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EL TIEMPO RECOBRADO (EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO #7)

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Autor: MARCEL PROUST
Título original: Le temps retrouvee
ISBN/ASIN: 9788426417183
Género: Literatura contemporánea
Editorial: LUMEN
Fecha de publicación: 1927
Fecha de edición: 2009
Número de páginas: 464
Saga: EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO (7)

Sinopsis:
El séptimo y último volumen de En busca del tiempo perdido. En este último volumen se entretejen todos los hilos dispuestos a lo largo de la gran novela y Marcel se reencuentra con todos sus amigos, esta vez decrépitos y envejecidos. Destruida la belleza. Cercana la muerte. Este es el volumen más otoñal y melancólico de la serie.

 
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HIER, J'AI RETROUVÉ LE TEMPS
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Creo que el pasado vive aún en nosotros, dormido. De alguna manera, lo sostenemos con nuestro ser-presente, como he podido entender de mi lectura de Sartre, de modo que el pasado depende del presente y no al contrario, pues el presente es la nada, y el pasado no es ya… y somos impotentes para despertarlo. No hay nada que podamos hacer voluntariamente para darle vida de nuevo, para traerlo al presente; como mucho podemos tratar de recordar, pero este es un trabajo absurdo: la memoria voluntaria fracasa en su intento de resucitar el pasado: se pierde en el abismo oscuro del olvido. Pero a veces, puede que tan solo unas cuantas veces en la vida, ocurre algo maravilloso, acaso lo más maravilloso que puede ocurrirle a un ser humano, pues lo convierte por un instante en un ser extratemporal, no sometido a las leyes del tiempo, y ya no teme a la muerte: ocurre que un sonido, una mirada, un sabor o un aroma nos traen de vuelta un momento pasado (pues no sería correcto decir que nos transporta a ese momento del pasado, no; ahí reside la magia del acontecimiento: nosotros seguimos aquí físicamente, condenados al momento presente, pero entonces el pasado viene a coincidir de un modo perfecto y feliz con el presente, y es entonces cuando trascendemos las leyes del tiempo y escapamos al olvido y a la muerte) y durante unos segundos nos invade una alegría inmensa, que es en realidad una tristeza sagrada, que quisiéramos sentir para siempre, pues es más hermosa que cualquier felicidad a la que podamos aspirar. Y esa belleza invade nuestra alma, y tristes, somos felices.

Hace unas semanas, mientras leía “La prisionnière”, me asaltó una angustia enorme, pero terriblemente hermosa: hasta tal punto mi alma sentía como suyos el dolor y las tristezas del narrador, de Marcel, por Albertina. Pero, a pesar de estar continuamente al borde de las lágrimas, estas no llegaban: no soy muy de llorar, yo. Entonces, tuve uno de esos accesos repentinos de humor negro, muy frecuentes en mí por otra parte, sobre todo en los momentos más inoportunos, quizás como consecuencia de mi temperamento irónico, me dije, quiero pensar que medio en broma: “Pablo, si al terminar esta Obra no has derramado ni una sola lágrima, es que te has endurecido demasiado, y ya no llorarás nunca más, pues si Marcel no consigue arrancarte unas lágrimas, ¿quién lo hará? Más te valdría dejar de existir.” Y tan solo un par de páginas más tarde (pues cuando se lee un libro tan maravilloso, vosotros lo sabréis de sobra, el tiempo se mide en páginas) me topé con esta frase: “El amor es el tiempo y el espacio hechos sensibles al corazón.” Y entonces lloré más que en los últimos tres años, pues, tal y como dice Marcel al final de “Le temps retrouvée”, leí en mí mismo a través de su obra, y lo sentí como una verdad dentro de mí: es que es verdad. Cuando amamos, queremos poseer, no solamente a la persona que amamos, sino cada momento de su vida, cada lugar donde se encuentre: queremos poseerla en el tiempo y en el espacio. Y si lo conseguimos, dejamos de amar: pues solo puede amarse lo que no se posee por completo. Pues el amor es ese deseo de poseer, y una vez apagado ese deseo nos invade un hastío patético. Nunca estamos satisfechos: la felicidad es imposible, al menos concebida como algo duradero, prolongable en el tiempo, no como yo la concibo: momentos fugaces de éxtasis extratemporal en que escapamos al olvido y a la muerte.

Y entonces, recurriendo a otra frase de Marcel, que transcribo aquí de memoria: “¿Cómo tenemos el valor de desear seguir viviendo en este mundo, donde el amor no nace sino de la mentira y consiste solamente en que calme nuestros sufrimientos la persona que nos los provoca?” No lo sé: yo, como Sartre, descreo de la voluntad de poder. Como él, al menos en su primera etapa, pienso que todo nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad. Y aún así, siento que ha merecido la pena vivir solamente para leer a Proust, y que aún merece la pena. Acaso es que creo que el dolor es preferible a la nada, como Harry Wilbourne al final de “Las palmeras salvajes”: “Between grief and nothing, I will take grief.” Pero, ¿cómo es posible que lo que hace un momento me empujaba (al menos en forma de reflexión, no me gustaría que esto se malinterpretara) hacia la muerte, dos páginas después me empujase hacia la vida, sin nada, sin ningún mensaje optimista al que agarrarme? No puedo evitar acordarme de ciertas palabras atribuidas a Borges por su amigo Bioy-Casares: “En Proust siempre hay luz, hay sol, hay matices, hay sentido estético, hay alegría de vivir.” Porque sí: a pesar de todas las decepciones, el amor que se disuelve en el olvido y muere en la indiferencia, la idealización frustrada, las angustias, el spleen de la vida mundana… en Proust siempre hay un nuevo deseo, una nueva belleza: alegría de vivir. Me temo que estoy abusando de las citas, pero no hay otro modo de decirlo; acaso sean verdad aquellas palabras de Anna Karina en “Vivre sa vie”, mi película favorita: “Creo que somos siempre responsables de lo que hacemos, y libres (…) porque todo, todo es hermoso: no hay más que interesarse por las cosas y encontrarlas bellas.”

Siempre me ha sucedido algo extraño: mi memoria no funciona como la de la mayoría de la gente. Los hechos, incluso aquellos que han resultado decisivos en mi vida, los recuerdo muy confusamente, como envueltos por una densa niebla, pero los pequeños detalles que pasan desapercibidos para la mayoría, esos se me quedan grabados para siempre. De este modo, puede ocurrir que alguien me pregunte: “¿Recuerdas aquel día que estábamos en X lugar y A me dijo tal cosa.” Y contestar yo: “No, pero recuerdo que una mariposa blanca pasó sobre su rostro.” Siempre me he considerado poco observador y disperso. Pero acaso los hechos no sean importantes: tal vez sean solo el marco necesario para que tengan lugar pequeñas cosas llenas de belleza. Y es que no son pequeñas, son mundos: si las vemos tan pequeñas es porque estamos muy lejos de ellas. Un gesto, una palabra, un pequeño defecto de pronunciación… nos parecen cosas insignificantes, pero Marcel construye catedrales con eso.

Ocurre que Marcel no solo me anima a vivir, sino también a trabajar. Yo, perezoso, siempre me decía: “Bueno, Marcel es el mejor escritor de la Historia y no empezó a escribir en serio hasta pasados los cuarenta años, no te angusties.” Pero, (spoiler) en “Le temps retrouvé” Marcel descubre que el único modo de prolongar ese momento feliz de éxtasis extratemporal, de traerlo al presente para hacerlo eterno, de recuperar el Tiempo Perdido y no perderlo un segundo después es escribir un libro. Solo en la obra de arte las personas que hemos conocido, los momentos que vivimos, pueden cobrar vida de nuevo y ser eternos. Lo que antes era para mí una excusa para no escribir ahora me obliga a hacerlo: quiero hacerlo. No es que aún no haya escrito nada, pero muy, muy poco. Sin embargo, recuerdo que cuando terminé mi primer cuento, hará casi dos años (no he conseguido terminar nada desde entonces) sentí algo parecido a la felicidad, sentí que había creado algo hermoso de lo que estar orgulloso, y lo leo ahora y sé que es bueno, que tengo talento, que puedo ser un buen escritor, y que merece la pena haber vivido para escribir seis páginas de Belleza, y merece la pena vivir para escribir más. No aspiro, ni mucho menos a… ni me atrevo a decirlo, sería sacrilegio: “À la recherche du temps perdu” es lo más hermoso que haya venido al mundo jamás. Pero tal vez yo pueda ser un buen artista.

Me enamoré de Marcel desde la primera frase (de “Un amor de Swann”, pues, por una bonita casualidad, yo, sin saber quién era Marcel, comencé a buscar el Tiempo Perdido por la segunda parte del primer tomo) me la sé de memoria (y eso que es muy larga, lo que no extrañará a los lectores de Proust), empieza así: “Para entrar en el “cogollito”, en el “clan”, en el “grupito” de los Verdurin…” y continúa casi el resto de la página. En vano trataría de reunir en esta reseña, por llamarlo de algún modo, porque no es exactamente una reseña, sino más bien un “nosequé” de mi amor por Marcel, mis momentos favoritos de la Obra, que concibo, al igual que Marcel, como un todo: más de 3.000 páginas, varios cientos de personajes… y solo puedo ponerle una pega (la misma que le puso Tolkien a su “Señor de los Anillos”: es demasiado corta. Desearía que durara para siempre; algún día la leeré de nuevo, pero entonces será en francés… En mi corazón quedarán para siempre el aroma de la magdalena, los espinos blancos, Balbec, las catleyas, el salón de la duquesa de Guermantes, Albertina, Odette, Gilberta, el barón de Charlus… mentiría si dijera que no me gustaría vivir allí, ser Marcel, tomar el té con madame de Marsantes, pasear del brazo de Gilberta por Tansonville… pero estoy aquí, vomitado al mundo, condenado a existir aquí… soy ser-aquí, como diría Sartre, ser-en-el-mundo… y la vida es proustiana.

PD: para los “proustianos” que hayan terminado la obra, recomiendo una película muy poco conocida de Raúl Ruiz, llamada “Le temps retrouvée”, basada en el último tomo de la obra, que si bien no le hace justicia ni de lejos (es imposible), es una adaptación hecha con mucho respeto, con algunos momentos realmente hermosos, que merece mucho la pena ver, y que no ofenderá a ningún amante de Marcel. También me gustaría recomendar la adaptación al cómic de Stéphane Heuet, de la que ya he hablado en otra reseña. Y para los que tengan la suerte de no haber leído todavía a Marcel, hacedlo cuanto antes: yo puedo decir sin duda alguna que, en mi corta existencia, es lo más maravilloso que me ha sucedido nunca.

Y recordar ahora que todo empezó así: Longtemps, je me suis couché de bonne heure…

Escrito por _926_ hace mas de un año, Su votacion: No ha votado