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NAPOLEON EN CHAMARTIN ( EPISODIOS NACIONALES I #5)

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Autor: BENITO PÉREZ GALDÓS
ISBN/ASIN: 9788420672694
Género: Clásicos de la literatura
Editorial: ALIANZA
Fecha de publicación: 1874
Fecha de edición: 2001
Número de páginas: 240
Saga: EPISODIOS NACIONALES I (5)

Sinopsis:
El gran friso narrativo de los Episodios Nacionales sirvió de vehículo a Benito Pérez Galdós (1843-1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los españoles -guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares- a lo largo del agitado siglo xix. En NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN, de nuevo es Madrid escenario de las aventuras de Gabriel de Araceli. Su asendereada existencia y su amor por Inés lo llevan a la capital de España, a la que se aproximan los ejércitos franceses. Asiste -y con él los lectores, gracias a la viveza descriptiva del novelista- a la entrada del Emperador en la Villa y Corte. Sin embargo, por encima del hecho histórico predomina en este episodio un escenario de tipos y aspectos de la realidad cotidiana madrileña -artesanos, frailes, hombres públicos-, de cuya pintura es Galdós el gran maestro.

 
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¡QUÉ VIENEN LOS FRANCESES!
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De forma algo artificial -como toda ruptura de la unidad- podemos destripar el Galdós de los Episodios Nacionales como un autor a tres niveles: nivel argumental, nivel histórico/social y anecdótico (hay quien los divide) y nivel ideológico. Estos tres niveles están fusionados con tal maestría que hay que conocer en bastante profundidad la Historia de España de la época para poder separar con acierto la ficción -personajes como el Gran Capitán, imagino- de los históricos. Aun así creo que en esta entrega es más fácil estructurar una breve reseña según esta distinción que con las anteriores.

“Napoleón en Chamartín” sigue el hilo y la calidad de la anterior entrega. Gabriel ya está formado como hombre, ya es un español digno de elogio, asique por ahora Galdós parece más interesado en la evolución de su relación con la virginal Inesilla que en la del personaje. Gabriel ha descubierto el abismo social que le separa de Inés y se propondrá -y pactará con Amaranta- dejarla libre, rechazar sus aspiraciones con ella. Estará por ver a lo largo de la novela hasta qué punto la providencia y su voluntad serán capaces de persistir en este noble propósito.
En este punto, son más que destacables todos los encuentros de nuestro protagonista con la soberbia Amaranta, la joya de los episodios. Igual de novelesco y noble es el engrandecimiento moral y la honra del menesteroso Gabriel en estos encuentros. Pero mucho más interesante me parece el nuevo rostro de Amaranta, algo que ya se nos adelantó en la entrega anterior. La intuimos como una persona desdichada, que sufre la rigidez de las obligaciones de su condición, que sufre por el estado de su hija y por no poder hacer nada por ayudarla, que padece al ver rescribirse su pasado en el rostro de su hija (suponiendo que su pasado sea el que yo imagino. De momento solo lo saben ella y Santorcaz, y probablemente su madre). Don Benito nos muestra a Amaranta como un personaje inteligente, admirable y soberbio dividido entre una tierna humanidad que padece las injusticia de la rigidez social y la tradición, y su sangre noble, digna hija de su madre, arrogante, intrigante y clásica.
Mientras tanto… ¡vienen los franceses! Y con ellos aparecen y reaparecen otros personajes.

El Gran Capitán, Pujitos y Mañara, reaparecerán para mostrar el fracaso de la defensa de Madrid. Tras la victoria de Bailén, la primera capitulación del Imperio, Su Majestad Imperial Napoleón Bonaparte al mando de la Grande Armée decide entrar en persona a España, llegar hasta Madrid, su corazón, y colocar a su hermano en el poder. Lo que parecía ser una victoria popular se torna en derrota y probablemente termine en Guerra Civil. Nos enteraremos de las derrotas españolas que secundaran el paso de su excelentísima hacia la capital: Espinosa de los Monteros y la batalla de Somosierra. A esta última, Galdós con su metódico buen hacer decide dedicarle un capítulo entero.
Mientras los generales y la junta discuten, mientras se andan en triquiñuelas infantiles, el pueblo de Madrid debe prepararse para defenderse por sí mismo. Hasta los ancianos habrán de luchar. Pero, sean las malas artes de Morla, la habilidad diplomática de Napoleón, quien evitó humillaciones, o simplemente la mala preparación y el decaimiento popular, es un hecho que Madrid resistió poco y mal. Nada que ver con el prodigioso levantamiento del 2 de Mayo, y Galdós así dedica a esta comparación dos o tres párrafos muy bien escritos.
El papel de Pujitos en esta función será la de representar el papel del valiente madrileño embravecido en un momento y decaído en otro; Santorcaz será el español vendido a los franceses y el Gran Capitán el héroe de la función. Será este quijotesco personaje el que protagonice -junto a algún otro momento cargante que le disculpamos- algunos de los más emotivos pasajes de la novela. Me refiero en especial a la tierna y patriótica despedida con su mujer. Digno de alago es también la habilidad del autor al retrasar el emotivo relato del final de nuestro héroe para la última página.
Por su parte Mañara, basado en un personaje real, representa la ligereza del pueblo en sus pareceres. A quien adoran hoy, como uno más, como el favorito de los suyos, mañana deshonran, si no linchan. Y de paso se intuye una trágica historia de amor, debido a esta misma inconstancia pero ahora en nobles y en cuestión de amores. Decente caracterización de la fogosa mujer española, Zaina. Así, vemos al pueblo de Madrid más ocupado en acuchillar y linchar traidores que en protegerse de los franceses. Mientas, los nobles -Don Diego, Santorcaz, y el mismo Mañara- entre vacuas arengas, seguirán únicamente preocupados por su ocio… nobles parásitos.

Tendremos el gusto de conocer también al padre Salmón, y al padre Castillo (posible alterego del autor). Y con ello entramos en la dimensión ideológica. ¡Llegan los franceses! Y con ellos no solo los afrancesados -¡por fin!-, sino también las medidas liberales. Mientras, “El Semanario Patriótico” ilumina al pueblo no solo con arengas patrióticas sino con una ideología liberal -calificativo, por cierto, de origen español-, por primera vez se hablará de “democratismo” en España.
Se planteará de cuestión principal sobre la Guerra de Independencia: ¿fue un movimiento popular reaccionario a los franceses y a la entrada del “progreso” y nuevas ideas, una lucha virulenta con el fin de proteger la inquisición, la monarquía y el Antiguo Régimen; o fue un movimiento nacional y reformista que ansiaba la reformulación de la nación pero por boca de los españoles y no de nuestros vecinos gabachos y su rey de Copas? Galdós la reconoce como una pregunta sin respuesta. Pero personalmente, y desde la ignorancia, me temo -como indica la alta proporción de liberales afrancesados-, que el movimiento surgió como indican los primeros, pero por el camino -y no sin parte que agradecer a los franceses- España descubrió el significado de la soberanía nacional, y el poder del pueblo, capaz de librar una guerra sin déspota alguno. Y menos si es un lameculos adulador del emperador, quasi-analfabeto y rencoroso, de cuyas habilidades y dotes dudaba hasta su padre.
Tendremos también un catálogo de la literatura política de la época a manos de Amaranta, y los dos clérigos. Catálogo que mezcla una pizca de tedio con una ingenioso perfilamiento de las motivaciones intelectuales y políticas de cada personaje, al que añade una de las mayores reflexiones de la entrega. Ya comentada en otro lugar.
Aprovechando los personajes de los dos clérigos, Don Benito entra también a examinar una de las cuestiones más peliagudas de nuestra historia moderna: las desamortizaciones. ¡Llegan los franceses! Y con ellos se abole la Santísima Inquisición -así arda en los infiernos-, el derecho feudal, los aranceles de provincias; se libera la industria, y lo que es más importante: se reduce a un tercio el número de clérigos y conventos. Polémica medida la de estos franceses que pretenden dedicar la mitad del espacio de Madrid a cuestiones de estado en lugar de religiosas. Ninguna de estas medidas, como señala Galdós, es novedosa y ya habían sido planteadas con anterioridad, solo faltaba ponerlas en práctica. Aquí Galdós, sin renunciar a sus creencias liberales, hace uso de su habitual empatía, mirada de observador, justicia y dotes de comprensión y nos muestra la realidad de estos conventos. Me quedo con su sintética frase, perdón, la de Gabriel, tras mostrar a qué dedican los honrados clérigos su tiempo: “Dios ha puesto de todo en el mundo, y así como no hay nada perfecto, tampoco hay cosa alguna que sea rematadamente mala”. Baste decir, sin entrar en discusiones históricas y religiosas que me superan sobre las sucesivas amortizaciones (me suena de oídas un tal Mendizabal, una “cuestión religiosa” y cierta polémica actual), que, si no me equivoco (algo más que probable), las medidas tomadas por estos decretos napoleónicos, serían repetidas en la Constitución de 1812.


Desde luego, Don Benito tendrá muchas cosas, pero admito su habilidad como novelista, la agilidad de sus episodios y el ritmo que alcanzan por momentos. Y desde luego he de admirar la maestría con que aúna estos tres niveles; su capacidad para situar a Gabriel con plena naturalidad en lugar idóneo en el momento correcto siempre que es necesario; y sobretodo, sus tiernas dotes de comprensión y justicia para sus personajes, los problemas de España, sus polémicas y puntos de vista, huyendo siempre de las demonizaciones a las que los “valientes y honrados; fogosos y rencorosos españoles” estamos acostumbrados.

Escrito por Tharl hace mas de un año, Su votacion: 6