En sopadelibros.com utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.
Si continúas navegado por la web, consideramos que aceptas su uso.
Para cambiar la configuración del navegador y/o obtener más información del uso de cookies en sopadelibros haz click aquí.
loading Enviando datos...

LAS BALADAS DEL AJO

Tendencia a subir 7.33
6 votos
Portada de LAS BALADAS DEL AJO

Comprar LAS BALADAS DEL AJO en Amazon.es

Autor: MO YAN
Título original: T'ien-t ang suan t'ai chich ko
ISBN/ASIN: 9788489624429
Género: Narrativa
Editorial: KAILAS
Fecha de publicación: 1988
Fecha de edición: 2008
Número de páginas: 489

Sinopsis:
El Condado Paraíso, una zona rural de China, apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la miseria extrema desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones. El gobierno comunista ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión es brutal pero, incluso encarcelados en condiciones terribles, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad. Mo Yan ha escrito una novela épica, en la que la belleza está descrita con lirismo y la brutalidad con un realismo salvaje. Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo una desconocida.

Etiquetas: Literatura china

 
Ordenar reseñas:

ALGO HUELE A PODRIDO EN… CHINA
5 con 6 votos

Mo Yan, seudónimo que significa “no hables”, es justo lo contrario de su apodo: un bocazas de lo más irritante. Es fácil imaginar a los dirigentes chinos, rojos (me refiero al color no a la ideología) de indignación, pronunciar la archiconocida frase borbónica cuando tengan en frente al último premio Nobel, la expresión vulgar y lapidaria de ¿Por qué no te callas? Si la mayoría de sus escritos evidencian la crítica tan mordiente como esta novela, no me cabe duda que este escritor es una china (me refiero al guijarro no a la nativa) grande e hiriente metida dentro del zapato del gobierno de su país. Mo Yan es un contestario que no deja títere con cabeza, desde cualquier tipo de autoridad que masacra sin escrúpulos al pueblo hasta las actitudes de esta misma oprimida gente.

Escrita en 1988, “Las baladas del ajo” supone un retrato contemporáneo de la vida campesina que transcurre en un pueblo de una región con el irónico nombre de Condado Paraíso, un ficticio territorio literario a semejanza de sus admirados García Márquez o Faulkner. Un escenario por el cual no pasa el tiempo, al igual que no transcurre el desarrollo o los progresos de la civilización moderna. La existencia es casi ancestral, las tradiciones, las costumbres y la labor agrícola han anclado la forma de vivir; se tiene la sensación, en la mayor parte de la narración, de estar en otro tiempo más remoto, en vez de las postrimerías de la década de los 80. Unas tierras de cultivo con habitantes de vida humilde y escasos recursos que, además de la miseria, no son extrañas las personas con defectos físicos, tullidos o que arrastran su vejez.

Además del tono denunciante, citado anteriormente y que referiré otra vez, se puede definir el gran estilo del literato en varios calificativos, pero me quedo con tres que, para mí, constituye su esencia: descriptivo, lírico y cruel.
Sus descripciones son antológicas y variadas, susceptibles de dividirse en dos tipos: primero serían los paisajes y lugares, especialmente detallados, que logran captar los diferentes matices de las composiciones naturales (flora y fauna), desde la luz, colores, sonidos y, por supuesto, olores; el otro género son los detalles físicos, que juegan una baza importante en la definición de la personalidad, haciendo hincapié en manifestar el sufrimiento, el esfuerzo, la ira, la humillación o el miedo mediante las constantes referencias a los fluidos corporales: sudor, lágrimas, sangre, saliva, vómitos, orina…
El carácter poético entronca directamente con la primera clase de estas descripciones, denota belleza, y lirismo con las imágenes coloristas que evocan, sin quedarse en una mera cuestión superficial o estética. Su fuerza radica en el concepto metafórico que encierran; son participes y se funden con la identidad de protagonistas y organismos, como puede ser la pasión amorosa representada en un potro travieso o el omnipresente hedor de ajos que simboliza la putridez del poder (político, administrativo y policial); una pestilencia tan elocuente y equiparable a la célebre frase de la tragedia de Hamlet pronunciada por Horacio: “Algo huele a podrido en Dinamarca”.
A pesar de la notable calidad literaria y la hermosura de algunos pasajes, es un relato duro con escaso resquicio para la esperanza. Esta escritura se podría calificarse de “estilo visceral”, al quedar reflejados la violencia, el dolor y la degradación que es capaz de aflorar y soportar un ser humano, expuesto de una forma tan realista y descarnada que en varias ocasiones se hace “desagradable” la lectura. Algo similar me produjo el único precedente (figuradamente hablando) que he tenido de Mo Yan, y es la película dirigida por Zhang Yimou basada en su novela “Sorgo rojo”; sin evaluar el argumento, que no me convenció, el filme posee excelentes secuencias de gran primor , del mismo modo que otras manifiestan una evidente crudeza.

La estructura narrativa, bien hilvanada, detenta cierta originalidad y atracción que estimulará al lector, pues está compuesta en dos líneas argumentales diseminadas en capítulos alternativos, donde al final confluyen. Son protagonistas dos campesinos que un hecho común, la persecución policial, les hace coincidir en un mismo inicio pero, a partir de aquí, desempeñaran una historia ramificada: en los capítulos pares, Gao Ma con su huida y una trágica aventura de amor con Jinju; y en los impares, Gao Yang con su detención, y la madre de Jinju participando del mismo infortunio. Los aldeanos difieren en carácter y actitud ante situaciones comprometidas, análogas o no, que componen las dos caras (rebeldía y sometimiento) de una misma moneda: el débil ante la injusticia. Los demás personajes secundarios transitarán por ambas tramas, como puntos comunes de rectas paralelas que, poco a poco, se enlazan trazando una línea común.
Otra característica de esta configuración es el tempo narrativo, ya que no tiene una forma lineal ni cronológica, las cuatro figuras principales sufren saltos en el tiempo donde se mezclan en un continuo vaivén el presente, el pasado, los recuerdos y las visiones o fantasías. Como si fuese un puzle, y conforme avanza la historia, nos hacemos una composición global de su vida y las circunstancias que han sobrellevado hasta su situación actual.

Por último, quiero recalcar el análisis social y político que el texto “exhala” (vuelve la fetidez de los ajos). Zhang Kou, un rapsoda ciego, pasa por ser el alter ego del escritor: igualmente habla claro y no tiene pelos en la lengua. Personaje muy secundario, con un papel primordial al principio y a la conclusión, que apostilla con mordacidad, antes de empezar cada capítulo, un fragmento de sus baladas, de ahí el título del libro. Ambos, autor y creación, despliegan una ácida crítica política cargando las tintas sobre los mandos, la corrupción, la burocracia, los impuestos y el abuso. A nivel social se examina la tradición, la desunión familiar, la incomunicación entre generaciones o la falta de solidaridad. Dentro de una sociedad “sin clases e igualitaria”, la comunidad campesina es la más sufrida y vapuleada; incluso la muerte no logra equilibrar las diferencias, contradiciendo las coplas de Jorque Manrique.

Escrito por FAUSTO hace mas de un año, Su votacion: 8

CORTARSE LAS VENAS
5 con 6 votos

¿Quiere usted cortarse las venas? Lea a Mo Yan. Lo que puede parecer una afirmación gratuita, es probable que la compartan muchos de sus compatriotas.

Mi primer y único acercamiento sin saberlo a la obra del señor Mo fue hace casi 30 años, en una sala de cine contemplando la nada magnánima “Sorgo rojo” (1988), del director chino Zhang Yimou, y, aunque desde luego no tuvo nada que ver con lo literario sí que tiene el gusto de compartir con “Las baladas del ajo” ese mal rollo de componente autosuicida.

Dura como una piedra y desagradable como un puñado de estiércol que te metes en la boca. Así es la novela de Mo Yan, autor que disfruta del don -difícil de desdeñar- de aliar en una misma línea con una escritura pulcra y precisa la belleza de los paisajes de los campos de mijo, sorgo y ajo con la podredumbre de la maldad y de la desesperación, la inmundicia más abyecta que logra hacer tan tangibles en sus descripciones como las expresiones, figuras y rostros despreciables o despreciados que llenan cada página de la novela. Imposible se me hizo no recordar al Cormac McCarthy de “Meridiano de sangre”.

No se anda con chiquitas Mo Yan, que supera con creces cualquier experiencia desabrida en la pluma de Primo Levi (“Si esto es un hombre”), Dostoievski (“Memorias del subsuelo”), Vargas Llosa (“La casa verde”), Hamsun (“Hambre”), Coetzee (“Desgracia”)... Y en este punto, en este potente monumento al dolor y al caos surge la primera gran pregunta respecto a la personalidad y obra del escritor que nos ocupa.

Mo Yan pertenece al Partido Comunista y es vicepresidente de la Asociación de Escritores de China, cargo honorífico nombrado a dedo por Pekín, sólo una de sus novelas ha sido prohibida en su país, de manera harto curiosa “Grandes pechos, amplias caderas” posiblemente por razones más próximas al puritanismo que por su componente político, y la entrega del Nobel de Literatura en 2012 fue aplaudida sin paliativos por el Gobierno como ejemplo de independencia de la academia sueca mientras apenas dos años antes hizo oídos sordos y mostró su desprecio ante la concesión del de la Paz al activista chino Liu Xiaobo, condenado en 2009 a 11 años de prisión por incitar a la subversión contra el poder del Estado. Obviamente pues, Mo Yan no es una amenaza para el Estado.

Y aquí surge la segunda cuestión, contradictoria y casi incongruente. Mo Yan es necesario para todos: China, Occidente y hasta la academia sueca. Desde su infancia y durante 20 años, el autor de “Las baladas del ajo” tuvo que convivir con la censura y el temor de su propia familia a decir algo inoportuno, por lo que su padre le prohibió hablar y fingir que era mudo (de ahí el seudónimo Mo Yan, que significa “No hables”) y resulta del todo elocuente el inventario de verdades y realismo acerca de la crueldad presente en su país y que suelta como en una ristra sin dejarse atrás a nada ni a nadie. Este conocimiento descarnado, visceral y odiable para el público occidental en el que no podrá renunciar a ver una crítica al régimen en realidad también conlleva dos aspectos que suelen ser los más amados por un Gobierno de control: el miedo y la falta de esperanza, y ambos están muy presentes en la novela de Mo Yan. ¿Es necesario que a un tipo obligado en prisión a beberse su propio orín y a comerse su vómito, mientras atraviesa las vías para ser conducido ante el tribunal se le aparezca un gallo de la nada para lanzarle picotazos a su herida purulenta del pie y le extraiga un trozo de tendón? En mitad del desastre y del sufrimiento, toda aquella persona que se opone al Status Quo familiar, político, social, todo ser que puede ser símbolo de la revolución y de un cambio acaba siendo pasado por la piedra. Ni sus huesos una vez muertos y enterrados logran el descanso. “En estas materias algunos hablan y otros obedecen. Como entre los labios del Emperador nunca se desliza una palabra sin sentido, si dijera que tuvieran cuernos ningún caballo se atrevería a desobedecer”, comenta uno de los personajes de la obra mientras va sobreviviendo de milagro en la cárcel.

Pero siendo justo habrá que hacer caso a Mo Yan, cuando dice: “hay gente que cree que un nobel tiene que ser por principio miembro de la oposición. ¿Eso es así? A esas personas no les interesa lo más mínimo lo que escribo. ¿No debería concederse el Premio Nobel de Literatura por la literatura, por lo que uno escribe?”. Touché. Da igual que los propios académicos rompan de manera notoria tal aseveración cuando argumentan año tras año las razones del premio gordo, o que no se les concediera jamás el galardón a Tolstoi, Joyce, Borges... El Nobel debería otorgarse por meros valores literarios, y Mo Yan los tiene.

Podemos hablar de influencias, como todo el mundo las tiene, y especialmente de García Márquez o de Faulkner, pero Mo Yan consigue un estilo propio y definido en “Las baladas del ajo”. Mezclando cada una de las nuevas tendencias de la literatura del siglo XX (desde el flujo del pensamiento, el cambio de tercera a primera persona o la narración no lineal hasta el realismo mágico y la ausencia de narrador omnisciente de manera única a lo largo de la obra) el novelista logra una historia fluida, sorprendentemente ágil en mitad de tanta mugre y que no apartes la mirada, al igual que sucede ante un accidente sanguinolento frente al que pasamos por la calle sin resistimos a estirar el cuello por si vemos algo más aunque sepas ya desde las primeras páginas que la cosa no puede acabar bien.

Da igual que no aciertes a comprender del todo la lógica de su estructura (que los primeros capítulos narren dos vidas en paralelo y a partir de su mitad esto se pierda sin más), algún que otro exceso para nuestros abstrusos gustos occidentales (Mo Yan llega a otorgarle voz a un feto), aquello que decíamos de la posible complacencia con el Gobierno chino... da igual porque no dejas de percibir al tiempo que la lees ese toque inexplicable que la eleva por encima de lo vacuo, de lo común, de lo ordinario y la hace precisa, por dolorosa, por cáustica, por terrible... porque habla de la muerte y de la vida, y ambos polos son quizá, lo único que nos diferencia de los seres irracionales, aunque Mo Yan describa a la perfección que muchas veces los homo sapiens también dejan de serlo.

Escrito por Poverello hace mas de un año, Su votacion: 7