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LA SOMBRA DEL CIPRÉS ES ALARGADA

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Autor: MIGUEL DELIBES
ISBN/ASIN: 9788423339143
Género: Literatura contemporánea
Editorial: DESTINO
Fecha de publicación: 1948
Fecha de edición: 2007

Sinopsis:
El protagonista de esta novela, es, como en tantas de sus obras, un niño. Pedro, huérfano desde la infancia, va a parar para su educación a Ávila, al hogar sombrío de don Mateo Lesmes, quien le inculcará la creencia de que para ser feliz hay que evitar toda relación con el mundo, toda emocion o afecto.

 
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CUPRESSUS OMNIPRESENTES
4.83 con 6 votos

Después de decidir que mi próxima lectura iba a ser de Miguel Delibes, no sé por qué, elegí esta novela en vez de otra. Pensando ahora en ello, veo que El camino, Diario de un cazador, La hoja roja o El disputado voto del señor Cayo, podrían haber sido elegidas con iguales o mejores razones que La sombra del ciprés es alargada; pero no dudé y fui directamente hacia esta última. Sospecho que la clave está en el título, ya me produjo confusión tiempo atrás por mi querencia a relacionarlo con Los cipreses creen en Dios, una novela de los años sesenta basada en la guerra y escrita por Josep María Gironella, con notable éxito de ventas y que gozó del beneplácito y la consideración del antiguo régimen. Se puede apreciar en el título que también hay cipreses…, pero bueno, la referencia es lejana, y la antigua confusión que pude tener con Gironella y sus fervientes cipreses, estaba más que superada. Independientemente de posibles equívocos con otras obras, creo que el árbol de los cementerios intervino en mí decisión por su simple presencia, estaba ahí, me sedujo y lo elegí. Pero no lo hice por su relación con los camposantos, que a mí me importa bien poco, sino por la significación del ciprés que, a mí modo de ver, es un símbolo perfecto de verticalidad afilada; pocos árboles son tan representativos de esa geometría aplomada; se me ocurren dos casos en los que se pudieran igualar sus formas; uno de ellos, los pinos de Valsaín en la vertiente segoviana del puerto de Navacerrada, con troncos de bellos tonos anaranjados y rectitud arquitectónica; otro, el de los bosques californianos de secuoyas, árboles rectos como columnas de un gigantesco templo vegetal; pero, en ambos casos, la rectitud intachable viene acompañada de la condición de bosque, que hace que se perciban más como una masa que, aun dominada por lo vertical es extensa, lo que refuerza la anchura en detrimento de la verticalidad. En cambio, el ciprés, de dimensiones más modestas, rara vez se planta formando bosque, si acaso hileras, como ocurre en la Toscana y en algunos paisajes mediterráneos en los que así se busca mitigar los vientos dominantes. En general, diría que el ciprés puebla nuestros cementerios, nuestros campos y nuestros jardines de una manera un tanto anárquica y diseminada, como si se resistiera a ser tratado por el hombre de una manera demasiado cerebral y controlada, por ello tiene toda mi simpatía y mi reconocimiento a su estética airosa, perfecta para un paisajismo de buscada apariencia natural.
Desconozco los criterios que suelen intervenir en la decisión de las personas que eligen el siguiente libro a leer, pero los que a mí me afectan están, como se ve, poco sujetos a normas racionales, y mucho, a ideas arbitrarias más basadas en lo subliminal, que en otra cosa. Así que pido disculpas por tan peregrinas reflexiones y empiezo a leer; y al hacerlo me encuentro con que la novela tiene un formato muy característico, que encaja bien con lo que yo habría imaginado de haberme visto previamente obligado a vaticinar su forma. Es una historia con protagonista niño y huérfano, situada en la ciudad pequeña, gélida, austera, y entrañable por sus recuerdos del pasado, que es Ávila, en la que Pedro comienza su andadura en casa de don Mateo Lesmes y su señora, que dan residencia y formación académica a algunos alumnos de circunstancias parecidas a las de nuestro protagonista. Allí, a sus doce años, Pedro se deja llevar por la magia del escenario castellano y vive una infancia en la que se combina el libre esparcimiento en las calles y en las afueras de la ciudad, con la dedicación y el esfuerzo académico. Sus experiencias y reflexiones de ese momento crucial, le hacen tomar consciencia de su posición en el mundo y sentir que va a dar inicio al primer capítulo del libro de su vida. En esas, Delibes se mueve como pez en el agua; su prosa brilla y da de sí todo lo que su enorme capacidad para transmitir intimismo permite, algo consustancial y casi obligado en este tipo de historias. No es que sea la bomba H, pero me gusta este arranque con el ambiente de posguerra que tan bien se presta a facilitar al lector su entrada, o mejor su inmersión, en aquel mundo doméstico, modesto, un poco misantrópico, familiar e intimista, con mucho de decadente y asfixiante, con la retórica atrozmente conservadora del momento y que es el producto inevitable de los años cuarenta y cincuenta, época en la que todo aquello tenía su razón de ser y era perfectamente explicable por más que lecturas descontextualizadas posteriores, puedan hoy contemplarlo como un mundo de personajes extraños, casi de extraterrestres. Para entendernos; leer el comienzo de La sombra del ciprés es alargada, es como leer a Carmen Laforet, a Carmen Martín Gaite, a Mercé Rodoreda, a Ignacio Aldecoa, a Ana María Matute, o al mismo Delibes en alguno de sus otros libros.
Así que hasta aquí, yo, feliz, porque me gustan estas cosas; pero de repente, me vino a la cabeza el recuerdo de un detalle; qué raro es, pensé, que el ínclito lector que honra a este entrañable club batiendo todos los records de lectura posibles, le haya atribuido un modesto 5 a esta novela a pesar de su estimulante comienzo y de ir en compañía de un nombre tan ilustre como el de Delibes. Y la explicación a esa contradicción no tardó en llegar. Porque con apenas un tercio del libro transcurrido, los acontecimientos viran, y lo que parecía que iba a ser una historia con niño que crece y que se va encontrando con la vida poco a poco, de repente, da un giro copernicano y la trama salta en apenas diez páginas del niño de trece años, al joven de diecisiete, que se va a estudiar la carrera de marino mercante a Barcelona. Consecuentemente, Ávila desaparece del panorama, y lo que era una novela de confortable trama provinciana (para mí al menos era cómoda), se transforma en algo parecido a Las inquietudes de Shanti Andía (nada menos), o sea, la historia de un huérfano que se hace marino que y se va a correr aventuras en las que, viajando por ahí, le pasa de todo. La diferencia fundamental, es que lo que Baroja pretendió con Las inquietudes… fue crear una genuina novela de aventuras, cosa que consiguió, mientras que Delibes, lo que pergeñó en La sombra del ciprés es alargada, es una especie de novela de tesis, en la que el protagonista reflexiona obsesivamente sobre temas, entre filosóficos y vitales, analizando machaconamente (se pone un poco pesado) la razón de ser de su propia existencia y la vinculación con su prójimo. Pérfida vida esta, nos dice Delibes, cuanto más felices somos con lo que amamos, más sufrimos al perderlo, cosa que invariablemente sucede antes o después. Inferencia obligada: “la teoría del desasimiento”; es mejor no tener nada y conformarse, que tener mucho y tener que lamentar su pérdida; es como aquel dicho que afirma que al rico le da más pena morirse que a los demás mortales, porque él es el que más va a perder con la muerte; o sea, mejor ser pobre. Yo no sé si estas cosas habrían podido enfocarse de otro modo en otras épocas, pero tengo claro que en aquellos años de posguerra tan influidos por la moral conservadora, un hombre como Miguel Delibes, adusto y proclive a la melancolía e imbuido de una animosa convicción en el asunto, creó una novela anacrónica y trasnochada; quizá veinte años después, él mismo, con este mismo tema, más experiencia y otra coyuntura social, podría haber creado una novela mucho más equilibrada, no lo sé. Lo que sí sé es que estas opiniones se emiten hoy, pasados sesenta y ocho años desde su creación y, a sabiendas de que tuvo éxito entre sus coetáneos y de que fue reconocida con el premio Nadal. Una explicación razonable a esta contradicción, podría ser considerar La sombra del ciprés es alargada, como un producto característico de su época que después, al cabo de los años, fuera de la atmósfera de posguerra y castigada por el imparable cambio de costumbres, se resiente inevitablemente.
Volviendo a la historia, vemos cómo la peripecia viajera de nuestro protagonista, ya un señor hecho y derecho, sufre y se ve forzada y poco creíble por la necesidad de que los acontecimientos se ajusten a la tesis y es entonces cuando el conjunto se tambalea, y el lector se distancia de una trama que, en ese último tercio, finiquita con frialdad y desafección; y eso que los sucesos de última hora están, obviamente, escritos por el autor con la clara intención de zarandear los sentimientos del lector con un final tremebundo; pero mí espíritu, al menos, no se zarandeó casi nada porque lo veía venir; y así terminé la novela, sin pena ni gloria, nunca mejor dicho. En resumidas cuentas, el libro va de más a menos; empieza brillante en su primer tercio, transita en el segundo en progresiva cuesta abajo, y termina, en el último tercio, como el que baja por un tobogán.
Me gustaría añadir, después de hablar tanto de la significación del ciprés, que su presencia en el título cumple una misión que no es baladí, quizá por pertenecer a la fase brillante de la novela, en la que el protagonista niño empieza a moverse por una trayectoria intensa y todavía plagada de contenido, en la que Ávila es el escenario principal. Y es ahí, en las afueras de la ciudad amurallada, donde el autor pone en boca de Pedro y de su amigo, unas inspiradas, simbólicas y poéticas consideraciones, sobre la relación entre la vida, la muerte, las sepulturas, la personalidad de la gente y las formas de los árboles; son reflexiones en perfecta coherencia con el hecho de provenir de niños de doce años, pero, a la vez, están repletas de inteligencia, ingenio y lirismo, y además, le da un significado preciso a la frase que da título al libro.
La conclusión que saco después de leer esta novela es que las obras propias de su tiempo, y hablo en general de cualquier tiempo, las más genuinas, las que mejor representan a la gente, y las que mejor reflejan la forma de expresarse de la gente, son las que ofrecen mejores resultados desde el punto de vista de la creación literaria. Mientras que, otras, quizá más ambiciosas, que se distancian de lo natural y lo auténtico y tratan de establecer complicados análisis, sean coyunturales, o sean intemporales, no es fácil que lleguen a ofrecer un resultado coherente por la dificultad de engarzar el mensaje en una trama sólida y equilibrada, resultando frías, artificiales y sujetas a que sea el tiempo, precisamente, el que las haga caer en la obsolescencia.
Es el caso de esta novela; tomada en su conjunto, no la puedo valorar bien; sí que puedo, como ya he puntualizado, hablar bien de su primer tercio, en el que se nos cuenta un retazo de la vida de su protagonista, sincero, bien hilvanado y enraizado en aquella sociedad. El resto, en cambio, peca de unas pretensiones que conducen a otro tipo de novela que a mí no me gusta y que además, en este caso, me parece deficientemente estructurada. Pero lo que es innegable, es que las cualidades de la prosa de Delibes, en esta su primera novela, están ahí, a pesar de que la experiencia que aporta el paso del tiempo le hiciera evolucionar a mejor posteriormente.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 6