces, resulta chocante. Pero al margen de ese efecto, que no defecto, hay algunos ejemplos que me sorprenden, como aquello de: “Tenía ya trescientos y pico de versos…” que a mí me suena más que raro, aunque no sea incorrecto. “Tenía ya trescientos y pico versos…” me suena mejor. Y lo de: “Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero”, que figura en el segundo renglón de la primera página, no deja tampoco de sonarme extraño. ¿Tropezando a los clientes? Yo siempre creí que uno va por ahí: tropezando “con” la gente, y no “a” la gente, sobre todo si el tropiezo contiene contacto físico, que es el caso, porque tropieza con su trasero; sonaría mejor ese “a la gente” si el tropiezo tuviese el sentido de encontrarse inopinadamente con alguien (“me tropecé a fulano”), pero no parece ser este el caso. En fin, tiendo a creer que debe ser correcto, porque si no, no llevaría ahí, en la primera página de la novela sesenta y cinco años; pero raro, lo que se dice raro, lo es un rato.

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Escrita 11 de Enero de 2016
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PECULIAR HECHIZO DE MACCULLERS en LA BALADA DEL CAFÉ TRISTE
He terminado de leer “La balada del café triste” con la convicción de que éste es uno de los relatos más sugerentes que leí, y como tal afirmación, en principio, podría parecer un poco excesiva, ésta reseña servirá para matizarla y contextualizarla. Érase una pequeña y sencilla historia, sucedida, no en un pueblo, sino en una perdida aldea sureña, dilatada en el tiempo, y con apenas tres personajes, callados dos de ellos, locuaz el otro. Su tono es cálido y acogedor, como salido de la inocente boca de una niña de doce años, y sin embargo, también es bronco y abrupto, o al menos, la personalidad de Miss Amelia Evans, la protagonista, es más o menos así; en cambio, su deforme primo Lymon es de un carácter, cuanto menos, impreciso y tendríamos por insólitos los repentinos cambios de clima que aparentan surgir como respuesta a ciertos comportamientos humanos. Nada de esto último es cálido o acogedor, sino, fuerte, áspero y contrastado, ensanchándose, en consecuencia, los márgenes del relato. Por último aparece la incertidumbre de la mano de la propia autora que, con su punto de agitación, desasosiega un poco al lector; no nos dice quién es el primo Lymon, ni porqué aparece inopinadamente sin que se sepa su origen; ni nadie sabe tampoco por qué miss Amelia es especial, ni por qué su vida es, también, tan especial. Pero, más que desorientación, hay inquietud por saber el porqué del matrimonio de miss Amelia, extraño matrimonio y seguramente extraño desenlace. Tampoco se sabe que está pasando arriba, en las habitaciones del piso alto, en las que algo importante pasa, pero se desconoce. O sea, que la narración va sembrando, en toda su extensión, porqués, dudas, extrañezas, propagadas con un tono leve, con personajes contundentes y de manera enigmática. Sería natural que el lector anduviera confuso, pero no es así porque, sorprendentemente, todo esto siembra atractivo, no confusión, y eso que aún queda el rasgo más atrayente de los que, hasta ahora, le he atribuido a este relato de Carson MacCullers. Es aquello que dije de que parece salido de la inocente boca de una niña de doce años: un aliento poético, sutil, fácil de percibir y difícil de explicar en su esencia, que se desprende de una escritura sorprendentemente próxima a lo naif y con la languidez propia de unos personajes que sentimos distantes. Ellos se nos muestran abstraídos en su mundo interior; por más que la escritora determine sus peculiaridades de forma precisa, sus personalidades son insólitas y borrosas. MacCullers acierta con una locuacidad sencilla, deliciosa hasta rozar la candidez, pero a la vez, cargada de inquietud por todo lo que rodea el relato convirtiéndolo, como dije, en uno de los más sugerentes que haya leído nunca. La intención de la autora al crear esas incógnitas, no es introducir mecanismos de misterio o intriga al estilo policíaco. Cada insinuación añade al espíritu de los espectadores del pueblo, curiosos y entrometidos como lo son siempre en los pueblos pequeños de cualquier parte, una estimulante curiosidad. También al lector le asalta la incertidumbre, pero sin inquietarle; más que eso, le cautiva e incluso le desafía, con estimulante descaro, a pergeñar explicaciones o hipótesis que acentúen, más aún, el tono cadencioso y melancólico del relato. En el texto se amalgaman sensibilidad y técnica tramadora en dosis perfectas, buscando conformar un espacio tangible y propicio para que en él brote y se desarrolle su ingenio. El resultado es cálido, inspirado, sin bajones de intensidad en su desarrollo y con un final abierto en el que disfrutar la sensación de leer algo de impreciso atractivo, por estilo, por trama, y por su capacidad de crear ensoñación. Podría decir muchas más cosas sobre esta historia: que cómo era Miss Amelia al principio, que cómo era después, que si el amor está en el centro de la trama, que si su matrimonio…, pero no lo haré porque no creo que el argumento sea la clave. Encuentro más las claves en la extraña personalidad de la protagonista, y en el talento literario de la autora, sobre todo en esto último, que es lo que he tratado de desmenuzar a lo largo de la reseña. Pero como suele ocurrir con frecuencia con el talento en literatura, su identificación puede ser difícil. Yo he creído verlo en este relato, y por eso fueron buenas mis sensaciones, pero tampoco puedo dejar de reconocer que los comentarios que aporto, son imprecisos, subjetivos y etéreos, de lo que fácilmente puede extrapolarse que otros verán otras cosas. Para que cualquiera valore positivamente la novela, habrá de sintonizar con las cualidades que la autora ha esparcido por el texto (o al menos, con lo que algunos pensamos que lo son). El lector que no lo haga, se preguntará por qué el relato “La balada del café triste” está tan valorado, y sólo le parecerá uno más de la colección que Carson MacCullers incluye en su libro homónimo en el que, por lo demás, ninguno llega al acierto de éste. Eso es todo lo que tenía que decir sobre esta novelita de 82 páginas, pero, también, quería añadir algo sobre su autora. Leí hace tiempo “Reflejos en un ojo dorado”, novela que pasó por mi mente sin decirme absolutamente nada y en la que, distraídamente, no fui capaz de apreciar el especial carácter de la pluma de Carson MacCullers. Claro, yo, entonces, no sabía quién era Carson MacCullers. Tiempo después, leí “El corazón es un cazador solitario”, y recuerdo que estuve una temporada yendo en metro y me llevaba ese libro para pasar el trayecto leyendo, y lo recuerdo porque fue el momento en que, algo se despertó en mí, y empecé a interesarme por ese tipo de historias desgarradas, ambientadas en aquella convulsa sociedad, hasta extremos nunca alcanzados con otros autores sureños que había leído. Tal descubrimiento, inoculó en mí el interés por su persona, enseguida busqué su biografía y, encontrada, me lancé a leerla con la sana intención de que el conocimiento y la comprensión de su mundo particular, me ayudasen a entender mejor sus novelas, y, en ese proceso, me sorprendió mucho su extraña y casi incomprensible personalidad. “La balada del café triste”, está en esa línea de sofisticación, extraña e incomprensible pero sumamente sugerente y atractiva, de la escritora. Como en casi todos los creadores de historias, sobre todo los que tienen características tan acusadas, los aspectos autobiográficos están siempre al acecho, preparados, esperando el momento oportuno para hacer su aparición. Miss Amelia Evans, la protagonista de “La balada del café triste” es, en una gran parte, la mismísima Carson MacCullers; un metro ochenta y uno de mujer adusta, desaliñada, andrógina, de enorme talento musical, con una desmedida y autodestructiva afición por el alcohol y el tabaco, curiosamente desafecta al sexo, y de temperamento recio y reseco pero, terriblemente vulnerable, con los treinta y cuatro años que tenía, cuando se publicó esta singular novela corta, el año de gracia de 1951

3 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 10 de Diciembre de 2015
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