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LARGO VIAJE HACIA LA NOCHE

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Autor: EUGENE O'NEILL
ISBN/ASIN: 9788437605821
Género: Teatro
Editorial: CÁTEDRA
Fecha de edición: 1986
Número de páginas: 224

Sinopsis:
A pesar de que sus instrucciones escritas estipulaban que sus obras no debían publicarse hasta 25 años después de su muerte, en 1956 su mujer ordenó publicar su obra maestra autobiográfica, “Largo viaje hacia la noche” sobre un día de la vida de una familia problemática, lo que ocasionó la inmediata aclamación de la crítica, considerándose hoy su obra más completa.

Ficha creada por Firithlainiel

 
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Ninguno de los que frecuentamos este sitio, había leído el libro. Sé que alguno ha visto la obra recientemente representada, la mejor opción, no cabe duda. El caso es que su lectura me dejó un recuerdo tan bueno, que pensé que merecía la pena escribir sobre ella.
A día de hoy el teatro de O´Neill es poco conocido y, de hecho, es difícil encontrarlo publicado. Pero no siempre fue así, hace cuarenta años su nombre era frecuente en las carteleras españolas, sus obras aparecían regularmente en una época en la que el teatro vivía momentos mejores. En los escenarios de entonces, convivían las obras de O´Neill con las de Miller, Mihura, Jardiel, Coward, Buero, o las de los más clásicos Ibsen, Wilde, Chejov, o Strindberg. Recuerdo dos hitos extraordinarios de aquel momento, a los que asistí como miles de personas más. El primero, el “Tartufo” de Moliere, representado en 1969 en el teatro de la Comedia de Madrid por un formidable Adolfo Marsillach, en un contexto de movilización que iba mucho más allá de lo puramente teatral; el segundo, “Un enemigo del pueblo” de Ibsen, en 1972, con Fernando Fernán Gómez, el mejor de todos nuestros actores, en el teatro Beatriz. No se puede negar que el clima político multiplicó la repercusión de aquellas dos obras, pero aun sin eso, fueron dos bombazos que indican bien la pujanza que tuvo el teatro por aquellas fechas.
El caso es que, por unas razones u otras, he sentido recientemente un acusado brote de afición por la lectura de textos teatrales, producto en buena parte de la impactante lectura de esta obra de O´Neill, que me ha llevado a pasearme por la obra de Ibsen, de Chejov, y por otras del propio autor americano. El pequeño hábito adquirido con la lectura de algunas de esas obras, revela enseguida la mecánica teatral, resaltando los parámetros en que se mueve la representación, que, lógicamente, son cambiantes según el autor y reflejan la evolución en el tiempo del hecho teatral, hasta confluir, supongo, en el teatro del absurdo o cualquier otra variante de las vanguardias. Pero no voy a seguir por ese camino, porque sería invadir campos que desconozco. Esta reseña sobre “Largo viaje hacia la noche” no se refiere, en propiedad, a una representación teatral, a la que obviamente no he asistido. No, yo de lo que quiero hablar aquí es de su lectura, que contiene aspectos teatrales, sí, pero yo quiero incidir en que los sentimientos que provoca en el lector no son una consecuencia de su condición teatral, sino de la sencilla asimilación del contenido de un libro.
Tengo la impresión, aunque reitero mi desconocimiento de los mecanismos teatrales, de que la trama que contiene esta obra y la evolución de la misma a lo largo de sus tres actos no contiene planteamientos cambiantes, vuelcos espectaculares, ni la exposición de tesis rompedoras en el campo de lo social al estilo de Ibsen en “Casa de muñecas” o en “Un enemigo del pueblo”, aquí el autor se mueve en otro terreno: el de la sutil exposición de los demonios interiores de unos personajes que van recorriendo, en un crescendo tormentoso, su viaje hacia la noche, que es el final (curioso y tentador juego de palabras con la novela de Céline), en el que elementos como el alcohol, la paulatina merma de la luz diurna, o ciertas revelaciones médicas, contribuyen a destapar las conciencias de los miembros de la familia que progresivamente hacen aflorar todo lo que se guardaban hasta ahí, en un doloroso, dramático, e inevitable “tour de force”. La traductora, con sus anotaciones a pie de página, mantiene permanentemente informado al lector de los múltiples detalles autobiográficos de un texto que, por lo visto, refleja con fidelidad las vivencias personales del propio Eugene O´Neill, hombre de vida tempestuosa que volcó aquí sus demonios familiares.
Bueno, pues éste es el caldo de cultivo literario en el que se genera la obra, y ésta también es mi base de partida, aquí es donde quería venir a parar para explicar que no quiero juzgar la obra desde un punto de vista escénico; el resultado ha de ser bueno, porque está reconocida como la obra maestra de su autor, pero ni me siento capaz de analizarla, ni deseo hacerlo, solamente quiero dejar mi testimonio de que, como simple lectura, está entre las mejores páginas que haya leído últimamente. Los cuatro personajes fundamentales de la obra, Tyrone el padre, Mary la madre y los dos hijos, Jamie de 33 años y Edmund de 23, entablan unos duelos dialécticos alternos, dos a dos, en los que evolucionan desde una simple charla intrascendente, hasta iniciar una vorágine inclemente en la que se sueltan dardos, cada vez más duros y afilados, llegando a una especie de delirio en el que se dice de todo, en el que no se calla nada, en el que la sinceridad más descarnada se instala en la conversación, y se pierde la medida de lo correcto y lo incorrecto, de lo que se puede y de lo que no se debe decir. Es un clímax enfebrecido y cruel, en el que explotan las pasiones que esos cuatro personajes llevan guardados desde no se sabe cuándo, y con una excusa tan potente como esa, el escritor afila su pluma y se luce en un texto grandioso en el que se mezcla el hálito de los vapores etílicos con la elegancia propia de personas cultas que recitan a sus poetas más queridos, que declaman párrafos enteros de textos teatrales (el padre es un actor de renombre), que se explayan en un refinamiento que no es incompatible con echarse en cara lo más rastrero, soez y mezquino que uno pueda imaginar, aunque tampoco con la tímida aparición de alguna porción extra de cariño combinada, eso sí, con fuertes dosis de bilis. O´Neill fue además, un escritor pulcro y muy meticuloso y la descripción en letra cursiva de las situaciones y sobre todo de los estados de ánimo de cada personaje, consiguen que en el momento de decir el texto, conozcamos el gesto y el talante que utilizan como si los estuviéramos viendo, gracias a que el autor nos los acaba de describir con la necesaria precisión.
Tengo que reconocer que hubo momentos en que los parlamentos de esta obra me recordaron por su desgarro los habituales de las obras de Tenesee Williams, pero creo que hay diferencias sustanciales entre ambos autores. El estilo literario de este último es quizá más ampuloso y enfático, sus personajes adquieren rasgos muy definidos, y se ven afectados por trastornos de una personalidad extrovertida, insólita y vulnerable, donde el sexo y todo lo que conlleva, masculinidad o feminidad, adquiere protagonismo, donde los personajes parecen influidos por el agobio cálido y húmedo de unos ambientes sureños de atmósfera decadente, o incluso gótica. O´Neill es más sobrio, menos extrovertido, las pasiones de sus personajes están más solapadas, pero son más profundas, la complejidad y la negatividad de su psicología se sumen en un ambiente pesimista, e incluso trágico, que él coloca en un escenario burgués de aparente normalidad, quizá sea ese mayor intimismo lo que procuró a su obra un mayor recorrido teatral, en comparación con la obra de Tenesee Williams, que se llevó más al cine. En cualquier caso, es obvio, leyendo sus biografías, que O´Neill llegó primero, instaurando un estilo demoledor que, independientemente de sus diferencias, que las hay, tuvo que ejercer una gran influencia sobre Williams y posteriormente sobre Arthur Miller.
No voy a engañar a nadie diciendo que el tono general de su obra es ligero; es, inequívocamente, dramático. Pero sin embargo, por alguna razón que se me hace difícil de identificar, su lectura, a mí al menos, ni me produce desazón, ni me arruga el alma. No sé si es que la lectura corta, propia del teatro, mitiga en alguna medida ese tipo de sentimientos, o es que la fuerza impresionante de su texto centra la atención del lector, haciéndole olvidar un tanto, los aspectos pesarosos de la trama. Lo que quiero señalar es que ese tipo de cosas habitualmente me afectan, pero leyendo a O´Neill, sorprendentemente, no me afectaron.

Escrito por sedacala hace mas de un año, Su votacion: 9