En sopadelibros.com utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.
Si continúas navegado por la web, consideramos que aceptas su uso.
Para cambiar la configuración del navegador y/o obtener más información del uso de cookies en sopadelibros haz click aquí.
loading Enviando datos...

LAS ALAS DE LA PALOMA

7.33
3 votos
Portada de LAS ALAS DE LA PALOMA

Comprar LAS ALAS DE LA PALOMA en Amazon.es

Autor: HENRY JAMES
Título original: The Wings of the Dove
ISBN/ASIN: 9788493637743
Género: Clásicos de la literatura
Editorial: HERCE
Fecha de publicación: 1902
Fecha de edición: 2009
Número de páginas: 416

Sinopsis:
A principios de siglo la hija de un pobre viudo drogadicto es acogida por su millonaria tía. Se apasiona por un periodista plebeyo de segunda fila, que no es de su clase. De modo que urde una trama para que él enamore a una joven rica y mortalmente enferma: si logra su fortuna, podrán casarse en el futuro.

 
Ordenar reseñas:

EL DISCRETO ENCANTO DE LA PSICOLOGÍA
5 con 4 votos

Henry James, es un autor que sigue ejerciendo un considerable influjo sobre mí a pesar de las numerosas novelas suyas que he leído; no estoy pensando sólo en un sentimiento de admiración, o en la enumeración de las muestras de satisfacción, o a veces insatisfacción, que me produce la lectura de sus novelas. Me refiero también a la magia que emana de ellas, a veces positiva, y a veces de enorme dificultad por su estilo complejo, por el tono extremadamente sofisticado que adopta a la hora de hacer hablar a sus personajes, o por el tratamiento limitado que da a determinados temas, como bloqueado por algún extraño retraimiento o contención que no le deja enfrentarlos abiertamente. Si a todo esto le añadimos que su vida personal estuvo claramente marcada por una actitud especial, responsable de esas limitaciones y sumida en las sombras por propia decisión, nos encontramos con que sus libros introducen al lector en un agitado mar rodeado de costas, a veces luminosas y dotadas de maravillosas playas en las que deleitarse, pero otras veces, ¿por qué no? infestadas de feroces y traidores acantilados contra los que chocar.
Todo esto viene de la mano de mi lectura actual de “Las alas de la paloma”. Me ha costado un considerable esfuerzo introducirme en el mundo cerrado de sus extraños personajes. James invierte al menos doscientas sobrecargadas páginas, sobre un total de cuatrocientas cincuenta, para tejer una tupida urdimbre sobre la que ir construyendo la situación. En ella seis personajes, sólo seis, se dedican a considerar la relación que los vincula entre sí, de una manera prolija y pormenorizada, a la vez que tortuosa, laberíntica, evanescente y a un paso de la pedantería. Naturalmente, las siguientes doscientas cincuenta páginas tampoco se salvan de la justa aplicación de todos esos adjetivos, pero hay que reconocer que una vez que el asunto queda planteado de manera bien delimitada, la asunción de esa forma de escribir empieza a cobrar sentido y empiezan a debilitarse los argumentos utilizados para deslizar tales críticas. En cualquier caso, incluso desde el principio del libro, la lectura se puede sacar adelante —con algún esfuerzo sin duda— pero se saca adelante, gracias a esa especie de “toque James” que caracteriza a nuestro autor —dicho en un sentido parecido al de aquel inefable “toque Lubitsch” del cine— y que permite sobrellevar su prosa aun en aquellos momentos en que la mano del escritor se excede en su retorcimiento. Aunque esto de que sea la mano la que se excede, es bastante impropio, porque la correa de transmisión de sus textos por aquellos años, no era su mano sino su voz y esto es algo que se aprecia mucho. “Las alas de la paloma” (1902), “Los embajadores” (1903) y “La copa dorada” (1904), son quizá sus tres últimas novelas más conocidas. Con “Los embajadores”, no pude, lo intenté, pero tuve que batirme en franca retirada ante la avalancha de frases en las que, aparte de querer decir demasiadas cosas en muy poco espacio, recurría puntualmente a la adicción de sucesivos añadidos entre comas, tratando de aportar matices y más matices al sentido original de la frase; así que lo dejé, cosa que, ahora, en “Las alas de la paloma”, he conseguido evitar. La cuestión estriba en que: el hecho de que las frases salgan de su mente y se enuncien de viva voz, establece una diferenciación definitiva sobre lo habitual, que es que las palabras y los signos ortográficos se distribuyan a voluntad del escribidor de turno que decide dónde y cómo los reparte para que el énfasis y la estética de las frases sea la que prescribe la inveterada costumbre de escribir. Yo supongo que en el caso que nos ocupa, era el amanuense que transcribía sus textos el que tomaba esas decisiones en función del sentido que le suponía al autor por su entonación. De hecho, hice la prueba de leer en voz decididamente alta el texto y pude sentir, poniendo gran atención en respetar las pausas, que la coherencia de las frases mejoraba, allanándose la comprensión de su significado. Es algo así, como si el entendimiento de su contenido entrase en el cerebro más por vía auditiva que visual.
Pero como decía, el panorama cambia mucho cuando se llega al punto de la novela en el que las cosas están ya planteadas en toda su dimensión, porque a partir de ese momento la lectura se vuelve más intensa, el texto que antes parecía sofisticado en exceso, ahora adquiere su razón de ser y pasamos fácilmente a disfrutar del análisis brutal y exhaustivo al que James somete a los personajes y a su personalidad. Es entonces cuando comprendemos que ese lenguaje complejo, retorcido y artificioso que utiliza, nos gustará más o menos según el gusto de cada lector, pero es particularmente adecuado para trabajar esos aspectos analíticos de la psicología de sus personajes, al aportar unos matices que le confieren al lenguaje una versatilidad extraordinaria.
Dos palabras para hablar de sus personajes. Los suyos están dotados de auténtica alma, cosa que digo con un convencimiento que sólo aplicaría a unos pocos autores. Es imposible, una vez situados en el ámbito de sus novelas, saber cómo van a reaccionar sus personajes ante los avatares de la trama. Se puede decir de ellos, que reaccionarán conforme a lo que les dicte la psicología a que se atiene su mente, la cual por cierto, es imprevisible, y lo es precisamente porque son seres creados con auténtica autonomía y capacidad de decisión propia, tal y como lo harían si fueren seres reales de carne y hueso…, y sobre todo, alma. James los crea deliberadamente así, les da forma y los suelta al ruedo para que se junten con los demás y se comporten como les obligue su libre, naturalmente, albedrío. A veces no nos gusta como lo hacen, véase el claro ejemplo de la Elizabeth Archer de su “Retrato de una dama” donde al bienintencionado lector le gustaría lanzarse al regazo del autor e implorar que haga uso de su misericordia; pero no, la libertad de acción del personaje es sagrada para él y no moverá un dedo para cambiar ese estado de cosas que viene determinado por las circunstancias, no por su voluntad. Aprovecho que hablo del “Retrato de una dama”, para indicar que esa es una novela de 1881, veintiún años anterior, a “Las alas de la paloma”, y corroborar, como decía más arriba, que eso se nota una barbaridad. El proceso de afectado refinamiento que sufrió su forma de escribir, hasta desembocar en este lenguaje sinuoso y criptográfico, fue paulatino y quizá lógico, por lo que tenía de evolución e incluso de reto, pero no llega a ser plenamente satisfactorio para sus lectores, al menos para éste que escribe, que sienten que estas maneras de progresiva implantación, no mejoran en nada los resultados. Bien al contrario, aunque siga estando ahí el escritor analítico, sutil y elegante que juega con caracteres, diálogos y situaciones, todo ahora es mucho más difícil; e inútilmente, añadiría yo.
Al margen de la evidente deriva de su estilo, me parece que, en estas últimas novelas, algunos factores, entre los que creo que está la propia actitud inquieta del escritor de éxito, influyeron en una última vuelta de tuerca, en la que el retorcimiento y la artificiosidad de los temas que trata, le lleva a afrontar un mundo demasiado sofisticado en el que no logra desenvolverse con la brillantez con la que, en obras anteriores, lo había hecho, dedicándose con excesiva autocomplacencia a buscarle tres pies al gato, en materia de psicología de los personajes, que es lo que yo creo que ocurre en “Las alas de la paloma”. Porque llega un momento en el que se superan las dificultades estilísticas que plantea su forma de escribir, cosa que empieza a percibirse, como dije más atrás, cuando se alcanza casi la mitad de la novela. Bueno pues, cuando en ese momento de euforia crees que has superado lo más duro y piensas algo así como ¡ahora viene lo bueno! esperando encontrar su brillantez pretérita, ves con claridad meridiana que la superación de esos escollos lingüísticos no basta para convertir la lectura en plenamente satisfactoria, sigue quedando, por algún lado, la sensación de que persiste un pernicioso exceso en la materia manejada por el autor, que no llega a resolver el asunto como es debido, de ahí lo de exceso, porque, el lector, entusiasta en otros libros de Henry James, se encuentra aquí con que estas mismas cosas que otrora le gustaron, o le encantaron, aquí, uf…, quiere reencontrárselo, pero no lo consigue; y no lo hace, por lo que tiene el tratamiento de excesivo, porque el autor se ha recreado hasta perder la noción de lo que conviene, en ese estilo propio, y también, y quizá esto es lo peor, en esa misma fruición en lo suyo, que convierte la novela en un producto sofisticadísimo, difícil de digerir por su escritura especial, pero también y sobre todo, por una materia novelesca que juega con personajes que parecen extraviados en un mundo irreal, en el que las relaciones sociales aprisionan la mente de un personaje principal que, pese a no tener un duro, dedica todo su afán y su tiempo al trato con los otros personajes como si le sobrase tiempo y dinero. A veces, durante la lectura, uno piensa: ¿pero existió alguna vez gente así?
Bueno, pues a pesar de este testimonio mío, que afirma el carácter severo, bastante elitista, introspectivo y analítico hasta la extenuación de este drama psicológico, hubo versión fílmica de la novela —inglesa desde luego—, que no he visto pero que imagino que, por razones parecidas a las que indico en esta reseña, no tuvo demasiado éxito. Eso sí, Helena Bonham Carter puso su especialísimo rostro en mi mente a una de las protagonistas, y lo cierto es que me han quedado ganas de buscarla en mi biblioteca y verla. La referencia a esta película, me hace acordarme ahora y traer finalmente a colación el asunto que mencioné al principio, cuando hablé de la actitud adoptada por Henry James a lo largo de su vida privada. Me refiero al sexo, uno de esos temas que parece que fue “tabú” en sus textos y también en su vida personal. En la película, por lo que sé, el sexo aparece de forma bastante explícita; en la novela, haciendo un esfuerzo de lectura entre líneas, se intuye por algún rincón, aunque siempre de manera solapada y como quien no quiere la cosa; parece haber en ello, no tanto un problema de pudorosa inconveniencia, sino más bien una cuestión de: “no voy a hablar de esto no vaya a ser que después algunos me pregunten y me pongan en un aprieto”, o sea, corramos un tupido velo sobre estas cosas. Es evidente que tampoco en esa época, primeros años del siglo XX, los escritores eran demasiado explícitos con los escarceos sexuales de los personajes, pero tampoco se escondían. Uno tiene la impresión de que James, sí lo hacía y eso a pesar de tratar con frecuencia en sus novelas relaciones amorosas, como es el caso de ésta. De todas formas, esa actitud ocultista llama la atención pero no molesta y acaba formando parte de la manera especial de hacer de este americano de Nueva York, trasplantado a Londres y bregado en la vorágine de un emergente turismo finisecular, sobre todo, por las calles de Venecia, Florencia o Roma.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 7