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LUZ DE AGOSTO

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Portada de LUZ DE AGOSTO

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Autor: WILLIAM FAULKNER
Título original: Light in August
ISBN/ASIN: 9788420470108
Género: Ficción literaria
Editorial: ALFAGUARA
Fecha de publicación: 1932
Fecha de edición: 2006
Número de páginas: 448

Sinopsis:
En Luz de agosto aparecen retratados algunos de los personajes más memorables de Faulkner : la cándida e intrépida Lena Grove en busca del padre del hijo que no llegó a nacer; el reverendo Gal Hightower atormentado por constante visiones de soldados de caballería confederados y Joe Christmas, un misterioso vagabundo consumido por los orígenes raciales de sus antepasados.

 
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EL SUR DE FAULKNER
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“El ruido y la furia”, “Absalón, Absalón”, “Mientras agonizo” y “Luz de agosto”; cuatro novelas de Faulkner leídas, esta última algo más accesible que las anteriores (sólo relativamente); las leí con una incómoda sensación de desasosiego y desorientación y me hicieron sentirme perdido; ¿qué es esto? pensé, ¿por qué estos personajes extraños?, ¿por qué estas actitudes, aparentemente, extemporáneas?, al terminar no entendí nada de todo aquello y mi balance fue negativo; porque claro, leo para entender, no para acabar hecho un lio y me resultaba incomprensible que tantos lectores quedasen como traspuestos, como si les hubiese bajado a ver el Espíritu Santo mientras leían y eso que algunos reconocían también encontrar dificultad. Así que me propuse tratar de descubrir las ocultas razones por las que sus novelas provocan reacciones tan viscerales y tan místicas.
La obra de Faulkner se puede analizar fijando los mecanismos y las pautas que suele seguir con una mirada fría y detallada de su lectura. Visto así diría que en su manera de contar hay mecanismos que se repiten novela tras novela, como por ejemplo su gusto por una literatura de exposición críptica, que obliga al lector a utilizar métodos deductivos para comprender. Cuando empieza un capítulo, no se dice de quien va a tratar, bien podría no ser el que terminaba el capítulo anterior y eso se ha de descubrir según se lee; tampoco dice donde se encuentra el personaje, hay que esperar a encontrar los datos que permitan suponerlo, ya que es muy fácil que no sea tampoco el mismo lugar del capítulo anterior; por último, el momento en el que sitúa la narración puede ser, no sé, quizá treinta años atrás, o quizá vuelva a repetir otra vez el mismo lapso de tiempo del capítulo anterior pero visto ahora por los ojos de un personaje diferente del que lo vivió antes; así pues, hay que descubrir todos esos datos. Sus personajes, no parten, como es habitual, de una descripción hecha desde el punto de vista de un observador exterior; aparecen, en muchos casos sin decir de donde salen, y empiezan a moverse, e inmediatamente a expresar su sentir; el narrador irá perfilando su mundo interior, con sus ideas, con pocos diálogos —sólo en momentos clave muy concretos—, con el diagnóstico de la voz en off que transcribe y analiza su comportamiento y que hace que, por ejemplo, tengamos una buena percepción de los demonios que habitan en la mente de Christmas (el personaje principal), pero sepamos poco del talante personal de ese hombre en su vida cotidiana del día a día. En fin, que sus métodos se aprecian enseguida, en cuanto se empieza a leer.
Pero hay otra forma diferente de aproximarse a su obra que consiste en simplemente leer, esto es: ni observar, ni indagar, ni analizar, sólo leer, dejarse llevar por la lectura y ver cómo ésta nos afecta y eso es lo que haré a partir de ahora. Así pronto descubro que no hay desorientación, que todo se entiende a pesar de la manera particular con que el autor presenta los hechos y mejor sería decir que no los presenta, que se presentan solos, que aparecen sin mayor presentación; pero no importa porque, leyendo sin apresuramiento, uno sabe quién es quién sin dificultad, como por ejemplo ese niño de cinco años del que se habla, que sabemos que es Christmas de pequeño. La consecuencia de esa diafanidad relativa (sólo relativa), es que se lee con interés creciente, o sea, como debe ser; allí surgen los temas habituales del profundo sur de EEUU que, tratados con la dureza proverbial de Faulkner, convierten la trama en un inventario de los asuntos habituales del sur; que si la moralidad protestante, que si los problemas derivados de la prohibición, que si la pobreza producida por la gran depresión, que si un puritanismo endémico, y claro, cómo no, la cuestión racial y el terrible odio al negro, germen del Ku Klux Klan; todo mezclado y agitado, hace que las tensiones afluyan y que no haya un solo personaje relajado; todo áspero, duro y desasosegante y es verdad que leer estas cosas puede hacerse cuesta arriba, pero también lo es que la perspectiva de encontrar algo de auténtica calidad, puede ser motivo suficiente para contrarrestar la inercia, ponerse a ello y constatar que merece la pena.
Así que avanzo, y empiezo a vislumbrar las claves que me abren las puertas de las novelas de Faulkner y de su entendimiento. Su texto es sintácticamente claro, sin mayor dificultad, sólo el jugueteo con las circunstancias obliga a prestar atención, pero se tiene la sensación de que será una tarea superable. Donde se pone peor, para mí, es cuando se trata de comprender por qué ocurren las cosas, qué sentido tienen algunos hechos extraños o algunas actitudes de personajes que parecen fuera de la lógica más común, sobre todo cuando además Faulkner no aclara, describe, sí, pero no dice los porqués. Igual me ocurrió en “Mientras agonizo” en la que traté en vano de explicar mi desconcierto en una reseña más que frustrante. Ahora, comparando mi situación de entonces con la actual, veo que sí, son parecidas pero con la diferencia de que es que ahora puedo explicar cómo y porqué asimilo la novela, mientras que entonces no supe.
Ahora la veo como una historia que se me cuenta como se me contaría un sueño, o mejor, una pesadilla que la mente visualiza con un tono general seco, ausente, codificado…; cuando leo “Luz de agosto” me parece estar leyendo la transcripción literal de un relato narrado por una voz sumida en un estado de shock que, dada su situación, no malgastaría en ello detalles fútiles, matices, justificaciones, o razonamientos, sino sólo palabras y frases dictadas por una fuerte confusión de procedencia onírica. Haciendo un símil, es como si el lenguaje literario con el que está escrita la novela fuese la traslación a sus páginas del lenguaje cinematográfico con que Hitchcock presenta a James Stewart deambulando, como un zombi, por las calles de San Francisco en una alucinada persecución de Madeleine. Claro que “Vértigo” no guarda relación con “Luz de agosto”, pero el lenguaje visual, un poco obsesivo, que se utiliza en esta película, me recuerda mucho el aliento espiritual que inspira el texto de Faulkner.
El narrador omnisciente de las novelas del siglo XIX, por ejemplo, narraba como lo haría una mente racional, acogiendo con aquiescencia lo que entra en la lógica, y con extrañeza lo que sale de ella. En un texto moderno, del siglo XX como es el de Faulkner, el narrador plantea los acontecimientos con aire de distanciamiento, abstracción y desapego, describe los hechos más extraños que ejecutan sus personajes sin pestañear, como lo haría un narrador imperturbable ante las locuras, que aceptase cualquier disparate como la cosa más normal y, simplemente, se dedicara a narrar. Esto no implica frialdad, muy al contrario, el autor es consciente de la grave significación de lo que cuenta, porque tras plantear el conflicto, desata las pasiones y carga las tintas en las actitudes arrebatadas, acentúa la parte épica de lo narrado, acumula términos dramáticos y trascendentes, o introduce pasajes en cursiva y sin comas que se integran en el tono general de ensoñación (como letanía de palabras e imágenes que circulan obsesivas por la mente del protagonista); y ahí es cuando surge también su otro rasgo característico y de gran impacto: declamar imprimiendo a su verbo un énfasis sonoro, que va de lo solemne, a lo místico, adornado con adjetivos lapidarios y orgullosos, extraídos tal vez de la arenga incendiaria de un agitador integrista, o quizá del sermón de un predicador visionario que, en su soflama, señalase al cielo mientras condenara las debilidades humanas con voz tonante y quejumbrosa.
Todo eso me ha pasado por la mente leyendo la novela. Cierto, son gratuitos juegos de comparaciones que yo planteo a modo de asidero dialéctico al que me agarro para intentar explicar al que lee la recepción que da mi mente a sus novelas, cómo me llegan y las asimilo y cómo procuro interiorizarlas, labor nada sencilla, pero, por eso mismo, sugestiva y atrayente: un excitante reto. Pero puntualizo, no pretendo que esto signifique otra cosa más que simples mecanismos momentáneos de interpretación personal para consumo interno, a los que doy forma escrita por pura curiosidad, por saber si alguien entiende algo. Porque no siendo nada fácil la lectura de las novelas de Faulkner —cosa que sabe cualquiera—, es muy probable que la reseña que intente interpretarlas, tampoco sea nada fácil y más aún si su tono general participa de ese aura de relato fantástico, o ilusorio que se me habría traspasado por exudación desde cada poro de las palabras y las frases que componen el libro.
He escrito algo sobre el método que sigue Faulkner en sus novelas y mucho de cómo me afecta su lectura, pero muy poco de “Luz de agosto” y trataré de solucionar eso ahora. Dije que están en ella los elementos habituales de las novelas del sur, hay además una trama que retrocede en el tiempo vinculando el presente con el pasado —muy propio de este tipo de novela— y contando desde sucesivos y diferentes puntos de vista; hay también una historia bien hilvanada, un argumento sólido, unos personajes muy carismáticos, y un nexo de unión entre todo ello que son las pasiones y las frustraciones de unas personas maltratadas por la vida, oprimidas por normas y convenciones sociales, que son letales para todo desgraciado, vagabundo, o desclasado que ande por ahí y en general para todos los que no se quieren doblegar ante una sociedad clasista, intolerante y pacata, que no admite desviaciones y que castiga sin piedad cualquier muestra de orgullo individualista.
Faulkner, no se conforma con mostrarnos la presión a la que la sociedad somete al individuo, va más lejos y expone la presión subsiguiente a esa con la que el individuo se presiona a sí mismo, aquella con la que esos parias sufren el efecto de una fuerza superior que saben que no podrán dominar y que les lleva, mediante un proceso fatalista prefijado por el destino, a su propia destrucción. Las páginas en las que el autor, armado con su lenguaje introspectivo y apasionado, hurga en el universo psicológico de unos personajes, ausentes y absortos en su tormento, son de un profundo dramatismo, expresivo y sobrio a la vez, y por sí solas serían ya motivo suficiente para leer la novela. Son páginas en las que también está aquel murmullo característico de la ensoñación, la voz del narrador que llega como adormecida, que aparenta estar bajo los efectos de alguna sustancia que embotara la mente y que, a esas alturas de la novela, es una forma de expresión especialmente conveniente para acentuar la encrucijada en que hallan los personajes y, por tanto, es muy bienvenida. Algunos de ellos portan en su interior el germen que ha inoculado la presión externa y lo desarrollan, y en el desarrollo final del reverendo Higtower, uno desearía que el murmullo onírico, fuese un poco más explícito y un poco menos onírico, para entender bien su tormentosa inquietud (penúltimo capítulo). No ocurre lo mismo con el último suspiro de la novela, es entendible, pero requiere ser interpretado, igual que pasa con el conjunto de la novela: que uno ha de estar en disposición de asimilarla e interpretarla (último capítulo).
El citado capítulo dedicado a Higtower enfrió un poco mi valoración que hasta ese momento era más alta. Sigue siéndolo pero menos, sin embargo se lee de un tirón, y el hecho de que en ese casi final me encontrase con lo que había temido encontrar durante el resto de la lectura, sin hallarlo, no debe empañar el gusto de haber leído con satisfacción el 95% restante: OCHO que pudo ser nueve.
Sin embargo, cada cual tiene sus preferencias y las mías pasan por los métodos clásicos; es cierto, he podido disfrutar bastante con las páginas más intensas de “Luz de agosto”, pero en el fondo de mi ser, creo que, antes que los sonidos maravillosos y apasionados del leitmotiv wagneriano, escogería el sobrio y abrumador equilibrio de la música de Bach.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 8