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MUERTE DE UN VIAJANTE

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Autor: ARTHUR MILLER
ISBN/ASIN: 9788483104651
Género: Literatura contemporánea
Editorial: TUSQUETS
Fecha de publicación: 1949
Fecha de edición: 2005
Número de páginas: 160

Sinopsis:
Cuando en 1949 se estrenó en Nueva York Muerte de un viajante, obtuvo de inmediato un éxito que catapultó a la fama a Arthur Miller, hoy convertido en todo un clásico del teatro norteamericano del siglo XX. Llevada innumerables veces a las tablas en todo el mundo, y en varias ocasiones a la pantalla, más de cincuenta años después de su estreno esta obra ha pasado a ser un símbolo de la tragedia del hombre corriente en una sociedad que lo aniquila y de la inutilidad del sacrificio. Willy Loman ha trabajado como viajante de comercio durante toda su vida para conseguir lo que cualquier hombre desea: comprar una casa, educar a sus hijos, darle una vida digna a su mujer. Tiene sesenta años, y está extenuado; pide un aumento de sueldo, pero se lo niegan y acaba siendo despedido "por su propio bien", pues ya no rinde en su trabajo como antes. Todo parece derrumbarse: no podrá pagar la hipoteca de la casa y, para colmo, sus dos hijos no hacen nada de provecho. ¿No se ha sacrificado él siempre para que estudiaran y se colocaran bien? A medida que avanzan las horas, la avalancha de problemas crece de modo imparable, pero Willy vive otra realidad, en otro mundo: ¡ha soñado con tantas cosas!... Ha sido un perfecto trabajador, un perfecto padre y marido: ¿dónde está el error?, ¿en él o en los demás?

Etiquetas: Adaptación al cine, Adaptación televisiva, Pulitzer

 
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EL FRACASO
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Mi pretensión al escribir esta reseña, ha sido facilitar una información clara y precisa del asunto, al objeto de evitarle sorpresas al lector; y creo que una buena manera de hacerlo es fijar el estado de ánimo del protagonista. La sinopsis del libro esboza ya su frágil posición y yo, además de añadir algunos datos, lo que hago es, simplemente, extender un poco más el comentario en esa dirección. Como obra de teatro, que es, tiene pocas páginas, pero son tan densas que comprimirán el ánimo de los que lo lean por pura diversión. En cambio satisfará plenamente a aquellos que suelen encontrarse a gusto con el drama. Miller llevó a los escenarios el fracaso de un hombre corriente, planteado como la representación de la hecatombe de un individuo cualquiera en su desenvolvimiento social. Quien muere por accidente o enfermedad, muere por una desgracia, es algo inevitable; la inadaptación social, en cambio, es teóricamente evitable, aunque a sus víctimas no se lo parezca tanto. El autor analiza las condiciones sociales en que se mueven los trabajadores manuales, o los vendedores a comisión (el protagonista lo es), que viven permanentemente sujetos al riesgo de quedar sin empleo. Si lo pierden, las penurias económicas y los problemas de relación asociados a ellas, pueden sacarlos del engranaje y dejarlos descolgados, como fagocitados por un sistema, cínico y perverso, que obliga a aparentar una entereza inexistente.

Eugene O´Neill y Tenesee Williams, llevaron a los escenarios americanos dramas con personajes abruptos enfrentados a situaciones personales turbulentas. Arthur Miller, sin salirse de esa línea de dramatismo descarnado, desplaza los problemas al terreno de lo social. En este drama de 1949, critica duramente la presión que ejerce la sociedad de consumo sobre los trabajadores, forzándolos a cumplir unas pautas que supuestamente les conducen al éxito, pero que les obligan a partirse el alma en ello, sin ninguna garantía de éxito. Es una exigencia que viene impuesta por el exultante clima económico y social que vive la América ganadora de la segunda guerra mundial. Como reto, promete alicientes: dinero, prestigio social y éxito mundano y por ello es bien acogido, incluso, con entusiasmo. Pero el brillo del reto esconde su dificultad, obnubilando la mente del que lo asume, que no capta bien la auténtica envergadura del desafío; luego el tiempo corre, el éxito no llega, y el compromiso adquirido se convierte en un lastre para el individuo; a algunos les estimula llevarlo, pero hay muchos que, simplemente, lo soportan, y otros son incapaces de cargar con él. Willy Loman es de estos últimos.

Esta es la historia teatralizada de la amargura que siente su protagonista, cuando comprueba el aciago cariz que está tomando su vida. Su edad predispone a mirar atrás, a hacer balance, y a ver qué hizo bien y qué hizo mal, y tratar, si es el caso, de modificar el rumbo; lo malo es que, cuando lo intenta, comprueba que el timón no le responde, que no tiene capacidad de gobierno, y que una fuerza invisible parece arrastrarle directamente hacia el abismo. En medio de la desesperación subsiguiente, hace un repaso de sus recuerdos: pasadas amistades, anécdotas del trabajo, celebraciones familiares, el trato con su entorno…; su mente revive fugazmente su pasado, como aquellos que van a estrellar su coche y visualizan su vida en instantes, en un repaso atormentado que amenaza con trastornar su ya escaso equilibrio mental. En el origen de su devastación moral, está el terrible desencanto que le arrasa desde que comprobó que no llegaba lo que esperaba encontrar como indefectible consecuencia de un sencillo proceso natural. Ve claro entonces que todo es distinto a su percepción previa, se da cuenta de que su visión del mundo se ha convertido en una amalgama de imágenes grises, sin formas ni colores. Casi todos hemos pasado alguna vez por esos momentos aciagos en que se tiene la deprimente sensación de que la vida se hunde en un vacío en el que, lo que antes brillaba por su colorido, ahora es gris, y lo que antes refulgía intensamente, ahora se pierde en las tinieblas. Con juventud, hay tiempo, fuerzas e ilusión y, por tanto, margen para reconducirlo todo, pero Willy tiene más de sesenta años, sus fuerzas flaquean, perdió la ilusión y, antes o después, la muerte o la imposibilidad de una vida digna, le acechan con aires de epílogo. La despiadada presión social que flota a su alrededor le abruma hasta hacerle sentir frágil y desorientado, y pronto comprende que el que falla sus objetivos cargará siempre con el estigma de ser un infeliz, un hombre débil, un miserable, y lo que es peor: acabará teniéndose a sí mismo por un fracasado; todos esos adjetivos acabarán cayendo sobre él como una losa que dictamina su culpabilidad. Atrás queda el día en que imaginó su vida como una batalla de la que saldría victorioso, nunca llegó a comprender que las batallas hay que librarlas, que no están ganadas de antemano y que, si no se consigue la victoria, hay que aceptar la derrota y asumir la realidad por dura que sea. Él no acepta sentirse inferior, no entiende que los hombres somos todos diferentes, que no hay dos individuos idénticos, que, en cualquier carrera, muchos llegan, pero siempre hay quienes no lo hacen, o llegan los últimos. ¿Les convierte en culpables la derrota?, no, sólo en menos capaces, ¿torpes, estúpidos y fracasados, también?, puede ser. Pero no hay escapatoria y, por tanto, da igual ser estúpido o, simplemente, torpe, lo que cuenta es que su veredicto ha sido el fracaso; y haga lo que haga está atado a su destino.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 7