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CATARSIS DE UN LABRIEGO AIRADO en LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE
“La colmena” y “La familia de Pascual Duarte” son quizá las novelas más características de Camilo José Cela. Ambas se publicaron a poco de terminar la guerra civil, y en ambas su autor destaca por el vigor de su estilo narrativo y por su capacidad para la creación de personajes vitales y desgarrados; las dos marcaron una fractura en la narrativa española de la época, que adoptó, a partir de ahí, un estilo mucho más áspero y realista. “La familia de Pascual Duarte” toma forma de crónica retrospectiva; en ella, su protagonista, condenado a la pena capital, refiere por escrito los episodios de su trayectoria vital, desde pequeño, hasta los últimos delitos que fueron la causa directa de su condena definitiva, quedando configurada la novela como la narración de su historia con el acompañamiento puntual de su propio comentario. Esta es, simplificadamente, la estructura de la novela, sencilla y con el atractivo que suele caracterizar a las autobiografías, hace que el interés del asunto se centre en desentrañar la personalidad de su protagonista y en averiguar en qué medida las duras condiciones que vivió, podrían haber condicionado o, al menos en parte, justificado su proceder. La verdad es que leyéndola me venía a la mente el recuerdo de otras dos novelas de asunto relativamente cercano; una, “Los santos inocentes” (M. Delibes, 1981), por la coincidencia del medio rural extremeño y, quizá también, por la cruda exhibición de extrema pobreza de la gente del campo; la otra, “Réquiem por un campesino español” (R. J. Sender, 1953), por transmitir un mensaje casi coincidente con éste, sobre la trágica inexorabilidad de un destino prefijado por las circunstancias. Se puede observar por las fechas que “La familia de Pascual Duarte” es muy anterior a esas otras dos, pero como yo las leí antes, ésta me recordó a las otras, cuando la influencia real —si es que la hubo—, fue seguramente en sentido contrario; Cela pudo influir en Delibes o, sobre todo, en Sender; en la novela de éste, que es la que realmente me la recuerda más, el sentido trágico de las cosas obedece a la fatalidad de los acontecimientos, en cambio, en la de Cela, yo, leyendo, tuve a veces cierta sensación de que su componente trágica obedece a la decisión de una mente puñetera dedicada a pergeñar las más tremendas desgracias, más que a la auténtica fatalidad del destino; y tuve esa sensación, por el resabio que me dejó la lectura de “La colmena”, de la que me quedó el nítido recuerdo de la maña que se daba Cela creando personajes perversos o esquinados. Claro está que, aunque un elemental principio literario obligue a que la creación de personajes se sujete a cierta lógica para conseguir verosimilitud, los límites de esa lógica tienen que ser amplísimos, y en este caso creo que Pascual Duarte encaja bien en ellos. Una vez conocido el tema, yo particularmente esperaba de este hombre una narración retrospectiva con la falta de criterio que podía esperarse de un ser elemental, primario, y malvado. No es exactamente así. Él reflexiona sobre su existencia de manera lúcida, inquisitiva, y mucho más ordenada de lo esperable; él no es un hombre simple cuya maldad natural brota inexorable de una mente elemental en momentos de obcecación, o quizá si lo es, pero esa personalidad suya convive con la otra, con la reflexiva que aparece después, cuando llega el sosiego que sigue a la furia, como la calma sigue al temporal, eso sí, llega cuando ya no hay remedio. Sea como fuere, el caso es que me llegó mucho más, me creí mejor a este Pascual que a doña Rosa (La colmena), en la que siempre vi una deliberada exacerbación de los rasgos de alguna señora de aquel estilo, que Cela debió conocer en algún café. No es que me desagradara como personaje, pero encontré exagerada la fea catadura moral que exhibía y que tan bien daba María Luisa Ponte en la película de Mario Camus. El caso de Pascual Duarte, para mí, es el contrario, tras leer la novela, veo en el personaje muchos más pliegues y aristas que los que yo preveía, lo que le convierte en un tipo más complejo y menos primario de lo que, a priori, se hubiera podido vaticinar; es como si Cela hubiera conocido el caso real de algún condenado por asesinato y, al llevarlo a la ficción, hubiera incrementado en el personaje las capacidades humanas de las que careciera, en la vida real, dicho sujeto. Puede parecer excesivo que pondere aquí la capacitación moral de un personaje que comete atrocidades —alguna ciertamente terrible—, pero lo cierto es que las reflexiones con las que Pascual acompaña su relato tienen su miga; ¿acaso no la tenían también los personajes de Stendhal en Le rouge et le noir, y Dostoyevski en Crimen y castigo, o Valle-Inclán con su esperpento, o Baroja con La busca, fuentes, todas ellas, en las que bebió su autor? Lo cierto es que estas matizaciones e interrogaciones sobre la personalidad del protagonista, adquieren la mayor importancia en una obra como ésta, en la que toda la fuerza de la narración se concentra en el “yo” del protagonista, como consecuencia inevitable del carácter dual de su texto, que por un lado es una solitaria recapitulación autobiográfica, pero por otro es también el acto de confesión seguida de contrición, en que se acaba convirtiendo el relato. Es verdad que esa calidad humana relativa y mayor de lo previsible, encierra algunas contradicciones. En particular me llama la atención todo lo relacionado con el lenguaje con el que está escrita. Cela en esta novela ni utiliza un castellano perfecto ni lo pretende, como es lo lógico en un personaje inculto que ya dice al principio que apenas sabe contar, leer y escribir; por tanto no debería tener ni el dominio del lenguaje, ni la lucidez anímica necesaria para entregarse a semejante catarsis, ya me parece bastante que sea capaz de expresar lo que siente en un libro de ciento cincuenta páginas, algo, ya en sí mismo, bastante sorprendente; pero el caso es que Cela resuelve muy bien este aspecto de la novela, porque su texto conjuga perfectamente las características expresivas básicas, esperables en un campesino inculto y pobre (hablar de elocuencia hubiera sido ya un milagro), con los localismos propios del habla del campo extremeño, y con el vigor inherente a la personalidad, un tanto excesiva, de su temperamental autor. En resumen, Cela en esta novela sí que me ha gustado, haciendo desaparecer de mi valoración algunos inconvenientes que, en su día, vi en “La colmena”. Es una cuestión de gustos y comprenderé bien a todos aquellos que me digan lo contrario, pero a mí, personalmente, me ha gustado mucho más esta exhibición de tremendismo del drama rural carpetovetónico contado de manera directa y vigorosa, que la recreación de aquella, un tanto caótica, miscelánea de personajes urbanitas tratando de sobrevivir en el miserable Madrid de la posguerra.

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Escrita 24 de Julio de 2017
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NOVELA CON RÍO Y NIÑOS en LA NOCHE DEL CAZADOR
“La noche del cazador” es una novela, del escritor norteamericano Davis Grubb (1919-1980), ambientada en los años de la Gran Depresión. Para hablar de ella hay que referirse inevitablemente a la película del mismo título, dirigida en 1955 por el actor inglés Charles Laughton; su escaso éxito de crítica y de taquilla hizo que fuera su única película como director. Pese a ello, las sucesivas generaciones de espectadores y críticos que la han visto posteriormente, la han convertido en una película única, en un auténtico e inolvidable clásico. Las escenas de la película siguen paso a paso y con un rigor absoluto la acción del libro, pocas veces se ha visto una traslación tan inmediata de las páginas a la pantalla. Sin embargo, los formatos literario y cinematográfico que dan soporte a ambas obras derivan necesariamente en sustanciales diferencias. La película tiene un cúmulo de rasgos expresivos y estéticos que la emparentan claramente con el cuento, los personajes y las situaciones son mucho más líricas que realistas, y toda la historia tiene un aire de fabulación, subrayado por la música, los claroscuros, y el carácter sesgado de sus protagonistas, efectos todos ellos que Laughton buscó de una manera consciente y decidida. Esos efectos, independientemente de que gusten o no, son abrumadoramente impactantes, y además, encajan muy bien en el formato de película de hora y media. La novela en cambio, aun compartiendo el mismo enfoque tenebrista, disfruta del privilegio de poder desarrollar los hechos en un libro de casi trescientas páginas; eso hace, inevitablemente, que la historia cobre mucho más sentido, que todo esté bien justificado, y que haya un porqué para cada situación, y que ese aire que tiene la película de cuento expresivo y esteticista pero un tanto inverosímil, parezca en la novela mucho más asumible después de que el texto haya situado cada cosa en su sitio. De todas formas el libro le debe mucho a la película porque hay que reconocer que nunca la habríamos leído de no haberse rodado ésta, pero eso es algo que forma parte inseparable de la grandeza y la servidumbre del cine, como ocurre también con la visualización permanente durante la lectura de la temperamental presencia (figura, rostro y voz) de Robert Mitchum haciendo de Predicador. Pero, dicho todo esto, pasemos a la novela que es lo que aquí nos ocupa. Sus características me han recordado constantemente ese estilo de novela, muy americano, que yo definiría como “novela con río”; y lo digo así, porque me recuerda mucho los escenarios y la situación de aquellos personajes que viven sus tramas condicionados, en buena medida, por la presencia de esa gran corriente de agua que, circunstancialmente, une o separa a los habitantes de ambas orillas, que sirve como permanente medio de comunicaciones, y que marca con su hábitat específico el estilo de vida de los ribereños, muy particularmente de los niños. Podría haber habría acabado antes, citando directamente a Mark Twain, porque es inmediata la identificación de sus obras con esos ambientes, pero mi referencia iba intencionadamente dirigida a los ambientes físicos, más que a sus narraciones sobre Tom Sawyer, o Huckleberry Finn, con las que no encuentro auténtico parecido. Claro que, en este caso, el río no es el Mississippi sino el Ohio, afluente del Missouri que a su vez lo es del Mississippi, pero eso aquí importa poco, al tratarse de otro río de considerable tamaño que también contiene un abundante tráfico fluvial. Otra característica muy reseñable es su carácter de “novela con niños” (que no infantil), no solo por la presencia de éstos, sino porque una buena parte de la narración sale de boca de John, el niño de nueve años que está en el centro de la historia; él y su hermana Pearl, de cuatro, tienen una presencia constante a la que hay que añadir tres niños más en su tramo final. El río, y los niños, son dos rasgos muy marcados que le imprimen a la novela un carácter entrañable y soñador. Pero el asunto central, el que queda como leitmotiv del libro es la presencia del “mal”, representado aquí por este Predicador que, en cuanto puede, enseña los dedos de una y otra mano marcados con las palabras love y hate (amor y odio), y suelta su pretencioso sermón; este hombre desequilibrado (muy pronto se nos desvela esa condición), recorre ominosamente el depauperado medio rural americano, entre la pobreza sobrevenida durante la Gran Depresión. En aquel ambiente enrarecido, aparece la figura del hombre que se mueve por el territorio al amparo de las religiones que por allí medran; las distintas ramas protestantes, presbiterianas, metodistas, o evangélicas, basándose en la libertad de comunicación que la religión luterana otorga a sus fieles en su relación con el Creador, conferían una autonomía ilimitada a sus ministros, para que, al margen del control de cualquier Iglesia, recorrieran el territorio organizando asambleas de fieles, e impartiendo mensajes rígidos y estrictos que remitían a un inminente apocalipsis: ¡Si los hombres no vuelven su mirada hacia Dios, la cólera de éste caerá implacable sobre ellos! ¡Amén!, contestaban a coro en la asamblea. Y ese tremendo y amenazador discurso integrista calaba fácilmente entre las gentes. En ese territorio duro y deprimido, el paro y la miseria produjeron infinidad de historias de hombres, mujeres, y también de niños, que se vieron obligados a sobrevivir vagando por lugares en los que todos, incluso quienes tenían medios de subsistencia, sufrían las nefastas consecuencias de la depresión; algunos lo hacían mendigando, pero otros recurrían a la delincuencia, dando lugar a oleadas de disturbios y linchamientos. La irrupción en el pueblo del Predicador, y su incorporación a una familia que ya vivía unas circunstancias especialmente difíciles, sitúa la acción en un ámbito doméstico presidido por el terror y la nocturnidad, en el que las mentes infantiles han de gestionar sus casi irresolubles traumas con la incomprensión y el abandono de unos adultos que no entienden sus problemas. La narración de esos conflictos internos de los niños, con los recuerdos constantes de su padre en la horca, con la ineficaz ayuda de una madre atolondrada, y con la cerril oposición de sus vecinos, permiten al autor crear un mundo infantil en el que los recuerdos del niño protagonista se mezclan con la realidad presente hasta confundirse en un magma informe, borroso, e irreal, del que solo consigue escapar cuando visita a su único amigo, un viejo borrachín que vive en su casa/barco amarrada al pantalán del río. Esas son las dos partes más potentes de esta historia, la tensión latente que aporta la obsesiva y maléfica presencia del Predicador en el ámbito doméstico; y el desarrollo de la historia desde el punto de vista de John, el niño protagonista que lleva hasta el final el relato de sus vivencias contadas con la sinceridad, la firmeza, y la ternura propias de un chico de su edad. Estas dos partes acaban siendo con mucho, las más atractivas de la novela, hasta el punto de superar en interés a la resolución del asunto del botín, que preside la trama central, que al final acaba quedando un poco desdibujado. Y todo ello sin olvidarnos de que la historia va inserta en un contexto histórico y geográfico, que el libro explica a través de la visión adulta de un narrador omnisciente que expone y desentraña los conflictos sociales y religiosos de base, que dan sustento a esta historia. Para resumir lo que supone la lectura de este libro: hay dos situaciones posibles, una que se conozca la película del mismo nombre; en ese caso la lectura va a servir para recrearse en una historia ya conocida, y para disfrutar con toda su tensión y todos sus oscuros terrores, pero ello con la aportación de las ventajas que conlleva el soporte literario: la profundidad que permite su longitud, sin merma alguna de la tensión que se vivió en el cine y el cúmulo de información sobre las circunstancias históricas que ayudan a situar correctamente la trama en su lugar y época con una eficiencia que la película no tenía posibilidad de conseguir. La otra posible situación, es que se desconozca absolutamente la película de Charles Laughton, en cuyo caso es mucho mejor aún, porque, a lo dicho con anterioridad, hay que añadir el disfrute también mucho mayor del ambiente terrorífico y la tensión subsiguiente, al pillar absolutamente de nuevas. Además, esa situación sin referencias previas facilita varias cosas: la mejor valoración de un texto pletórico de fuerza en el desarrollo de la trama; la inquietud por la problemática social que soportaba aquella época convulsa; y, sobre todo, la posibilidad de disfrutar con la extraordinaria sensibilidad que aflora en el discurso de las mentes infantiles. El hecho de que su autor no volviera a escribir nada más con ese grado de relevancia no desmerece la calidad de esta obra. De todas formas, aparte de algunas otras novelas, escribió series de relatos cortos que fueron en algunos casos utilizados por Hitchcock en su serie televisiva. Además no fue este un caso único, porque, unos años después, le ocurriría algo parecido a Harper Lee con su To Kill a Mockingbird, también ubicado en la Gran Depresión y, en aquel caso, con auténtico éxito literario (Premio Pulitzer) y con un extraordinario éxito cinematográfico. En definitiva, es una novela que está muy bien escrita y que se lee con un grado de satisfacción extraordinario y sin desmerecer un ápice de la excelencia de su secuela cinematográfica.

2 comentarios, puntuación: 5 con 3 votos
Escrita 21 de Junio de 2017
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UNA IRLANDA GÓTICA en EL UNICORNIO
“El unicornio” es una novela de la escritora irlandesa Iris Murdoch (1919-1999). Se la suele calificar como “gótica” por su ubicación en un caserón (castle, le llaman) cercano a la costa, en algún lugar perdido de una Irlanda indeterminada en el que se alternan playas solitarias salpicadas de arrecifes, con acantilados altos y siniestros por la negrura de la roca basáltica; en esa zona costera comienza también un páramo de tipo kárstico, que se prolonga hacia el interior de la isla formando una llanura yerma, sin árboles, y cubierta solo por musgos y ciénagas traicioneras. También se la considera “gótica” (y tétrica) por la climatología del lugar, fecunda en brumas, humedades y vientos, que incrementan su protagonismo con el transcurso de la trama, volviéndola cada vez más sombría. Así es el escenario que alberga esta historia. Comparte rasgos característicos de otras obras de Murdoch, entre las que había leído, hace años, “El sueño de Bruno” de la que no recuerdo detalles, pero sí, que me gustó y que la califiqué con un 8. Se observa en ella la influencia de la novela clásica decimonónica por el carácter gótico, invocado por lo tenebroso del paisaje y los interiores (sin luz eléctrica y con chimeneas encendidas en verano); por el estilo de la narración, franco, lineal y exento de complicadas innovaciones; y por el significativo puesto de institutriz, con el que entra Marian en el caserón rememorando a tantas y tantas novelas inglesas del siglo XIX (Jane Eyre, Agnes Grey, Otra vuelta de tuerca…). Con esos antecedentes, la historia empieza bien pero sin alardes; el narrador omnisciente se dedica durante un corto trecho a explicarnos el proceso de incorporación de la joven Marian Taylor al grupo de personas que viven en la casa. Sin embargo ese intervalo dura poco, porque su protagonismo inicial se va deshaciendo gradualmente, quedando finalmente diluido en el grupo de los seis u ocho personajes más significados. A partir del punto en el que ella empieza a compartir protagonismo con los demás, la trama evoluciona y llega a alcanzar tal intensidad, que el lector queda abocado a una lectura expectante y compulsiva. Pregunta obligada: ¿cuáles son pues las razones que originan esa expectación? Iris Murdoch, como escritora, tenía los recursos y el oficio necesarios para construir una trama atractiva y nutrida de giros sorprendentes y adictivos, es decir, era una novelista competente. Pero además —y esta es la clave—, nos estamos dando aquí de bruces con su sello característico, es decir, con su capacidad para crear círculos cerrados de personajes entrelazados, en los que cada uno activa con inusitada vivacidad sus propios engranajes mentales, de los que surge una mezcla de sentimientos amontonados y poco identificables. Conceptos tales como: dominación, obediencia, frustración, resentimiento, celos, culpabilidad, contrición, y sobre todo los más básicos, amor y odio, tienen aquí un significado un tanto desvirtuado por su acumulación en uno o varios personajes (o quizá en todos). Ese aluvión de ideas tormentosas superpuestas desemboca en unas tremendas encrucijadas éticas o morales de algunos de ellos, dotadas de multitud de matices entre los que el sexo es, solo, uno de los ingredientes y quizá no el principal, como suele ocurrir tan a menudo. Tanta tensión entrecruzada liga a los personajes mediante extrañas relaciones de dependencia o dominación, desarrolladas en un ámbito espacial que se podría calificar como sofocante. Pero además es un espacio delimitado, que dispone de dimensiones físicas —la casa y sus jardines—, y también psicológicas, estas últimas por efecto de la palpable coerción que se detecta en el ambiente y que impulsa a cometer actos de dudosa conducta que —se supone— llevarían al grupo hacia su presumible autodestrucción. Ese espacio físico y psíquico, me recuerda al que se crea al pie de El castillo kafkiano, en el que nunca puedes predecir cómo van a reaccionar los personajes, porque la red de tensiones que se teje es superlativa y ajena a los procesos de especulación racional del lector. Pero al contrario que en el mundo de Kafka, en el que lo imprevisible se revela absurdo (o kafkiano), en este otro, creado por Murdoch, esa imprevisión provoca en el lector un sentimiento de sofoco —no del todo desagradable, quizá, por lo sofisticado o sugerente de la proposición—, sino satisfactorio y sorprendente a la vez. Hago aquí referencia a El castillo, para resaltar la condición de ámbito cerrado que tienen las novelas de ambos escritores, como escenarios en los que todo transcurre siguiendo un orden particular fijado implícitamente por sus autores. El espacio de El castillo, es simbólico, onírico y desconcertante, y remeda a la sociedad real con su uso de una lógica aparentemente racional que, al estar desplazada en paralelo con respecto a la real, transforma lo racional en kafkiano. El espacio de El unicornio, en cambio, es un recinto en el que se hurga en el trasfondo del carácter de los personajes; y lo que allí se descubre es extraño, retorcido, contradictorio, y perfecto para ser extendido por el tejido de relaciones interpersonales previamente creado, como si fuese una especie de pasta untable hecha a base de miedos e insatisfacciones. Por tanto, no hay otra relación entre lo simbólico (Kafka) y lo pasional (Murdoch), que no sea el carácter de recinto cerrado y autárquico que tienen ambos lugares, y también lo imprevisible de sus propuestas. Mí evaluación particular es compleja, como también lo es la novela. En esta reseña he hecho una exposición que resalta sus características más acusadas, todas ellas, además, de trazos que podrían calificarse de favorables, por atractivos y prometedores (al menos para los aficionados a ese género de cosas). Sin embargo, he de reconocer que las luchas internas de los personajes han sido, en algunos casos, tan tremendamente difíciles de desentrañar en todas sus peculiaridades, que este lector ha acabado optando por una actitud renuente y acomodaticia, algo así como un dejarlo estar, que aleja un poco de la intensidad de la historia, sobre todo al final de la misma. Pero es bastante lógico, porque en esta novela se manejan sentimientos personales y la reacción de cualquier lector ante una materia tan subjetiva puede ser enormemente variada. Lo cierto es que, al leerla, queda uno tan impresionado por sus características, que apetece enfrentarse al reto de explicarlas, independientemente de que al cerrar la última página el balance personal de lugar a un 8, o a un 7, o a cualquier otro dígito.

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Escrita 5 de Junio de 2017
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GRIEGOS, DETROIT, Y SEXO DUDOSO en MIDDLESEX
Por lo general, el hecho de que me haya gustado un libro no implica forzosamente que desee llevar al papel la opinión que me merece; tal vez porque haya escrito ya sobre el mismo autor y no quiera repetirme, o porque trate un tema difícil de desarrollar o, sencillamente, porque que no me lo pida el cuerpo. En cambio “Middlesex" es de los libros que acumulan razones para escribir sobre ellos; véanse si no varios ejemplos: su estructura de novela-río de intriga creciente hasta el final; lo curioso e interesante de los variados temas que trata, o el estar escrito con lenguaje directo y distendido que resulta más que agradable. Sus casi 700 páginas y su título, que parece tener una dudosa relación con el sexo, son dos problemillas que dejan de serlo en cuanto se explica que su extensión es más una ventaja —porque se disfruta más tiempo con él—, y se descarta que su título indique una relación morbosa con el sexo. Con eso y con la información que da esta reseña, espero que el posible interesado esté en las mejores condiciones para decidir si quiere leerlo o no. Empezando por lo básico ¿de qué trata “Middlesex”?: son varios asuntos; en primer lugar, formalmente, tiene la factura propia de una novela-río; contada por el protagonista en primera persona, es la historia de tres generaciones de una misma familia, abuelos, hijos, nietos, parientes y amigos, que comienza en 1922 y que culmina en 1980, pese a que el protagonista la cuente desde la perspectiva del año 2002. Como suele ocurrir con ese tipo de narraciones prolongadas a lo largo de décadas, el solo hecho de contemplar la evolución de los personajes y sus vicisitudes, hace ya que el interés se mantenga hasta el final. Uno de los argumentos que más atrae de la novela es su relación con la cultura griega. Los iniciadores de la saga familiar son griegos —de la minoría asentada de antiguo en Turquía—, que emigraron de Esmirna a Detroit para iniciar allí una nueva vida integrándose de la comunidad griega de los Estados Unidos. A pesar de prolongarse su historia hasta los años finales del siglo XX, su condición de descendientes de griegos es omnipresente en su modo de vida americano, dando lugar a un interesante repaso de las circunstancias históricas que les hicieron salir de Turquía, y de las formas de vida y costumbres griegas que se esforzaron por seguir manteniendo en su nueva vida en América. Otro foco de interés para el lector, es conocer y pararse a observar la situación que se vivió en Detroit, la capital de la industria automovilística norteamericana, durante el periodo que va de 1922 a 1980. La ciudad fue próspera en los años veinte gracias al auge de la industria del automóvil; los tres grandes constructores americanos de coches, Ford, General Motors, y Chrysler tuvieron allí sus sedes centrales. La constante afluencia de obreros de raza negra para trabajar en las factorías, dio lugar a que, en años posteriores, se generase una situación convulsa, plagada de violentísimos disturbios y revueltas, y provocada fundamentalmente por la aparición del paro y el odio racial. La crisis del sector del automóvil llevó por fin a una decadencia urbana terrorífica, al éxodo de la población, al hundimiento de los precios de las viviendas, y a la bancarrota de su ayuntamiento. Hoy, Detroit muestra un paisaje apocalíptico con una parte importantísima de sus calles y sus casas abandonadas, saqueadas y devoradas por la vegetación y la ruina, habiendo quedado su población reducida al 40% de la que tuvo en los años cincuenta, en lo que se ha considerado la debacle del sector del automóvil “made in USA”. Toda esa decadencia, aparece en la trama, influye en ella, y se desarrolla explícitamente en el texto. Pero además, de relatar la historia de su familia, de enseñar el modo de vida de los americanos de origen griego, y de tratar sobre la decadencia urbana de Detroit, el otro asunto importante de la novela, y tema central de ésta, gira en torno a la incidencia que ciertas malformaciones genéticas de los órganos reproductores, pueden tener sobre el cuerpo y sobre la mente, y consecuentemente sobre el equilibrio psicológico de la persona que las padece, que, en este caso, es el/la protagonista de la historia. Por decirlo de una forma más ilustrativa que la que expresa su título inglés: el “hermafroditismo”, vivido como inevitable experiencia íntima por el narrador, es el tema principal que articula la novela y que se mantiene presente a lo largo de toda su extensión con una incidencia creciente según se avanza hacia el final. Es un tema muy especial que podría prestarse a la broma, o a ser enfocado demasiado a la ligera y, de hecho, el autor lo cuenta adoptando un talante que aparenta ser superficial y distendido, pero que solo lo es en apariencia, porque su tono desenfadado actúa a modo de coartada divertida para desdramatizar el problema de fondo, apreciándose perfectamente que su enfoque, en realidad, es serio y respetuoso. Si los temas son atractivos y la trama tiene motivos para engancharnos, las posibilidades de que nos guste aumentan exponencialmente, esto es indudable. Bien, pues, así y todo, lo verdaderamente sobresaliente, hablando de Eugenides, es el texto; la manera en que está escrito va más allá de las materias que contiene, por interesantes que sean éstas. Un contenido menos completo, como creo que es el caso de “Las vírgenes suicidas” (aunque no mucho menos), daría lugar a un libro menos redondo, pero, que se leería igual de bien. La singularidad de Eugenides estriba en constatar lo decisiva que resulta su forma de escribir de cara al balance final de su lectura, su estilo, al menos para mí, es tremendamente eficaz, al conjugar perfectamente profundidad y facilidad de lectura. Inicialmente, puede aparentar cierta ligereza cercana al desenfado, pero no hay tal, simplemente ocurre que es de esos escritores que tienen una facilidad innata para llevar al lector justamente por el camino en el que está el foco de interés del relato, de manera que el lector esté siempre sujeto a esa atracción. Su escritura remite al lenguaje natural y divertido con que se suelen expresar los jóvenes, dejando ver un estilo fresco y ágil, pero también, consistente y expresivo, que nos permite leer sin esfuerzo y a la vez captar el mensaje subyacente, que lo tiene, pleno de inteligencia y de intencionalidad. Su texto se apoya mucho en unos diálogos a la vez profundos y chispeantes, dándole todo el protagonismo a un humor muy matizado, que, no llega a la hilaridad, pero que tampoco le resta un ápice de profundidad a las materias que toca, que, a veces, son verdaderamente serias. Creo que con ese estilo tan particular, que contrapuntea continuamente entre lo serio y lo divertido, consigue mantener sutilmente receptiva la imaginación del lector para que siempre esté en disposición de seguir procesando su mensaje. Su forma de estructurar el relato, no busca dar una visión completa ni lineal de las situaciones; su técnica narrativa consiste en compartimentar la historia en una sucesión de fases o episodios que hacen avanzar la historia; a veces hay breves fases intercaladas vividas en tiempo presente (2002) con la consiguiente interrupción de la secuencia temporal, pero la mayoría de las veces estos episodios siguen el orden que marca el tiempo. Cada fase consta de un discurso inicial en primera persona, con idea de ir sumergiendo al lector en la situación propuesta, definiendo parámetros, planteando hechos, o desarrollando posibles opciones. A continuación, busca una vista acotada de la acción a modo de flash que recreé el momento y sigue con los personajes y sus diálogos avanzando hacia el desenlace parcial, con él zanja abruptamente la escena, y da un salto narrativo, que lleva al siguiente capítulo, donde retoma la acción en un punto posterior, en el que, otra vez en primera persona, reflexiona, extrae moralejas, y pasa página hacia otro nuevo episodio. Esos reflexiones o análisis, que va elaborando, a veces adquieren un tono mágico, o parcialmente fabulado, que durante unas cuantas páginas nos saca un poco de la relativa severidad de una narración de pincelada racional y figurativa, para entrar en el campo del simbolismo o la abstracción. Pero, teniendo en cuenta la chispa de sus diálogos y la simpatía que rezuma su prosa, estos lapsos un tanto mágicos, lejos de molestar, encajan con perfecta naturalidad en el conjunto del texto, como también lo hace su tendencia a citar, a la menor oportunidad, referencias literarias, cinéfilas, o teatrales, más o menos pertinentes, con las que mostrar sus aficiones culturales (menciona, por ejemplo, la película de Buñuel “El oscuro objeto del deseo”). Por último y para ser más ilustrativo, tiraría de comparaciones y diría, salvando las distancias, que su texto mezcla un tono inteligente y guasón como el de Woody Allen, con algo parecido a una fina y elegante ironía, que bien podría haber sido extraída del estilo de Salinger. Personalmente, la lectura de sus dos novelas, ésta y “Las vírgenes suicidas”, me ha gustado bastante, independientemente de cuales sean sus personajes y su trama. Lo que pasa es que los personajes y la trama de “Middlesex”, abarcan más, y son más interesantes, conformando una novela más completa y, por tanto, más satisfactoria que la otra. Lo que no sé es hasta qué punto puede haber una parte autobiográfica en esta historia. Yo tiendo a pensar que alguna hay, porque los datos cronológicos y el carácter de descendiente de griegos del protagonista, coinciden, más o menos, con los de Eugénides, aunque también podría ser que lo fuese solo en parte. Lo que sí he leído en la red, es que su actitud actual con los medios de comunicación parece ser casi tan esquiva como lo fue la de Salinger.

2 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 9 de Mayo de 2017
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EL FRACASO en MUERTE DE UN VIAJANTE
Mi pretensión al escribir esta reseña, ha sido facilitar una información clara y precisa del asunto, al objeto de evitarle sorpresas al lector; y creo que una buena manera de hacerlo es fijar el estado de ánimo del protagonista. La sinopsis del libro esboza ya su frágil posición y yo, además de añadir algunos datos, lo que hago es, simplemente, extender un poco más el comentario en esa dirección. Como obra de teatro, que es, tiene pocas páginas, pero son tan densas que comprimirán el ánimo de los que lo lean por pura diversión. En cambio satisfará plenamente a aquellos que suelen encontrarse a gusto con el drama. Miller llevó a los escenarios el fracaso de un hombre corriente, planteado como la representación de la hecatombe de un individuo cualquiera en su desenvolvimiento social. Quien muere por accidente o enfermedad, muere por una desgracia, es algo inevitable; la inadaptación social, en cambio, es teóricamente evitable, aunque a sus víctimas no se lo parezca tanto. El autor analiza las condiciones sociales en que se mueven los trabajadores manuales, o los vendedores a comisión (el protagonista lo es), que viven permanentemente sujetos al riesgo de quedar sin empleo. Si lo pierden, las penurias económicas y los problemas de relación asociados a ellas, pueden sacarlos del engranaje y dejarlos descolgados, como fagocitados por un sistema, cínico y perverso, que obliga a aparentar una entereza inexistente. Eugene O´Neill y Tenesee Williams, llevaron a los escenarios americanos dramas con personajes abruptos enfrentados a situaciones personales turbulentas. Arthur Miller, sin salirse de esa línea de dramatismo descarnado, desplaza los problemas al terreno de lo social. En este drama de 1949, critica duramente la presión que ejerce la sociedad de consumo sobre los trabajadores, forzándolos a cumplir unas pautas que supuestamente les conducen al éxito, pero que les obligan a partirse el alma en ello, sin ninguna garantía de éxito. Es una exigencia que viene impuesta por el exultante clima económico y social que vive la América ganadora de la segunda guerra mundial. Como reto, promete alicientes: dinero, prestigio social y éxito mundano y por ello es bien acogido, incluso, con entusiasmo. Pero el brillo del reto esconde su dificultad, obnubilando la mente del que lo asume, que no capta bien la auténtica envergadura del desafío; luego el tiempo corre, el éxito no llega, y el compromiso adquirido se convierte en un lastre para el individuo; a algunos les estimula llevarlo, pero hay muchos que, simplemente, lo soportan, y otros son incapaces de cargar con él. Willy Loman es de estos últimos. Esta es la historia teatralizada de la amargura que siente su protagonista, cuando comprueba el aciago cariz que está tomando su vida. Su edad predispone a mirar atrás, a hacer balance, y a ver qué hizo bien y qué hizo mal, y tratar, si es el caso, de modificar el rumbo; lo malo es que, cuando lo intenta, comprueba que el timón no le responde, que no tiene capacidad de gobierno, y que una fuerza invisible parece arrastrarle directamente hacia el abismo. En medio de la desesperación subsiguiente, hace un repaso de sus recuerdos: pasadas amistades, anécdotas del trabajo, celebraciones familiares, el trato con su entorno…; su mente revive fugazmente su pasado, como aquellos que van a estrellar su coche y visualizan su vida en instantes, en un repaso atormentado que amenaza con trastornar su ya escaso equilibrio mental. En el origen de su devastación moral, está el terrible desencanto que le arrasa desde que comprobó que no llegaba lo que esperaba encontrar como indefectible consecuencia de un sencillo proceso natural. Ve claro entonces que todo es distinto a su percepción previa, se da cuenta de que su visión del mundo se ha convertido en una amalgama de imágenes grises, sin formas ni colores. Casi todos hemos pasado alguna vez por esos momentos aciagos en que se tiene la deprimente sensación de que la vida se hunde en un vacío en el que, lo que antes brillaba por su colorido, ahora es gris, y lo que antes refulgía intensamente, ahora se pierde en las tinieblas. Con juventud, hay tiempo, fuerzas e ilusión y, por tanto, margen para reconducirlo todo, pero Willy tiene más de sesenta años, sus fuerzas flaquean, perdió la ilusión y, antes o después, la muerte o la imposibilidad de una vida digna, le acechan con aires de epílogo. La despiadada presión social que flota a su alrededor le abruma hasta hacerle sentir frágil y desorientado, y pronto comprende que el que falla sus objetivos cargará siempre con el estigma de ser un infeliz, un hombre débil, un miserable, y lo que es peor: acabará teniéndose a sí mismo por un fracasado; todos esos adjetivos acabarán cayendo sobre él como una losa que dictamina su culpabilidad. Atrás queda el día en que imaginó su vida como una batalla de la que saldría victorioso, nunca llegó a comprender que las batallas hay que librarlas, que no están ganadas de antemano y que, si no se consigue la victoria, hay que aceptar la derrota y asumir la realidad por dura que sea. Él no acepta sentirse inferior, no entiende que los hombres somos todos diferentes, que no hay dos individuos idénticos, que, en cualquier carrera, muchos llegan, pero siempre hay quienes no lo hacen, o llegan los últimos. ¿Les convierte en culpables la derrota?, no, sólo en menos capaces, ¿torpes, estúpidos y fracasados, también?, puede ser. Pero no hay escapatoria y, por tanto, da igual ser estúpido o, simplemente, torpe, lo que cuenta es que su veredicto ha sido el fracaso; y haga lo que haga está atado a su destino.

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Escrita 20 de Diciembre de 2016
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GENERALITO en TIRANO BANDERAS
Hace años que leí algo de Valle-Inclán, creo que una de sus Sonatas, y recuerdo que me dejó más frío que otra cosa, no me disgustó, pero no vi en él nada de mí interés. Hoy, leyendo Tirano Banderas, me he encontrado a un escritor muy distinto y a una novela muy especial y muy interesante. Pero ¿por qué es interesante?: pues, por nada de lo que normalmente suele atraer de un libro, ni su trama es de las que arrastran hasta el final, ni trata de ningún asunto especialmente atractivo. Son dos los factores que pueden hacer que Tirano Banderas guste al lector: uno de ellos, su lenguaje, el otro, la recreación de un mundo deformado, envolvente y delirante, que puede cansar, o enamorar, pero que no es fácil que deje indiferente a nadie. Hago un inciso aquí, para señalar la coincidencia no buscada (sino, no sería coincidencia) de haberme puesto a escribir, de manera consecutiva, sobre dos novelas de dos autores que las publicaron exactamente el mismo año: 1926. Y es curioso porque, aun siendo autores muy dispares, Kafka y Valle-Inclán, tienen, en El castillo y en Tirano Banderas, algunas características compartidas por ambos. El esperpento y el mundo del absurdo no son lo mismo, pero tienen una conexión obvia. Como lo es el hecho de que ambos deformen la realidad que aparece en sus novelas, Kafka presentándola bajo una apariencia alucinada y obsesiva; Valle-Inclán, acentuando sus rasgos hasta convertirlos en caricaturas. Su objetivo al crear esas trasfiguraciones no es el mismo, pero, en la práctica, ambos llevan al lector a sentirse transportado a un mundo particular en el que las cosas se rigen por patrones extraordinarios. Y volviendo a Tirano Banderas, ¿hay que considerar que esta novela se inscribe en aquel invento valleinclanesco que se denominó esperpento?, tengo que pensar que sí; yo tenía la idea previa de que el esperpento fue un fenómeno fundamentalmente teatral, pero debo reconocer que, aunque Tirano Banderas sea una novela, encaja a la perfección en las dos primeras acepciones de la palabra “esperpento” que figuran en el diccionario de la RAE, la primera, por representar situaciones o personas de marcado carácter estrafalario, la segunda, por ser una creación literaria del propio autor, sin entrar a considerar si es teatro o novela. Lo cierto es que a Valle-Inclán se le viene catalogando como un escritor nacido en el modernismo, y puede que esa filiación, tan relacionada con la poesía (el propio Valle se tenía por poeta), sea una de las causas que influyeron en la enorme importancia que tiene en ella el lenguaje, tanta, que desde el principio me ha hecho detenerme en el asunto y recrearme en los detalles, y meditar sobre los efectos que un lenguaje tan llamativo puede producir en un lector cualquiera. Valle-Inclán aquí, se empeña en construir, para la novela, una manera particular de expresión que es una fusión de varios elementos. En principio, es una mezcla de lenguaje culto y popular, en la que resulta curioso encontrar términos refinados y escogidos compartiendo espacio, hombro con hombro, con las formas coloquiales más toscas y más propias de las clases populares. Otra de sus facetas, quizá la más llamativa, es comprobar como el autor funde en una aleación indisociable, palabras, expresiones, y formas verbales, provenientes de todos los lugares del mundo en los que se habla español, incluida ahí la propia península ibérica. Y, por último, una vez metido en faena, se anima a añadirle al guiso, vocablos o expresiones de su propia invención, que uno no encuentra ni encontrará en ningún diccionario porque son sólo suyos; y todo ello adobado con toques de sarcasmo burlón, muy propios de su especial manera de ser, vehemente y fogosa, la misma de la que, indudablemente, se nutrió el esperpento como género teatral. Al margen de la peculiar forma literaria de Tirano Banderas, existe otro foco de interés de la novela: se dice que con ella dio comienzo el subgénero literario que se dio en llamar “novela de dictador”. El asunto central de aquellas novelas era la recreación de un ambiente nutrido de caudillos iluminados, que ofrecían a sus países la solución de todos sus problemas, para luego gobernarlos a su antojo sin el más mínimo miramiento. En este caso, el país de Generalito Banderas es Santa Fe de Tierra Firme, donde unos viven a costa de otros y todos maquinan para quitarse de encima al rival que ven como más peligroso, y todo ello tratado bajo un prisma de cierta irrealidad jocosa claramente deformante. La acumulación de léxico especial podría ser indigesta para algunos, porque, lógicamente, no a todo el mundo le gusta pararse a analizar y a valorar la forma de hablar de la gente, que es lo que le gustaba a Valle-Inclán, y también a mí. Lo cierto es que esta tropa de personajes atrabiliarios, gachupines (españoles), indiecitos, criollos, labradores, militarotes, o revolucionarios, forman, en su conjunto, una amalgama parlanchina de tipos esperpénticos que platican entre sí en esa lengua grotesca e hiperbólica con que discuten los conflictos de ese imaginario país centroamericano (más o menos). O sea, que estas son las otras cosas, junto con el lenguaje, que a mí, particularmente, me han interesado más de la novela, como creo que les pasaría también a todos los lectores que, en general, valoran ese tipo de cuestiones. Un ejemplo: “Don Celes peroraba con vacua egolatría de ricacho, puesto el hito de su elocuencia en deslumbrar al mucamo que le servía el café. La calle se abullangaba. La pelazón de indios hacía rueda en torno de las farolas y retretas que anunciaban el mitin. Don Teodosio, con vinagre de inquisidor, sentenció lacónico: ¡Vean no más, qué mojiganga!”

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Escrita 18 de Noviembre de 2016
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¿ESTAMOS TODOS LOCOS? en EL CASTILLO
Quería yo releer a Kafka, un autor al que jamás logré entender, pero que tampoco aborrecí, al contrario, lo leí con facilidad (relativa) pese a no encontrar indicios que me mostrasen su fama de autor imprescindible, lo leí como quien lee el periódico: sin problema; pero, leyendo el periódico uno absorbe información y la almacena (si quiere), mientras que la información que pudiera emanar de Kafka cae en saco roto porque no hay, pese a su prosa pulcra y ordenada, manera de procesarla; así que me seguía repitiendo las mismas preguntas: ¿todo esto para qué, cuál es el objetivo, qué quiere decir?, o bien: ¿tiene algún significado consciente esta enumeración de rarezas, absurdos y esperpentos (lo kafkiano), o son quizá simples elementos constitutivos de un extraño ejercicio práctico de simbolismo? Lo paradójico es que cuando se lee, se entiende —es fácil, por estar muy claramente escrito—, pero pesa demasiado el que no obedezca a la lógica común o que no siga una secuencia razonable; sus densas historias parecen sacadas de un mundo diferente al nuestro, están atiborradas de contenido irracional, y vacías de sentido común, algo que me desconcierta y me hace preguntarme el porqué de su prestigio y de su notable influencia en otros autores, ¿por qué razón se le considera tan importante cuando las sensaciones que transmite son tan raras? Este era y éste es mi problema, y al empezar “El castillo”, las sensaciones se reproducen y mi lectura vuelve a discurrir por itinerarios parecidos a los que discurrió en “El proceso” o “La metamorfosis”: un lenguaje muy claro, una trama que conduce a la nada, y una galopante percepción de frialdad; es decir, un balance insatisfactorio y seguramente muy poco original, porque algo así le debe pasar a mucha gente. La consecuencia es que llevo cincuenta páginas con ésta su mejor novela (supuestamente) y me parece tan extraña y tan falta de sentido que tendré que leer el resto sin ningún interés; por tanto, tiene que haber otra manera de enfrentarse a la obra kafkiana, y debería encontrarla. En general el estilo literario de Kafka es sencillo: no utiliza recursos complicados ni tiene elementos que personalicen su escritura, lo único, si acaso, que destaca en ese campo, podría ser el deseo de revestir su texto de un carácter analítico, basado en explicaciones continuas, en frases supeditadas a condicionantes, en la extracción de consecuencias dimanadas, en una secuencia de ilaciones que conectan proposiciones y premisas. Claro que, tras varios renglones en este plan, cuesta identificar lo que quiere decir (en ese punto se hace más turbio), pese a seguir con términos muy diáfanos; es como si su fácil manejo de una prosa racional y sencilla, le diera la confianza necesaria para exprimir sus posibilidades dialécticas hasta extremos que, a veces, cuesta seguir. Pero reflexionando sobre esto, concluyo que tampoco hay que obsesionarse en ir tras el autor en esos tramos, por cuanto la comprensión óptima de sus razonamientos no influye demasiado en el balance de su lectura. Las claves de su correcta comprensión no pueden estar sólo en esos circunloquios, tiene que haber otros alicientes aunque yo aún no los haya descubierto, y la pregunta subsiguiente sería: ¿cuál es esa clave y dónde están esos alicientes? Observo a K y reflexiono mientras veo cómo se enreda en una maraña de relaciones con unos y otros en su afán de… ¿de qué?, ¿será esa la pregunta clave?: ¿cuál es su afán?, porque, ésta es la verdadera cuestión, sí supiésemos qué busca, valoraríamos más su actitud y comprenderíamos mejor la razón de toda esta sinrazón, conoceríamos su objetivo, o por decírlo mejor, su intención inmediata (acceder al poder que representa el castillo), pero ¿qué pretende conseguir con ello, cuál es su intención final? Y el lector tiene que reconocer que ignora lo que persigue K; su misión inicial (su tarea como agrimensor), se había ya revelado vacía de contenido, ¿pretende acaso que se le compense el trastorno ocasionado, o el lucro cesante?, o va más allá y lo que persigue es llegar a las altas instancias con alguna pretensión que…, que no acierta uno a comprender. En mi opinión, el mayor interés de la novela no es seguir al detalle los tumbos que da el protagonista por los entresijos de aquella hermética sociedad centroeuropea, tales bandazos son sólo el instrumento al que Kafka recurre para disponer del material sobre el que desarrollar la gran batalla que libra K en la novela, una batalla protagonizada por el hombre del siglo XIX (el educado culturalmente con los recursos que proveyó la sociedad antigua o decimonónica), cuando hubo de enfrentarse con las nuevas formas de vida que trajo el siglo XX, en particular las que impuso la maquinaria organizativa de un Estado de marcadas tendencias totalitarias, que le descolocaron hasta hacerle sentir oprimido y alienado. Esto no es que lo diga yo, basta con indagar en cualquier documentación sobre el autor buscando el sentido de su particular estilo, para encontrar razones de este tipo. Lo que pasa es que, puesto todo eso aquí en relación con mis dificultades como lector, veo que, efectivamente, esas explicaciones tienen sentido y una confrontación de ese género podría ser el foco de interés principal de la novela, al permitirnos ver a su protagonista en la tesitura (cargada de simbolismos) de tener que revolverse e intentar superar los intrusivos abusos del poder. Una de las primeras ideas que observa el lector con el avance de la novela, es que K libra esa batalla porque quiere hacerlo, perfectamente podría rehuir o posponer el enfrentamiento, pero no lo hace, él sabe contra quien lucha y no se arruga en el envite. Sin embargo el lector sí lo hace o, cuando menos, se ve afectado por cierta desazón creciente según la narración va desvelando los comportamientos, un tanto idos, de esos extraños individuos que enfocan su propia ubicación a los pies del castillo proyectando sobre éste una mirada compleja, unas veces lo entienden como un poderoso y omnipresente ente arquitectónico, otras como la viva representación del poder, o como un simple instrumento de manipulación administrativa, pero, quizá, mucho más que cualquier otra cosa, puede ser que lo miren como la personificación de sus más íntimos temores, como el lugar donde habitan los demonios con que se ven obligados a convivir, supeditados, como están, a su vecina fortaleza. Esa situación va formando un revoltijo de relaciones entre personajes, algunos chocan con K y otros entre sí, desvelándose historias rancias condicionadas por inquietudes, por prejuicios, por rivalidades, por tensiones arrastradas de atrás, con todos los personajes sujetos a códigos de actuación descabellados y sobre todo sin dejar nunca de mirar de soslayo al castillo. Aquí hago un inciso, para señalar que por diferente a nuestro propio mundo que pueda ser éste que crea Kafka, sus personajes se conducen por la trama con criterios profundamente humanos, sus rarezas o sus comportamientos absurdos no los convierten en una especie de alienígenas, son seres de carne y hueso con defectos y virtudes propios de personas, con la única diferencia, quizá, de que sus características psicológicas, o sus abundantes manías, parecen provenir más de la parte subconciente que de la racional de la mente humana. El resultado es un espacio delimitado, insólito y asfixiante (un mundo diferente de orígenes aparentemente desconocidos), que Kafka crea para el lector y en el que las reglas no son las de costumbre —todo allí es poco convencional— y los personajes razonan a su aire ante la sorpresa del aturdido espectador/lector que, al avanzar en su lectura, empieza a notar un repentino transporte a una extraña atmósfera en la que se siente sumergido y descolocado. ¿Habré bebido, o fumado algo que no debía?, se pregunta. Para intentar comprender el sistema y los valores que funcionan en el espacio cerrado construido por el autor y en el que sitúa su obra, conviene imaginar el ambiente plástico o estético que se respiraba en los años de Kafka. Su mundo anterior —ese que solemos llamar: el de toda la vida—, se había ido fraguando paulatinamente a lo largo del siglo XIX; los narradores de ese siglo habían explotado convenientemente las fórmulas que, primero el romanticismo y luego el realismo, habían ido propiciando; pero, no sólo los escritores habían asumido esos patrones, también los pintores llevaron su maestría academicista a un momento de agotamiento, y en cuanto a los músicos, otro tanto de lo mismo, el movimiento romántico había conducido a la música a un punto de no retorno. Como consecuencia de ese agotamiento los convencionalismos decimonónicos entran en crisis, y los creadores empiezan a buscar las vías alternativas que necesitan como medio para expresar sus inquietudes. Son los años finales del siglo XIX; los impresionistas dan con una de esas vías y se vuelcan en ella, yo por mi parte no puedo dejar de vincular, irremediablemente, esta vía del impresionismo pictórico con la obra de Marcel Proust (“A la búsqueda del tiempo perdido”), con la música de Gabriel Fauré, de Claude Debussy, o de Eric Satié y con la arquitectura modernista. Fue esa una vía extraordinariamente fecunda, aunque temo, también, que pronto se reveló como una vía muerta por su fatal agotamiento prematuro, sobre todo en música. Pero aquel no era el único camino, hubo otros y agotada la vía impresionista el acercamiento a la abstracción tomó el relevo. Vienen los “ismos”: expresionismo, cubismo, surrealismo, constructivismo, abstracto…, musicalmente, las tendencias contemporáneas siguen caminos aún más ásperos, y citaré sólo los que a mí, en alguna medida, me gustan: Mahler, Stravinski, Bartók o Prokófiev, por ejemplo. En ambos campos, pintura y música, el camino de las vanguardias es especialmente arduo y difícil, no sé si Kafka tiene, en alguna medida, algo que ver con esto último mencionado; yo me limito a expresar, a título particular, el patente paralelismo que encuentro entre la lectura de “El castillo“, y los nuevos criterios estéticos de los primeros años del siglo XX. Claro que los movimientos de arte vanguardista, manejan aspectos formales y estéticos de las cosas y Kafka, en cambio, maneja la propia vida, su desarrollo, las relaciones personales, o la relación con la maquinaria del Estado. Lo cierto es, volviendo al impresionismo, que cuando oigo la música de Fauré y leo simultáneamente las impresiones que transmite Proust de sus paseos por los parajes de Normandía, me siento transportado a un mundo diferente ambientado con perezosas y nostálgicas notas de violonchelo o de piano, mezcladas con pinceladas, luces, y colores propios de Monet, elementos estos que, aunque difieren, por su modernidad, de los tradicionales, a mí me resultan sumamente sugerentes y armoniosos, pero es el caso que los asocio con Proust, y no con Kafka, jamás los asociaría con Kafka, porque la sociedad que frecuenta éste en su novela es mucho más perturbadora y menos cómoda que la impresionista, y su tensión latente me recuerda mucho más la música de Prokófiev (inquietante, como la danza terrible de“Montescos y Capuletos”), o por qué no, “El grito” de Munch, los enigmáticos retratos de Modigliani o también los incomprensibles —entonces— volúmenes característicos de la arquitectura racionalista alemana. Ninguno de estos últimos ejemplos (Kafka, Prokófiev, Munch, Modigliani, la Bauhaus), son tan armoniosos —o tan previsibles— como los del ejemplo impresionista, pero están ahí, exhiben orgullosamente sus propios valores y, por tanto, hay que considerarlos. Obviamente con todas estas elucubraciones, salgo de la propia materia literaria, pero me da igual, porque creo que guardan alguna relación con el asunto del que estoy tratando, que es el entendimiento, o mejor, la asimilación, de la extraña prosa kafkiana. Y aquí es donde entra en liza el esfuerzo de comprensión que se le reclama al lector, que ha de saber que la obra de Kafka vive unas circunstancias estéticas y sociales especiales, y será difícil explicarse sus tics desquiciados sin aceptar religiosamente esas circunstancias propias de su época. Contribuyen a estas últimas factores varios: el ambiente general de antes y después de la gran guerra, los últimos estertores del Imperio Austrohúngaro, las crisis brutales de la economía en Centroeuropa, el auge del socialismo como sistema que, por primera vez, accede al poder en Rusia…, todos esos cataclismos no se introducen sin más, sino que van acompañados de un escenario de transformaciones (un mundo nuevo), en el que cambia el fondo, pero también las formas, y el escritor sensible, y Kafka lo es, capta perfectamente el nuevo decorado, se incorpora a él, y lo hace derivar hacia donde cree que tiene tendencia a dirigirse. Con todo ese bagaje acumulado, la “lógica especialísima” con la que construye su novela, adquiere repentina carta de naturaleza en sus páginas y si el lector quiere leer sin interrogaciones constantes, habrá de reconocer, asumir y, en definitiva, creerse esos antecedentes que le dan sentido. Si las cosas suceden así, su mente quedará libre y se le facilitará el acceso a los aspectos más puramente novelescos de la trama, podrá entonces empezar a comprender al alcalde (uno de ellos), a su mujer (que hace un barquito de papel con la carta con la que tratan K y su marido), a Frieda (la novia/esposa que se echa sobre la marcha), a la posadera (que le recibe en la cama desde la que controla el trabajo en la cocina), a Jeremías, uno de los ayudantes, a Olga y a sus hermanos y a sus padres, y a los secretarios (uno de ellos charla con K desde su propia cama), incluso a personajes cuyos nombres están en boca de muchos, pero que no llegan nunca a materializarse. Éstos que menciono son sólo algunos de los integrantes de ese ámbito extraño y alucinado, situado por debajo del castillo, en el que no se sabe por qué extraña razón K queda como atrapado, sin ganas de salir corriendo (que es lo que haría cualquier persona sensata que se viese en su situación), a pesar de sospechar que allí no existe promoción posible para él, porque todo está en manos del poder, de ese ente superior que todo lo supervisa, llámese Klamm, llámese “Das Schloß”, o llámese como sea.

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Escrita 14 de Octubre de 2016
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LA BELLA Y LA BESTIA en CASA DESOLADA
Lo primero que llama la atención de “Casa desolada” es su complejidad, inesperada, viniendo de alguien tan popular y afamado por su sensibilidad y de quien antes esperaríamos ternura que complicación. La crítica actual parece colocarla como su mejor novela, pero los comentarios de algunos lectores son menos elogiosos, no negativos, pero sí menos entusiastas que en otras novelas. Tratando de explicarme esa aparente contradicción, he indagando en sus páginas en busca de las razones de unos y otros para opinar así. No soy muy partidario de clasificarlo todo, y más en cuestiones no mensurables, pero he de decir que esta novela es de las más avanzadas y, tal vez por ello, de las menos populares del autor. Recuerdo que cuando leí “La sombra del ciprés es alargada” de Miguel Delibes, pensé que su carácter de “novela de tesis” (la que se escribe al objeto de desarrollar una opinión o ideología) está en el origen de sus defectos, y creo que pasa lo mismo con “Tiempos difíciles”, en la que la introducción del tema obrero y la cuestión social, daña la novela. Digo esto porque creo que nunca hay que generalizar y, en este caso, la queja contra el mal funcionamiento del sistema judicial en el Reino Unido, que es la tesis que aborda la novela, no la perjudica en absoluto, y no lo hace porque el escritor conoce la materia, porque encaja en su planteamiento literario, y porque este asunto le obsesionó toda su vida y se lo tomó como cuestión personal. El nefasto funcionamiento del poder judicial llevó a la cárcel por deudas a su padre, quedándole a él el trauma y la obsesión de denunciar y combatir al sistema judicial británico con todos los medios a su alcance. “Casa desolada” se convierte así en un claro alegato contra la justicia inglesa sin salir, por ello, perjudicada, al contrario, la tesis le imprime un fuerte carácter, vindicativo en este caso, arrogándose la responsabilidad de su propia grandeza y a la vez de su inhabitual complejidad. Aunque la novela sea una diatriba contra los juicios de la Inglaterra victoriana, no se trata este asunto de manera exclusiva, sino, complementaria. Comienza la historia central con “el relato de Esther” (título de sus capítulos), que forma su espina dorsal y se desarrolla a modo de relato tierno, con profusión de buenos sentimientos, personajes entrañables y planteamiento genuinamente dickensiano; el otro asunto lo ocupa el ya mentado juicio y su desarrollo, enseñándonos capítulos tan ásperos como el desagradable tema que tratan: la causa judicial “Jarndyce vs Jarndyce”, gente extraña, pintoresca, tipos estrafalarios, insólitos, o prácticamente inverosímiles, que, pese a ello, acaban por cobrar sentido una vez situados en ese patético submundo londinense gris y contaminado por la insalubre niebla. Esta parte referida a lo judicial, está contada por un narrador omnisciente que podríamos con toda certeza identificar como Dickens, que, desde su posición, utiliza algo así como el presente histórico para plantear los diálogos, a veces en tiempo real, otras veces resumidos a posteriori, mientras juzga y saca deducciones de los hechos, con su moraleja y, sobre todo, con fuertes dosis de un humor ácido o irónico, a veces entrañable, otras corrosivo. Son capítulos difíciles por la constante introducción de nuevos personajes que, inicialmente, no se sabe a qué vienen, se supone que tendrán que ver con la historia pero desconocemos el vínculo y si unimos a ello el sofisticado lenguaje dickensiano, queda un marcado estupor al que contribuye la naturaleza extravagante de los personajes; son raros, raros, pero la mayoría terminan por ser aceptados —pese a su excentricidad—, al envolverlos el autor en un halo de familiaridad que los hace grotescos pero entrañables, llevándonos a admitir finalmente que sí, que se pueden encontrar tipos así en el mundo real. Hay aquí historias de urdimbre espesa e inextricable, en las que el autor utiliza un estilo relativamente moderno —mucho más de lo que yo recordaba—, porque narra con soltura, sin demorarse en explicar quién es ese que se incorpora, qué es lo que le vincula al resto, dónde se sitúa, o cuándo sucede su intervención. Por el contrario, la parte que narra los sucesos de la trama principal se lee con absoluta facilidad, de manera amable, y contada dulcemente por Esther, protagonista y a la vez narradora, siguiendo una secuencia lineal de acontecimientos en la que el lector nunca se pierde. Lo expresado hasta aquí, podría hacer pensar en una novela organizada en dos partes, una, con una trama poblada por personajes mayoritariamente burgueses, y otra, por pícaros, abogados, jueces y policías, y ello repartido aleatoriamente por sus páginas. Y efectivamente esas son las partes, pero su distribución no es aleatoria sino claramente prefijada; los capítulos de ambas se alternan uno tras otro de manera terca y sistemática: empieza la novela con uno de Esther, y le sigue otro judicial, otro de Esther, otro judicial… y así sucesivamente hasta el final. Esta alternancia conlleva, para el lector la exigencia de cambiar de estilo narrativo en cada capítulo, y siendo tanta la diferencia estilística entre ambas partes, esos cambios no son nada desdeñables, lo que hace que la lectura evolucione en la cabeza del lector, según avanza la novela, hacia un compromiso mental en el que la dulzura de la historia de Esther se equilibra con la dureza de las ásperas fases judiciales. Si la crítica social es consustancial a la obra de Dickens en su conjunto, en “Casa desolada” tal tendencia adquiere carácter de obsesión permanente. No escapan a ella el sistema judicial, los manejos de la abogacía, la contaminación del aire londinense, el deplorable sistema de vida de los más desfavorecidos, la explotación de los débiles, la petulancia de la nobleza, los celos de ciertas mujeres, la violencia que sufren otras en sus matrimonios, la terrible opresión de los prejuicios en la sociedad victoriana, la irresponsabilidad de algunos filántropos despreocupados, la arrogancia de los franceses, y muchas cosas más que ahora no recuerdo. Tan estrafalarios son los tipos que allí se exponen y tan numerosos los pecados que representan, que acaban conformando en sus páginas una tribu peculiar y desquiciada, a ojos del estupefacto espectador, poblada por personajes kafkianos de cuando Kafka aún no había propiciado el adjetivo, si bien es cierto que el trato que Dickens aplica a esta gente, a base de caricaturización y trazos sentimentales, camufla en alguna medida su absurdo y disparatado carácter “cuasikafkiano”. En todo caso a Mr. Skimpole (ese indolente niño grande) yo no me lo creí, pese a la profusión de explicaciones y matizaciones que aporta Dickens para darle consistencia. Sólo al final, por boca del policía, el autor razona el porqué de su existencia: Skimpole simboliza la caricatura de personas que, tras una apariencia bobalicona e infantil, con indolencia y abandono de sí mismos, abusan de los demás escondiendo su interesado egoísmo; tal vez el autor conociera a alguien así, yo, tal como se describe el personaje en el texto, no soy capaz de imaginarlo. El balance de su lectura durante los primeros dos tercios del libro, es controvertido y cambiante: los capítulos denominados “El relato de Esther”, se leen con la normalidad con que se suelen leer sus novelas, y los que atañen al juicio, no digo que con dificultad, porque el texto característico del autor, incluso aquí, se sigue bien, pero sí con la desafección que produce el saber que su contenido, muchas veces, no tiene una repercusión inmediata en la trama (aunque sepamos que la acabará teniendo), produciendo una sensación de impaciencia ingrata para el lector. Quien lea con tiempo y sosegadamente, tal vez disfrute con el estilo, incluso más que en otras novelas suyas, porque puede que esté aquí el mejor Dickens, el más desinhibido e innovador (estilisticamente hablando), pero el lector habitual de sus libros, que además tiene tendencia patológica a devorarlos, encontrará demasiado abstrusos algunos episodios. Sin embargo suele ocurrir que, en estos libros extensos que superan las mil páginas, llega un momento, el último tercio, en el que ese complejo tejido de tramas y personajes empieza a encajar en la historia principal con la precisión de un rompecabezas, mejorando la percepción del lector que toma un cariz más positivo según avanza hacia el final, terminando por dejar un muy buen sabor de boca. No comparto demasiado algunos comentarios sobre lo duras que resultan las situaciones de miseria o desigualdad que refleja este libro, no me lo parecieron tanto; puede que acentúe un poco más que en otros, los aspectos más dramáticos o angustiosos que soportan los personajes en sus páginas, o por decirlo de otra forma, puede que resalte algo más la indigencia, el desamparo y la fragilidad que eran norma en la sociedad del siglo XIX. Pero vivir entonces era muy duro, las penurias de las clases bajas eran atroces y endémicas, la ciencia médica o los medios que facilitan hoy la vida no existían, y se moría uno por cualquier nimiedad, y eso queda reflejado en todos sus libros y no sólo en éste. Al igual que he escrito sobre el acentuado afán crítico de Dickens en esta novela, también quiero opinar sobre su posición de referencia en la sociedad de su tiempo en la que yo creo que no era, ni por asomo, un revolucionario, ni un socialista, ni nada parecido; sé que hay quienes lo creen así, pero me parece que esa idea surge de las apariencias y no de un análisis sereno y reflexivo. Sus novelas influyeron en ciertas mejoras sociales en el Reino Unido, es cierto, pero por la sencilla razón de que utilizó su arrolladora popularidad para hacer propaganda (indudablemente creía en la causa de los más débiles) contra las injusticias sociales, y a la vez que la hacía, entretenía al personal y ganaba un buen dinero. Y así lo debieron entender sus lectores (muchísimos y de todas las extracciones sociales), porque sus críticas se recibieron más como razonables reproches a una sociedad con cierto cargo de conciencia, que como furibundos ataques contra los estamentos o las personas objeto de ellas. Y cuando en “Tiempos difíciles” intentó poner el acento en los problemas sociales de verdad, en los del proletariado, el resultado defrauda, con esa misma novela como la más floja de las suyas que he leído. Yo creo que el carácter de denuncia que tienen sus libros (chocante por directo e innovador), era sin embargo absolutamente inocuo desde el punto de vista político y si surtieron algún efecto benéfico sobre la legislación, fue por vía de un reformismo absolutamente integrado en la sociedad, asumido por ésta y exento de cualquier carácter rupturista o simplemente ideológico. Su mensaje no traspasaba el ámbito de lo privado de sus personajes, ese era el terreno en que se movía con aplomo y eso era lo que sus seguidores esperaban de él. En mi opinión, lo genuinamente suyo no era introducirse en terrenos ambiguos por su proximidad a lo político, su auténtica especialidad era crear historias tremendas, con increíbles coincidencias, en las que se mueven unos personajes tan bondadosos y tan idealizados que cuando, al acabar la novela, todo sale bien, el lector siente una profunda satisfacción al comprobar que la vida, al final, es maravillosa y merece la pena esforzarse por vivirla; o sea, una especie de cuento de hadas hecho novela de mil páginas. No lo digo en tono sarcástico, al contrario, lo digo con pleno convencimiento; esto es así, y es lo que hemos sentido todos los que leímos a Dickens de pequeños, entonces nos producía y, en alguna medida nos sigue produciendo, un efecto casi insuperable, hasta el punto de consagrar aquellas lecturas como las de recuerdo más querido y más arraigado. Particularmente, tengo ese tipo de consideración por “David Coperfield”, que es una novela de tintes autobiográficos, que leí de pequeño y luego de mayor, y que me dejó en ambos casos un extraordinario recuerdo. “Casa desolada” no alcanza a producirme tan cálidos efectos, por la sencilla razón de que la he leído con una edad excesiva. Pero aun así, me dio la sensación de ser una gran novela, una de las mejores de su autor que, sin embargo, requiere un mayor esfuerzo (y no me refiero con ello a su extensión), por su propio carácter de novela exigente con el lector que, además, provoca una notoria percepción de gran calidad, que la convierte, quizá, en una de sus mejores obras; y no creo que eso entre en contradicción con el hecho (comprensible en razón de su exigencia) de que no sea de las más apreciadas por un número muy extenso de lectores.

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Escrita 26 de Septiembre de 2016
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HABLAR... Y NO CALLAR en LARGO VIAJE HACIA LA NOCHE
Ninguno de los que frecuentamos este sitio, había leído el libro. Sé que alguno ha visto la obra recientemente representada, la mejor opción, no cabe duda. El caso es que su lectura me dejó un recuerdo tan bueno, que pensé que merecía la pena escribir sobre ella. A día de hoy el teatro de O´Neill es poco conocido y, de hecho, es difícil encontrarlo publicado. Pero no siempre fue así, hace cuarenta años su nombre era frecuente en las carteleras españolas, sus obras aparecían regularmente en una época en la que el teatro vivía momentos mejores. En los escenarios de entonces, convivían las obras de O´Neill con las de Miller, Mihura, Jardiel, Coward, Buero, o las de los más clásicos Ibsen, Wilde, Chejov, o Strindberg. Recuerdo dos hitos extraordinarios de aquel momento, a los que asistí como miles de personas más. El primero, el “Tartufo” de Moliere, representado en 1969 en el teatro de la Comedia de Madrid por un formidable Adolfo Marsillach, en un contexto de movilización que iba mucho más allá de lo puramente teatral; el segundo, “Un enemigo del pueblo” de Ibsen, en 1972, con Fernando Fernán Gómez, el mejor de todos nuestros actores, en el teatro Beatriz. No se puede negar que el clima político multiplicó la repercusión de aquellas dos obras, pero aun sin eso, fueron dos bombazos que indican bien la pujanza que tuvo el teatro por aquellas fechas. El caso es que, por unas razones u otras, he sentido recientemente un acusado brote de afición por la lectura de textos teatrales, producto en buena parte de la impactante lectura de esta obra de O´Neill, que me ha llevado a pasearme por la obra de Ibsen, de Chejov, y por otras del propio autor americano. El pequeño hábito adquirido con la lectura de algunas de esas obras, revela enseguida la mecánica teatral, resaltando los parámetros en que se mueve la representación, que, lógicamente, son cambiantes según el autor y reflejan la evolución en el tiempo del hecho teatral, hasta confluir, supongo, en el teatro del absurdo o cualquier otra variante de las vanguardias. Pero no voy a seguir por ese camino, porque sería invadir campos que desconozco. Esta reseña sobre “Largo viaje hacia la noche” no se refiere, en propiedad, a una representación teatral, a la que obviamente no he asistido. No, yo de lo que quiero hablar aquí es de su lectura, que contiene aspectos teatrales, sí, pero yo quiero incidir en que los sentimientos que provoca en el lector no son una consecuencia de su condición teatral, sino de la sencilla asimilación del contenido de un libro. Tengo la impresión, aunque reitero mi desconocimiento de los mecanismos teatrales, de que la trama que contiene esta obra y la evolución de la misma a lo largo de sus tres actos no contiene planteamientos cambiantes, vuelcos espectaculares, ni la exposición de tesis rompedoras en el campo de lo social al estilo de Ibsen en “Casa de muñecas” o en “Un enemigo del pueblo”, aquí el autor se mueve en otro terreno: el de la sutil exposición de los demonios interiores de unos personajes que van recorriendo, en un crescendo tormentoso, su viaje hacia la noche, que es el final (curioso y tentador juego de palabras con la novela de Céline), en el que elementos como el alcohol, la paulatina merma de la luz diurna, o ciertas revelaciones médicas, contribuyen a destapar las conciencias de los miembros de la familia que progresivamente hacen aflorar todo lo que se guardaban hasta ahí, en un doloroso, dramático, e inevitable “tour de force”. La traductora, con sus anotaciones a pie de página, mantiene permanentemente informado al lector de los múltiples detalles autobiográficos de un texto que, por lo visto, refleja con fidelidad las vivencias personales del propio Eugene O´Neill, hombre de vida tempestuosa que volcó aquí sus demonios familiares. Bueno, pues éste es el caldo de cultivo literario en el que se genera la obra, y ésta también es mi base de partida, aquí es donde quería venir a parar para explicar que no quiero juzgar la obra desde un punto de vista escénico; el resultado ha de ser bueno, porque está reconocida como la obra maestra de su autor, pero ni me siento capaz de analizarla, ni deseo hacerlo, solamente quiero dejar mi testimonio de que, como simple lectura, está entre las mejores páginas que haya leído últimamente. Los cuatro personajes fundamentales de la obra, Tyrone el padre, Mary la madre y los dos hijos, Jamie de 33 años y Edmund de 23, entablan unos duelos dialécticos alternos, dos a dos, en los que evolucionan desde una simple charla intrascendente, hasta iniciar una vorágine inclemente en la que se sueltan dardos, cada vez más duros y afilados, llegando a una especie de delirio en el que se dice de todo, en el que no se calla nada, en el que la sinceridad más descarnada se instala en la conversación, y se pierde la medida de lo correcto y lo incorrecto, de lo que se puede y de lo que no se debe decir. Es un clímax enfebrecido y cruel, en el que explotan las pasiones que esos cuatro personajes llevan guardados desde no se sabe cuándo, y con una excusa tan potente como esa, el escritor afila su pluma y se luce en un texto grandioso en el que se mezcla el hálito de los vapores etílicos con la elegancia propia de personas cultas que recitan a sus poetas más queridos, que declaman párrafos enteros de textos teatrales (el padre es un actor de renombre), que se explayan en un refinamiento que no es incompatible con echarse en cara lo más rastrero, soez y mezquino que uno pueda imaginar, aunque tampoco con la tímida aparición de alguna porción extra de cariño combinada, eso sí, con fuertes dosis de bilis. O´Neill fue además, un escritor pulcro y muy meticuloso y la descripción en letra cursiva de las situaciones y sobre todo de los estados de ánimo de cada personaje, consiguen que en el momento de decir el texto, conozcamos el gesto y el talante que utilizan como si los estuviéramos viendo, gracias a que el autor nos los acaba de describir con la necesaria precisión. Tengo que reconocer que hubo momentos en que los parlamentos de esta obra me recordaron por su desgarro los habituales de las obras de Tenesee Williams, pero creo que hay diferencias sustanciales entre ambos autores. El estilo literario de este último es quizá más ampuloso y enfático, sus personajes adquieren rasgos muy definidos, y se ven afectados por trastornos de una personalidad extrovertida, insólita y vulnerable, donde el sexo y todo lo que conlleva, masculinidad o feminidad, adquiere protagonismo, donde los personajes parecen influidos por el agobio cálido y húmedo de unos ambientes sureños de atmósfera decadente, o incluso gótica. O´Neill es más sobrio, menos extrovertido, las pasiones de sus personajes están más solapadas, pero son más profundas, la complejidad y la negatividad de su psicología se sumen en un ambiente pesimista, e incluso trágico, que él coloca en un escenario burgués de aparente normalidad, quizá sea ese mayor intimismo lo que procuró a su obra un mayor recorrido teatral, en comparación con la obra de Tenesee Williams, que se llevó más al cine. En cualquier caso, es obvio, leyendo sus biografías, que O´Neill llegó primero, instaurando un estilo demoledor que, independientemente de sus diferencias, que las hay, tuvo que ejercer una gran influencia sobre Williams y posteriormente sobre Arthur Miller. No voy a engañar a nadie diciendo que el tono general de su obra es ligero; es, inequívocamente, dramático. Pero sin embargo, por alguna razón que se me hace difícil de identificar, su lectura, a mí al menos, ni me produce desazón, ni me arruga el alma. No sé si es que la lectura corta, propia del teatro, mitiga en alguna medida ese tipo de sentimientos, o es que la fuerza impresionante de su texto centra la atención del lector, haciéndole olvidar un tanto, los aspectos pesarosos de la trama. Lo que quiero señalar es que ese tipo de cosas habitualmente me afectan, pero leyendo a O´Neill, sorprendentemente, no me afectaron.

5 comentarios, puntuación: 5 con 4 votos
Escrita 31 de Mayo de 2016
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SI NO FUESE TARDE Y TODO ESO en FRANNY Y ZOOEY
Aún no escribía reseñas cuando leí “El guardián entre el centeno, pero empecé a hacerlo unos años después y fue entonces cuando escribí la suya. Ahora es al revés, porque aún no he terminado “Franny y Zooey” y ya estoy impaciente por recalcar en su reseña lo fácil que es reconocer en su autor al que escribió “El guardián entre el centeno”. Lo que más sorprende es que no haya ni evolución, ni matices, que todo sea igual como si los diez años que separan ambas novelas nunca hubieran existido, cómo si Salinger se hubiera puesto a escribir “Franny y Zooey” diez minutos después de haber terminado “El guardián entre el centeno”. Sorprende la uniformidad estilística, sobre todo, por ser tan diferentes los enfoques de ambas novelas. Los temas son, parecidísimos; en “El guardián entre el centeno” el protagonista es un chico insatisfecho con la vida, que en un acto de franca rebeldía no duda en echarse a la calle a hacer frente a todo lo que se le interponga. En “Franny y Zooey”, ambos hermanos también comparten insatisfacción e incluso, angustia, pero la afrontan quedándose en su casa y conversando sobre su problema. Es decir, que las dos novelas comparten casi el mismo leitmotiv (la insatisfacción juvenil), pero las dos difieren radicalmente en la forma en que lo va a desarrollar cada una. En “El guardián entre el centeno” el mecanismo de su desarrollo es muy dinámico, llevando a Holden a recorrer Manhattan a la búsqueda de algo que mitigue su insatisfacción; mientras que Franny y su hermano Zooey, en cambio, actúan pasivamente, quedándose en su casa y confrontando sus puntos de vista, con su madre primero y luego entre ellos, en un diálogo interminable mediante el que buscan exorcizar, por así decirlo, las causas de la insatisfacción de ambos. No sabría presuponer el grado de interés que puede ejercer sobre cualquier lector un tema como el de la insatisfacción juvenil, pero, en principio, podría no ser demasiado atractivo y su éxito dependería en buena medida del talento del autor por su capacidad para ofrecer una visión sugerente del asunto y, probablemente, de la disposición favorable del lector en el caso de que su edad se aproxime a la de los afectados. Yendo a nuestros dos ejemplos, si la trama contiene actividad y dinamismo, como pasa en “El guardián entre el centeno”, la novela entretiene o incluso divierte (aunque no a todos los lectores), en tanto que si se desarrolla con profusión dialéctica y largos parlamentos, como ocurre en “Franny y Zooey”, no será ni la mitad de divertida, ni tan fácil de leer. Es la diferencia entre una historia ágil, con aire de travesía urbana, y otra en la que la acción se queda reducida a un diálogo, casi teatral, entre dos personas encerradas en un ámbito limitado. Por eso llama tanto la atención, que Salinger utilice aquí un estilo tan exactamente igual al suyo de diez años atrás, sobre todo considerando las enormes diferencias entre ambas historias. Resumiendo, parece evidente que la clave del éxito popular de “El guardián entre el centeno” reside en su carácter lúdico, mientras que el carácter intelectual de “Franny y Zooey”, podría estar en el origen de su buena acogida por la crítica literaria. Termino aquí la conexión entre ambas novelas y paso a la que nos ocupa, resaltando la decisiva importancia que la escritura de Salinger tiene en el balance final de su lectura. Su estilo es asombrosamente eficaz. Aparenta cierto descuido inicial, cierta reiteración, abundancia de frases hechas, abuso de expresiones convencionales sacadas del habla coloquial, continuas coletillas y muletillas, interjecciones repetitivas, o adjetivos ampulosos aplicados indiscriminadamente; en fin, toda una carga estilística que remite al lenguaje sonoro y de pretendida naturalidad con que se expresaban los jóvenes de aquella época. Y obsérvense también, algunos ejemplos de ello que no dejan de repetirse profusamente en el texto: “Quiero decir que… Por Dios santo. ¿Quién demonios dice? Santo Dios. Genial, eso es realmente genial. Por el amor de Dios. ¿Sabes a qué me refiero? ¡Dios! Ha ido al dentista, o algo así. ¿De veras? ¡Dios Todopoderoso! Quieres largarte de una condenada vez. Demonios. ¿Quién diablos se está riendo? Maldita sea. En serio. Si no fuese tarde y todo eso“ Sin embargo, si somos capaces de, tras unas cuantas páginas, dejar atrás el mareo que produce ese lenguaje titubeante y lleno de tics y de juramentos y exabruptos, veremos que su texto trasciende enseguida, dejando ver un estilo fresco, ágil, y también recio y muy expresivo, que nos lleva a leer sin esfuerzo y a comprender perfectamente todo lo que intenta transmitir su autor; y cuando digo todo quiero decir TODO, no sólo la literalidad, también lo subliminal y lo sugerido entre líneas. Y para conseguirlo no utiliza sólo los sentimientos y los diálogos, se apoya también en los ademanes, en los gestos, en las actitudes corporales, en la recreación de una multitud de detalles aparentemente innecesarios, en un afán de reclamar la atención del lector hacia las circunstancias del entorno, como la comida que se le queda fría a Franny, o el tamaño de los servicios del restaurante, o la minuciosa relación de insignificantes objetos que aparecen en el armarito de baño que su madre revuelve buscando no se sabe qué, o el profuso e inagotable inventario de cosas que hay en el salón de los Glass, incluido el gato Bloomberg (¿?), y un piano de cola con la tapa abierta. Se concluye que lo que Salinger persigue, con el recordatorio machacón de todos esos detalles, es componer en la mente del lector un espacio lo más alejado posible del vacío, que mantenga levemente ocupada la imaginación del lector, predisponiéndola a digerir el complejo parlamento de los protagonistas. Ahora empiezo a entender mejor la naturaleza del encanto especial que suscita “El guardián entre el centeno” cuando se lee, o al menos, el que suscita en aquellos que perciben ese encanto, que no son todos ni mucho menos. Hay una conclusión inmediata a extraer, que es que este hombre escribía fácil y bien, lo que, antes que nada, le permite pisar algo parecido a una “tierra de nadie”, que una vez ocupada, le asegura el resultado; así la novela será entretenida o un tostón, atraerá o repelerá, parecerá buena o sólo regular, pero si el autor se ha dado el lujo de escribir fácil y bien, todos esos juicios se decantarán a su favor y nunca en su contra. Esa, creo yo, es una de las razones del éxito de Salinger, y más aún en esta novela de características tan especialmente difíciles. Y llegado a este punto es inevitable hablar del tema de la novela, que, adelanto ya, no es fácil. Trata, según avancé al principio, de la insatisfacción juvenil, entendida como la certeza de saber que la vida es un sinsentido que bloquea al sujeto, que le hunde en la amarga convicción de que nadie le entiende, y que encima, le hace ser visto visto como un marciano de la más rara especie. La historia de estos dos jóvenes se inscribe en el contexto de la familia Glass, ya presente en algún otro libro de Salinger. Se trata de un matrimonio neoyorquino con siete hijos, que son especiales, entre otras cosas, por ser extraordinariamente inteligentes; Franny, universitaria, de veinte años y Zooey, actor, de veinticinco, son los pequeños. La trama que se ventila en la novela, aborda los conflictos emocionales de su familia, como su inteligencia, sus circunstancias, su problemática cohabitación, y otras muchas cosas parecidas, que les abocan a la inseguridad y a la angustia. A ese panorama de desquiciamiento que, por otro lado, es consustancial a los Glass como la familia excéntrica que es, hay que añadir la obsesión que Franny tiene con el libro de un predicador y visionario ruso, que le incita a la búsqueda del sentimiento religioso y de la personalidad de Jesús, lo que es chocante en alguien que, como ella, nunca tuvo educación religiosa. Este conjunto de ideas hace crisis en su mente, llevándole a recurrir como único antídoto, a la formidable inteligencia de su hermano Zooey, que en aplicación de su irrefrenable elocuencia, desmenuza todo mientras intenta convencer a su hermana de que sólo debe preocuparse por lo que verdaderamente le interese. Bueno, pues no quería llegar tan lejos en la explicación de lo que ambos hermanos debaten en la novela, porque su diálogo es muy complejo y cambia constantemente de asunto, de cuestiones suyas particulares a constantes digresiones familiares, formándose una amalgama de indescifrable sentido, si lo tiene, cosa que dudo. Digo esto porque es imposible que mis palabras sirvan para explicar de qué va la novela, si acaso para hacerse una idea del cariz de estas conversaciones familiares, que, a pesar de la fluidez con que están expuestas, comportan una exposición con pasajes que obligarán al lector a seguir itinerarios oscuros, empinados, retorcidos, y abruptos, sin saber ni intuir siquiera, a dónde le lleva el autor. Esto, con cualquier otro escritor sería duro, con Salinger, mucho menos. Si esta novela, con los mismos protagonistas y el mismo asunto, la hubiese escrito otro, el resultado hubiese sido muy árido, en tanto que, escrita por él, se lee bien y, en general, se disfruta. Personalmente, la razón que me permite disfrutar con sus novelas, es la satisfacción que sé me provocará leer cualquier texto suyo, sea el que sea, e independientemente de cuales sean sus personajes y su trama. En “Franny y Zooey” los personajes son interesantes, la trama no; o, al menos, es casi inexistente y tiene poca entidad en sí misma. Esto de encontrar una lectura excelente que, sin embargo, trata un tema de poca enjundia y mucha levedad, me recuerda lo que me pasa a veces leyendo a Henry James, un autor con algunas novelas de tema presumiblemente insustancial, que pese a serlo se siguen leyendo con gusto por el simple hecho de estar escritas por él. Son novelas de argumento insuficiente, a las que les saca un magnífico partido con su manejo de conflictos internos, angustias personales, análisis psicológicos, y otras cuestiones por el estilo, que configura y desarrolla con diálogos frescos y jugosos que acaban por insuflar carácter a un argumento que, a priori, no lo tenía. Claro que, en esta comparación postrera y forzada entre estos dos escritores casualmente nacidos ambos en Nueva York, la diferencia obvia está en los temas a tratar, porque pesan demasiado los cincuenta años largos que separan la mentalidad propia de la “Belle Epoque” con el naciente inconformismo de los jóvenes rebeldes e inseguros, aunque superdotados, de los años cincuenta del siglo XX. En “Franny y Zooey” ocurre algo parecido. Su argumento es indefinido, casi no existe trama, el atractivo hay que encontrarlo en la agudeza y la elegancia del contenido de los parlamentos. Se disfruta mucho su lectura, en tanto que se está leyendo a un Salinger que sabe gestionar perfectamente esa coyuntura. Ahora bien, mi balance global es inferior al de “El guardián entre el centeno”, novela que reúne buena lectura y buena trama, completando un resultado notablemente mejor.

1 comentarios, puntuación: 5 con 5 votos
Escrita 8 de Mayo de 2016
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