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LA MUJER DEL TENIENTE FRANCÉS

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Portada de LA MUJER DEL TENIENTE FRANCÉS

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Autor: JOHN FOWLES
ISBN/ASIN: 9788433906687
Género: Narrativa
Editorial: ANAGRAMA
Fecha de edición: 1995

Sinopsis:
En la Inglaterra de 1867, el joven Charles Smithson conoce a Sara Woosroff, a la que llaman «la mujer del teniente francés». Entre ambos nace un amor apasionado que chocará con la rígida moral victoriana. Jugando ingeniosamente con las convenciones de la novela decimonónica, el autor construye un brillante libro que relata una pasión, recrea minuciosamente el período victoriano y propone una aguda reflexión sobre el sentido último de la literatura.

 
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RETRATO DE LA ÉPOCA VICTORIANA
5 con 4 votos

Fantástica novela; imperdonable e incomprensible que no haya tenido más lectores (votos) por aquí.

La novela es un afortunado y exitoso intento de explicar la época y sociedad victoriana a través de una historia de corte victoriano y utilizando muchos recursos de la literatura de la época, aunque, como pasando por ahí, se realizan comentarios acerca de la nuestra

"... ellos se afanaban en edificar; y nosotros llevamos tanto tiempo demoliéndolo todo, que cualquier nueva construcción nos parece tan efímera como una pompa de jabón."

o lucubraciones filosóficas o políticas que valen para cualquiera de las dos.

"Lo que hace de la clase media esa particularísima mezcla de masa y fermento es su actitud eminentemente esquizofrénica frente a la sociedad. Hoy día se olvida a menudo que siempre fue la clase revolucionaria por excelencia; vemos en ella sólo lo que tiene de masa, a la burguesía como reducto de la reacción a lo largo y a lo ancho del mundo, siempre egoísta y conformista. Pues bien, esta ambivalencia procede precisamente de la única virtud que redime a esta clase, la cual reside en que, de las tres grandes castas de la sociedad, es la única que sincera y habitualmente se desprecia a sí misma."

(será que por fin se han dado cuenta y de ahí el actual empeño en cargárselaa toda costa)

La historia es también un cuestionamiento de la tarea de construcción de una novela y la caracterización de los personajes. El propio Fowles aparece en la narración en varias ocasiones, se comparte con el lector las dudas acerca del destino de los personajes, se ofrecen hasta tres finales alternativos a la historia.

Todo esto encontraréis en la novela, pero por supuesto leeréis también un fantástico relato de un romance de esos apasionados e imposibles tan propios de aquel período, aunque la perspectiva sea más actual, relatado con una ironía propia de la Elliot de Middlemarch, con personajes muy de la época -la mala dickensiana, pícaros, esos personajes bonachones y encantadores, la burguesía "egoísta y conformista"- aunque también están los protagonistas principales de un corte más complejo que el de aquellas historias, destacando el papel de la protagonista femenina, desconcertante.

Os animo a su lectura... o a sus lecturas, más bien. Por mi parte, en cuanto Anagrama lo reedite, leeré El Mago, en lo que será mi tercer Fowles (de paso recomiendo El coleccionista; hay una edición bastante reciente en la editorial Sexto Piso).

Escrito por Guille hace mas de un año, Su votacion: 8

MODERNO DRAMA VICTORIANO
5 con 3 votos

Tengo conceptuado a John Fowles, escritor inglés fallecido en 2005, como un magnífico creador de historias de muy marcada personalidad. En ésta novela intenta reproducir los mecanismos propios de escritores como Charles Dickens, Wilkie Collins, Elizabeth Gaskell, George Eliot, o de las hermanas Bronté, es decir, de los mejores escritores ingleses del siglo XIX. La acción se ubica en 1867, en medio del largo reinado de la reina Victoria de Inglaterra, pero el narrador (el propio escritor) sitúa sus comentarios en su época, en 1967, que es el año en que publica esta novela. Leyéndola se saca la conclusión de que fue escrita con la intención de analizar y fijar, desde una perspectiva moderna, la idiosincrasia propia del prototipo de ciudadano de la Inglaterra victoriana.

Vemos, además, que los capítulos podrían perfectamente dividirse en dos bloques claramente diferenciados. En el primero se incluirían los que describen los personajes, sus movimientos y los diálogos que recrean la compleja relación que conforma la trama. En el otro bloque, en cambio, se incluirían los capítulos que contienen una valoración de los comportamientos de esos mismos personajes, en los que sus decisiones se interpretan, se analizan y se comparan con otras parecidas de épocas anteriores o posteriores, con la aportación de múltiples citas de carácter literario, científico, jurídico o de cualquier otra índole que incidan en el asunto. Los capítulos que describen la acción y los que la comentan van continuamente intercalados, de manera que es como si conformaran dos libros entrelazados; uno sería una novela y el otro sería el ensayo que, simultáneamente, va analizando la trama de dicha novela en tiempo real. La lectura del conjunto es fácil, en tanto que utiliza un lenguaje sin especiales dificultades y su narración sigue una secuencia más o menos lineal en la que la alternancia temporal de los acontecimientos solo se ve modificada en algunos momentos puntuales. El talante del narrador es siempre jovial e irónico, en la mejor tradición del mismísimo Dickens, haciendo prevalecer un notable sarcasmo que hace muy gratificante el seguimiento de la trama. Utiliza además ese tono tan característico de los escritores ingleses que combina crítica, o incluso autocrítica, con racionalidad, humor, elegancia y sutil ironía, tratando siempre de salvaguardar la honorabilidad que se supone inherente al rol de los auténticos caballeros.

La novela traslada casi todo el protagonismo a la figura de Charles y reserva mucho menos para la de Sarah, que es la mujer a la que se hace referencia en su título. Charles es un caballero, y Sarah es una institutriz, el interés de Fowles por representar los conflictos internos de esa sociedad, en la que viven Charles y Sarah, está perfectamente justificado por el enorme juego que aportaban los conflictos amorosos —que se convertían en sociales de inmediato— al desarrollo del leitmotiv de la novela que, recordémoslo, busca diseccionar la sociedad, someterla a análisis, y extraer conclusiones. Para poder centrar al lector en ese asunto, el autor dedica bastantes páginas a hacer una descripción precisa del organigrama social de la Inglaterra victoriana, enumerando los distintos estratos en que se estructura ésta: los campesinos y sus penurias, las miserias de los barrios obreros, la numerosísima servidumbre al servicio de los más poderosos y una burguesía enriquecida por la prosperidad del comercio y la industria y así hasta llegar a lo más alto de la pirámide social en la que sitúa la arrogante y un tanto decadente aristocracia, formada por caballeros, ladys o gentleman, en sus múltiples categorías. Todo queda perfectamente especificado en los capítulos correspondientes, de tal forma que su exposición, aun siendo un tema recurrente en tantas y tantas novelas, sirve para situar adecuadamente el tema a tratar.

Podría pensarse por lo dicho, que ésta no es la única novela decimonónica con este formato y que muchas otras también comparten la división en capítulos descriptivos y capítulos analíticos, como pasa en la misma obra de Dickens, de Gaskell, y sobre todo de la magnífica escritora que fue George Eliot. Pero es que aún faltaría por señalar el importante matiz, evidenciado por su contenido analítico y psicológico, que acerca la novela al estilo de Henry James y la aleja un tanto de los autores antes mencionados de carácter más claramente decimonónico. Ese matiz es la incursión de la novela en el terreno de la metaficción literaria, que le hace trascender de su carácter victoriano para convertirla en una obra decididamente moderna. Fowles utiliza los capítulos más analíticos para juzgar las decisiones de los personajes, pero sobre todo para introducir en sus comentarios la voluntad de su personaje protagonista (Charles), por supuesto, sin que este se sienta personalmente concernido, razón por la que pone al crearle un interés especial en que disponga de todos los atributos que conforman una personalidad completa y el más importante de ellos, e inseparable de cualquier carácter moderno, es el libre albedrío, del que se jacta orgulloso el protagonista en una velada que comparte con el personaje del médico en un capítulo, por demás, memorable. Así, las decisiones de Charles se empiezan a escapar a las capacidades de su propio creador, lo que da pie al pique dialéctico en el que se enzarzan personaje y autor, un poco al estilo de lo que hicieron algunos autores de la primera mitad del siglo XX, como Unamuno en “Niebla”, o Pirandello en “Seis personajes en busca de autor”, que trataron situaciones parecidas. Por eso decía antes, que el narrador es omnisciente y, por serlo, sabe todo lo relativo a la narración, pero con la especial salvedad de que, en este caso, no podría saberlo todo si el protagonista consiguiese domeñar la voluntad del autor. En realidad, tampoco queda muy claro si la experimentación a que se lanza en los capítulos más analíticos conduce a conclusiones realmente brillantes o es un simple ejercicio de lucimiento dialéctico; pero da un poco igual, porque, independientemente de su éxito o fracaso en dicho cometido, se puede afirmar que este asunto de la metaficción literaria da lugar a las páginas más brillantes de un libro que, de esta manera, adquiere una trascendencia muy superior a la que hubiera tenido de haberse ceñido su autor a desarrollar una trama estrictamente convencional.

En los años ochenta y con el mismo título, el director Karel Reisz adapta esta historia al cine, tomando como protagonistas a Jeremy Irons, en el papel de Charles, y a Meryl Streep, en el de Sarah. No recuerdo que me pareciera una película muy convincente, desde luego menos que la novela, pero no sé si ello fue porque no presté la debida atención a su visionado, o sencillamente, porque la densidad de la obra literaria la hace poco adecuada para ser llevada a la pantalla; el caso es que la adaptación me pareció digna pero no me entusiasmó. Sin embargo es muy de agradecer su mera existencia, por cuanto nos permite disfrutar de la acertada elección de los actores principales y de las ventajas que ello comporta para quien lee, que pasa toda su lectura visualizando mentalmente los rostros de ambos actores (si es que ha visto la película), con la clara idea de que ninguna otra pareja de actores podría haberles igualado —cosa que no es cierta porque otros actores con toda seguridad podrían haberlo hecho igual de bien—, pero creerlo le aporta al lector esa satisfacción propia de las emociones que entran en la mente por los ojos y no por la imaginación, que es como, normalmente, transcurren las cosas en toda obra literaria.

Es muy curiosa, la ubicación del arranque de esta novela en el mismo lugar exacto en que se desarrolla la parte más decisiva de la novela “Persuasión” de Jane Austen. Las primeras páginas de “La mujer del teniente francés”, tienen como escenario, el espigón que protege una pequeña dársena deportiva, llamada “The Cobb”, que hay en mitad de la playa de la localidad turística de Lyme Regis, en la fachada Sur de la Gran Bretaña, que es, por otra parte, el lugar en el que vivió John Fowles hasta su muerte en 2005.

Escrito por sedacala hace 2 meses, Su votacion: 8