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TRÓPICO DE CÁNCER

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Portada de TRÓPICO DE CÁNCER

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Autor: HENRY MILLER
Título original: Tropic of Cancer
ISBN/ASIN: 9788466369503
Género: Literatura contemporánea
Editorial: PUNTO DE LECTURA
Fecha de publicación: 1934
Fecha de edición: 2007
Número de páginas: 384

Sinopsis:
Una novela que dinamitó los credos y las convenciones de su época, provocando un escándalo que durante décadas veló su calidad de clásico, hoy unánimemente reconocida.

 
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PROFETA NEUROSIFILÍTICO
5 con 7 votos

No sé en qué momento una diosa-prostituta inspiró a Henry la neurosífilis, pero fue el mejor regalo de su musa. Afirma mi edición que el autodidacta Henry Miller -nacido el año de la muerte de Melville- aspiraba a ser un “gran” escritor tradicional al modo de Dostoievski o Balzac. Sería debido a sus fracasos vitales y literarios, y no a un afán de innovación radical más propio de la alta cultura, que se vio empujado a asumir una senda radicalmente distinta, la senda del perdedor. No dudo de la influencia de estos genios en el autor, y mucho menos de la de Withman y Joyce; pero no puedo evitar representarme a este narrador y personaje como un proyecto fracasado de Ferdinand. Céline logró desde el “romance autobiográfico” -así llamó Miller a sus propias novelas- hacer una obra revolucionaria pero total en el sentido que aspiraban los autores decimonónicos: condensó una época y una cosmovisión en un libro. Creó una novela riquísima y variada pero coherente, renovadora pero lírica, furiosa y sin embargo meditada, con infinitas lecturas. Henry trató de hacer lo mismo radicalizando el sustrato autobiográfico. Decía “Todo lo que sé, todo lo que soy, quiero meterlo en este libro”. Henry ES el libro, y no hay mayor condensación de una época, su historia y una cosmovisión del mundo que un ser humano volcado en el papel. Pero Henry Miller no es Ferdinand Céline, ni de lejos. Por suerte supo sustituir el genio de éste por el exceso, el delirio y la brillante verborrea propia de un furioso brote neurosifilítico que ya había inspirado a otros genios dionisiacos.

El París en que vivió Henry no es la hermosa capital romántica del turista, ni la estimulante capital artística del burgués entregado a las vanguardias; es el París sórdido de las putas, los sablazos y los bajos fondos. Es la preciosa dama de ojos gélidos y chancros bajo el visón que, una vez seducido con sus encantos y belleza, te succiona la vida hasta abandonarte sucio, desangrado y desecho, flotando en el fondo del Sena, junto al cráneo de Luis XVI, los huesos exhumados de Mirabeau, las víctimas de Vichy y los cuerpos argelinos en proceso de descomposición. Paris es como la vida, no importa su hedor a cadáver volverías a acostarte con ella. Este es el Paris y la vida que desfilan purulentas por las páginas sin ninguna coherencia, goteando sin orden ni concierto como babosas purgaciones. Mi edición detecta claras gotas de nostalgia por la verdad y la belleza pérdidas para siempre, como Mona… Yo no veo gotitas de nostalgia en el narrador. Sí cierto dolor amarillento al mear su alma rescrita en el folio en blanco. Pero sobretodo detecto, la furiosa paz de un hombre que se ha aceptado a sí mismo, que ha aceptado la necesidad de la hecatombe, un hombre valiente capaz de aceptar una vida reducida a la biología. El amor y la amistad flotan siempre sobre la certeza del hambre, el sexo, la enfermedad, la carcajada, el alcohol, la libertad y las purgaciones. Al final, todo se reduce al dinero y la generosa imposibilidad de gestionarlo. Pura verborrea sin vertebrar. No hay más coherencia que Henry y Henry es un profeta. Comienza sobrio. Un Pernod, una carcajada irreverente, unas copas de hilarantes provocaciones y no hacen falta más vapores. Henry se eleva. Entra en brote neurosifilítico. Golpea con furia, poseído, las teclas de la máquina. Henry ha decapitado a Apolo y su oráculo es el de Dionisos. Tan críptico como zafio, no me importa admitir que a veces me pierdo en sus elevados delirios. No importa, es la divina verborrea sin sistematizar que puedes seguir por intuiciones. Henry rompe con todo, vomita su cosmovisión. Se calma el brote. Acaba la bacanal. Comienza otro capítulo. Sé bien que hay algo fascinante en esas impredecibles noches alcohólicas y bizarras de dejarse llevar, discutir, desvariar y ser arrastrado por la suciedad de la noche, guiado por vapores etílicos y otras pulsiones instintivas.
Acabo el libro. Ha salido el carro de Apolo, y estoy despierto, desnudo en mi cama. La habitación apesta a sudor y alcohol. Buceo en la resaca. No recuerdo gran cosa de la noche, pero estoy seguro de que el viaje no llegó al fin de ella. Sin recuerdos concretos salvo surrealistas salpicaduras, siempre rescato de los naufragios de la resaca, la certera sensación de una gran noche. Sé que pronto volverán esas ansias heraclitianas de romper con todo con la energía inaudita de alguien como Henry; hasta entonces, con el fantasma de la culpa, la vergüenza y la moral burguesa acechando de nuevo, pienso en Ferdinand y el auténtico valor de sus obras.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 7